LA TRASTIENDA DE FERMÍN

Las trastiendas suelen alojarse en la parte trasera, allá al fondo, en el interior. Si por descuido queda un resquicio abierto se pueden intuir, quizás imaginar, pero poco más. Las trastiendas pueden ser burdel, práctico almacén, o un bello lugar; o todo a la vez, esas son las que más suelen gustar.

Fermín trabajaba en dos empresas. Sus justos ingresos no le permitían mucha tregua en eso de relajarse o descansar. Por las mañanas acudía a su puesto de trabajo en el despacho de abogados, por las tardes al estudio gráfico de unos jóvenes llenos de piercings y tatoos.

A la mañana con saco, corbata y mocasín, Fermín acudía al laburo escondido bajo su “look” de asesor fiscal. Una recia mesa en tono gris daba cobijo a una porción de su personalidad. Las sumas y restas, las facturaciones brutas y netas y los impuestos de decenas de clientes, a los que jamás tendría el gusto o la desgracia de conocer, eran buena parte de aquello que todos llamaban Fermín.

Los clientes y sus compañeros, ajenos al resto, sólo apreciaban a Fermín por su apariencia, su tono de voz, sus monocordes y precisas explicaciones numéricas y los legajos sellados, grapados y firmados con perfección, que salían de su despacho cada fin de mes.

A la hora de almuerzo Fermín siempre encontraba qué hacer. Solía almorzar un par de sándwiches, una pieza de fruta y un refresco. Todo lo disponía en una bolsa en la cocina de su casa la noche anterior. Su rutina gastronómica perseguía un doble finalidad, ahorrarse el dinero de un menú y tener un breve pero intenso lapso de tiempo, para disfrutar de algunos de sus hobbies: la música clásica, la fotografía y las sesiones de cine porno amateur.

Cuando llegaba la tarde el saco y la corbata de Fermín ya no estaban a la vista de los demás. En su lugar, un par de deportivas de ante color arena y una camisa vintage, acompañaban a su jean. Fermín parecía otro, pero en realidad era el mismo Fermín.

En ocasiones llegaba apremiado tras su clase de viola; otras ansioso por las ganas de practicar, en el pequeño laboratorio de su casa, los efectos fotográficos de los que había tomado nota en la última exposición; las menos, para su desgracia, agitado y eufórico tras una sesión de cine X amateur.

En el estudio de diseño, Fermín se ocupaba de emitir facturas, cobrar pagos atrasados y estirar al límite la liquidez de los dueños. Esta era, sin duda a tarea más ingrata; cuando debía recordarles a esos chicos que eran sus jefes, con firmeza pero con educación, que no debían lanzarse a aventuras o encargos de dudoso retorno monetario. En alguna ocasión había llegado a sentir ser un padre lleno de hijos artistas tatuados, a pesar de no mediar relación alguna de consanguinidad.

Los jóvenes diseñadores también observaban a Fermín de forma mutilada, con afecto, pero sin profundidad. Era un tipo discreto, pensaban, ecuánime y sobre todo muy disciplinado a la hora de manejar el dinero. Solía fastidiarles sus arrebatos de locura, pero también sabían que solía llevar razón.

Ninguno, ni los jóvenes artistas, ni los compañeros o clientes del despacho de abogados, podían por supuesto imaginar, que Fermín adorara el cine porno o que fuera tan hábil editando paisajes urbanos llenos de neones caleidoscópicos gracias al photoshop, como calculando impuestos o recobrando a un cliente moroso la factura del mes anterior.

Un hombre gris y monocorde por las mañanas, un joven maduro siempre atento a la rentabilidad al atardecer, un artista lúcido y desconocido en el laboratorio fotográfico de su casa y un macho con irrefrenables impulsos de excitación sexual, ante las pantallas del cine porno amateur.

Aquello que todos creían ver pero también todo lo que no podían ni imaginar, formaba parte de la trastienda de Fermín. Era mucho más compleja, rica y humana; pero él sólo dejaba observar a los demás, aquello que deseaba pudieran alcanzar.

Porque ya se sabe, mejor dicho, se debería saber; las trastiendas suelen alojarse en la parte trasera, ahí al fondo, en el interior. Si por descuido queda un resquicio abierto se pueden intuir, quizás imaginar, pero poco más. Las trastiendas pueden ser burdel, práctico almacén, o un bello lugar; o todo a la vez, esas son las que más suelen gustar.

* Esta mi última historia en el Club va dedicada, especialmente y con cariño, a todos sus miembros “serpentenarios” (los que están, los que se fueron y los que vendrán).

¡Gracias por este tiempo de creación en común!

NOCHE MÁGICA DE BUENOS AIRES

Prefacio

El siguiente relato es una adaptación de la novela del mismo nombre, escrita por Eugenio Lautaro Rivera. Este autor argentino ha escrito cuatro libros hasta el momento, y junto con Fontanarrosa y Eduardo Sacheri, es de mis preferidos.
Me he tomado el atrevimiento de escribir este cuento porque la idea me pareció encantadora. Espero que el autor no se ofenda, porque está escrito desde el más alto respeto.
Para saber más acerca de Eugenio Lautaro Rivera, cliquee aquí

Espero que disfruten la lectura.
Besos a todos.

I

Los créditos comenzaron a pasar por la pantalla.
La gente empezó a levantarse.
Marcos y Raquel se quedan sentados, esperando que los pasillos se vacíen un poco. Un balde de pochoclo descansaba vació entre ambos.
En la sala queda ya poca gente. Se levantan despacio y salen. Al traspasar las puertas se encuentran en un pasillo muy ancho, todo alfombrado. La alfombra cubre tanto el piso como las paredes. Es de un color azul francia. Caminando por el, llegan a un salón enorme en donde se juntan las boleterias, un patio de comidas, un patio de juegos, y una librería. Un pasillo lleva a los baños. En las paredes cuelgan enormes posters de las películas en cartelera y de los próximos estrenos.
Una vez en la calle, se abrazan y van caminando por la avenida.

II

Marcos tiene ochenta y siete años. Raquel, cinco menos. Hace sesenta y tres años que están juntos. Tienen una hija y tres nietos que casi ni ven, porque viven en España. Viven solos en un departamento cerca de la estación de Villa del Parque. Lindo el apartamento, agradable, cómodo, con mucha luz. Arriba de una hermosa cómoda de madera labrada hay unas cuantas fotos en donde se los ve más jóvenes y sonrientes. En algunas de ellas están con Carlita, su hija, cuando era una beba.

