
Estación de trenes de Retiro - 1983.
Como cada Enero, María Eugenia se iba en tren para visitar a su prima Soledad. Y como cada Enero, le solicitaba a su amigo y mentor Pablo Vance, que la acompañara por unos días.
Pablo y María Eugenia llegaron corriendo desde la calle hasta el andén 2 de la estación de trenes. Estaban con los minutos contados para tomar el servicio de las 14 hs con destino a Rosario. Afortunadamente, el equipaje era solo de mano, y no fue necesaria la ayuda de changarines para arrimarlos hasta el vagón correspondiente.
Se sentaron en sus respectivos asientos, pero cuando María Eugenia intentó entablar un dialogo con Pablo, descubrió que era inútil. Él ya se había enfrascado en una revista de ingenio y pasatiempos que lo dejaban absorto del mundo exterior.
Por un extremo del vagón, una mujer entró llorando acompañada de un guarda. Éste la guió con cierto esfuerzo hasta su respectivo lugar, e intentó tranquilizarla dándole un vaso de agua que oportunamente le había solicitado a la señorita que recorre el tren con el carro de bebidas y emparedados.
- Señora. Le aseguro que haremos todo lo posible. Hace un tiempo que estamos tras este individuo.
- No lo puedo creer, son los ahorros para el funeral de mi padre!!! No puedo tranquilizarme.
Pablo no pudo evitar oír, se levantó de su asiento y se dirigió hacia el guarda.
- Buenos días, señor. Mi nombre es Pablo Vance. Podría decirme que es lo que ocurrió?
- Por qué debería?
- Primero, porque veo una mujer dolida, y como hombre le quiero ofrecer mi ayuda. Segundo, porque estoy compartiendo mi viaje con una mujer, y es posible que lo que le ocurre a esta señora le pueda ocurrir a ella. Tercero, porque escuche que “hace tiempo” que están tras un individuo, es decir que lo que haya ocurrido es recurrente. Prosigo? Tengo más razones.
El guarda lo miró un tanto perplejo. Luego se acomodó la gorra.
- Vera usted, señor Vance. Hay un hombre que viaja desde Retiro a Rosario y viceversa , robando diferentes objetos a los pasajeros. Ya sea mientras duermen, o mientras se van al baño, o simplemente en las estaciones, cuando bajan. Esta señora viajó el viernes desde Ramallo, para el funeral de su padre, pero le robaron en el viaje cuando venía. Ahora debe volverse para tomar más dinero y volver para pagar los oficios religiosos y demás gastos que surgieron durante el fin de semana.
- Señora. No puede retirar dinero de algún banco aquí en Buenos Aires? – Preguntó Vance a la mujer.
- La verdad, no. Todos mis ahorros están en mi casa. Solo tenía encima el cheque para pagar a la funeraria.
Vance miró al guarda.
- Cuánto hace que ocurre esto?
- Hace aproximadamente unos dos meses.
- Ha escuchado que haya pasado más de una vez en un mismo día?
- Solo en dos ocasiones. La última fue hace una semana.
- Y la anterior?
- Hace exactamente un mes.
- Y el modus operandi parece ser el mismo?
- Así es. Todas las personas bajan en alguna de las terminales.
- Y también suben en las cabeceras del recorrido?
- Todos los afectados que bajaron en Rosario habían partido desde Retiro pero…
- Pero los que llegan a Retiro nunca subieron en Rosario. – completó Vance.
- Exacto! Como lo supo?
- Deme un minuto para atar cabos.
Vance miró hacia abajo, como si intentara conectar una serie de pensamientos sueltos que deambulaban por su cabeza esperando encontrarse en algún punto estratégico de su cerebro.
Con los pequeños datos que había recabado, tenía varias certezas. No importaba si el ladrón no residía en las cabeceras. Lo importante era que necesitaba optimizar el tiempo y bajar al menos a mitad de camino para poder dejar los objetos robados y así no cargar con la evidencia durante todo el trayecto.
De acuerdo con lo descripto por el guarda, nunca habían robado a alguien que subiera en Rosario, lo que significaba que el ladrón “marcaba” como sus víctimas a aquellas personas que subieran después, pero que le dieran tiempo a bajar en alguna estación a dejar el botín.
Es decir que el ladrón subía en Rosario, pero bajaba antes que el tren llegara a Retiro. Pero extrañamente la gente a la que robaba y descendía en Rosario, había salido desde capital federal.
