Cortázar alineado- Desde el Turquito Asís

6-BUENOS AIRES

Al día siguiente estaba volando para Buenos Aires. Como tenía una modorra tremenda dormí durante todo el viaje como un oso. Recién cuando bajé del avión me di cuenta que había sido una estupidez eso de volverme a Buenos Aires. Tan así, de un día para otro. Pero cuándo no, Julio, vos siempre tan atolondrado para todo. Parecés un chico, mirá.

Pero después me agarró un montón de nostalgia y la verdad que me felicité de haber vuelto. Siempre yo era así de tarambana.

Además yo había vuelto, primero que nada, para verlo a Borges.

Pero también me agarraron ganas de andar un poco por San Telmo, Caballito, Parque Patricios, la Calle Corrientes, el Parque Lezama, yo qué sé. Estaba hecho todo un pelotudo como veinte años atrás, cuando visitaba y me paraba a mirar cualquier guevada que Buenos me pudiera ofrecer. Dale, Julio, ya tenés 56. No te hagás el porteño melancólico que no se la vas a vender a nadie. ¿Y vos qué sabés? Por ahí encuentro a algún dormido que todavía no se amaneció y le vendo todos los números juntos. En este país todavía hay varios que no se cayeron del catre.

Salí de Ezeiza y me tomé un taxi. Apenas subí al taxi empecé a sentir un olor a jaula de mono impresionante. Seré yo, pensé. Me pasé las manos por las axilas y la barba, pero yo no era. Ya me estaba por bajar del taxi pero me dije: Julio, vos te metiste solo en este martes 13 y ahora bancatelá. Acá no hay tu tía. Le dije al tachero que me llevara hasta Callao y Las Heras. Si quería encontrarlo a Borges tenía que empezar a buscarlo por ahí.

Miré por la ventanilla y las calles de Buenos Aires empezaron a rodar por mi memoria. Pucha, qué metejón que yo tenía con la nostalgia. Parecía que andaba bien caliente. Lo único que te pido, Julio, es que no empecés a moquear ahora, por favor. Lo único que te pido. Quedate tranquilo, zonzo. No me voy a poner a llorar. Más te conviene. Mirá que esto es Buenos Aires y ya no estás más en París. Si en Buenos Aires te ven lagrimeando te pueden llegar a comer vivo.

En eso no va que el tachero me dice:

-Vio que lo encontraron a Aramburu.

-¿A quién? –yo dije.

No entendía nada.

El tachero siguió hablando lo más campante.

-Sí, parece que hacía un mes que lo habían matado. Se está poniendo bravo este país. Y son los Montoneros los que lo están poniendo bravo. Ahora yo me pregunto: ¿Qué carajo quieren hacer los Montoneros con este país? Yo no entiendo nada.

Dejé caer la cabeza hacia atrás, con cuota de cansancio.

-Yo tampoco entiendo nada, pibe. ¿Qué querés que te diga?

Vi que el tachero se me puso a mirar por el espejito. Una, diez, cien veces. Parecía que me quería sacar una foto. Dale, pibe, escupí lo que tengás que decir. Animate, preguntame si soy Cortázar.

-¿Usted no es de acá, no? –me dijo por fin.

-Sí, soy de acá, pero hace años que no volvía.

-¡Yo ya me di cuenta de quién es usted! ¡Yo ya me di cuenta! ¡Usted es Cortázar!

-Sí, pibe, soy Cortázar. Pero no levantés tanta pólvora.

El tachero era bien morochito, con mucha melena y barba, como yo. No me sacaba los ojitos de encima. Me sonreía y no paraba más de hablar de cualquier cosa. Yo le decía a todo que sí, que sí. Ya ni me acuerdo de las cien pavadas que me dijo. Al fin llegamos a Callao y Las Heras.

-¿Cuánto te debo, pibe?

-No, don Julio, a usted nadie puede cobrarle nada.

Acepté lo del viaje gratis. Y como el olor a jaula de mono era cada vez más impresionante dentro del taxi me rajé de ahí como rata escapando por tirante.

