CAPITULO 26: Susana
Jacinto caminó sin rumbo como poseído, sintiendo que le zumbaban los oídos. El impacto de las palabras de su hijo en su cuerpo era tal que se diagnosticó un infarto inminente, todo él latía y, mientras tanto, trataba de conservar la calma para identificar los síntomas que lo aquejaban. Pasó por el consultorio a tomarse la presión, se atendió a si mismo y, cuando por fin se calmó y confirmó que no iba a morirse su puntual hambre lo llevó a la casa de Susana, su secretaria.
La comida con la que ella planeaba deleitar su Pascua alcanzó de milagro para los dos.
Jacinto agradeció de entrada la posibilidad de entregarse a aquel banquete sin que ninguna pregunta lo hiciera recordar las razones que lo habían llevado allí.
Comentando el estado de salud de la población Jacinto reparó por primera vez en la costumbre de Susana de referirse a sus actividades médicas en plural.
- ¿Se acuerda el trabajo que nos dieron los cálculos de Romano? Una cosa de no creer una vesícula tan llena de piedras.
Que Susana no cambiara de tema mientras comían lo enterneció al principio. Sin embargo, en forma inevitable lo condujo a pensar en Lucía, en ella y en Nicolás.
Después, una montaña de merengue lo trajo de vuelta. Así fue como Jacinto terminó pasando Pascuas en la casa de otra mujer sin pensar en su esposa embarazada. Quizás lo empujaron, pero la verdad es que llegó al lugar con el que había soñado, el desahogo del doctor, un paraíso con la heladera repleta y los oídos dispuestos.
A Susana la alegría le resultaba imposible de disimular, se reía como espástica mientras pensaba más trucos para retenerlo. Era una de esas escasas mujeres a las que la risa no les sienta bien, su rostro se descomponía en una mueca ridícula, como si se quejara del esfuerzo desacostumbrado al que lo obligaban.
Lo invitó a reponerse del banquete durmiendo la siesta. Como una dama que era no había doble sentido en la propuesta ni la noble imaginación de Jacinto hubiera podido malinterpretarla. Aceptó y se instaló, despatarrándose en la cama inmensa con el estómago lleno y la mente en blanco por primera vez en mucho tiempo.
Se despertó a las seis de la tarde, horario desacostumbrado en él, para encontrarse con una merienda suculenta, soñada hasta en los adornos de mantelitos tejidos al crochet por la dueña de casa. Como si aquel fuera su hogar y esa su mujer, como si los años hubieran aceitado el entendimiento de un matrimonio antiguo, merendó paladeando las tortas fritas.
Descubrió que Susana era lo único estable que había tenido en los últimos años, la dueña de sus horarios, la defensora de su trabajo, el sedante para los pacientes que se impacientaban en la sala de espera. En la adversidad, el cansancio, ella siempre estaba lista para alcanzarle el café acompañado de una delicia, esperando ansiosa el resultado de sus desafíos.
Cómo terminó enredado con ella es un misterio. Quién dio el primer paso también. Pero al final compartieron una siesta, después otra, y así mucho más
Lo extraño del asunto es que Jacinto se encontró mintiéndole a Lucía por actividades inocentes. En el consultorio Susana sugería que un pollito relleno era mucho para ella y, bueno, que en casa seguro que hay churrasco, veo cómo hago, me vas a tener que disculpar Lucía, a la noche me lo caliento, un beso a los chicos.
Como buen hombre desacostumbrado a la trampa Jacinto mentía torpemente. Daba demasiados detalles, se enredaba en sus excusas, mencionaba pacientes que Lucía se cruzaba por la calle gozando de excelente salud.
Lucía no sabía qué hacer con sus cuernos. Como un adolescente que no consigue adaptarse a las nuevas medidas de su cuerpo chocaba con todo lo que encontraba a su paso. Desorientada, por momentos al borde la histeria, con una impotencia que la enceguecía, se movía sin decir una palabra.
Cualquier otra competencia femenina le hubiera resultado pan comido, o al menos eso pensaba ella, porque siempre se nos ocurren matices con los que nuestras desgracias serían más tolerables. Pero Susana, repetía y una mueca de asco, Susana, y arqueaba las cejas con incredulidad, Susana e infllaba los cachetes burlándose de su gordura.
La gente comentaba, que tan saludable que parece la gorda y el médico siempre atendiéndola. Que parece que se ahogó con la comida y él le hizo respiración boca a boca. Ja, ja y ella presintiéndolo, sintiendo el murmullo a sus espaldas, ignorando todo y aprendiendo a odiar.
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Brunette: muchas gracias por todos tus comentarios. Respecto a la época, es un poco indeterminada a propósito. ¿Qué te sugiere la historia?