Agradecimiento

Muchas gracias a todos los que siguieron mi historia y especialmente a brunette, a ginger y a Mirta que me piropearon durante todo el recorrido. Hasta siempre, Natalia Parra

Despedida

Los que dicen que la gota es dolorosa se quedan cortos, no se aguanta ni el peso de la sábana en la piel. Menos se aguanta un pellizcón. Eso hizo Lucía, apenas Camila nos dejó solos en la habitación, pellizcarme el dedo del pie.

Yo suponía que iba a enfurecerse, no se necesitan demasiadas luces para llegar a esa conclusión, pero dolió, dolió más que cualquier otro dolor que haya sentido en la vida.

Por el aire de mi habitación tiró mil papelitos, con tijera había destrozado el manuscrito, para montar su show.

-¿Cómo le explico a Camila?- grité tratando, inútilmente de atajar los fragmentos que tenía a mi alcance.

- De la misma manera que pensabas explicarle la mierda de tu publicación. El finado Jacinto jamás me levantó una mano, y mucho menos, nos revolcamos en el piso para concebir a Juanita.

- Pero las gallinas si las quemé y así pienso quemar tu copia de esta infamia, ¿dónde está? ¿dónde está?.

Esta frase la repetía a los gritos, pellizcándome el dedo. Ni ganas de reírme me quedaban cuando entraron los chicos.

Suerte que Antonio me revisó pero el dedo, ay, el dedo, todavía me duele acordarme.

- Eras un bagayo, ¿me oís? Descripción física, te voy a dar- gritaba cuando la sacaron, a los empujones, entre Juana y Camila.

Después se armó un batifondo familiar, de esos históricos. Que porqué se pelearon así, mamá ya estás grande para hacer estas cosas, Nicolás ¿qué le hiciste? ¿qué dijiste? ¿qué son esos papeles?, tiene que haber una explicación.

Como dos chicos en penitencia, como dos reos en la comisaría, ninguno de los dos soltó una palabra, ni siquiera cuando nos amenazaron con pegar los papelitos para averiguar la verdad.

Y ahí me di cuenta que era mejor morirme que hablar. Por eso pienso quemar mi copia. O esconderla, si, eso va a ser mejor.

CAPITULO 43: Feliz Navidad

Jacinto se deshizo de las deudas con la amargura de que la solución proviniera del azar. Hubiera preferido que el alivio surgiera del trabajo aunque tuviera que sacrificar algunos lujos.

De todas maneras, no despreciaba la posibilidad de dedicarse a disfrutar de su recuperada Lucía.

La última noche de la historia un inmenso pavo relleno adornaba la mesa navideña. Desde temprano Juana y Antonio correteaban tratando de pescar a Papá Noel y juraban que lo habían visto merodeando por el patio, muy cargado.

Con la misión se controlar que las papas no se quemaran en el horno mientras Lucía se cambiaba, Jacinto se dividía para custodiar el árbol, que corría serio peligro con las chicos merodeando.

El timbre los catapultó a la puerta, donde estaban Nicolás y su mujer. Camila estaba avanzada en su primer embarazo y, por lo corto de su edad, parecía una nena que se había tragado una piñata.

Nicolás sonrió ante la requisa de sus sobrinos en busca de regalos, los alzó a los dos en el aire fingiendo enojo. También llegó la familia de Camila, su réplica y sus padres y, como una princesa que debe hacerse esperar, hizo su aparición Lucía, radiante en un vestido de seda negra. Un collar de perlas, heredado de Victoria, acompañaba su escote.

Comieron, bebieron, repartieron regalos. Cumplieron cada rito de esa fiesta bulliciosa, confirmando el triunfo de la familia sobre los rencores y las traiciones.

Cacho bostezaba, rascándose el estómago. Jacinto le explicaba que era el hígado, segregando quien sabe qué sustancia, seguramente viscosa, ante las carcajadas de toda la concurrencia.

Nicolás y Lucía no habían vuelto a encontrase a solas después de la entrega del premio de la lotería. Sin planes, la sensación de que todo estaba en su lugar los había alejado. Un paso en falso podía arrasar con la victoria conseguida.

Sin darse cuenta, se encontraron en la cocina preparando las copas de champagne para el brindis de las doce. Las voces los reclamaban en la sala, protestando porque la medianoche se acercaba a pasos agigantados. Concentrados en no volcar nada, se miraron para confirmar que todavía estaba allí esa picardía.

