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HAY MUNDOS QUE RESPLANDECEN

 

máscara 1

Nadie sabe de la vida.

Nadie.

Un conjunto de sospechas se transforman en dogmas con la facilidad de una recaída.

El hambre omnipresente cierra un círculo con destino de espiral. Y miles de cuerpos reptan por paneles endulzados, con penosa voracidad.

Certezas inciertas revolotean las auras transmitiendo mensajes de mal gusto, inadecuados.

Aunque algunos, pocos, degustan el desafío de meterse en lo aborrecido para curtir el alma, para forjar anticuerpos desde el mismísimo núcleo del virus, no necesariamente denota verdadera voluntad. Generalmente delata la incapacidad inherente.

Ella buscaba la salida del entuerto desesperadamente. Bien atenta a los baches, a las señales y curvas, se encontraba en medio de diálogos inexpertos y sonreía. Sonreía. Aunque sus vísceras brotadas bullían de incomodidad.

Nadie sabe nada.

Está escrito en las pupilas con sangre negra, disecada.

Tampoco se sabe bien cuándo fue que se perdió el rastro.

Ni siquiera en qué momento esa gama desconocida se hizo habitual.

Todo cambió de color. Los brillos se opacaron, los bosques desaparecieron dejando sombras que aún destellan a gritos.

Ella no sabía siquiera con quien negociar. Ya nadie mostraba la cara. Y las máscaras eran cada vez más parecidas a eso que nadie nunca hubiera querido ser.

Buscando protección en una mirada amable o en unas manos fuertes, rebotaba de karma en karma, lo cual sistemática y descaradamente le quitaba toda su frágil vitalidad.

Nadie sabe de este juego siniestro.

La voz se va perdiendo por desuso y ver los dibujos que la lava va formando en las planicies resulta ser la comedia de los sábados.

Ella se sabía vigilada por una mezcla rara de egoísmo – misión – avaricia de algunos, que parecían no estar. Pero en definitiva no estaban. Estaba sola.

Por las madrugadas, sueños inestables la acosaban, implantando más inquietud al desconcierto de su alma.

Tanta mediocridad barroca, tanta cosa… terminará disolviéndose, convirtiéndose en nada, dijeron algunos.

Y así fue. Ella no tuvo ganas volver a su vacío lleno de preguntas.

Prefirió seguir esos reflejos que latían en su nuca, prometiéndole músicas eternas.

Y así se fue; sin ganas de mirar atrás. Sólo veía el viento que movía las hojas multicolores. Sólo veía un hueco celeste en el plomizo cielo que la cubría.

Hay mundos aparentemente inestables haciéndose añicos. Otros, resplandecen en la eternidad.

máscara 3

Cla9

23/9/10

MARMOTA

UN MÍNIMO ACUERDO

 

volcán Eyjafjallajökull

Destellos eléctricos.

Locas chispas invisibles rebotan y chillan alrededor de las cabezas.

Orejas sensibles que esperan.

Palabras incoherentes y lava salen como vómitos de las bocas.

Pieles brotadas.

Frases cortadas, bosques talados, ideas a medias, defendiéndose de sus miedos.

Gestos disecados.

Todos encerrados en sus órbitas, creyéndose universales.

Manos que callan.

Un mínimo grado de compromiso, pequeño, conciso.

Ojos abiertos que ven sin mirar.

Un mínimo grado de compromiso es lo que flota en el aire, como deseo sin pedir.

Miradas furtivas.

Un ponerse de acuerdo en cazar sólo las propias debilidades.

Ideas blindadas.

Algo tan simple como una disculpa. Algo tan grande como un abrazo reparador.

Ceños adustos.

Solamente relajar las garras bajo el cielo, sólo calzar un poco sus zapatos.

Corazones rotos.

Una simple respuesta aliviadora. Un acuerdo tácito.

Planeta ultrajado.

Un mínimo grado de compromiso para que la oportunidad retorne, y se quede por un rato.

