Tierra arrasada
Ojos irritados, alergias, mareos, problemas respiratorios y dérmicos son sólo algunas de las consecuencias del uso indiscriminado de agrotóxicos y del avance de la producción sojera en nuestro país. En la década del ’90, el entonces secretario de Agricultura de Carlos Menem, Felipe Solá, autorizó la siembra de semillas modificadas genéticamente y el uso intensivo de glifosato, el agroquímico más usado por los productores sojeros y que representa el 37% del total de herbicidas utilizados. A partir de ese momento, el monocultivo comenzó una escalada sin precedentes desplazando al trigo y al maíz.
Problemas de salud y desalojo compulsivo de campesinos avanzan al compás de los grandes productores de soja. Hace una década que el modelo de monocultivos a gran escala diezma a los pequeños productores y comunidades rurales de todo el país
En 1997, en Argentina se cosecharon 11 millones de toneladas de soja transgénica y se utilizaron 6 millones de hectáreas. En la campaña 2007-2008, la cosecha llegó a los 47 millones de toneladas y abarcó 18 millones de hectáreas que consumieron millones de litros de glisofato. Su uso pasó de un millón de litros en 1991 a 200 millones en 2007.
De esta manera, nuestro país se transformó en el segundo productor mundial de transgénicos del mundo, el tercer exportador mundial de grano de soja (luego de Estados Unidos y Brasil), el primero de aceite y por sobre todo, en un país altamente fumigado con Roundup Ready, nombre comercial del glisofato producido por la empresa Monsanto en Zárate.
“El problema del glifosato es grave por las cantidades que se utilizan, por el modo de aplicación y por su impacto en la salud, pero no es el único. En la actualidad se utilizan una serie de plaguicidas extremadamente tóxicos con capacidad de producir daños en la salud a corto plazo.
Es el caso de los insecticidas Endosulfán, Carbofuran, de los herbicidas dos, 4D y Paraquat”, explica el Ingeniero Agrónomo Javier Souza Casadinho, docente de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires y miembro de la Red de Acción en plaguicidas y sus alternativas de América Latina (RAPAL), organismo no gubernamental que trabaja para advertir la peligrosidad de los agroquímicos.
llega con el viento
Hace 30 años atrás vivir en un pequeño pueblo rural argentino, disfrutar de su paz y de aire puro, era una excelente idea. Hoy se transformó en una práctica casi suicida.
La mayoría de los pueblos y ciudades del interior bonaerense se basan en la agricultura, siendo en muchos de ellos la soja el principal cultivo.
Los Toldos, San Nicolás, Trenque Lauquen, Bayauca, partido de Junín, y Chacabuco son las principales zonas afectadas por las fumigaciones con agroquímicos.
Jorge Herse es médico pediatra y desde hace 20 años trabaja en Los Toldos. Luego de algunas investigaciones observó el aumento de enfermedades respiratorias y algunas enfermedades de la piel en las zonas periféricas de la ciudad. “Si se ahonda más se descubre que en una familia donde los niños se brotaron o tienen problemas en la piel, también se les secó una planta de 20 años y el avión fumigador sobrevuela sus viviendas todos los días”, afirma.
Bayauca no es ajena a lo que viene sucediendo en miles de pueblos de alta producción sojera. Desde fines de diciembre del 2007 hasta abril del 2008 sobre una pequeña población de 400 habitantes, fallecieron 14 personas de cáncer y hay una gran cantidad de habitantes del lugar sufriendo los avatares de los agrotóxicos.
