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13/03/2012 | Por penelope © | Claves: muerte, sueños, vida espiritual | # Enlace permanente
Ahí está, otra vez… Esa sensación, errática, oscura, como una resaca que va y viene cada mañana al despertar. Poco a poco, como una mancha de humedad que va contaminando y extendiéndose en un muro, cada amanecer abro los ojos al vacío de mi yo interior, y entonces asoma la opresión de las ideas confusas que no logro erradicar pese a los esfuerzos que hago para lograrlo.
No solo me sucede en ese momento de la vigilia prematura; en las últimas semanas también me persiguen cuando camino por la calle. Es una imparable marejada de pensamientos que expresan la certeza de estar caminando hacia un inevitable destino final… Como si la huesuda (como la llamaba mi madre) caminara dos pasos detrás mío apoyando su mano descarnada sobre mi hombro, transmitiéndome también algo de su invisibilidad. Porque suele ocurrirme que las personas parecen no verme, pasan a mi lado empujándome como si no me vieran, o peor aún, ni siquiera se hacen a un lado cuando vienen de frente, y solo cuando chocan con mi humanidad se percatan que existo, que estoy ahí. Me deslizo entonces, mansa, ingrávida, caminando junto a las paredes, con la mirada baja y el pensamiento en otra dimensión, para evitar el dolor de tener que reconocer que ya no existo.
Convengamos que no salgo mucho… Poco a poco he ido abandonando mis costumbres callejeras, y he reducido mis salidas a lo mínimo indispensable: trámites, pagos, y la inevitable adquisición de algunos comestibles para alimentar más el espíritu que el cuerpo. Después de meditarlo largamente he llegado a la conclusión que allí afuera no hay nada para mí, nada que me importe demasiado o que tenga que ver con lo que alguna vez fuí.
Este mundo de ahora me es ajeno. No reconozco en esta gente a aquella que formaba parte de mi universo, ni encuentro en sus voces y sus costumbres algo que se me sea familiar, que me genere los afectos y emociones que antaño eran el combustible con el que el todo que era mi ser se nutría para existir.
Y entonces vuelve esa sensación. Estoy viva porque mi corazón late, mis arterias sangran, tengo los cinco sentidos activos y en ejercicio, pero mi alma, mi energía, esa que era motor y núcleo de mi espíritu se ha ido. cada mañana despierto, y no estoy. Solo mi cuerpo, o lo que queda de él, y la peor carga sobre mis espaldas… esta discreta inconveniencia de vivir.
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14/11/2011 | Por penelope © | Claves: Sindrome de Down | # Enlace permanente

Me hubiera gustado llamarme Ana, como mi abuela…
Me hubiera gustado nacer en otro tiempo, en otro lugar.
Tener las pestañas largas y tupidas, el cabello lacio, los dientes derechos, las piernas esculturales de la tía María Esther, la belleza mediterránea de mi madre, la inteligencia de mi padre…
Me hubiera gustado conocer a esa hermana que murió antes que yo naciera, la que era perfecta, la que se parecía a mi mamá, no como yo, que nací colorada, hinchada y pelona, y que al año todavía no lucía un cabello en la testa…
Me hubiera gustado ser bailarina clásica, escritora, benefactora de la humanidad, famosa y admirada…
Me hubiera gustado viajar. Conocer París, Roma, Venecia, Nueva York, o recorrer mi país con la mochila en la espalda y los sueños a flor de piel…
Me hubiera gustado amar y ser amada, tener sexo y recibir besos, parir hijos y amamantarlos, verlos crecer y partir…
Pero por sobre todas las cosas, me hubiera gustado que mi familia no se avergonzara de mí, que no me ocultaran a la vista del mundo como a algo indigno de ser mostrado y conocido…
Me hubiera gustado que creyeran en mí y en mis capacidades, que comprendieran que soy capaz de realizar las mismas cosas que todos hacen, que acaso puedo llevar a cabo acciones que superan a las de otras personas…
Me hubiera gustado que confiaran en mí.
En suma, me hubiera gustado, me hubiera conformado APENAS con ser normal. Aunque… Qué es lo normal? Quien decide, quien mide los parámetros por los cuales alguien es considerado digno de integrarse a esta frívola, mediocre sociedad? Muchas preguntas, ninguna respuesta…
Ahora es demasiado tarde. Cargo sobre mis espaldas todos los años mal vividos que el Destino me quiso deparar, y mirando para donde mire, sea hacia atrás o hacia adelante, no hay un pasado para recordar y lo que es peor, mucho menos un futuro al cual aferrarme y en el cual depositar las esperanzas que pese a todo aún alberga mi corazón.
Desde este lugar adonde me depositaron hace mucho tiempo como algo de lo cual debían desprenderse como si fuese una carga ominosa y vergonzante, les regalo estas palabras.
Para que mi historia no se vuelva a repetir.
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27/10/2011 | Por penelope © | Claves: escribas, escribidores, escritores, Marcelo Di Marco, Puto el que lee, Roberto Fontanarrosa, talleres literarios | # Enlace permanente

Puto el que lee”
Nunca encontré una frase mejor para comenzar un relato. Nunca, lo juro por mi madre que se caiga muerta. Y no la escribió Joyce, ni Faulkner, Ni Jean Paul Sartre, ni Tennessee Williams, ni el pelotudo de Góngora.
Lo leí en una estación de servicio de la ruta. Eso es literatura. Eso es desafiar al lector y comprometerlo. Si el tipo que escribió eso, seguramente mientras cagaba, con un cortaplumas sobre la puerta del baño, hubiera decidido continuar con su relato, ahí me hubiera tenido a mí como lector consecuente. Eso es un escritor. Pum y a la cabeza. Palo y a la bolsa. El tipo no era, por cierto, un genuflexo dulzón ni un demagogo. “Puto el que lee ésto”, y a otra cosa. Si te gusta bien y si no también, a otra cosa mariposa. Hcete cargo y si no, jodete. . Hablan de aquel famoso comienzo de “Cien años de soledad”, la novelita rococó del gran Gabo. “muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento…” Mierda. Mierda pura. Ésto que yo cuento, que encontré en un baño público, es muy superior y no pertenece seguramente a nadie salido de un taller literario o de un cenáculo de escritores pajeros que se la pasan hablando de Ross Macdonald.
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Así comienza “Usted no me lo va a creer”, libro de cuentos del querido y siempre recordado humorista rosarino Roberto Fontanarrosa, editado en 2003. Y así defendía en ese momento el derecho a expresarse de quienes, abocados al complejo arte de la escritura literaria, lo hacen visceralmente, desde las tripas, sin academicismos ni reglas, exponiendo sus ideas en ejercicio de la libertad a la que todo ser humano tiene derecho en el noble oficio de la creación.
