DE ESCRITORES, ESCRIBIDORES Y ESCRIBAS

INODOROPEREIRA

Puto el que lee”
Nunca encontré una frase mejor para comenzar un relato. Nunca, lo juro por mi madre que se caiga muerta. Y no la escribió Joyce, ni Faulkner, Ni Jean Paul Sartre, ni Tennessee Williams, ni el pelotudo de Góngora.
Lo leí en una estación de servicio de la ruta. Eso es literatura. Eso es desafiar al lector y comprometerlo. Si el tipo que escribió eso, seguramente mientras cagaba, con un cortaplumas sobre la puerta del baño, hubiera decidido continuar con su relato, ahí me hubiera tenido a mí como lector consecuente. Eso es un escritor. Pum y a la cabeza. Palo y a la bolsa. El tipo no era, por cierto, un genuflexo dulzón ni un demagogo. “Puto el que lee ésto”, y a otra cosa. Si te gusta bien y si no también, a otra cosa mariposa. Hcete cargo y si no, jodete. . Hablan de aquel famoso comienzo de “Cien años de soledad”, la novelita rococó del gran Gabo. “muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento…” Mierda. Mierda pura. Ésto que yo cuento, que encontré en un baño público, es muy superior y no pertenece seguramente a nadie salido de un taller literario o de un cenáculo de escritores pajeros que se la pasan hablando de Ross Macdonald.
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Así comienza “Usted no me lo va a creer”, libro de cuentos del querido y siempre recordado humorista rosarino Roberto Fontanarrosa, editado en 2003. Y así defendía en ese momento el derecho a expresarse de quienes, abocados al complejo arte de la escritura literaria, lo hacen visceralmente, desde las tripas, sin academicismos ni reglas, exponiendo sus ideas en ejercicio de la libertad a la que todo ser humano tiene derecho en el noble oficio de la creación.

Y esto viene a cuento de otro libro que acabo de leer en estos días: “Taller de corte y corrección”, editado en 1997, del escritor Marcelo Di Marco,a quien no tenía el gusto de haber leído con anterioridad. Tenía numerosas obras publicadas al momento de la edición, dice ser especialista en literatura fantástica y de horror,y su especialidad eran, o son diversos talleres literarios.
Exactamente la contraposición a lo que predicaba Fontanarrosa… En su libro Di Marco establece las formales reglas académicas a las cuales se debe atener todo pichón de escriba que desee trascender a la posteridad con sus textos. Reglas que van desde la puntuación hasta la sintaxis, pasando por toda una purga de adjetivos, proverbios, verbos, párrafos enteros y otras menudencias, quedando como resultado postrero un artículo híbrido, formal, correcto, exacto como flechazo de indio, blanco y aséptico, enjuagado con la lavandina que las circunstancias de la formal creación literaria provee en estos casos.
Para afirmar y validar sus conceptos se vale de numerosos ejemplos prácticos de escritores famosos, algunos de ellos traducidos del inglés, (lo cual automáticamente le quita validez, porque todos sabemos que hasta el más conspicuo autor extranjero pierde jirones de su obra por más exacta y perfecta sea la traducción). En cuanto a los otros, los hispanoparlantes, si escribieron lo que escribieron, es porque les brotó de su insuperable y maravillosa capacidad de crear la urdimbre de letras que formó la obra de cada uno, y no porque lo hicieron con un compendio bajo el brazo, como quien trata de arreglar una canilla con el “Manual del plomero” a mano.
En el medio quedan la inspiración, la espontaneidad, y muchas veces el talento de los aspirantes literarios, constreñidos a redactar sus textos según “las reglas”, so pena de ser exiliados del cenáculo de los dioses editorialistas por el pecado de querer ser ellos mismos… Casi nada!

