Cortázar alineado
CORTÁZAR 7ma. VUELTA
1-24 DE SETIEMBRE DE 1972 TRES PUNTOS BUENOS AIRES
Hacía varios días que yo me estaba despertando con ganas de sacar del medio a alguien. Y recién ese día yo me di cuenta que a la única que quería sacar del medio era a la Rusita. Por culpa de ella yo todavía estaba en Buenos Aires y no me había podido ir a París un año atrás como lo tenía proyectado. Ni los del grupo de Boedo ni los de Florida me querían dar plata prestada. Así que por eso yo andaba solo por la calle, caminando de un lugar a otro y cruzando las calles sin mirar si venían autos. El odio que sentía por la Rusita y el resentimiento por todo lo que me había hecho me habían convertido en un hombre malo.
Yo antes no era así. Era una persona sensible que se ponía a llorar cuando iba al cine y se interesaba mucho por todas las ramas que tienen que ver con el arte y la literatura. Ahora ninguna cosa me conmovía nada. Estaba hecho una persona vacía y amargada; y me sentía viejo y feo. El haberme juntado tanto con la Rusita me había empujado hasta este rincón.
Aunque la verdad es que hacía varios meses que no la veía.
Por esos días me enteré por la calle que al Turquito lo habían largado y que iba siempre a un bar de la calle Corrientes a tomar café y comer medialunas. Yo me daba una idea más o menos de en cuál bar lo podía encontrar y me fui hasta ahí. Lo encontré en una mesa en medio del bar que estaba lejos de los baños.
Apenas el Turquito me vio entrar se puso de pie y me miró con una mezcla de miedo y tristeza. Para que viera que no me tenía que tener ningún miedo le tendí la mano y él me la estrechó con suavidad para no hacerme doler.
Me le senté en la mesa y el Turquito me convidó con cigarrillos y medialunas. Pero yo llevaba ya varios días sin comer nada y ni tampoco tenía ganas de comer. Parece que el estómago se me había cerrado. Le acepté lo de los cigarrillos porque era con la única cosa que me podía sacar de encima toda la mala sangre que tenía.
-¿Así que te largaron, Turquito? –le dije-. No sabés la alegría que me dio cuando me enteré.
El Turquito se sonrió un poco, como si yo se lo estuviese diciendo de verdad. El Turquito a mí me creía todo y se hacía a la idea de que nosotros dos éramos de alguna manera colegas.
-¿Sabe, Sr. Cortázar? –me dijo-. Cuando estaba adentro soñaba siempre con usted. Pero no me interprete mal, no eran sueños sucios. Eran sueños más bien de relación intelectual.
-¿Por qué me aclarás eso, Turquito? –le dije-. ¿Por qué me aclarás que no eran sueños sucios? ¿Vos te creés que yo soy un malpensado?
El Turquito se puso medio morado y sorbió un poco de café.
-Por ahí… A lo mejor a usted… –farfulló el Turquito-. Yo ya me imagino las cosas que Alejandra le debe haber contado a usted de mí. Pero no piense que a mí no me gustan las mujeres. Todas las cosas que yo hice adentro las tuve que hacer por necesidad. Pero cuando estoy afuera soy una persona distinta… Una persona como todas…
Yo me reí un poco y parece que le habré contagiado un poco la risa al Turquito, porque ahí mismo él se puso a reír con esa risa de atorrante que tenía siempre.
El Turquito estaba igual a como yo lo había conocido dos años atrás, con mucha melena y barba, y de aspecto gredoso y furtivo.
-¿Cuánto tiempo estuviste encerrado en el fortín? –le pregunté.
-Casi quince meses, Sr. Cortázar. Pero esta vez me pasaron más lentos que las otras veces. Leía mucha filosofía y mucho de astrología, pero igual el tiempo no se me pasaba. Nunca más voy a estar adentro. Ya me lo dije. Antes me pego un tiro en la cabeza.
-¿A vos te atraparon entre Castelar y Merlo, no, Turquito?
-¿Y usted cómo lo sabe, Sr. Cortázar? –me dijo como si estuviera sorprendido.
-¿Y vos cómo pensás que yo lo podría saber? ¿No se te ocurre de dónde me lo pueden haber contado? Me lo contó la Rusita, Turquito. Fue ella la que te delató a vos. ¿O vos no lo sabías?
El Turquito bajó la mirada y unos segundos después dijo:
-Claro que lo sabía, Sr. Cortázar. ¿Cómo no lo iba a saber? Si ella era la única que me podía delatar…
-¿Y por qué no la delataste también a ella, si sabías…?
