Costumbres en la Buenos Aires colonial

Costumbres en la Buenos Aires colonial

En la Buenos Aires colonial, a menudo chocaban las costumbres de los naturales de estas tierras -poseídos a menudo por las pasiones terrestres- con los funcionarios que llegaban de una España en la que la Iglesia poseía una fuerte influencia ideológica. Era previsible que se sintieran horrorizados ante un funcionario que cometía “fornicio de madre e hija, siendo sus esclavas”, o que le rogaran al rey que creara un asilo para “doncellas huérfanas”, que para remediar su miseria acudían a la prostitución. De todos modos, los porteños violaron alegremente todas las normas a lo largo de su historia, como se puede deducir de las repetidas prohibiciones a los festejos de carnaval, que daban origen a divertidas batallas a baldazos de agua en las que seguramente más de un “vecino” y más de una “señora” fueron empapados por algún desprejuiciado y divertido miembro de la plebe. A menudo, estas circunstancias desalentaban a los reales funcionarios, como lo prueba una carta de Hernandarias al
rey, en la que casi le confesaba su impotencia para lograr que los porteños dejaran de tomar mate, al que calificaba de “vicio abominable”.

Huérfanas y adúlteros

Los guardianes de la moral, de todos modos -en esta parte del mundo siempre hubo gentes dadas a la concuspiscencia y al pecado de la carne- debieron ejercer una ímproba tarea para hacer respetar los preceptos religiosos, en demasiadas ocasiones sin éxito. Ya en 1699, el Cabildo se dirigía por carta al rey solicitándole la urgente creación de un asilo para las “doncellas huérfanas”. En la misiva, los cabildantes denunciaban que muchas de éstas, “impelidas por la necesidad de verse desnudas y sin tener qué comer, para remediarla se precipitan a ofender a Dios haciendo venta de su honestidad aun antes de llegar a los doce años”. El lejano dios que inspiraba a los funcionarios y el lejano rey al que le escribían no podían velar por el bienestar material de sus fieles, del que eran responsables -precisamente- los propios autores del recado. Como nada se sabe acerca de la creación de una institución como la que solicitaban los funcionarios por aquellos tiempos, es de suponer que las
“doncellas huérfanas” dejaron de ser lo primero, más no lo segundo -que es irreversible-, quizás hasta en beneficio de los preocupados funcionarios.

En 1722 ocurrió un caso emblemático de mutación política. El regidor Tomás de Monsalve fue destituido repentinamente de sus funciones por el “fornicio de madre e hija, siendo sus esclavas”, y fue acusado además del delito de adulterio. De todos modos Monsalve -hombre poderoso- fue absuelto en ambos cargos. Pero a continuación sus colegas -poseídos por una santa indignación- le denegaron la posibilidad de volver a ocupar la banca a la que se suponía con derecho el destituído, porque “hombre de tan mala vida y escandaloso proceder está prohibido por derecho real de obtener un puesto en la república”. Finalmente, el pecador nunca volvió a ser cabildante, para regocijo de las almas puras. Lo que nunca sabremos los descendientes de aquellos habitantes de la ciudad -la historia suele ser recatada en estos casos- es si el tal personaje siguió entregado al ardor carnal con las hijas del continente africano. Un vicio difícil de erradicar.

Los cultores de un abominable vicio y los concuspiscentes también reciben castigo

En 1610, el gobernador de Buenos Aires, Diego Marín Negrón, calificaba de “vicio abominable” a la costumbre de los porteños de tomar mate. En una carta dirigida a Su Majestad -un inútil que comenzó el declive de España hasta convertirla en una potencia de segundo orden, era el receptáculo de las quejas de sus no menos inútiles burócratas allende los mares- Marín Negrón le informaba acerca de ese “vicio abominable y sucio que es tomar algunas veces al día la yerba con gran cantidad de agua caliente”. Para justificar el uso de tamaña adjetivación, el funcionario afirmaba que tomar mate “hace a los hombres holgazanes, que es total ruina de la tierra, y como es tan grande, temo que no se podrá quitar si Dios no lo hace”.

