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Agradecimiento

Muchas gracias a todos los que siguieron mi historia y especialmente a brunette, a ginger y a Mirta que me piropearon durante todo el recorrido. Hasta siempre, Natalia Parra

Despedida

Los que dicen que la gota es dolorosa se quedan cortos, no se aguanta ni el peso de la sábana en la piel. Menos se aguanta un pellizcón. Eso hizo Lucía, apenas Camila nos dejó solos en la habitación, pellizcarme el dedo del pie.

Yo suponía que iba a enfurecerse, no se necesitan demasiadas luces para llegar a esa conclusión, pero dolió, dolió más que cualquier otro dolor que haya sentido en la vida.

Por el aire de mi habitación tiró mil papelitos, con tijera había destrozado el manuscrito, para montar su show.

-¿Cómo le explico a Camila?- grité tratando, inútilmente de atajar los fragmentos que tenía a mi alcance.

- De la misma manera que pensabas explicarle la mierda de tu publicación. El finado Jacinto jamás me levantó una mano, y mucho menos, nos revolcamos en el piso para concebir a Juanita.

- Pero las gallinas si las quemé y así pienso quemar tu copia de esta infamia, ¿dónde está? ¿dónde está?.

Esta frase la repetía a los gritos, pellizcándome el dedo. Ni ganas de reírme me quedaban cuando entraron los chicos.

Suerte que Antonio me revisó pero el dedo, ay, el dedo, todavía me duele acordarme.

- Eras un bagayo, ¿me oís? Descripción física, te voy a dar- gritaba cuando la sacaron, a los empujones, entre Juana y Camila.

Después se armó un batifondo familiar, de esos históricos. Que porqué se pelearon así, mamá ya estás grande para hacer estas cosas, Nicolás ¿qué le hiciste? ¿qué dijiste? ¿qué son esos papeles?, tiene que haber una explicación.

Como dos chicos en penitencia, como dos reos en la comisaría, ninguno de los dos soltó una palabra, ni siquiera cuando nos amenazaron con pegar los papelitos para averiguar la verdad.

Y ahí me di cuenta que era mejor morirme que hablar. Por eso pienso quemar mi copia. O esconderla, si, eso va a ser mejor.

CAPITULO 43: Feliz Navidad

Jacinto se deshizo de las deudas con la amargura de que la solución proviniera del azar. Hubiera preferido que el alivio surgiera del trabajo aunque tuviera que sacrificar algunos lujos.

De todas maneras, no despreciaba la posibilidad de dedicarse a disfrutar de su recuperada Lucía.

La última noche de la historia un inmenso pavo relleno adornaba la mesa navideña. Desde temprano Juana y Antonio correteaban tratando de pescar a Papá Noel y juraban que lo habían visto merodeando por el patio, muy cargado.

Con la misión se controlar que las papas no se quemaran en el horno mientras Lucía se cambiaba, Jacinto se dividía para custodiar el árbol, que corría serio peligro con las chicos merodeando.

El timbre los catapultó a la puerta, donde estaban Nicolás y su mujer. Camila estaba avanzada en su primer embarazo y, por lo corto de su edad, parecía una nena que se había tragado una piñata.

Nicolás sonrió ante la requisa de sus sobrinos en busca de regalos, los alzó a los dos en el aire fingiendo enojo. También llegó la familia de Camila, su réplica y sus padres y, como una princesa que debe hacerse esperar, hizo su aparición Lucía, radiante en un vestido de seda negra. Un collar de perlas, heredado de Victoria, acompañaba su escote.

Comieron, bebieron, repartieron regalos. Cumplieron cada rito de esa fiesta bulliciosa, confirmando el triunfo de la familia sobre los rencores y las traiciones.

Cacho bostezaba, rascándose el estómago. Jacinto le explicaba que era el hígado, segregando quien sabe qué sustancia, seguramente viscosa, ante las carcajadas de toda la concurrencia.

Nicolás y Lucía no habían vuelto a encontrase a solas después de la entrega del premio de la lotería. Sin planes, la sensación de que todo estaba en su lugar los había alejado. Un paso en falso podía arrasar con la victoria conseguida.

Sin darse cuenta, se encontraron en la cocina preparando las copas de champagne para el brindis de las doce. Las voces los reclamaban en la sala, protestando porque la medianoche se acercaba a pasos agigantados. Concentrados en no volcar nada, se miraron para confirmar que todavía estaba allí esa picardía.

- ¿Qué hiciste con la plata de la lotería verdadera?

Una parte la usé como premio consuelo para alguien que esperaba sacarse la grande. El resto está guardado, a salvo de mi, por cualquier cosa.Feliz navidad- dijo Nicolás y brindó con el aire antes de terminarse la copa de un trago. Después volvió a llenarla y la puso junto al resto.

CAPITULO 42: Repercusiones

Jacinto tardó varios días en decidirse a contarle a Lucía sus problemas financieros. Con su estilo de siempre, no se sentía con derecho a disponer de un dinero que le pertenecía a su mujer. Era plenamente capaz de dejarla gastar esa pequeña fortuna en viajes, pieles u otros caprichos por ahorrarse el momento de compartir su debilidad con ella.

Susana recibió la noticia en el mercado, mientras hacía las compras. Todos comentaban a esa altura que el médico era el ganador de la lotería y lo bien que le venía esa plata para salir de los aprietos en los que estaba metido.

