Cortázar alineado. Nueva vuelta

CORTÁZAR 3ra. VUELTA

1-1971

Vos sabés bien qué me pasaba. Yo andaba medio tristón porque el año 71 me había madrugado en Buenos Aires. Y yo hacía ya seis vueltas de calesita que me quería volver a París. Extrañaba esas callecitas humedecitas que tiene y todo el revuelo ese que siempre hay. Pero me tuve que pasar el 24 y el 31 en Buenos Aires. Solito con hambre y sin nadie que me preste.
La peor noche fue la del 31. Me la pasé con el pañuelo en la cara. Me puse a hacer lo que más me gusta hacer en la vida. Me entré a dar lástima de mí mismo. Me acordaba de todo lo que había sufrido de chico. De lo solo y sin papito que me había criado. De cómo se me burlaban en el colegio por cómo yo pronunciaba las r y las g. De la primera novia que me había dejado en Parque Lezama.
Empecé el 71 tirado en la cama y seco como un matambre. Escuché varios discos de jazz y me fumé dos atados. Tenía los pulmones hechos una miseria pero me daba lo mismo. Quería estropearme todavía más la vida. Lo que pasa es que yo estaba enojado con la Embajada de Francia.
No querían habilitarme la plata para el pasaje de regreso a París. Iba todas las mañanas a la Embajada y no me daban nunca una buena respuesta. Yo les decía que tenía la doble ciudadanía y que me dejaran salir de Buenos Aires. Pero ellos me porfiaban que yo tenía que esperar a que pusieran mis papeles en orden para darme el pasaporte. Al final tuve que pasar el año nuevo en Buenos Aires, con el chiste que eso a mí me hacía.
Nunca me gustaron “el primer día del año”. Siempre me ponían nostalgioso. Para colmo ese primero de enero hacía un calor de los cien indios. Decidí no quedarme en casa. Me iba a poner más enojado si me quedaba en casa encerrado.
A la una de la tarde salí a la calle y empecé a caminar por la Vicente López hacia el centro. No había una sola alma en la calle. Hacía un calor de más de 40. Seguro que todos estarían durmiendo la siesta de la sidra y el clericó. Como andaba cerca de la casa de Borges lo quise ir a saludar. A lo mejor la Japonesa me prestaba algo de plata para aligerar los trámites en la Embajada.

2-BORGES

Caminando rápido se llegaba enseguida a lo de Borges. Lo encontré sentado en una silla bajita de mimbre y con la puerta abierta. Se apantallaba la cara con un abanico japonés por el calor que hacía y se había levantado las mangas de los pantalones hasta las rodillas. Yo entonces le podía ver con todo gusto las pantorrillas. Eran unas pantorrillas debiluchas y sin nada de pelo. Ahí corroboré lo que me había contado Astor Piazzolla sobre el verdadero origen de Borges. Pero por qué será que a los indios no le crecen pelos ni en las piernas ni en los brazos ni en la cara. Qué, ahora te vas a poner a pensar en la genética de los nativos del nuevo continente. No, pero de verdad, yo quería saber. Me intrigaba. Qué cosa más rara son los indios. Un día de éstos voy a cazar un libro de antropología para conocer más sobre ellos. De paso lo comprendería mejor a Borges.
-Feliz año de la patria, maestro –le dije dando palmas-, y que vivan los unitarios.
-Feliz año, Cortázar, y que vivan los federales –me dijo Borges-. Y éntre rapidito que se va a calciná ahí en la calle. El sol pega juertito a esta hora, como comisario pasao ´e copa.
Me sonreí y asentí.
-Entre que acá dentro da un poquito de vientito fresco y lindo. Sientesé –me convidó Borges.
Yo me le senté al lado y enseguida me empecé a sentir mejor. Parecía mentira. Pero Borges me transmitía tranquilidad. Tranquilidad y paz.
-¿Está solo, maestro? –le pregunté-. ¿La Sra. se fue?
-Sí se jué –me dijo Borges-. María se jué con la mujé de Bioy a inaugurá un taller literario.
Yo ahí me puse a sospechar como juez al que no le tiraron coima.
-¿A inaugurar un taller literario en un día feriado como hoy, maestro? –le dije-. Es raro ¿no le parece? Hoy es el primer día del año. Debe estar todo cerrado.
Yo quería hacerlo sospechar para que el viejo dejara de ser engañado. Me daba no sé qué rabia que la Sra. Silvina y la Japonesa jugaran así de esta forma con la inocencia de Borges y que nada les pasara, que nadie fuera a ponerle los puntos sobre las íes. Más bien que yo quería que pisaran el palito, pero sin que fuese necesario que yo abriese la boca.
-Maestro –le dije entonces-… ¿usted no nota nada de inusual en la relación de su mujer con la Sra. de Bioy?
-¿Inusual di qui? –dijo Borges-. Esas dos chinitas han salío esta mañana bien temprano y aurita mesmo se deben estar asando vivas como dos lagartijas en el barro todo mugriento.
Le insistí.
-¿Pero es muy habitual que salgan ellas dos solas y juntas, maestro? ¿Y que se ausenten durante tanto tiempo de la casa? Para mí el lugar de una mujer es al lado de su marido. ¿Usted no sospecha que hay algo medio raro detrás de todo esto? Porque no me vendrá a decir ahora usted que piensa que es bueno para su mujer una amistad de este calibre con la Sra. Silvina.
Yo quería seguir cascoteándole el rancho para que reaccionara su recelo indígena. En una de ésas se daba cuenta de todo y después me lo iba a tener que agradecer. Lo que yo quería era poner un huevo en cada canasta.
-¡Ah! –dijo entonces Borges-. Usté ya sabe cómo son las mujere, Cortázar. Vio que les gusta siempre andar juntándose por ahí pa´ hablar a solas de sus hombres. Y si Bioy no le pone el estribo a su mujé, tonce´ yo no le voy a poner estribo a la mía. A esas dos zonzas les gusta andar puniéndose cintitas en los cabellos y caminar por las calles de Buenos Aires delgaditas de cintura.
Me callé la boca. Me di cuenta que nunca Borges podría llegar a imaginar siquiera lo que le hacían a sus espaldas la Japonesa María, la Sra. Silvina y la Rusita.
-¿Quiere que le cebe unos mates, maestro? –le pregunté-. ¿O hace calor?
Pero Borges no me contestó.
Borges me dijo:
-Yo sé lo que usté estará pensando, Cortázar: “¿Pero cómo hace don Borges pa´ salí con una chiruza como esa María?”. Lo que pasa es que usté no la conoce bien a María. Lo suavecito y lindo qui habla esa ñata por las noches. Parece un manantial de poesía que reberberase de su boca, mire. Y yo le toco la cabecita a María y le digo: “Usté e´ guena, María, e´ guena. E´ trabajadora.”. Y ella tiene el cabellito suave, suave; y yo le paso la manito así despacio, despacio.
Entonces yo arrimé mi sillita más a la suya y le pregunté:
-¿Y le cuenta historias por las noches, maestro?
-¡Cómo no me va a contá historias! –dijo Borges-. Todas las noches me cuenta historias. Una vez María me contó que ayá en el norte existe un mar inmenso; y que en medio de ese mar existe una islita chiquita que le pusieron el nombre de la islita de la Bretaña. Y parece ser que en esa isla nacieron juntitos los hombres pa´ escribir las cosas que les venían de sus almas. Y dicen que en el norte de esa islita la peonada habla en una palabra; pero que más abajo la peonada habla en otra palabra; y más más abajo todavía hablan en otra palabra. Y tonce´ yo acá me hago una pregunta y quisiera que alguien juera bueno y me viniera a respondé: ¿cómo hacen esos hombres pa´ entenderse si hablan en diferentes palabras?
-No me imagino cómo harán, maestro –le dije-. De seguro deben tener un conocimiento innato, al igual como lo tienen las hormigas y los escarabajos de oro.
-Y María también me dijo que en esa islita tienen una reina, qui maneja todas las estancias y los capataces son tuitos buena gente de trabajo, no como acá que son todos subversivos y ponebombas.
Yo ahí quise desviar la conversación más hacia el lado de lo político y lo social. Tenía que aprovechar que no estaba la Japonesa para saber qué pensaba Borges al respecto.
-Maestro, ¿usted cree que Perón volverá al país este año? –le pregunté.

3-BORGES Y PERÓN

-¡Qui va a vení ese cobarde! –dijo Borges poniéndose bien bravo-. ¡Ese no guelve más a este pago! Pa´ mí qui dibería seguí como Presidente el general Onganía; ése sí que e´ guenazo; ¡ése sí qui no le hace mal al pago!
Yo me estaba muriendo de sed. Y Borges tenía una botellita de agua que tomaba con una pajita. Le daba pequeños sorbitos pero yo no me animaba a pedirle. No me animaba por nada del mundo. ¿Por qué me sentiría yo siempre tan insignificante al lado de ese hombre, que para todo tenía una respuesta, que para todo tenía una explicación siempre a la mano?
-¿Y a qué va a volvé ese Perón al país, digamé? –continuó Borges-. ¿Qui quiere hacé ese mestizo con este país? Nosotros en la Argentina somos tuitos la mayoría descendiente de uropeos y no de indios patasucias como él. Nosotros somos como un paisito de Uropa acá tirado donde el diablo perdió el poncho…
-Eso es lo que dice siempre la Sra. Victoria –yo dije-. Dice que nosotros los argentinos somos europeos en un continente de latinoamericanos.
-Y en eso la cuñada de Bioy tiene tuita la razón –dijo Borges-. No señó, no somos argentino, somos uropeo. Por eso lo echamos a Rozas y por eso también lo echamos a Perón de la tapera en el 55. En el 45 Perón quería que este país juera pa´ los indios salvajes, pero entre los militares y el Jockey Club le cortaron las orejas como a los perros a ese mestizo!
Borges parecía entonarse de lo lindo cuando se le hacían preguntas sobre el peronismo. Se prendía enseguida y saltaba como leche hervida y le gustaba más que el dulce de leche. Y aunque yo nunca entendí nada de política y nunca me interesó la política argentina, le tiré una para que se distraiga un poco.
-Y dígame, maestro –le dije-, ¿qué opinaba usted en los 50 sobre la figura de Eva Perón?
Borges se encendió como polvorita.
-¡Ay esa Perona! –resopló con furia-. ¡Esa Perona era más populachera!… Ay la rabia qui mi daba cuando la uía por la radio. ¡Hablaba pior de la oligarquía argentina qui de la seca, mire! Y despué se hacía la más dulce que el camote con los cabecitanegra. Pero esa Perona era toda una bandida. No nos quiría nadita a nosotros, porque nosotros somos más blanquitos que la leche y que la cal; y ella era bien negrita del Junín y no tenía abuelitos ilustre ni naides que le venga a estirar el cuento.
Borges se puso a rascarse las pantorrillas con las uñas. Tanto que se las puso coloradas. Se rascaba como si tuviera piojos. Sin duda que el estar hablando de tanto peronismo y tanto cabecitanegra le había hecho acordarse de aquella pensión donde lo mandó el padre a prestarle la plata a Macedonio. Todo lo que me había contado entonces la Japonesa era cierto; y era cierto entonces también que Borges había entrado a esa pensión y que había visto a toda esa gente del interior amontonada ahí adentro y que se había horrorizado, porque había reconocido en los rasgos de aquellos provincianos los mismos rasgos de sus padres reales, según me había contado Astor Piazzolla.
Borges prosiguió su arenga antiperonista.
-¡Y una invidia nos tenía esa Perona! Porque saía qui la Argentina e´ pa´ tuitos nosotros y no pa´ ellos. Nus echaba en cara qui nosotos éramos de la Sociedá Rural y del Jockey Club, pero nosotros dijimos: “Acá es ellos o nosotros. Y los ingleses con los que quisieron negociá jué con nosotros y no con ellos. Así qui si me apuran que no me quieran sacar gueno porque no respondo de mí si mi impiezo a poner chinchudo”. Yo a esa Perona nunca le creí nada. Por eso le cortamos al marido las orejas como a los perros, pa´ que se escapara en el 55 en barcaza por el Paraguay!
Ahí sonó el teléfono.