-Hasta la vista, Sr. Cortázar –escuché que me decía el tachero, cuando cerré la puerta del taxi con tanta fuerza que casi no la hago tripas. Me sentía nerviosísimo. Pero qué olor a jaula de mono impresionante que había dentro de ese taxi.

7-VICTORIA OCAMPO Y SILVINA

Encendí un pucho para sacarme la bronca y empecé a caminar por la Callao. Qué embroncado que estaba yo. Caminaba rápido, dando largas zancadas. La gente empezaba a mirarme. A mí la verdad que no me extrañaba. Yo y mi estatura tan alta les resultaría algo notorio a los porteños, que por lo general son bajitos y morochos. Seguro que se daban cuenta que yo era Cortázar, como se había dado cuenta el tachero. Entonces empecé a apurar cada vez más el paso. Quería encontrarlo a Borges cuanto antes. Parecía un loco del Borda, mirá. En eso no va que escucho que me dicen:

-¿Adónde vas, turrito, tan apurado? ¿Hay que correrte a vos para alcanzarte?

Me di vuelta y sí, eran Victoria Ocampo y su hermana Silvina.

-Muy buenas tardes, señoras hermosas –les dije haciéndoles una reverencia y besándoles a cada una la mano.

Las dos hermanas se entraron a reír de mí.

-Pero éste no cambia más –dijo Victoria-. Sigue siendo el mismo turrito de siempre.

-Dejalo que nos baile un poco si quiere –dijo Silvina-, si no ves que es un negrito cualquiera. Está igual que en los 50. Siempre el mismo alcahuete.

Yo me puse todo rojo. Me mordí los labios. Pero si me pensaban humillar, entonces me iba a dejar humillar bien hasta el fondo. Como en los 50.

-Por favor, señoras –les dije-. Tengan conmiseración con este pobre miserable que hoy regresó a su patria después de tantos años.

Victoria sacó un cigarrillo rubio y le dio otro a su hermana. A mí no me convidó.

-¿A qué volviste, turrito? –dijo Victoria-. ¿Por qué te volviste de París? ¿Ya te cansaste de andar de putas allá?

-A lo mejor se pescó una gripe con alguna francesita –dijo Silvina-, y volvió a Buenos Aires para contagiarnos a todos. ¡Como si ya no tuviésemos bastante sífilis en todo Buenos Aires!

Otra vez las hermanas se pusieron a reír a costa de mí. Cuando se enganchaban no podían parar más.

-Volví para verlo a Borges –dije suavemente-. ¿Ustedes no me podrían dar información sobre su paradero?

Victoria hizo una enorme pitada y me miró con desconfianza.

-¿Así que lo estás buscando a Georgie? ¿Para que lo estás buscando vos?

-Necesito hablar con él, Sra. Victoria –dije juntando las manos como un buen monaguillo.

-Pero mirá que es un bicho raro éste –le dijo Silvina a su hermana-. ¿Para qué lo querrá ver a Georgie?

-Por favor, Sra. Silvina: necesito hablar urgentemente con él. Necesito encontrarlo.

-¿Y con esa ropa sucia y esa barba melenuda te pensás que lo vas a encontrar a Georgie? –dijo Victoria-. ¿Decime cuánto hace que no te comprás ropa nueva? Parecés un Montonero vos.

Agaché la cabeza y las lágrimas empezaron a rodar por mi cara. Me sentía un sapo. Una mosca que alguien debía venir a matar.

-Bueno, no llorés, turrito –me dijo Silvina-. Que todo esto no es para estar haciendo tanto barullo. Al final parecés una mina de flojo que te ponés. ¿Por qué mejor no te sacás ese sobretodo, si no ves el calor que hace hoy?

Vi que la gente que pasaba por la calle nos miraba. Pero no las miraban a ellas. A las Ocampo. Me miraban solamente a mí. Me dio más vergüenza todavía.

-No, por favor –dije con un hilo de voz-. Ayúdenme a encontarlo a Borges.

Las dos hermanas parecieron compadecerse un poco de mí.

Victoria me dijo:

-Está bien, che; no seas tan mariquita. ¡No llorés! Yo creí que vos eras un poco más vivo. Si nos hablás un poco en francés te decimos dónde lo podés encontrar a Georgie.