III

Marcos y Raquel entran en una confitería y toman asiento cerca de uno de los ventanales. Piden café y dos porciones de torta de chocolate que los tentó desde el exhibidor.
Hablan sobre la película: las partes que les gustaron, las que no; discuten amigablemente sobre si el protagonista hizo un trabajo tan bueno como para poder haber llegado a estar candidateado al Oscar, y si los efectos especiales elevaron o rebajaron a las películas.
La torta de chocolate resultó estar muy seca. Esto los lleva a platicar sobre como las cosas algunas veces resultan engañosas a la vista, de cómo uno se deja llevar por primeras impresiones. La torta, por ejemplo, se la ve apetitosa, esponjosa, y rebozante de dulce de leche. En cambio es seca, desabrida, y el dulce de leche tiene la consistencia del yeso.
Ríen como chicos.

IV

Unos nubarrones oscuros ocultan la luna y unas gotas gordas comienzan a chocar contra el cristal de las ventanas de la confitería. Marcos llama al mozo y pide la cuenta.
Al salir, se refugian bajo el techito de una parada de colectivos. Raquel se acurruca contra Marcos. Marcos la abraza y le besa la frente.
Unos faros se van acercando.

V

Marcos hace tiempo que usa anteojos. Su vista ha dejado de ser lo que era. No llega a distinguir si es un coche particular o un taxi. Todo se complica más porque tiene los lentes mojados y la visión se le enturbia. Igualmente, levanta el brazo.
El taxi se detiene frente a ellos y la puerta trasera se abre.
Suben.
La puerta se cierra. Más tarde, Raquel le preguntaría a Marcos si él la había cerrado o se cerró sola.
Dentro del taxi está cálido. Se escucha una música suave, hipnótica. El asiento es mullido y uno parece hundirse en el.
-Buenas noches- dice el taxista.
-Buenas noches- saluda Marcos.
El taxista mueve el espejito retrovisor y clava sus ojos en Marcos. Los ojos del taxista son negros.
Azabache, piensa Raquel.
-Que lluvia rara, ¿no le parece?- comenta el taxista-. Fue así, de repente.
-Si- contesta Marcos. No puede quitar la vista del espejo retrovisor.
El taxista se gira en el asiento y los mira directo.
Sonríe.
Tanto a Raquel como a Marcos se les pone la piel de gallina. Ninguno de los dos puede reprimir un escalofrío. Se remueven incómodos en el asiento.
El taxista los sigue mirando, y sonriendo, sin darse cuenta del nerviosismo de sus pasajeros.
Pasa otro coche y sus faros iluminan el interior del taxi. La cara del taxista queda libre de sombras y se ve a un muchacho joven de no más de veintitrés años, de facciones agraciadas. Su pelo es rubio y lo lleva corto.
-¿Adónde los llevo?- pregunta. Su sonrisa ahora luce normal.
-A la estación Villa del Parque, por favor- dice Marcos.
El muchacho se acomoda en el asiento y arranca.
Muchos años después, en medio de una cena, se sorprendieron al saber que ambos habían pensado en la torta de chocolate.
Algunas cosas resultan engañosas a la vista.

VI

-¿Muchos años de casados?- pregunta el muchacho de pronto.
-Muchos, si- dice Marcos.
-Sesenta y tres- agrega Raquel.
-¡Sesenta y tres! ¡Eso es una bocha! Los felicito. ¿Cuál es el secreto para estar tanto tiempo juntos?
-El respeto mutuo- dice Marcos.
-El sexo- responde Raquel.
El taxista lanza una carcajada.
Marcos mira a su mujer. Esta sonríe picaronamente.
-¿Y qué?- dice ella-. ¿Acaso no tuvimos buen sexo?
-No es lugar para comentarlo, mi vida- susurra entre dientes Marcos.
-No se preocupe, jefe- dice el joven-. Usted no se imagina las cosas que escucho arriba del tacho.
-Me imagino.
-¿Tienen hijos?- sigue averiguando el taxista.
-Una hija- responde Raquel.
No sabe por que responde. Una parte de ella le recrimina que le de esa información a un completo desconocido, pero no puede evitarlo. Las palabras salen de su boca a borbotones. Mira a Marcos, esperando una cara de enojo, pero le sorprende escucharlo decir:
-Vive en España. Su marido trabaja allá.
-¿Se la extraña, no?
-Por supuesto, pero es la ley de la vida. Tarde o temprano los gorriones abandonan el nido.
Ya no llueve. Las nubes se van alejando y la luna se vislumbra de a ratos.
-Lo triste- continua hablando Marcos- es que no conocemos a nuestros nietos. Nacieron allá y nunca vinieron a Buenos Aires.
-Que cagada- dice el muchacho-. ¿Y por qué no van a visitarla?
-Mi marido no quiere. Le tiene miedo a los aviones- se adelanta a hablar Raquel- . Más que miedo, pánico les tiene.
-¿No me diga? Yo viaje una sola vez en avión. Una experiencia excelente, le diré. Fue para el mundial de Francia, en el noventa y ocho.
-¿En el noventa y ocho? Usted debería ser un nene.
El taxista se rie.
-No se crea, eh. Tengo mis añitos encima. Lo que pasa es que me cuido. Mucha crema antiarrugas, mucha mascarilla facial. Los hombres ahora se cuidan más que antes. Mire, creo que no exageraría si le digo que más que las mujeres.
-Un metrosexual- acota Raquel.
-Bueno, no para tanto, pero debo reconocer que me gasto mis pesitos para cuidarme.
-¿De dónde sacas esas cosas, Raquel?- pregunta Marcos.
-De las revistas. ¡Ay, Marcos, ahora es de lo más normal!
-Son otros tiempos, jefe- dice el muchacho de pelo rubio-. Tiempos mejores.
-Capaz, no sé. Habría que vivirlos para saber. Las cosas han cambiado mucho desde que yo era pibe.
-¿Y si de verdad pudiera vivirlos?- pregunta el taxista, que ha frenado en un semáforo y le hace la pregunta acodándose en el asiento y mirándolo a la cara.
Esos ojos negros
Azabache
parecen muy profundos.
-¿Vivirlos? ¿Qué quiere decir?- dice Raquel.
El muchacho gira un poco la cabeza para mirarla a ella.
-De volver a ser jóvenes y vivir este ahora. Imagínense volver a tener veinte años y disfrutar estos tiempos. ¿No sería algo espectacular?
-No creo- dice Marcos-. Todo tiene su tiempo y lugar. Nosotros ya vivimos nuestra juventud y la disfrutamos. Poder hacer eso que usted dice sería como un sacrilegio, un acto de cobardía hacia la vejez.
-¿Y usted que piensa?- le pregunta el taxista a Raquel.
-Ella esta de acuerdo conmigo, por supuesto- salta Marcos-. ¿No es cierto, Raquel?
-Sería interesante poder volver a sentir la piel tersa, la vitalidad de la juventud, las ganas locas de hacer el amor todos los días.
-¡Raquel!- se encrespa Marcos.
-Bueno, él preguntó- se defiende ella.
-No haremos el amor todos los días como antes, pero seguimos teniendo relaciones.
-Pero con ayuda de una pastillita y un lubricante vaginal. Yo quiero volver a sentir que nos excitamos con solo vernos, sentirte dentro mío con aquel frenesí descontrolado, aquel…
-Bueno, Raquel, después lo hablamos en casa- dice Marcos, turbado. Y luego, dirigiéndose al muchacho-. Sigamos, que se hace tarde.
-Ya llegamos- dice él.
-¿Qué?- dice Marcos.
-Que ya llegamos- repite.
Sigue acodado en el asiento y observándolos.
Marcos y Raquel miran por las ventanillas y, efectivamente, están en la estación Villa del Parque.
¿Cuándo nos movimos?, piensan los dos. Pero tienen la precaución de no preguntárselo ni entre ellos ni al taxista. Quizás la respuesta no les agrade del todo.
-¿Cuánto le debo?- reacciona Marcos.
-Nada, la casa invita.
-No, de ninguna manera- dice Marcos y mira el taxímetro.
Esta apagado.
-Fue un error mío- dice el muchacho-. Me olvidé de encenderlo- lanza un resoplo-. Mala leche.
-¡Haga un cálculo, hombre!
-No es necesario. Ya le dije: la casa invita.
El muchacho vuelve a tomar el volante y los mira por el espejo.
-Fue un placer conocerlos- les dice-. Buenas noches.
De pronto, el taxi se llena de sombras. El rostro del muchacho se vuelve anguloso y…
Ambos descienden sin terminar de ver aquella transformación.
Desde afuera, el taxi parece normal.
La puerta se cierra. No con un portazo, sino con una suavidad exquisita.
Sola.