- Cómo sabe quien viaja con dinero u objetos de valor desde Buenos Aires? – Se preguntó a sí mismo.
El rostro de Vance parecía empezar a encontrar respuestas a medida que pasaban los segundos. La mujer y el guarda lo miraban detenidamente y María Eugenia ya estaba a su lado para pedirle que volviera a su asiento porque el tren había dado el aviso de su partida inminente. Pablo movió la cabeza de un sobresalto, como si acabara de salir de un trance psíquico.
- Bien. Como primera medida quiero que sepan que esta persona no está armada, de modo que le solicito a usted señor, que llame a una fuerza de seguridad para que lo detenga.
- Acaba de decir que no está armado. No creo que sea necesario.
- Lo es, ya que ninguno de los cuatro tenemos el poder para detenerlo. Aunque lográsemos reducirlo, deberíamos esperar hasta que el tren se detenga en la próxima estación.
El guarda bajó inmediatamente del vagón y en menos de un minuto subió con un oficial de policía que sabía lo que estaba ocurriendo desde hacía un tiempo.
- Muy bien. Creo que tenemos al culpable- Dijo con un tono de seguridad absoluta. – Vayamos al inicio del tren.
Vance, seguido de María Eugenia, el guarda, el oficial y la mujer, caminaron hasta el inicio del primer vagón del tren. Al llegar allí, Vance giró sobre sus talones y echo una mirada generalizada. Algunos asientos vacios, dejaban ver un poco del cuero verde de los asientos. Vance habló al oído con el oficial de policía. El tren arrancó lentamente.
-Perfecto!- Les dijo a todos.- Estamos en viaje y el ladrón no podrá tirarse del tren, a menos que este realmente loco y prefiera saltar para salvarse y morir en el intento. Creo que estamos listos.
El tren ya se movía a una velocidad importante. Todos comenzaron a caminar por el pasillo del vagón.
- Qué buscamos?- Pregunto el guarda.
- Un hombre arrugado. – Respondió Vance
- Perdón?
- La persona que roba viaja desde Rosario hasta un punto a mitad del recorrido. La única estación donde los trenes se cruzan con diferencia de veinte minutos es en San Pedro. Si consigue dejar rápidamente lo robado y subirse al tren, puede realizar un segundo robo, lo que significa que no tiene tiempo de cambiarse la ropa. Sin embargo, cuando roba a pasajeros que vienen desde Buenos Aires, solo puede subirse y llevar lo robado hasta la terminal de Rosario, donde baja y espera nuevamente la partida del tren.
- Me dejas muda – Le espetó María Eugenia.
- Eso no es nada. Lo curioso es que hoy justamente el ladrón subió en este tren y aquí Retiro en lugar de su ascenso habitual.
- Y eso como lo sabe? Le preguntó el guarda.
- Lo sé. Y es suficiente con eso. No cree?
El guarda frunció el ceño y siguió caminando. El policía se volvió para interpelar a Vance.
- Discúlpeme, pero gente con la ropa arrugada debe haber mucha en este tren. Con eso no podemos detener a nadie.
- Lo sé. Pero vamos a encontrar algunas señales más que este individuo nos va a regalar.
Cada vez que entraban a un vagón nuevo, Vance miraba durante unos segundos todos los asientos y después atravesaba el pasillo junto a los demás.
Finalmente llegaron al vagón comedor. Vance escrutó las mesas. Se giró hacia los demás y dijo. – -
- Nuestro hombre está aquí. Les pido por favor que no hagan nada extraño.
El guarda se acomodo la gorra y miro al policía, un tanto extrañado.
A mitad del vagón, Vance se detuvo al lado de una mesa y dijo.
- Oficial, por favor arreste a este hombre. Es el encargado de los robos en el ferrocarril.
El oficial de policía, un poco perplejo, pidió documentos a un hombre con el brazo derecho enyesado, que no tenía manera de salir del asiento por estar rodeado. Este se negó y el oficial inmediatamente sacó las esposas y se la colocoó sobre la mano izquierda.
Vance metió la mano dentro del saco arrugado de aquel hombre y sustrajo un sobre con dinero.
- Este sobre le pertenece, señora?
- Sí, señor. Es el sobre que debía llegar a la funeraria.
- Perdoname Pablo. Pero cómo supiste que era este hombre?