Y esto viene a cuento de otro libro que acabo de leer en estos días: “Taller de corte y corrección”, editado en 1997, del escritor Marcelo Di Marco,a quien no tenía el gusto de haber leído con anterioridad. Tenía numerosas obras publicadas al momento de la edición, dice ser especialista en literatura fantástica y de horror,y su especialidad eran, o son diversos talleres literarios.
Exactamente la contraposición a lo que predicaba Fontanarrosa… En su libro Di Marco establece las formales reglas académicas a las cuales se debe atener todo pichón de escriba que desee trascender a la posteridad con sus textos. Reglas que van desde la puntuación hasta la sintaxis, pasando por toda una purga de adjetivos, proverbios, verbos, párrafos enteros y otras menudencias, quedando como resultado postrero un artículo híbrido, formal, correcto, exacto como flechazo de indio, blanco y aséptico, enjuagado con la lavandina que las circunstancias de la formal creación literaria provee en estos casos.
Para afirmar y validar sus conceptos se vale de numerosos ejemplos prácticos de escritores famosos, algunos de ellos traducidos del inglés, (lo cual automáticamente le quita validez, porque todos sabemos que hasta el más conspicuo autor extranjero pierde jirones de su obra por más exacta y perfecta sea la traducción). En cuanto a los otros, los hispanoparlantes, si escribieron lo que escribieron, es porque les brotó de su insuperable y maravillosa capacidad de crear la urdimbre de letras que formó la obra de cada uno, y no porque lo hicieron con un compendio bajo el brazo, como quien trata de arreglar una canilla con el “Manual del plomero” a mano.
En el medio quedan la inspiración, la espontaneidad, y muchas veces el talento de los aspirantes literarios, constreñidos a redactar sus textos según “las reglas”, so pena de ser exiliados del cenáculo de los dioses editorialistas por el pecado de querer ser ellos mismos… Casi nada!
No me imagino a Fontanarrosa o a Roberto Arlt concurriendo a uno de estos talleres para pulir su estilo o enriquecer su contexto… Arlt aprendió en la escuela de las redacciones de los diarios lo poco que necesitó para amasar su obra, y el querido rosarino lo hizo en la universidad de la calle. Las canchas de fútbol, los cafés, las esquinas de Rosario lo dotaron del material necesario, y el resto lo condimentó con el lenguaje popular de todo los días, el que se escucha en la calle y en la vida, al aire y al sol, y no en obscuros recintos aislados de toda realidad. Y como ellos muchos otros, en distintas épocas, con distintos orígenes y escuelas, pero todos iluminados por esa llama que se brinda a unos muy pocos… La del talento que conduce a la inmortalidad.
Esto no quiere decir que no sirvan los talleres literarios. Son útiles, en tanto y cuanto son útiles para aprender a redactar un poquito mejor que bien, algo que en estos tiempos está bastante descuidado. Basta con leer los textos subidos a Internet, ya sea en las redes sociales, en los blogs, o simplemente en los sms y mails que recibimos a diario para comprobar que ésto es irrefutable. Encontramos errores garrafales en diarios, avisos publicitarios, y hasta en los videograph de la televisión, donde se supone que deberían dictar cátedra de buen hablar y no confundirnos más de lo que ya estamos en asuntos de nuestra baqueteada lengua…
Todo aquel que desee hablar y escribir decentemente debería pasar por uno de esos talleres alguna vez. Pero de ahí a creer que en esos sitios le van a dar la llave mágica de la puerta que abre paso al talento y la fama… Craso error. Aunque llegue eventualmente a editar algún texto, éste no pasará de gozar de eterno reposo en un cajón o un estante en casa de sus familiares, y en el mejor de los casos acabará arrumbado en alguna librería de segunda mano. Si conocen algún caso que refute ésto, me retracto inmediatamente!
¿Y nosotros. los bloggers, (incluída desde luego quien suscribe) donde quedamos se preguntarán ustedes…?
Los habemos de todas clases. Talleristas y no talleristas, espontáneos o elaborados, pero todos bajo una misma bandera, la de los eternos desconocidos, los don nadie de la literatura “www”. Apenas “escribidores”. Una clase especial, y nada más.
En lo estrictamente personal, me enrolo plenamente en el axioma que predica Fontanarrosa. Como algún otro amigo cercano de esta comunidad escribo “visceralmente, o sea desde las tripas” (Ésto ya lo puse antes, no? pero me encanta la expresión!), como me salga y por donde salga, sin corregir demasiado, tal cual se pare un hijo: con sangre, sudor, mocos y lagrimas, pero sobre todo sin devolución posible. Y como a un humilde recién nacido, apenas lo envuelvo en pañales espumosos y le pongo un poquito de agua colonia, para que se vea bonito, y huela bien.
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19/10/2011 | Por penelope © | # Enlace permanente
En tres años y medio de transitar (virtualmente claro está) por esta plataforma fueron muchos los temas abordados en mi blog. Varios post fueron eliminados por ser meramente anécdoticos o intrascendentes, otros porque solo reproducían textos ajenos o carecían de valor literario, unos pocos fueron archivados en otro blog con un propósito que luego se frustró… Finalmente quedaron a la fecha 113 publicaciones, lo que no es poco para alguien que recién se iniciaba en ese momento en este sorprendente y no pocas veces accidentado oficio de blogger, hoy bastante devaluado por cierto.
Cada uno de estos temas tuvo su origen, su raíz. No fueron elegidos ni concebidos al azar; su motivación parte de vivencias, dolores, experiencias de vida, amores de toda índole, pasiones, insatisfacciones, frustraciones, sueños y porque no, alguna que otra alegría… Ya que es mucho mas fácil hacer lagrimear que reír al público lector. En el camino conocí gente nueva: algunos son hoy mis amigos, otros no hicieron méritos para merecerlo, pero en suma todos contribuyeron de una u otra forma a forjar en parte la personalidad de quien hoy les escribe.
De todos esos post algunos me son especialmente preferidos, ya por haber sido elaborados en determinadas circunstancias de la vida, o simplemente porque, redactados visceralmente y desde lo más íntimo de mi espíritu, representan esa parte más privada que tanto nos cuesta revelar.
Uno de ellos particularmente me llena de satisfacción, porque aborda una temática difícil de abordar como es la del erotismo, sin caer en lo chabacano o meramente pornográfico, dificultades que logré esquivar en su momento con bastante destreza a juzgar por el éxito obtenido en ese entonces.
