Las últimas ciruelas

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Muere el verano,y sobre la mesa el último plato de ciruelas descansa,sabiendo que hasta el otro año no volveremos a morder la jugosa y morada miel que de ellas mana.
Con la madrugada partiremos…Hace frío a pesar del almanaque,y mi madre clausura las ventanas,que ya no se abrirán hasta que vuelvan a sonar las campanas de la próxima Nochebuena.
Casa de verano,querida y recordada,con su jazmín de leche derramado sobre mi ventana! Que solos se quedan los ciruelos,que desnudos estarán cuando el invierno arroje su torrente de nieve sobre ellos!
La noche es fría,como fría la luna que alumbra el camino…Partimos,y atrás queda el chalet solitario y mustio,como reprochándonos el abandono.
Sobre mi falda de niña reposa el ultimo plato de ciruelas,y su aroma penetrante y agridulce se graba en mi memoria para perfumar el recuerdo de aquellos veranos de la infancia en la quinta de los ciruelos.
Ya no volveré… Solo me quedan estas palabras, y nada más.

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Crónicas entrerrianas del siglo pasado: SURUBÍ E’ MELENA LARGA!

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Eduardo Grande… Así llamaban al alemán los isleños del arroyo Martínez, para diferenciarlo del hijo al que habían bautizado como Eduardo Chico, y porque el apellido del viejo era impronunciable para la paisanada, acostumbrados al patronímico ítalo-hispano imperante en esa zona de Las Lechiguanas.
Abundaban los Villarreal, los Montes, los Sosa, había una familia Mazzuchieli que tenía chacra y monte de álamos, y luego estaba don Bairolatti, el dueño de las lanchas colectivas, pero nadie portaba semejante apelativo germánico, más parecido a un escopetazo que a un nombre de cristiano, así que habían zanjado la cuestión agregándoles los respectivos adjetivos.

Los vecinos mas antiguos recordaban que don Eduardo había llegado a las islas allá por 1921 o 22 aproximadamente. Por unos pocos pesos, ahorrados trabajosamente tras diecisiete años de inmigrante forzoso, había comprado la plantación de sauces del finado Benito Reynoso. En esa época la madera de sauces era muy cotizada para la fabricación de los clasicos cajones de fruta, y allí apuntaba el alemán, creído una vez más en el mito que en esta tierra de salvajes uno sembraba arena y crecía oro.
Junto con la propiedad venía incluída en el paquete la viuda del Benito, en realidad viuda no oficial, porque al difunto se le había pasado por alto lo del Registro Civil, el cura y demás accesorios, y allí estaba la Rosalía, sin edad predecible, mujer de muchos hombres, mitad india y mitad criolla, con cinco hijos machitos de padres distintos colgados de las polleras, hosca, huraña, las mechas de azabache puro atadas en un rodete tirante, la mirada perdida vaya a saber en que lejanías, parada en la puerta del rancho esperando con sumisa resignación al próximo patrón para calentarle la comida en el día y el catre en la noche, como había venido haciendo desde que tenía memoria con todos los que le habían arrimado más o menos de prepotencia una palabra de cariño o una urgencia más física que espiritual.

Al Eduardo Chico se lo veía poco. Vivía en Buenos Aires con Anna, su madre, estudiaba en la Universidad y últimamente se decía que hasta tenía novia. En el verano subía a las islas, y pasaba los tres meses con el viejo, rito que venía cumpliendo desde que tenía doce años y sus padres habían separado caminos para seguir cada uno por su lado.

Y fué en una de esas vacaciones cuando aconteció el sucedido que aquí se relata…
La Rosalía era mujer de ley, y desde que formara yunta con don Eduardo no había faltado un solo día a todos los deberes impuestos por las circunstancias. Hasta le había dado una hija, la Lucía, primera hembrita (y última) en la camada, mientras los muchachos más grandes, ya mozos, habían pasado a engrosar la escasa tropa de peones que el alemán empleaba en la isla.
Lavaba, cocinaba, cuidaba del gallinero, mantenía en orden la ranchada, le peleaba a las crecidas inesperadas del arroyo, y cuando no tenía más tarea se la veía sentada a la sombra de la enramada en verano, o en la tenue penumbra invernal de la cocina cosiendo alguna camisa, remendando un pantalón o bordando las alpargatas nuevas del patrón, totalmente ausente de toda otra comunicación que no fuera la que mantenía con sus propios pensamientos.

