Del tambo al gallinero

Cuando yo era un niño inocente y sin tecnificar, la leche la traían desde un tambo en un carro tirado por un caballo y uno iba con su olla u hervidor a buscarla a la puerta de casa, luego la hervía y recién se podía tomar. Cuando se iba enfriando se forma encima una “tela” que era especial para sacarla con un pedazo de pan y degustarla. Era la famosa “gordura” que muchos rechazaban porque les daba asco y exigía a las madres abnegadas a colar la leche.

Luego llegó la época en que venía envasada en botellas de vidrio de boca ancha cerradas con una tapa de papel metálico. En general, en el barrio de clase media donde vivía. todos las íbamos a buscar a un almacén de esquina. Con su ochava cubierta por un techo de aluminio o chapa que por un extraño mecanismo de manivelas giraba sus paneles para que entre el sol, era el lugar donde uno encontraba todo lo necesario para su cocina.

Como decía, la leche venía en botella de vidrio. No había muchas marcas, ni variedades, ni era adicionada. Al sacar la tapita uno se encontraba con una firme capa de crema lista para ser extraída con una cucharita luego de pelearse con otros integrantes de la familia para ganar el derecho a comerla.

Y el yogur, que tenía característica de lujo, era provisto por “La Vascongada” en envase de vidrio. Y el aceite, venía en envase de vidrio retornable y cuando la economía apretaba uno lo llevaba a don José y éste accionaba una bomba manual inserta en un tambor para extraer el dorado líquido a un precio más accesible.

La harina, la polenta, el azúcar y otros alimentos se encontraban en bolsones de papel enormes y uno podía pedir menos de un kilo. Al igual que la manteca, la levadura, la margarina y el Mantecol que venían en panes enormes y uno compraba solo lo necesario

De esta época cuando llegaba el invierno llegaban los “sabañones” y las “garlochas”¿alguien se acuerda? Y las consabidas recetas para gripes y resfríos que las viejas imponían a la fuerza y uno terminaba tomando cada cosa asquerosa que ni los nombres quedan en el recuerdo.

Pero había un preparado mágico para recuperar energías y librarse de la gripe que siempre se hacía en casa y que hace pocos días en otro blog supe cual era su nombre Se hace con el ovoide producto de la gallina: el huevo. Este remedio que, según la señorita “Sugus” comentara en el blog de Maia, se llama “Leche de gallina”, ha llevado a más de uno a preguntarse: ¿Cómo se hace para ordeñar un pollo? Aquí les dejo la respuesta:

LECHE DE GALLINA (para la gripe no aviar , o simplemente para el paladar)

Ingredientes:
1 yema de huevo (de gallina)
¼ litro de leche entera, común (de vaca)
Azucar, cantidad necesaria (sobre la marcha se dará cuenta)
Oporto: dos cucharaditas (u otra bebida espirituosa)

Preparación:

Batir la yema con un tenedor dentro de un tazón brevemente hasta que pierda cohesión. Agregar una cucharada de azucar y volver a batir hasta que se una bien. Agregar una cucharadita de oporto y seguir batiendo. Agregar otra cucharada de azucar, seguir batiendo. Poner la otra cucharadita de oporto y batir enérgicamente. Ahora agregar otra cucharada de azucar y batir hasta que tome consistencia bien cremosa, como si fuera un Mouse. Si está muy líquida agregar más azucar de a poco.

Calentar la leche hasta que llega su primer hervor, volcarla sobre la preparación del tazón y tomarla metida en la cama con una buena película para disfrutar o una buena compañia para dormir abrazados..

Escuchar la radio sin Peña

Mis lectores habituales saben que esto no es un blog culinario profesional y técnico como el que pueden encontrar administrado por grandes chef. Les cuento siempre de algo que leído, escuchado o vivido y termino relacionando con alguna receta que conjugue o contraste con lo expresado.

Este es un post que escribo con un estado de ánimo diferente al de otras veces. No lo hago con la alegría habitual. Estoy cargado de melancolía por la desaparición de una persona muy talentosa e inteligente que ha acompañado cientos de mis mañanas desde hace 10 años.

