

“Las mujeres somos muy complicadas en comparación con los hombres, tan rectos en sus mentiras, tan infantiles en sus contradicciones… Tan consecuentes en sus vilezas. (…) Por Dios que hay facturas que se pagan despacio!”
“La piel del tambor” -Arturo Pérez Reverte (escritor español – Cartagena, Murcia, 25 de noviembre de 1951)
Desde que el mundo es mundo, o sea a partir de aquel momento hace millones de años cuando dejamos de ser amebas acuáticas para arrastrarnos sobre terreno firme, y empezamos a desarrollar extremidades, cerebro y algunos otros atributos físicos, la Naturaleza determinó que la incipiente raza humana se dividiera en dos sexos, diferenciados básicamente por un pequeño trocito extra de tejido y hueso en el exterior, algunos detalles mínimos como pilosidades varias, curvas y pectorales, y ciertas glándulas secretoras de hormonas destinadas a afianzar y asegurar dicha diferencia. Con el devenir de los siglos algunas de estas características, vaya a saber porqué, sufrieron mutaciones y comenzaron a producir inexplicables alteraciones genéricas y genéticas… Pero esto es tema para otra ocasión.
Lo cierto es que a partir de la era del garrote y el dinosaurio comenzamos a diferenciarnos en nenes y nenas, hombres y mujeres, o sea sexo masculino y sexo femenino. (o al revés, porque catzo tienen que ir ellos primeros siempre?! Ahhh, ya sé… “El burro adelante pa’que no se espante”, decía mi viejita…)
Y aquí estamos, sufridas mujeres regidas por el destino incierto que nos determina, dividiéndonos taxativamente en lindas y feas, santas y pecadoras, inteligentes y burras, honestas y no tan honestas…
Por lo pronto llegamos a este mundo desnudas y chillando, (lo cual seguiremos practicando luego en diversas etapas de la vida) y de entrada nos reciben con dos palabras, pronunciadas con indisimulada resignación por el progenitor biológico que la lotería astral nos designó: “¡Es nena…!”. (Ahora con ésto de la ecografía, ya nos defenestran antes de nacer!). O sea, bienvenida seas, pero no sos el varoncito, el machito ansiado encargado de prolongar en tiempo y espacio el apellido, el honor y los testículos de la familia… No importa, la proxima vez será.
Ni hablar si el susodicho machito llegó antes que nosotras, personificado en el guardabosques hermanito mayor,ahí fuimos. A lo sumo seremos motivo para la clásica cargada de los amigos del “pater familiae”: – “Che, anda comprando la escopeta…!”, presuponiendo desde ya con catorce o quince años de anticipación que la recién nacida será inexorablemente una vil hembra promiscua, solo apta para el tarascón sexual.
Pero para compensar tanto bajón y tanta misoginia, ahí están nuestras madres, tías, abuelas, madrinas y parientas varias dispuestas a levantarnos la autoestima tan precozmente devaluada. Y en aras del reafirmamiento de esa femineidad apenas despuntada procederán a revestir nuestra diminuta humanidad con un fondant de color rosa que, conforme pasen los meses y los años se irá incrementando en tinte desde el rosita pálido de las primeras batitas, a un estridente rosa-chicle… Zapatillas rosa-chicle, mochila rosa-chicle, campera rosa chicle, gorrito rosa-chicle, bombachita rosa-chicle… Et voilà el primer trauma a desembuchar ante el analista en la edad adulta!
Pero más allá de esa infancia teñida de rosácea tilinguería nos aguarda agazapado el momento inevitable, temido, el terror de las madres y el espanto de la rama masculina de la familia: el estreno del primer tampón.
Las mujeres hemos igualado a los hombres en casi todos los aspectos, y aún superado en muchos de ellos, no solo en el plano laboral sino también en todos los ámbitos; pero ayyy…!! Arrastramos un estigma, una maldición bíblica, un error fatídico de la madre Natura: aquel que conocemos como el “asunto”, el período, la regla, la menstruación, como más les guste o acostumbren llamarlo.