Había llegado ese año a la isla un forastero, Alicio Quiróz, correntino, decían las malas lenguas que mozo taimado, cuchillero y mal entretenido, más amigo de los naipes y la bebida que del hacha y el machete… Pasaba las horas rondando boliches y canchas de bochas, y sea por capricho, por necesidad de pelearle a alguien de mucho respeto, o simplemente por no tener otra cosa que hacer dió en arrastrarle el ala a la Rosalía, pese a ser ya grande y no demasiado agraciada, habida cuenta que las demás mujeres de Paranacito y aledaños ya le habían dado el esquinazo, anoticiadas de la mala fama del galán.

Las contadas veces que la pobre bajaba a la villa por compras, o para llevar a alguno de los mas chicos al dispensario, se le aparecía como por arte de magia el muy ladino, siempre de negro, el chambergo requintado, las crines largas y renegridas, mascando al desgaire un palito, la palabra fácil endulzándole el oído con algún piropo atrevido… Rosalía disparaba, se le hacía humo, pero cuanto más se alejaba la prenda mas empecinamiento ponía.
Envalentonado,un día se le había aparecido de golpe en la ranchada del alemán, aprovechando que éste andaba por el Uruguay con su lancha pescando, era temporada de surubí y no se podía desaprovechar. De no ser porque ese día estaba en las casas el Eduardo Chico, Crespín,el hijo mayor, y dos de los peones mas viejos que lo corrieron a planazo limpio, la Rosalía lo hubiera pasado muy mal…
Despechado, el muy desgraciado dió entonces por alardear en cuanto lugar quisieran escucharlo de lo fácil que le iba a resultar esa conquista, habida cuenta de los antecedentes de la nombrada, de la seguridad que tenía que al viejo “ya no se le paraba ni pa’ miar…” y hasta prometía regalarle un guachito al gringo “pa’ que completara la colección!” decía.

Se caía de maduro que el Eduardo Grande tarde o temprano se iba a enterar… (Hay que señalar que el hombre no salía dos pasos más allá de su propiedad sin calzar en el hombro la vieja carabina con la que había abatido más de un ciervo de los pantanos cuando recién había llegado a las islas.)
La gente del lugar presentía mal final al asunto, y hasta el comisario Gollán, de ordinario hombre tranquilo y hasta despreocupado de sus funciones, había empezado a parar las antenas y masticaba la posibilidad de darle un sermón de advertencia al alemán antes que la cosa se saliera de madre y terminara desgraciándose alguien.

Y se enteró nomás… Una noche que el Alicio, entonado con dos ginebras de más descargaba en el mostrador del boliche su habitual monserga de fanfarronería sexual, tuvo la mala pata de no presentir más que ver al alemán, parado en el vano de la puerta y escuchando todo, ante el azoramiento de los parroquianos, algunos de los cuales se precipitaron inmediatamente en una retirada prudente en previsión del bochinche inminente.
El viejo, como si nada… Entró pausado, hosco como siempre, se dirigió al bolichero y tras intercambiar con éste algunas palabras en voz baja emprendió la retirada, indiferente a la mirada desafiante del correntino, en medio de un silencio tan espeso y compacto que se podía cortar con el facón que el imprudente mozo calzaba a sus espaldas.