Trabajaba en la década de los 90 en un obrador de una empresa constructora contratista de Edenor, en una oficina grande, con pisos de cemento, paredes de ladrillo pintadas y una rara mezcla de sillas, mesas, escritorios, ficheros y estantes que conformaban el mobiliario tosco pero práctico necesario para la obra.

Por supuesto no faltaba el dispenser con botellón de agua que surtía a los termos, tazas y mates que circulaban cada mañana entre la decena de compañeros. A este ritual matinal lo acompañaba una vieja y vetusta radio sintonizada siempre en una emisora donde una troupe de personajes nos deleitaban con sus ocurrencias, chistes, críticas y peleas, con la participación de los oyentes que llamaban o dejaban mensajes.

Nos llevó varios meses darnos cuenta que el taxista Mario Modesto Sabino siempre sabio y reflexivo, el pibe de la calle Rubén Ramón Sixto Alegre (Palito) con su rudeza e ingnorancia, la locutora Cristina Megahertz que pregonaba su travestismo y el conductor Ricardo Alfredo Nuñoa Cruz (Dick Alfredo), mexicano culto y verborrágico eran todos una misma persona: Fernando Peña, uruguayo, comisario de a bordo y actor.

La charla mantenida entre ellos cada mañana, con un ritmo frénetico y sin contradicciones eran solo un pequeño reflejo del talento de Peña que no solo daba voz a sus personajes, sino que les daba vida. Era imposible que todo lo que pasaba estuviera estructurado en un libreto. La improvisación continua e inteligente nos dejaba admirados y nos llevó a ser seguidores fieles, “escuchadores” del programa “El parquímetro”.

No era un simple programa de entretenimiento, porque cuando personajes como Roberto Flores, Martín Revoira Lynch, Rafael Orestes Porelorti, Monseñor Lago, Johatan Bermúdez, Delia Dora Fernández de Fernandez o Elisa Rufino aparecían en el éter radial podíamos estar seguro que tras su actuación exagerada había una crítica seria, mordaz, un poco irrespetuosa pero necesaria hacia ciertas estrucuturas o mandatos culturales que nos condicionan día a día.

No siempre me sentí cómodo escuchandolo, y en más de una ocasión pensé que se excedía en sus dichos. Pero nunca pude despegarme de escucharlo cuando tenía la ocasión. Y ahora que siento la ausencia en la radio me doy cuenta que no hay nadie que puede reemplazar su gran carisma y talento.

Por primera vez en mi vida derramé lágrimas por la muerte de un famoso. Quien lo siguió siempre me entenderá. Quien recién lo estaba conociendo nunca podrá medir el impacto que tuvo en la vida de miles de “escuchadores”.

Y como corolario de este post y siendo fiel a mi estilo les dejo una receta. No una receta culinaria, ni una receta mía. Un pequeño atisbo a la “receta” que hizo a Fernando Peña alguien inolvidable.

http://elparquimetro.metro951.com/2009/05/13/la-receta-de-pena-para-la-garganta-miel-y-crema-mmm/

De la Opera a la heladera

Tarde de sábado llegando a su fin con una hermosa luna llena jugando a las escondidas tras las nubes que perdían su color blanquecino y se tornaban grises y oxidadas. Viento sur acentuando la sensación de frío ideal para disfrutar del abrigo del hogar y no salir. Pero mi esposa tenía que asistir a ver Opera Pampa como parte de actividades de su carrera y me invitó a acompañarla

Seguramente al ver la palabra “ópera” uno piensa en ropa elegante, abrigos de piel, perlas y otras joyas dentro de un teatro de butacas rojas, y luces ámbar, tal cual se estilaba por el año 1650 entre las audiencias cortesanas que presenciaban estas obras que eran un drama cuyo texto era cantado y hablado con acompañamiento musical. (Yo pienso en las obleas rellenas de crema de vainilla que cuando era chico venían en una caja de metal)

