Soja, agroquímicos y enfermedades: La mano del hombre

Detrás del dengue y la Gripe A, que produjeron víctimas en distintos puntos del país y llegaron para quedarse, aparecen los agrotóxicos y el modelo productivo del campo. Un estudio revela lo que muchos medios saben pero prefieren callar

Hace algunos meses atrás, la localidad de Charata en el centro oeste de la provincia de Chaco brillaba como un diamante y se regocijaba con los beneficios de haber apostado al boom sojero. Sin embargo, todo lo que brilla no es oro. En poco tiempo pasó de la riqueza a ser considerada “la capital nacional del dengue”. Esta situación no es pura coincidencia, algunos especialistas sostienen que la soja sería una de las causas de esta epidemia.

Un trabajo reciente del ingeniero agrónomo Alberto Lapolla vincula la epidemia de dengue con la sojización. “Por un lado el complejo de agrotóxicos utilizados para el sistema de la Siembra directa-sojaRR, se basa en el uso masivo de glifosato, endosulfán, clorpirifos, 2-4-D, atrazina, paraquat, y otros pesticidas. Todos poseen una fuerte acción devastadora sobre la población de peces y anfibios, predadores naturales de los mosquitos, transmisores del dengue y la fiebre amarilla”.

Para Lapolla esta epidemia coincide como en años anteriores, con que la multinacional Syngenta llamaba la República Unida de la Soja, es decir la región comprendida por las zonas de Bolivia, Paraguay, Argentina, Brasil y Uruguay sembradas con el mágico poroto transgénico forrajero producido por la multinacional

Monsanto, y rociado con abundantemente glifosato (Round up) y otros herbicidas.

El Dr. Nicolás Schweigmann es Director del Grupo Estudios de Mosquitos de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires e Investigador del Conicet, para él no existe una vinculación directa entre el uso de glifosato y el mosquito del dengue ya que este agrotóxico se usa en ambientes rurales mientras que el mosquito Aedes aegypti es exclusivamente domiciliario. Sin embargo sostiene que el uso de

los insecticidas que se utilizan mata también a los predadores de los mosquitos: a las hormigas que se comen los huevos del Aedes, a los predadores de larvas, a los peces y a los sapos.

la aplanadora

El brote tuvo su origen en la propagación de la epidemia que afectó a Bolivia. Y tuvo su causa principal en el calentamiento global que afecta a nuestro planeta, que al producir el aumento de las temperaturas mínimas y medias extiende las enfermedades tropicales como el paludismo, fiebre, amarilla, dengue y malaria, entre otras, hacia las regiones templadas, es decir hacia Argentina.

La agricultura, al realizarse sobre el desmonte y quema de árboles, significa más producción de dióxido de carbono que sumado a otros gases generados por la utilización de fertilizantes, determina la creación de una capa que impide la salida de energía. Ese escudo hace que la tierra se mantenga más caliente. Eso determina temperaturas más elevadas y cambios en los regímenes de lluvias que pueden favorecer el desarrollo y crecimiento de insectos, entre ellos los vectores de enfermedades.

Lapolla afirma que esta es la razón principal de por qué volvió el dengue a nuestro país; sin embargo, considera que hay otras relaciones causales del múltiple complejo ambiental que afecta a la expansión de una enfermedad como el dengue.

“A las políticas de destrucción del Estado y sus controles aplicados durante los noventa, que cesaron las fumigaciones preventivas, y a la falta de nuevos productos químicos para combatir al insecto vector Aedes aegypty, debemos en el caso argentino sumar la tremenda expansión del área sojizada en Pampa Húmeda y extensas regiones del NEA y del NOA, lindantes con Bolivia, Brasil y Paraguay” puede leerse en el reciente trabajo.