Cla9

5/9/10

volcán katla

(foto de Sigurour Stefnisson)

 

 MARMOTA

SINFONÍA DE LAS MARMOTAS (en 9 movimientos)

 

otro ceremonial 2

Lo pensó triste, lo pensó solo. Imaginó su noche, caminado por los lagos de Palermo, recorriendo los caminos, irregulares del lugar. Lo imaginó como en un laberinto, siguiendo a su suerte. Lo vio entre la gente y lo sintió solo. Pensó en como eligió su árbol. En como se ensució las rodillas para subir. Y hasta como hizo el nudo de la soga que lo ahorco. Creyó verlo llorar, al escribir su carta a Sofía. Y lo recordó muerto y solo.

PÓSTUMA, por LAURIS

Los cuadros que pintaba a las apuradas luego de despertar se amontonaban en uno de los rincones. Algunos eran trazos incoherentes; otros, esbozos de algo que podrían llamarse personas si no fuera por su extrema delgadez, amen de la palidez blancuzca que rezumaban y esas manos de tres dedos, parecidos a ramas secas de árboles que, seguramente, pertenecerían a viejos bosques embrujados.
Había comenzado a llamar a esos seres “Beatrices”.

LAS BEATRICES, por ADRIÁN

Caminamos un día, hombro con hombro, risa con risa. Parecía que nada podía con el todo que fuimos en ese tiempo. Ni las crecidas ni los incendios. Pero el devenir de las mañanas chocándose de frente con los deseos perdidos, las mentiras piadosas, los derrumbes de caretas, la sordera insaciable de quien no quiere saber, la etapa idiota que te pilla, alguna vez y para siempre, hizo el resto.

YA SOY EL CIELO, por GLORIA

Primero distinguí ojos, redondos, grandes, bellos. Luego sonrisas brillantes, pequeñas. Eran mas o menos media docena, y se acercaban, sin prisa, levitando. Mi asombro iba en aumento y finalmente pude ver a los seres causantes de que yo no estuviera tomando mate tranquilamente.

Eran unas criaturas asexuadas, sumamente delgadas y de un altura extraordinaria. Sus largas extremidades terminaban en un grupo de tres dedos en las manos y cinco dedos en los pies. Estaban constantemente en contacto entre ellos y no parecía que tuvieran un líder.

TRANSMISIÓN, por EL JUSTICIERO

Con sus manos blancas ellas atenazan mi alma. Intentan vencerme. Marchitarme. Son fantasmas blancos recorriendo mi cuerpo y mi alma. Sin saberlo me impulsan a tomar el camino contrario. Cuando Tristeza, Miedo, Depresión y las demás me acarician, no logran derrumbarme. Como gusanos que me recorren, dejan rastros en mi cuerpo. Para lavarlo, elijo sus manos, sus labios, su lengua. Cada caricia, cada beso, cada estremecimiento, borra sus heladas huellas de mi cuerpo. El ardiente calor de su cuerpo sobre el mío, derrite el hielo. Las aleja. Asi enredados entre sabanas claras. Compartiendo sudores. Piel con piel.

SENTIRES, por ANY

Apenas un instante después, y absorto en las palabras que le retumbaban todavía en la cabeza, Hernán tomó la bufanda y atándola a la araña de hierro del comedor, volvió a observar la pintura creyendo comprender absolutamente todo en el preciso momento en que dejaba caer la silla que lo mantenía firme al suelo y soltando apenas una lágrima….

TANGENTE, por EL SIR

Lo despertó el silencio de la madrugada. Demasiado silencio. Las luces de los edificios estaban opacadas por una extraña niebla, como cenizas flotando densamente. No se atrevió a abrir la ventana, sentía frío, helaba, los copos de ceniza seguían cayendo, el tiempo estaba detenido. Tenía la rara sensación de estar dentro de un reloj de arena, así de lento…

EL HOMBRE QUE FUE AGOSTO, por MARCELA SEGAL

Pablo se paró en el centro del atelier y miró las paredes mientras giraba en el sentido de las agujas del reloj, tratando de encontrar algo que le llamara la atención. De pronto se detuvo un instante y percibió  algo que lo movilizó: una de las lamparitas titilaba como a punto de quemarse, pero no lo hacía nunca.

SEÑALES EN ÓLEO, por DR. FERNET

Ser libre no es tan fácil. Vivimos rodeados de estímulos que nos confunden. Entonces descubrí que para serlo, tenía que buscar en mi interior. A veces lo logro, a veces no. Es muy difícil ser una mujer-naranja LIBRE. Pero serlo es maravilloso.

MUJER NARANJA, por ANILA

FIN