-¿Para qué? –dijo el Turquito con tristeza-. ¿Para qué íbamos a estar los dos adentro? Si con uno que cayera ya bastaba…
-¿Sabés cuál es tu problema, Turquito? Que vos le guardás mucha fidelidad a la Rusita, y por eso te va como te va.
-¿Sabe qué pasa, Sr. Cortázar? Yo a Alejandra no le puedo hacer nada malo. Cuando salí, salí con la idea de que la iba a matar. Y a los pocos días fui hasta la casa y la vi justo cuando salía. Me parecía mentira, llevaba de una correa a media docena de perros con una sola mano; y con la otra mano fumaba un cigarrillo. Parece que ahora es paseadora de perros. Le deben pagar bien, porque si no Alejandra no lo haría. ¿Se la imagina usted, Sr. Cortázar, paseando media docena de perros? No, si es lo que yo digo… Alejandra tiene una energía vital que asombra.
El Turquito se puso a reír; y también a toser mientras se reía. A mí me envenenó la sangre ver que todavía la festejaba a la Rusita. Así que para cortarle de un golpe el chorro de la risa le dije:
-Yo sé todo de la vida de vos, Turquito. No te creás que no me enteré. Sé de los cuchillazos que hubo en tu familia y que vos tenías siete años y que lo viste todo.
El Turquito me clavó una mirada de corajina, pero como estábamos rodeados de mucha gente yo seguí:
-Y sé también que no fue nadie preso en la familia. Que se vinieron todos de Tucumán con el negocio de la trata de blancas y que tu hermanastro Aristegui nunca hizo nada para defenderte, porque no quería andar en cruces con el padre. Y si querés te sigo contando, Turquito, porque la lista es larga; y ya te imaginarás vos quién me lo contó; y vos todavía tenés el descaro de defender a la Rusita y decís que tiene una energía vital que asombra.
Ahora el Turquito estaba serio. Más serio que triste.
-Yo no digo que Alejandra no sea lengua suelta… pero todo lo que dice lo dice sin maldad.
-Yo no te dije que me lo contó con maldad; lo que te dije es que me lo contó todo riendosé y haciendo bromas. ¿A vos te parece que todo lo que pasó en tu familia es un tema para contarlo riendosé y haciendo bromas? Y vos todavía guardándole fidelidad…
2-EL TURQUITO
Parecía que le había tocado una fibra íntima del corazón, porque permaneció callado durante un buen rato y con la vista gacha.
-¿Vos te sentís bien, Turquito? –le pregunté
-¿A qué vino hoy usted, Sr. Cortázar? –me dijo secamente-. ¿Usted me buscaba para algo?
Yo vi que otra vez me estaba pasando revista con corajina.
Entonces le dije:
-Turquito, vos no te creás que sos la única víctima de la Rusita. Todos los favores que te hizo a vos me los hizo también a mí y se los habrá hecho también a varios. Pero vos me preguntaste yo a qué hoy y yo te voy a contestar: Yo hoy vine para abrirte los ojos, Turquito, y para que le paremos el carro para siempre a la Rusita.
El Turquito parecía no comprenderme todavía bien.
-No vamos a estar solos vos y yo, Turquito –le dije-. Estas cosas hay que hacerlas con mucho cuidado y entre varios. Por eso vamos a invitar a más gente para que venga. Vos sabés que yo tengo contactos con el negocio de la literatura, y les pensaba decir a la Sra. Ocampo y a Borges. Y vos por tu lado le podrías decir a Aristegui para que también nos dé una ayuda. Mientras más personas seamos va a ser mejor para todos.
El Turquito se puso regionalista.
-¿Y a mí de qué me sirve si Alejandra termina muerta? –me dijo.
-Vos no me entendés, Turquito. Vos mirás el negocio pero al revés. Por supuesto que a vos no te sirve de nada si la Rusita termina muerta. En lo que vos tenés que hacer foco es en los socios que vas a tener para este negocio y que yo ya te los nombré. ¿Vos no dijiste siempre que querías entrar al negocio de la literatura? ¿O ya se te pasó el metejón de escribir novelas?