4-BORGES Y UN TELÉFONO

Borges fue a atenderlo caminando de a tranquitos. El teléfono estaba en una piecita lejana y por eso estuvo sonando tanto tiempo hasta que atendió. Yo vi que Borges había cerrado la puerta de la piecita para atender el teléfono, como si tuviera cuidado que yo no escuchara nada de lo que anduviera hablando. Esto me picó la curiosidad. Yo siempre fui curioso como un gato. Me entraron a dar ganas de saber con quién estaría hablando Borges.
Me fui en puntitas de pie hasta la piecita y pegué la oreja a la puerta. Al principio no escuchaba nada, pero después sentí que Borges dijo:
-Sí, mijita, ya le dije yo que está acá. Se lo tengo acá hablando conmigo. Usté quédese tranquila.
A mí se me pusieron los pelos de punta. Borges estaba hablando de mí con alguien pero yo no sabía con quién. Me empecé a hacer mala sangre y a ponerme nervioso. No me gustaba un pito que hablaran de mí por teléfono. Pero me puse todavía más nervioso cuando escuché lo que viene:
-Tá bien, mijita. Yo se lo voy a entretener acá por un par de horas así usté trabaja tranquila. Usté trabaje tranquila allá y no me afloje. Se lo voy a entretené hasta las 5 ´e la tarde.
El mundo se me vino encima. ¿Por qué Borges tenía que entretenerme hasta las 5? ¿Con quién hablaba? ¿Qué estaba sucediendo? ¿Qué cosas planeaban en mi contra? ¿Por qué me odiaban?
Después sentí que Borges dijo, alzando bastante más la voz:
-¡Usté me está faltando el respeto, mijita! Ya me llamó dos vece viejo puto y no se lo voy a permití una tercera. Todavía qui li hago a usté un favor, usté se me pone a insultá. Yo a este señó se lo entretengo hasta las 5 y despué arréglese usté solita. Ansí que haiga ahí todo lo qui tiene qui hacé todo enseguidita.
No precisé seguir escuchando más. No quería seguir escuchando más. Me negaba a ver que el mundo se me cayera de a pedazos. Que en todo aquello en lo que había durante tantos años creído se desplomase de repente encima mío. Simplemente escapé de la casa de Borges como una especie de autoabroquelamiento.
Salí a la calle y me tomé un taxi. Quería llegar urgente a mi casa. Sospechaba algo feo. Sospechaba quién podía ser la persona con la que Borges había estado hablando, pero me daba chuchos de miedo querer darme cuenta. Que me bajaran así del aire de un escopetazo. Todavía no quería pensar nada ni conjeturar nada. Quería nada más llegar a mi casa y afrontar lo que tenía que afrontar. Entré a transpirar muchísimo de los nervios.
Como no había nadie en la calle el tachero nunca sacó la cuarta y llegamos enseguida por Coronel Quijana. Le pagué y no le esperé el vuelto, me bajé del taxi con el pulso latiéndome como a 95 o 100. Ahí nomás cuando vi la puerta me di cuenta que me habían tomado la casa. Habían forzado la puerta a martillazos y a patada limpia al parecer.
Mi casa era de ésas como hacían antes los italianos, en forma de chorizo. De manera que para entrar había que cruzar un pasillito. Después estaba el patio, la cocina y la pieza.
Yo entré con un miedo terrible.
Pero más miedo me agarró cuando perfilé por el patio. Escuché la voz de la Rusita viniendo desde la cocina. No me cabía la menor duda. Era su voz, entre infantilada y arrabalera. Le estaba hablando bajito a alguien pero ese alguien no le respondía ni parecía llevarle el apunte. Yo me arrimé a la puerta de la cocina que estaba a medio cerrar y ahí la vi: a la Rusita sentada arriba de mi mesa de la cocina con las patitas colgándole como péndulos.
La Rusita estaba vestida bien de verano, con un pantaloncito corto Adidas, unas zapatillas tipo botitas y una remerita blanca con las letras YPF en rojo sobre el pecho. Se había cortado el pelo al rapé con un flequillo chiquito con el que se hacía un jopo. Estaba comiendo unas manzanas verdes y no dejaba nunca un segundo de mover las patitas colgadas como si fueran hamacas bailando.
-Así que vos no seas mongoaurelio –le decía la Rusita a alguien-. Vos hacé todo lo que yo te diga que va a salir todo bien. Yo sé manejarlo bien a este tipo. Cuando yo te diga “Hacé esto”, vos hacelo. Así de simple, no esquivés el bulto. Al final va a salir todo bien, quedate tranquilo.
Después se calló. Yo quería que siguiera hablando para saber con quién hablaba y entonces miré por la cerradura para espiar. Pero no vi a nadie.
Me entró a dar corajina. El miedo se me varió por odio hacia la Rusita. “Yo a ésta se las voy a hacer pagar todas juntas”, me dije, “se quiere dar aires de compadrita con todo el mundo pero yo la voy a bajar de un escopetazo”.
Entré a la cocina abriendo la puerta de un golpe.
Cuando la Rusita me vio no se chistó ni un poco. Es más, me preguntó lo más campante qué estaba haciendo yo ahí.
-Yo vivo acá, Rusita –le dije-, ésta es mi casa ¿no? ¿Vos qué hacés acá? ¿Fuiste vos la que me rompiste la puerta? ¿Vos entraste de prepo acá, Rusita?
-Te traje un regalo, Van Gogh –me dijo queriéndome cambiar el tema-. Por el año nuevo que estamos empezando. Es una plantita de pino. Tené ojo, Van Gogh, que me dijeron en la florería que este tipo de plantitas crece hasta cien o doscientos metros.
Yo vi que me estaba mostrando una plantita pero que no era para nada una de pino. Era otro tipo de planta; ésta era una de mala muerte.
-¿Vos no me compraste nada a mí? –me preguntó la Rusita.
-Dejate de jorobar, Rusita –le dije-, y decime cómo entraste. ¿Con quién estabas hablando vos recién? Acá hay alguien más. Te escuché que le estabas hablando a alguien.
-No estaba hablando con nadie, Van Gogh –me dijo-. Estaba cantando. Además estoy sola, no hay nadie acá. ¿Vos el 31 con quién lo pasaste?
La Rusita me miró cerrando por un instante un poquito los ojos, como siempre que me estaba mintiendo. Siempre que mentía hacía lo mismo. Yo le conocía todas las mañas a la Rusita. No le tenía ninguna confianza. Sabía muy bien que no le podía tener ninguna confianza a alguien así.
-Vos me estás jorobando, Rusita –le dije-, acá hay alguien más –y me fui a la pieza y encontré todo dado vuelta, todo patas arriba; los cajones por el piso, los libros con todas las hojas arrancadas, hasta el colchón lo habían roto tajeándolo con un cuchillo. Busqué y busqué pero no encontré a nadie.
Volví a la cocina y le pregunté:
-¿Vos me tajeaste el colchón con un cuchillo, Rusita?
-No, Van Gogh –me dijo-. Ya estaba todo así cuando yo vine. Parece que vino alguien antes que yo y que no te debe querer mucho. ¿Vos no te estarás haciendo el vivo con alguna casada, no? Mirá si el marido te llegaba a agarrar con ese cuchillo. Ahí sí que la sangre iba a llegar al río. Cuidate, Van Gogh. Mirá que yo no quiero ir a tu velatorio.
-Yo no me estoy viendo con nadie –le dije-. Estoy haciendo bien todos los deberes.
-Decime, Van Gogh ¿no te quedó algo de sidra mientras como las manzanas? Me gusta acompañarlas con algo.
-No te hagás la zonza, Rusita. Decime la verdad. Vos lo llamaste por teléfono a Borges recién ¿no?
-No, Van Gogh –me desmintió otra vez-. Si yo el teléfono de Borges no lo conozco. Ni siquiera sabía que tenía teléfono. Recién ahora me vengo a enterar. Mirá cómo son las cosas.
Yo dudé.
Para ponerla bien a prueba la ataqué por su punto más bajo.
Le dije:
-¿Sabés, Rusita? Me parece que te están pasando por arriba. Hoy la Japonesa María se fue a inaugurar un taller literario con la Sra. Silvina. Perdoná que sea yo el que te lo tenga que decir… Parece que la Sra. Silvina está jugando ahora ella a dos puntas con vos y la otra.
La Rusita hizo como que se iba a poner a llorar, pero después se empezó a reír. Fingió.
-No me interesa lo que hagan la Japonesa y Minina –me dijo encogiéndose de hombros-. Además hoy no vine a hablar de polleras.
-¿Ah no? –le dije-. ¿Y a qué viniste, Rusita?
-Hoy vine a hablar de negocios. Negocios nuestros…
Otra vez empecé a sentir chuchos de miedo.
-¿De qué me hablás, Rusita? ¿Qué negocios puedo tener yo con vos?
-Pensá, Van Gogh. Acordate.
Yo entré a recular. Tragaba saliva y sentía miedo. La voz me sonó suplicante.
-¿Qué tengo yo que ver con vos, Rusita? Decime, ¿yo a vos qué te hice? Si yo a vos nunca te hice nada…
-Acordate, Van Gogh. Mirá para atrás un poco en tu vida, para ver lo que hiciste.
-¿De qué me tengo que acordar, si yo a vos nunca te hice nada?
-Pensá. Ponete a pensar un poco en las macanas que hiciste en tu vida.
-¡Yo nunca le hice ninguna macana a nadie, Rusita, vos lo sabés bien! ¡Vos me querés asustar para que diga cualquier cosa!
-Cada uno sabe las macanas que se manda… por más que se quiera hacer el monaguillo para los demás.
-Vos me apurás así para asustarme nomás, ¿si yo cuándo me mandé una macana?
Ahí la Rusita le hizo un gesto a alguien que estaba detrás mío. Le hizo un gesto de asentimiento. Entonces sentí olor a jaula de mono y cuando me di vuelta lo vi al Turquito que me agarraba como un brusco por los hombros y me tumbaba boca abajo contra el piso.

5-ALEJANDRA Y EL TURQUITO

Yo llevo dicho más arriba que al Turquito nunca más en la vida me lo había vuelto a cruzar. Pero la verdad es que la cosa fue muy diferente. Ahí en la cocina de mi casa el Turquito me sorprendió por la espalda y me tumbó contra el piso. Mucho trabajo no le costó, porque aunque yo soy bien alto, el Turquito también tenía lo suyo.
Se había dejado crecer la melena desde la última vez que lo vi, pero se había sacado la barba y el bigote. Así entonces resaltaban más sus facciones de atorrante y facineroso. La verdad que tenía una cara que te daba miedo si la veías por la calle de noche. Tenía una cara fea, como de salvajón. Y además como era grandote te podías llegar a infartar si te lo llegabas a cruzar a la madrugada por una calle donde no pasara ni un alma. Pero al menos el espíritu lo tenía civilizado. Cuando me tumbó al piso me dijo de inmediato:
-Perdonemé, Sr. Cortázar. Yo lamento mucho esta situación.
-No te disculpés, Turquito –le dijo la Rusita-. ¿Por qué te le disculpás? Vos acá sos el damnificado. No tenés que pedir disculpas. Este tipo te chamuyó mucha plata y ahora que la devuelva.
-Pero yo no soy una persona violenta, Alejandra –le dijo el Turquito.
-Yo tampoco –dijo la Rusita-. Pero ahora que éste reviente si se piensa que se la va a llevar de arriba. ¿Vos te la pensás llevar de arriba, Van Gogh? Danos la plata que le mejicaneaste al Turquito.
-¿Qué plata? ¡Yo no tengo nada de plata! –dije tumbado en el piso-. Si hace tres meses que no puedo pagar el alquiler…
-¿Y la plata que yo le di, Sr. Cortázar? –me dijo el Turquito-. ¿Qué hizo con la plata que yo le di? ¿Se acuerda?
Yo le hablé con voz llorosa, para que me tuviera un poco de misericordia, ya que de la Rusita sabía que no se podía esperar nada bueno.
-¿Qué plata me diste vos, Turquito? Si me diste dos pesos… Hace ya un tranco largo que me los gasté.
-¡No eran dos pesos, Van Gogh! –gritó la Rusita-. ¿Vos te creés que si fueran dos pesos hoy estaríamos acá? Hoy estaríamos en el Tigre tomando sol ¿o no, Turquito?
-Alejandra ¿qué querés que haga? –le preguntó el Turquito.
-Buscale la plata en los libros que faltan y después en las macetas. Para mí que éste tiene la plata escondida en las macetas.
Yo me puse a llorar de la impotencia.
-¡Ya les dije, hijos de putas, que no tengo más la plata, que me la gasté!
-¡Eh, Van Gogh! La boquita. Más respeto –amonestó la Rusita.
-Pero yo no quería que las cosas fueran así –dijo el Turquito-. Vos me habías dicho que el Sr. Cortázar no iba a estar en la casa, Alejandra. Me lo prometiste. Me dijiste que íbamos a poder trabajar tranquilos.
-¿Y yo qué culpa tengo si este tipo llegó antes de horario? –se defendió la Rusita.
-¿Pero a vos no te habían dicho por teléfono que teníamos tiempo hasta las 5? –le preguntó el Turquito.
La Rusita le dio un mordiscón a la manzana con rabia.
-¿Por qué no te callás la boca, Turquito? –le dijo-. Después si hay quilombo lo vas a tener vos con el viejo. No yo. Ya me tienen cansada ustedes. Todo mal hacen.
Después la Rusita le ordenó que me atara las manos con una soga por la espalda. El Turquito la obedeció enseguida y me hizo un nudo de Boy Scout. Después se fue a la pieza a buscar la plata entre los libros. Parece que era la Rusita la que manejaba todo el asunto entonces. A todo esto no se había ni movido de la mesa y pataleaba como una nena de cinco años.
Cuando el Turquito se fue a la pieza le dije:
-Dejame ir al baño, Rusita. Tengo sed.
-Dejá de jorobar, Van Gogh. Hace cinco minutos que estás tumbado en el piso y ya te querés hacer la víctima como se hacía Aramburu.
-¿Me van a matar? –le pregunté.
La Rusita abrió bien grande la boca y después hizo una sonrisa chiquita. Estaba peligrosa, me la sabía de memoria. Pero no me respondió. Siguió comiendo las manzanas como si nada. Yo me puse a llorar otra vez. La barba se me humedecía con las lágrimas. Quería desatarme las manos pero no podía. El Turquito me había hecho un nudo bien bueno.
-Dejame escapar, Rusita. No los voy a denunciar a la Policía…
-¿Por qué estás yendo todos los días a la Embajada Francesa, Van Gogh? Cada dos por tres vas a esa embajada.
Me habían seguido los pasos.
-Quiero que me den el pasaporte para volverme a París –le conté.
La Rusita entonces brincó de la mesa y puso rodilla en tierra para hablarme al oído. Me susurró apenas para que el Turquito no la oyera desde la pieza.
-Si me decís a mí dónde tenés la plata del Turquito, mañana yo vengo y te devuelvo la mitad. Te doy mi palabra. Así vos te volvés a París con algo de guita y yo me compro lo que me tengo que comprar.
-¿Así? –le dije-. ¿Y qué vas a hacer con el Turquito? ¿Lo vas a matar igual que a mí?
La Rusita cabeceó y volvió a sentarse en la mesa. Encendió un pucho y dijo:
-¿Encontraste algo, Turquito? ¿Qué estás haciendo?
El Turquito apareció otra vez con unos discos de jazz.
-No encontré nada en los libros, Alejandra –le dijo-. A lo mejor el Sr. Cortázar nos está diciendo la verdad y ya se gastó la plata que le di.
-No me hagás reír, Turquito. Qué se va a gastar la plata éste –dijo la Rusita-, si éste es más agarrado con la plata que un judío. Vos no lo conocés.
-Le encontré estos discos de jazz, Alejandra –le dijo el Turquito.
El Turquito había agarrado mi colección de Clifford Brown. La Rusita sacó un disco y se puso a leer con detenimiento el título de las canciones.
-¿Quién es Clifford Brown? –me preguntó la Rusita.
Yo le conté.
-Es un saxofonista que te hace saltar las lágrimas cuando se pone a tocar el saxo, Rusita. Es un músico que te reconcilia con la vida.
-No lo conozco –dijo la Rusita.
-Es uno de los mejores negros que interpreta el jazz –le dije.
-¿Un negro como los negros de Africa? –dijo la Rusita-. No sabía que esos tipos supieran tocar instrumentos musicales. Es un milagro. Si yo lo escuché a Darwin que decía que los negros no son seres humanos. ¿Vos estás seguro, Van Gogh, que es un negro el que toca en el disco?
-Sí, Rusita; si querés te regalo el disco.
La Rusita agarró el disco y lo partió en dos pedazos.
-Nosotros lo que queremos es la plata, Van Gogh, no un disco de un negro –dijo.
-Alejandra –le dijo el Turquito-, ¿querés que vaya a ver si el Sr. Cortázar escondió la plata en las macetas?
-Andá, Turquito; yo lo vigilo.
Yo me volví a quejar.
-Turquito, por favor, ¿podés desatarme las manos? Se me están acalambrando.
-¿Qué hago, Alejandra? –le consultó-. ¿Le desato las manos?
-No, Turquito, dejalo así. Se nos puede escapar.
-Te lo pido por favor, Turquito –le dije-. Desatame las manos vos que sos bueno.
El Turquito no sabía qué hacer.
-¿Y si le desato solamente una mano, Alejandra? –dijo el Turquito.
-¡Turquito! –exclamó la Rusita-. Si le desatás una mano, le estás desatando las dos manos. Este tipo no es un pulpo.
Después el Turquito se fue a revisar si yo había escondido la plata en las macetas. Me quedé solo en la cocina con la Rusita. Me vigilaba fumando el pucho y tirando el humo para arriba.