El Ingeniero Agrónomo Javier Souza Casadinho, miembro de la Red de Acción en plaguicidas y sus alternativas de América Latina (RAPAL), de Pesticide Action Network (PAN) y docente de la Facultad de Agronomía de la

Universidad de Buenos Aires, coincide con que el modelo productivo basado en el monocultivo de soja transgénica, la utilización de herbicidas, fungicidas e insecticidas posee su impacto en la tasa de reproducción y supervivencia del vector. “La utilización de plaguicidas generan resistencias genéticas que pasan de generación en generación.

Cuando esto sucede los productores incrementan las dosis, la cantidad de aplicaciones o utilizan productos cada vez más tóxicos”.

El modelo sojero no sólo impacta en las condiciones de acceso al trabajo, sino también en la salud y vivienda de los trabajadores. “Los campesinos expulsados de sus tierras, no sólo por desalojo sino por malvender sus propios predios, viven en malas condiciones de salubridad e infraestructura sanitaria y saneamiento ambiental que impactan en la salud y se constituyen en factores que pueden predisponer la reproducción de los insectos”, sostiene Souza Casadinho.

Un segundo elemento de la relación entre la sojización y la epidemia de dengue es la enorme deforestación producida en las áreas boscosas y de monte de las regiones del NEA y del NOA. La tala y quema de bosques y montes para dedicar las tierras al cultivo de soja, ha determinado la migración de los mosquitos hacia otras zonas donde han encontrado condiciones óptimas para su supervivencia, afirma Souza Casadinho.

“Es imposible negar la relación entre la destrucción de los predadores de los mosquitos que provoca la sojización por vía de los venenos que se usan para su cultivo, como por obra de la depredación de los montes y bosques nativos que produce su cultivo descontrolado, y por ende su responsabilidad central en la existencia de la actual epidemia de dengue. Una mancha más a cargar en el disparate sojero”, finaliza Lapolla.

¿virus artificial?

En los últimos meses, una nueva enfermedad irrumpió en el mundo: Gripe A (H1N1). En México algunos especialistas señalan que ese virus tiene responsables concretos: la empresa estadounidense Smithfield Foods Inc., la productora de carne porcina más importante del mundo.

El pasado 11 de mayo, el esposo de la primera estadounidense fallecida por Gripe A, Steven Trunnell, inició una demanda contra la empresa por daños y perjuicios por la “muerte injusta de Judy provocada por Smithfield Foods”. Marc Rosenthal, abogado de la familia, reveló que esa compañía posee más de un millón de cerdos hacinados en las 200 porquerizas situadas en los alrededores de La Gloria, un pueblito mexicano perteneciente

al municipio de Perote, en el Estado de Veracruz. Se propone denunciar el horror de los insalubres criaderos industriales de puercos y aportar pruebas de que la Gripe A (H1N1) tuvo su origen en esas inmundas pocilgas de La Gloria, desde donde se está propagando a todo el planeta.

Según un artículo escrito por Ignacio Ramonet para Le Monde Diplomatique, la empresa Smithfield Foods niega cualquier relación entre sus instalaciones y la aparición de un foco de nueva gripe a las puertas de sus granjas. Sin embargo, sostiene Ramonet, un informe reciente de la ONG española GRAIN alerta que “el aumento en gran escala de zahúrdas industriales creó las condiciones perfectas para el surgimiento y dispersión de nuevas formas de gripe altamente virulentas.

Tales criaderos constituyen bombas de tiempo listas para desencadenar epidemias mundiales”. En 2006, unos investigadores del Instituto Nacional de Salud de Estados Unidos habían declarado: “La alta concentración de enormes cantidades de animales apretujados en muy poco espacio facilita la rápida transmisión y mezcla de los virus”.

En marzo de 2003, la revista Science ya había advertido que la gripe porcina estaba evolucionando en fase rápida a causa del aumento del tamaño de los criaderos industriales y del uso generalizado de antibióticos y vacunas.

Para la periodista austríaca Jane Bürgermeister, “no hay ningún virus que represente una amenaza para la población”. En una denuncia presentada ante el FBI en Austria el 10 de junio, presenta pruebas que conducen a creer que “el virus de la gripe aviar y la gripe porcina han sido creados por laboratorios de bioingeniería”.