Inspirado en un texto del poeta tunecino del siglo XVI, Cheikh Nefzaoui, relata el encuentro entre un pintor bohemio y una dama alegre de la noche…
Los árabes, como todas las culturas orientales, son especialistas altamente calificados en todo lo relacionado con el sexo y el erotismo, y en homenaje a esa delicadeza y poesía puestas al servicio de algo tan…humano, tan fisiológico, llevándolo a niveles casi celestiales, es que reproduzco hoy nuevamente estas líneas. De la serie denominada “Los Siete Pecados Capitales”, he aquí:
“LA LUJURIA”.

“La mujer es como una fruta que solo exhala su fragancia cuando la frotan con la mano. Toma por ejemplo, la albahaca: a menos que la calientes con los dedos no emite su perfume. ¿Y sabes por ejemplo, que al menos que el ámbar sea entibiado y manipulado no retiene su aroma?
Es igual con la mujer: si no la animas con las caricias y besos, con mordiscos en sus muslos y abrazos apretados, no obtendrás lo que deseas, no experimentarás placer cuando ella comparta tu diván, y ella no sentirá afecto por tí.”
“EL JARDÍN PERFUMADO” ( Cheikh Nefzaoui – Túnez, 1535)
Nos conocimos esa noche, en la azul grisácea frialdad de una calle cualquiera, húmeda y solitaria. Nos bastaron apenas cuatro palabras, una mirada, la llama de un fósforo, la espiral de humo del cigarrillo recién encendido, e inmediatamente supimos que no teníamos otro camino, ni otro destino…
Subimos aquella larga escalera besándonos de a ratos, acariciándonos frenéticos en cada descanso, tragándonos las palabras y transformándolas en gemidos, arrastrándonos casi hasta llegar a la puerta de tu cuarto, allí donde llenabas los minutos de la existencia recreando con tus pinceles ese mundo fantástico de sátiros maliciosos y ninfas desnudas que brotaban del seno de tu locura.
Todo parecía premeditado, perfecto, casi un escenario teatral… La tenue luz de las velas profusamente dsitribuídas, las dos copas a medio llenar del sanguíneo y denso licor destilado para incentivar nuestra pasión, la música sutil brotando de los muros, y aquel lecho inmenso, infinito, poblado de telas tenues como celajes, de sedas crujientes y perturbadoras, de almohadones profundos en abismos listos para recibir nuestros cuerpos sudorosos y estremecidos.
Rodamos enredados en nuestra propia carne, desnudos y palpitantes, deseando morir para no acabar, llorando y riendo como niños que descubren un nuevo y viejo juego, y fuimos lluvia, trueno, centella, exhalando con los cuerpos el aroma salvaje de flores desconocidas y antiguos olores guardados en cofres de nácar y oro…
Durante horas ejecutamos la danza ancestral de los amores compartidos, hasta que la claridad de ese inevitable amanecer aborrecido y execrado por generaciones de amantes nos sorprendió exhaustos, anestesiados por una superficial felicidad, tu mano sobre mi pecho, mis piernas entrelazadas a las tuyas, las almas anudadas en un beso postrero.
Supe en ese momento que como siempre, te había perdido antes de encontrarte, y sin esperar a que tus ojos terminaran de abrirse con la primera luz del día partí quedamente en silencio, dejando sobre la almohada una rosa arrancada al rosal de mi delirio, aquél que florece cada noche que me entrego a cualquiera en un absurdo juego del amor por el amor mismo, la locura infinita del erotismo y el goce de la lujuria como placer cotidiano, la devoradora venganza del sexo… Sin un antes y sin un después.
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21/09/2011 | Por penelope © | Claves: 1976, 2011, Madres | # Enlace permanente

Ella no tuvo la culpa. De arranque llegó al mundo con pocas chances; piba de barrio, o más bien dicho de arrabal, su horizonte no iba más allá de las charcas suburbanas y del negocio paterno, una de esas verdulerías chiquitas, de extramuros, con la cortina de tiras de hule y la mercadería en la vereda.
Todavía no había aprendido Rita a caminar y ya su madre la colocaba en un cajón de manzanas acolchonado con hojas de diario arriba del mostrador, a guisa de corralito y cuna. Allí balbuceó sus primeras palabras y se acostumbró al contacto con la gente, adquiriendo el particular vocabulario popular de los habitantes que por aquellos años colmaban esa zona fabril de Avellaneda.
Pasó como todos los chicos del lugar por la única escuela primaria que había en esa época en la zona, cumpliendo sin pena ni gloria el ciclo elemental, y luego, más que nada por la voluntad materna (el padre la quería en el negocio, no perdiendo el tiempo entre libros) siguió el secundario, por cierto a los ponchazos, ya que a los dieciséis años todavía cursaba el 2º año.
Ella quería ser peluquera, y no le cabía en la mente el como podían el teorema de Pitágoras o la orografía de Portugal ayudarle a poner una docena de ruleros o fabricar una buena permanente, así que vivía esquivándole el bulto al estudio, entre los rezongos maternos y una incipiente independencia callejera que le daba libertad para ciertos actos nada recomendables para una chiquilina de su edad.
En ésas andaba cuando lo conoció al Polo, Leopoldo Arizábal para más datos… Sin oficio conocido, seis años mayor que ella, estudiante crónico de alguna carrera “rara” de las que se cursaban por aquel entonces en Filosofía y Letras,y por supuesto, militante.
Había frente a la plaza del barrio un localcito chico, en realidad un garage que la viuda de Gauna alquilaba por unos pesos para engordar la magra pensión estatal. Un cartel blanco con el escudo peronista colgaba al frente, y abajo unas desparejas letras negras rezaban: “Juventud Peronista Revolucionaria, Unidad Básica, circunscripción 15”. Ahí se lo podía encontrar al Polo Arizábal todo el día, entre mate,asado, vino tinto y bizcochos de grasa, rodeado de algunos compinches más o menos de su edad y condición, discurriendo doctrinas que ellos denominaban “de avanzada”, leyendo cuanta literatura “ad hoc” les caía en las manos, y naturalmente tratando de hacer proselitismo a troche y moche entre la juventud de la zona, convencidos de ser los “illuminati” destinados a reformar la vida política y social del país, el continente, el mundo y galaxias circundantes.
Allí aterrizó la Rita en función de vagón de cola del Polo, y poco a poco y a fuerza de escuchar las prédicas del susodicho comenzó a adherir con toda su alma a las mismas, desterrando a las nubes de Úbeda el proyecto de la peluquería propia, el estudio, el mostrador de la verdulería paterna y todo lo que tuviera que ver con la vida “burguesa” y acomodada que había llevado hasta entonces.
