Perdón
-Sabe que existís, y te quiere conocer.
Lo que Elsa sintió al escuchar esas palabras bien podría definirse como terror. Durante medio siglo había conocido toda clase de pesares y sufrimientos, pero a pesar de ello las palabras de Alicia la conmovieron como ningún otro acontecimiento había podido hacerlo. En ese momento, y casi como un reflejo, Elsa comenzó a repasar mentalmente su vida. Había crecido en un hogar humilde (si acaso podía llamársele hogar), hija de una sirvienta y un vago. Su madre seguramente se habrá dado cuenta de cuando su marido empezó a abusar de Elsa, pero aún por aquella época de fines de los sesenta lo que no se decía no pasaba. Además, Angélica siempre tuvo en cuenta los dos poderosos argumentos con los que Ramón daba por finalizadas todas las discusiones: puño izquierdo y puño derecho, que cada tanto recordaban un ya lejano pasado de pugilista que se había ahogado en las miserias del Termidor. Elsa también conocía desde pequeña los puños de su padre. Un día de particular borrachera Ramón se quedó dormido delante del televisor. Angélica tuvo piedad y se llevó a Elsa consigo al trabajo. Elsa ya era una adolescente desarrollada, y sus formas de hembra precoz cautivaron al hijo de su patrón, quién solicitó a su padre que tome a la niña a su servicio. Rodrigo era mucho más suave que Ramón, pero jamás se cuidó, ni mucho menos a Elsa. Cuando la muchacha le informó de su atraso, el se limitó a felicitarla por su futura maternidad y explicarle que en su estado, por supuesto, no podría seguir trabajando en la casa. Al enterarse del motivo por el cual su hija había sido despedida, Ramón estalló de ira y la llenó de insultos y moretones. Puta fue lo más suave que le dijo. El embarazo, no obstante, prosiguió con su curso. Una tarde Angélica mandó llamar a Elsa, quien aún no había cumplido los dieciséis años, y la sometió a la inquisidora mirada de una mujer desconocida, pero evidentemente de buena posición económica, quien la examinó como si se tratara de un caballo.
-Está bien, parece sana, no creo que vaya a haber problemas –le dijo la desconocida a Angélica. Y después, dirigiéndose a Elsa: No quiero que jamás en tu vida te acerques a mí o a mi hijo.
Elsa no entendió de inmediato la oscuridad que habitaba en aquellas palabras, pero fue intuyéndola a medida que se acercaba la fecha de parto. No había habido preparativos, no se habían comprado muebles ni ropa, nadie le había preguntado ni sugerido un nombre para la criatura por venir. Cuando Elsa comenzó con el trabajo de parto su madre salió con prisa a buscar a dos personas. Una de ellas era la partera, la otra la mujer desconocida. Elsa dio a luz una niña en su propia cama de una plaza, pero antes de poder mirar siquiera a su pequeño rostro su madre se la entregó sin decirle una palabra a aquella misteriosa mujer, quien llevó el bebé a su regazo y comenzó a hablarle como si el vientre del que la pequeña había salido fuese el de ella misma y no el de la muchacha exhausta que yacía en su cama recuperándose del parto.
Tres décadas y media después, Elsa por primera vez miraba los ojos de su hija. Ella estaba parada en el umbral de su puerta. Aún no se había presentado, pero tampoco hacía falta. La mirada luminosa, la sonrisa franca, y ese inconfundible lunar en el escote hacían innecesaria cualquier palabra. Los ojos de ambas mujeres comenzaron a empañarse, y antes de estallar en lágrimas se estrecharon en un demorado abrazo.
-Perdoname –dijo Elsa-. Por favor,perdoname.
-Está todo bien –dijo Fernanda-. No tengo nada que perdonarte.
Pero Elsa sabía que no era así. Luego de haberla entregado había tratado de rehacer su vida de la mejor manera posible, pero algo muy sensible se había roto, y ya no volvería a ser la que era. Siguió soportando los abusos de su padre unos años más hasta que un patrullero tocó timbre en plena madrugada para informar que lo habían encontrado muerto y borracho en plena calle. Por un momento se preguntó si no lo habrían matado los mismos policías, pero pronto se dio cuenta de que no le importaba. De todos modos, no tardó en cambiar de carcelero, y al poco tiempo estaba recibiendo los golpes de su marido, quien no tenía tanto poder como para ignorar su participación en el nuevo embarazo, y por lo tanto se había visto obligado a hacerse cargo. Sin embargo, no podía evitar su frustración por la libertad perdida, y de ese modo descargaba su violencia sobre Elsa. Doce años tardó Rubén en darse esa esperada sobredosis, pero luego de él vino Marcelo, y después Pablo, todos con la misma costumbre de usar a Elsa como bolsa de box. Ni a ellos ni a su segunda hija Elsa había confesado jamás la existencia de Fernanda, de quien ni siquiera conocía su nombre.
-Perdoname –repitió Elsa por vigésima vez.
-Está bien, te perdono –contestó Fernanda, más para darle de una vez el gusto que porque realmente creyera que la debía perdonar por algo.
Sin embargo, ese perdón era lo que hacía mucho tiempo Elsa necesitaba.
Y de esa manera recibió, de su hija, el perdón que ella jamás sería capaz de prodigarse a sí misma.
A Fer, por supuesto, que nunca bajó los brazos.
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A esta historia la conozco bastante y por ello me conmueve aún mas.
(tengo piel de pollo…)
un beso a vos y otro a Fer
glo