Para la periodista el virus se creó y fue puesto en libertad con la ayuda de la OMS a quien señala como responsable de la abrumadora pandemia.

Tierra arrasada

Problemas de salud y desalojo compulsivo de campesinos avanzan al compás de los grandes productores de soja. Hace una década que el modelo de monocultivos a gran escala diezma a los pequeños productores y comunidades rurales de todo el país

Ojos irritados, alergias, mareos, problemas respiratorios y dérmicos son sólo algunas de las consecuencias del uso indiscriminado de agrotóxicos y del avance de la producción sojera en nuestro país.

En la década del ’90, el entonces secretario de Agricultura de Carlos Menem, Felipe Solá, autorizó la siembra de semillas modificadas genéticamente y el uso intensivo de glifosato, el agroquímico más usado por los productores sojeros y que representa el 37% del total de herbicidas utilizados.

A partir de ese momento, el monocultivo comenzó una escalada sin precedentes desplazando al trigo y al maíz.

En 1997, en Argentina se cosecharon 11 millones de toneladas de soja transgénica y se utilizaron 6 millones de hectáreas. En la campaña 2007-2008, la cosecha llegó a los 47 millones de toneladas y abarcó 18 millones de hectáreas que consumieron millones de litros de glisofato. Su uso pasó de un millón de litros en 1991 a 200 millones en 2007.

De esta manera, nuestro país se transformó en el segundo productor mundial de transgénicos del mundo, el tercer exportador mundial de grano de soja (luego de Estados Unidos y Brasil), el primero de aceite y por sobre todo, en un país altamente fumigado con Roundup Ready, nombre comercial del glisofato producido por la empresa Monsanto en Zárate.

“El problema del glifosato es grave por las cantidades que se utilizan, por el modo de aplicación y por su impacto en la salud, pero no es el único. En la actualidad se utilizan una serie de plaguicidas extremadamente tóxicos con capacidad de producir daños en la salud a corto plazo.

Es el caso de los insecticidas Endosulfán, Carbofuran, de los herbicidas dos, 4D y Paraquat”, explica el Ingeniero Agrónomo Javier Souza Casadinho, docente de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires y miembro de la Red de Acción en plaguicidas y sus alternativas de América Latina (RAPAL), organismo no gubernamental que trabaja para advertir la peligrosidad de los agroquímicos.

llega con el viento

Hace 30 años atrás vivir en un pequeño pueblo rural argentino, disfrutar de su paz y de aire puro, era una excelente idea. Hoy se transformó en una práctica casi suicida.

La mayoría de los pueblos y ciudades del interior bonaerense se basan en la agricultura, siendo en muchos de ellos la soja el principal cultivo.

Los Toldos, San Nicolás, Trenque Lauquen, Bayauca, partido de Junín, y Chacabuco son las principales zonas afectadas por las fumigaciones con agroquímicos.

Jorge Herse es médico pediatra y desde hace 20 años trabaja en Los Toldos. Luego de algunas investigaciones observó el aumento de enfermedades respiratorias y algunas enfermedades de la piel en las zonas periféricas de la ciudad. “Si se ahonda más se descubre que en una familia donde los niños se brotaron o tienen problemas en la piel, también se les secó una planta de 20 años y el avión fumigador sobrevuela sus viviendas todos los días”, afirma.

Bayauca no es ajena a lo que viene sucediendo en miles de pueblos de alta producción sojera. Desde fines de diciembre del 2007 hasta abril del 2008 sobre una pequeña población de 400 habitantes, fallecieron 14 personas de cáncer y hay una gran cantidad de habitantes del lugar sufriendo los avatares de los agrotóxicos.