No me imagino a Fontanarrosa o a Roberto Arlt concurriendo a uno de estos talleres para pulir su estilo o enriquecer su contexto… Arlt aprendió en la escuela de las redacciones de los diarios lo poco que necesitó para amasar su obra, y el querido rosarino lo hizo en la universidad de la calle. Las canchas de fútbol, los cafés, las esquinas de Rosario lo dotaron del material necesario, y el resto lo condimentó con el lenguaje popular de todo los días, el que se escucha en la calle y en la vida, al aire y al sol, y no en obscuros recintos aislados de toda realidad. Y como ellos muchos otros, en distintas épocas, con distintos orígenes y escuelas, pero todos iluminados por esa llama que se brinda a unos muy pocos… La del talento que conduce a la inmortalidad.

Esto no quiere decir que no sirvan los talleres literarios. Son útiles, en tanto y cuanto son útiles para aprender a redactar un poquito mejor que bien, algo que en estos tiempos está bastante descuidado. Basta con leer los textos subidos a Internet, ya sea en las redes sociales, en los blogs, o simplemente en los sms y mails que recibimos a diario para comprobar que ésto es irrefutable. Encontramos errores garrafales en diarios, avisos publicitarios, y hasta en los videograph de la televisión, donde se supone que deberían dictar cátedra de buen hablar y no confundirnos más de lo que ya estamos en asuntos de nuestra baqueteada lengua…

Todo aquel que desee hablar y escribir decentemente debería pasar por uno de esos talleres alguna vez. Pero de ahí a creer que en esos sitios le van a dar la llave mágica de la puerta que abre paso al talento y la fama… Craso error. Aunque llegue eventualmente a editar algún texto, éste no pasará de gozar de eterno reposo en un cajón o un estante en casa de sus familiares, y en el mejor de los casos acabará arrumbado en alguna librería de segunda mano. Si conocen algún caso que refute ésto, me retracto inmediatamente!

¿Y nosotros. los bloggers, (incluída desde luego quien suscribe) donde quedamos se preguntarán ustedes…?
Los habemos de todas clases. Talleristas y no talleristas, espontáneos o elaborados, pero todos bajo una misma bandera, la de los eternos desconocidos, los don nadie de la literatura “www”. Apenas “escribidores”. Una clase especial, y nada más.

En lo estrictamente personal, me enrolo plenamente en el axioma que predica Fontanarrosa. Como algún otro amigo cercano de esta comunidad escribo “visceralmente, o sea desde las tripas” (Ésto ya lo puse antes, no? pero me encanta la expresión!), como me salga y por donde salga, sin corregir demasiado, tal cual se pare un hijo: con sangre, sudor, mocos y lagrimas, pero sobre todo sin devolución posible. Y como a un humilde recién nacido, apenas lo envuelvo en pañales espumosos y le pongo un poquito de agua colonia, para que se vea bonito, y huela bien.
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Algo más que un pecado capital: LA LUJURIA

En tres años y medio de transitar (virtualmente claro está) por esta plataforma fueron muchos los temas abordados en mi blog. Varios post fueron eliminados por ser meramente anécdoticos o intrascendentes, otros porque solo reproducían textos ajenos o carecían de valor literario, unos pocos fueron archivados en otro blog con un propósito que luego se frustró… Finalmente quedaron a la fecha 113 publicaciones, lo que no es poco para alguien que recién se iniciaba en ese momento en este sorprendente y no pocas veces accidentado oficio de blogger, hoy bastante devaluado por cierto.
Cada uno de estos temas tuvo su origen, su raíz. No fueron elegidos ni concebidos al azar; su motivación parte de vivencias, dolores, experiencias de vida, amores de toda índole, pasiones, insatisfacciones, frustraciones, sueños y porque no, alguna que otra alegría… Ya que es mucho mas fácil hacer lagrimear que reír al público lector. En el camino conocí gente nueva: algunos son hoy mis amigos, otros no hicieron méritos para merecerlo, pero en suma todos contribuyeron de una u otra forma a forjar en parte la personalidad de quien hoy les escribe.
De todos esos post algunos me son especialmente preferidos, ya por haber sido elaborados en determinadas circunstancias de la vida, o simplemente porque, redactados visceralmente y desde lo más íntimo de mi espíritu, representan esa parte más privada que tanto nos cuesta revelar.
Uno de ellos particularmente me llena de satisfacción, porque aborda una temática difícil de abordar como es la del erotismo, sin caer en lo chabacano o meramente pornográfico, dificultades que logré esquivar en su momento con bastante destreza a juzgar por el éxito obtenido en ese entonces.
Inspirado en un texto del poeta tunecino del siglo XVI, Cheikh Nefzaoui, relata el encuentro entre un pintor bohemio y una dama alegre de la noche…
Los árabes, como todas las culturas orientales, son especialistas altamente calificados en todo lo relacionado con el sexo y el erotismo, y en homenaje a esa delicadeza y poesía puestas al servicio de algo tan…humano, tan fisiológico, llevándolo a niveles casi celestiales, es que reproduzco hoy nuevamente estas líneas. De la serie denominada “Los Siete Pecados Capitales”, he aquí:

“LA LUJURIA”.

LUJURIA Y PASIÓN

“La mujer es como una fruta que solo exhala su fragancia cuando la frotan con la mano. Toma por ejemplo, la albahaca: a menos que la calientes con los dedos no emite su perfume. ¿Y sabes por ejemplo, que al menos que el ámbar sea entibiado y manipulado no retiene su aroma?
Es igual con la mujer: si no la animas con las caricias y besos, con mordiscos en sus muslos y abrazos apretados, no obtendrás lo que deseas, no experimentarás placer cuando ella comparta tu diván, y ella no sentirá afecto por tí.”
“EL JARDÍN PERFUMADO” ( Cheikh Nefzaoui – Túnez, 1535)

Nos conocimos esa noche, en la azul grisácea frialdad de una calle cualquiera, húmeda y solitaria. Nos bastaron apenas cuatro palabras, una mirada, la llama de un fósforo, la espiral de humo del cigarrillo recién encendido, e inmediatamente supimos que no teníamos otro camino, ni otro destino…
Subimos aquella larga escalera besándonos de a ratos, acariciándonos frenéticos en cada descanso, tragándonos las palabras y transformándolas en gemidos, arrastrándonos casi hasta llegar a la puerta de tu cuarto, allí donde llenabas los minutos de la existencia recreando con tus pinceles ese mundo fantástico de sátiros maliciosos y ninfas desnudas que brotaban del seno de tu locura.
Todo parecía premeditado, perfecto, casi un escenario teatral… La tenue luz de las velas profusamente dsitribuídas, las dos copas a medio llenar del sanguíneo y denso licor destilado para incentivar nuestra pasión, la música sutil brotando de los muros, y aquel lecho inmenso, infinito, poblado de telas tenues como celajes, de sedas crujientes y perturbadoras, de almohadones profundos en abismos listos para recibir nuestros cuerpos sudorosos y estremecidos.
Rodamos enredados en nuestra propia carne, desnudos y palpitantes, deseando morir para no acabar, llorando y riendo como niños que descubren un nuevo y viejo juego, y fuimos lluvia, trueno, centella, exhalando con los cuerpos el aroma salvaje de flores desconocidas y antiguos olores guardados en cofres de nácar y oro…
Durante horas ejecutamos la danza ancestral de los amores compartidos, hasta que la claridad de ese inevitable amanecer aborrecido y execrado por generaciones de amantes nos sorprendió exhaustos, anestesiados por una superficial felicidad, tu mano sobre mi pecho, mis piernas entrelazadas a las tuyas, las almas anudadas en un beso postrero.
Supe en ese momento que como siempre, te había perdido antes de encontrarte, y sin esperar a que tus ojos terminaran de abrirse con la primera luz del día partí quedamente en silencio, dejando sobre la almohada una rosa arrancada al rosal de mi delirio, aquél que florece cada noche que me entrego a cualquiera en un absurdo juego del amor por el amor mismo, la locura infinita del erotismo y el goce de la lujuria como placer cotidiano, la devoradora venganza del sexo… Sin un antes y sin un después.
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Del archivo de la bruja: EL MISTERIO DE LA CARTA CORTADA