Durante dos días el incidente no pasó de ser un chimento más en el devenir cotidiano de los isleños, pero al tercero la cosa cambió…
Como a la diez de la mañana más o menos entró a las disparadas en la comisaría Avelino Felices, botero y pescador, agitado, tartamudeando y asustado como chico que ha visto al cuco:
- Don Gollán, comisario, comisario…!!!!!
El milico, apoltronado con el mate en la mano, de gran charla con el agente de turno, se enderezó de golpe… El olfato de perdiguero viejo le decía que el incidente de las otras noches traía consecuencias. Que otra cosa podía ser sino?
- A ver,che, sosegate… Tomá un mate y largá el rollo.Que t’ianda aconteciendo?
- Vea don Gollán, mire lo que m’ia pasao!!!! Venía de cruzarla a la máistra de la escuela para el lao de Paranacito, y cuando estaba por subir de nuevo al bote y largarme para esta orilla, no viene y se me dispara el cuzco, usté sabe que el Batata no se me despega ni que venga tormenta de las bravas…
Paciente, el comisario le dió una chupada a al bombilla:
- Y de ahi…? Abreviando che… Que más?
- El dijunto don Gollán, el dijunto!!! Que el Batata se me perdió entre los yuyos de la costa, y siguiéndolo lo encuentro gruñendo y con lo pelos paraos, y al mozo ése, el Alicio, el correntino, mas finao que surubí a la parrilla, boca abajo entre el barro y los juncales, pura sangre en la jeta, justito ahí donde el arroyo se junta con el canal que bordea el sauzal del alemán… A ése lo disgraciaron seguro de amanecida, de no los perros hubieran alborotado en la noche!!

Ni hablar el alboroto que se armó en las islas… para el mediodía todo el mundo había largado lo que estaba haciendo, y los corrillos se sucedían en todas partes, comentando y haciendo conjeturas de las más diversas sobre el suceso.

El comisario no tenía dudas… Pero tampoco pruebas, y no las iba a buscar. Entre la vida de un forastero vago, desconocido, mal llevado y cuchillero, y la de un antiguo vecino, honesto, trabajador, buen amigo, jefe de familia propia y ajena, que nunca había molestado a nadie ni causado bochinche alguno en tantos años, elegía a este último sin duda…
La investigación duró menos que una misa. Al Alicio le habían borrado la cara de un escopetazo, y en aquellos tiempos todo el mundo andaba calzado con arma larga cuando entraba al monte… Andar chequeando cada carabina, cada escopeta del pueblo y alrededores era cosa de locos, que lo hicieran los porteños vaya y pase, pero ésto era el arroyo Martínez, que embromar!
La única pista era un alpargata blanca con una flor azul bordada en el empeine. Medio enterrada en el barro la había encontrado un oficial de Prefectura que había venido para ayudar en el asunto, y Gollán la desestimó enseguida… Muchos mozos usaban alpargata bordada, y sabían andar por el monte de caza o de pesca… Quién podía afirmar con seguridad a quién pertenecía?

El juez de Paranacito, acostumbrado a litigios de cuchillo y muertes por honor, y más ocupado en asuntos de la política local que en administrar justicia liquidó el asunto de dos plumazos, sello y firma:
“Muerte por arma de fuego de origen desconocido, no hallándose pruebas que señalen a vecino alguno como autor de la misma, se cierra la causa disponiendo se entregue el cadaver a algún familiar reclamante, caso contrario se dispondrá su inhumación en el cementerio local, con cargo del sepelio al Municipio correpondiente.”
Nadie pidió por el finado, y en cajón de pino cepillado fue a dar con sus huesos en un rincón al fondo de la necrópolis isleña, adonde la creciente cada tanto removía los féretros y los hacía navegar arroyo abajo rumbo al río Uruguay, remedando involuntariamente antiguos ritos paganos de inhumación.

Siete años después del suceso le tocó el turno al Eduardo Grande de aposentarse en el cementerio, pero no el de la isla, sino en la Chacarita, en Buenos Aires. Había bajado a la capital para operarse de la próstata, tenía 82 años. Salió bien del trance, y a los dos días se bajó de la cama y se puso a bailar para demostrarle a los otros pacientes de la sala lo bien que estaba. Una hemorragia interna se lo llevó en unas horas, y el hijo consideró mas cómodo inhumarlo en el cementerio Alemán que andar trasladando los restos de vuelta a Entre Ríos. Con su desaparición quedaba liquidado definitivamente el misterio de aquel asesinato, el del correntino provocador y cuchillero que había terminado sus días bebiendo su propia sangre entre los juncales de las islas, ahí nomás cerquita del río Uruguay…

Dias después de su muerte Eduardo Chico viajó a las islas para liquidar los asuntos del viejo. La isla con plantación incluída se la cedía a la Rosalía y a su media hermana, y de las pocas pertenenencias personales guardadas en un antiguo baúl solo retiró algunos papeles y fotografías, el resto que las mujeres hicieran lo que creyeran mas conveniente. Entre las prendas de ropa, lavadas, remendadas y prolijamente dobladas había una alpargata, solitaria, blanca y con una flor azul bordada en el empeine…