- Les dije que buscábamos a un hombre con la ropa arrugada, y este señor cumple con los requisitos.
- Pero no creo que eso solo te haya alcanzado.
- No alcanzaba. Pero cuando entré al vagón hubo algo que me llamó la atención. Un hombre enyesado tomando un café. El asa del pocillo estaba sobre el lado derecho. Lo que significaba que ese no era su asiento o al menos ese no era su café. Si el café hubiera estado lleno, podría haberme equivocado, pues aun no había tocado la taza. Por otro lado, un hombre con cierta limitación deja de convertirse en sospechoso para el común de la gente. Su rostro denota incomodidad, lo que significa que no ha descansado bien, o que lleva mucho tiempo sentado viajando.
- Lo felicito.- dijo el guarda. Jamás había visto que el poder de deducción fuera tan útil en un caso como este.
- De todos modos, esto aun no se resuelve del todo.
- Por qué? – Le preguntó María Eugenia.
- Porque este hombre no trabaja solo.
- Como lo sabe? – fue la pregunta del guarda.
- Muy simple. El ladrón sube en Rosario y luego de robar baja en San Pedro a dejar el botín. Él puede elegir su víctima. Pero cuando sube en San Pedro, necesita que alguien le diga a quien debe atracar de todos los que subieron en Retiro…
- Es decir que hay otro hombre en algún vagón del tren que sube en Retiro y trabaja con él?
- No. Otro hombre significa otro pasaje, otro control, otro testigo..
- Y entonces? Pregunto la señora.- Señor Vance, díganos que es lo que ya sabe y nosotros aun no!
Vance miró al guarda.
- Y yo que tengo que ver?
- Para qué lo pregunta, si lo sabe perfectamente? Usted es quien marca a la víctima al subir en Retiro y le avisa a este hombre para que pueda robarle.
- No tiene ninguna prueba de eso!! Es una vergüenza!!!
- Cuando le pregunte qué era lo que ocurría con esta mujer, usted se acomodó la gorra mientras miraba por encima de mi hombro. Escuché que una persona se levantaba y salía del vagón. Algo raro viniendo de alguien que acababa de subir para viajar.
- No tiene nada que ver! Cada uno se levanta cuando quiere.
- También note que los días en que hubo dos robos en el mismo día fueron un lunes. Es decir que fue después del fin de semana. Lo que quiere decir que los días sábados y domingos se reparten las ganancias robadas.
- Eso no me involucra en lo absoluto.
- Digamos que sí. Cuando ingrese al vagón comedor, me di vuelta y les dije que estaba nuestro hombre y nuevamente usted se acomodó la gorra. Gire rápidamente y este sujeto se acomodo en la mesa y miro hacia la ventana. Usted le decía mediante ese movimiento que saliera del vagón.
El guarda dio un empujón a María Eugenia, eludió a Vance y echó a correr por el pasillo del vagón, pero al llegar a la puerta se encontró con que lo esperaba un segundo oficial que se había ocultado a simple vista.
Eso era lo que Vance había susurrado al policía en Retiro.
- El guarda está involucrado. – Le había dicho.
El tren salía de la estación de Zarate, y con el caso resuelto a María Eugenia aun le quedaba una duda. Mientras el tren seguía con su destino a Rosario, ella se quedó pensativa viendo como se perdía de vista la estación. Vance sabía cual era la pregunta, como siempre.
- Por el cheque. – Le dijo serenamente.
- Qué? – Respondió María Eugenia.
- Querías saber porque si este hombre baja y sube en San Pedro, hoy venia desde Retiro.
- Con vos no se puede. Si, quería sacarme esa duda.
- Cuando se repartieron las ganancias el fin de semana, descubrieron que uno de los sobres tenía un cheque. El cheque era para un funeral en Buenos Aires, así que lo más probable era que el cheque hubiera que cobrarlo en alguna sucursal de Capital Federal. No había otra opción más que viajar hasta acá y cobrarlo.
María Eugenia le mostró una expresión, mezcla de admiración y incredulidad ante la resolución del caso. Giró nuevamente hacia la ventanilla para ver pasar la vegetación a toda velocidad.
Pablo Vance se acomodó en su asiento, sacó un bolígrafo, y del bolsillo del saco extrajo su revista de pasatiempos. Sonrió levemente y comenzó el crucigrama de la página central, como si nada anormal hubiera ocurrido en su día…