6-ALEJANDRA Y EL TURQUITO

-¿Con quién pasaste el 31, Van Gogh? –me preguntó la Rusita.
-Con Astor Piazzolla y Leopoldo Federico –le conté.
-¿Lo pasaron lindo?
-Y sí, Rusita –le dije-. Viste cómo es esa gente. Te contagian la alegría que tienen. ¿Vos con quién lo pasaste?
-Con mis tías abuelas –dijo la Rusita-. Ellas tomaron muchísima sidra pero yo no quise tomar nada. No me gusta tomar alcohol. Me fui a dormir tempranito.
-¿Son señoras grandes tus tías? –quise saber.
-Sí, son muy viejitas –dijo la Rusita-. Pero las quiero mucho.
-¿Se divirtieron?
-Ellas sí –dijo con cara de triste-. Bailaron mucho del Scortijzeim y la Schailaleim. Pero nosotros no festejamos el 1971. Nosotras estamos en el año 8957.
-Claro –dije yo-. Es natural.
Ahí empecé a pensar una estratagema para que la Rusita me desatara las manos y yo me pudiera escapar. Me iba a poner a halagarla para tenerla bien confiada. A lo mejor le hacía pisar el palito.
-Te queda bien ese corte de cabello que te hiciste, Rusita. Te hace más linda.
La Rusita enseguida se puso colorada. Levantó las cejas y se sonrió un poco. Empezó a mirar para todos lados. Le daba vergüenza que alguien le dijera linda.
-Se agradece, Van Gogh –me dijo-. Muy dulce de tu parte.
-No, de en serio –yo le insistí-. Te queda bien ese corte. Parecés una piba de 19 años.
La Rusita se puso más colorada. Meneaba la cabeza y se sonreía alzando de vez en cuando los hombros. Se veía que no estaba acostumbrada a recibir halagos.
-Se agradece, Van Gogh –me repitió-. ¿Por qué no me hiciste ningún regalo para el año nuevo?
-Yo te pensaba comprar unas chinelas –le dije-, pero ahora veo que tenés unas zapatillas bien lindas. Cuando me dejen libre te voy a comprar unas zapatillas todavía más lindas que ésas.
La Rusita alzó las patitas en línea recta y se puso a mirarse las zapatillas.
-Comprame unas que no sean en botitas –me dijo-; éstas dan mucho calor en el verano. Comprame unas azules.
-Sí, sí –yo le dije.
-¿Te gustó el pino que te regalé?
-Es muy lindo –le dije-. Lo voy a regar con agua mineral así no se me achancha.
Ahora la Rusita parecía más relajada. Yo pensaba que le había hecho morder el anzuelo. Yo la miraba con la cabeza acostada en el piso. “Si me llega a desatar la muelo a trompadas por compadrita y después al Turquito lo mato”. Pero yo quería ir despacio porque sabía que la Rusita era bien ladina. Al momento de descubrir una trampa era bien bicha.
-¿Quién fue el que me rompió la puerta a martillazos? –le pregunté.
-El Turquito –me dijo enseguida-. Ese tipo es un ignorante. Yo quería abrir la puerta con una llave maestra, pero ese tipo es un bruto. ¿Viste cómo te dejó la puerta?
-Hecha un desastre –le dije.
-Yo no creo que un cerrajero te la pueda llegar a arreglar ahora. Me parece que vas a tener que comprar una puerta nueva; lo lamento, Van Gogh.
-No te hagás problema, Rusita; si la culpa fue de ese bruto, no tuya.
-Mirá que yo le dije, Van Gogh: “Con cuidado, Turquito, con más cuidado. Vas a romper toda la puerta”. ¿Pero vos te pensás que ese tipo me escuchó? Empezó a los martillazo limpio y hasta que no rompió todo no paró.
-Mirá si los llegaban a ver los vecinos de la cuadra, Rusita, y llamaban a la Policía. Tenés que tener más cuidado con quién te juntás. Mirá si por culpa de ese tipo terminabas en la comisaría.
-Tenés razón, Van Gogh. El Turquito es un bruto. Pero así es como está la Argentina. Con gente así este país no va a salir nunca adelante. Y es una picardía, con los recursos naturales que tiene la Argentina, con los 3000 kilómetros de salida al mar que tiene. ¿A vos te parece que todavía seamos un país en desarrollo?
-Tenés razón, Rusita –le dije-. Hablaste bien. Pero es como vos dijiste: El Turquito es un bruto.
-Sí, es un bruto –dijo la Rusita- ¿Viste la cara fulera que tiene? Se te cae el alma a los pies cuando le mirás la cara.
Después la Rusita se paró encima de la mesa para pispear por la ventana lo que hacía el Turquito en el patio.
Yo pensé que ya estaba bien embarullada.
Entonces le dije:
-Dale, Rusita; dejame escapar a la calle mientras el Turquito busca en las macetas. Me escapo por los techos.
-Te podés llegar a caer, Van Gogh. Mirá si te resbalás y te rompés el cuello. Mejor no. Después quién me va quitar a mí el remordimiento.
-Vos no te hagás problemas que no me voy a caer, Rusita. Yo después mañana voy al banco y saco toda la plata que tengo ahorrada y te doy la mitad. Vos decime el lugar y la hora donde querés que nos encontremos y yo estoy ahí con tu plata sin falta. Si querés te la llevo a tu casa.
La Rusita había seguido con atención mis palabras.
-¿Vos pusiste entonces la plata del Turquito en el banco? –me preguntó.
-Sí, Rusita –le dije-. El mismo día que me la dio. No iba a andar con semejante plata de un lado para otro con la inseguridad que hay hoy en la calle. Y tampoco la quería poner debajo del colchón con los intereses que están dando.
-¿Qué tasa de interés están dando?
-56 % -le dije.
-¿Anual?
-Sí –le dije.
-Muchísimo –dijo la Rusita.
-Y vos ya sabés cómo es esto, Rusita; en este país de especuladores la única manera de hacer plata es a través de la timba financiera. Otra no queda.
-Es verdad –dijo la Rusita-. Por eso es que la deuda externa está creciendo tanto. Por la bicicleta financiera que están haciendo los bancos.
-Seguro, Rusita; así que dale, porque no me dejás escapar y así mañana te doy la mitad de la plata que me dio el Turquito más los intereses. Te la llevo a tu casa si querés.
-¿Vos te acordás bien dónde vivo yo?
-Sí, sí –le dije-. Tengo la dirección y todo. ¿Te acordás que me la dio la Sra. Victoria? Dale, desatame las manos. Sé buena. Total el Turquito no se va a enterar de nada.
-Que el Turquito no se entere nunca nada de esto, Van Gogh, porque me puede llegar a matar.
-Vos quedate tranquila que yo nunca le voy a contar nada. Si sabés que nunca fui soplón.
-Lo que pasa es que es muy arriesgado, Van Gogh. Mirá si el Turquito se llega a enterar de alguna otra forma. ¿Yo de qué me disfrazo? Me mata si se llega a enterar que lo quiero pasar por arriba. Y además acordate que el clavo que siempre recibe el primer golpe es el clavo que sobresale. No me conviene estar haciéndome la viva.
La Rusita se quedó un rato pensando con la mano en el mentón.
-No te des manija, Rusita, no te preocupés más. Dale, desatame las manos y dejame escapar. Mañana arreglamos todo el asunto.
Fue ahí cuando la Rusita me miró con cara de amanecida. Me di cuenta que no me había creído nada de todo el barullo del banco. Desde allá arriba, parada en la mesa, se me rió en la cara.
-A vos cómo te gustan los cuentos, Van Gogh –me dijo-. ¡Cómo te gustan los cuentos! Pero yo te voy a sacar a patadas ese gusto que tenés por cuentero –me dijo.
Y enseguida brincó de la mesa y entró a darme patadas como si fuera un perro. Yo gemía y me retorcía. La Rusita me daba patada tras patada. Yo cerraba los ojos del dolor. Y cuando los abría veía la cara de la Rusita con los ojos y la boca bien abiertos, disfrutaba como una reina cómo lloraba yo por las patadas.

7-ALEJANDRA Y EL TURQUITO

Cuando el Turquito oyó tanto barullo vino a ver qué pasaba.
-¿Qué te dijo el Sr. Cortázar, Alejandra? ¿Por qué le pegás así? –preguntó.
-Vos seguí con lo tuyo –le dijo en seco-. ¿Encontraste la plata?
-Todavía no –dijo el Turquito.
Los dos se fueron hasta la puerta de la cocina.
-¿Me revisaste en estas macetas? –le preguntó la Rusita.
-Todavía no, Alejandra. Voy a revisar en aquéllas que están en la escalera y después reviso ésas.
-No, primero revisá éstas de acá y después fijate en las macetas de la escalera.
La Rusita daba directivas como si se quisiera hacer la Che Guevara. Tenía las manitos en la cintura y no movía un dedo, dejaba que el otro trabaje solo. Veía que el Turquito me estaba estropeando todas las plantas y no hacía nada. A mí me había hecho hablar al divino botón. Seguro que me vio venir desde el principio. Seguro que nunca me creyó nada.
Al principio se hizo la vergonzosa y después se la quiso dar de compinche mío. Y encima me preguntó por las tasas de intereses. Flor de paliza que me terminó dando. Me llenó el cuerpo de moretones. Pero si era tan incrédula por qué me siguió tirando del piolín y no me frenó en seco. Dejó que le contara todo el cuento hasta el final la boba. Habrá aprovechado para reírse de mí.
Ahora estaba parada ahí, bajo el dintel de la puerta. Pero el calor a esa hora era ya tan fuerte que haría 45 a la sombra. De vez en cuando me echaba una ojeada para vigilarme que no estuviera haciendo nada raro y después le daba indicaciones al Turquito por dónde tenía que seguir escarbando. Lo manejaba de aquí y de allá.
Después se puso a tararear Aurora. Pero no cantaba bien, desafinaba mucho la nota. Además se le notaba mucho en los ademanes que hacía que imitaba mucho a Sarita Montiel. En las partes tristes de la canción actuaba como que se clavaba un cuchillo en el corazón, o se llevaba la mano hasta la frente y cerraba los ojos con expresión adolorida. O también se persignaba, o si no extendía los brazos y se ponía a mirarse las yemas de los dedos mientras los movía uno después del otro.
A veces también hacía movimientos breves y pausaditos, girando la cabeza para un lado y para el otro. Se hacía la artista que sufre mucho.
-Muy bien, Rusita –le dije-. Si no tuviera las manos atadas te aplaudía.
Pero la Rusita hizo como que no me escuchó. Quería hacerse como la que estaba concentrada en lo que hacía. Empezó a cantar un poquito más fuerte: /Alta en el cielo/Un águila guerrera/Azul se eleva/En vuelo cordial/Azul un ala/Más azul que el cielo/Cruje la calma/Del empinado mar/Y así el trueno/El indio loco mira/Punta de flecha/La cueva cimarrón/Punta del hacha/A su purpurado cuello/El alma es blanca/El alma es bandera/Es la bandera/De la patria mía/ Hecha de trizas/Que me ha dado Dios/Ay Alejandra/¿Qué buscás? En serio/Quedate quieta/Quietita con Dios/Ay Alejandra/¿Qué buscás? En serio/Quedate quieta/Quietita con Dios…
Y dejó de cantar con la mano descansando en la cabeza y los ojos entrecerrados. Así se quedó estática por varios segundos más, con ademán inconsolable. Mirala, Julio, la Sarita Montiel de Barracas.
-Cantás muy lindo, Alejandra –le dijo el Turquito-. Tenés muy linda la voz.
La Rusita no lo escuchó. Ya tenía la cabeza en otro planeta.
-Escuchame, Turquito –dijo-; vos vigilá a Van Gogh y dame tu martillo. Yo voy a levantar las baldosas del patio a martillazos. Yo sé que muchos de estos gringos guardan la plata debajo de las baldosas del patio. Me lo dijeron mis tías abuelas. Vos vigilalo, Turquito, y no le escuchés nada de lo que te dice, que éste te trabaja siempre la conciencia.
-¿Lo desato? –le preguntó el Turquito.
-No, no. ¿Por qué lo vas a desatar? ¿Yo puedo confiar un minuto en vos, Turquito? ¿Me puedo quedar tranquila?
-Perdoname, Alejandra. No te enojés. Quedate tranquila.
La Rusita se puso a levantarme las baldosas del patio a martillazos y el Turquito entró a la cocina y se secó la transpiración de la cara con un repasador. Se sentó en el piso apoyando la espalda en la pared y me miró.