Así andaban las cosas hasta que llegó aquella noche… Primavera del 76, el aire tibio y el anticipo de las madrugadas cada vez más tempranas demoraban a la muchachada revolucionaria en el pequeño local, entre discursos fervorosos, manifiestos ardientes, risotadas y puñetazos sobre la mesa, cuando un tumulto confuso de frenadas, gritos y golpes interumpió abruptamente la reunión… Tres Ford Falcón y dos camionetas cerradas se detuvieron bruscamente frente a la casa de la viuda de Gauna, descendiendo de los vehículos un grupo de hombres fuertemente armados y vestidos de civil. Como hacía calor los muchachos habían dejado el portón abierto de par en par, amparados en la tranquilidad de la barriada y la paciencia de los vecinos, muchos de cuyos hijos eran ya habitués a esas reuniones. De modo que los desconocidos invasores no tuvieron dificultad en irrumpir violentamente, golpeando, destruyéndolo todo, y reduciendo rápidamente a la concurrencia entre amenazas, gritos e insultos del peor calibre.
Cayó en la volteada la Rita, amañada como siempre al Polo… Algún vecino, desvelado por el bochinche y oculto tras las persianas en la penumbra, contaría después como los habían subido a todos a las camionetas, las manos amarradas a la espalda, muchos de ellos a la rastra, sangrando y con marcas de golpes en el cuerpo.
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Han pasado treinta y cinco años… Treinta y cuatro de ellos la madre de Rita ha caminado religiosamente todas las semanas la ronda de las Madres en Plaza de Mayo, rogando más que exigiendo por esa hija díscola, soñadora, culpable e ilusa junto con su pareja y amigos de haber creído que se podía soñar con una vida y un país mejores, aunque fuera a los tiros y volteándolo todo del revés.
Cuando vuelve a su casa doña Matilde se queda largo rato mirando lo único que le queda de la Rita (todo lo demás, hasta las bombachas, se lo llevaron cuando le allanaron la casa…) Esa foto, pequeña, ajada ya por el manoseo, la que le tomaron el día que cumplía los quince en el fondo de la casa mientras preparaban la fiesta, y que le alcanzara un día la madre del Polo. La había encontrado de casualidad, quién sabe en que recoveco de la pieza de su hijo, y ahí estaba, mudo y casual testimonio de que alguna vez había existido una muchacha de barrio llamada Rita… La Rita de Avellaneda.
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06/09/2011 | Por penelope © | Claves: Candela Rodríguez, Fernanda Aguirre, Martita Stutz, Sofía Herrera | # Enlace permanente
La reciente desaparición y posterior hallazgo de la pequeña Candela Rodríguez, la trágica y obscura trama que rodeó a este hecho y todo el suceso en sí que terminó del modo que menos hubiéramos deseado removió en mi memoria hechos semejantes que, por una atroz casualidad (o no…) desarrollaron similares características y conmovieron en su momento a la opinión pública.
A modo de demostración, para probar que no hay nada nuevo bajo el sol, y que estamos muy lejos, a pesar del tiempo transcurrido, de lograr soluciones y resultados positivos en estos casos de desaparición, éstos son… Juzguen ustedes.
1ª Historia: MARTA OFELIA STUTZ

Las once y cuarto de la mañana del sábado 19 de noviembre de 1938.
-Mamita, ¿me das veinte centavos para comprar el Billiken? -preguntó Marta Ofelia.
-Sí Martita, acá tenés. Tené cuidado al cruzar la calle.
Martita Stutz vivía en la ciudad de Córdoba, más exactamente en barrio San Martín. Corrían los tiempos de la gobernación de don Amadeo Sabattini, radical neto, y la urbe mediterránea, lejos de la agitación actual, mantenía esa serenidad provinciana entreverada con resabios de una cultura colonial que se resistía a desaparecer.
Ese día al niña salió de su casa, solo tenía que recorrer unas pocas cuadras hasta el kiosco de revistas, trayecto que por otra parte conocía muy bien…
Jamás regresó. La historia de su desaparición, las denuncias, el proceso, toda la confusión y el desorden que rodearon a la investigación se pueden leer en detalle entrando al siguiente link:
http://principiodeidentidad.blogspot.com/2008/11/la-desaparicin-de-marta-stutz.html
Fué uno de los caso mas resonantes de secuestro y desaparición de un niño en aquellos tiempos, donde toda una ciudad del interior se vió conmovida por un suceso que salía de todo lo previsto en el orden delictual, sobre todo porque la pequeña Martita jamás volvió a aparecer, ni muerta ni viva… Con ella pareció iniciarse una sucesión de delitos semejantes que evidentemente al día de hoy siguen en plena vigencia.
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2ª Historia. FERNANDA AGUIRRE

“Fernanda Aguirre, de 13 años de edad, fue secuestrada, el 25 de julio de 2004 en la Provincia de Entre Ríos, cuando regresaba caminando a su casa desde el puesto de flores que sus padres tienen en las inmediaciones del cementerio de San Benito.
Su madre María Inés Cabrol, y toda su familia y vecinos la buscaron desde el primer día con desesperación.
Su familia recibió llamadas extorsivas y pagó en el Puente de Hierro, uno de los accesos a la capital entrerriana, 2.000 pesos por su liberación. Pero Fernanda nunca regresó.
Se desestimaron pruebas fundamentales. La principal hipótesis de los investigadores es que la niña fue capturada por Miguel Ángel Lencina, quien ese día gozaba de una libertad transitoria otorgada por la Justicia de Paraná, a pesar de que estaba condenado a 20 años de prisión por el asesinato de dos mujeres
Lencina fue detenido en agosto de 2004 y pocos días después apareció ahorcado en la celda de la comisaría Quinta de Paraná, donde permanecía alojado. Mirta Chávez, su esposa, fue condenada como coautora del hecho. En tanto un hombre que fue juzgado como partícipe del secuestro fue absuelto por la Justicia. Su nombre es Raúl Monzón, primo de Lencina.”
Fuente de información:
notiSignos
Blog de noticias de Signos del Topo (creaciones / críticas / culturas) – Buenos Aires – Argentina.
http://notisignos.blogspot.com/2010/09/fernanda-aguirre-secuestrada-25-julio.html
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3ª Historia: SOFÍA HERRERA

“Sofía tenía cuatro años de edad cuando desapareció de la vista de sus padres María Elena Delgado y Fabián Herrera el 28 de septiembre de 2008, en el camping John Goodall, a 60 kilómetros de Río Grande, a donde la familia había ido a pasar el fin de semana con amigos.