Que Lucía salvara un proyecto que ella había impulsado y al que le había dedicado su vida, la dejaba sin las pocas armas con las que contaba para pelear su despareja batalla.

Hizo las valijas en silencio, masticando su rabia inmensa. Con su equipaje plagado de tejidos y recuerdos, decidió irse a vivir a La Plata, donde le quedaba un poco de familia y, con suerte, un poco de paz.

Antes de partir fue a lo de Lucía, en ausencia de Jacinto, a cantarle las cuarenta, sin anestesia. Ella la recibió con toda la altanería de la que era capaz, con el desprecio de la victoria dibujado en una sonrisa agresiva.

La dejó parada en la puerta, sin ofrecerle un refugio para el frío. Como si fuera a pedir limosna, importunándola, la miró. Y Susana sintó que su grueso cuerpo se empequeñecía, hasta quedar a merced de un pulgar de la otra.

-Vine a despedirme

-Adiós.

- Y a decirle que bendiga su suerte, porque yo nunca me imaginé que alguien pudiera tener tanta.

-Muy bien ¿es todo?

- Es todo

Cuando Susana rompió en llanto ya la puerta se había cerrado en sus narices. Se despidió de Jacinto con una carta perfumada que dejó escondida entre los papeles de su escritorio y desapareció para siempre de su vida.

Mientras tanto, Madagalena, recuperada del desmayo no le aflojaba al trago ni a la búsqueda del dinero en “La Voluntad”.

El lugar parecía bombardeado por un ejército caótico sin estrategia visible. Ya no solo había pozos en el exterior sino que la búsqueda había flanqueado las puertas ingresando al boliche.

Para calentarse Juan y los que lo ayudaban en la búsqueda habían hecho fogatas con todo lo que encontraron a su paso. Ni los palenques del lugar se salvaron.

Magdalena estaba al borde de arañar el suelo hasta el centro de la tierra cuando Juan se presentó en el hotel. En una caja de metal, cerrada con un candado le entregó el tesoro tan largamente imaginado.

Después del pago de la plata convenida, Magdalena se quedó a solas. Pidió un martillo a la recepción, urgente les gritó con su agudo más estridente, comiéndose el esmalte de sus uñas rojas. Mientras esperaba la herramienta pesaba la caja, la hacía sonar, pensando en diamantes y oro. El ruido la hizo descartar cualquier elemento metálico, definitivamente había papeles, dinero en el mejor de los casos.

Tuvo que servirse un trago para aliviar el susto de pensar en cartas sentimentales o cualquier otra basura que pudiera encontrar allí. Finalmente, luchó por destrozar el candado con la imprecisión de su histeria, para encontrarse con un montón de billetes que, en total sumaban unos buenos pesos.

Los contó y volvió a contar, llorando de furia. Sabía que esa suma era más acorde a las finanzas de su padre que la fortuna que había imaginado y odiaba su obsesión, la pérdida de tiempo, el desgaste de planear y planear absurdos.

Despojada por aquel encuentro del pensamiento que la había acompañado desde que tenía memoria, se sintió perdida, huérfana. Empinó el codo y durmió a deshora y se despertó pensando en qué gastaría la plata, tal vez se daría el gusto de comprarse un tapado de piel que tenía visto hace rato.

CAPITULO 41: La sorpresa final

Nicolás esperó y esperó que le avisaran lo del premio. Prefería saberlo de una fuente que pudiera citar cuando Jacinto le preguntara, para no superponer más mentiras.

Salió a la calle y la noticia todavía no había empezado a rodar. Era temprano y la lotería todavía no había abierto, una madrugadora barría la vereda, ajena a la suerte de su vecino.

Solo se hablaba de Magdalena, de sus actividades después del desmayo en escena y otras repercusiones del asunto. Pero no podía ocuparse de eso, ni de ir a verla.

Volvió a su casa justo cuando el teléfono comenzaba a sonar. Y, del otro lado, Jacinto gritaba como loco, hermano no sabés lo que pasó. Fingió una voz de alegría algo fatigada, sin adecuarla a los gestos de su rostro inconmovible. Agradeció no tenerlo frente a frente, se disculpó diciendo que estaba algo dormido.

La casa era un revuelo cuando llegó. Lucía lo miraba como queriendo decirle algo para lo que no encontraba oportunidad en el tumulto de vecinos, amigos y curiosos.

Carmencita iba y venía improvisando un desayuno multitudinario. Para conseguirlo había dejado todas las panaderías del pueblo sin facturas y cebaba en tres mates al mismo tiempo.

Se llevó a Jacinto al escritorio. Y él entró como dudando, temiendo tal vez que su hermano quisiera adelantarse al resto para pedirle un préstamo.

-Mirá Jacinto, yo me estoy yendo para Buenos Aires.

- No, hoy nos vamos con Lucía.

- Me parece una locura, están los nenes, el sanatorio. Dejame que te traiga la plata, no pensarás que te la voy a robar.

-A Lucía, es de ella.

-Como sea, confiá en mi. Es mucha plata para viajar con ella.

Nicolás planeaba quedarse escondido en su casa para aparecer unos días después con la plata. Pero tuvo que viajar a las apuradas cuando abrió el sobre con el billete que le habían confiado. Lucía le había agregado una nota que decía: “viajá en serio, acertamos”.


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