8-ALEJANDRA Y EL TURQUITO

Tenía la camisa empapada de transpiración por cómo la Rusita lo había hecho trajinar. Parecía medio mareado con tanto calor.
-¿Vos dónde te habías metido, Turquito? –le dije-. Cuando revisé por la casa no vi a nadie. ¿Dónde estabas escondido?
-Me metí arriba del ropero –dijo el Turquito-. ¿En serio que no me vio, Sr. Cortázar?
-La verdad que no te vi ni las pulgas –le dije-. Te habrás reído de lo lindo mirando cómo yo te buscaba ¿no?
El Turquito se rió un poco conmigo.
Ahí yo aproveché para sacarle ventaja.
-Dale, desatame las manos, Turquito –le dije-. Se me están acalambrando.
-No puedo, Sr. Cortázar –me dijo-. Alejandra no quiere que yo le escuche nada a usted.
-Dame agüita al menos –le dije-. Me estoy desmayando de la sed. ¿No ves el calor que hace?
-No, no puedo –dijo otra vez-. Alejandra no quiere que yo lo escuche.
-Pero yo no quiero que vos me escuches; yo te estoy pidiendo agua nada más.
-Eso no lo puedo hacer, Sr. Cortázar. Perdonemé.
-¿Me van a matar?
El Turquito miró para abajo.
Yo empecé a llorar.
El Turquito empezó a farfullar.
-Alejandra me dijo que… si no llegábamos a encontrar la plata… que nos deshiciéramos de usted como pudiésemos…
-¿Me puedo sentar en el piso, Turquito? –le pedí-. Tanto estar tumbado me está haciendo acalambrarme las piernas.
El Turquito dudó un poco.
-Si puede solo, Sr. Cortázar… –me hizo el favor.
Yo me arreglé para sentarme. La verdad que sentí un poco de alivio, porque ya me dolía el cuello de estar tanto alzando la cabeza para charlar. Me senté frente al Turquito y apoyé la espalda contra la otra pared. La Rusita estaba haciendo un ruido infernal rompiendo las baldosas con el martillo. Yo apenas si me podía oír la voz.
-Turquito –le dije-, ¿por qué me rompiste la puerta a martillazos, Turquito?
-Yo no fui, Sr. Cortázar. Fue Alejandra. Ella le rompió a usted la puerta a martillazo limpio. Yo lo quería esperar a usted en la calle… hasta que usted viniera. Así podíamos hablar como dos caballeros sobre el dinero que yo le presté en aquella vuelta. Pero ella me engañó. Me hizo venir hasta acá engañado. Y cuando empezó a patearle la puerta y a romperla a martillazos… me dijo que yo me quedara tranquilo… que usted iba a saber entender, Sr. Cortázar.
-¡Pero hasta cuándo vamos a soportar todo esto! –yo dije.
-¿Qué cosa, Sr. Cortázar?
-Turquito, nosotros somos dos muchachones grandotes. ¿Cuántas más le vamos a soportar a la Rusita? ¿O me vas a decir que nosotros dos juntos no le podemos hacer frente a una piba que mide 1.50?
-No se crea, Sr. Cortázar. Alejandra es bien peligrosa. Allá afuera… la gente le tiene miedo…
-¿Qué gente, Turquito? ¿Qué allá afuera? Hablá más claro.
-Toda la gente, Sr. Cortázar. Todos le tienen un miedo bárbaro a Alejandra… En el conurbano… sobre todo en Pompeya y en Lanús… ¡Se cuentan cada una de Alejandra! Yo algunas historias no las quiero creer… porque me hace mucho mal creerlas…
-Es porque sos muy sensible –le dije-. Pero la cosa no será para tanto.
-No se crea, Sr. Cortázar. Si yo le digo que Alejandra es bien peligrosa… no le miento. Si yo a usted le contara…
Pero yo no quería que me contara. Ya tenía los berlines llenos de la Rusita.
-¿Todavía sos tachero, Turquito? –le pregunté.
-Sí, Sr. Cortázar. Pero yo quiero ser escritor. Y más de viejo quiero hablar de política y del país.
-Veo que querés progresar, Turquito. Querés ser politólogo. Hacés bien. Eso está bárbaro. No te quedás tirado en la cama con las limitaciones que tenés. Salís a la calle a pelearla todos los días. Eso es bueno.
-Yo pienso que el hombre se forja su propio destino, Sr. Cortázar.
-Hacés bien –le dije-. ¿Así que vos querés ser escritor entonces? ¿Sabías que la Editorial Planeta está organizando un concurso de novelas?
-No sabía nada –dijo el Turquito-. Nadie me avisó.
-Sí, y el primer premio es bien jugoso. Pusieron buena plata esta vez. ¿Y sabés quiénes van a estar en el jurado? Manucho, la Sra. Victoria Ocampo y el que te habla.
Al Turquito le empezó a interesar. Afuera en el patio los ruidos de martillo eran cada vez más increíbles.
-Turquito, si vos querés presentarte, presentate nomás. Decime cómo se llama tu novela y yo te la hago ganar. Mirá que hay buena plata de por medio. Diez veces más de lo que vos me diste a mí, por lo menos. Hacé la cuenta.
El Turquito se empezó a entusiasmar más.
Yo aproveché para tirarle más de la cuerda.
-Dale, presentate, Turquito. Vos decime cómo se llama tu novela y el seudónimo, que yo te la hago ganar. ¡No vas a trabajar toda la vida de tachero! Vos tenés cara de escritor inteligente; además sabés hablar bien.
Me di cuenta que al Turquito la tramoya le gustaba.
-¿Y con Alejandra qué hacemos? –me preguntó-. Usted vio la energía vital que tiene… Ella no se va a quedar tranquila hasta no encontrar la plata. Usted la conoce, Sr. Cortázar.
-A ésa dejámela a mí –le dije-. Yo me ocupo de la Rusita. ¿Vos tenés alguna novela a mano para presentarte en el concurso?
-Tengo como veinte novelas, Sr. Cortázar. Una más linda que la otra.
-Hacés bien –le dije-. Uno de estos días me la traés y yo te hago ganar el primer premio. Ahora desatame las manos así me encargo de la Rusita.
-¿Y si después se quiere vengar conmigo?
-Turquito, yo te digo que de ahora en adelante a la Rusita no le vas a poder dar nunca más la espalda. ¿Sabés qué me propuso cuando vos estabas escarbando en las macetas? Que le diera la mitad de tu plata y que yo me quedara con la otra mitad; que yo me volviera a París y que ella después se iba a ocupar de vos. ¿Y a una persona así vos le querés tener confianza? Dale, Turquito, no seas zonzo. Desatame antes que venga la Rusita.
-¿Entonces usted ya no tiene más mi plata, Sr. Cortázar? ¿Entonces es verdad que se la gastó toda?
-Te digo que sí, Turquito; ya me la gasté toda. ¿Si no sabés que hace tres meses que no pago el alquiler? Preguntale a la dueña. Dale, no seas zonzo; desatame las manos antes que venga la Rusita.
Yo quería apurar los trámites porque sentía que los golpes de martillo se iban haciendo cada vez más débiles y por ahí a la Rusita le estaba agarrando el cansancio y podía venir en cualquier momento.
-Dale, Turquito, desatame las manos. Si yo te voy a hacer ganar a vos con el concurso de la novela diez veces más plata de la que vos me diste a mí. Si querés te agarrás la plata del primer premio vos solo y me ocupo yo del vuelto de Manucho y de la Sra. Victoria. Dale, Turquito, ¿qué esperás?
El Turquito no se decidía y yo me ponía cada vez más nervioso.
-Turquito, ¿vos te pensás que yo tengo todavía tu plata, no? ¿Pero te pensás que si yo tuviera tu plata no se las habría dado ya? Mirá si voy a estar exponiendo mi vida por dos mangos. Dale, desatame las manos así agarro un cuchillo por si viene la Rusita.
-¿Y si Alejandra después quiere vengarse conmigo?
-¿Qué querés, pibe? ¿Querés que te tire las cartas?
-Yo nada más decía –dijo el Turquito-. Parece fácil pero es difícil decidirse.
Yo me daba cuenta que el tiempo se me estaba terminando. El ruido de los martillazos se estaba haciendo cada vez más débil y la Rusita podía aparecerse de un momento a otro.
-No lo pensés más, Turquito –lo apuré-. Agarramos y la atamos a la Rusita a una silla y después la estrangulamos con una soga. ¿Qué te parece?
-Va a empezar a patalear… –dijo el Turquito.
-Le atamos los pies entonces. Total ella es chiquita. Ahora dejate de vueltas y desatame las manos. Sé bueno, Turquito.
El Turquito no sabía qué hacer.
-La verdad que a mí me convendría –dijo-. Si es como usted dice, Sr. Cortázar… que en el premio de la novela hay diez veces más plata…
-¡Diez veces o quince veces! –le dije-. ¿Qué? ¿Te vas a perder la oportunidad de tu vida por una piba como la Rusita?
-Además así yo podría empezar a hacer una carrera de escritor… –pensó el Turquito en voz alta-. Eso no me vendría mal…
-Más bien –le dije-. Como a todo el mundo. No le tengás lástima a la Rusita. ¿Si yo no te dije recién que te quería pasar por arriba? Me dijo que arregláramos entre ella y yo; y que a vos te dejáramos afuera.
El Turquito hizo una sonrisa estúpida.
-Yo tengo una novela que es bien linda –me dijo-. A lo mejor le doy ésa para el concurso.
-Sí –le dije-, traeme ésa.
-Tiene 576 páginas –me dijo-. A lo mejor no aceptan una novela tan larga.
-La van a aceptar, Turquito; ahora desatame las manos.
-¿Cuál es el máximo de páginas que aceptan, Sr. Cortázar?
-Yo qué sé, Turquito; 650 páginas. 850. No me acuerdo. Apurate que va a venir la Rusita en cualquier momento.
Yo tenía toda la frente chorreada de transpiración, y de los nervios, claro. El Turquito no se me decidía, era como que quería pero no podía, y yo no lo podía convencer. Ahí los martillazos cesaron para siempre y al rato nomás apareció la Rusita en la puerta de la cocina.

