EZEQUIEL Y LA MAQUINA TRAGAMONEDAS

doublemagic

Así como cobró el aguinaldo, Ezequiel se fue derecho al casino a probar suerte. Estaba harto de tener que negarse a asistir a cuanta reunión, cena, salida o invitación alguna, (aduciendo problemas de tiempo, o problemas personales), por la sencilla razón de no tener nunca el dinero suficiente para al menos costear sus propios gastos.

“Quien apuesta por necesidad, pierde por obligación”. Así dice el dicho en el ámbito de los juegos de azar. Y Ezequiel lo sabía perfectamente. Pero esta vez, sinceramente le importaba poco.

Entro y fue directamente a la sala de máquinas tragamonedas. Si hay algo obvio, es la función de la máquina.  Hace justamente eso. Tragar monedas. Gracias a un compañero de trabajo, (ex empleado de casino), quedaban refutados los mitos que enseñan mil formas para ganar en dichas maquinas.

Ezequiel se sentó en la única que quedaba disponible, en una esquina. Una que tenía un gran cartel que decía Double Magic, haciendo referencia a algún premio acumulado o vaya uno a saber, y que daba a la ruleta electrónica que estaba abarrotada de gente insultando porque había salido el 0. Cargó prácticamente todo el aguinaldo, y apostando por el máximo comenzó a jugar apretando el botón de “Repetir jugada” en lugar de la característica palanca lateral, para no “ejercitar” su brazo derecho sin ningún motivo.

Con cada giro de los rodillos, el pozo acumulado iba creciendo proporcionalmente a  los créditos de Ezequiel que iban disminuyendo, y el ruido de un parlante, anunciando los números que salían de la ruleta, lo exasperaba cada vez más.

En una de las tantas pérdidas que iba llevando, Ezequiel apoyó su cabeza contra el panel frontal vidriado de la maquina blasfemando a todos los santos y pidiendo al menos una cuota de suerte. Una anciana se acercó a su lado y le dijo.

-No siempre se gana donde se quiere ganar. A veces hay que dejar de empecinarse y ser más perceptivo, muchacho.

La anciana tomó la mano de Ezequiel, la puso sobre la palanca lateral y luego desapareció al final de la hilera de máquinas.

-Colorado el 5. –Negro el 11. –Colorado el 32 – Colorado el 14… – había escuchado por el parlante.

Un duro palancazo hizo girar los rodillos, pero el resultado fue exactamente el mismo. Las monedas seguían desapareciendo.

Ezequiel, furioso, comenzó a bajar la palanca intempestivamente una y otra vez para terminar de perder todo e irse a su casa. Pero algo que no había percibido al principio de su desesperación, le llamo la atención justo antes de gastar sus últimas  tres monedas.

Uno de los parlantes de la ruleta electrónica. Estaba cantando los números de atrás hacia adelante con cada movimiento de la palanca que él hacía, mientras el otro seguía normalmente.

Ezequiel sacó las monedas que le quedaban en la máquina  y trató de recordar la seguidilla de los últimos  cuatro números. El parlante había anunciado el 14, el 32 y el 11. Faltaba el 5. Así que corrió a la ruleta, que tenía un lugar vacío, y con el tiempo justo aposto sus 3 últimas monedas.

La bola giró y se clavó sin ninguna duda en el número 5.

Corriendo desesperado, volvió a la maquina tragamonedas, pero esta vez con un papel y una lapicera, y sin apostar comenzó a bajar la palanca una y otra vez, anotando todos los números que se anunciaban por el parlante defectuoso, y recordó que cuando había ingresado a la sala, el numero 0 había sido el primero que se anunció. Así que hasta allí, tendría todo controlado.

Ezequiel miró el papel con los números. Había unos cuarenta y tres anotados. Ahora tenía los números que habían salido desde su llegada, pero no tenía forma de volver el tiempo atrás!

Tomo las 3 últimas fichas que le habían quedado cuando se levantó de la maquina tragamonedas y las puso nuevamente apretando el botón de “Repetir jugada” mientras apoyaba la cabeza en el vidrio frontal y volvió a blasfemar.

Se incorporó en la banqueta y abrió los ojos. Miró a su alrededor y la bola de la ruleta electrónica disminuía su velocidad y estaba a punto de caer. Solo había que esperar una señal para saber si ese por fin seria su día.

La bola cayó, y ambos parlantes cantaron un número ganador.

-El número es….. CERO. – Hagan juego por favor…

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