-No, Sr. Cortázar –me dijo un poco más entusiasmado-. Siempre estoy escribiendo novelas. Tengo escritas más de treinta novelas. Y ninguna baja de las 600 páginas… Es como que no puedo escribir una novela breve; no puedo desarrollar una historia si no tengo escritas 300 páginas. Y recién ahí empiezo a perfilar un poco el argumento de la novela y de lo que se va a tratar; y de a poco empiezan a aparecer los personajes y la historia arranca. Pero a usted le debe pasar lo mismo, Sr. Cortázar, con las novelas que escribe. Con lo que yo le digo usted no se está enterando de nada. No le estoy inventando nada.
Yo lo quise regresar más para la discusión, porque me parecía que el Turquito empezaba a divagar.
-¿Entonces qué me respondés, Turquito: te prendés o no?
-La verdad que para mí sería bueno si va a ir la gente que usted dice… Es gente viajada y conocida… Me convendría a mí… Arrimarme a esa gente… ¿Usted cuándo pensaba ir a la casa de Alejandra?
-Hoy mismo a la noche, Turquito. Para qué esperar. Estas cosas se hacen en caliente.
El Turquito se puso dubitativo.
-Si vos no querés hacerlo, Turquito, no lo hagás –le dije-. Tampoco te voy a estar suplicando para hacerte un favor. Buenos Aires está lleno de muertos de hambre que escriben novelas y que van a aceptar encantados de la vida si yo les digo. Vos hacé descanso mejor. A lo mejor los quince meses que estuviste de preso te turbaron un poco la cabeza.
Hice ademán de levantarme de la mesa, pero el Turquito amainó enseguida:
-Pero si yo no le estaba diciendo que no, Sr. Cortázar. Yo le preguntaba solamente cuándo tenían pensado ir ustedes a visitar a Alejandra.
-Ya te dije, Turquito. Lo vamos a hacer esta misma noche. Ya la apalabré a mucha gente influyente y me dieron el visto bueno que iban a venir.
-Yo quisiera estar, Sr. Cortázar. Quisiera sumarme. Si es verdad lo que usted dice… que va a ir esa gente influyente… Yo quisiera arrimarmelés. Querría participar.
-Si querés participar lo tenés que traer también a Aristegui. Esta gente es influyente y le gusta tener protección policial. No van a querer estar mal parados si la cosa se complica.
-Pero yo no sé si Aristegui querrá ir…
-Vos preguntale y vas a ver cómo viene. La Rusita le faltó el respeto muchas veces a Aristegui. Te digo más, me parece que fue con el que se portó peor de todos. ¿No te contaron lo que le hizo en Ezeiza?
El Turquito coincidió conmigo y finalmente aceptó.
Quedamos en que nos íbamos a encontrar a la noche en la esquina de la casa de la Rusita.
3-VICTORIA OCAMPO
Salí del bar apurado como agente de Bolsa. Caminaba rápido y miraba a cada rato la hora. Estaba nervioso pero no estaba arrepentido por lo que quería hacer. Me zumbaban los oídos y quería que se hiciera de noche rápido para terminar con lo que había. Trataba de no pensar, pero cada pibe que veía por la calle me traía a la memoria los pibes que andaban con la Rusita, y después se me aparecía la Rusita caminando rápido al lado mío y me ponía peor. Más enojado.
Por suerte cuando llegué a la casa de la Sra. Victoria ella estaba. Hasta me abrió la puerta ella misma. Yo me sorprendí. Porque pensé que tendría una cabecita negra de sirvienta que le iba siempre a abrir la puerta. Me hizo entrar a la casa de un modo raro, sin preguntarme a qué iba ni por qué estaba todavía en Buenos Aires.
Me llevó hasta el salón del comedor y hasta se me puso a agradecer que hacía un año que a la hermana la habían dejado tranquila. La Sra. Victoria me daba a mí el premio que la Rusita la hubiese dejado tranquila a la Sra. Silvina por tanto tiempo.
-¿Y no llegan más cartas amenazantes de la Rusita? –le pregunté.
-A veces llega alguna que otra –dijo la Sra. Victoria-, pero yo siempre hago que las quemen.
-Parece que el daño que le hicieron a la Sra. Silvina ya se le debe haber ido –le dije.
Y ella me contestó:
-Y también parece que vos me hiciste los deberes, turrito. Quedate tranquilo que no me voy a olvidar.
Estábamos sentados uno al lado del otro en el sillón; y la Sra. Victoria me daba palmaditas en la rodilla y el ambiente era cordial cuando dije:
-Sra. Victoria, sepa que yo lo lamento mucho lo del robo de su joya. ¿Quedó alguien detenido?
-¿Cuál robo, turrito? –me dijo-. ¿De qué me estás hablando?