9-ALEJANDRA Y EL TURQUITO

Se nos quedó mirando un rato ahí bajo el dintel de la puerta, con aire sobrador y una sonrisa traviesa que se le insinuaba en la comisura de los labios. Apenas el Turquito la vio entró a tener chuchos de miedo. La Rusita entró a la cocina pavoneándose a lo compadrito. Estaba toda sucia de tierra desde la cabeza hasta los pies y se fue hasta la pileta y se puso a tomar agua de la canilla para refrescarse. Cerró la canilla y la dejó goteando. Después se sentó otra vez en la mesa y empezó a columpiar las patitas como antes. Seguro que algo intuía en el ambiente.
-¿De qué estuvieron chusmeando las viejitas? –nos preguntó.
-No sé, Rusita –yo le dije-. Fuiste vos la que pasó el 31 con tus tías abuelas.
La Rusita se pasó las manos por la cara para sacarse un poco de tierra.
-Yo preguntaba qué estuvieron hablando vos con el Turquito –me dijo.
-De nada, Alejandra –dijo el Turquito con voz temblorosa-. No hablamos de nadie con el Sr. Cortázar.
La Rusita le hizo una sonrisa chiquita y después miró para el techo.
Yo le hacía señas con los ojos al Turquito para que se le animase. Todavía teníamos tiempo.
-Si yo los escuché que estaban hablando ustedes –dijo la Rusita-. Desde el patio se oía que movían el pico.
-Nunca dijimos nada, Alejandra –dijo el Turquito tragando saliva.
-¿Vos me tenés que decir algo a mí, Turquito? –le dijo la Rusita a quemarropa.
-¿Yo, Alejandra? ¿Yo qué voy a tener para decirte?
-No sé; a lo mejor tenés algo para decirme.
-Nada –dijo el Turquito.
-¿Seguro que nada?
El Turquito agachó la cabeza y negó.
-Mejor así –dijo la Rusita; y me miró levantando las cejas, como diciéndome “mirá cómo lo tengo amarrado a éste”.
-Decime, Turquito, ¿te dijo Van Gogh dónde tiene la plata escondida?
-Nunca hablamos de nada –dijo el Turquito.
-¿Por qué lo dejaste que se sentara? –le preguntó la Rusita-. ¿Te trabajó la conciencia? Mirá que Van Gogh es mandado a hacer para trabajar la conciencia.
El Turquito agachó otra vez la cabeza con sumisión y no contestó.
-No te preocupés, Turquito –le dijo-. Yo tampoco encontré nada en el patio. Me cansé.
-A lo mejor el Sr. Cortázar nos está diciendo la verdad, Alejandra. Ya le dimos vuelta toda la casa y no le encontramos ni la sombra de la plata. A lo mejor ya se la gastó.
La Rusita prendió un pucho y se puso a tirar el humo para arriba. Parecía dueña completa de la situación y que no le tenía ni el menor miedo ni al Turquito ni a mí.
-Este tipo es un agarrado –dijo la Rusita-. La plata todavía la tiene acá escondida. De eso no me mueve nadie.
Yo exploté.
-¡Ya les dije que me la gasté! ¡Que me la gasté! ¡Ahora váyanse de mi casa, hijos de putas!
-Otra vez la boquita, Van Gogh –dijo la Rusita-. Cuidado con lo que decís. Acá yo no vi a nadie que te insultara.
-Pero Rusita –le dije-, ¿cuántas veces te voy a tener que decir que la plata ya me la gasté?
-Uy Turquito, te vas a tener que bajar el pantalón entonces.
El Turquito volvió a agachar la cabeza, pero esta vez con vergüenza. Entonces todo era verdad lo que me había dicho la Rusita de él.
-Déjense de embromar, muchachos –yo dije-. ¿No quieren volver otro día y hablamos más tranquilos?
La Rusita hizo una buena expirada del pucho y después soltó el humo para arriba.
-Alejandra –le dijo el Turquito-, ¿no se te ocurre nada dónde pudo haber escondido la plata?
-¿A mí sola se me tienen que ocurrir las cosas, Turquito? ¿A mí nadie me puede ayudar?
-Yo qué sé, Alejandra –dijo el Turquito-. Acá la poeta sos vos.
-El pibe tiene razón, Rusita –yo dije, para meter más púa entre ellos-. Vos sos la que lo metiste en este berenjenal. Ahora sacalo.
Entonces la Rusita apagó el pucho y dijo:
-Ya sé dónde tiene la plata, Turquito. Recién ahora caigo. Revisale en los zapatos que la debe tener ahí.
-¿Por qué no se dejan de embromar, muchachos? –yo dije; y empecé a patalear para que el Turquito no me sacara los zapatos. Pero el Turquito era más grande que yo y más fuerte. Me apretó el cuello contra la pared y me quitó los zapatos. Ahí encontraron el botín que buscaban. La plata que me había dado el Turquito y también los 300 F. que me habían prestado Guantesnegros y Simone. Nunca supe cómo la Rusita habrá adivinado.
Se pusieron los dos a contar en la mesa primero la plata del Turquito y cuando vieron que estaba todo, empezaron a contar los 300 F. Pero ellos no se daban cuenta que eran billetes de verdad.
-Mirá –dijo la Rusita-, parecen bonos de la deuda externa, Turquito.
-¿No es plata, Alejandra? –preguntó el Turquito.
-En una de ésas –dijo la Rusita-. Mirá, tienen numeración diferente. Se parecen a los dólares. Yo una vez vi un dólar. Es así chiquito y todo verde. Y en la parte de atrás dice: “Queremos que Dios nos premie por todos nuestros esfuerzos”. Está escrito en inglés pero la Minina me lo tradujo. Yo me voy a llevar estos bonos, Turquito, y se los voy a mostrar a la Japonesa, y si ella me llega a decir que son billetes en moneda contante y sonante, te doy la mitad. La Japonesa sabe mucho de monedas extranjeras, porque ella viajó por el mundo entero.
El Turquito decía a todo que sí con la cabeza y parecía de lo más contento porque habían encontrado su plata. La dividieron en dos mitades entre él y la Rusita; y la Rusita se llevó lo suyo más los 300 F. envueltos en un diario del 31.
Después le ordenó al Turquito que me atara los pies para que tuvieran tiempo mientras escapaban. Yo ya no opuse resistencia. Me sentía muy decaiducho por el tema de la plata.
-Espero que puedas superar esto, Van Gogh –me dijo la Rusita-, aunque estas cosas superar, nunca se superan.
Yo no le respondí.
-Adiós, Sr. Cortázar –me dijo el Turquito-. Perdonemé si lo lastimé. Yo no quería que las cosas resultaran así. Yo un día de éstos vengo y le traigo la novela que le prometí para su concurso.
Tampoco le respondí.
Se fueron los dos corriendo y riendo alegres como dos tramposos por el pasillo. Me dejaron tumbado en la cocina atado de pies y manos. Me quedé así por varias horas. No intenté desatarme. Se me hizo de noche escuchando el goteo de la canilla que la Rusita no había cerrado bien. Plop. Plop. Plop. Plop.
La temperatura había bajado pero igual seguía haciendo calor. Quería acordarme para qué había vuelto a Buenos Aires pero la mente no me andaba. Tampoco me acordaba qué quería agradecerle tanto a Borges cuando viajé de París. Yo tenía la mente en blanco. No podía recordar nada. Estaba atado de pies y manos. Estaba alineado. Estaba pagando el precio por haber entrado al negocio de la literatura argentina.

Cortázar alineado -Desde Victoria Ocampo a La Rusita

7-VICTORIA OCAMPO Y SILVINA

Encendí un pucho para sacarme la bronca y empecé a caminar por la Callao. Qué embroncado que estaba yo. Caminaba rápido, dando largas zancadas. La gente empezaba a mirarme. A mí la verdad que no me extrañaba. Yo y mi estatura tan alta les resultaría algo notorio a los porteños, que por lo general son bajitos y morochos. Seguro que se daban cuenta que yo era Cortázar, como se había dado cuenta el tachero. Entonces empecé a apurar cada vez más el paso. Quería encontrarlo a Borges cuanto antes. Parecía un loco del Borda, mirá. En eso no va que escucho que me dicen:

-¿Adónde vas, turrito, tan apurado? ¿Hay que correrte a vos para alcanzarte?

Me di vuelta y sí, eran Victoria Ocampo y su hermana Silvina.

-Muy buenas tardes, señoras hermosas –les dije haciéndoles una reverencia y besándoles a cada una la mano.

Las dos hermanas se entraron a reír de mí.

-Pero éste no cambia más –dijo Victoria-. Sigue siendo el mismo turrito de siempre.

-Dejalo que nos baile un poco si quiere –dijo Silvina-, si no ves que es un negrito cualquiera. Está igual que en los 50. Siempre el mismo alcahuete.

Yo me puse todo rojo. Me mordí los labios. Pero si me pensaban humillar, entonces me iba a dejar humillar bien hasta el fondo. Como en los 50.

-Por favor, señoras –les dije-. Tengan conmiseración con este pobre miserable que hoy regresó a su patria después de tantos años.

Victoria sacó un cigarrillo rubio y le dio otro a su hermana. A mí no me convidó.

-¿A qué volviste, turrito? –dijo Victoria-. ¿Por qué te volviste de París? ¿Ya te cansaste de andar de putas allá?

-A lo mejor se pescó una gripe con alguna francesita –dijo Silvina-, y volvió a Buenos Aires para contagiarnos a todos. ¡Como si ya no tuviésemos bastante sífilis en todo Buenos Aires!

Otra vez las hermanas se pusieron a reír a costa de mí. Cuando se enganchaban no podían parar más.

-Volví para verlo a Borges –dije suavemente-. ¿Ustedes no me podrían dar información sobre su paradero?

Victoria hizo una enorme pitada y me miró con desconfianza.

-¿Así que lo estás buscando a Georgie? ¿Para que lo estás buscando vos?

-Necesito hablar con él, Sra. Victoria –dije juntando las manos como un buen monaguillo.

-Pero mirá que es un bicho raro éste –le dijo Silvina a su hermana-. ¿Para qué lo querrá ver a Georgie?

-Por favor, Sra. Silvina: necesito hablar urgentemente con él. Necesito encontrarlo.

-¿Y con esa ropa sucia y esa barba melenuda te pensás que lo vas a encontrar a Georgie? –dijo Victoria-. ¿Decime cuánto hace que no te comprás ropa nueva? Parecés un Montonero vos.

Agaché la cabeza y las lágrimas empezaron a rodar por mi cara. Me sentía un sapo. Una mosca que alguien debía venir a matar.

-Bueno, no llorés, turrito –me dijo Silvina-. Que todo esto no es para estar haciendo tanto barullo. Al final parecés una mina de flojo que te ponés. ¿Por qué mejor no te sacás ese sobretodo, si no ves el calor que hace hoy?

Vi que la gente que pasaba por la calle nos miraba. Pero no las miraban a ellas. A las Ocampo. Me miraban solamente a mí. Me dio más vergüenza todavía.

-No, por favor –dije con un hilo de voz-. Ayúdenme a encontarlo a Borges.

Las dos hermanas parecieron compadecerse un poco de mí.

Victoria me dijo:

-Está bien, che; no seas tan mariquita. ¡No llorés! Yo creí que vos eras un poco más vivo. Si nos hablás un poco en francés te decimos dónde lo podés encontrar a Georgie.

-Dale, eso –dijo Silvina-. Hablanos un poco en francés que a nosotras dos nos gusta. Porque habrás aprendido un poco de francés, me imagino, después de tantos años que estuviste vagueando allá por París. Hablá en francés y después te decimos dónde está Georgie.

Yo empecé a recitar todo de corrido, con el corazón que se me salía por la boca.

-Le conseil estime, que la question proposée soufre de grandes difficultés. Les théologiens posent d´ un coté pour principe, que le bapteme, qui est une naissance spirituelle…

Y nuevamente las dos hermanas se pusieron a reír de mí. Ahí mismo, sobre la Callao, se abrazaron muertas de risa y empezaron a burlarse otra vez de mí.

-Ves, Silvina, que éste sigue siendo el mismo negrito peronista de siempre –soltaba Victoria.

-Es un cabecita negra. Yo siempre te lo dije, Victoria; éste se da vuelta como un panqueque. Como hizo en los 50 para arrimarse a nosotros –reflexionaba Silvina.

Yo no dije nada. Esperé en silencio a que las hermanas se cansaran de reírse de mí. Pero me quité el sobretodo porque ya no soportaba más el calor.

8-VICTORIA OCAMPO

Después Silvina:

-Bueno, yo ya me voy, Victoria –dijo-. Me tengo que ir a la presentación de un libro de Martha Lynch.

-¿Y me vas a dejar sola con éste? –le reprochó Victoria.

-No tengas miedo, Victoria; estás en la Avenida Callao, rodeada de mucha gente. No creo que te vaya a hacer nada.

Entonces intervine:

-Pero discúlpenme, señoras, ¿acaso no me iban a decir ustedes dónde lo podía encontrar a Borges si yo les hablaba algo en francés?

-Pero dejate de joder, che –dijo Victoria-. ¿Y a nosotras nos preguntás? ¿Qué sabemos nosotras dónde lo podés encontrar a Georgie?

-Mi hermana te cantó la posta –aseguró Silvina-. Es verdad. Nosotras no sabemos nada. La Japonesa María lo tiene siempre bien guardado. A veces lo lleva a Georgie a alguna parte, pero nada más. Lo lleva a Suiza, a Estados Unidos. Lo lleva y después lo trae. Pero ella sola sabe cuándo y cómo. Solamente la Japonesa.

Después Silvina sacó de su cartera algo de plata para que me comprara zapatos nuevos. Me dio un par de billetes y me dijo que si me volvía a ver no quería verme con esos zapatos viejos y sucios.

Le agradecí como corresponde y le prometí que en la primera de cambio que tuviera me compraría zapatos nuevos como muestra de mi eterna lealtad hacia ellas y hacia toda la familia Ocampo.

Silvina se despidió de su hermana con un fuerte apretón de manos y se hizo agua yéndose en un taxi. De manera que Victoria y yo nos quedamos solos, uno frente al otro, sin saber qué decir.

La diferencia de edad nos alejaba muchísimo. Si bien yo empecé a sacar la cuenta de qué buen partido sería para mí si me casaba con Victoria. ¡Cuántas puertas que se me abrirían! Basta, Julio, no empecés otra vez. Mirá que sos mandado a hacer para darte manija. Mirá si una vieja de los Ocampo le va a dar bolilla justo a alguien como vos.