VII

Ven al taxi alejarse.
-Eso fue raro- dice él.
-Si- dice ella.
Los dos tienen la vista en el taxi que se va empequeñeciendo.
Raquel se gira para decirle que mejor van entrando, y lanza un grito de sorpresa tal, que Marcos pega un salto por el susto.
Mira a Raquel con todo el afán de putearla y se queda mudo.
Frente suyo hay una mujer joven que no reconoce, pero le hace acordar a
Raquel de veintiañera
Se mira las manos.
Son manos jóvenes.
Se toca el rostro.
Ni una arruga.
No puede ser.
Pero ya Raquel lo abraza y lo besa y entiende que esto es real.
Retribuye el beso. Sus lenguas se enredan en sus bocas.
Marcos siente una erección y se aprieta contra Raquel.
-¿Esto es verdad?- pregunta ella.
-¿Lo qué? ¿La erección?
Ella ríe.
-¡No! ¡Todo!- exclama.
El no tiene respuesta para eso.
Ella deja de reír y se pone seria.
-¿Qué era él?- pregunta.
El no tiene respuesta para eso tampoco, pero algo debe decir y lo dice:
-Un ángel, tal vez.
-¿Crees eso?
-Quiero creerlo. Otra cosa me daría miedo.
No dice más, y tampoco es necesario.
-Tenemos otra oportunidad- dice ella.
-Tal parece.
-Deberíamos decirle a Carla.
-No. Ella tiene su vida. No creo que le agrade ver que sus padres son más jóvenes que ella.
-Es cierto.
No pueden dejar de tocarse.
-¿Y ahora?- pregunta él.
-¿Ahora? Ahora disfrutemos la vida, que juventud hay una sola- dice ella.
Y luego de unos segundos, añade:
-O eso creía.

Siempre hay uno más

El tipo estaba hablando muy tranquilo por celular en el tren. Estaba sentado del lado de la ventanilla, la cual estaba abierta de par en par. Mientras hablaba se reía despreocupado. Toda su posura era una invitación a robarle. El celular era aparentemente un modelo bastante nuevo. Por el tamaño parecía uno de esos con pantalla táctil. En el dorso se veía una lente de tamaño considerable, así que debía tener una buena cámara también. En Once podía llegar a sacar unos cien mangos por él, con un poco de suerte y bastante chamuyo.

Él se acercó con aire casual a la ventanilla. No tenía que levantar sospechas ni ponerlo sobre aviso, pero disponía de muy poco tiempo para hacer lo que tenía que hacer. El plan era sencillo. Se acercaría a un metro del tipo del celular, esperaría que se cerraran las puertas y entonces en un movimiento rápido se lo arrebataría de la mano y saldría corriendo. No era la primera vez que lo hacía. A veces salía bien, y a veces las víctimas lograban meter la mano a tiempo. Era parte del juego.

Sonó el silbato del guarda. Showtime.

Esta vez algo salió mal. Él alcanzó a manotear el celular, pero el tipo fue más rápido. No, no sacó el celular a tiempo. En lugar de eso, con la otra mano lo sujetó de la muñeca. Y no lo soltó.

Él quiso zafarse, pero el del celular no lo dejaba. El tren arrancó. Esa mano que aferraba la suya era como una pinza de fuerza. “¡Soltame!” le decía. “¿Qué hacés? ¡Soltame!” El tipo no contestaba, solamente lo miraba fijo a los ojos. Con la otra mano el trató de soltarse, trató de tirarle un puñetazo, pero la izquierda es boba. Mientras tanto el tren avanzaba por el andén cada vez a mayor velocidad. En cuanto se dio cuenta estaba corriendo junto a él. El tipo del celular seguía mirándolo fijo. Entonces él se dio cuenta de que se venía el final del andén, y la reja que daba el corte a la plataforma de un metro y medio de altura por la que él estaba corriendo. Justo antes de llevársela puesta, el del celular lo soltó y le dijo unas palabras. Antes de poder procesarlas la reja lo golpeó con fuerza y lo empujó hacia la formación en marcha. El cayó en el espacio entre vagones. Impávido, vio cómo las ruedas destrozaban sus piernas.

Aún en estado de shock, mientras los paramédicos lo subían a la ambulancia, resonaban en su cabeza una y otra vez las palabras de su verdugo.

Siempre hay uno más jodido que vos.

La Mueca Asesina

La noche cayó como un telón pesado. La hora había llegado y pronto debía salir en busca de su alimento. Las calles estaban desiertas e iluminadas por los faroles que pronto consumirían todo el aceite. La brisa fresca se convertía en frío lacerante con cada paso de sus pies.