En pocas horas la alarma desató un gran operativo de búsqueda de la policía fueguina, Prefectura Naval -el camping está cerca del océano Atlántico- y Gendarmería Nacional, a las que se sumaron fuerzas militares, policías de otras provincias, de Chile, e incluso investigadores del FBI.
La causa judicial está desde el inicio a cargo del juez de instrucción penal Eduardo López -fiscal Guillermo Garone-, quien en principio ordenó detener al cuidador del camping, Alberto Urrutia (73), por sospechas de que podría haberla secuestrado, aunque luego lo liberó por “falta de mérito”.
Una investigación de Radio Fueguina, de Río Grande, recabó datos sorprendentes de una investigación que está entre las más intensivas encaradas en el país: entre otros números, se recorrieron 2.900 kilómetros a pie o a caballo, y otros 100.900 en vehículos, en un minucioso rastrillaje en toda la provincia.
La investigación periodística revela también que sólo en el primer mes de búsqueda hubo 53.146 cruces telefónicos y 69.000 vehículos requisados íntegramente; y que hubo 28 allanamientos de viviendas o edificios en un sólo día.
Entre otros datos curiosos, la causa llevó a detectar en toda la provincia a 19 ciudadanos titulares de un VW Gol gris, quienes además poseen un perro boxer, porque esa fue la característica señalada por un niño que aseguró haber visto cómo un hombre alzó a Sofía y se la llevó en un auto.
Sin embargo, para la madre, hoy “es un día más de angustia, no tenemos nada”. “Mi marido estuvo en Bolivia, Perú difundiendo la foto de Sofía, se está haciendo la web también. Ahora nos queda esperar”, señaló en declaraciones radiales.
“No hay absolutamente nada, no hay una sola pista. Hoy el teléfono ya no suena. Al principio, hubo llamados bienintencionados, malintencionados”, agregó al referirse al proceso de investigación y reconoció: “Seguramente algo falló, si se hubiera hecho todo bien mi hija estaría acá. De todos los rastrillajes que se hicieron algo falló”.
Fuente de información:
AMBITO.COM
http://www.ambito.com/noticia.asp?id=545253&seccion=Informaci%F3n%20General&fecha=28/09/2010
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Hasta aquí las historias, la información sucinta de tres casos reales. Tres ubicaciones geográficas dentro del territorio argentino pero distantes entre sí, tres fechas diferentes, una en la primera mitad del siglo pasado, las otras dos dentro de la primera década del presente, pero todas con un denominador común: sus protagonistas, y su hasta hoy trágico y desconocido paradero.
No sucedió lo mismo con Candela Rodríguez, quien fue encontrada muerta a los pocos días, pero este hecho no hace al resultado final que parece siempre desembocar en lo mismo: confusión, caos, impericia judicial y policial, chicanas políticas, el canibalismo de los medios de comunicación y la histeria pública combinados para enturbiar y finalmente distorsionar el resultado final, dejando a las víctimas, reales, últimas y legítimas destinatarias de justicia, en la eterna nebulosa de un limbo de donde evidentemente ya nunca se las podrá rescatar.
No tanto para polemizar, como para informarse, y reflexionar…
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24/08/2011 | Por penelope © | Claves: ciruelas, Penelope©, recuerdos, verano | # Enlace permanente

Muere el verano,y sobre la mesa el último plato de ciruelas descansa,sabiendo que hasta el otro año no volveremos a morder la jugosa y morada miel que de ellas mana.
Con la madrugada partiremos…Hace frío a pesar del almanaque,y mi madre clausura las ventanas,que ya no se abrirán hasta que vuelvan a sonar las campanas de la próxima Nochebuena.
Casa de verano,querida y recordada,con su jazmín de leche derramado sobre mi ventana! Que solos se quedan los ciruelos,que desnudos estarán cuando el invierno arroje su torrente de nieve sobre ellos!
La noche es fría,como fría la luna que alumbra el camino…Partimos,y atrás queda el chalet solitario y mustio,como reprochándonos el abandono.
Sobre mi falda de niña reposa el ultimo plato de ciruelas,y su aroma penetrante y agridulce se graba en mi memoria para perfumar el recuerdo de aquellos veranos de la infancia en la quinta de los ciruelos.
Ya no volveré… Solo me quedan estas palabras, y nada más.

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13/08/2011 | Por penelope © | Claves: Entre Ríos, Islas Lechiguanas, policial, surubí | # Enlace permanente

Eduardo Grande… Así llamaban al alemán los isleños del arroyo Martínez, para diferenciarlo del hijo al que habían bautizado como Eduardo Chico, y porque el apellido del viejo era impronunciable para la paisanada, acostumbrados al patronímico ítalo-hispano imperante en esa zona de Las Lechiguanas.
Abundaban los Villarreal, los Montes, los Sosa, había una familia Mazzuchieli que tenía chacra y monte de álamos, y luego estaba don Bairolatti, el dueño de las lanchas colectivas, pero nadie portaba semejante apelativo germánico, más parecido a un escopetazo que a un nombre de cristiano, así que habían zanjado la cuestión agregándoles los respectivos adjetivos.
Los vecinos mas antiguos recordaban que don Eduardo había llegado a las islas allá por 1921 o 22 aproximadamente. Por unos pocos pesos, ahorrados trabajosamente tras diecisiete años de inmigrante forzoso, había comprado la plantación de sauces del finado Benito Reynoso. En esa época la madera de sauces era muy cotizada para la fabricación de los clasicos cajones de fruta, y allí apuntaba el alemán, creído una vez más en el mito que en esta tierra de salvajes uno sembraba arena y crecía oro.
Junto con la propiedad venía incluída en el paquete la viuda del Benito, en realidad viuda no oficial, porque al difunto se le había pasado por alto lo del Registro Civil, el cura y demás accesorios, y allí estaba la Rosalía, sin edad predecible, mujer de muchos hombres, mitad india y mitad criolla, con cinco hijos machitos de padres distintos colgados de las polleras, hosca, huraña, las mechas de azabache puro atadas en un rodete tirante, la mirada perdida vaya a saber en que lejanías, parada en la puerta del rancho esperando con sumisa resignación al próximo patrón para calentarle la comida en el día y el catre en la noche, como había venido haciendo desde que tenía memoria con todos los que le habían arrimado más o menos de prepotencia una palabra de cariño o una urgencia más física que espiritual.
