CAPITULO 23: La masacre de las gallinas

Entre la partida de Nicolás después de lo de los trenes y la muerte de Victoria, todo cambió para Lucía y Jacinto. Al principio fue imperceptible, un par de caprichos insatisfechos, unas horas de más en el consultorio.

Para Jacinto descubrir el engaño de su mujer, aunque humillante al principio, fue liberador en muchos sentidos. Porque él no sufría por el dinero perdido o por la deshonra de la estafa en la que ella había participado. Simplemente estaba convencido de que su mujer y su hermano habían sido amantes y no hubo Dios capaz de convencerlo de lo contrario. Nadie intentó disculparse de un pecado que no habían cometido, suponiendo que aclararlo implicaba despertar una sospecha.

Atando cabos todos los indicios encajaban. Para colmo de males, Juan el pintor apareció en el consultorio. Por sacarle plata lo convenció de que el incidente de la escalera había sido un intento de asesinato de los amantes descubiertos.

Si no sospechó de la paternidad de Antonio fue solo porque no podía soportar la idea y, así, acomodó sus febriles cálculos de la fecha probable del suceso dejando a salvo a su hijo del desastre.

Se dedicó a su profesión con fervor, agradeciendo el tiempo que le permitía pasar fuera de su casa. Atendía sin horarios ni tarifas, con paciencia y dedicación infinitas, a cuanto ser humano se le acercara por la calle.

Lucía tuvo un desmayo cuando se enteró que recorría los barrios pobres, costeando remedios de su propio bolsillo y tuvo que volver en si por sus propios medios porque Jacinto la dejó desparramada en la sala, sin agacharse para revisarla.

Además de la medicina un nuevo entretenimiento se le ocurrió a Jacinto por esa época. En el patio del fondo construyó un gallinero con alambre tejido, prolijo y acogedor, y lo llenó de gallinas, pollos y pollitos. Todo su tiempo en casa lo pasaba allí, supervisando a las ponedoras, arreglando algún desperfecto o recolectando huevos.

Todos los habitantes del lugar tenían un nombre y un rango, los menos queridos podían usarse para el caldo pero no otros que, por su simpatía no debían ser tocados. Solo Carmencita conocía las jerarquías y supervisaba que Lucía no fuera a equivocarse sin revelar los verdaderos motivos.

- No señora, la blanquita no, mire aquella que está más gordita.

- Esa esta vieja, la sopa va a salir con gusto feo- sugería concentrada en su misión.

Lucía, desde chica, odiaba los animales con pico. Sabía que el gallinero era un medio más para fastidiarla ideado por un marido que desconocía y empezaba a sacarla de las casillas.

Desorientada y furiosa, fue cocinando en esos meses un odio desmedido por el gallinero. Peleó contra él con las armas que siempre había usado para que Jacinto se moviera su antojo pero, con el cambio de reglas que nadie se molestó en notificarle, aquellas estrategias solo servían para terminar más histérica que al principio.

Como ante el desmayo anterior Jacinto ni se había preocupado en atajarla, eligió una enfermedad menos peligrosa para su integridad física. Fingió una alergia a las plumas estornudando todo el día, con un pañuelito en la mano. Su marido, tan atento como en los viejos tiempos, la llevó al sillón, se sentó y se dispuso a revisarla.

Luego de un buen rato de urguetearle la garganta la tomó de las manos.

-El acolchado, los almohadones del estar, la almohada y el sillón donde estás ahora mismo son de pluma. Si tirás todo eso y el abrigo de fiesta con plumas en el cuello yo me deshago de las gallinas ¿estamos de acuerdo?

Atrás había quedado la dulzura con la que él la trataba. Atrás esas miradas de amor cálido, de adoración sin reservas. El fin de los tiempos en los que pedir y conseguir eran sinónimos la encontró echando espuma por la boca, con Nicolás lejos, sin nadie con quien descargarse.

La noche anterior al desastre se jugó la última carta para conmover a Jacinto. Se acostó temprano y lo esperó en la cama echa un ovillo.

-No prendas la luz- le dijo, con voz congestionada. En la oscuridad se tapaba la nariz con la boca para hablar y simulaba los ruidos de un llanto desconsolado. No es que le faltaran ganas de llorar en serio, es que las lágrimas no le salían aunque apelara a recuerdos tristes. Hasta había pensado usar cebolla, descartándolo para que el olor no la delatara.