- ¿Qué hiciste con la plata de la lotería verdadera?

Una parte la usé como premio consuelo para alguien que esperaba sacarse la grande. El resto está guardado, a salvo de mi, por cualquier cosa.Feliz navidad- dijo Nicolás y brindó con el aire antes de terminarse la copa de un trago. Después volvió a llenarla y la puso junto al resto.

CAPITULO 42: Repercusiones

Jacinto tardó varios días en decidirse a contarle a Lucía sus problemas financieros. Con su estilo de siempre, no se sentía con derecho a disponer de un dinero que le pertenecía a su mujer. Era plenamente capaz de dejarla gastar esa pequeña fortuna en viajes, pieles u otros caprichos por ahorrarse el momento de compartir su debilidad con ella.

Susana recibió la noticia en el mercado, mientras hacía las compras. Todos comentaban a esa altura que el médico era el ganador de la lotería y lo bien que le venía esa plata para salir de los aprietos en los que estaba metido.

Que Lucía salvara un proyecto que ella había impulsado y al que le había dedicado su vida, la dejaba sin las pocas armas con las que contaba para pelear su despareja batalla.

Hizo las valijas en silencio, masticando su rabia inmensa. Con su equipaje plagado de tejidos y recuerdos, decidió irse a vivir a La Plata, donde le quedaba un poco de familia y, con suerte, un poco de paz.

Antes de partir fue a lo de Lucía, en ausencia de Jacinto, a cantarle las cuarenta, sin anestesia. Ella la recibió con toda la altanería de la que era capaz, con el desprecio de la victoria dibujado en una sonrisa agresiva.

La dejó parada en la puerta, sin ofrecerle un refugio para el frío. Como si fuera a pedir limosna, importunándola, la miró. Y Susana sintó que su grueso cuerpo se empequeñecía, hasta quedar a merced de un pulgar de la otra.

-Vine a despedirme

-Adiós.

- Y a decirle que bendiga su suerte, porque yo nunca me imaginé que alguien pudiera tener tanta.

-Muy bien ¿es todo?

- Es todo

Cuando Susana rompió en llanto ya la puerta se había cerrado en sus narices. Se despidió de Jacinto con una carta perfumada que dejó escondida entre los papeles de su escritorio y desapareció para siempre de su vida.

Mientras tanto, Madagalena, recuperada del desmayo no le aflojaba al trago ni a la búsqueda del dinero en “La Voluntad”.

El lugar parecía bombardeado por un ejército caótico sin estrategia visible. Ya no solo había pozos en el exterior sino que la búsqueda había flanqueado las puertas ingresando al boliche.

Para calentarse Juan y los que lo ayudaban en la búsqueda habían hecho fogatas con todo lo que encontraron a su paso. Ni los palenques del lugar se salvaron.

Magdalena estaba al borde de arañar el suelo hasta el centro de la tierra cuando Juan se presentó en el hotel. En una caja de metal, cerrada con un candado le entregó el tesoro tan largamente imaginado.

Después del pago de la plata convenida, Magdalena se quedó a solas. Pidió un martillo a la recepción, urgente les gritó con su agudo más estridente, comiéndose el esmalte de sus uñas rojas. Mientras esperaba la herramienta pesaba la caja, la hacía sonar, pensando en diamantes y oro. El ruido la hizo descartar cualquier elemento metálico, definitivamente había papeles, dinero en el mejor de los casos.

Tuvo que servirse un trago para aliviar el susto de pensar en cartas sentimentales o cualquier otra basura que pudiera encontrar allí. Finalmente, luchó por destrozar el candado con la imprecisión de su histeria, para encontrarse con un montón de billetes que, en total sumaban unos buenos pesos.

Los contó y volvió a contar, llorando de furia. Sabía que esa suma era más acorde a las finanzas de su padre que la fortuna que había imaginado y odiaba su obsesión, la pérdida de tiempo, el desgaste de planear y planear absurdos.

Despojada por aquel encuentro del pensamiento que la había acompañado desde que tenía memoria, se sintió perdida, huérfana. Empinó el codo y durmió a deshora y se despertó pensando en qué gastaría la plata, tal vez se daría el gusto de comprarse un tapado de piel que tenía visto hace rato.