Al Eduardo Chico se lo veía poco. Vivía en Buenos Aires con Anna, su madre, estudiaba en la Universidad y últimamente se decía que hasta tenía novia. En el verano subía a las islas, y pasaba los tres meses con el viejo, rito que venía cumpliendo desde que tenía doce años y sus padres habían separado caminos para seguir cada uno por su lado.
Y fué en una de esas vacaciones cuando aconteció el sucedido que aquí se relata…
La Rosalía era mujer de ley, y desde que formara yunta con don Eduardo no había faltado un solo día a todos los deberes impuestos por las circunstancias. Hasta le había dado una hija, la Lucía, primera hembrita (y última) en la camada, mientras los muchachos más grandes, ya mozos, habían pasado a engrosar la escasa tropa de peones que el alemán empleaba en la isla.
Lavaba, cocinaba, cuidaba del gallinero, mantenía en orden la ranchada, le peleaba a las crecidas inesperadas del arroyo, y cuando no tenía más tarea se la veía sentada a la sombra de la enramada en verano, o en la tenue penumbra invernal de la cocina cosiendo alguna camisa, remendando un pantalón o bordando las alpargatas nuevas del patrón, totalmente ausente de toda otra comunicación que no fuera la que mantenía con sus propios pensamientos.
Había llegado ese año a la isla un forastero, Alicio Quiróz, correntino, decían las malas lenguas que mozo taimado, cuchillero y mal entretenido, más amigo de los naipes y la bebida que del hacha y el machete… Pasaba las horas rondando boliches y canchas de bochas, y sea por capricho, por necesidad de pelearle a alguien de mucho respeto, o simplemente por no tener otra cosa que hacer dió en arrastrarle el ala a la Rosalía, pese a ser ya grande y no demasiado agraciada, habida cuenta que las demás mujeres de Paranacito y aledaños ya le habían dado el esquinazo, anoticiadas de la mala fama del galán.
Las contadas veces que la pobre bajaba a la villa por compras, o para llevar a alguno de los mas chicos al dispensario, se le aparecía como por arte de magia el muy ladino, siempre de negro, el chambergo requintado, las crines largas y renegridas, mascando al desgaire un palito, la palabra fácil endulzándole el oído con algún piropo atrevido… Rosalía disparaba, se le hacía humo, pero cuanto más se alejaba la prenda mas empecinamiento ponía.
Envalentonado,un día se le había aparecido de golpe en la ranchada del alemán, aprovechando que éste andaba por el Uruguay con su lancha pescando, era temporada de surubí y no se podía desaprovechar. De no ser porque ese día estaba en las casas el Eduardo Chico, Crespín,el hijo mayor, y dos de los peones mas viejos que lo corrieron a planazo limpio, la Rosalía lo hubiera pasado muy mal…
Despechado, el muy desgraciado dió entonces por alardear en cuanto lugar quisieran escucharlo de lo fácil que le iba a resultar esa conquista, habida cuenta de los antecedentes de la nombrada, de la seguridad que tenía que al viejo “ya no se le paraba ni pa’ miar…” y hasta prometía regalarle un guachito al gringo “pa’ que completara la colección!” decía.
Se caía de maduro que el Eduardo Grande tarde o temprano se iba a enterar… (Hay que señalar que el hombre no salía dos pasos más allá de su propiedad sin calzar en el hombro la vieja carabina con la que había abatido más de un ciervo de los pantanos cuando recién había llegado a las islas.)
La gente del lugar presentía mal final al asunto, y hasta el comisario Gollán, de ordinario hombre tranquilo y hasta despreocupado de sus funciones, había empezado a parar las antenas y masticaba la posibilidad de darle un sermón de advertencia al alemán antes que la cosa se saliera de madre y terminara desgraciándose alguien.
Y se enteró nomás… Una noche que el Alicio, entonado con dos ginebras de más descargaba en el mostrador del boliche su habitual monserga de fanfarronería sexual, tuvo la mala pata de no presentir más que ver al alemán, parado en el vano de la puerta y escuchando todo, ante el azoramiento de los parroquianos, algunos de los cuales se precipitaron inmediatamente en una retirada prudente en previsión del bochinche inminente.
El viejo, como si nada… Entró pausado, hosco como siempre, se dirigió al bolichero y tras intercambiar con éste algunas palabras en voz baja emprendió la retirada, indiferente a la mirada desafiante del correntino, en medio de un silencio tan espeso y compacto que se podía cortar con el facón que el imprudente mozo calzaba a sus espaldas.
Durante dos días el incidente no pasó de ser un chimento más en el devenir cotidiano de los isleños, pero al tercero la cosa cambió…
Como a la diez de la mañana más o menos entró a las disparadas en la comisaría Avelino Felices, botero y pescador, agitado, tartamudeando y asustado como chico que ha visto al cuco:
- Don Gollán, comisario, comisario…!!!!!
El milico, apoltronado con el mate en la mano, de gran charla con el agente de turno, se enderezó de golpe… El olfato de perdiguero viejo le decía que el incidente de las otras noches traía consecuencias. Que otra cosa podía ser sino?
- A ver,che, sosegate… Tomá un mate y largá el rollo.Que t’ianda aconteciendo?
- Vea don Gollán, mire lo que m’ia pasao!!!! Venía de cruzarla a la máistra de la escuela para el lao de Paranacito, y cuando estaba por subir de nuevo al bote y largarme para esta orilla, no viene y se me dispara el cuzco, usté sabe que el Batata no se me despega ni que venga tormenta de las bravas…
Paciente, el comisario le dió una chupada a al bombilla:
- Y de ahi…? Abreviando che… Que más?
- El dijunto don Gollán, el dijunto!!! Que el Batata se me perdió entre los yuyos de la costa, y siguiéndolo lo encuentro gruñendo y con lo pelos paraos, y al mozo ése, el Alicio, el correntino, mas finao que surubí a la parrilla, boca abajo entre el barro y los juncales, pura sangre en la jeta, justito ahí donde el arroyo se junta con el canal que bordea el sauzal del alemán… A ése lo disgraciaron seguro de amanecida, de no los perros hubieran alborotado en la noche!!
Ni hablar el alboroto que se armó en las islas… para el mediodía todo el mundo había largado lo que estaba haciendo, y los corrillos se sucedían en todas partes, comentando y haciendo conjeturas de las más diversas sobre el suceso.