Jacinto encendió el velador y la enfrentó. Las lágrimas se le saltaban de verdad cuando él tocó la almohada seca, con indiferencia.

- Me lo imaginaba- le dijo y se fue a dormir al cuarto de huéspedes.

Esa noche no pegó un ojo. Igualito a Nicolás repetía, debe ser algo de familia. Sabía en el fondo que Nicolás se hubiera reído con ganas si la hubiera pescado. Jacinto no, él la odiaba y no había remedio.

Seducirlo hubiera sido inteligente, si la idea hubiera estado permitida para ella. O hablar a calzón quitado. Pero no, Lucía ya no estaba en sus cabales después de una noche en vela y mil humillaciones. Almorzaron pollo a la sal. La bandeja donde se cocinó fue a parar al gallinero donde sus habitantes picotearon con inocencia, sin sospechar lo venenoso del banquete. Después pisoteó los huevos como buena zorra que era.

Casi todas estaban muertas cuando las juntó en una bolsa de arpillera e inició la fogata con el querosene de la estufa. El viento le descontroló el fuego, los vecinos, aterrados, llamaron a los bomberos. Jacinto los encontró en la vereda, tratando de acertar los chorros a través de la medianera porque Lucía no los dejaba entrar.

Un vez que el fuego estuvo apagado, con el olor a plumas quemadas flotando en el aire, Jacinto salió a dar una vuelta. No necesitaba tomarse la presión para saberla por las nubes. Recién a la noche volvió a su casa, dispuesto a poner las cosas en orden aunque el corazón le reventara en el intento.

Aparentemente tranquilo, espero que Carmencita se fuera y le pidió que dejara a Antonio en la casa de Victoria. Descontrolado y todo, se sentía dispuesto a recomponer la situación, a retomar aquella vida. Pero Lucía volvió a equivocarse.

- La próxima vez las quemo vivas- le escupió, en la misma pose altanera de siempre. Segura, confiada, inconciente del peligro que corría. El tono que usó en la frase fue el chorro que desparramó el agua de un vaso rebalsado mucho tiempo atrás.

Jacinto se sentía capaz de cualquier cosa, en el sentido más peligroso de la expresión. Es cierto que trató de contenerse pero ya era demasiado tarde, era un conductor desesperado apretando los frenos inútiles de un automóvil a toda velocidad.

Con las dos manos la agarró del cuello, sacudiéndola sin apretar más de lo que ella podía aguantar.

- ¿Vos sabés por dónde tengo las bolas? –gritaba, en la única grosería que alguien le escuchó alguna vez.

- ¡¡¡¡ P o r e l s u e l o!!!!- deletreaba.

Ni el rodillazo que Lucía le acertó donde más duele lo dejó fuera de combate. Solo le soltó el cuello para atajarle las manos y detener la tormenta de cachetazos femeninos. Seguía sacudiéndola y gritando sin control, en una catarata de reproches incontenibles, de paciencia agotada.

No le esquivó la vista ni un segundo, ni siquiera cuando, con las pupilas dilatadas el llanto brotó hacia fuera en lugar de rodar por las mejillas.

Lucía, roja de asfixia e indignación, no soltó ni una disculpa. La pasión violenta con que Jacinto comenzó a besarla estaba en el extremo opuesto de los educados encuentros a los que estaban acostumbrados.

Después de un cachetazo se entregó a esa fuerza masculina, animal y furiosa. Sin poder creer que el amante voraz que tenía encima fuera el bueno de Jacinto, también se convirtió en otra, trasladando al sexo la mujer altanera.

Así concibieron su segundo hijo. Así se despidieron del cuerpo del otro por un buen rato. Así evitaron matarse.

-De esto no se vuelve Jacinto- dijo Lucía intentando cubrirse con los

andrajos que quedaban de su ropa.

- Va a ser mejor que te vayas a pasar unos días con Antonio a lo de tu prima en Bahía Blanca- le contestó su marido sin mirarla.

A la mañana siguiente partió en el tren con un pañuelo atado a la garganta para disimular las marcas.

CAPITULO 23: La masacre de las gallinas

Entre la partida de Nicolás después de lo de los trenes y la muerte de Victoria, todo cambió para Lucía y Jacinto. Al principio fue imperceptible, un par de caprichos insatisfechos, unas horas de más en el consultorio.