-Dale, eso –dijo Silvina-. Hablanos un poco en francés que a nosotras dos nos gusta. Porque habrás aprendido un poco de francés, me imagino, después de tantos años que estuviste vagueando allá por París. Hablá en francés y después te decimos dónde está Georgie.

Yo empecé a recitar todo de corrido, con el corazón que se me salía por la boca.

-Le conseil estime, que la question proposée soufre de grandes difficultés. Les théologiens posent d´ un coté pour principe, que le bapteme, qui est une naissance spirituelle…

Y nuevamente las dos hermanas se pusieron a reír de mí. Ahí mismo, sobre la Callao, se abrazaron muertas de risa y empezaron a burlarse otra vez de mí.

-Ves, Silvina, que éste sigue siendo el mismo negrito peronista de siempre –soltaba Victoria.

-Es un cabecita negra. Yo siempre te lo dije, Victoria; éste se da vuelta como un panqueque. Como hizo en los 50 para arrimarse a nosotros –reflexionaba Silvina.

Yo no dije nada. Esperé en silencio a que las hermanas se cansaran de reírse de mí. Pero me quité el sobretodo porque ya no soportaba más el calor.

8-VICTORIA OCAMPO

Después Silvina:

-Bueno, yo ya me voy, Victoria –dijo-. Me tengo que ir a la presentación de un libro de Martha Lynch.

-¿Y me vas a dejar sola con éste? –le reprochó Victoria.

-No tengas miedo, Victoria; estás en la Avenida Callao, rodeada de mucha gente. No creo que te vaya a hacer nada.

Entonces intervine:

-Pero discúlpenme, señoras, ¿acaso no me iban a decir ustedes dónde lo podía encontrar a Borges si yo les hablaba algo en francés?

-Pero dejate de joder, che –dijo Victoria-. ¿Y a nosotras nos preguntás? ¿Qué sabemos nosotras dónde lo podés encontrar a Georgie?

-Mi hermana te cantó la posta –aseguró Silvina-. Es verdad. Nosotras no sabemos nada. La Japonesa María lo tiene siempre bien guardado. A veces lo lleva a Georgie a alguna parte, pero nada más. Lo lleva a Suiza, a Estados Unidos. Lo lleva y después lo trae. Pero ella sola sabe cuándo y cómo. Solamente la Japonesa.

Después Silvina sacó de su cartera algo de plata para que me comprara zapatos nuevos. Me dio un par de billetes y me dijo que si me volvía a ver no quería verme con esos zapatos viejos y sucios.

Le agradecí como corresponde y le prometí que en la primera de cambio que tuviera me compraría zapatos nuevos como muestra de mi eterna lealtad hacia ellas y hacia toda la familia Ocampo.

Silvina se despidió de su hermana con un fuerte apretón de manos y se hizo agua yéndose en un taxi. De manera que Victoria y yo nos quedamos solos, uno frente al otro, sin saber qué decir.

La diferencia de edad nos alejaba muchísimo. Si bien yo empecé a sacar la cuenta de qué buen partido sería para mí si me casaba con Victoria. ¡Cuántas puertas que se me abrirían! Basta, Julio, no empecés otra vez. Mirá que sos mandado a hacer para darte manija. Mirá si una vieja de los Ocampo le va a dar bolilla justo a alguien como vos.

Yo qué sé. A lo mejor si la empezaba a apurar un poco la vieja se me prendía como alfiler. Victoria me observaba en callado. No te hagás el chiquilín, te mira porque no le decís nada. ¿Qué querés que haga? Además vos te creés que si la vieja anda con ganas se va a fijar en un bicho como vos.

Esta vieja se maneja en otros círculos, frecuentea otros ambientes, otras esferas, y con la billetera que tiene se puede dar el lujo de tener a cualquier pibe de veinte años del interior que venga a Buenos Aires para progresar un poco. Si me acuerdo que decían que se había barrido a toda la facultad de Filosofía y Letras. Hasta al propio indio Tagore se lo fusiló. ¿Para qué te pensás que lo hizo vivir en la casa y gratis? ¿Y esos canapés que levantaba en la casa todas las tardes? ¿Para qué te pensás que eran? ¿Para tomar té inglés y probar galleta criolla? ¿Para decir quién lo había matado a Kennedy o para andar hablando del conflicto de Vietnam? Dejate de jorobar querés. Aterrizá de una buena vez en tu vida, dejá de andar volando que el día menos pensado te van a bajar de un escopetazo. Vos te das manija y después quién te aguanta.

