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CHOCOLATE de Prachya Pinkaew

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El melodrama, la ternura, el amor fraternal, el amor entre amigos, la venganza, el respeto, reclamar lo justo y la acción, mucha acción, componen este film de artes marciales en el que redundan yakuzas que se pelean por poder, yakuzas travestis vengadores y esclavas de yakusas. En este entorno que se criará Len, una adolescente autista, quién parece comunicarse con el mundo solo a través de las artes marciales. Len pasó gran parte de su corta vida viendo películas de Bruce Lee, observando obsesivamente todas las técnicas de lucha del maestro. Anticipadamente el director deja entrever en lo que se va a convertir Len, ya que posee reflejos casi perfectos. Toda esta explosión de hormonas contenidas detonará cuando la joven se de cuenta la grave enfermedad que padece su madre y de el dinero que necesitan para llevar adelante el tratamiento de la misma. La adolescente robará la libreta en donde su madre anotaba a las personas que le debían dinero e irá a buscarlos uno por uno para saldar la deuda, convirtiéndose en una máquina letal de las artes marciales. Será esta joven flacucha, la más débil entre los débiles, quién emergerá como potencial amenaza y hará derrumbar gran parte del sistema corrupto de la mafia tailandesa. La actuación de la actriz, JeeJa Yanin, es impecable. Ya sea desde el aspecto físico, por su gran habilidad en la peleas, como el emocional. El personaje es tan creíble como querible. Genera tal verosimilitud que naturaliza las sorprendentes escenas de acción que son fantásticamente inverosímiles. Tienen un nervio y una belleza rítmica tan exacta, se complementan de tal modo con la protagonista, que por momentos parecen ser de video juego. Poco van a importar los baches narrativos, los lugares comunes y ciertas situaciones autómatas, en el peor sentido, de los personajes, porque aquí lo argumental pasa a un segundo plano. Ya que lo que constituye la esencia de la historia está relacionado con lo sensorial, con esa coreografía violenta, armónica y lúdica de golpes, puños y patadas, brillantemente logradas.

María Paula Rios