Para Jacinto descubrir el engaño de su mujer, aunque humillante al principio, fue liberador en muchos sentidos. Porque él no sufría por el dinero perdido o por la deshonra de la estafa en la que ella había participado. Simplemente estaba convencido de que su mujer y su hermano habían sido amantes y no hubo Dios capaz de convencerlo de lo contrario. Nadie intentó disculparse de un pecado que no habían cometido, suponiendo que aclararlo implicaba despertar una sospecha.

Atando cabos todos los indicios encajaban. Para colmo de males, Juan el pintor apareció en el consultorio. Por sacarle plata lo convenció de que el incidente de la escalera había sido un intento de asesinato de los amantes descubiertos.

Si no sospechó de la paternidad de Antonio fue solo porque no podía soportar la idea y, así, acomodó sus febriles cálculos de la fecha probable del suceso dejando a salvo a su hijo del desastre.

Se dedicó a su profesión con fervor, agradeciendo el tiempo que le permitía pasar fuera de su casa. Atendía sin horarios ni tarifas, con paciencia y dedicación infinitas, a cuanto ser humano se le acercara por la calle.

Lucía tuvo un desmayo cuando se enteró que recorría los barrios pobres, costeando remedios de su propio bolsillo y tuvo que volver en si por sus propios medios porque Jacinto la dejó desparramada en la sala, sin agacharse para revisarla.

Además de la medicina un nuevo entretenimiento se le ocurrió a Jacinto por esa época. En el patio del fondo construyó un gallinero con alambre tejido, prolijo y acogedor, y lo llenó de gallinas, pollos y pollitos. Todo su tiempo en casa lo pasaba allí, supervisando a las ponedoras, arreglando algún desperfecto o recolectando huevos.

Todos los habitantes del lugar tenían un nombre y un rango, los menos queridos podían usarse para el caldo pero no otros que, por su simpatía no debían ser tocados. Solo Carmencita conocía las jerarquías y supervisaba que Lucía no fuera a equivocarse sin revelar los verdaderos motivos.

- No señora, la blanquita no, mire aquella que está más gordita.

- Esa esta vieja, la sopa va a salir con gusto feo- sugería concentrada en su misión.

Lucía, desde chica, odiaba los animales con pico. Sabía que el gallinero era un medio más para fastidiarla ideado por un marido que desconocía y empezaba a sacarla de las casillas.

Desorientada y furiosa, fue cocinando en esos meses un odio desmedido por el gallinero. Peleó contra él con las armas que siempre había usado para que Jacinto se moviera su antojo pero, con el cambio de reglas que nadie se molestó en notificarle, aquellas estrategias solo servían para terminar más histérica que al principio.

Como ante el desmayo anterior Jacinto ni se había preocupado en atajarla, eligió una enfermedad menos peligrosa para su integridad física. Fingió una alergia a las plumas estornudando todo el día, con un pañuelito en la mano. Su marido, tan atento como en los viejos tiempos, la llevó al sillón, se sentó y se dispuso a revisarla.

Luego de un buen rato de urguetearle la garganta la tomó de las manos.

-El acolchado, los almohadones del estar, la almohada y el sillón donde estás ahora mismo son de pluma. Si tirás todo eso y el abrigo de fiesta con plumas en el cuello yo me deshago de las gallinas ¿estamos de acuerdo?

Atrás había quedado la dulzura con la que él la trataba. Atrás esas miradas de amor cálido, de adoración sin reservas. El fin de los tiempos en los que pedir y conseguir eran sinónimos la encontró echando espuma por la boca, con Nicolás lejos, sin nadie con quien descargarse.

La noche anterior al desastre se jugó la última carta para conmover a Jacinto. Se acostó temprano y lo esperó en la cama echa un ovillo.

-No prendas la luz- le dijo, con voz congestionada. En la oscuridad se tapaba la nariz con la boca para hablar y simulaba los ruidos de un llanto desconsolado. No es que le faltaran ganas de llorar en serio, es que las lágrimas no le salían aunque apelara a recuerdos tristes. Hasta había pensado usar cebolla, descartándolo para que el olor no la delatara.

Jacinto encendió el velador y la enfrentó. Las lágrimas se le saltaban de verdad cuando él tocó la almohada seca, con indiferencia.