Yo qué sé. A lo mejor si la empezaba a apurar un poco la vieja se me prendía como alfiler. Victoria me observaba en callado. No te hagás el chiquilín, te mira porque no le decís nada. ¿Qué querés que haga? Además vos te creés que si la vieja anda con ganas se va a fijar en un bicho como vos.

Esta vieja se maneja en otros círculos, frecuentea otros ambientes, otras esferas, y con la billetera que tiene se puede dar el lujo de tener a cualquier pibe de veinte años del interior que venga a Buenos Aires para progresar un poco. Si me acuerdo que decían que se había barrido a toda la facultad de Filosofía y Letras. Hasta al propio indio Tagore se lo fusiló. ¿Para qué te pensás que lo hizo vivir en la casa y gratis? ¿Y esos canapés que levantaba en la casa todas las tardes? ¿Para qué te pensás que eran? ¿Para tomar té inglés y probar galleta criolla? ¿Para decir quién lo había matado a Kennedy o para andar hablando del conflicto de Vietnam? Dejate de jorobar querés. Aterrizá de una buena vez en tu vida, dejá de andar volando que el día menos pensado te van a bajar de un escopetazo. Vos te das manija y después quién te aguanta.

Eso, dejala que se vaya, que se haga la distraída y se vaya sin saludar. Sí, andate, vieja puta. ¿Ahora que tu hermana se fue ya no te hacés más la cocorito divertido? Ahora que estás sola bien que te quedás callada; cuando no estás con tu hermana no te animás ni a levantar una moneda del piso. ¿Por qué no te reís de mí ahora como te reíste hace un rato? Porque sabés que a la primera cosa que digas te dejo tumbada en el piso de un gancho de izquierda. ¿Por qué no me pedís ahora que te hable en francés, vieja oligarca de porquería?

Victoria volvió sobre sus pasos.

Se me acercó y me dijo:

-¿Sabés, turrito, quién te puede ayudar a encontrarlo a Georgie? La Rusita Alejandra. Ella y la Japonesa María son muy íntimas amigas. A lo mejor te dice dónde la Japonesa lo tiene a Georgie metido.

Yo ladeé un poco la cabeza.

-El problema, Sra. Victoria, es que yo no tengo la dirección de la Rusita.

-Yo te la doy, no te hagás problema. No vas a empezar a llorar otra vez…

-Se lo agradezco tanto, Sra. Victoria, tanto…

Le quise besar la mejilla pero ella no me dejó.

-No es para tanto, che; no te hagás el confianzudo. Tomá, acá tenés la dirección de la Rusita, pero no le digás que yo te la di. Aquélla es medio loca y si se llega a enterar que te di la dirección es capaz de correrme con un cuchillo.

9-EL TURQUITO

Empecé a caminar otra vez solo por la Callao. Me metí las manos en los bolsillos del sobretodo y respiré profundo. Me dirigía a la casa de la Rusita. Estaba como a más de cuarenta cuadras pero preferí ir caminando. Caminaba con un solo pensamiento. Tengo que encontrarlo a Borges. Y lo voy a encontrar. Lo voy a encontrar.

Al final había tenido suerte de encontrarme con las Ocampo. Una me había dado plata para que me comprara zapatos nuevos y la otra me había dado la dirección de la Rusita Alejandra. A lo mejor ésta me podía ayudar. Era amiga de la Japonesa…

Hacía muchísimo tiempo que no sabía nada de la vida de la Rusita. Sabía que andaba escribiendo poesías y todo eso, pero nada más. Cuando me vea se va a caer de espaldas. No me va a poder creer que estoy en Buenos Aires. Esta Rusita… Siempre me hacía reír. Me acuerdo cuando se disfrazaba de payaso y se subía a una mesa y empezaba a imitar a los lobos marinos. ¿A ver cómo hacen los lobos marinos, Rusita?, le decíamos todos. Y ella enseguiuda los imitaba. Una piba bárbara era la Rusita.

Habría caminado unas diez o quince cuadras cuando empecé a sentir otra vez olor a jaula de mono. Tenía toda la frente chorreada de sudor y pensé: Soy yo, otra no queda. Entonces alguien me tocó por el hombro y me di vuelta enseguida. No tardé nada de tiempo para reconocerlo. Era el tachero. Ahora todo me empezaba a cerrar mejor.

-¿Se acuerda de mí, Sr. Cortázar? –me dijo.

Asentí con la cabeza, malhumorado.

-A mí me dicen el Turquito Asís. Y quiero ser escritor, como usted.

Vi que tenía en las manos unas carpetas, unos papeles.

-¿Qué querés, pibe? ¿Vos me estuviste siguiendo? Tené ojo conmigo porque te voy a bajar de un derechazo a la mandíbula, ¿me oíste?, si me entero que me estás siguiendo.

-No, Sr. Cortázar. Yo quería que usted me ayudara. Acá le traigo todas mis obras completas para que las lea.

El Turquito me dio risa; y a mí cuando alguien me da risa me pongo a reír.

-¿Así que vos te pensás que sos escritor? –le dije-. ¿Pero desde cuándo un cabecita negra como vos puede ser escritor? –le dije-. ¿A que no va que sos peronista también?

-No, Sr. Cortázar; yo soy comunista.

-¿Comunista? ¡Pero mandate a mudar! Vos ni debés saber lo que es el comunismo.

El Turquito bajó un poco la cabeza, entristecido. Seguro que no se esperaba una respuesta así. Yo a veces me la daba de cruel.

-¿Entonces no me va a ayudar? –me preguntó.

-Pero pibe, ¿vos no sabés que en la Argentina para ser escritor hay solamente dos caminos: o tener plata o tener un buen apellido? Y vos, Turquito, disculpame, pero un buen apellido no tenés. A-sís. A-sís. ¿Qué clase de apellido es ése? Dejá de macanearte a vos mismo.

-Pero yo tengo plata, Sr. Cortázar.

Y ahí nomás el Turquito sacó un fajo de billetes azules, colorados y marrones. ¡Ah la flauta! Nunca había visto tantos billetes de distintos colores. Enseguida se los agarré y me los metí en el bolsillo.

-Parece que vos y yo nos vamos a llevar bien, pibe –le dije.

El Turquito enseguida me besó la mano.

-Largá, che –le dije-. Mirá que la gente está relojeando.

-No me importa que me vean, Sr. Cortázar –me dijo, y me volvió a besar la mano otra vez.

-Mirá que sos cabeza dura vos –le dije riéndome un poco-. Pero no importa. Pero no importa. Yo te voy a ayudar lo mismo.

Le dije no sé cuántas más macanas. Que se lo iba a presentar a Sábato, que lo iba a ser ganar en un concurso de novelas en el que yo estaba como jurado… No me acuerdo cuántas más macanas.

El Turquito decía a todo que sí con la cabeza. Pensaba que conmigo se había sacado la grande. Viste, Julio, viste que en este país hay varios que todavía no se cayeron del catre. Pobre Turquito, tenía la cara toda contenta. Las esperanzas que se estaría haciendo el pibe… Me insistió para que le agarrara las obras completas pero yo no quise. Después las iba a tener que tirar a la basura y me daba un poco de lástima por el Turquito.

Le dije que tenía muchas cosas que hacer y me mandé a mudar. Casi casi lo dejé hablando solo. Caminé varias casas y cuando me di vuelta el Turquito estaba todavía allá parado, mirándome con esa sonrisa de atorrante que tenía. Nunca más lo volví a ver. Qué sé yo qué le habrá pasado. Habrá terminado de gerente de algún cabaret; seguro. Yo me fui silbando contento; con la plata que le había chamuyado al Turquito más la plata que le había chamuyado a Simone ya tenía como para tirar por dos meses en Buenos Aires.

10-AJEJANDRA Y MININA

Cuando llegué a lo de la Rusita me puse a tocar el timbre. Como nadie me abría seguí tocando. Si no hay nadie en casa no estoy molestando a nadie, pero si hay alguien me van a tener que abrir. La cosa es que yo no sacaba el dedo del timbre. Por ahí veo que abren la puerta y que se asoma la cara desconcertada de la Rusita.

-¿Qué querés, Van Gogh? –me dijo-. ¿Qué te pasa? ¿Tenés brea en el dedo?

-Dejame pasar, Rusita; tenemos que hablar.

Ya la Rusita me estaba por cerrar la puerta en la cara pero yo me le amanecí; puse el pie y tuve que entrar a la fuerza. Caminamos por un pasillo largo y bien angostito. La Rusita me seguía de atrás, puteándome a cada rato y diciendo que iba a llamar a la cana si no me rajaba ya mismo.

-Siempre la misma rufiana vos, Rusita –le dije.

Crucé el patio y entré a la cocina para abrir la heladera. Parecía que tenía una orquesta adentro del estómago del hambre que traía. Y ahora que me acuerdo hacía como dos días que yo no comía nada. Pero la heladera de la Rusita estaba toda vacía.

-¿Por qué no empezás a trabajar y te comprás algo de comida, Rusita? Mirá lo que es este cementerio. Ni siquiera hay una cebolla.

-Callate, Van Gogh, y andate antes que te raje a patadas.

La Rusita me decía siempre Van Gogh porque sabía que yo había vivido en París. Y como Van Gogh había sido amigo de Gauguin se pensaba entonces que Van Gogh también había sido francés. Yo no la quería sacar de su ignorancia a la piba y la dejaba nomás que me dijera Van Gogh todo lo que quisiera. Pronunciaba Van Gogh como si fuera un apellido bien francés, acentuando muchísimo la O. Además si le hubiese dicho la verdad, a lo mejor a la Rusita le hubiese entrado una vergüenza bárbara, porque aunque era una piba ordinaria también es verdad que era muy orgullosa. Había leído casi veinte libros enteros y se daba aires de no ser una ignorante. Quizás sacó de alguno de esos mismos libros eso de que Van Gogh y Gauguin habían sido amigos.

Miré para todos lados y le dije:

-¿Por qué no limpiás un poco acá? Esto es todo una mugre. No te vas a herniar si agarrás un día una escoba y un balde.

-¿Sabés qué pasa, fantoche? –me respondió con un dejo de ironía-. La menestrala hace días que no viene y yo ando muy ocupada con mis cachibaches.

Nos reímos un poco. Siempre me hacía reír la Rusita.

Después la Rusita se puso seria y mirándome a la cara me dijo:

-No, en serio, pimpollo; te vas a tener que ir. No estoy sola.

Encendí un pucho y le contesté.

-Sí, ya sé que no estás sola. Apenas entré acá adentro me di cuenta que tenés a alguien metido en la pieza. Por mí podés decirle que salga, que ya sé quién es.

La Rusita sintió que yo le estaba cascoteando el rancho.

-A ver, gandul –me dijo-, ya que sos tan inteligente y te las sabés todas, decime, a ver, ¿a quién tengo adentro de la pieza?

Agarré una cartera que estaba tirada en un rincón del piso y le tapé la boca.

-A Silvina Ocampo –le dije-. Esta cartera es de ella. ¿O me equivoco, Rusita? ¿Decime a ver si me equivoco?

La Rusita soltó una carcajada enorme.

-¡Pero mirá que habías sido vidente vos! –me dijo-. ¿Cómo hacés para sabértelas todas? ¡Parece que comiste mucha polenta allá en París!

La Rusita se rascó un poco la cabeza y después levantó un poco más la voz.

-Salí, Minina, que acá ya te engranparon. Van Gogh ya sabe que estás acá.

Entonces vi cómo la Sra. Silvina aparecía con la vista baja. Al parecer no podía mirarme a los ojos.

-Por favor, Sr. Cortázar –murmuró-; no vaya a decirle nada a mi marido que me encontró aquí. Se lo suplico. Bioy se moriría si se llegara a enterar de esto.

Yo no sé si fue el hecho de que me llamara Sr. Cortázar o me dijera se lo suplico, pero lo cierto es que enseguida sentí que me subía como fuego a la cabeza, que estaba que echaba chispas de la rabia que tenía y que pensaba descargarla toda contra la Sra. Silvina. Ella sola pagaría todos los tragos amargos que me habían hecho tragar por la tarde ella y la puta de su hermana. Vamos a ver ahora quién hace de león y quién hace de conejo. Vamos a ver ahora quién es más cabecita negra. Quién es el mismo negrito peronista de siempre. Quién se da vuelta siempre como un panqueque. Vamos a ver.

11-ALEJANDRA Y MININA

Me acerqué a la Sra. Silvina boqueando humo y pavoneándome como un rey.

-No se preocupe, Sra. Silvina –le dije chiquito-. Yo no pienso abrir la boca.

Y ahí nomás le pegué un trompazo tan fuerte en la cara que la hice caer al piso.

-¡Minina! –gritó la Rusita. Y se fue corriendo a abrazarla y consolarla.

La Sra. Silvina lloraba. La Rusita la besaba entre los cabellos.

-Pero mirá que resultaste misógino vos, Van Gogh –me dijo la Rusita-. ¿Por qué le pegaste?

-Por favor, Alejandra –le dijo la Sra. Silvina-. Decile que no me golpee más.

Yo dije:

-Mejor decile a la perdularia esta que no llore tanto que le pegué con la mano abierta.

Yo caminaba de un rincón a otro golpeándome los puños, como si fuera un boxeador que espera que el otro se levante para darle el golpe de gracia. Le quería hacer besar la lona. Acá había que saldar cuentas y yo las pensaba saldar todas y bien saldadas.

-Decile que se pare, Rusita –dije-, que tengo que hablar con ella.