Años después su sucesor Hernandarias, sobreabundando en el camino que antes había hollado Marín Negrón, fue un poco más allá. Ordenó que “nadie en adelante fuese ni enviase indios a haber hierba a ninguna parte donde la haya, ni la traiga, ni traten ni contraten so pena de pérdida de ella, que se ha de quemar en la plaza pública”. Por si no bastara, el primer gobernador criollo de estas tierras ordenó imponer 100 pesos de multa a quien “la metiere o quisiese meter en la Ciudad“. Pero un tiempo después, un descorazonado Hernando Arias de Saavedra -tal como se llamaba en realidad el susodicho Hernandarias- le confesaba a su soberano -por aquellos tiempos todo problema administrativo terminaba en una especie de catarsis por correo- que los porteños “no pueden aguantar a que se diga la misa sin tomar esa yerba”. Trescientos años después, los argentinos, los uruguayos y aún los sirios seguimos cultivando ese “vicio abominable” sin que las horrorosas profecías de ambos gobernadores se
hayan cumplido.

Años después, cuando ya había cambiado el siglo, en 1740, una danza llamada fandango causaba furor entre los porteños -y las porteñas-. Pero pronto el baile se hizo de un incómodo enemigo. El obispo Juan José Peralta, horrorizado por la impudicia de los bailarines, la prohibió -so pena de excomunión- mediante un edicto emitido el 30 de julio de 1743.

El Cabildo -solidarizándose con el pastor de almas- dictó también un bando, con el objetivo de prohibir tal pecaminosa actividad. “Que no se permita fandangos que en los días señalados suelen formarse en casas que se alquilan para este fin por los arrabales de la ciudad, por resultar fatales consecuencias de heridas y muerte. Pena, si fuese español, dos años a las obras del rey en Malvinas; y si negro, mulato mestizo, indio, de doscientos azotes” rezaba -literalmente- el documento. Indudablemente, la clase alta no bailaba el fandango, si no, no hubieran existido este tipo de castigos de humillación en público o de trabajos forzados. Lo que pasaba, seguramente, era que la venda de Justicia se había corrido un poco y había -por lo tanto- perdido la posibilidad de diferenciar entre réprobos y elegidos.

Pero, para abonar de filosofía el camino del castigo, el escandalizado monseñor había entrado en detalles. Aseguró que en esos lugares la gente se la pasaba “bailando mirando un sexo al otro, no de paso sino mui de propósito”, para mayor alevosía. Luego -acusaba a los impúdicos- éstos danzaban “teniendo a la vista el adorno de las doncellas y casadas, con artificiosos movimientos de cuerpo, y al oído versos y dichos provocativos que ensienden el ardor de la concuspiscencia”. Finalmente, el prelado disparaba su admonición sobre “el ningún recato de darse unos a otros las manos, deteniéndose en tan peligroso ademán todo el tiempo que quieren”. Luego, tanto recatados como desprejuiciados, réprobos como elegidos, debieron dejar de bailar el fandango, para lo cual las autoridades pusieron un empeño como el que no pusieron para combatir el contrabando de manufacturas inglesas -y de otros países de Europa-, que por ese mismo tiempo entraban ilegalmente al país para enriquecer a los
prohibidores y para empobrecer a los prohibidos.

Cevallos intenta terminar con el desenfreno

Pero, más allá de los bailes pecaminosos y de las bebidas peligrosas, los porteños debieron ser sancionados nuevamente por su incorregible hábito de gozar más allá de las fronteras del recato y la austeridad. El 28 de febrero de 1778, el virrey Pedro de Cevallos prohibió las fiestas de carnaval, horrorizado por los excesos en los que culminaban las mojaduras y el lanzamiento de “afrecho y aun muchas inmundicias”.

En el Buenos Aires de aquellos tiempos solían producirse -en las épocas del carnaval- grandes festejos, mascaradas y otras efusiones de júbilo, a veces descontroladas. En los considerandos de la prohibición el propio virrey afirmaba que en los últimos tres días de la fiesta pagana -”llamados de carnestolendas”- era “grande la grosería al echarse agua, afrecho y aun muchas inmundicias, no quedando nadie a cubierto de ella dado el desenfreno que predominaba en cuadrillas de hombres y mujeres disfrazados, que acometen las casas arrojando huevos y otras cosas a la más honesta señora, quien está expuesta a sufrir cualquier insulto”.

No contentos con los desmanes, los pecadores -según denunciaba el propio funcionario- eran acompañados por “gente ruin” que, escondida entre ellos, invadía las casas, rompía y robaba cosas y aún llegaba a dejar a los dueños maltrechos o heridos.

