BORRAR LIBROS ES QUEMAR LIBROS – Envíos (Horacio Potel)

Hola, a todos:
Mi nombre es Horacio Potel, tengo 49 años, me divierte la filosofía, empecé a estudiarla ya de grande, como un hobby al principio, pero el pasatiempo me fue apasionando cada vez más. Siempre tuve un cierto carácter coleccionista, y de niño mi gran colección era mi biblioteca. En 1998 me compré una computadora después de ahorrar todo un año. Todo me parecía maravilloso, pero sobre todo la Web, era para mí el sueño del pibe, podía tener acceso a tantas cosas que antes solo podía soñar, libros agotados, reproducciones de obras de arte, que antes solo podía ver de “prestado” en las librerías, ya resignado a no tener jamás esos hermosos y carísimos libros. La lectura que hice de la web en ese primer momento, en ese primer encuentro, en ese instante del conocimiento, fue: acá están todas las posibilidades ya no habrá más escasez de bienes culturales, con esta herramienta una parte inmensa del conocimiento humano puede estar disponible para todos.
Un planteo un tanto ingenuo, desde luego, pero bueno nunca fui bueno para los negocios y no pensé a la web, como debería pensarla todo ciudadano consciente de su pertenencia al capitalismo: un almacén de ventas de baratijas. Para mí era más que evidente que al menos en el campo de la filosofía, todas las obras de todos los filósofos y en general toda la producción filosofía, podía y debía estar on line. Recuerden ustedes que yo estudiaba filosofía y entonces estaba sujeto a horas perdidas tratando de encontrar artículos de revistas que no estaban en ninguna biblioteca, libros que no se publicaban hace décadas porque no era redituable hacerlo. Las revistas de papel especializadas en filosofía me parecían una pérdida de tiempo una especie de locura. Sacar 100 ejemplares de una revista, para que con suerte fuera archivada en dos o tres bibliotecas donde las comería el tiempo, se me ocurría un gasto loco de trabajo desperdiciado, pudiendo colocarse toda esa producción on line de forma tan fácil y barata, soñaba con poner a los empleados de todas las bibliotecas universitarias a digitalizar textos, pero claro, la ley 11723 ley del año 1933, no contempla medidas de privilegios o excepciones para las bibliotecas, éstas están impedidas de copiar su propio material, aún si es para fines de preservación. Si hay que creerles a los carteles que suelen adornar los libros, el préstamo mismo estaría prohibido y no sería de extrañar, si esta embestida de las corporaciones que se creen dueñas de la cultura no para, que las mismas bibliotecas se vean obligadas a pagar derechos de autor o se vean obligadas a cerrar. Cómo ha pasado con dos de mis tres bibliotecas on line especializadas en filosofía. El derecho al acceso a la infor¬mación es algo que al parecer a nadie le importa en esta época de barbarie. Barbarie que al menos en Argentina no para de crecer. Se está acabando con conquistas que uno suponía eran la herencia intocable de la Ilustración y que no eran más que un espejismo. Ahora hay que estar explicando los motivos por los cuales uno decidió difundir filosofía en la Web, sin intentar sacarle dinero a nadie, porque eso es visto como un delito, una locura, una forma de terrorismo y una rebeldía adolescente. La gente de bien no se plantea estas cuestiones. La lógica del don, para los mercaderes es subversiva. Porque además ¿quién es este que se mete a decidir qué hacer público o que no, cuando ese siempre fue nuestro papel, nuestro privilegio y nuestro monopolio? Así piensan las corporaciones del libro de papel y el sinnúmero de pseudo – instituciones y publicaciones y eventos y ferias que lucran con el negocio de la venta de “cultura”. Todo esto para contar que no hice ni pretendía nada raro, sólo subir a la web, en forma ordenada y con cierto control de calidad todo lo que pudiera encontrar sobre los filósofos que me apasionaban. Las posibilidades técnicas convirtieron por sí solas a estas “bibliotecas” en máquinas privilegiadas para la producción cultural, dando la posibilidad de buscar en instantes un término en toda la obra de un filosofo, tener linkeado en el texto no sólo la cita sino el texto al que se alude, o las distintas versiones de una misma conferencia, no sólo en castellano, como fue la idea original, sino particularmente en el caso de Derrida, también en francés. No sé si a mis colegas o a los estudiantes estas herramientas -que hoy ya no están en la web- les habrán sido de utilidad -al parecer sí, teniendo en cuenta los