Ella va a marcar inexorablemente cada acontecimiento de nuestra existencia durante un promedio aproximado de cuarenta años, a través de los cuales estaremos a merced del capricho de los ovarios y sus hijitas dilectas las hormonas (mujeres tenían que ser!), en una sucesión de hechos sin solución de continuidad… Si “te vino”, porque te vino, (arruinándote mas de un acontecimiento), si se te adelantó, peor… (siempre te agarra desprevenida, y ay si estás fuera de tu casa!). Si sos mas o menos equilibrada, en “esos días” te salís de carril, y si sos un poco neura, mejor ni hablar. Pagan el pato todos! Y el dolor de ovarios… Ahhh, inefable dolor de ovarios, fuente inagotable de ingresos para los fabricantes de cuanto analgésico ad-hoc se encuentre en el mercado!
Y si no te vino, tenés un “atraso”, y ahí sí, agarrate Catalina, porque puede ser un desequilibrio hormonal momentáneo, pero cuando el test primero y el médico después te confirman que vas a tener que comprar un cochecito para sacar a pasear al “desequilibrio” la cosa se complica, porque a veces no estaba en tus planes esta explosión generacional y reproductiva. Explosión que pasa de ser virtual a totalmente literal cuando se prolonga el “atraso” y culmina en ese acto universal conocido comunmente como “parto”. No del verbo “partir” como sinónimo de irse, viajar, sino en la real acepción de “partirse al medio”, que es lo que siente en ese instante. Claro, está la opción de la cesárea, pero no sé que es peor, porque te cambian los retortijones propios del hecho natural por los entuertos de una operación con costuras varias incluídas que nos obligan a caminar encorvadas y agarrándonos la panza por varias semanas.
Y finalmente, después de mantenernos a flote más o menos indemnes durante varias décadas, llegamos con toda la pompa y circunstancia del caso a la culminación del heroico período de la fertilidad: la menopausia.
Tragedia si las hay, que previamente ha sido precedida por otros acontecimientos: “sofocones” o calores, frigidez, aumento de peso (¡¿más todavía?!), depresiones varias coincidentes con replanteamientos generacionales de los hijos y crisis y rupturas de pareja y/o matrimoniales, y lo peor de todo, el artero y solapado ataque a mansalva de la ley de gravedad (sí, la de Newton…) contra nuestra ya de por sí devaluada humanidad. Claro, a este señor le cayó una manzana en la cabeza, pero si hubiera sido mujer, se hubiera callado la boca… Con solo mirarse al espejo, y de cuerpo entero, se hubiera dado cuenta. Desde las ojeras para abajo, todo tiende a caerse a una velocidad alarmante. Pechuga, panza, pompis,etc.etc, todo baja, baja, baja… Junto con nuestra autoestima, el cuero femenino desciende a las catacumbas, y entonces le llega el momento de actuar a los apóstoles de la estética. Según los medios económicos con los que cada afectada cuente, hay diversas opciones, algunas de las cuales son:
1º) Cirujanos plásticos (caro, pero el mejor!)
2º) Gimnasios, personal trainers, profesores de yoga, tai-chi y otras disciplinas orientales (estos últimos dirigidos mas a pacificar nuestro alicaído ego que a levantarnos la masa muscular).
3º) Aparotologías varias, que incluyen desde la tradicional bicicleta fija hasta misteriosos artilugios electrónicos muy promocionados en la TV y que se descomponen a una velocidad totalmente inversa al alto precio que pagamos por ellos.
4º) La heladera. Si no podemos contra la ley de gravedad, ataquemos entonces al tradicional artefacto doméstico. No es lo mas aconsejable, pero por lo menos rescataremos una parte de nuestro cuerpo… Masticar mucho ejercita la musculatura del rostro, por lo menos tendremos menos arrugas!
En fin, ahí vamos, sufridas féminas cual camellos de una caravana en el desierto, de a una en fondo, con nuestra carga de penurias y virtudes… Pobrecitas nosotras las mujeres, mártires de la humanidad!
¡¿Y “ELLOS” se preguntarán?! Ahh no!! Hoy ya no hay espacio… Les toca la próxima vez, jaaa!
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