-No, no –dijo la Sra. Silvina sollozando-. No me voy a parar. Usted parece el niño Miles por lo malvado.

-Quedate tranquila, Minina –dijo la Rusita-. Yo te voy a defender. Vos quedate acá quietita conmigo que no te va a pasar nada. A ver si éste se piensa que yo voy a dejar que le peguen a una mina mía.

La Rusita la oprimió más contra su pecho. Le secó las lágrimas.

-Pero decime una cosa, Van Gogh –me dijo después- ¿se puede saber a vos quién te dijo adónde vivía yo?

-La Sra. Victoria, la hermana de ésta –le largué.

-Esa vieja malaleche –rezongó la Rusita-. Ves, Minina, tu hermana no quiere que vos y yo andemos juntas. Nos mandó al tararira este para que nos arruine la siembra.

Yo seguía caminando de un lado para otro, pitando siempre el mismo pucho. Andaba hecho un Bonavena.

-¡Sí! –dije-. ¿Y por qué no le preguntás, Rusita, por qué no le preguntás cómo me trataron hoy la hermana y ésta? Me dijeron turrito, alcahuete, negrito cualquiera, sifiloso, ropa sucia… Hasta ésta me dijo que me comprara zapatos nuevos… Me hicieron sentir como sapo de otro pozo.

-Yo le tengo que pedir a usted miles de disculpas, Sr. Cortázar –dijo la Sra. Silvina-. Yo sé que mi hermana y yo nos comportamos muy mal hoy con usted.

-¿Pero quién le dio permiso a ésta para que me hable? –dije yo.

Ahí nomás me entró a subir otra vez fuego en la cabeza. Me agaché y le di una trompada. Le deje un ojo todo morado. No sé por qué al punto me acordé del gordo Guantesnegros. La Sra. Silvina empezó a llorar otra vez, pero esta vez daba más lástima.

Entonces la Rusita, que era petisa y yo soy muy alto, se me plantó enfrente como si fuera Platero.

-La volvés a tocar otra vez y te mato, Van Gogh. Te mato. –Me amenazó-. Esta vez va en serio. Mirá que conmigo no se jode.

-Buef –dije. Y reculé un poco. Con la Rusita no me podía estar exponiendo. Amainé un poco para que se me calmara. Bajé los humos.

-Y vos, Minina, no seas zonza y dejá ya de llorar, que éste no te va a pegar más.

-Alejandra, decile que no le cuente nada a mi marido.

-Vos le llegás a contar algo a Bioy de esto y yo te acogoto. ¿Me escuchaste? Te juro que te acogoto.

-Ta´ bien, ta´ bien –dije-. Pero si no quiere que le cuente nada al marido que me diga entonces dónde lo puedo encontrar a Borges. Porque yo no le creo nada a ésta que no sabe dónde está Borges.

La Rusita estalló por completo.

-¡Cómo rompés las pelotas con ese viejo de mierda! ¡Hace de hoy que lo estás buscando! ¡Para que lo estás buscando decime!

Me encogí de hombros.

-Yo tengo mis motivos personales, Rusita. ¿Qué querés que te diga?

Y seguía caminando de un lado para otro. Mirá que andaba embalado. Me había caminado más de cuarenta cuadras, no había comido nada ese día y seguía haciéndome el guapo con la Rusita. Para mí que yo tenía algo roto adentro de la cabeza para que todo esto estuviera sucediendo.

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Cortázar alineado- Completo y sin censuras

CORTÁZAR ALINEADO


1-ASTOR Y BORGES

En el año 70 me escribió Astor Piazzolla. Qué te pasa, me decía. Por qué no te volvés a Buenos Aires. Acá está todo tranquilo. Qué hacés solo allá en París. Acá todos preguntan por vos. Qué le pasa al turrito que no vuelve, me preguntó el otro día Leopoldo Federico. Yo qué sé, le dije. Debe andar en algo. Leopoldo cerró el pico y no preguntó más. Mirá vos cómo son las cosas. Ahora yo tengo que salir a defenderte. Mirá que sos raro vos. Por qué no volvés. Cuántos años hace ya que te fuiste a París. Si a Perón lo sacaron en el 55. Dale, Julio, por qué no te volvés.

Astor tenía razón. Tenía que regresar a Buenos Aires. La extrañaba. Necesitaba ver sus calles aunque sea una sola vez más.

Yo me había rajado de Buenos Aires por antiperonista. Por supuesto que yo no era para nada antiperonista. Pero en los años 50 ser antiperonista era lo mejor que tenía un escritor. Le venía como anillo al dedo. Así podías arrimarte al círculo de los del Sur. Borges, Victoria Ocampo, Bioy, Anchorena, yo qué sé. Además yo nunca entendí nada de política. Nunca me interesó y no veo por qué me iba a tener que interesar ahora.

Borges decía que había que hacerse antiperonista y todos nos hacíamos los anti-perón. Si hasta el propio tanito Onetti se hizo. Y eso que ése no tenía nunca un mango partido al medio. Yo me voy a hacer antiperonista, me dije un día, y por ahí Borges me ayuda a entrar en el negocio de la literatura. Y así fue. Parecía cantado, vos sabés. Enseguida que me hice gorila me publicaron Bestiario y después me dieron una beca para estudiar en Francia.

Pero Astor tenía razón. Qué tenía yo que estar haciendo en París. Tenía que volver a Buenos Aires. Tenía que verlo a Borges y agradecerle lo mucho que había hecho por mí ese guachito.

2-BUENOS AIRES

Yo de plata andaba bien y tenía la guita suficiente para el pasaje. Pero pensé: Para qué voy a gastar de lo mío. Mejor le pido a algún dormido. Pero a quién. En París ya le debía plata a medio mundo y nadie me quería ver. De repente me agarró una pachorra bárbara y me tiré a la cama. No voy nada a Buenos Aires, pensé. Yo qué sé qué me pasaba. Me daba fiaca gastar plata así nomás en un pasaje de avión. Me puse boca arriba y encendí un pucho.

Las volutas de humo llegaban hasta el techo, estremeciéndome.

¿A quién le pido, a quién le pido? Dale, Julio, pensá. ¿A quién le pido? Callate, no te hagás el chiquilín. Ya le debés plata a medio mundo. Buef, jodida es la vida a veces. Uno tiene ganas siempre de cometer una locura. Pero la culpa la tiene ese oligarca del bandoneón. Me hizo metejonear con la idea de Buenos Aires y ahora no puedo volver porque no tengo la plata. Serás hijo de puta, Astor. Para qué me escribiste. Si yo antes de tu carta andaba lo más tranquilo.

Ahora estaba nervioso. Tenía toda la barba sudada y de los nervios, claro. “¿Por qué no te volvés a Buenos Aires, por qué no te volvés, Julio?”. Claro, para vos es todo fácil, tanguero comunista, ¿y la plata de dónde la saco? ¿Qué te pensás? ¿Qué tengo la guita de Victoria Ocampo yo? ¿Qué te pensás? Yo soy un negrito cualquiera. Por eso me hice antiperonista en los 50. A ver si Borges o Victoria Ocampo me tiraban una mano. Yo qué sé, Astor. No puedo volver. No puedo. Buenos Aires todavía me duele. A Buenos Aires todavía la extraño. No quiero verla todavía. Imaginate si me da un calambre en el corazón. Yo qué hago. ¿Caerme en medio de la calle como un pavote? Mejor no, Julio, mejor quedate en París. No volvás a Buenos Aires. Se va a poner más triste si te ve con esta cara. Y además así, tan flacucho como andás.

Buenos Aires. Borges. Buenos Aires.

La pucha qué mal me siento. Qué triste que estoy. Yo de verdad quería volver. Lo juro, lo juro. Esto me pasa por sentimental. Siempre ando llorando por ahí. Por cualquier cosa. Hasta en los cines me pongo a llorar. Yo qué sé. No doy pie con bola. Cualquier escenita de despedida y yo me pongo a moquear como un salame. No tengo que ir más a los cines. No puedo volver más a Buenos Aires.

De repente me senté en la cama y apagué el pucho aplastándolo en el piso con un zapato en la mano. Se me había despejado el balero y ya sabía a quiénes les iba a pedir plata para volver a Buenos Aires.

3-GUANTESNEGROS Y SIMONE

Me fui corriendo enseguida a la casa del gordo Guantesnegros y su mujer Simone. Vivían en una casita de dos pisos cerca de la mía. La 224 de la rue Jean Jaurès. Nunca salían a la calle prácticamente. Sabía que iba a encontrarlos.

Guantesnegros se la pasaba leyendo filosofía todo el día y Simone era feminista.

Toqué timbre y me abrió Simone.

-Me pegó, me pegó –me dijo Simone en cuanto la vi, con una cadencia en la voz como lánguida, afligida-. Jean P. me pegó.

La pobrecita tenía un ojo morado y temblaba de miedo. Seguro que tenía miedo que Guantesnegros apareciera de golpe y la castigara por haberse quejado conmigo.

-Entre, Julio, entre. Jean P. está arriba. No haga ruido. Yo estoy limpiando acá abajo.

-¿Por qué le pegó, Simone? ¿Usted qué le hizo?

-Nada, nada. Yo nunca hago nada. Yo estoy todo el día encerrada en esta casa y nunca hablo con nadie.

Simone tenía las mejillas encendidas. Daba de verdad lástima la pobre.

-Yo soy una pobre mujer, Julio, qué puedo hacer. ¿Qué voy a hacer? ¿Pelearme con él? No puedo. El es más grande que yo. Tengo que resignarme, ya ve.

-¿Pero es frecuente esto de los golpes?

-Casi día por medio. A veces menos. A veces me pega por cualquier cosa. Por cualquier cosa, Julio.

-¡Pero Simone! ¿Por qué no lo deja y se va?

-¿Y adónde quiere que yo vaya? Yo no sé hacer nada. Dependo de él absolutamente.

Entonces escuchamos la voz de Guantesnegros que venía de arriba.

-¿Con quién hablás, Simone?

-Con el argentinito. Vino recién.

Simone me tomó del brazo y me hizo subir con ella las escaleras.

-Venga, Julio, venga. Suba. Que lo vea. Si no Jean P. va a pensar que estoy hablando sola y que estoy loca. Y no le diga lo que le conté.

-Pero esto es… ¡No puedo callarlo, Simone!

-¡No va a hacer más que empeorar las cosas, Julio! Se lo suplico. Hágame el favor. Jean P. se va a poner como un loco si se entera que yo le conté.

Hablaba bien chiquito. Para que Guantesnegros no la oyera.

Llegamos a una habitación asquerosa rodeada por varios ventanales mugrientos. La habitación más asquerosa que yo había visto en mi vida. Y eso que yo había andado en cada tugurio desde pibe. Guantesnegros estaba metido hasta el cuello en una bañera de ésas que se arrastran y llevan de un lado para otro. El agua estaba toda negra y yo no podía verle el cuerpo. La verdad que me hubiese gustado, porque para mí el cuerpo de Guantesnegros era como un misterio.

Guantesnegros era bien gordo, a diferencia de Simone que era bien flaquita. Simone se sacaba la comida de la boca para dársela a Guantesnegros. Pero guarda, que Simone con esto se ponía contenta. Vivía feliz con eso de someterse a un hombre y cuanto más entonces mucho mejor. Por eso yo me dije: “guarda, que no te engrupa”, “no le tengas lástima a Simone”, “ella está acá porque quiere”, “y si Guantesnegros le pega es porque ella se lo deja”. La pucha que a veces las mujeres son más raras.

Pero igual me dio no sé qué cosa no querer ayudarla a Simone. Yo qué sé. La tipa estaba desesperada. Se le notaba en la cara que tenía un hambre tremendo. Que no sabía bien dónde estaba parada. Creo que esperaba el Knock-Out en cualquier momento. Además yo había ido a la casa de ellos a pedir plata y no para andar haciéndome el lindo precisamente, saliendo a defenderla a Simone como un Jim Dean.

4-GUANTESNEGROS Y SIMONE

Me acerqué a Guantesnegros con toda la sumisión que pongo siempre cuando voy a pedirle un favor a una persona que está por encima de mí en la jerarquía social. Guantesnegros sacó una mano del agua negra y yo se la besé.

-Buenas tardes, Sr. –le dije-. Pero veo que lo molesto…

-Pero no, argentinito, qué vas a molestar. Al contrario. Simone y yo estábamos tan aburridos que le dije que me bañara. Y eso que vos mismo ves que no hacía tanta tanta falta. Vení, Simone, terminá de enjuagarme la cabeza que recién me entró un poco de jabón en un ojo.

Simone se le enchufó enseguida atrás y empezó a enjuagarle la cabeza y las orejas.

-Más despacio, Simone. Me lastimás con las uñas.

-Pero vos quedate quieto, Jean P. –le dijo sonriendo.

Me conmoví por ambos.

-Simone ¿le ofreciste una taza de café al argentinito?

-No, Jean P. Se me olvidó de ofrecerle y no hablamos de nada. ¿Quiere una taza de café, Julio?

-No, Sra., le agradezco muchísimo pero me tengo que ir ya mismo. En realidad vine a despedirme. Dejo París mañana.

-¿Y adónde te vas, argentinito? –me preguntó Guantesnegros.

-A Buenos Aires, Sr.

-¿Así que te volvés a tu país? ¿Pero si siempre dijiste que Argentina estaba llena de cabecitas negras peronistas? ¿Para qué vas a ir allá?