-De la joya, Sra. Victoria. De la joya que a usted le robaron el setiembre pasado.
-¿Y vos cómo sabés que a mí me robaron una joya?
-Porque uno anda en la calle, Sra. Victoria, y se entera de todo. Y por cada denuncia que se hace en la comisaría después se empieza a correr el rumor en la calle y uno aunque no quiere escuchar se entera. Uno ve a un grupo de gente parada en una esquina y conversando, y se acerca y escucha lo que dicen.
-¿Y a vos quién te contó, turrito, si yo no hice ninguna denuncia cuando me robaron?
Yo me habré puesto pálido como el papel, porque sinceramente no sabía bien qué contestar. Me sentía embarullado con lo que había dicho y no encontraba las palabras que pudieran servirme para quitarme el embatatamiento.
Entonces la Sra. Victoria me empezó a mirar más fijo y un miedo más terrible me empezó a dar.
-Contestá lo que te pregunté, turrito; ¿a vos quién te contó que me robaron una joya?… Si yo ni siquiera a mi hermana se lo dije por no desgraciarla.
Entonces me desmoroné por completo. Perdí todos los sentidos y los estribos y empecé a hablar sin razón.
-Fui yo, Sra. Victoria; fuimos yo y la Rusita los que le robamos a usted. Pero yo no quería robarle, se lo juro. La Rusita me obligó… Aquel día que usted me pidió que fuera a visitarla al Pirovano ¿se acuerda? Ese día me obligó para que le robáramos a usted. Me dijo que si yo no la ayudaba le iba a matar a usted a la Sra. Silvina…
La Sra. Victoria salió del salón y volvió enseguida con el cinto grande que usaba su tata arriba del caballo con la peonada y el indiaje cuando no le trabajaban duro el quebracho y la caña de azúcar.
Apenas la vi volver mi primer instinto fue el de tirarme debajo de la mesa para que no me golpeara. Pero esto la enfureció más a la Sra. Victoria. Porque empezó a dar cintazos a las patas de la mesa y a decirme:
-¡Salí de ahí abajo, mierda! ¡Y no te escondás que me ponés peor si no te pego!
-¡Tranquilicesé, Sra. Victoria! –yo decía; y algunos cintazos me llegaban a dar en las manos y en la cara. No sabía bien cómo defenderme ni de qué lado ponerme, porque la Sra. Victoria se ponía a girar alrededor de la mesa y nunca se quedaba quieta.
-¡Qué hicieron con la joya, mierdas! –gritaba furiosa-. ¿Dónde la escondieron?
-¡No la escondimos, Sra. Victoria! ¡La Rusita la hizo vender en Once!… Ya no la puede recuperar más, tranquilicesé… ¡A mí también me estafaron! Si yo a usted nunca le quise hacer nada malo. –Yo estaba un poco lloroso y hablaba plañideramente-. Si usted misma sabe que siempre le hice buena letra… Preguntelé si no a la Sra. Silvina todas las cosas que le conté de la Rusita en el Pirovano… ¿Por qué se cree que la Sra. Silvina dejó de amarla a la Rusita en todo este año? Por todas las cosas que yo le conté de ella en el Pirovano. ¿O no es así? ¿O usted no me pidió que se la alejara a la Rusita de su hermana, que me la llevara lejos…? ¿Entonces por qué usted ahora me maltrata, si yo a usted le cumplí todo al pie de la letra y hice todo lo que usted me pidió?
Yo me había desahogado y la Sra. Victoria estaba cansada de darle vueltas a la mesa y pegar cintazos. Se fue a sentarse en el sillón agotada y con voz más calma me dijo:
-Está bien, turrito, no llorés más. Salí de ahí abajo que no te voy a pegar. Vos me hiciste una gauchada y yo te la agradezco. Me la alejaste a la Rusita de mi hermana y eso no me lo voy a olvidar.
4-VICTORIA OCAMPO
Yo entonces salí de debajo de la mesa secándome las lágrimas y dije:
-No tiene que agradecer nada la Sra. Victoria. Si soy bueno para algo que usted necesite, no tiene más que decirlo y yo lo hago.
-Ya lo sé, turrito, ya lo sé. Si yo sé que vos siempre nos hiciste buena letra.
Me senté otra vez al lado de ella y vi que me miraba con una sonrisa entre agria y dulce.