Del fracaso de Cevallos daba cuenta un editorial del periódico “El Argos de Buenos Aires”, que en el año 1822 advertía que “se acercan los días de carnaval en que la generalidad de los habitantes de esta ciudad se abandonan a una alegría que raya con el furor. Las personas distinguidas entregadas a este juego, que llamaremos bárbaro, parecen haber perdido toda su razón, y las vemos confundidas con la plebe más grosera”.

Los porteños siguieron haciendo caso omiso de la interdicción y continuaron incumpliendo las órdenes de los mandones, tal como lo prueban otras medidas similares a la de Cevallos que intentaron dictar -sin suerte- los que intentan matar la alegría, que viene a ser algo así como condenar a todos a vivir sin colores, sin risas, sin música y sin placer.

Prohiben los bailes de negros para librar de la malicia a los ojos de las niñas

A fines del siglo XVI comenzaron a llegar a la Argentina navíos portugueses, ingleses y holandeses que traían manufacturas europeas y negros africanos -en sus inventarios todo era mercadería- para ser vendidos como esclavos. Casi dos siglos después, hacia 1778, había en la Ciudad de Buenos Aires -que tenía por entonces 24 mil habitantes- unos 7 mil negros, esclavos y libertos, que a más de trabajar, en algunas contadas ocasiones pensaban en divertirse.

Pero el procurador general del Cabildo, en un informe elaborado ese mismo año, anunciaba y denunciaba que “la multitud de negros libres y esclavos que hay en esta ciudad” se reúnen para llevar a cabo “sus bailes en los extramuros de ella en contravención de las leyes divinas y humanas”. Para agravar la cuestión, el burócrata opinaba que esos bailes eran “unos verdaderos lupanares donde la concuspiscencia tiene el principal lugar, con los indecentes y obcenos movimientos que se ejecutan”.

Al borde del vahído, el citado servidor público colegía que esas fiestas eran “un escándalo y un mal ejemplo” para las niñas que solían asistir a los festejos como parte de sus paseos por la ciudad, ya que “abriendo los ojos y entrando la malicia en ellos se anticipan a aprender lo que por modo alguno debían saber”. De esta manera en aquellos tiempos se educaba a las niñas en el arte de la pureza espiritual y en el de la infelicidad temprana.

Pero el empleado no terminaba allí. Acusaba a los negros de ser “pervertidos enteramente con los muchos vicios que aprenden en estas juntas perniciosas”, y que además no pensaban “en otra cosa sino en la hora de ir al baile”.

Españoles casados con mulatas, protestantes y herejes

En 1783, cuando una delegación de funcionarios del Cabildo visitaba al obispo Fray Sebastián Malvar y Pinto, éste denunció que en la muy noble Ciudad de Buenos Aires había 12 casamientos dobles. Por esta razón -comunicó el dignatario eclesiástico- había dispuesto que no se realizarían más bodas sin poseer antecedentes maritales seguros de los contrayentes.

Pero el condigno clérigo no se limitó a cuestionar la falta de información prematrimonial, sino que denunció que la situación era aún más grave. A menudo se producen -oh! Sodoma- matrimonios “entre personas desiguales, como españoles con mulatas e hijos de padres honrados con hijas de los que no lo son”. Además, continuó Fray Sebastián, -oh! Gomorra- existen en Buenos Aires “protestantes y herejes”.

La denuncia del obispo no se producía en terreno infértil. Por aquellos tiempos existía en este territorio una fuerte disputa entre los españoles -y los descendientes de españoles- con los portugueses, que, instalados desde hacía unos 70 años en la Colonia del Sacramento, contrabandeaban alegremente todos los productos que en esta ciudad no había y que la decadente corona española, que desde el año 1700 estaba en manos de la dinastía de los Borbones, no permitía que se comercializaran legalmente. Y muchos de esos portugueses eran de origen judío, de allí lo de herejes.
Escribe: Horacio Ríos


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, , Reportar este Comentario Carlos Horacio Bruzera dijo

El trabajo,no es trabajo, porque Rodolfo Rudy solo plagio un libro mío escrito en 1996 y editado por mi en limitada entrega titulado “Terceros y Huecos de Buenos Aires”. Mi trabajo, fue posteriormente editado electrónicamente en el año 2001 por el programa televisivo “El Trurismo y la Hospitalidad” en su página web.
Lamentablemente es imposible inculcar en seudos historiadores el valor de la origunalidad y del esfuerzo investigativo. El único consuelo que me queda es el de comprender que si fuí plagiado por el valor de mi contribución. histórica a mi país y a mi ciudad.