-Tengo que volver, Sr. Es preciso –le dije con un tono suplicante que hasta yo me lo creía.

-Pero mirá que sos raro vos, argentinito. Primero te escapás de la madriguera y ahora querés volver. Qué bicho más raro que resultaste ser.

-No le digas así, Jean P. Tal vez Julio tenga sus motivos personales para regresar a su país. Después de todo…

Guantesnegros enardeció rápidamente. Le dio la cólera, como casi siempre que su mujer hablaba.

-¡Usted se calla, Sra.! –gritó- ¿A usted quién le dio vela en este entierro?

Simone empezó a temblar otra vez.

-No es para tanto, Jean P. Yo sólo di una opinión al respecto.

-¿Usted, Sra., usted no sabe que cuando dos hombres hablan la mujer debe agachar la cabeza? ¿Usted no leyó acaso a Rousseau, cuando dice: “Las mujeres no aman ningún arte, no son inteligentes en ninguno y no tienen ningún genio”?

Guantesnegros nos salpicaba a Simone y a mí con el agua negra de la bañera mientras gritaba. Estaba fuera de sí, lo admito. Los ojos desorbitados por completo. Las mandíbulas chillándole de tanto como el gordo las movía. Simone estaba pálida. Pálida.

Guantesnegros continuó con los gritos.

-¿Y sabe lo que se le da por hacer ahora a esta mujer, Julio? ¡Se golpea ella sola en la cocina y después anda diciendo que yo la golpeo!

-Yo nunca dije eso, Jean P. –gimió Simone.

-¡Lo decís, hija de puta! Hasta se lo dijo a mi suegra. Le dijo que yo le había dejado un ojo negro de un trompazo; y entonces al otro día la vieja vino y me dijo: “¿Por qué le pegas a mi hija, en vez de darle más de comer? ¿No ves lo flaca que está? ¡Parece una tabla!”

Yo empecé a recular. Me daba cuenta que no era un buen momento para andar pidiéndole plata a Guantesnegros. Miré para el lado de la puerta con ganas de mandarme a mudar.

Viendo entonces Guantesnegros que yo me estaba por rajar, me dijo:

-Y sepa usted una cosa más, Julio: si fuera cierto que yo la golpeo a Simone, Simone lo negaría, porque la mujer golpeada nunca admite que su hombre le pega. No quiere abandonar la última cuota de orgullo que le queda.

Después Guantesnegros se puso de pie en la bañera y de todo su cuerpo gordo y desnudo chorreaban miles de gotas que caían sobre la negra agua como en una catarata salvaje.

-Pero a ver, diga algo, argentinito –me dijo-. Usted dice que es escritor ¿no? ¿Por qué no me da su opinión sobre Simone y yo? ¿Por qué se calla? ¿Tiene algo que objetar? ¿O está en contra de que yo le pegue a Simone? ¡Hable! ¡Diga!

La cara de Simone estaba bañada en lágrimas y yo tenía la lengua como paralizada ante lo que veía. Tenía miedo que Guantesnegros me violara.

-¿Yo, Sr.? ¿Qué quiere que yo diga?

Quería mostrarme lo más sumiso posible para tranquilizarlo un poco a Guantesnegros. Pero éste ya no se tranquilizaba con nada.

-Cualquier cosa, argentinito; decí cualquier cosa. Si vos sos mandado a hacer para decir cualquier cosa. ¡Toda la vida fuiste un tilingo! ¡Igual que tu país de milicos…!

Simone me tomó otra vez del brazo pero esta vez para sacarme de la vista de Guantesnegros.

-Vamos, Julio, salga; usted lo está haciendo enojar cada vez más.

-Sí, Simone. Llevatelo. Sacalo ya mismo de esta casa. Y ojalá nunca vuelvas a París, fascista asesino. ¡Trapo de piso de la oligarquía! ¡Escribiente de clase media acomodada! ¡Pedófilo! ¡Prostibulero!

Yo igual le extendí la mano para despedirme pero Guantesnegros me la negó. Se agachó y volvió a meterse en la bañera. Maldiciendo entredientes contra mí y también contra mi patria. Yo salí de allí haciéndole reverencias. Con Simone arrastrándome por el brazo.

Bajamos por las escaleras a los tropezones.

5-SIMONE

Cuando llegamos a la puerta me sentía realmente triste. Nunca me había sentido así en París. Sentía un tremendo nudo en la garganta. La miré a Simone y le oprimí con ternura el brazo. Deseaba que comprendiera que yo estaba de su parte. Simone se me echó al cuello y empezó a llorar. Yo la atraje más hacia mí y también se me piantaron algunas lágrimas. Después Simone apartó un poco la cara y yo aproveché para besarla en los labios. Ella me devolvió el favor besándome locamente toda la barba y mordiéndome mucho los labios.

Aunque era bajita y yo soy muy alto, se desenvolvía bastante bien.

Después Simone se apartó de mí y yo le dije:

-Simone ¿usted me podría hacer un favor?

-¿Qué es, Julio? –dijo ella componiéndose el deshabillé.

-¿Usted no me podría prestar el dinero para viajar mañana a Buenos Aires?

Simone me miró desconcertada. Negaba un poco con la cabeza; también temblaba, pobrecita.

-No, no puedo. No puedo –dijo Simone.

-Si no fuera urgente que yo viaje mañana mismo a Buenos Aires no se lo pediría, Simone. Créame. Además pienso devolvérselo en tres días.

-¿Y dónde está esa urgencia de viajar a Buenos Aires tan pronto, vamos a ver?

-Mi padre murió ayer, Simone. Tengo que volar a Buenos Aires para asistir a sus exequias… Quiero estar.

Simone se sonó la nariz.

-Hubiese arrancado por ahí, hombre –me dijo Simone oprimiéndome la mano.

Se fue hasta un bayú del rincón y por encima del hombro vi que sacaba plata de un cofrecito.

-Tome –me dijo-. Es todo lo que tengo. Son todos mis ahorros.

Conté 300 F.

-Se lo agradezco en el alma, Simone.

-¿Cómo me los piensa devolver, Julio? Mire que son todos mis ahorros.

Titubeé un poco. Estaba mareado con tanto lloriqueo barato y tanta queja y tanto reproche de conventillo.

-Por intermedio de un amigo mío –le dije.

-¿Y es de fiar ese amigo suyo? –me preguntó.

-Es Astor Piazzolla, Simone.

-No tengo la más pálida idea de quién es.

-Es un talento musical que está cambiando el tango en Buenos Aires. Fue Astor Piazzolla quien me avisó del deceso de mi padre. Quédese tranquila, Simone. Astor tiene que viajar a París en dos días; yo apenas llego a Buenos Aires le doy la plata para que se la devuelva. Confíe en mí.

Me metí los 300 F. en el bolsillo y Simone frunció enseguida el entrecejo. La francesita entró a sospechar.

-¿Y usted cómo piensa conseguir los 300 F. en Buenos Aires?

-Vea, Simone, a mí me deben una plata importante la gente de Editorial Planeta, por los derechos de autor de Rayuela. Apenas llego a Buenos Aires me contacto con esta gente, cobro los derechos de autor, busco a Astor en el barrio de Pompeya y le doy la plata y su dirección. Estése tranquila.

Y ahí me callé. Ya empezaba a pensar que la francesita me iba a pedir intereses.

-…Astor Piazzolla… -dijo como recordando-. Sí, me parece que lo conozco. Es un viejito de pelo blanco que toca el bandoneón y se chorrea todo de transpiración. Lo vimos con Jean P. en el televisor la otra noche.

-Seguramente, Simone.

-¿Pero es de confianza ese hombre, Julio? A mí no me lo parece. Parece más bien un gitano.

Entonces me arrojé sobre Simone y empecé a besarla como un desaforado. La desnudé de cinturas arriba y le mordí los pechos. La francesita jadeaba y se retorcía como una serpiente contra mis largas piernas. Era raro, tenía olor a mujer de no haber sido tocada por hombre en años. Tenía aliento a tabaco y los labios ásperos, ríspidos, la lengua ajada, seca, toda la piel de su cuerpo flaquito también era seca.

De pronto se deshizo de mí como pudo.

-Ya basta, Julio, ya basta. Jean P. nos puede oír. Váyase; váyase antes que Jean P. baje y vea que usted está todavía aquí.

Me arreglé un poco la corbata, me di vuelta y me fui.

No quería volverla a ver.

Cuando estuve en la calle respiré profundo mis últimos aires de París, caminé dando largas zancadas. Pero después me detuve. Volví la vista y miré hacia los ventanales de la casa de Simone. Me acuerdo que ahí lo vi. A Guantesnegros apuntándome con el dedo índice de la mano, diciéndome que yo tenía que tener ojo con él.

6-BUENOS AIRES

Al día siguiente estaba volando para Buenos Aires. Como tenía una modorra tremenda dormí durante todo el viaje como un oso. Recién cuando bajé del avión me di cuenta que había sido una estupidez eso de volverme a Buenos Aires. Tan así, de un día para otro. Pero cuándo no, Julio, vos siempre tan atolondrado para todo. Parecés un chico, mirá.

Pero después me agarró un montón de nostalgia y la verdad que me felicité de haber vuelto. Siempre yo era así de tarambana.

Además yo había vuelto, primero que nada, para verlo a Borges.

Pero también me agarraron ganas de andar un poco por San Telmo, Caballito, Parque Patricios, la Calle Corrientes, el Parque Lezama, yo qué sé. Estaba hecho todo un pelotudo como veinte años atrás, cuando visitaba y me paraba a mirar cualquier guevada que Buenos me pudiera ofrecer. Dale, Julio, ya tenés 56. No te hagás el porteño melancólico que no se la vas a vender a nadie. ¿Y vos qué sabés? Por ahí encuentro a algún dormido que todavía no se amaneció y le vendo todos los números juntos. En este país todavía hay varios que no se cayeron del catre.

Salí de Ezeiza y me tomé un taxi. Apenas subí al taxi empecé a sentir un olor a jaula de mono impresionante. Seré yo, pensé. Me pasé las manos por las axilas y la barba, pero yo no era. Ya me estaba por bajar del taxi pero me dije: Julio, vos te metiste solo en este martes 13 y ahora bancatelá. Acá no hay tu tía. Le dije al tachero que me llevara hasta Callao y Las Heras. Si quería encontrarlo a Borges tenía que empezar a buscarlo por ahí.

Miré por la ventanilla y las calles de Buenos Aires empezaron a rodar por mi memoria. Pucha, qué metejón que yo tenía con la nostalgia. Parecía que andaba bien caliente. Lo único que te pido, Julio, es que no empecés a moquear ahora, por favor. Lo único que te pido. Quedate tranquilo, zonzo. No me voy a poner a llorar. Más te conviene. Mirá que esto es Buenos Aires y ya no estás más en París. Si en Buenos Aires te ven lagrimeando te pueden llegar a comer vivo.

En eso no va que el tachero me dice:

-Vio que lo encontraron a Aramburu.

-¿A quién? –yo dije.

No entendía nada.

El tachero siguió hablando lo más campante.

-Sí, parece que hacía un mes que lo habían matado. Se está poniendo bravo este país. Y son los Montoneros los que lo están poniendo bravo. Ahora yo me pregunto: ¿Qué carajo quieren hacer los Montoneros con este país? Yo no entiendo nada.

Dejé caer la cabeza hacia atrás, con cuota de cansancio.

-Yo tampoco entiendo nada, pibe. ¿Qué querés que te diga?

Vi que el tachero se me puso a mirar por el espejito. Una, diez, cien veces. Parecía que me quería sacar una foto. Dale, pibe, escupí lo que tengás que decir. Animate, preguntame si soy Cortázar.

-¿Usted no es de acá, no? –me dijo por fin.

-Sí, soy de acá, pero hace años que no volvía.

-¡Yo ya me di cuenta de quién es usted! ¡Yo ya me di cuenta! ¡Usted es Cortázar!

-Sí, pibe, soy Cortázar. Pero no levantés tanta pólvora.

El tachero era bien morochito, con mucha melena y barba, como yo. No me sacaba los ojitos de encima. Me sonreía y no paraba más de hablar de cualquier cosa. Yo le decía a todo que sí, que sí. Ya ni me acuerdo de las cien pavadas que me dijo. Al fin llegamos a Callao y Las Heras.

-¿Cuánto te debo, pibe?

-No, don Julio, a usted nadie puede cobrarle nada.

Acepté lo del viaje gratis. Y como el olor a jaula de mono era cada vez más impresionante dentro del taxi me rajé de ahí como rata escapando por tirante.

-Hasta la vista, Sr. Cortázar –escuché que me decía el tachero, cuando cerré la puerta del taxi con tanta fuerza que casi no la hago tripas. Me sentía nerviosísimo. Pero qué olor a jaula de mono impresionante que había dentro de ese taxi.

7-VICTORIA OCAMPO Y SILVINA

Encendí un pucho para sacarme la bronca y empecé a caminar por la Callao. Qué embroncado que estaba yo. Caminaba rápido, dando largas zancadas. La gente empezaba a mirarme. A mí la verdad que no me extrañaba. Yo y mi estatura tan alta les resultaría algo notorio a los porteños, que por lo general son bajitos y morochos. Seguro que se daban cuenta que yo era Cortázar, como se había dado cuenta el tachero. Entonces empecé a apurar cada vez más el paso. Quería encontrarlo a Borges cuanto antes. Parecía un loco del Borda, mirá. En eso no va que escucho que me dicen:

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