Recorrió varias callejuelas y callejones buscando aunque sea un vagabundo de quien saciarse. Siguió su paso silencioso hasta la Plaza Central en busca de algún incauto que haya decidido salir a dar un paseo nocturno.

Antes de su arribo en aquella Galeta, hoy olvidada en el fondo del mar, la próspera y emergente ciudad rebozaba de gentío de muchos sabores. Amaba a la gente, hasta se autodenominaba humanista. Había llegado hasta hablar con ellos, escuchando palabras de asombro e historias diurnas de maravillas que ya no podía presenciar.

Su huída del Viejo Mundo fue repentina y no pudo llevarse consigo a su fiel sirviente que pereció en el gran incendio de la Mansión Thompson. Sus recuerdos de aquella noche sólo lograron lágrimas de polvo y un dolor en el pecho que sólo retumbó en ecos de silencio. El jóven Devin Maguire, había dado su vida para salvaguardarlo de las antorchas. Había huido como una rata, sólo pensando en sí mismo. Era la única manera de sobrevivir a través de los milenios y las civilizaciones de hombres temerosos. No pudo siquiera entregarle el don para la eternidad. Era muy jóven para sobrevivir en un mundo cambiante. Aún, en esta noche fría, lo recuerda con candor. Un jóven inteligente y audaz que hubiese sido un excelente aprendiz de las artes oscuras de un Noctámbulo. Pero la suerte se había echado de esa manera. El jóven Maguire murió para que él viviera.

No se había percatado que su repentino recuerdo lo inmovilizó por varios minutos inundando su mente de aquel recuerdo de ese jóven ya olvidado. Miró a su alrededor y sólo encontro nada. Prosiguió su camino silencioso sin pisadas hasta subir por las escaleras de aquel Congreso tan majestuoso. Inhaló el aire fresco de la noche y un olor a carne atacó sus sentidos como un animal oliendo la presa. Giró violentamente sobre sí escudriñando la noche con sus ojos de águila. A lo lejos, en la otra punta de la plaza, una figura lo observaba desafiante.

Expulsó su cuerpo hacia aquella figura sin perderla de vista. La figura envuelta en un manto con capucha de alpillera saltó hacia las sombras para comenzar una huida veloz. Cruzó la plaza con la típica agilidad inhumana que lo destacaba y llegó a esa callejuela que vió perder a la figura. Aún podía oler el aroma a agua de colonia francesa, importada, no era el típico habitante de estas tierras. Era un recién llegado, quizás alguien que venía a terminar con su vida eterna. De esos, habían varios regados por todo el mundo, sin embargo, él era demasiado poderoso para una simple figura oculta en un sucio manto. Prosiguió su camino por la callejuela hasta salir a una ochava donde un farol escupía las últimas chispas de un aceite que se consumía.

El olor era fuerte, como si lo estuviera esperando.

Depositó su cuerpo en medio del cruce de calles con ojos cerrados y la cabeza gacha. Esperando. Esperando con su usual mueca. Esperando se acerque para comenzar la pelea que ganaría. Era frío y calculador, era un fiel modelo de un Noctámbulo.

Escuchó atentamente los pasos de alguien acercándose a su lado. Pasos pesados pero decididos. Era un hombre, no cabía duda, no un jóven ni un hombre entrado en años, no. Era un hombre en la plenitud de su madurez. Su sangre sabría a delicias que ya casi no degustaba. Cuando lo tuvo a una distancia prudencial, extendió sus garras y en un violento movimiento de brazos capturó con su mano izquierda el cuello de aquel hombre dispuesto a ver la muerte a los ojos.

El farol se había apagado y la luna los iluminaba con su fulgor. El hombre no emitió ningún sonido ni asombro alguno. Aquello lo perturbó y con su mano derecha tiró hacia atrás la capucha de alpillera. Sus ojos descubrieron algo aún mas perturbador.

-¿Jóven Devin? –preguntó mientras su mano izquierda perdía toda las fuerzas, soltándolo sin mas. -¡Estás vivo!
-Y vos estás muerto. –respondió el jóven Maguire mientras hundía en el pecho una daga de hueso de cementerio.

El último momento de aquel Noctámbulo se convirtió en sólo una lágrima de cenizas con el recuerdo del jóven Maguire salvándole la vida de una turba iracunda con antorchas en sus manos mientras veía el rostro de aquel jóven con unla mueca asesina.

StupidLounge.-

Nueva Era

La compuerta de recepción se cerró. Zeus76 tomó el pack de la bandeja e inspeccionó el contenido. El snack era exactamente el que había ordenado pero el delivery se había demorado 8 segundos. Se sentó en su ergonómica y fijó la vista en la pantalla. Sin dudarlo reclamó el delay y recibió un bonus de 800 energios. Se sintió complacido. En las últimas jornadas había ganado más energios de los que cualquier ávatar podría gastar en toda una sesión. Se le vinieron a la mente los cinco ávatars que había creado en Fifty Second Life. Con disgusto recordó que sólo tres de ellos habían alcanzado el éxito que esperaba. Aaryn había comenzado con un pequeño negocio de mascotas virtuales y ahora estaba por abrir la décima sucursal de “Freaky Pets”. Cyrano diseñaba accesorios exclusivos para avatars altamente customizados y era muy respetado en el virtualbusiness. Y finalmente Levitan, un DJ multimediático que había logrado conquistar a un buen segmento de internautas principiantes que lo idolatraban. Cecil y Nilus todavía no habían logrado gran cosa. Les dedicaba menos tiempo que a los demás y estaba pensando seriamente en eliminarlos. Cecil era un blogescritor prácticamente desconocido y Nilus había abierto un bookstore de clásicos que resultó un fracaso. Casi nadie se interesó por los mamotretos incomprensibles de los antiguos Borges, Dostoievski o Hemingway. Así todo, Zeus76 estaba satisfecho. Su celda era confortable y con el capital que tenía ahorrado podría comprar la energía necesaria para disfrutar de una larga y entretenida sesión. No todos eran tan afortunados. Abundaban en la red historias de webcitizens que habían tenido que desloguearse por falta de energía. Y de eso al dematerializador había sólo un paso. Zeus76 no daba crédito a los relatos que circulaban vía spam de individuos que subsistían fuera de la red. La vida fuera del sistema era absolutamente imposible. Cualquiera sabía eso. Desde que se agotaron los recursos naturales y se extinguieron casi la totalidad de las especies nadie que él conociera se había aventurado a salir de su celda.