El comisario no tenía dudas… Pero tampoco pruebas, y no las iba a buscar. Entre la vida de un forastero vago, desconocido, mal llevado y cuchillero, y la de un antiguo vecino, honesto, trabajador, buen amigo, jefe de familia propia y ajena, que nunca había molestado a nadie ni causado bochinche alguno en tantos años, elegía a este último sin duda…
La investigación duró menos que una misa. Al Alicio le habían borrado la cara de un escopetazo, y en aquellos tiempos todo el mundo andaba calzado con arma larga cuando entraba al monte… Andar chequeando cada carabina, cada escopeta del pueblo y alrededores era cosa de locos, que lo hicieran los porteños vaya y pase, pero ésto era el arroyo Martínez, que embromar!
La única pista era un alpargata blanca con una flor azul bordada en el empeine. Medio enterrada en el barro la había encontrado un oficial de Prefectura que había venido para ayudar en el asunto, y Gollán la desestimó enseguida… Muchos mozos usaban alpargata bordada, y sabían andar por el monte de caza o de pesca… Quién podía afirmar con seguridad a quién pertenecía?
El juez de Paranacito, acostumbrado a litigios de cuchillo y muertes por honor, y más ocupado en asuntos de la política local que en administrar justicia liquidó el asunto de dos plumazos, sello y firma:
“Muerte por arma de fuego de origen desconocido, no hallándose pruebas que señalen a vecino alguno como autor de la misma, se cierra la causa disponiendo se entregue el cadaver a algún familiar reclamante, caso contrario se dispondrá su inhumación en el cementerio local, con cargo del sepelio al Municipio correpondiente.”
Nadie pidió por el finado, y en cajón de pino cepillado fue a dar con sus huesos en un rincón al fondo de la necrópolis isleña, adonde la creciente cada tanto removía los féretros y los hacía navegar arroyo abajo rumbo al río Uruguay, remedando involuntariamente antiguos ritos paganos de inhumación.
Siete años después del suceso le tocó el turno al Eduardo Grande de aposentarse en el cementerio, pero no el de la isla, sino en la Chacarita, en Buenos Aires. Había bajado a la capital para operarse de la próstata, tenía 82 años. Salió bien del trance, y a los dos días se bajó de la cama y se puso a bailar para demostrarle a los otros pacientes de la sala lo bien que estaba. Una hemorragia interna se lo llevó en unas horas, y el hijo consideró mas cómodo inhumarlo en el cementerio Alemán que andar trasladando los restos de vuelta a Entre Ríos. Con su desaparición quedaba liquidado definitivamente el misterio de aquel asesinato, el del correntino provocador y cuchillero que había terminado sus días bebiendo su propia sangre entre los juncales de las islas, ahí nomás cerquita del río Uruguay…
Dias después de su muerte Eduardo Chico viajó a las islas para liquidar los asuntos del viejo. La isla con plantación incluída se la cedía a la Rosalía y a su media hermana, y de las pocas pertenenencias personales guardadas en un antiguo baúl solo retiró algunos papeles y fotografías, el resto que las mujeres hicieran lo que creyeran mas conveniente. Entre las prendas de ropa, lavadas, remendadas y prolijamente dobladas había una alpargata, solitaria, blanca y con una flor azul bordada en el empeine…
Cuando alguien le preguntaba al comisario Gollán si había interrogado alguna vez al alemán sobre su paradero la madrugada del crimen siempre daba la misma respuesta en tono socarrón:
- No estaba en su casa… Había salido de madrugada a poner los espineles, andaba pescando surubises… Surubí e’ melena larga agarró!
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29/06/2011 | Por penelope © | Claves: astronauta, futuro, hijo, mujer, nacimiento, Stanley Kubrick, universo | # Enlace permanente

Imagen: 2001,A Space Odyssey – Directed by Stanley Kubrick (1968)
Se revolvió con suavidad en su habitáculo…No es que estuviera incómodo,pero ésto de estar cabeza abajo permanentemente no lo convencía; pero así lo habían dispuesto,y debía obedecer…
Abrió un ojo,luego el otro,se desperezó muy lentamente,sacudió los brazos;tenía la sensación que el espacio circundante se había achicado…O era él que había engordado en estos largos meses de encierro?
Por cierto,tenía hambre. El largo tubo que le proveía de alimento parecía agotar por momentos su función,y una mariposa gigante empezaba a agitarse en su estómago…Nervioso llevó el puño cerrado a la boca. Magro consuelo! Una bocanada de turbio líquido invadió su garganta,y tuvo que toser y escupir para recuperar el equilibrio.
Estaba concentrado en estos menesteres cuando algo llamó su atención…En medio de la penumbra rosada del estrecho espacio que lo contenía creyó vislumbrar un destello de luz,algo que desde su cabeza estallaba hacia los pies.Quizás era solo una ilusión,el efecto del hambre…Casi al mismo tiempo un estremecimiento,como la remezón de un terremoto lo sacudió; se removió inquieto,fastidiado,¿qué estaba pasando?! Otra vez la luz,y otra,y otra…Los sacudones se intensificaban,cada vez mas frecuentes. Alarmado,intentó cambiar de posición pero no tuvo tiempo;como si se hubiese abierto una compuerta al vacío comenzó a deslizarse irremediablemente,siempre cabeza abajo…Algo lo succionaba,y el espacio se iba achicando,lo comprimía, y cada compresión lo desbarrancaba más y más hacia la nada,hacia ese desconocido,infinito y temido espacio exterior.
Sintió que se asfixiaba…Algo duro,como una gigantesca tenaza comenzó a comprimirle la cabeza,y el miedo lo invadió hasta los huesos; la luz,cada vez más intensa lo cegaba,y se sintió perdido,aterrorizado por el dolor,por la inminencia de algo que estaba por suceder,una angustia inexplicable que lo oprimía tanto como el estremecido entorno.
Y entonces sucedió.Fué un estallido,la explosión de todas las vidas y todos los universos al mismo tiempo,el desgarramiento de sí mismo…Náufrago de un naufragio mil veces repetido,cerró los ojos,inspiró con toda la fuerza que sus pulmones le permitían,y abriendo la boca exhaló ese grito,único e irrepetible, en el que se comprimió el total de las voces conocidas,las del pasado y las del presente,voces de las galaxias y voces de la tierra,el sonido perfecto y el canto de los ángeles,el rumor del amor y y el himno a la creación.
(¡Mujer, tu hijo acaba de nacer!)
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20/06/2011 | Por penelope © | Claves: Adán, hombre, hormonas.andropausia, mujer, sexo, sor juana inés de la cruz | # Enlace permanente
“Sabe Dios por que misteriosa acción de la Naturaleza se determina en algún momento de la división celular embrionaria el reparto de cromosomas, pero una cosa es por cierto bien segura: sin nosotras ellos no podrían existir (no se valen cigüeñas ni repollos) y nosotras sin ellos tampoco (¿quien sino cambiaría el cuerito de la canilla o el neumático desinflado?)”