Eso, dejala que se vaya, que se haga la distraída y se vaya sin saludar. Sí, andate, vieja puta. ¿Ahora que tu hermana se fue ya no te hacés más la cocorito divertido? Ahora que estás sola bien que te quedás callada; cuando no estás con tu hermana no te animás ni a levantar una moneda del piso. ¿Por qué no te reís de mí ahora como te reíste hace un rato? Porque sabés que a la primera cosa que digas te dejo tumbada en el piso de un gancho de izquierda. ¿Por qué no me pedís ahora que te hable en francés, vieja oligarca de porquería?

Victoria volvió sobre sus pasos.

Se me acercó y me dijo:

-¿Sabés, turrito, quién te puede ayudar a encontrarlo a Georgie? La Rusita Alejandra. Ella y la Japonesa María son muy íntimas amigas. A lo mejor te dice dónde la Japonesa lo tiene a Georgie metido.

Yo ladeé un poco la cabeza.

-El problema, Sra. Victoria, es que yo no tengo la dirección de la Rusita.

-Yo te la doy, no te hagás problema. No vas a empezar a llorar otra vez…

-Se lo agradezco tanto, Sra. Victoria, tanto…

Le quise besar la mejilla pero ella no me dejó.

-No es para tanto, che; no te hagás el confianzudo. Tomá, acá tenés la dirección de la Rusita, pero no le digás que yo te la di. Aquélla es medio loca y si se llega a enterar que te di la dirección es capaz de correrme con un cuchillo.

9-EL TURQUITO

Empecé a caminar otra vez solo por la Callao. Me metí las manos en los bolsillos del sobretodo y respiré profundo. Me dirigía a la casa de la Rusita. Estaba como a más de cuarenta cuadras pero preferí ir caminando. Caminaba con un solo pensamiento. Tengo que encontrarlo a Borges. Y lo voy a encontrar. Lo voy a encontrar.

Al final había tenido suerte de encontrarme con las Ocampo. Una me había dado plata para que me comprara zapatos nuevos y la otra me había dado la dirección de la Rusita Alejandra. A lo mejor ésta me podía ayudar. Era amiga de la Japonesa…

Hacía muchísimo tiempo que no sabía nada de la vida de la Rusita. Sabía que andaba escribiendo poesías y todo eso, pero nada más. Cuando me vea se va a caer de espaldas. No me va a poder creer que estoy en Buenos Aires. Esta Rusita… Siempre me hacía reír. Me acuerdo cuando se disfrazaba de payaso y se subía a una mesa y empezaba a imitar a los lobos marinos. ¿A ver cómo hacen los lobos marinos, Rusita?, le decíamos todos. Y ella enseguiuda los imitaba. Una piba bárbara era la Rusita.

Habría caminado unas diez o quince cuadras cuando empecé a sentir otra vez olor a jaula de mono. Tenía toda la frente chorreada de sudor y pensé: Soy yo, otra no queda. Entonces alguien me tocó por el hombro y me di vuelta enseguida. No tardé nada de tiempo para reconocerlo. Era el tachero. Ahora todo me empezaba a cerrar mejor.

-¿Se acuerda de mí, Sr. Cortázar? –me dijo.

Asentí con la cabeza, malhumorado.

-A mí me dicen el Turquito Asís. Y quiero ser escritor, como usted.

Vi que tenía en las manos unas carpetas, unos papeles.

-¿Qué querés, pibe? ¿Vos me estuviste siguiendo? Tené ojo conmigo porque te voy a bajar de un derechazo a la mandíbula, ¿me oíste?, si me entero que me estás siguiendo.

-No, Sr. Cortázar. Yo quería que usted me ayudara. Acá le traigo todas mis obras completas para que las lea.

El Turquito me dio risa; y a mí cuando alguien me da risa me pongo a reír.