Zeus76 se frotó los ojos y se retiró un instante de la pantalla. Mientras comía su snack, se concentró en la vista que ofrecía la única ventana de LCD que había en su cubículo. El atardecer, su momento favorito de la jornada. Un sol dorado caía lentamente sobre un mar violáceo. Plateadas palmeras se mecían sobre una playa sedosa, color coral, cubierta de almejas perladas. Estiró uno de sus dedos temblorosos sobre el comando dactilar de la PC y el paisaje de la ventana cambió. Era un atardecer también, pero esta vez en las montañas. Un sol lila se escondía tras monumentales elevaciones azules salpicadas de pinos rojizos. Zeus76 recordó las clases de geografía originaria que había tomado hace un tiempo en Mooddle. Se preguntó si los paisajes de la tierra habrían sido realmente como los que su ventana representaba. En el curso tuvo acceso a varias fotografías antiguas pero eso no lo conformaba. Difícilmente, a lo largo de tanto tiempo, no hubieran sido alteradas.

Sonó la segunda alarma del dematerializador y Zeus76 se mostró sorprendido. Observó la luz amarilla que irradiaba del cofre y se estremeció. “Qué rápido pasó el tiempo”, pensó. Recordaba perfectamente cuando sonó la primera. La luminaria fue verde aquella vez y marcó el momento de despachar su fluido seminal a la matriz. La idea de que quizás usaran su muestra para alguna inseminación flotó en su cabeza un instante. Pero no tenía caso pensar en eso, nunca lo sabría. Del mismo modo que su madre nunca había sabido a quién pertenecía la muestra que recibió exactamente a su misma edad. Pensó que ser masculino tenía sus ventajas. No tendría que pasar por lo que pasó su madre. El embarazo, el alumbramiento, el puerperio, más allá de toda la información y asistencia que la red pudiera brindar, debían ser momentos de mucha incertidumbre. Sabía de algunas féminas, que en su desesperación, terminaban sometiéndose al dematerializador antes de tiempo. No era raro que esos casos fueran analizados escrupulosamente por las autoridades de la matriz ya que evidenciaban severos errores en la selección de las reproductoras. Afortunadamente no tenía recuerdos de su madre. Reflexionó que era muy conveniente que a las madres les sonara la tercera alarma antes de que los hijos tuvieran suficiente conciencia como para recordarlas.

La alarma se detuvo y Zeus76 arrojó a un lado lo que quedaba de su snack de queso y peperoni. Sabía a anchoas. “Hace tiempo que los recreadores de sabores han perdido el rumbo”, se dijo. Volvió a colocarse frente a la pantalla. Había contratado un tour a la Polinesia y debía partir en los próximos 10 segundos. Se instaló en su ergonómica y colocó los dispositivos sensoriales tal como indicaba el instructivo. Otra vez se sintió a gusto. Había decidido dedicar lo que le quedaba de sesión a viajar. Los energios en su e-bank se lo permitían. Además, si bien su cuerpo presentaba los signos de deterioro normales para su número de jornadas, confiaba en que no debería hacer uso del dematerializador hasta que no se disparara la tercera alarma.

Apenas comenzaban a sonar los primeros acordes de la presentación cuando la PC y las luminarias se apagaron. Inaudito. Primera vez que ocurría semejante cosa. La oscuridad y el pánico se instalaron en el cubículo. Podía escuchar su corazón, bombeando desenfrenado. Un sudor frío le cubrió el cuerpo. Se sintió mareado. Tuvo la necesidad de vaciar su estómago. Permaneció aferrado a su ergonómica un instante hasta que no lo soportó más y se abalanzó hacia la compuerta de emergencia. Bastó una suave presión para que cediera. Los cierres herméticos estaban desactivados. Emergió con cautela y se vió forzado a cubrirse la cara. Un torrente de luz parduzca, proveniente de un sol polvoriento, impactó sobre su piel y le causó gran escozor. Al cabo de unos segundos su vista se fue adaptando al resplandor y logró distinguir algo entre sus manos. Eran sus pies. Pequeños y delicados, se asentaban sobre una superficie grisácea e irregular que supuso sería tierra. Levantó la mirada y comprobó que, hasta donde alcanzaba a ver, el paisaje se reducía a eso. Tierra reseca con quiebres irregulares y grandes piedras de aristas filosas. Giró y miró su cubículo. Un enorme huevo metálico, dispuesto junto a una docena de huevos más. Se figuró un nido gigante e inmediatamente temió que alguna criatura descomunal irrumpiera a reclamarlo. Sacudió la cabeza. Desvariaba.

Sintió un ruido. Provenía del huevo vecino. La compuerta se abrió y lentamente fue emergiendo un ser horrendo. No podía verle la cara. Tal como él había hecho, se la cubría desesperadamente con ambas manos. Debía ser de su estatura. Sus piernas eran huesudas y poco desarrolladas. Su torso esquelético no alcanzaba a erguirse por completo y, en lo que sería el vientre, no había más que un hueco. Sus brazos lucían tan débiles como el resto de su cuerpo. La piel apergaminada despedía un brillo blanquecino verdoso. Sus manos, de dedos fuertes, y su cabeza, completamente calva, parecían estar mucho más desarrolladas que el resto del cuerpo. El individuo se descubrió la cara y con ojos doloridos lo miró. Su semblante revelaba terror. Zeus76 sintió fascinación ante esos ojos gigantescos que lo observaban. Recordó a los miles de ávatars que había conocido en línea. Figuras tetra-dimensionales, esbeltas, bien formadas, de rasgos armónicos. De pronto sintió la necesidad de mirarse. Prestó atención a su cuerpo como jamás lo había hecho y comprobó que su aspecto era muy similar al de su vecino. A esta altura todos los huevos se habían abierto y sus espectrales residentes permanecían inmóviles, observándose unos a otros, y a sí mismos, con gran morbosidad.

Zeuz76 despertó de este trance, que no podría calcular cuánto duró, e ingresó a tientas a su cubículo. Salió rápidamente, cargando lo poco que podía serle de utilidad en el exterior. El resto lo imitó. Cuando estuvieron todos dispuestos, con sus escasos bultos, miraron hacia el horizonte en todas direcciones. Los más jóvenes distinguieron un reflejo hacia la izquierda, justo debajo del sol. Otro nido quizás. Y hacia allá partieron, en silencio. Cubiertos con mantas, arrastrando sus frágiles pies, y manteniendo un penoso equilibrio, la fila de fantasmas comenzó a andar. Así fue como se inició lo que más tarde se conocería como El Gran Peregrinaje, el comienzo de una nueva era.