CAPITULO 41: La sorpresa final

Nicolás esperó y esperó que le avisaran lo del premio. Prefería saberlo de una fuente que pudiera citar cuando Jacinto le preguntara, para no superponer más mentiras.

Salió a la calle y la noticia todavía no había empezado a rodar. Era temprano y la lotería todavía no había abierto, una madrugadora barría la vereda, ajena a la suerte de su vecino.

Solo se hablaba de Magdalena, de sus actividades después del desmayo en escena y otras repercusiones del asunto. Pero no podía ocuparse de eso, ni de ir a verla.

Volvió a su casa justo cuando el teléfono comenzaba a sonar. Y, del otro lado, Jacinto gritaba como loco, hermano no sabés lo que pasó. Fingió una voz de alegría algo fatigada, sin adecuarla a los gestos de su rostro inconmovible. Agradeció no tenerlo frente a frente, se disculpó diciendo que estaba algo dormido.

La casa era un revuelo cuando llegó. Lucía lo miraba como queriendo decirle algo para lo que no encontraba oportunidad en el tumulto de vecinos, amigos y curiosos.

Carmencita iba y venía improvisando un desayuno multitudinario. Para conseguirlo había dejado todas las panaderías del pueblo sin facturas y cebaba en tres mates al mismo tiempo.

Se llevó a Jacinto al escritorio. Y él entró como dudando, temiendo tal vez que su hermano quisiera adelantarse al resto para pedirle un préstamo.

-Mirá Jacinto, yo me estoy yendo para Buenos Aires.

- No, hoy nos vamos con Lucía.

- Me parece una locura, están los nenes, el sanatorio. Dejame que te traiga la plata, no pensarás que te la voy a robar.

-A Lucía, es de ella.

-Como sea, confiá en mi. Es mucha plata para viajar con ella.

Nicolás planeaba quedarse escondido en su casa para aparecer unos días después con la plata. Pero tuvo que viajar a las apuradas cuando abrió el sobre con el billete que le habían confiado. Lucía le había agregado una nota que decía: “viajá en serio, acertamos”.

CAPITULO 40: Festejos

A eso de las nueve Lucía interrumpió el desayuno familiar y salió disparada por la puerta sin dar explicaciones. Volvió cinco minutos después y sintió, apenas se acercó a Jacinto, que una voz gritaba acción y se levantaba el telón.

Respiraba hondo, tratando de dominar sus nervios, esperando el pie para comenzar su parlamento.

- ¿Adónde fuiste?

- Anoche soñé con patos.

- ¿y?

- Y me fui a comprar un billete de lotería, mirá el que conseguí, 22222.

- Pensé que odiabas los animales con pico.

- Los odio, me atacaban en el sueño.

El resto del día se le hizo eterno. Su misión la había capturado por completo, ahuyentando otros pensamientos que no podía manejar. Juana y Antonio le facilitaron la espera pero que Jacinto volviera temprano le alteró los planes. Él estaba sentado frente a la chimenea, remoloneando mientras escuchaba la radio cuando, al espiar por la ventana descubrió que su número ya figuraba como ganador en la pizarra.

El frío invernal le dificultaba cualquier excusa para hacerlo salir. Le deseó una descompostura a todo el pueblo y no alcanzó. Por primera vez en años nadie necesitaba que Jacinto fuera en su auxilio.

Las recomendaciones de Nicolás le retumbaban en el cerebro. Pase lo que pase no te atolondres, es mejor esperar que arruinar todo. No involucres a nadie en la mentira, con Chavez ya tenemos suficiente. Respirá hondo y no pienses en el asunto, se te nota en los ojos.

Y, a pesar de todo, tenía ganas de empujarlo a la calle a patadas para que viera de una vez el cartel.

El timbre del teléfono le dio una esperanza, que se desinfló apenas él volvió a su lugar. Y cenaron, con una sobremesa prolongada y ella le dijo a Carmencita que ya se podía ir. No le quedó más remedio que esperar al día siguiente. Cuando por fin pudo conciliar el sueño, soñó de veras que patos la atacaban.

Tanto tardó en dormirse que no escuchó a Jacinto vistiéndose. Se despertó con él zamarreándola, riéndose a carcajadas, agitado. Jugó a que adivinara que pasaba y ella ensayó, de mala gana, algunas hipótesis ridículas.