mensajes de solidaridad que he recibido de todo el mundo- pero para mí eran imprescindibles, teniendo esos textos en mi computadora, el trabajo empezaba igualmente siempre en la web, las distintas formas de ordenación del material así como la posibilidad de usar buscadores, reducían el trabajo en horas a la vez que producían el encuentro de lo no esperado dado su carácter maquínico: no era yo solo tratando de recordar y asociar, era yo más la maquina. Supongo que estos artefactos deberían darle a su “autor” -en este caso a mí- algún derecho, pero parece que no, han sido borrados por el capricho de una editora francesa que no trabaja en Argentina y que no sabe qué hacer para demostrar su codicia, su egoísmo, su afán apropiador. Dicen en los diarios que esta editorial me conminó a bajar todos los sitios, no se limitó a hacer una demanda por los cinco o seis libros de Derrida -entre cientos- que alguna vez publicó, no, yo según ellos, y a una orden de ellos, debería sacar todas las obras de Derrida, cuyo copyright no les pertenece, así como las de Heidegger y Nietzsche. El resto es conocido: Minuit le escribió al agregado “cultural” de la embajada de Francia en Argentina y este señor para defender la cultura francesa terminó con el lugar más visitado y completo dedicado a la obra de uno de los principales filósofos franceses del siglo XX. La Cámara Argentina (o francesa, ya no sé) del Libro, hizo una denuncia que fue tomada con inusitado vigor por fiscales argentinos, así que una triple alianza de Corporaciones patronales, embajadas neocoloniales y poder judicial argentino, se juntaron para bajar de la web sitios que difundían filosofía y de paso joderle la vida al boludo, loco y terrorista que había tenido la idea de compartir las herramientas que usaba para trabajar en filosofía. Porque el trabajo de profesor de filosofía tiene como una de sus obligaciones la escritura, no hay la menor necesidad de tentar a nadie con los ridículos derechos de autor que podría recaudar una obra sobre el ser en el Heidegger tardío, las obligaciones del oficio obligan a escribir. En este campo la mentira que dice que los derechos de autor fomentan la producción intelectual no se hace solo evidente sino hasta insultante, pensar que Nietzsche o Hölderlin escribían para cobrar dos mangos de derechos de autor, como si fueran vulgares autores de libros de autoayuda, da la idea de los valores con los que se mueven estos mercachifles.
La cultura el conocimiento, la tradición no son la obra de “autores” es curioso que los mismos señores que han terminado con las ideas ilustradas del sujeto libre y soberano, para vendernos el sujeto sujetado al consumo, apelen a la metafísica de la subjetividad a la hora de buscar más dinero. Es curioso que lo hagan en este caso ya que tanto Heidegger como Derrida, hoy censurados y prohibidos en la web, se han opuesto a esta idea de una subjetividad creadora como origen y causa de la “Obra”. No hay átomos privilegiados por la Musa repartiendo la luz entre masas pasivas. No hay átomos y la constitución del “autor” como cualquier otra se con-forma con la alteridad que la preexiste. Heidegger y Derrida han señalado cómo antes de constituirse o en la constitución misma de algo así como un sujeto, de algo que diga “yo”, todo un mundo previo ya preexiste, que estamos formados antes de ser, por la herencia y la tradición, la transmisión, la pervivencia del mensaje, aún más para Derrida todo empieza con una llamada un “Ven” el ven es el envío llamando a los envíos, el primer mail exigiendo la correspondencia en la que somos, correspondencia con el otro que está siempre antes. Cortar los envíos, es la muerte, y es esto los que los militantes fundamentalistas del copyright quieren imponer en la Web, quitándole todo potencial para domesticarla como instrumento de venta de baratijas. Pero como alguna vez dijo Derrida: “Heredo algo que también debo transmitir: ya sea algo chocante o no, no hay derecho de propiedad sobre la herencia”. Es esta herencia que no le pertenece a nadie y que nos forma a todos, esta herencia que es el don común sobre el que se construye lo nuevo, lo que se está atacando al atacar la difusión y el acceso de todas y todos a la misma. Es lógico la herencia de la filosofía, del pensamiento crítico es demasiado peligrosa para los hombres del mercado, puede hacer creer no necesitamos de tutores ni de encargados para atrevernos a saber, tal como en la lejana época en que la burguesía era aún ilustrada, quería el viejo Kant.