“CATECISMO DE LOS SEXOS” – Santa Penélope de los Santos Dolores (de cabeza)
Argentina, beata y mártir, pero no virgen… (se ignora fecha de nacimiento).

“Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis:
si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal? ”
Sor Juana Inés de la Cruz, (Nepantla, 12 de noviembre de 1651-Ciudad de México, 17 de abril de 1695)
Linda manera de expresarse, sobre todo si tenemos en cuenta que quien escribió estas estrofas era monja, para colmo mexicana, y en pleno siglo XVII! En todas partes se cuecen habas, y ya en aquella época parece que el sexo masculino estaba en el banquillo de los acusados, listo para ser destripado por una horda de furibundas damas cansadas de ser el último orejón en el tarro de esta bendita humanidad.
Lo cierto es que nada mejor como preámbulo a la segunda parte sobre los avatares de los descendientes de Adán y Eva que el célebre poema de la rebelde religiosa, quien se autodenominaba “yo, la peor de todas”, una premonitoria definición que recaería a través de los siglos sobre las cabezas de todas las generaciones de sufridas féminas vivientes.
Pero no es sobre nosotras que quiero hablar hoy, sino sobre “ELLOS”…
Ahhhh, ellos, hombres necios!! Llegan a este mundo con un pan bajo el brazo, y una coronita en la testa. Así como el padre se despachó con un resignado “es nena…” cuando le nació la mujercita, la llegada del ansiado vástago varón le provoca una euforia solo comparable a la que le genera el fútbol cada vez que su equipo gana un campeonato (lo cual no suele suceder muy a menudo…). Sale a los saltos aullando como un lobo en celo, se abraza hasta con el vigilante de la esquina, y al día siguiente da cátedra en cuanto lugar se encuentre con más de dos congéneres masculinos sobre “como se hace para fabricar un varón, pregunten que yo tengo la receta!”.
Total, que el pequeño engendro, que llegó como nosotras a este mundo desnudo y gritando (cosa que TAMBIÉN seguirá haciendo en diversos momentos de su existencia), viene (en desmedro y para perjuicio de las representantes del sexo opuesto) provisto de un aditamento extra, algo que va a regir absolutamente y en definitiva el resto de su vida, más que la religión, la raza y cualquier otro factor a posteriori: “ESO”. Pitulín, manguerita, chizito, como quieran llamarle caritativamente la mamá y las tías cuando la hermanita pregunta “¿que es eso?, por lo pronto solo le sirve para regar fastidiosamente al prójimo cuando le cambian el pañal. Pero aay! Cuando el tierno infante comienza a madurar sus reflejos y coordinar el movimiento de los bracitos, un día comienza la self-exploration, descubre “eso” ahí abajo, y se empieza a tocar… Parece que le gusta, porque haciendo caso omiso a las prevenciones maternas y a la canción de Serrat, se sigue tocando, y convengamos chicas, lo va a seguir haciendo por el resto de su conflictuada vida…
Pasan los años, pasa la infancia, y la manguerita, por esas cosas inevitables de la biología, evoluciona, y se transforma en una traviesa lombricita lista para asomar su cabeza al misterioso universo femenino, hasta entonces terreno vedado.
Y allá va, de travesura en travesura… Pero no anda sola: como buena artista que es, la siguen sus productoras y guardaespaldas, popularmente conocidas como “las compañeras”. Este inefable trío, con vida independiente y criterio propio, será quien rija en definitiva cada acto en la existencia del varoncito devenido por obra del almanaque en eso que conocemos como “el gran macho argentino, salud!” (Para lectoras del extranjero, cambiar la nacionalidad por la que más le apetezca).
De ahí en más, sálvese quien pueda… Hombres, al poder!
Pero… Siempre hay un pero. ¿Cual puede ser la principal preocupación, la inquietud de susodicho macho, todopoderoso, implacable, rey de la jungla contemporánea, dueño de la verdad y de cuanto camine o se arrastre por el planeta? Los conflictos mundiales, la crisis económica, o la insoportable levedad del ser?
No señora, ni modo… En sucesiva continuidad y en forma aleatoria dos items ocupan durante el 99.9% del tiempo disponible el cerebro (y otras partes…) del espécimen masculino: el sexo, y el fútbol. De éste último no vamos a hablar, ya nos saturan todos los días desde los medios,suficiente.
Pero lo otro…Ahhh, lo otro! La lombriz traviesa, las compañeras y su producto hormonal, y todo lo que de ellas se nutre, rigen no solo la vida del hombre en sí, sino que en su nombre y para satisfacción de los muy cachondos se creado toda una industria que abarca productos tan disímiles como los teatros de revistas, las muñecas inflables, los almanaques de gomería, las chicas y chicos de “vida aireada” (O “airada”? Ma sí, ustedes saben a lo que me refiero…)hasta llegar a la más reciente invención, el Viagra.
De este modo pasan nuestros caballeros andantes por esta vida, obsesionados y afligidos permanentemente por la inquieta bicha, dominados por la continua preocupación acerca de su actividad y funcionamiento, acatando sus mandatos a rajatabla y observando con creciente preocupación como la edad, el estrés, la falta de uso y otras yerbas van disminuyendo in crescendo su utilidad, lo cual adquiere en la mayoría de los casos visos de verdadera tragedia shakesperiana (¿To be or not to be?), solo que en vez de la célebre calavera de Hamlet otro es el despojo que sostienen en sus manos.
Y no paran ahí, porque cuando ya se están resignando a la inevitable jubilación de la parte mas importante de su cuerpo, aparece una bruja, doña Próstata, y con una maldición bien administrada borra de un plumazo los últimos vestigios de la alicaída dignidad masculina.
Así, de la mano de este inevitable decaimiento conocido popularmente entre la mujeres de mi familia (o sea mi hija y yo) como la “pitopausia”, contemporánea y acompañante ineludible de la menopausia femenina, allá van “ELLOS” también, sufridos beduinos sobre el lomo de no menos sufridos camellos, peregrinos de la misma caravana en el desierto, con su propia carga de penurias y virtudes… Pobrecitos ellos los hombres, mártires de la humanidad!
Chicos, hombrecitos queridos, no se enojen… Todo ésto es verdad, pero como lo anterior, tomado con humor y santa resignación, que para eso somos humanos y no divinos. Y porque reírnos de nosotros mismos forma parte de un buen humor que puede ser aprovechado como eficiente terapia contra la malaria reinante en estos tiempos revueltos que nos tocan vivir. O no?
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