Fluyó naturalmente el abrazo cuando él le anunció el premio. Y bailaron, se besaron, sacaron a los chicos de la cama y les quedó chico cualquier festejo.

Detrás del sueño que acababa de abandonar, vio a un Jacinto exultante, enamorado, inocente. Culpable y feliz de hacerle lo que le hacía, lloró. No había cinismo en sus lágrimas en camisón, sin una gota de maquillaje, ignorando el frío de sus pies descalzos lo besó frente a los chicos, largamente, como no lo hacía desde que eran novios.

-Prepará el bolso que nos vamos a Buenos Aires, el premio mayor se cobra allá- dijo Jacinto. Y las lágrimas de alegría se convirtieron en desesperación.

CAPITULO 39: Los patitos

Después de la noche que fueron a buscar la plata a “La Voluntad” la segunda parte del plan se demoró un tiempo. El beso les impedía acercarse hasta que cada uno pudiera recomponerse. Si hubiera habido alguna otra persona involucrada podrían haber fingido que nada había pasado, pero encontrarse a solas les resultaba imposible. Temían cualquier mención del tema y, a la vez, temían no hablar de eso.

Nicolás no solía reflexionar sobre un beso. En su limitada conciencia el hecho que ella estuviera casada con su hermano era apenas una anécdota periférica a la principal.

El lugar, las palabras, la oscuridad y la ginebra le sobraban como justificativos. Aún así, sentía que algo no encajaba, una especie de fastidio por perder a su juguete, su presa, su amiga.

Y Lucía, Lucía se lavaba los dientes veinte veces por día, cada vez que la asaltaba el recuerdo de esos labios sobre los suyos, como si eso tuviera alguna utilidad.

Pero las intimaciones de pago empezaron a llegar a la casa y decidió que prolongar la tortura de Jacinto no era la mejor manera de expiar sus pecados.

Finalmente, hizo de tripas corazón y se fue a buscarlo. Nicolás estaba esperando esa visita y sonrió al verla, de veras alegre de recuperarla. Se divirtió con su incomodidad y con su terror y así, la tranquilizó.

- ¿Y ahora, como seguimos?

- ¿A qué te referís?

- A la plata Nicolás- respondió Lucía y una lágrima furiosa le resbaló por la mejilla. Temblaba cuando la limpió, sin mirarlo de frente. Y más temblaba cuando Nicolás se acercó despacio para abrazarla.

Así se quedaron un buen rato, abrazados, mientras ella lloraba como si no fuera a parar nunca, con una congoja conmovedora. Él le acariciaba la cabeza en silencio, pidiéndole perdón sin hablar, apartándola apenas para sacar del pantalón el pañuelo que le ofreció. Tenía los ojos hinchados cuando se incorporó y una sonrisa que, de tan triste, casi no era sonrisa.

- No quiero jugar más, sigo con esto solo por él.

- Ya lo sé, te juro que lo sé.

- Si me descubre, me mato.

- Bueno, bueno, que no me queda más lugar en el saco para más mocos, manos a la obra cuñada, que a Jacinto le van a rematar el sanatorio si seguís demorando.

El plan era sencillo pero dependía de la actuación de Lucía. Ella solo tenía que elegir un número fácil de recordar y fingir un par de días. La sorpresa era lo que más le costaba y la practicaba frente al espejo con diferentes versiones para decidir cuál era la más creíble.

Eligieron el número 22222. Nicolás se fue a hablar con Chavez, el dueño de la agencia de lotería, que le debía un par de favores. Lo primero que hizo fue encargarle el boleto de la lotería con los números seleccionados para el sorteo de unas semanas después.

Chavez se lo entregó unos días antes del sorteo. Ese día estaba de buen humor y lo recibió con un apretón de manos. El pedido lo desconcertó al principio, pero como supuso que se trataba de otra de las bromas de Nicolás temió meterse en un problema.

Lo único que tenía que hacer era anotar el 22222 en la pizarra el día del sorteo como número ganador y corroborar la información en caso que Jacinto entrara a averiguar.

- No sé Parrita, me ponés en un compromiso.

- Vamos, hombre, cuánto vale el compromiso.

- Si supiera que carajo pensás hacer.