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La Cámara argentina del libro quiere quemar los libros heideggeriana.com.ar y jacquesderrida.com.ar de Horacio Potel.

Los dueños de la cultura vs. Horacio Potel
Archivado bajo: Derecho de autor, Noticias — Fede a las 11:15 pm del Wednesday, 11 de March de 2009

El régimen de derechos de autor se fue de madre, hace un rato largo.

Este régimen, que tenía originalmente el objetivo de promover la publicación de cierto tipo de obras para ayudar a la difusión de la cultura, se ha convertido en un monstruo sobredimensionado e incontrolable, cuyo principal efecto es poner obstáculos a la difusión de obras de todo tipo, incluyendo algunas en las que no tiene el más minimo sentido, como por ejemplo los programas ejecutables de computadora.

Un ejemplo reciente de la disfuncionalidad del sistema de derechos de autor en el actual contexto social y tecnológico es la querella penal promovida por la Cámara Argentina del Libro (nombre poético si los hay, toda vez que los agrupados en la cámara no son precisamente libros, sino editoriales) a un docente de filosofía de la Universidad de Lanús, Horacio Potel, por sus sitios web Nietzsche en Castellano, Heidegger en Castellano y Derrida en Castellano, en los que ponía al alcance del público, en forma gratuita y sin fines de lucro, una completa relación de los textos, vida y obra de los tres filósofos, además de fotos, biografías, comentarios y enlaces.

La demanda carece de mérito en el caso de Nietsche, ya que éste que murió en 1900, y por lo tanto los derechos comerciales sobre su obra expiraron en 1970, y es probable que el aspecto penal de la querella no prospere porque para que lo haga deberían demostrar intención de dolo, pero tanto en el caso de Heidegger (1889-1976) como el de Derrida (1930-2004), la publicación de obras de estos autores sin autorización de los titulares del derecho de autor puede ser vista, efectivamente, como una violación de la letra de la ley 11.723. Para un juez, este hecho probablemente baste para considerarlo culpable, al menos en el fuero civil. Es posible, incluso, que un juez no tenga más remedio que declararlo culpable, ya que su función es aplicar la ley, y no cuestionarla.

El resto de la ciudadanía, sin embargo, tenemos una pregunta muy difícil que contestar. Específicamente: ¿es justa una ley que permite condenar a una persona cuyas acciones claramente benefician a la sociedad en su conjunto? ¿Cómo se justifica una ley promulgada con el objetivo de promover la difusión de la cultura, pero que castiga a las personas que dedican su tiempo y esfuerzo, sin remuneración, precisamente a difundirla?

Los sitos de Potel son visitados por estudiantes de filosofía de todo el mundo hispanoparlante, que a través de ellos tienen acceso a textos que de otra manera estarían fuera de su alcance, ya sea porque son demasiado caros o porque sencillamente no se consiguen debido a que las editoriales las tienen fuera de imprenta o no están presentes en sus países. La riqueza social generada por los sitios de Potel, medida en términos de difusión de cultura, supera así con creces cualquier presunto perjuicio que las editoriales puedan argumentar haber sufrido. Darle prioridad a la posibilidad de lucro de éstas por sobre la posibilidad de acceso de todos es coronarlas definitivamente como dueñas de la cultura, de todas las obras creada por otros. Pidiéndole una imagen prestada a Richard Stallman, estamos destruyendo dos pesos de riqueza común para generar un peso de fortuna personal.

Es dudoso que las acciones de Potel hayan tenido una influencia negativa en las ventas de esos textos: no es lo mismo una publicación en la red que una edición no autorizada de un libro, que sí compite directamente con el producto de la editorial, y quienes compran libros rara vez consideran a un sitio web como un sustituto adecuado. Es posible, incluso, que más de una persona haya decidido comprar algún libro de Heidegger o Derrida luego de leerlos por primera vez en el sitio de Potel.

Pero supongamos por un momento que la existencia de los sitios de Potel hayan tenido algún efecto de reducción de la ventas de los libros de estos autores, ¿está justificado socialmente impedir la actividad de Potel para permitir que continúe la de de las editoriales? Al fin y al cabo, el valor social de la actividad de las editoras está en que, durante un cierto período histórico, fueron un agente razonablemente eficaz para la difusión de la cultura. Si hoy disponemos de mecanismos mejores para la misma tarea ¿qué sentido tiene prohibirlos para mantener vivos los antiguos mecanismos, inferiores tanto en eficiencia como en eficacia?

Es posible que Potel sea condenado por sus acciones. Si eso ocurre, será por haber violado una ley anacrónica, injusta y contraproducente, que ya es hora que repensemos desde el principio.
http://www.vialibre.org.ar/2009/03/11/los-duenos-de-la-cultura-vs-horacio-potel/


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, , dormidano dijo

Excelente el artículo de Potel.
Me voy a contactar con él para darle más difusión al tema.