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LA PROFESORA DE PIANO



EL OCASO DEL ALMA



La profesora de piano (La pianiste) film del austríaco M. Haneke está basado en la novela de la autríaco-judía Elfriede Jelinek, y ambientado además en la Austria natal de ambos, y como veremos no es nada casual que el film justamente transcurra en la ciudad capital de ese país. En Viena la gente es ordenada, precisa, las calles son las más limpias del mundo, en una palabra todo funciona puntualmente. Sin embargo Viena sigue (aún hoy) incubando los resabios de una enfermedad profunda e incurable: el fascismo. (No olvidemos que Austria registra el mayor número de criminales nazis de la historia.)

Y es esta misma ideología fascista la que poco a poco irá impregnando al film y a sus personajes con su dialéctica de lo débil y lo fuerte, de la agresión ciega y la impotencia, de la destrucción y la autodestrucción, materializada en el aislamiento, la orden, la prohibición, la vigilancia, la denuncia y la persecución, el castigo y la auto flagelación.

Este film tiene además (nadie ignora la admiración que Haneke siente por Bach, aunque se nombren a Schubert y Schumann) una estructura fugal: la fuga se basa en un tema (que en este film es el poder en su variante: dominación-sometimiento-humillación) que se va tocando en distintas voces por lo general son tres (en este caso el triángulo: madre-hija-amante) pero introduciendo “copias” del mismo tema en distintos tonos (más arriba o más abajo). Cuando todas las voces han entrado ya en el juego se acaban las reglas.

Erika (Isabelle Huppert) es la profesora de piano de un prestigioso conservatorio vienés (entra como primera voz) en cuyo recinto domina, somete y humilla a sus alumnos que en realidad no son más que sus víctimas. Además de haberle dedicado toda su vida a la música, ha vivido prácticamente en cautiverio durante más de cuarenta años atada a los lazos que la unen (a través de una cruel manipulación) a su verdugo: su propia madre (Annie Girardot) que a su vez entra como segunda voz unos tonos más arriba -en grados de crueldad- en esta especie de composición fugal (repitiendo el esquema de poder) para “vigilar y castigar” a su hija (la llama al conservatorio, controla sus horarios, le revisa la cartera) que a su vez no es más que su víctima (aunque por momentos los roles se inviertan).

Erika no sólo vive recluida con su madre (las dos duermen incluso en la misma cama) dentro de ese lúgubre y asfixiante departamento (una especie de tumba) en donde nunca brilla la luz del sol, sino que además es prisionera de sus oscuros y nunca satisfechos deseos, y por eso mismo de una incontrolable pulsión auto destructiva (por ejemplo lastimarse la vagina con una gilette)

Erika atrapada dentro de la estricta vigilancia de su madre, busca intersticios de gratificación furtiva a través del voyeurismo (espía la relación sexual de una pareja en un autocine) también en las reducidas salas de proyección de videos pornográficos (aspira con placer una servilleta de papel usada y con semen mientras observa una escena de sexo oral) o con la compra de una chalina de seda (que su madre “accidentalmente” destroza) para dar un poco de color al gris de su vida. Sin embargo aplicará la misma actitud policíaca de su madre (a través de la tortura psicológica) con un alumno al que ha sorprendido fisgoneando avisos “prohibidos”. No nos olvidemos (con respecto a la estructura fugal del film) que ya tenemos dos voces (la de Erika y su madre) que se entrelazan y distancian, en primer lugar formando parte de una melodía y en segundo lugar de la armonización de esa melodía.

Así como el fascismo logró la inversión radical de los valores: la infelicidad se convertiría en gracia, la necesidad y la carencia en bendición (traducidas en una infinita capacidad para el sacrificio y la renuncia) ostentando la dominación del individuo a expensas de la sumisión y hasta de su propia aniquilación; la madre (fiel representante de esta ideología) inducirá a su hija al enfrentamiento y anulación del otro posible competidor (Erika impide vilmente que una de sus alumnas más dotadas debute en un concierto).

Pero estos estallidos irracionales de furia contenida no tardarán en volverse contra sí misma, y recrudecerán al involucrarse con Walter (Benoit Magimel) uno de sus más talentosos alumnos, y también la tercera y última voz que se entronca con las otras dos (un poco más arriba) retomando el mismo tema del poder a través del ya repetido circuito de dominación-sometimiento-humillación.

Esta relación de amour fou se convertirá en la alegoría de su propia caída, y el triunfo total y absoluto de esta incurable enfermedad que representa todavía aún hoy los resabios del fascismo con su inversión de valores: la búsqueda del amor y de la felicidad van a convertirse en imposibilidad, sufrimiento y auto castigo.

Deformidad, crueldad, locura son las constantes de la filmografía de Haneke que recortadas contra la pulcritud y refinamiento vienés resultan aún más monstruosas. No es frialdad (de la que muchos lo acusan) sino austeridad la base sobre la que Haneke se apoya para crear su universo tan original. Haneke en su juventud quiso ser músico, y si bien no pudo dedicarse a la música profesionalmente, en cada uno de sus films consigue con elegancia (si se entiende por elegancia a una economía de enunciación), al igual que los grandes músicos y matemáticos, que una sola línea de pensamiento tenga grandes implicancias y resultados.

“No tengo sentimientos, y si alguna vez los tuviera, no triunfarían sobre mi inteligencia”, le dice Erika a Walter.

Y dónde hay inteligencia hay bondad y belleza, tomen las formas que tomen, incluso las de la perversión y la crueldad.


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Gabriela Mársico