- Una buena acción Chavez, nada más.

No le salió barato el silencio. Y se lo aseguró doblemente amenazándolo con contarle a su mujer algunos chanchullos que le conocía.

La turca era famosa por sus rabietas y las malas lenguas decían que era brava con el palo de amasar. Le llevaba dos cabezas a su marido y había quien aseguraba que las cobranzas de juego más delicadas estaban en sus manos. No era de hombre revelar secretos ajenos pero, que va, el asunto era de vida o muerte.

CAPITULO 39: Los patitos

Después de la noche que fueron a buscar la plata a “La Voluntad” la segunda parte del plan se demoró un tiempo. El beso les impedía acercarse hasta que cada uno pudiera recomponerse. Si hubiera habido alguna otra persona involucrada podrían haber fingido que nada había pasado, pero encontrarse a solas les resultaba imposible. Temían cualquier mención del tema y, a la vez, temían no hablar de eso.

Nicolás no solía reflexionar sobre un beso. En su limitada conciencia el hecho que ella estuviera casada con su hermano era apenas una anécdota periférica a la principal.

El lugar, las palabras, la oscuridad y la ginebra le sobraban como justificativos. Aún así, sentía que algo no encajaba, una especie de fastidio por perder a su juguete, su presa, su amiga.

Y Lucía, Lucía se lavaba los dientes veinte veces por día, cada vez que la asaltaba el recuerdo de esos labios sobre los suyos, como si eso tuviera alguna utilidad.

Pero las intimaciones de pago empezaron a llegar a la casa y decidió que prolongar la tortura de Jacinto no era la mejor manera de expiar sus pecados.

Finalmente, hizo de tripas corazón y se fue a buscarlo. Nicolás estaba esperando esa visita y sonrió al verla, de veras alegre de recuperarla. Se divirtió con su incomodidad y con su terror y así, la tranquilizó.

- ¿Y ahora, como seguimos?

- ¿A qué te referís?

- A la plata Nicolás- respondió Lucía y una lágrima furiosa le resbaló por la mejilla. Temblaba cuando la limpió, sin mirarlo de frente. Y más temblaba cuando Nicolás se acercó despacio para abrazarla.

Así se quedaron un buen rato, abrazados, mientras ella lloraba como si no fuera a parar nunca, con una congoja conmovedora. Él le acariciaba la cabeza en silencio, pidiéndole perdón sin hablar, apartándola apenas para sacar del pantalón el pañuelo que le ofreció. Tenía los ojos hinchados cuando se incorporó y una sonrisa que, de tan triste, casi no era sonrisa.

- No quiero jugar más, sigo con esto solo por él.

- Ya lo sé, te juro que lo sé.

- Si me descubre, me mato.

- Bueno, bueno, que no me queda más lugar en el saco para más mocos, manos a la obra cuñada, que a Jacinto le van a rematar el sanatorio si seguís demorando.

El plan era sencillo pero dependía de la actuación de Lucía. Ella solo tenía que elegir un número fácil de recordar y fingir un par de días. La sorpresa era lo que más le costaba y la practicaba frente al espejo con diferentes versiones para decidir cuál era la más creíble.

Eligieron el número 22222. Nicolás se fue a hablar con Chavez, el dueño de la agencia de lotería, que le debía un par de favores. Lo primero que hizo fue encargarle el boleto de la lotería con los números seleccionados para el sorteo de unas semanas después.

Chavez se lo entregó unos días antes del sorteo. Ese día estaba de buen humor y lo recibió con un apretón de manos. El pedido lo desconcertó al principio, pero como supuso que se trataba de otra de las bromas de Nicolás temió meterse en un problema.

Lo único que tenía que hacer era anotar el 22222 en la pizarra el día del sorteo como número ganador y corroborar la información en caso que Jacinto entrara a averiguar.

- No sé Parrita, me ponés en un compromiso.

- Vamos, hombre, cuánto vale el compromiso.

- Si supiera que carajo pensás hacer.

- Una buena acción Chavez, nada más.

No le salió barato el silencio. Y se lo aseguró doblemente amenazándolo con contarle a su mujer algunos chanchullos que le conocía.