El ojo

Cuando nos mudamos a la casa quinta de Mercedes escapando de la contaminación ambiental y la inseguridad creciente de la ciudad empecé a sentir que alguien me vigilaba. Por irracional que pudiera parecerme, sentía en todo momento una mirada clavada en la nuca que me hacía voltear la cabeza para encontrarme con nada. Mientras escribía o leía el periódico me acosaba la certeza de tener a alguien que leía por sobre mi hombro y comencé a percibir ciertas reacciones de desaprobación y disgusto durante algunos párrafos que sin lugar a dudas no coincidían con mi forma de pensar habitual. Esto sucedía principalmente cuando escribía palabras eróticas o leía un relato que contuviera escenas de desnudo o de sexo. Más tarde comprobé que me sucedía lo mismo con los programas de televisión o películas que mostraban personas ligeras de ropa.

Mi inquietud empezó a hacerse notoria incluso para Claudia, mi esposa, que me miraba con preocupación cuando buscaba debajo de la mesa o de la cama al sujeto escurridizo que no solo me espiaba sino que me insuflaba una moralina de la cual siempre me había jactado de carecer. Incluso ahora mismo que estoy escribiendo esto, me resulta imposible usar los términos vulgares que habría utilizado normalmente. Por esos días me sorprendí reprendiendo a Julieta por usar la falda demasiado corta y amonestando severamente a Joaquín por tocar públicamente sus partes pudendas. Era sorprendente oírme a mí mismo diciendo esas cosas pero lo más sorprendente era la forma en que las decía. Muy pronto esta situación generó en mi familia un consenso poco común, ya que todos se pusieron de acuerdo para sugerirme que me tome vacaciones.

- Tenés un estrés de puta madre, Eduardo. Estás cuasi paranoico. Me decía Claudia.

- ¡No digas esas groserías, por el amor de Dios! – Le contestaba yo, lo que profundizaba aún más las arrugas de su entrecejo, puesto que yo amaba decir groserías y era irreductiblemente ateo.

Mi conducta empezó a tener alteraciones también en actitudes y costumbres cotidianas: cerraba las puertas con llave para ducharme y vestirme, y cuando me sorprendía mi esposa me cubría rápidamente los genitales con una toalla. Ya no pude hacer el amor con la luz encendida, lo hacía con el pijama puesto y terminaba rápidamente. Me sentía incómodo en la intimidad. La mirada en la nuca ya había traspasado la epidermis y su relato no-verbal condenatorio formaba ya parte de mi cerebro controlando mis actos y mis dichos. Había apenas una luz de conciencia del mí mismo autentico y esto me sumía en una impotencia que no alcanzaba a exteriorizar.

La noche en que me negué a tener relaciones y me arrodillé pidiendo perdón en voz alta por mis pecados, Claudia me insultó de una manera atroz y se fue de casa llevándose a los chicos. Este hecho que hubiera resultado dramático en otras circunstancias, constituyó un enorme alivio porque mi controlador ocupante durante algunos días me dejó vivir en paz.

Solo cuando me hizo retirar la mano del pene al orinar y me mojé todo el pantalón y la tabla del inodoro, mi retazo de conciencia libre se llenó de furia y decidió salir en busca del intruso que me estaba poseyendo.

Tenía que estar dentro de la casa quinta, porque no me había permitido salir de ella por más de seis meses.

Cuando intentaba dirimir por qué lado de la enorme casa empezar a buscar, posé la vista casualmente en el enorme cuadro que presidía el linving comedor y allí se hizo la luz en mi mente. El abuelo José. El abuelo Jose, viejo sátrapa que había dejado los hábitos monacales para huir a América y casarse con la abuela Carmen. El abuelo José, que me hacía poner la mano sobre la mesa para pegarme en los dedos con el mango de la cuchilla o me hacía lavar la boca con lejía por decir malas palabras. El abuelo José, que había perdido el ojo derecho en un incidente que nunca fue aclarado pero en voz baja se mencionaba como un acto de autoflagelación.

Busqué la llave del sótano que afortunadamente estaba en su lugar en el cuarto cajón de la derecha del escritorio del abuelo. Bajé los escalones con apuro obedeciendo al instinto que me decía que esa luz de conciencia de mi mismo se extinguiría en cualquier momento. Tropecé con algo y caí rodando escaleras abajo golpeándome la cabeza un poco, pero aun aturdido alcancé a enfocar la vista en el objeto buscado.

El frasco asomaba desde el último estante, el más alto. Acerqué la escalera de metal y lo bajé conteniendo las náuseas. El ojo de vidrio del abuelo José flotaba dentro de un líquido oloroso y putrefacto por el paso de los años. La parte blanca estaba amarillenta y alrededor emergían babas verdosas como algas y yo tenía la convicción de que si lo miraba directamente volvería a helarme la sangre como cuando era niño.

Me temblaban las manos cuando lo arrojé al suelo y lo pisotee con todas mis fuerzas. El ojo rebotaba de acá para allá sin romperse hasta que quedó atascado en una grieta del piso de madera y ahí vi mi última posibilidad de liberación. Con un solo mazazo certero el ojo estalló en mil pedazos y uno de ellos me pegó en la cara, lo que me impulsó a seguir dando martillazos hasta que quedaron reducidos a minúsculas partículas. Sacudido por temblores, escapé del sótano llevándome un bidón de kerosene que tomé a la pasada.

Cuando llegaron los bomberos yo todavía soltaba a grito pelado el rosario infinito de malas palabras que había sido obligado a reprimir durante la posesión. Sin embargo me resulta imposible reproducir ese tipo de palabras por escrito. Tampoco puedo sacarme de encima este estilo afectado y ceremonioso. Finalmente el abuelo José consiguió lo que quería: arruinarme la ascendente carrera como escritor de relatos eróticos.

Una selva desordenada (cuento infantil)

Un hada traviesa esparció polvo de los deseos en la selva de Mundiyí. Todo transcurrió igual que siempre, hasta que el Cocodrilo pensó que le gustaría poder volar como el Pajarito; y el pajarito deseó tener la fuerza del Cocodrilo. Entonces se desató la magia y el Cocodrilo se fue volando a recorrer la selva.
El Pajarito pudo cortar con su pico ramas muy gruesas, y construyó un nido grande y resistente. Pero descubrió que ya no podía volar y que no tenía como poner su nido en lo alto del árbol. La Jirafa, que era muda, le propuso al pajarito darle su largo cuello a cambio del hermoso canto del ave. Así fue que el Pajarito ubicó su nido en el lugar que había elegido, más no consiguió subirse a éste. Buscó al mono para que lo ayudara, pero éste ya no tenía su habilidad para trepar; se la había dado a la cebra. ¡Por eso el mono estaba todo rayado!