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Almudena está absorta en la lectura. Alumna becada en la Universidad de Yale y devota concurrente a su biblioteca, aun no domina bien el complejo idioma inglés, tan distinto de su lengua natal, el árabe que hablan sus padres, y se esfuerza más en comprender y descifrar la gramática que en ahondar en el obscuro mundo del texto que tiene entre sus manos, en este caso un antiguo ejemplar de los cuentos de Edgar Allan Poe.
Curiosamente, se encuentra inmersa en los vericuetos del relato titulado “Manuscrito hallado en una botella” del susodicho autor, cuando al dar vuelta la página 69 algo cae al suelo… Un fragmento de papel manuscrito, amarillento, exactamente la mitad de lo que aparentemente debió ser una carta, pero rasgada al medio, por lo cual el texto original queda reducido a un galimatías absurdo, que sin embargo delata en algunos de sus términos algún terrible suceso que debió suceder en el siglo pasado, cercano a al fecha que porta la misteriosa misiva:

13 de diciembre de 1930
Trinity College, Oxford

…urado sucesor:
…Seas quien seas, leyendo
…nsignar en esas
…mento por mí, porque si
…sin duda estaré metido
…muerto, o algo peor.
…to por tí, mi todavía
…ue sólo alguien que
…ón tan horripilante
…lía. Si no es mi
…sentido, pronto será mi
…ansmitir a otro ser
…de la maldad, acaso
…ué la heredé, pero espero
…tal vez mientras
…vez en el curso de (…)

Hasta alli el enigmático texto. Nada que aclare o arroje un rayo de luz sobre la inexplicable charada que componen estas palabras. La joven lee y relee las líneas, pero no les encuentra sentido y coherencia… ¿Quién las escribió, como llegaron hasta ese lugar, porqué solo un fragmento de la curiosa misiva parece haberse salvado de la destrucción y el olvido? Muchos interrogantes pero ninguna respuesta…

Respuesta que Almudena jamás podría obtener, porque no puede percibir a través de la esencia de ese viejo papel lo que allí se oculta, una trágica historia, un misterio no ofrecido al conocimiento de todos.
Solo unos pocos esclarecidos tenemos la facultad de develar estos enigmas, y es precisamente a mí a quien el director de la biblioteca ha encomendado hoy tan difícil tarea.
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Mis dedos se deslizan sobre el amarillento papel, la cabeza me da vueltas. Palabras sueltas, piezas de un rompecabezas que se resiste a ser armado…
“…urado sucesor” - (¿Quizás “desventurado”?)
“…estaré metido” – (anuncia algo inevitable… A qué es arrastrado el protagonista?)
“…muerto” – (Sea lo que sea, el final se anuncia trágico, terrible!)
“…horripilante” – (Espantosa palabra…Anuncia torturas, una muerte sangrienta, quizás envenenamiento, sucidio, o… Noo, una mutilación!)
Los últimos párrafos parecen arrojar algo de luz sobre el significado:
“…ansmitir a otro ser”, “…de la maldad”. “…ué la heredé” – (Sin duda esto significa: “ Transmitir a otro ser esta semilla de la maldad, acaso nunca sepa porqué la heredé, pero espero…” ¿Que esperaba este hombre tan desesperado, sobre que trataba de prevenir a su “desventurado sucesor”?!)

Lentamente, como si fuesen las luminarias de la calle encendiéndose en el crepúsculo mi mente comienza a aclararse, las letras me hablan, el papel me transmite sus vibración por tantos años oculta… A ochenta años de distancia en el tiempo la verdad me es develada, y la incógnita de la carta cortada deja caer el velo de su misterio para mostrarse en toda una cruel y espantosa realidad.
Realidad que me es vedado repetir. Tan feroz, tan horrorosa que de develarla expondría a la Humanidad a ser cubierta por el manto de un pánico sin límites… Se me exige que calle, y eso es lo que haré.

Pero mi silencio, y el de los pocos que conocen finalmente el secreto no detendrá lo inevitable. El no tan “desventurado” sucesor y sus descendientes, provistos de aquel gen de la maldad que tanto atormentara al desconocido autor de la extraña misiva transitan libremente en estos tiempos sobre la Tierra… Algo terrible está por suceder, y yo, tan supuestamente llena de poderes, tan sabia y vieja como la misma Humanidad, no lo habré podido evitar.
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