La turca era famosa por sus rabietas y las malas lenguas decían que era brava con el palo de amasar. Le llevaba dos cabezas a su marido y había quien aseguraba que las cobranzas de juego más delicadas estaban en sus manos. No era de hombre revelar secretos ajenos pero, que va, el asunto era de vida o muerte.

CAPITULO 38: El recital

Madeleine hizo aparición en el escenario con un vestido de terciopelo rojo, ahorcada con un lazo de falsas perlas para maltratar un primer tango antes de presentarse. Luego, introdujo a sus acompañantes, nombrándolos uno por uno, con aires de estrella.

Había entre ellos un sujeto que imitaba dudosamente a Magaldi, de masculinidad sospechosa que resaltaba del conjunto por su voz melodiosa y afinada que, por momentos le daba tregua a la concurrencia tapando los gritos de Magdalena.

El salón del club olía a perfume y a la naftalina de los abrigos desempolvados para la ocasión. Nadie quiso perderse aquel regreso que, en realidad era una presentación. Porque, pese a las historias que circulaban y convertían a Magdalena en una leyenda local, lo cierto es que nadie recordaba con precisión haberla visto por el pueblo.

Entre la concurrencia no estaban los clientes de “La Voluntad” que podían recordarla. Y, como pocos reconocían no haberla visto en su vida, la frase más usada de la noche era un “ahora caigo” como si verla en persona los despertara.

El silencio de la concurrencia, apenas interrumpido por algún comentario, contratastaba con el estruendo de su voz chillona y su baile tambaleante. Magdalena planeaba decir que era un honor estar allí, rodeada de caras amigas, en el pueblo que la vio nacer y crecer. Pero no la dejaron las sustancias ingeridas para calmar los nervios, que, después de ridiculizar su baile la tumbaron en el piso en plena canción.

De allí fue al sanatorio, en el auto particular de uno de los presentes e ingresó en el momento en que Jacinto se preparaba para volver a su hogar. Magdalena, con su descompostura, colaboró para que le robaran y salvó, pese a lo que hubiera elegido, a Lucía de ser descubierta fuera del lecho matrimonial a altas horas de la madrugada.

En el club se armó un revuelo de gente que pedía la restitución del precio de la entrada mientras los demás, que íntimamente agradecían el fin de la tortura, se retiraban a sus casas.

El frío los espantó de la calle y todos se quedaron con las ganas de comentar los detalles de una noche extraña. Porque Magdalena le dio a todos los que buscaban, mucho con qué entretenerse, desde su atuendo hasta su aterrizaje.

Jacinto se arremangó para atenderla, sin saber ni preguntarse quién era. Estaba acostumbrado a abstraerse del rostro de la gente que trataba para evitar que los sentimientos interfirieran en su trabajo.

-¿Qué tiene doctor? Por el amor de Dios no me mienta- gritaba, al borde de la histeria, el émulo de Agustín Magaldi. No se separó de su lado, estudiando con una angustia visible, cada gesto del doctor.

- ¿Usted es el marido?- preguntó Jacinto. Apenas terminó de hacerlo cayó en lo ridículo de la pregunta. El muchachote, dando rienda suelta a los gestos que reprimía en el escenario, sonrió.

- ¿Cómo se le ocurre doctor? Pero soy como el hermano

- Tiene una borrachera, eso es todo, la voy a dejar hasta mañana para que se le pase, quédese tranquilo hombre.

Magdalena se revolvía en la camilla, con el vestido de terciopelo arremangado hasta la cintura. En la bruma miraba a Jacinto e intentaba decir algo, luchando con las náuseas. Quería vomitar y lo agarraba del guardapolvo con desesperación, como si lo que fuera a decir fueran sus últimas palabras.

- Usted tiene una baldosas muy bonitas – repetía.

- Y su hermano es una mierda, no fue a verme cantar. Era para él y no fue, yo quería dedicarle el recital, mostrarle lo puta que me volví por su culpa.

Jacinto tragó fuerte y liberó su guardapolvo de la mujer. No la había reconocido todavía, el nombre de Madeleine Volonté no le sonaba familiar. A la salida le preguntó por ella a la enfermera.

- Se fue de acá hace años, antes de volverse famosa. Es la hija del viejo Voluntad.