El Cocodrilo se cansó de volar y le ofreció el vuelo al León a cambio del rugido. Regresó el Cocodrilo rugiendo a su río y se fue volando el león a buscar a la Leona.

Como resultó que la Leona no le gustó nada que su compañero no pudiera rugír, el león fue a buscar al Cocodrilo, pero llegó tarde: éste ya se había cansado del rugido y lo había intercambiado por colores muy llamativos.

El León decidió ayudar al Pajarito devolviendole el vuelo. Entonces el Pajarito le regresó el largo cuello a la Jirafa. Tan feliz se puso la Jirafa porque podría volver a comer las hojas de los árboles que no le importó quedarse muda, y le dió el canto al pajarito. Pareciá que por fin la selva regresaba a la normalidad, cuando escucharon rugir a la mariposa…

Dulce distancia.

Yo te decía que no me gusta el chocolate y vos que preferías los bombones. Yo me fui tomando mis momentos. Mis espacios. Mis argumentos eran la mar de psicodelicos. Pero puro sentimiento. La piel expuesta. Los pechos turgentes. Las bragas húmedas. Vos a km de mi durante algunas temporadas. Yo a km de vos respeté ampliamente mis hormonas. No es cuestión de andar callando los deseos. Cada reencuentro se dio casi sin manuales. Apareció sin planes. Como un pacto que se rompe y alivia. Casi perfecto, armónico, luminoso. Y en una noche de esas, en que está saliendo la luna pero el cielo todavía guarda luz de sol, me dijiste: aquí me quedo. En una nochecita de verano con nubes, velas , luces y sahumerios, te dije: cuanto que te quiero. Ya ven que no siempre la distancia es el olvido.

Texto: Gloria Llopiz

Pintura: Claudio Fraiman
http://abstrae.blogspot.com/

MI AMIGO EL HUMBERTO

I

Con el Humberto nos conocemos de pibes. Me acuerdo como si fuera ayer cuando se me acercó estando yo pescando en el arroyito. Sin decir palabra se puso al lado mío y observaba la línea hundirse en el agua.
-Hola- le dije.
Solamente me miró.
Mi mamá siempre me hacia un sanguchito cuando iba a pescar. Lo saqué de la bolsa y, partiéndolo al medio, le ofrecí un pedazo.
-¿Queres?

II

Desde ese día, Humberto y yo fuimos inseparables. A mi mamá mucho no le gustaba que le hablara de Humberto. Decía que no era bueno que estuviera mucho tiempo con él, que era mejor que tuviera amigos de verdad. Yo le decía que Humberto era bueno y que nos divertíamos mucho. Mi papá no opinaba nada. En realidad, no opinaba nunca. Y mamá…bueno, a mamá nunca le gustaba nadie.

III

El Humberto no era de hablar mucho, más bien escuchaba. Yo le contaba del colegio, del partidito de fútbol de la tarde, de lo linda que era Daniela, y de las milanesas que hacia mi mamá.
Nuestro lugar de encuentros siempre era a la orilla del arroyito. Un día la lleve a Daniela para que lo conozca a Humberto. Parece que a Humberto no le cayó muy bien la idea, porque ni se apareció.
Daniela me dijo que yo era un mentiroso y que ese tal Humberto no existía.
No volví a dirigirle la palabra a Daniela. Nadie me dice mentiroso, y nadie me puede decir que el Humberto no existe.
Daniela fue la que empezó el rumor de que yo estaba loco y hablaba con gente invisible.

IV

Los años pasaron y me hice mayor. Mis padres fallecieron, me quede solo en la casa, y me volví el muchacho raro del pueblo. ¡Menos mal que lo tenía al Humberto! Él venía todos los días a desayunar, almorzar y merendar. A cenar no viene porque parece que a los padres no les gusta que se vuelva muy tarde. Ya saben ustedes como es acá, en el campo: cuando cae la noche, es una boca de lobo. A los padres de él yo no les caía muy bien que digamos. Se hubieran llevado de maravilla con mi vieja.
En el arroyito no nos juntamos más, porque ahora está contaminado y ya no hay nada que pescar. Dicen los que saben que es el progreso. No debe ser un progreso muy bueno que digamos.

V

Ahora bien, cierto día llegó al pueblo una nueva familia. Esta familia tenía una hija de mi misma edad. Algunas veces la cruzaba en el mercado o en calle principal del pueblo. Se llamaba Renata y me gustaba pero que muy mucho.
Una tarde yo iba caminando por el camino que lleva al cementerio para llevarles unas flores a los viejos, charlando animadamente con el Humberto, cuando la veo bajar por la colina que lleva al pueblo en bicicleta.
-Hola- me dijo cuando se puso a mi par.
-Hola- le dije yo.
-¿Con quien hablabas?- me preguntó.
-Con el Humberto- le dije.
-¿Y dónde está?- dijo ella mirando para todos lados.
-Ya se fue.
Parece que eso le causó gracia, porque se puso a reír.

VI

Resultó ser que ella estaba al tanto de las cosas que decían de mí en el pueblo. Me dijo que le pareció extraño y quiso comprobarlo por ella misma.
-¿Y ahora que pensas?- le pregunté.
-Todos somos un poco locos. Yo también tuve de chica una amiga imaginaria.
-El Humberto no es imaginario.
-Claro, lo que tú digas.
Seguía sonriendo, pero no había malicia en su sonrisa.

VII

Y así, sin saberlo, un día me encontré casado. Renata se mudó conmigo y la casa se convirtió en un hogar.
El Humberto como que medio se encelosó y dejó de darme bola, pero un día se apareció por casa.
Y no venía solo.
¡El Humberto también estaba enamorado!
Venía con su novia, la Clotilde.
Era linda la Clotilde. Bah, que se yo, dicen que para gustos no hay nada escrito. Y si a Humberto le gustaba, yo estaba feliz por él.
Como el terreno de mi casa es grande, le ofrecí un lugarcito para que construya y así vivir todos juntos. Él no tenía problemas, pero a la novia parece que no le cayó muy bien la idea.
En eso salió Renata.
-¿Con quién hablabas, mi amor?
-Con el Humberto. ¡Ahora anda en pareja y se vino con la novia!
-¡No me digas! ¡Miralo vos al Humberto! ¡Dale, hacelo pasar y le invitamos algo fresquito!
-No puedo, ya se fue.
-Que lástima.

