Estreno: Spot Ignicionista #3 – “Crimen”
http://www.youtube.com/watch?v=d1LRrvS_JhI
- Sin Comentarios
- Sin votos
- Reportar este Posteo
http://www.youtube.com/watch?v=d1LRrvS_JhI
Para ver la lista de los demás ganadores hacer clic debajo:
Cosmopoética, uno de los festivales internacionales de poesía más importantes del España
da la bienvenida a Claudio Molinari Dassatti, quien acaba de terminar de delinear
el Primer Manifiesto Ignicionista.
A quemar, mi amor…
Cosmopoética 2o11
http://www.cosmopoetica.es/index.php?option=com_content&task=view&id=1087&Itemid=156
Póster Manifiesto Ignicionista
http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Manifiesto_Ignicionista.jpg
Reflexiones Ignicionistas #1
http://www.youtube.com/watch?v=eoydWycb9fM
El autor, Claudio Molinari (con i) agradece al jurado por su elección,
y también al ilustre desconocido que escribió mal su apellido por todo el mundo.
http://www.clarin.com/internet/America-Latina-Espana-YouTube-Play_0_338966279.html
Domingo 4 de julio.
Viendo la tele de cable, me he dado cuenta de que la oferta televisiva suele reducirse a a tres tipos de series: las de pelitos, las hipocráticas y las de disfuncionalidades.
Las de pelitos son aquellas en las que un pelito o una mota o una mancha -tras pasar por innumerables pantallas de plasma, gráficos, análisis y conversaciones que nos guían por los pensamientos de los detectives- acaba por hacer caer al criminal. Las hipocráticas incluyen las series de hospitales, de médicos y de salvadores de vidas en general. (Es muy probable que deban su popularidad a que muestran un sistema sanitario o civil funcional, en el que los enfermos realmente les importan a los médicos). Y por último las series sobre disfuncionalidades, en este grupo se incluyen las de disfuncionalidades personales, familiares o de grupo.
Por supuesto que estos tres géneros pueden combinarse para crear, por ejemplo, series de pelitos y salvavidas, o de médicos disfuncionales, o de funcionarios salvavidas que, a pesar de sus disfuncionalidades, se sirven de pelitos y motas y manchas para descubrir a los criminales.
También están las de vampiros y seres sobrenaturales, un tema de profundísimo interés y perfectamente combinable desde luego. Pero les ruego que me disculpen, ahora debo ir a depilarme las orejas.
Sábado 3 de julio.
Argentina perdió miserablemente contra Alemania. Yo y varios millones de personas aún sentimos La Salchicha Mecánica en lo más profundo del alma.
Pero en Buenos Aires hace sol y para alegrarme un poco decido dar una vuelta por Palermo y visitar a la Princesa Peronista, estrellita de anteriores relatos.
-¿Cómo estás? –saludo.
-Y… más o menos… -me responde.
-¿Por?
-Por el desamor… y la vejez… y la enfermedad …y la muerte.
¿Qué puede uno contestar a eso?
-Ayer una amiga –digo cambiando de tema- me contó que se había comido a Dorio.
-¿Ah sí? –la Princesa sonrió de repente-. ¡Yo también me lo comí a Dorio!
-No me digas…
-Fue en una fiesta de la JP… no paró de hablar ni un segundo… ni uno… no sé cómo hacía… es un plomo.
Viernes 2 de julio.
Mañana juega Argentina contra Alemania. Vi el partido de los alemanes contra los ingleses en compañía de unos pobres ingleses que sufrieron como perros. Si los holandeses son La Naranja Mecánica, los alemanes son la Salchicha Mecánica y nos va a doler.
Acabo de hacer 45 pizzas y 2500 ravioles y mañana toca hacer más. Por eso llamo a mi amiga la psicóloga y le pido refugio. A cambio le ofrezco cocinar cualquier cosa menos ravioles y pizzas. Me dice que claro, que esa noche justamente ha invitado a dos amigas psicólogas: la viuda negra y una tocaya.
Son un trío de divorciadas modernas: lindas, graciosas y superadas. O casi. Digamos que todo lo superado que puede estar un ser humano que aún albergue sentimientos decentes. Mi tocaya, que además es artesana, le ha traído un regalo artesano a mi amiga.
-¿Quién lo hizo? –dice mi amiga.
-Adrián… ¿te acordás? –dice la artesana.
-¿El del bigotito de Velázquez?
-Velázquez usaba perilla –tercio yo.
-El del bigotito de Dalí… –dice la artesana-. Ese que hablaba sin parar… el plomo… es buen tipo, pero es medio plomo… a mí me cae bien, viste… pero habla mucho y es un plomo… una vez le dije… me caes bien, che, pero hablás mucho y sos un plomo…
-Es un Dorio –tercio yo.
-¿Cómo que un Dorio? –dice la artesana.
-Jorge Dorio, ese del bigotito de Dalí –comento yo-: ese que parece estar hablando desde un balcón; el lector incansable, intelectual, pedante, insoportablemente pagado de sí mismo que puede parecer interesante durante los primeros 3 minutos de conversación pero que al imaginarlo en la mesa del desayuno citando a Heidegger se torna una visión dolorosa e insoportable.