-¿Sabe qué, Sra. Victoria? Ahora lo que tenemos que hacer nosotros es no tener más noticias de la Rusita. ¿Me comprende? Porque por ahora su hermana está a salvo de la Rusita, pero mañana quién sabe. Mire que la Rusita es insistidora; y por ahí un día la convence otra vez a la Sra. Silvina para que vuelva con ella. Quién dice. No nos podemos quedar tan confiados.
-¿Qué me estás proponiendo, turrito? –me dijo la Sra. Victoria, ahora sí con una sonrisa como que me aprobaba la salida-. ¿Vos de qué me querés hablar?
-De lo que ya le dije, Sra. Victoria. De que por una buena vez por todas no tengamos más noticias de la Rusita. ¿O qué? ¿Vamos a tener que vivir toda la vida con el corazón en la boca por culpa de ella?
La Sra. Victoria lo reflexionó unos segundos y después me preguntó:
-¿Cuándo lo querés hacer?
-Hoy mismo –le dije-. Esta misma noche. Yo voy a llevar a dos personas a las que la Rusita también les faltó el respeto; y yo le pediría a usted que llevara a su hermana.
-Eso no –dijo la Sra. Victoria tajante-. Ver eso le haría muy mal a mi hermana. Además ella es de deprimirse mucho y después cuesta sacarla del pozo.
-Es que si no va la Sra. Silvina, no vamos a poder entrar a la casa de la Rusita. La Rusita no le abre la puerta a nadie de noche. Para eso la necesitamos a la Sra. Silvina. A ella seguro que le va a abrir la puerta sea la hora que sea.
Lo meditó un poco y después aceptó.
-Pero tiene que ser todo rápido –dijo.
-Quedesé tranquila, Sra. Victoria, no va a durar mucho. Lo que yo también quisiera que usted haga es llevarlo al Sr. Borges y a la Sra. María.
-¿Para qué? –me preguntó.
-Porque cuantas más personas estemos involucradas menos investigación van a hacer después.
La Sra. Victoria me pasó la mano por la barba y me dijo:
-Mirá que sos un bicho raro vos. Qué bicho más raro que resultaste ser. Pero quedate tranquilo, turrito. Si vos querés que te los lleve a Georgie y a la Japonesa yo te los llevo.
-Es para que seamos más, Sra. Victoria –le dije-. Así estamos todos involucrados y después nadie va a querer hablar siquiera del asunto. ¿Qué le parece?
-A mí la idea me gusta. Y además es también así como vos decís: Por ahora mi hermana está a salvo de la Rusita, pero mañana no se sabe con lo que aquélla se puede salir. Es verdad eso que la Rusita es bien insistidora, tenés razón. Pero decime, turrito, esos dos cabecitas negras que vos pensás llevar ¿cómo son? ¿Son de confianza? ¿Gente de fiar es?
-Son buena gente. Mire si serán buena gente que se quieren vengar de la Rusita por las faltas de respeto.
-¡Judía hija de puta! –dijo la Sra. Victoria-. ¿No sabés en lo que anda ahora?
-Trabaja paseando perros –le dije-. La otra vez la vi en Parque Lezama paseando a doce pastores ingleses. Los lleva bien de la correa, no se le escapan…
-Pero si la Rusita es chiquita ¿cómo no se le escapan?
-Es chiquita pero parece que los perros la quieren y le hacen caso.
La Sra. Victoria prendió un cigarrillo rubio y dijo:
-Así que fuiste vos con la Rusita los que me rompieron la puerta…
-Eso ya pasó, Sra. Victoria. Ahora tenemos que pensar en cómo hacemos para que la Rusita no ande más suelta por Buenos Aires. ¿Usted piensa que el Sr. Borges y la Sra. María van a poder asistir?
-Van a poder, turrito, por ésos no te preocupés. Esos dos me deben muchos favores a mí y no me van a poder decir que no.
-¿Y de la Sra. Silvina? ¿Usted qué dice? ¿Irá? Porque si no, no vamos a poder entrar en la casa. Yo no le miento, la Rusita no le abre la puerta a nadie de noche.
-Mi hermana también va a ir –dijo exhalando el mucho humo la Sra. Victoria-. La Rusita le arruinó la vida a mi hermana ¿sabés? Antes mi hermana no era así. Mi hermana era una persona feliz, contenta; contenta hasta que la conoció a la Rusita. Fue ella la que la degeneró. Ella fue la que le perturbó la mente a mi hermana.
-No se angustie más, Sra. Victoria –le dije y la abracé-. Nunca más vamos a tener que pasar por las cosas que pasamos.