VIII

Pasaron unas semanas y, para mi sorpresa, lo veo al Humberto construyendo en el terreno. ¡Que alegría me dio!
El Humberto, el solito mi alma, fue levantando la casita. Al Humberto se le da bien eso de la construcción.
Cuando todo estuvo listo, la fui a buscar a Renata.
-¡Renata! ¡Vení, Renata!
-¿Qué pasa?
-¡El Humberto, Renata!
-¿El Humberto? ¿Qué pasa con el Humberto?
-¡Se viene a vivir con nosotros! ¡Ya casi termina la casita! ¡Vení, vení que te lo presento!
-¿Lo qué? Pará un poco, ya me estás asustando. ¿Cómo que se viene a vivir con nosotros y que casi termina la casita?
A la rastra la llevé para afuera a la Renata.
-Renata, te presento al Humberto y su novia.
Renata no lo podía creer. Ahí, delante suyo, lo tenía al famoso Humberto, al Humberto del que tanto hablaba su marido.
-Humberto, esta es Renata.
El hornero revoloteo alrededor de ella y luego volvió a su trabajo de terminar la casita de barro que estaba armando en uno de los rincones del tejado.

IX

Todas las tardecitas, Renata y yo salimos al patio y merendamos con Humberto y su novia. En el pueblo ya dicen que yo le contagié la locura a Renata, porque ella también habla de Humberto.
Y ella se ríe.
-¡Que piensen lo que quieran- dice.
Está embarazada.
Mellizos, dice el doctor.
¡Ay, Dios mío! ¡Mellizos!
Ya lo apalabré al Humberto para que sea el padrino.

Epílogo

Humberto existe y vive conmigo. Su casa está arriba de uno de los postes de iluminación de las canchas de tenis, entre dos reflectores de ochocientos watt cada uno. No fue tarea fácil armarlo ahí. A medio camino lo agarró una tormenta y le tiró todo a la mierda. Los pedazos de barro quedaron esparcidos por la cancha.
A pesar de este desastre, Humberto le puso el hombro y comenzó nuevamente a levantar los nuevos cimientos. Poquito a poquito la cosa comenzó a tomar color. Tuvo que soportár otra tormenta, pero esta vez el rancho se la aguantó piola.
Un domingo, mientras el loco iba y venía con el material (¿este muchacho no se toma franco?), nosotros estábamos desayunando afuera, porque el sol estaba lindo, y dejó un instante su trabajo para acercarse hasta la parra. Desde ahí nos miraba muy discretamente. Agarré una galletita, la partí en pedacitos, y se la tiré cerquita. Al principio no dio ni bola, pero después bajó al piso y se puso a picotear alegremente. Ahí nomás le puse Humberto.
Ahora, con la casita terminada, el tipo se pasea, todo orondo, arriba del techo del hornero. Desde ahí atisba lo que pasa alrededor.
¡Somos el único club de tenis que en vez de tener “ojo de halcón”, tenemos “ojo de hornero”! ¡No cualquiera, eh! ¡Hay que verlo al Humberto ahí arriba pispiando los partidos! Ya todos lo conocen y, ante la duda, le preguntan si la bola fue mala o buena.
-Humberto, ¿vos como la viste?- le gritan.
Y el Humberto los mira.
¡Pobre bicho, donde vino a caer!
Esta es la historia de mi amigo Humberto, el hornero.
Aquí lo ven posando para la foto (¡de verdad, no jodo!). Si se fijan bien, la pueden ver a la Clotilde asomándose a la puerta (la loca no se quería quedar afuera de tan bello momento).

La Cofradía de los Serpentarios – VII

Son momentos difíciles para los Serpentarios.
Uno de nosotros ha hablado. No es la primera vez que sucede, probablemente tampoco la última. En el pasado hemos sido perseguidos y denostados, pero pese a ello nunca dejamos de existir, ni de ejercer nuestra silenciosa influencia.
Nuestro nombre remite a esa interminable persecución. Desde siempre un pueblo ignorante fue más fácil de someter. La información y el conocimiento son poder, libertad y fuerza, y a los imperios les molesta esta idea tanto como a nosotros nos agrada. Por eso si en la historia de Adán y Eva es la serpiente quien ofrece a los primeros hombres el fruto del Árbol de la Ciencia y el Conocimiento, nosotros seremos los encargados de custodiar a la Serpiente para que nunca deje de entregar ese fruto. Somos Serpentarios, y somos inmortales. Vivimos en nuestra carne y en el recuerdo de nuestros antecesores, quienes nos han dejado una y otra vez su legado de letras, ideas y arengas. Se sorprenderían de saber los nombres que han pasado y pasan por nuestra cofradía, pero no me es permitido revelarlos. Hoy tengo el honor de estar en una de las más altas jerarquías, y eso me permite tener acceso a la información de todos los miembros actuales, lo que me impone una responsabilidad crucial y me vuelve sumamente peligroso en caso de ser atrapado. Llevo en mi dentadura una pequeña cápsula llena de un poderoso veneno que me quitará la vida en caso de caer en manos de mis perseguidores. Pronto la deberé usar, lo sé.
Puedo comprender los motivos que hicieron hablar a nuestro hermano. Yo mismo hubiera hablado de ver como se quemaba tan valioso material. Es por eso que si me capturan tengo que morir. Todos los cofrades me conocen, y yo conozco a cada uno de ellos, pero ellos no se conocen entre sí. Hoy las dos primeras líneas están cayendo. Lils aún no ha sido descubierta, pero pronto lo será. Tadeo ha sido encarcelado en una oscura mazmorra donde espera su fin. Todos nosotros provenimos de un largo linaje de serpentarios que sabe de lealtades, traiciones y mártires. ¿Cómo olvidarme de ellos, quienes han dado su vida por la causa tal como lo estamos por hacer ahora? Me viene a la mente, por ejemplo, Donche de Rumania, antepasado de Tadeo, quien encontró un doloroso fin al ser empalado por el mismísimo Vlad Tepes. Pero no es este el momento de perdernos en nostalgias. Es tiempo de acción. Nunca nos detendremos, pero habremos de perdernos en las sombras una vez más hasta que la tormenta pase. Eso es lo que me trajo a Barcelona.
Belika es una de mis mejores lugartenientes. Y lo más importante: Sé que ellos no saben de su existencia. Utilizando nuestras más nuevas y más antiguas técnicas de localización logré dar con ella en este bar detrás de la Catedral adonde, aunque ella no lo sabe, ha sido convocada. Jamás nos hemos visto las caras, y entiendo que ella me cree muerto, pero lo cierto es que la vine a buscar. Juntos partiremos mañana hacia Bangladesh donde le transmitiré todo lo que debe saber para convertirse en nuestra nueva líder.
Nos han golpeado. Nos han herido.
Nunca nos vencerán.


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