De la enciclopedia de Adán y Eva (2º parte): ELLOS
“Sabe Dios por que misteriosa acción de la Naturaleza se determina en algún momento de la división celular embrionaria el reparto de cromosomas, pero una cosa es por cierto bien segura: sin nosotras ellos no podrían existir (no se valen cigüeñas ni repollos) y nosotras sin ellos tampoco (¿quien sino cambiaría el cuerito de la canilla o el neumático desinflado?)”
“CATECISMO DE LOS SEXOS” – Santa Penélope de los Santos Dolores (de cabeza)
Argentina, beata y mártir, pero no virgen… (se ignora fecha de nacimiento).

“Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis:
si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal? ”
Sor Juana Inés de la Cruz, (Nepantla, 12 de noviembre de 1651-Ciudad de México, 17 de abril de 1695)
Linda manera de expresarse, sobre todo si tenemos en cuenta que quien escribió estas estrofas era monja, para colmo mexicana, y en pleno siglo XVII! En todas partes se cuecen habas, y ya en aquella época parece que el sexo masculino estaba en el banquillo de los acusados, listo para ser destripado por una horda de furibundas damas cansadas de ser el último orejón en el tarro de esta bendita humanidad.
Lo cierto es que nada mejor como preámbulo a la segunda parte sobre los avatares de los descendientes de Adán y Eva que el célebre poema de la rebelde religiosa, quien se autodenominaba “yo, la peor de todas”, una premonitoria definición que recaería a través de los siglos sobre las cabezas de todas las generaciones de sufridas féminas vivientes.
Pero no es sobre nosotras que quiero hablar hoy, sino sobre “ELLOS”…
Ahhhh, ellos, hombres necios!! Llegan a este mundo con un pan bajo el brazo, y una coronita en la testa. Así como el padre se despachó con un resignado “es nena…” cuando le nació la mujercita, la llegada del ansiado vástago varón le provoca una euforia solo comparable a la que le genera el fútbol cada vez que su equipo gana un campeonato (lo cual no suele suceder muy a menudo…). Sale a los saltos aullando como un lobo en celo, se abraza hasta con el vigilante de la esquina, y al día siguiente da cátedra en cuanto lugar se encuentre con más de dos congéneres masculinos sobre “como se hace para fabricar un varón, pregunten que yo tengo la receta!”.
Total, que el pequeño engendro, que llegó como nosotras a este mundo desnudo y gritando (cosa que TAMBIÉN seguirá haciendo en diversos momentos de su existencia), viene (en desmedro y para perjuicio de las representantes del sexo opuesto) provisto de un aditamento extra, algo que va a regir absolutamente y en definitiva el resto de su vida, más que la religión, la raza y cualquier otro factor a posteriori: “ESO”. Pitulín, manguerita, chizito, como quieran llamarle caritativamente la mamá y las tías cuando la hermanita pregunta “¿que es eso?, por lo pronto solo le sirve para regar fastidiosamente al prójimo cuando le cambian el pañal. Pero aay! Cuando el tierno infante comienza a madurar sus reflejos y coordinar el movimiento de los bracitos, un día comienza la self-exploration, descubre “eso” ahí abajo, y se empieza a tocar… Parece que le gusta, porque haciendo caso omiso a las prevenciones maternas y a la canción de Serrat, se sigue tocando, y convengamos chicas, lo va a seguir haciendo por el resto de su conflictuada vida…
Pasan los años, pasa la infancia, y la manguerita, por esas cosas inevitables de la biología, evoluciona, y se transforma en una traviesa lombricita lista para asomar su cabeza al misterioso universo femenino, hasta entonces terreno vedado.
Y allá va, de travesura en travesura… Pero no anda sola: como buena artista que es, la siguen sus productoras y guardaespaldas, popularmente conocidas como “las compañeras”. Este inefable trío, con vida independiente y criterio propio, será quien rija en definitiva cada acto en la existencia del varoncito devenido por obra del almanaque en eso que conocemos como “el gran macho argentino, salud!” (Para lectoras del extranjero, cambiar la nacionalidad por la que más le apetezca).
De ahí en más, sálvese quien pueda… Hombres, al poder!
Pero… Siempre hay un pero. ¿Cual puede ser la principal preocupación, la inquietud de susodicho macho, todopoderoso, implacable, rey de la jungla contemporánea, dueño de la verdad y de cuanto camine o se arrastre por el planeta? Los conflictos mundiales, la crisis económica, o la insoportable levedad del ser?
No señora, ni modo… En sucesiva continuidad y en forma aleatoria dos items ocupan durante el 99.9% del tiempo disponible el cerebro (y otras partes…) del espécimen masculino: el sexo, y el fútbol. De éste último no vamos a hablar, ya nos saturan todos los días desde los medios,suficiente.
Pero lo otro…Ahhh, lo otro! La lombriz traviesa, las compañeras y su producto hormonal, y todo lo que de ellas se nutre, rigen no solo la vida del hombre en sí, sino que en su nombre y para satisfacción de los muy cachondos se creado toda una industria que abarca productos tan disímiles como los teatros de revistas, las muñecas inflables, los almanaques de gomería, las chicas y chicos de “vida aireada” (O “airada”? Ma sí, ustedes saben a lo que me refiero…)hasta llegar a la más reciente invención, el Viagra.
De este modo pasan nuestros caballeros andantes por esta vida, obsesionados y afligidos permanentemente por la inquieta bicha, dominados por la continua preocupación acerca de su actividad y funcionamiento, acatando sus mandatos a rajatabla y observando con creciente preocupación como la edad, el estrés, la falta de uso y otras yerbas van disminuyendo in crescendo su utilidad, lo cual adquiere en la mayoría de los casos visos de verdadera tragedia shakesperiana (¿To be or not to be?), solo que en vez de la célebre calavera de Hamlet otro es el despojo que sostienen en sus manos.
Y no paran ahí, porque cuando ya se están resignando a la inevitable jubilación de la parte mas importante de su cuerpo, aparece una bruja, doña Próstata, y con una maldición bien administrada borra de un plumazo los últimos vestigios de la alicaída dignidad masculina.
Así, de la mano de este inevitable decaimiento conocido popularmente entre la mujeres de mi familia (o sea mi hija y yo) como la “pitopausia”, contemporánea y acompañante ineludible de la menopausia femenina, allá van “ELLOS” también, sufridos beduinos sobre el lomo de no menos sufridos camellos, peregrinos de la misma caravana en el desierto, con su propia carga de penurias y virtudes… Pobrecitos ellos los hombres, mártires de la humanidad!
Chicos, hombrecitos queridos, no se enojen… Todo ésto es verdad, pero como lo anterior, tomado con humor y santa resignación, que para eso somos humanos y no divinos. Y porque reírnos de nosotros mismos forma parte de un buen humor que puede ser aprovechado como eficiente terapia contra la malaria reinante en estos tiempos revueltos que nos tocan vivir. O no?
***********************************************************************************************************************************************