Volvió a la casa caminando. El frío de la noche le avivó los malos recuerdos. La calle desierta en la que solo se oían sus pasos lo llevó a lo de Susana, pero no se decidió a entrar. Con las manos en los bolsillos retomó el camino a su casa haciéndose una infinidad de preguntas. Porqué jamás había tratado de averiguar más de lo que descubrió el día que murió el viejo Voluntad. Los datos de la verdad siempre fueron una incógnita preferible a una verdad que quizás no hubiera podido soportar.

La violencia de aquellos tiempos lo desconcertó. No se reconocía en la historia que recordaba, ni reconocía a Lucía, solo a Nicolás y a su crueldad, a la burla constante a la que nunca consiguió acostumbrarse.

Lo último que pensó antes de dormirse fue porqué Nicolás no había estado en el recital.

- Me suena a algo que él no se perdería- se dijo.

CAPITULO 37: La búsqueda del tesoro

Nicolás se resignó, después de resistirse todo lo que pudo, a ser él el que fuera a sacar la parte de la plata que todavía estaba escondida en “La Voluntad”. Tenía que ser de noche, tenía que ir a pie, tenía que ser mientras Magdalena daba su recital, tenía que encontrar alguien que se ocupara de Juan.

Lucía le daba órdenes todo el tiempo, algunas insólitas y otras ridículas, pero todas inapelables. Nicolás tuvo en esos días, la oportunidad de vislumbrar cómo era ser Jacinto, cuánto aguantaba y cuánto pasaba por alto para mantener su matrimonio. Y llegó a la conclusión que el amor, siempre sorprendente cuando era duradero, era en este caso un milagro hecho y derecho.

Ella se comportaba como si estuvieran por asaltar un banco. En su imaginación no solo Magdalena podía descubrirlos, le temía a la policía, a Carmencita, verificaba todos los huecos de la habitación antes de tocar el tema por si alguien estaba espiando. Hasta llegó a lo de Nicolás con unas medivachas listas para que él se pusiera en la cabeza en su excursión al boliche.

A él, que normalmente hubiera tenido mil chistes para festejar la ocurrencia, la fatiga lo dejó sin repertorio. Esa noche, la del recital, Cacho lo había invitado a cenar y perderse a Camilita lo tenía de pésimo humor. Por todos los medios posibles trató de convencerla de que, una vez que Magdalena se tragara sus pastillas no había Dios capaz de despertarla. Y, a pesar de todo, se preparaba cuando Lucía entró con llave, vestida de hombre para ayudarlo.

-Gracias a Dios hubo un choque terrible y Jacinto está operando- fue su explicación.

-¿Gracias a Dios?

-Es una forma de decir ¿vamos?

Y se fueron juntos, y escondieron el auto en un monte y caminaron hasta “La Voluntad” sin que a ninguno de los dos se les ocurriera pensar cómo diablos justificar esa escapada si se cruzaban con alguien.

El boliche se divisaba a lo lejos como un castillo de película, iluminado por una luna que aclaraba todo, dándole a la noche una apariencia plácida.

- Me podés explicar porqué carajo te vestiste de hombre.

- Por si nos ven, dos hombres no es lo mismo que una pareja, buscarían confundidos ¿entendés?

Pese a la claridad, los pozos alrededor eran tantos que tenían que caminar juntos, tomados de ambas manos, en un trencito lleno de chistidos y resbalones, de risas ahogadas. Hablaban como si de verdad alguien pudiera escucharlos en la inmensidad del campo, susurrando que cuidado ahí, que te dije que allá había otro.

Tuvieron que entrar por una ventana y, una vez adentro, toda la claridad de la noche desapareció. El olor a encierro, a bosta y a humedad los asaltó como si les hubieran tapado la nariz con un pañuelo embebido en alguna sustancia repugnante.

- Nicolás, prendé la linterna.

- ¿Qué linterna?

- La que te dije que traigas.

- Me la dejé con la dinamita para volar la caja fuerte.

- Idiota.

Y así se peleaban en voz baja por todos los elementos que Lucía juraba que le había encomendado y no tenían. Y Nicolás, sentado sobre la barra fumaba un cigarrillo.

Cuando ella se fue a la cocina y volvió con la pava llena de billetes lo encontró por la brasa anaranjada. La vista ya se le había acostumbrado a la oscuridad y, aún así, no conseguía que distinguir más que un bulto. Y el olor a tabaco que se mezclaba con los demás olores del lugar.