-¿Así que vos te pensás que sos escritor? –le dije-. ¿Pero desde cuándo un cabecita negra como vos puede ser escritor? –le dije-. ¿A que no va que sos peronista también?

-No, Sr. Cortázar; yo soy comunista.

-¿Comunista? ¡Pero mandate a mudar! Vos ni debés saber lo que es el comunismo.

El Turquito bajó un poco la cabeza, entristecido. Seguro que no se esperaba una respuesta así. Yo a veces me la daba de cruel.

-¿Entonces no me va a ayudar? –me preguntó.

-Pero pibe, ¿vos no sabés que en la Argentina para ser escritor hay solamente dos caminos: o tener plata o tener un buen apellido? Y vos, Turquito, disculpame, pero un buen apellido no tenés. A-sís. A-sís. ¿Qué clase de apellido es ése? Dejá de macanearte a vos mismo.

-Pero yo tengo plata, Sr. Cortázar.

Y ahí nomás el Turquito sacó un fajo de billetes azules, colorados y marrones. ¡Ah la flauta! Nunca había visto tantos billetes de distintos colores. Enseguida se los agarré y me los metí en el bolsillo.

-Parece que vos y yo nos vamos a llevar bien, pibe –le dije.

El Turquito enseguida me besó la mano.

-Largá, che –le dije-. Mirá que la gente está relojeando.

-No me importa que me vean, Sr. Cortázar –me dijo, y me volvió a besar la mano otra vez.

-Mirá que sos cabeza dura vos –le dije riéndome un poco-. Pero no importa. Pero no importa. Yo te voy a ayudar lo mismo.

Le dije no sé cuántas más macanas. Que se lo iba a presentar a Sábato, que lo iba a ser ganar en un concurso de novelas en el que yo estaba como jurado… No me acuerdo cuántas más macanas.

El Turquito decía a todo que sí con la cabeza. Pensaba que conmigo se había sacado la grande. Viste, Julio, viste que en este país hay varios que todavía no se cayeron del catre. Pobre Turquito, tenía la cara toda contenta. Las esperanzas que se estaría haciendo el pibe… Me insistió para que le agarrara las obras completas pero yo no quise. Después las iba a tener que tirar a la basura y me daba un poco de lástima por el Turquito.

Le dije que tenía muchas cosas que hacer y me mandé a mudar. Casi casi lo dejé hablando solo. Caminé varias casas y cuando me di vuelta el Turquito estaba todavía allá parado, mirándome con esa sonrisa de atorrante que tenía. Nunca más lo volví a ver. Qué sé yo qué le habrá pasado. Habrá terminado de gerente de algún cabaret; seguro. Yo me fui silbando contento; con la plata que le había chamuyado al Turquito más la plata que le había chamuyado a Simone ya tenía como para tirar por dos meses en Buenos Aires.

10-AJEJANDRA Y MININA

Cuando llegué a lo de la Rusita me puse a tocar el timbre. Como nadie me abría seguí tocando. Si no hay nadie en casa no estoy molestando a nadie, pero si hay alguien me van a tener que abrir. La cosa es que yo no sacaba el dedo del timbre. Por ahí veo que abren la puerta y que se asoma la cara desconcertada de la Rusita.

-¿Qué querés, Van Gogh? –me dijo-. ¿Qué te pasa? ¿Tenés brea en el dedo?

-Dejame pasar, Rusita; tenemos que hablar.

Ya la Rusita me estaba por cerrar la puerta en la cara pero yo me le amanecí; puse el pie y tuve que entrar a la fuerza. Caminamos por un pasillo largo y bien angostito. La Rusita me seguía de atrás, puteándome a cada rato y diciendo que iba a llamar a la cana si no me rajaba ya mismo.

-Siempre la misma rufiana vos, Rusita –le dije.

Crucé el patio y entré a la cocina para abrir la heladera. Parecía que tenía una orquesta adentro del estómago del hambre que traía. Y ahora que me acuerdo hacía como dos días que yo no comía nada. Pero la heladera de la Rusita estaba toda vacía.

-¿Por qué no empezás a trabajar y te comprás algo de comida, Rusita? Mirá lo que es este cementerio. Ni siquiera hay una cebolla.