Cuando alguien le preguntaba al comisario Gollán si había interrogado alguna vez al alemán sobre su paradero la madrugada del crimen siempre daba la misma respuesta en tono socarrón:
- No estaba en su casa… Había salido de madrugada a poner los espineles, andaba pescando surubises… Surubí e’ melena larga agarró!
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MEDEA, O EL AMOR ENVENENADO

La casualidad puso en mis manos hace poco mas de un año este singular video que combina trágicas imágenes del film “Medea” (1988) del director danés Lars von Trier,con la insuperable voz de la contralto australiana Lisa Gerrard,en una amalgama estupenda que no alcanzan a desvirtuar algunos fallos originales de edición. Publiqué entonces este post, y tal fué el siniestro encanto que entonces me produjo que aún hoy me estremece su lectura y la imagen que lo acompaña.
Me pareció tan fantástico el tema,y tan tremenda la tragedia que retratan las imágenes,que para justificar su presentación me atreví a introducirme en el personaje de la protagonista,y a través de la imaginación representar en el siguiente texto que hoy rescato para quienes no lo leyeron en su momento, el mea culpa de esta mujer que destruyó todo aquello que la rodeaba consumida por un amor enfermo y posesivo,dejando a su paso solo sangre y muerte.

ROSA DE SANGRE
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Yo,Medea,hija de Idía y de Eetes rey de la Cólquide,nieta de la gran hechicera Circe,tengo mis manos tintas en sangre…

Traicioné a mi padre,engañé cruelmente a las hijas del rey Pelias incitándolas a ocasionar la muerte de su propio padre,asesiné a mi hermano Apsirto arrojando sus restos al mar,y a la princesa Glauce,prometida de Jasón, y a su padre Creonte rey de Corintia,quienes murieron abrasados por un fuego que ocasioné con mis artes de hechicera,y finalmente,¡¡horror de horrores!!,ahorqué a mis propios hijos,de Jasón y míos,a quienes previamente había utilizado como mensajeros de la muerte de Glauce y Creonte…

Y todo esto porqué? Por amor…Por el maldito y envenenado amor que siento por Jasón,traidor y apóstata de sus propios sentimientos,el hombre que me abandonó,a mí,madre de sus hijos,por una corona y una mujer de carnes mas frescas e inocentes que las mías!

Por él traicioné mi propia sangre,maldije mi destino y destruí cuanta vida se atravesó en mi camino para retener a mi lado la entraña viva de un hombre que no merecía finalmente transitar su destino junto a mí…

¿Dioses poderosos,amos del Olimpo,porque permitisteis tanta sangre derramada en vano,tanto espanto acumulado,toda esta venganza feroz que atormenta mi alma y me condena a la infelicidad eterna?

Condenada estaba ya cuando me miré por vez primera en el espejo de sus ojos, aquel funesto día en las puertas del templo…
Allí fué cuando decidí,para mi mal y el de todos,que solo mía sería la posesión de aquél entonces desconocido que las malas artes de Hades atravesaran en mi senda.¡ Lo amé como solo se ama una vez en la vida,con todo lo profano y lo sagrado del amor sin límites,y arrojé al mar de los Infiernos todoe escrúpulo,toda redención posible para amarrarlo a mi destino por toda la eternidad!

Mia es hoy la condena,mío el desgarramiento de las entrañas hasta lo más profundo del ser. Debería morir abrasada en las llamas de mi propia culpa,incinerada por el odio y los celos,pero sería tan fácil!

No,Medea,tú,mala hija,mala hermana, peor madre…Debo vivir,la vida será mi muerte,el dolor y la mortificación de no poder arrepentirme me acompañarán por toda la eternidad,flagelarán mi carne hasta verter la última gota de sangre sobre la memoria de aquellos cuyos sepulcros ayudé a construir.De marmol se volverá también mi corazón…!

Fría,eterna,inmutable,transitaré los universos obscuros de la conciencia humana,hasta hundirme un día para siempre en las profundidades recónditas del reino de Hades.
Así será!
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