Y apenas lo dije me sentí una persona distinta. Otra vez alineado.
5-ALEJANDRA
Cuando tenés en la cabeza cosas para hacer el día se te hace más rápido. Por eso a mí aquel día se me pasó volando y el sol se fue enseguida de Buenos Aires y se vino la noche. Me tomé un taxi y cuando llegué vi que el Turquito ya estaba en la esquina de la casa de la Rusita. Pero estaba solo, sin Aristegui. Por eso me bajé del taxi mirandoló al Turquito fríamente a la cara.
El Turquito me saludó con respeto, pero yo le tendí la mano así nomás, como si fuera un ninguno.
-¿Y Aristegui? –le dije-. ¿Todavía no vino?
El Turquito hizo una mueca blanda, vaciladora; una mueca que no me gustaba nada.
-¿Qué pasa, Turquito, que tenés esa cara? –le dije-. ¿Tenés miedo? ¿Te da lástima por la Rusita? No le tengás lástima a la Rusita, no se lo merece… Si vos supieras las cuantas veces que habló mucho de vos discriminandoté… Lo mismo que de Aristegui… Indios de acá, indios de allá… A esta piba ya se le acabó. Ahora vos fijate qué contradictorio ¿no?, porque si vos a ella le decís judía, ella rápido te dice: “¿Vos te pensás que porque soy judía me podés decir cualquier cosa?”. ¿Ves la diferencia? ¿Me seguís? Ella a ustedes sí los puede discriminar y decirles hindúes, pero cualquier cosa que ustedes le digan a ella, la Rusita salta enseguida y la toma como una discriminación. ¿A qué hora le dijiste a Aristegui que venga?
El Turquito se puso otra vez medio blando.
-No le fui a decir nada a Aristegui, Sr. Cortázar… –balbuceó.
-Turquito, ¿no habíamos convenido en que necesitábamos protección policial y que vos lo ibas a traer a Aristegui?
-Yo a Aristegui no le tengo tanta confianza para pedirle algo así… No lo conozco mucho… O lo conozco, sí, ¿pero cuántas veces lo habré visto en mi vida? Cuatro, cinco… En alguna que otra redada a lo mejor…
-¿Pero si vos no eras el hermanastro de Aristegui, Turquito, y todos ustedes no se vinieron del Tucumán?
-No, Sr. Cortázar… Si en mi vida yo salí del conurbano… No entiendo de dónde usted saca eso… Y hoy tampoco le entendí bien cuando me salió con todos esos asuntos… Pensé que…
-¿Qué pensaste, Turquito?
-Pensé que era una conversación habitual entre dos escritores… Y como yo no estoy todavía muy empapado con este tipo de charlas me confundió… ¿Por qué me vuelve a decir otra vez que soy hermanastro de Aristegui?
Me di cuenta que todo había sido fábula de la Rusita. Pero no me quise embatatar con chiquilinadas y le dije:
-No importa, Turquito. Concentremonós en lo que vamos a hacer y no nos distraigamos más.
-Yo no voy a estar –dijo el Turquito-. Perdonemé, Sr. Cortázar. No es que quiera dar marcha atrás, pero si le quieren hacer algo a Alejandra, haganseló ustedes. Después se van a arrepentir cuando ella los empiece a perseguir para la revancha.
-Vos no me entendiste hoy, Turquito. ¿No te dije que hoy a la Rusita se le termina el calendario? ¿Tanto miedo le tenés?
-No es miedo, Sr. Cortázar. Es respeto. Vaya y pregunte en el conurbano cómo terminaron los que se metieron con ella. Hay que pensar bien las consecuencias antes de meterse con Alejandra. Yo le diría a usted que se fuera a su casa, Sr. Cortázar. No le va a ir bien… Alejandra es más peligrosa y más fuerte de lo que ustedes se imaginan…
-¿Y por qué no te vas vos a tu casa, Turquito? –le dije con rencor-. ¿Para qué viniste si no pensabas participar? Si nos vamos a estar traicionando entre nosotros…
Y me callé. No sabía qué más decir. Todo el entusiasmo que tenía hasta hace un rato con el proyecto se me había ido por los pies.
-Entonces andate, Turquito –le largué-. Si tanto miedo tenés y no querés participar andate.
-¿No me puedo quedar esperando hasta que lleguen la Sra. Ocampo y el Sr. Borges?
-¿No me oíste, Turquito? –le dije con desprecio-. Que te vayás te dije.