-Callate, Van Gogh, y andate antes que te raje a patadas.

La Rusita me decía siempre Van Gogh porque sabía que yo había vivido en París. Y como Van Gogh había sido amigo de Gauguin se pensaba entonces que Van Gogh también había sido francés. Yo no la quería sacar de su ignorancia a la piba y la dejaba nomás que me dijera Van Gogh todo lo que quisiera. Pronunciaba Van Gogh como si fuera un apellido bien francés, acentuando muchísimo la O. Además si le hubiese dicho la verdad, a lo mejor a la Rusita le hubiese entrado una vergüenza bárbara, porque aunque era una piba ordinaria también es verdad que era muy orgullosa. Había leído casi veinte libros enteros y se daba aires de no ser una ignorante. Quizás sacó de alguno de esos mismos libros eso de que Van Gogh y Gauguin habían sido amigos.

Miré para todos lados y le dije:

-¿Por qué no limpiás un poco acá? Esto es todo una mugre. No te vas a herniar si agarrás un día una escoba y un balde.

-¿Sabés qué pasa, fantoche? –me respondió con un dejo de ironía-. La menestrala hace días que no viene y yo ando muy ocupada con mis cachibaches.

Nos reímos un poco. Siempre me hacía reír la Rusita.

Después la Rusita se puso seria y mirándome a la cara me dijo:

-No, en serio, pimpollo; te vas a tener que ir. No estoy sola.

Encendí un pucho y le contesté.

-Sí, ya sé que no estás sola. Apenas entré acá adentro me di cuenta que tenés a alguien metido en la pieza. Por mí podés decirle que salga, que ya sé quién es.

La Rusita sintió que yo le estaba cascoteando el rancho.

-A ver, gandul –me dijo-, ya que sos tan inteligente y te las sabés todas, decime, a ver, ¿a quién tengo adentro de la pieza?

Agarré una cartera que estaba tirada en un rincón del piso y le tapé la boca.

-A Silvina Ocampo –le dije-. Esta cartera es de ella. ¿O me equivoco, Rusita? ¿Decime a ver si me equivoco?

La Rusita soltó una carcajada enorme.

-¡Pero mirá que habías sido vidente vos! –me dijo-. ¿Cómo hacés para sabértelas todas? ¡Parece que comiste mucha polenta allá en París!

La Rusita se rascó un poco la cabeza y después levantó un poco más la voz.

-Salí, Minina, que acá ya te engranparon. Van Gogh ya sabe que estás acá.

Entonces vi cómo la Sra. Silvina aparecía con la vista baja. Al parecer no podía mirarme a los ojos.

-Por favor, Sr. Cortázar –murmuró-; no vaya a decirle nada a mi marido que me encontró aquí. Se lo suplico. Bioy se moriría si se llegara a enterar de esto.

Yo no sé si fue el hecho de que me llamara Sr. Cortázar o me dijera se lo suplico, pero lo cierto es que enseguida sentí que me subía como fuego a la cabeza, que estaba que echaba chispas de la rabia que tenía y que pensaba descargarla toda contra la Sra. Silvina. Ella sola pagaría todos los tragos amargos que me habían hecho tragar por la tarde ella y la puta de su hermana. Vamos a ver ahora quién hace de león y quién hace de conejo. Vamos a ver ahora quién es más cabecita negra. Quién es el mismo negrito peronista de siempre. Quién se da vuelta siempre como un panqueque. Vamos a ver.

11-ALEJANDRA Y MININA

Me acerqué a la Sra. Silvina boqueando humo y pavoneándome como un rey.

-No se preocupe, Sra. Silvina –le dije chiquito-. Yo no pienso abrir la boca.

Y ahí nomás le pegué un trompazo tan fuerte en la cara que la hice caer al piso.

-¡Minina! –gritó la Rusita. Y se fue corriendo a abrazarla y consolarla.

La Sra. Silvina lloraba. La Rusita la besaba entre los cabellos.

-Pero mirá que resultaste misógino vos, Van Gogh –me dijo la Rusita-. ¿Por qué le pegaste?

-Por favor, Alejandra –le dijo la Sra. Silvina-. Decile que no me golpee más.

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