-¡Huy, yo me comí a Dorio! –sonríe mi amiga-. Fue en una fiesta. Y no paró de hablar, en ningún momento, en ninguna circunstancia. Es un plomo.
-Yo chapé con Zeta Bosio cuando no lo conocía nadie –contraataca la artesana-. Era un bomboncito.
La viuda negra se endereza en el sofá:
-Todo el mundo se comió a Dorio –dice-. Yo estuve a punto de comerme a Cerati antes de lo de la vena.
Buenas tardes.
El autor está desgrabando las notas de su próximo post.
Gracias por vuestra paciencia.
La calle Reconquista esta desierta. Es martes por la tarde en San Telmo y juegan Argentina y Grecia. Los pocos repartidores llevan prendidas en los canastos de sus bicicletas banderas sucias. Pizzerías, restaurantes, aparcamientos, quioscos lucen la celeste y blanca con su sol tristón. Pueblan a la Plaza de Mayo vacía una docena de banderolas de seis metros por dos: con imágenes de las islas Malvinas, unas con tanques, otras de cañones, varias con la imagen de la Patagonia. Cerca de allí, un vendedor ofrece banderas en forma de imanes, escarapelas, pins, adhesivos, con Malvinas o sin, pero todo sobre los colores del cielo. En la casa rosada -la casa de gobierno- flamea la insignia, y debajo de la recova principal pende un inmenso lazo celeste y blanco.
Ya en la zona bancaria, las oficinas muertas, muestran algo de movimiento en los vestíbulos. Alguna joven despistada teclea en soledad mientras sus compañeros siguen de cerca el partido en el lobby, donde suelen encontrarse los televisores. En el sótano del Banco Hipotecario una morocha solitaria que luce una camiseta de Messi gira en su silla esperando no se sabe muy bien qué, pero que seguramente está relacionado con el fútbol. En bares y terrazas, empleados de traje y corbata fuman mientras siguen con la mirada a las hermosas oficinistas porteñas debajo de cuyos pulóveres asoman camisetas de la selección. Cocineros y camareros agotados también fuman, pero porros. En el Banco Credicoop un corro de mujeres lleva puesto, en el sentido de las agujas del reloj: una galera celeste y blanca, un gorro de arlequín celeste y blanco y un tocado de pachá con una pluma y un rubí. El rubí es celeste, la pluma es blanca.
Reconquista desemboca en la Plaza San Martín, sobre cuyas laderas tres mil personas inmóviles observan absortas una pantalla gigante en la que Messi, tras un regate brillante, acaba desparramado en el suelo, como la gran mayoría de las veces que intenta un ataque. Llegando a la estación Retiro, los vendedores despliegan su espectro de productos argentinos: pintura para la cara celeste y blanca, sombreros celestes y blancos, gorros de lana celestes y blancos, vuvuzelas, cornetas, trompetones celestes y blancas, camisetas, pantaloncitos, calzoncillos y calcetines de la selección, bufandas, guantes y cuellos de lana celestes y blancos, calendarios de Messi, de Tévez, de Mascherano, de Verón, todos marcando goles con sus uniformes celestes y blancos. Hay gafas estampadas con los colores de la bandera y un sol amarillo en cada ojo. Y hasta copas del mundo de plástico dorado.
Por la calle desfila la alta costura mundialista: los ricos llevan camisetas originales con sello de autenticidad de Adidas; los desahogados, camisetas falsificadas en La Salada, y los pobres una bandera barata atada al cuello, como superhéroes indios. La imagen emociona: a los pobres de la argentina lo único que les da abrigo es la bandera. Por la Avenida del Libertador, al caer el sol, una mujer empuja un carrito. Su hijito alza a contraluz una banderita argentina que esplende a la luz del crepúsculo.
En el tren, sin embargo, nadie habla; en el tren no hay pantallas como en los subterráneos, nadie tiene radio, nadie sabe nada. El paso por Saldías, Núñez, Aristóbulo del Valle, Florida, no rinde fruto informativo alguno, pero al llegar a la estación de Munro la avenida Vélez Sarsfield esta colapsada. Una fila de colectivos aguarda detenida ante el triángulo de espectadores que surge de la panchería de Carlitos, un triángulo de hombres cuyo vértice es la pantalla de televisor en la que Messi se está levantando del suelo por enésima vez. En ese instante Messi, nuevamente de pie, elude a dos jugadores y dispara un bombazo que el arquero consigue detener. Pero la pelota sale botando hacia Palermo que al ver el cambio de pie apenas perceptible del portero cruza el balón al otro palo y marca el gol.
Para los argentinos, acostumbrados a un fútbol lleno de sufrimiento, ir ganando por un solo gol es como ir perdiendo por un tanto. De nada importa que este sea un partido poco relevante, lo que importa es la alegría de Palermo y la tranquilidad de llevar, por fin, dos goles de ventaja. La alegría estalla. El gentío se disgrega sonriente. Sólo al pasar por el bazar de los griegos del barrio se percibe la tristeza: están mirando (¿a quién quieren engañar?) el partido de Nigeria. Pobres los griegos, no se percataron que incluso en el pecho de sus jugadores laten los colores gloriosos: celeste y blanco.
Ultimos Comentarios