Le mostré mi perfil más cruel; y entonces el Turquito bajó un poco la cabeza, entristecido; vaciló un poco y después me dijo: “Adiós, Sr. Cortázar”, y se fue caminando lentamente. Encendí un cigarrillo mientras lo veía alejarse y el Turquito a veces se daba vuelta hasta que no lo vi más.
Ya era bastante de noche cuando llegaron en un Chevy verde la Sra. Victoria, la hermana y la Sra. María. Cuando bajaron las tres del auto pregunté por Borges; y la Japonesa me contestó:
-Borges no participa de estas cosas. De estas cosas ahora me ocupo yo.
-¿Dónde están los cabecitas negras que ibas a traer? –me preguntó la Sra. Victoria.
-Es mejor así que seamos pocos –le dije-. Tampoco es bueno traer a tanta gente.
La Sra. Silvina no hablaba; se la veía melancólica y poco firme. Igual fuimos hasta la casa de la Rusita; y yo me puse a tocar timbre como me había puesto a tocar la primera vez que había ido, dos años y pico atrás.
-Basta, turrito –me dijo la Sra. Victoria-. No debe estar en casa.
-¿Y en dónde la podríamos encontrar? –preguntó la Japonesa.
Pero ahí justo escuchamos la voz de la Rusita del otro lado de la puerta.
-¿Quién es? –dijo la Rusita.
Y como la Sra. Silvina estaba poco firme se quedó muda y petrificada.
-¿Quién es? –volvió a preguntar la Rusita más alto.
-Soy yo, Alejandra –dijo la Sra. Silvina como en murmullo.
-¿Yo quién? ¿Minina? ¿Sos vos, Silvín? –preguntó la Rusita; y ya la voz le empezaba a sonar más cantante, más alegre-. ¿Estás sola o viniste con alguien?
-No vine con nadie, Alejandra. ¿Vos no me querrías abrir la puerta?
-Ahora voy corriendo a buscar las llaves y te abro, Minina. No te vayás.
Escuchamos que la Rusita corría a los tropezones por el pasillo; y la Sra. Victoria dijo:
-¿Vieron la voz que tiene? Parece un chico de 12 años.
-¿Cómo lo vamos a hacer? –preguntó la Japonesa.
-El turrito sabe –dijo la Sra. Victoria.
Pero yo no sabía. No tenía en realidad muy en claro cómo lo teníamos que hacer. Yo nada más esperaba que el resentimiento hacia la Rusita saliera a la superficie; así todo sería más natural y más simple.
La Rusita tardó un buen rato para abrirnos la puerta. Y cuando nos abrió a la primera que vio fue a la Sra. Victoria que se le entraba; y después nos vio a todos uno a uno entrándole a la casa; y como vio que se le venía la noche no quiso hacer resistencia. Nos dejó pasar lo más campante y sin decirnos nada. Estaba rara, parecía como que se sostenía del picaporte para no caerse al piso. Parecía que estaba por irse a dormir, porque andaba descalza y tenía puesto el pantalón azul Adidas que le arrastraba por el piso y la remera de pijamas.
-¿Qué estabas haciendo, Rusita? –le pregunté mientras venía con nosotros por el pasillo.
-Estaba llenando la hoja de horarios para los perros que tengo que pasear mañana.
Había hablado balbuceante, como si la lengua se le trabara. Después trastabilló y se abrazó de mí para no caerse. Yo pensé que se estaba haciendo la payasa, porque tenía los ojos entrecerrados y también hacía tics. Fue entonces ahí cuando se cayó al piso, mirando el cielo boca arriba.
-Lo hizo otra vez –dijo la Sra. Silvina-. Tomó pastillas otra vez.
La Japonesa se le acercó y le prendió un encendedor cerca de la mano; pero la Rusita tardó en reaccionar.
-¡Agua! –exclamó la Rusita.
-Llevelá hasta la cama, Julio –me dijo la Sra. Silvina-. Yo la vez anterior que la encontré también estaba así.
Yo la cargué en los brazos a la Rusita y me metí en la pieza y la tiré en la cama. Y lo hice con tanta brusquedad que hice que la Rusita volviera a despertarse.
-Llamen una ambulancia –balbuceó la Rusita-, siento que todo el cuerpo me está subiendo a la cabeza.
-No nos pidas ayuda, Rusita –le dijo la Sra. Victoria-. A nosotras no nos pidas ayuda. Estás pagando por todas las que nos hiciste. Ahora te toca sufrir a vos. Ahora vas a saber cómo se siente uno cuando lo traicionan.
