LA FLOR DE CEIBO (leyenda guaraní)
Las noticias que llegaban a España sobre las riquezas del Nuevo Mundo, animaron a muchos conquistadores y los impulsaron a cruzar el océano con la esperanza de lograr los tesoros que, según decían, encerraban estas tierras. Era el mes de Noviembre de hace muchos años … Acamparon a orillas del Paraná. Lucía una vegetación exuberante. El lugar, hasta entonces apacible, se vió invadido por hombres que usaban corazas bruñidas y cascos resplandecientes al sol. Con don Gonzalo Ruiz como jefe. Una vez instalados, recorriendo el lugar, vieron canoas y una aldea que parecía abandonada. No se notaba movimiento, ni ser humano. Continuaron avanzando y sin ser vistos, comprobaron que la tribu se hallaba celebrando. Bajo un aguaribai estaba sentado el Cacique Teyú (lagartija). Hablaba con su hija Ibaga (cielo); la dulzura de su espíritu no le impedía el carácter indómito. El momento era propicio para atacar y dominar a los indios. En segundos la lucha fue general. Y la tribu, en un esfuerzo desesperado de salvaciòn, prendió fuego a las chozas. La humareda se levantó al instante y los conquistadores no pudieron reprimir la huida de los “salvajes” que se internaron en el bosque. Los españoles no admitían la derrota. Entre los guaraníes, todo era muy distinto. El Cacique Teyú había sido mal herido. Ni las palabras del hechicero, ni los conjuros, ni los remedios, mejoraban su estado. A medio día, cuando el sol caía a pique sobre la tierra y el calor era insoportable, Teyú llamó a su hija y le pidió que se acercara. Cuando Ibaga estuvo a su lado, con voz apenas perceptible, le dijo: – Ibaga, hija mìa, voy a dejarte. Tupá me llama a su reino. Sé que no puedo curarme. Por eso te entrego el porvenir de nuestra tribu. Que la justicia y el honor guíen siempre tus actos para bien de nuestro pueblo. Después de darle sepultura y rehacer sus viviendas, Ibaga reunió a los principales guerreros para organizar cómo defender su tierra. El ataque al campamento fue de noche, mientras dormían. Los españoles estuvieron en pie al momento, trabándose en combate, que íba siendo adverso a los guaraníes quienes tuvieron que huir para salvar sus vidas. Otros murieron y entre los que fueron prisioneros se encontraba Ibaga que al ser reconocida fue llevada a una celda de la barca capitana. Una idea siniestra cruzó su mente. Matar al centinela. Cumplió su plan y descubierta por el reemplazante, a los gritos de alarma, acudieron otros más y la redujeron, llevàndola a presencia del Capitán. Este y otros jefes la juzgaron y decidieron que debía morir en la hoguera, esa misma noche. Debajo de un ceibo de los que abundan en el lugar, la ataron al tronco del árbol y le prendieron fuego. De pronto el cuerpo de la desgraciada Ibaga comenzó a ponerse rojo vivo y a confundirse con el tronco del árbol que la recibía en su interior, apoderándose de su alma. El ceibo que hasta entonces, sólo se cubría de hojas verdes, se llenaba de flores rojas de una forma nunca vista. Todos creyeron en un milagro. La indómita india que prefirió morir, a entregar su tierra y su pueblo a los invasores.
Desde entonces los ceibos ostentan esas hermosas flores rojas de perfume suave. Son el espíritu de los primitivos habitantes de nuestra tierra que aunque desaparecidos continúan llenándola de belleza con la poesía y el candor de sus almas ingenuas.

que hermosa y trágica leyenda carmen (aunque la naturaleza de las mismas implica siempre una tragedia, algo que es el origen de otra cosa). Me gustan mucho este tipo de cosas, asi como las cronicas del Angel Gris del Negro Dolina, que mitifica el barrio porteño de Flores y te dan ganas de internarte ahi a ver si los personajes que describe son de verdad.
Felicitaciones por seguir subiendo a tu excelente blog la tradición aborigen que nos representa (basta de llamarlo indios, que es el nombre que nos pusieron los conquistadores cuando creyeron llegar a la India, ellos son los indios, no nosotros…) y como siempre, te seguire de cerca.
Besos carmen!!