- Ahora si Lucía ¿cuándo estuviste en la cocina de este lugar?

- Recién

- Antes ¿cuándo lo escondiste?

- ¿Tenés un cigarrillo?, siempre quise fumar y supongo que el momento lo amerita.

-Si

Si alguien hubiera encendido la luz en ese momento los hubiera pescado hablando como dos ciegos, sin mirarse a los ojos pero concentrados en el lugar exacto del otro para medir la proximidad y el peligro. La voz de Lucía estaba ahogada por el humo de principiante y caminaba probando la estabilidad de las sillas antes de sentarse.

Nicolás la localizó por la brasa y la subió a la barra para tranquilizarla, no hay otro lugar firme, le dijo. Y ella comenzó a hablar hasta que el cigarrillo se le consumió en la mano, sin atención, hasta quemarla. Y le pidió otro que terminó igual, y hasta aceptó un trago de una ginebra vieja que Nicolás había encontrado.

- Fui a ver Magdalena una noche, serían las doce, Jacinto había tenido una urgencia para variar y no me acuerdo. Sé que manejé sola por primera vez y que no pensaba mucho, había algo que tenía que decirle y que no podía esperar al día siguiente, o por lo menos eso se me había metido en la cabeza. También quería ver donde estabas, descubrir qué buscabas ahí, no sé. Sé que el embarazo ya me pesaba y que hacía un calor terrible, que no me preocupé por cuidar los detalles. Entré por esa puerta, la del frente y lo primero que pensé fue que no cerraban con llave y estaba más oscuro que ahora, hasta que te escuché llegar. Me escondí y al rato la oí a ella y a los dos, vos me entendés, juntos. Y me sentí mal, no te puedo explicar porqué pero me dio rabia, mucha rabia, y me hice un bollito en el piso por si entraban a la cocina, pero qué iban a entrar si estaban de lo más entretenidos. Entonces fue como si la plata me llamara, tantée el suelo y era hueco y la tierra estaba blanda, y una cita azul de la santa esa, la angelita sobresalía y tiré y desenterré la bolsa. Me asusté ahí y Antonio debe haberse dado cuenta porque pateaba como loco y, despacito agarré la pava y metí un poco de plata ahí y la escondí en el estante más alto con un montón de cacharros oxidados. Después, como me daba miedo salir la bajé y conté cuanto dejaba y lo volví a esconder. Y a vos se te dio por quedarte tomando, mirando las vías, justo para donde yo había escondido el auto. Hasta se me hizo de día, adónde fuiste tan temprano me preguntó Jacinto que acababa de llegar ¡y en el auto! me retó y yo no sé que le dije porque me dio un beso en la frente y se fue a dormir. Fue la única noche que falté de casa. Y es eso, más no me acuerdo, o si, me acuerdo que cuando ella llegó vos le dijiste que era estúpido que hubiera venido así, que audaz…

- Que audaz hubiera sido no usar bombacha- completó Nicolás.

- Claro, y yo me quedé pensando que significaba eso, si la audacia era cosa de hombres o….

- ¿O qué?

- O que las mujeres solo pueden ser audaces en pelotas. En todo caso yo me siento audaz hoy, será la vestimenta ¿no?

Durante el relato, ninguno había tomado conciencia de lo cerca que estaban, bastó el gesto de querer mirarse para sentir el aliento del otro.

Fue un beso suave, casi involuntario de tan inevitable. En el contacto húmedo de sus labios eran amigos, cómplices, traidores, parientes.

Sin apuro, urgencia, desesperación, ni culpa. Porque, incluso para Lucía, ese beso era una despedida necesaria. No más bromas, estafas, escapadas aparentemente inocentes. Su juguete era un hombre, su cuñado.

Besarse era un paréntesis. Un instante. Como matar después de haber cumplido la condena siendo inocente.

Y se apartaron con la misma naturalidad con la que se habían acercado, para volver con los bolsillos repletos por el camino de los pozos, en silencio.

Y Lucía lloraba a mares cuando llegó Jacinto y la encontró arropada en la cama y ella fingió dormir hasta que pensó que él lo hacía y se estiró a la mesa de luz a buscar un pañuelo.

-Lucía ¿vos estuviste fumando?

-¿yo? No, no era yo- le dijo ella, y se sonó la nariz.


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