Desde el Movimiento Campesino Nacional acusan a la industria de los agronegocios de contaminar aire, agua, alimentos y suelos, y sus denuncias se sustentan con estudios médicos que puntualizan en efectos agudos. Una recopilación de estudios realizada por el médico Jorge Kaczewer, especializado en ecotoxicología asegura “los síntomas de envenenamiento incluyen irritaciones dérmicas y oculares, náuseas y mareos, edema pulmonar, descenso de la presión sanguínea, reacciones alérgicas, dolor abdominal, vómitos, destrucción de glóbulos rojos, quemaduras, diarrea, falla cardíaca y daño renal”.

malformaciones y abortos

Malabrigo es una ciudad al noroeste de la provincia de Santa Fe y tiene unos siete mil habitantes. En 1988 el pediatra Rodolfo Páramo llegó a la ciudad y al poco tiempo observó que aumentaba considerablemente la cantidad de chicos que nacían con malformaciones congénitas. Para 1995, en Malabrigo había entre 15 y 20 nacimientos por mes y en menos de un año hubo 12 chicos nacidos con malformaciones.

El mismo fenómeno se repitió años después en San Cristóbal. En el primer semestre del 2005, su intendente Edgardo Martino, denunció que se habían producido once nacimientos con malformaciones congénitas.

Para Páramo “el Round-Up o glifosato se diluye en agua y la contamina rápidamente. Y en su contacto con el suelo no se degrada en materiales naturales. No nos damos cuenta que nos están matando de manera lenta y profunda con el fin absoluto de ganar dinero”.

Un estudio de la Universidad de Caen, Francia, sobre la toxicidad del RoundUp demuestra que las células de la placenta humana son muy sensibles al herbicida aún a niveles inferiores a los usados en la agricultura, y esto explica las causas de nacimientos y abortos prematuros en áreas rurales de Argentina.

Malformaciones, cáncer y problemas reproductivos tienen vinculación directa con el uso y la exposición a contaminantes ambientales. Así lo demuestra un estudio científico realizado durante dos años y encabezado por el Dr. Alejandro Oliva del Hospital Italiano de Rosario. El trabajo abarcó seis pueblos de la pampa húmeda y confirmó que cuatro de cada diez hombres que consultaron por infertilidad habían sido expuestos a químicos agropecuarios.

Además señala que el efecto sanitario de los agrotóxicos puede manifestarse en las generaciones futuras. “Hijos o nietos de los trabajadores rurales y las poblaciones cercanas, son los que dentro de décadas pueden sufrir las consecuencias”, advierte.

“Nos quieren sacar”

Como si no fuera poco la contaminación, las familias campesinas también deben lidiar con la expulsión de sus tierras por parte de empresarios que piensan en el campo sólo como un negocio.

“El avance de la frontera agropecuaria es una amenaza para nuestros pueblos”, resumen desde el Movimiento Campesino de Santiago del Estero – Vía Campesina (MOCASE-VC) que desde hace 20 años lucha por la territorialidad.

“Muchas familias sufren diariamente intentos de desalojo, de asesinato y quemas de ranchos por parte de los terratenientes,

con complicidad de jueces y policías”, señala Ángel Strapazzón, miembro del Movimiento.

Las familias campesinas indígenas en su mayoría producen para autoconsumo.

Con la utilización del glisofato muchas han perdido semillas criollas, cultivos diversificados y animales de corrales. “Esta práctica de monocultivo de soja transgénica en estas zonas promete un futuro con mucho hambre para generaciones venideras”.

Según el MOCASE-VC familias enteras tuvieron que trasladarse forzadamente a los pueblos y abandonarlo todo.

“Se convirtieron en mano de obra barata para el terrateniente, quien los semiesclaviza, incluidos los niños”, advierten.

En Córdoba la situación es similar, las familias campesinas continúan perdiendo territorio. “Las empresas agrícolas sojeras han desplazado y conquistado todo el noreste de la provincia, lo que hace 15 años era monte y vida campesina, hoy es en gran parte territorio de los agronegocios, desalojos y empleo precario”, afirma Juan Herrero de la Asociación de Productores del Noroeste de Córdoba (APENOC) y agrega “en estos años de lucha, han habido más de 70 compañeros procesados penalmente, algunos incluso condenados por el hecho de haber resistido irse del lugar donde varias generaciones reprodujeron la economía campesina”.


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