Pues lo único que coincide con esta imagen es el estilo musical, porque no fuimos a un teatro ni nos vestimos elegantemente. El espectáculo se presentaba en la arena de la Sociedad Rural en el barrio de Palermo de la hermosa Buenos Aires. Un escenario, un gran campo de arena con dos tribunas laterales, bancos de madera y todo lo que puede significar estar al aire libre una noche de invierno. (Sí, el mismo lugar donde se exponen toros y vacas en otra época del año)

Pero todo eso queda como anécdota al terminar la obra y brindar merecidos aplausos a los actores y organizadores por escenificar la vida en la Gran Aldea desde su fundación hasta las primeras cosechas recogidas por los inmigrantes. Coreografía, vestuario, canto, baile y gran destreza de los jinetes en hermosos caballos logran captar la atención y olvidarse del frío por un rato.

De allí partimos a beber algo caliente y nos acercamos al local de Starbucks que se halla en el Shopping Algo Palermo. Nuestra elección fue un Cappucchino acompañado por torta de chocolate y un Café del día (hoy era el Gold coast) acompañado por Brownie con Merengue. Estarán pensando en que no hay nada de particular en esta elección. Pero viendo al resto de los comensales me sentí un poco raro porque la gran mayoría estaba consumiendo Frappuccino, que es un bebida espumosa y helada ideal para un clima tórrido.

¿Café helado en invierno?¿y por qué no? Yo suelo tomar el café acompañado de helado de crema americana. Me gusta el constante intercambio del sabor dulce y frío de la crema cortado por el toque amargo y caliente del café.

Así que pensando en estas situaciones extrañas (la Opera en la Rural, el café helado, el café con helado) decidí compartir con ustedes una receta de verano que me envió Isabel, una Blogger identificada como “gallegoland” desde la lejana España. Además les cuento que nunca la hice ni la probé… como para ser consecuente con mi estilo de escribir de cocina sin ser chef.



GAZPACHO (by Isabel)

Tiene origen en Andalucía, donde hortalizas y aceite de oliva son productos típicos. Es una crema fría, para tomar en verano por lo que en el Sur de España, – donde se superan los 40º en verano – es muy típico consumirlo.

Engorda muy poco (ojito al aceite de oliva), te mantiene hidratado ante el calor y es una fuente muy completa de vitaminas, sales y otros nutrientes.

Es una receta fácil y sus ingredientes no son caros. Por eso todo el mundo lo toma.

Ingredientes para 4 personas

· 6 tomates maduros grandes

· 2 pimientos verdes

· 2 pepinos

· 1 cebolla grande

· 1 diente de ajo (opcional)

· 2 rebanadas de pan sin la corteza o 2 rebanadas de pan de molde

· Aceite de oliva, vinagre, sal y agua.

Lavar y trocear los tomates, los pimientos, los pepinos y la cebolla.

Yo sólo pelo los pepinos y la cebolla, el resto lo uso con piel.

Quitar las semillas muy bien a los pimientos.

Mezclar todos los ingredientes e ir agregándolos poco a poco a la batidora. Ir añadiendo cada vez que incorporemos hortalizas, un poquito de agua, de aceite de oliva, de vinagre y de sal. Así las veces que se necesite.

Añadir el pan y batir todo finalmente para que quede bien triturado y emulsionado.

No debe quedar aceitoso, ni muy salado, pero si sabroso. El punto de “cremoso” o de “líquido” que logremos dependerá del agua y del aceite que utilicemos. Va en gustos.

Si la batidora no es muy buena y no tritura perfectamente, es mejor pasarlo después por un colador o un pasapurés para quitar todos los restos de pieles. Debe quedar como una crema líquida sin ningún tipo de restos.

Meterlo en la heladera para servirlo fresquito.

Hay gente que lo sirve con una guarnición de hortalizas y pan (el mismo tipo que hemos utilizado para realizarlo), cortadas en cuadraditos. Cada elemento de esta guarnición se pone por separado para que la gente se sirva aquellos que desee.

Se suele presentar en un bol o un cuenco bonito. Es raro comerlo en plato hondo.

PD: Yo en verano a veces lo meriendo… y me lo bebo en vaso J


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