Desde el Movimiento Campesino Nacional acusan a la industria de los agronegocios de contaminar aire, agua, alimentos y suelos, y sus denuncias se sustentan con estudios médicos que puntualizan en efectos agudos. Una recopilación de estudios realizada por el médico Jorge Kaczewer, especializado en ecotoxicología asegura “los síntomas de envenenamiento incluyen irritaciones dérmicas y oculares, náuseas y mareos, edema pulmonar, descenso de la presión sanguínea, reacciones alérgicas, dolor abdominal, vómitos, destrucción de glóbulos rojos, quemaduras, diarrea, falla cardíaca y daño renal”.
malformaciones y abortos
Malabrigo es una ciudad al noroeste de la provincia de Santa Fe y tiene unos siete mil habitantes. En 1988 el pediatra Rodolfo Páramo llegó a la ciudad y al poco tiempo observó que aumentaba considerablemente la cantidad de chicos que nacían con malformaciones congénitas. Para 1995, en Malabrigo había entre 15 y 20 nacimientos por mes y en menos de un año hubo 12 chicos nacidos con malformaciones.
El mismo fenómeno se repitió años después en San Cristóbal. En el primer semestre del 2005, su intendente Edgardo Martino, denunció que se habían producido once nacimientos con malformaciones congénitas.
Para Páramo “el Round-Up o glifosato se diluye en agua y la contamina rápidamente. Y en su contacto con el suelo no se degrada en materiales naturales. No nos damos cuenta que nos están matando de manera lenta y profunda con el fin absoluto de ganar dinero”.
Un estudio de la Universidad de Caen, Francia, sobre la toxicidad del RoundUp demuestra que las células de la placenta humana son muy sensibles al herbicida aún a niveles inferiores a los usados en la agricultura, y esto explica las causas de nacimientos y abortos prematuros en áreas rurales de Argentina.
Malformaciones, cáncer y problemas reproductivos tienen vinculación directa con el uso y la exposición a contaminantes ambientales. Así lo demuestra un estudio científico realizado durante dos años y encabezado por el Dr. Alejandro Oliva del Hospital Italiano de Rosario. El trabajo abarcó seis pueblos de la pampa húmeda y confirmó que cuatro de cada diez hombres que consultaron por infertilidad habían sido expuestos a químicos agropecuarios.
Además señala que el efecto sanitario de los agrotóxicos puede manifestarse en las generaciones futuras. “Hijos o nietos de los trabajadores rurales y las poblaciones cercanas, son los que dentro de décadas pueden sufrir las consecuencias”, advierte.
“Nos quieren sacar”
Como si no fuera poco la contaminación, las familias campesinas también deben lidiar con la expulsión de sus tierras por parte de empresarios que piensan en el campo sólo como un negocio.
“El avance de la frontera agropecuaria es una amenaza para nuestros pueblos”, resumen desde el Movimiento Campesino de Santiago del Estero – Vía Campesina (MOCASE-VC) que desde hace 20 años lucha por la territorialidad.
“Muchas familias sufren diariamente intentos de desalojo, de asesinato y quemas de ranchos por parte de los terratenientes,
con complicidad de jueces y policías”, señala Ángel Strapazzón, miembro del Movimiento.
Las familias campesinas indígenas en su mayoría producen para autoconsumo.
Con la utilización del glisofato muchas han perdido semillas criollas, cultivos diversificados y animales de corrales. “Esta práctica de monocultivo de soja transgénica en estas zonas promete un futuro con mucho hambre para generaciones venideras”.
Según el MOCASE-VC familias enteras tuvieron que trasladarse forzadamente a los pueblos y abandonarlo todo.
“Se convirtieron en mano de obra barata para el terrateniente, quien los semiesclaviza, incluidos los niños”, advierten.
En Córdoba la situación es similar, las familias campesinas continúan perdiendo territorio. “Las empresas agrícolas sojeras han desplazado y conquistado todo el noreste de la provincia, lo que hace 15 años era monte y vida campesina, hoy es en gran parte territorio de los agronegocios, desalojos y empleo precario”, afirma Juan Herrero de la Asociación de Productores del Noroeste de Córdoba (APENOC) y agrega “en estos años de lucha, han habido más de 70 compañeros procesados penalmente, algunos incluso condenados por el hecho de haber resistido irse del lugar donde varias generaciones reprodujeron la economía campesina”.
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