- Me lo imaginaba- le dijo y se fue a dormir al cuarto de huéspedes.

Esa noche no pegó un ojo. Igualito a Nicolás repetía, debe ser algo de familia. Sabía en el fondo que Nicolás se hubiera reído con ganas si la hubiera pescado. Jacinto no, él la odiaba y no había remedio.

Seducirlo hubiera sido inteligente, si la idea hubiera estado permitida para ella. O hablar a calzón quitado. Pero no, Lucía ya no estaba en sus cabales después de una noche en vela y mil humillaciones. Almorzaron pollo a la sal. La bandeja donde se cocinó fue a parar al gallinero donde sus habitantes picotearon con inocencia, sin sospechar lo venenoso del banquete. Después pisoteó los huevos como buena zorra que era.

Casi todas estaban muertas cuando las juntó en una bolsa de arpillera e inició la fogata con el querosene de la estufa. El viento le descontroló el fuego, los vecinos, aterrados, llamaron a los bomberos. Jacinto los encontró en la vereda, tratando de acertar los chorros a través de la medianera porque Lucía no los dejaba entrar.

Un vez que el fuego estuvo apagado, con el olor a plumas quemadas flotando en el aire, Jacinto salió a dar una vuelta. No necesitaba tomarse la presión para saberla por las nubes. Recién a la noche volvió a su casa, dispuesto a poner las cosas en orden aunque el corazón le reventara en el intento.

Aparentemente tranquilo, espero que Carmencita se fuera y le pidió que dejara a Antonio en la casa de Victoria. Descontrolado y todo, se sentía dispuesto a recomponer la situación, a retomar aquella vida. Pero Lucía volvió a equivocarse.

- La próxima vez las quemo vivas- le escupió, en la misma pose altanera de siempre. Segura, confiada, inconciente del peligro que corría. El tono que usó en la frase fue el chorro que desparramó el agua de un vaso rebalsado mucho tiempo atrás.

Jacinto se sentía capaz de cualquier cosa, en el sentido más peligroso de la expresión. Es cierto que trató de contenerse pero ya era demasiado tarde, era un conductor desesperado apretando los frenos inútiles de un automóvil a toda velocidad.

Con las dos manos la agarró del cuello, sacudiéndola sin apretar más de lo que ella podía aguantar.

- ¿Vos sabés por dónde tengo las bolas? –gritaba, en la única grosería que alguien le escuchó alguna vez.

- ¡¡¡¡ P o r e l s u e l o!!!!- deletreaba.

Ni el rodillazo que Lucía le acertó donde más duele lo dejó fuera de combate. Solo le soltó el cuello para atajarle las manos y detener la tormenta de cachetazos femeninos. Seguía sacudiéndola y gritando sin control, en una catarata de reproches incontenibles, de paciencia agotada.

No le esquivó la vista ni un segundo, ni siquiera cuando, con las pupilas dilatadas el llanto brotó hacia fuera en lugar de rodar por las mejillas.

Lucía, roja de asfixia e indignación, no soltó ni una disculpa. La pasión violenta con que Jacinto comenzó a besarla estaba en el extremo opuesto de los educados encuentros a los que estaban acostumbrados.

Después de un cachetazo se entregó a esa fuerza masculina, animal y furiosa. Sin poder creer que el amante voraz que tenía encima fuera el bueno de Jacinto, también se convirtió en otra, trasladando al sexo la mujer altanera.

Así concibieron su segundo hijo. Así se despidieron del cuerpo del otro por un buen rato. Así evitaron matarse.

-De esto no se vuelve Jacinto- dijo Lucía intentando cubrirse con los

andrajos que quedaban de su ropa.

- Va a ser mejor que te vayas a pasar unos días con Antonio a lo de tu prima en Bahía Blanca- le contestó su marido sin mirarla.

A la mañana siguiente partió en el tren con un pañuelo atado a la garganta para disimular las marcas.


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erekei
Junio 29, 2009, 10:29 am, Reportar este Comentario erekei dijo

Entré a leer como al descuido y quedé atrapada. Espero ansiosa el próximo capítulo.

natalia-parra

Erekei: muchas gracias, me alegro que te guste.

UN CUENTO MEJOR QUE OTRO Y MUY BUE BLOG, FELICITACIONES.

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