Cartas que nunca he escrito III
A ti:
Me encuentro sentado en este cafetín de aroma rancio donde malandras y viajeros comparten las infusiones que reparte una mujer de monstruosos atributos y groseras maneras.
El vapor de las chimeneas rodantes pulula en el ambiente y regala el hollín a los ojos llorosos de aquellos que despiden sus afectos al borde del andén, condimentados de amargos abrazos y salados besos. Son débiles y mucho sabes lo que detesto semejantes cursilerías, más ello no me impide reconocer y comprender los dolores que anidan en el cuerpo y los vinagres que deglute el corazón cuándo el amor ha partido.
Semejante inferencia no puede sino ser acreedora de válidas razones sobre las que no habré de extenderme para ahorrarte la molestia de olfatear las yagas recién sufridas que ya destilan purulentos olores, bastan tan sólo exponer un par.
En primer término, un estremecimiento en el alma me ha privado del sueño nocturno y ha conducido mis piernas por esta ciudad de desconocidos hasta esta maldita terminal horas antes de que tu tren haya partido. Algunos románticos adjudicaran semejante milagro a Venus o Cupido, mas yo prefiero inferir que no ha sido sino el remordimiento por el dolor que te he proferido o quizás una vaga esperanza que dicen los pusilánimes que nace en el alma cuando la realidad indica que no tiene razón ni sentido.
Esperé ansioso tu llegada y bien valió la pena, puesto que tras algunas horas de espera pude ver relucir, entre los hierros y las cúpulas inglesas, tu cabello que tantas marcas ha dejado en mi cuerpo, que tantas noches he respirado aguantando las cosquillas que distraídamente me ha regalado.
Caminabas entre un gentío de gente intrascendente, rodeada de caras que ayer me eran familiares y que ahora son retratos de aquellos que no gozan del favor de ser exhibidos.
Guardé la distancia no por parecer irrespetuoso sino por precavido, bien sabes lo que detesto las despedidas y soportar las lágrimas ajenas y los humores de aquellos a los que debemos atención sólo por vía transitiva.
Quise acercarme, puede mi conciencia asegurártelo. Quise gritarte y hasta intenté rememorar nuestro juego de llamarte telepáticamente, juró que lo intenté pero, aunque mis fauces se abrieron, sólo un quejido, mas próximo a una súplica, escapó.
¿Acaso me habrás visto?
El estruendo metálico del adiós y el repiqueteo de la distancia por venir se hicieron presentes, sonreíste por la ventana a tus seres queridos, pude ver la formación alejándose lentamente, algunas corridas y hasta tu blanca mano agitándose en el viento. Finalmente, sólo extraje del bolsillo un pañuelo, ensayé el tradicional saludo y me rendí al homenaje de extrañarte aún antes de que hayas definitivamente partido.
¿Cuál es la segunda razón por la que fui a la estación?
La esperanza…tan sólo la esperanza…
C.L.
C.L.