Curro
Eran las once de la mañana y el Mercado del Rastro rebozaba de gente. El argentino caminaba con paso de turista entre los distintos puestos, hasta que vio el del gallego. El gallego llevaba barba de tres días, vestía chaleco negro, camisa arremangada y una boina negra, todo un tópico. En el puesto había unos veinte frascos vacíos.
-¿Qué vendés, gaita? –preguntó el argentino.
-Aire de los Pirineos –contestó el gallego.
El argentino lo miró fijo en silencio. Luego de unos segundos le dijo:
-Gallego, esto es un curro.
Esta vez fue el gallego el que lo miró en silencio.
-Pero claro, hombre, ¿y tú qué creías que era?
-O sea que reconocés que es un curro.
-¡Por supuesto que lo reconozco, y estoy orgulloso de ello!
-No te entiendo, gallego. ¿Te ganás la vida currando y lo decís así, tan liviano de cuerpo y encima con orgullo?
-¡Pues claro que sí, coño! Toda mi vida he currado y moriré haciéndolo, como mi padre, a quien la muerte lo sorprendió mientras curraba. Y también curra mi mujer, y a mi hijo el mayor pronto lo enviaré a currar.
-O sea que lo de currar es de familia…
-Por supuesto que lo es. Todos mis antepasados han currado por generaciones, y mis hijos y sus hijos lo seguirán haciendo. Ustedes los argentinos no saben realmente lo que es currar.
-Mirá, no me hagas hablar. El problema de mi país es la cantidad de gente que se la pasa currando. Y ustedes, los españoles, son los que más curran allá. Telefónica, Aerolíneas, Repsol, miles de ejemplos te puedo dar.
-Pues ya deberían currar ustedes como curramos nosotros, pardiez.
-Mirá, gallego, mejor me voy. Lo tuyo ya es apología del curro.
-¡Claro que sí, y es por eso que a ti no te gusta oírme! Anda, a ver si te vas a currar tu también y haces algo bueno con tu vida!
-Mierda que son vagos estos gallegos –se fue pensando el argentino mientras seguía recorriendo el mercado.
-Coño que son holgazanes estos argentinos –pensaba el gallego mientras lo veía marcharse.
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23:53. Posteado en fecha.