-Llamen una ambulancia, hijas de putas –dijo la Rusita.
Y en ese momento todos nos quedamos quietos y callados alrededor de la cama por un buen rato; porque que te insulte alguien que se está por morir es muy distinto a que te insulte alguien que uno sabe que va a seguir viviendo.
La Rusita quiso incorporarse, pero volvió a caer tumbada sobre la almohada con los ojos entrecerrados.
-Morite, judía –dijo la Sra. Victoria-, morite de una vez. ¿Cuándo se muere esta judía? –me preguntó la Sra. Victoria.
-Llamen una ambulancia –dijo otra vez la Rusita-, antes de preguntar cuándo me muero.
-¿Llamo a una ambulancia, Sra. Victoria? –le pregunté.
-¿Vos tenés mareos en la cabeza, turrito? –me dijo-. ¿Para qué vas a llamar a una ambulancia? ¿Primero calentás la pava y ahora no querés tomar el mate?
-Yo me quiero ir –dijo la Japonesa-. Lo que vinimos a hacer ya se lo hizo ella misma. No pesará sobre nuestras conciencias.
-¿Cómo te sentís, Rusita? –le pregunté.
-… ansiosa por irme a ningún lugar, Van Gogh –me respondió.
-Miren cómo quiere seguir haciéndose la artista –criticó crispada la Sra. Victoria-, hasta el último momento la judía.
La Rusita extendió los brazos hacia la Sra. Silvina y le dijo:
-Besame, Minina; besame un beso de despedida… No partirán mis labios de lo contrario…
Pero la Sra. Victoria le cambió los naipes y le dijo:
-Bajá esos brazos, Rusita. Vos a mi hermana no la volvés a tocar nunca más.
La Sra. Silvina rompió en llanto.
-No llores, Silvín –le dijo la Rusita-. Yo también sé lo que es mirar hacia atrás y desear otra cosa…
-Vos no sabés nada, Rusita, y dejá de estar haciéndole la novela a mi hermana.
La Japonesa empezó a juntar del piso las varias tiras de comprimidos que la Rusita se había tomado. Y me las dio todas a mí.
-Mire, Sra. Victoria –le dije, mostrándole en las manos todas esas tiras vacías-, ¿le parece que no es para llamar a una ambulancia?
-Vos debés tener un problema de olla, turrito –me contestó irritada-, porque parece que no razonás bien lo que decís. Empezá a comer un poco más seguido, porque un día decís una cosa y al otro día decís otra.
Yo hice caras de sentirme triste y me senté en la cama.
-¡Pero mirá cómo te ponés! –me reprochó la Sra. Victoria-. Tampoco es para tanto… Parecés una mina lo flojo que te ponés.
-Es que usted tiene razón, Sra. Victoria –le dije-. De un tiempo a esta parte no sé bien lo que vengo diciendo. No sé si será una enfermedad o qué, pero no puedo concentrarme mucho en las cosas que digo.
-¿Hace cuánto que te viene pasando eso?
-Hará cosa de dos años o tres…
Entonces la Japonesa se puso a tomarle el pulso a la Rusita. Y vio que tenía poco. Y le puso una almohada encima de la cara y empezó a forcejear. Y la Rusita se quería defender con las pocas fuerzas que tenía pero no podía mucho. Y los talones le resbalaban por el colchón y la Sra. Victoria le decía: “Morite, judía, morite”; y la Sra. Silvina cómo lloraba, me acuerdo; y yo decía: “Dejelá, Sra. María, dejelá”; y a la Japonesa le salpicaba espuma de la boca por el esfuerzo que hacía; y la Rusita cada vez tenía menos fuerzas y cada vez pataleaba menos en el colchón; y yo me acuerdo que yo lloraba porque me daba lástima por la Rusita. Esta Rusita… siempre nos hacía reír. Me acuerdo cuando se disfrazaba de payaso y se subía a una mesa y empezaba a imitar a los lobos marinos. ¿A ver cómo hacen los lobos marinos, Rusita? Y ella enseguida los imitaba. Una piba bárbara era la Rusita. Dejelá, Sra. María, dejelá. No sabés cómo estaba yo. Lo mal que la pasé. Porque era la primera vez que veía cómo mataban a alguien. No sabés lo feo que es. Ojalá nunca te pase. Tardás varios días en olvidarte de todo, pero al rato enseguida seguís haciendo una vida normal.
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Me encanta esta historia y la recomiendo a todo el mundo.