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TARTAGAL DA PARA HABLAR

Nuevamente bajó con barro y troncos el río Tartagal y esta vez se llevó o anegó un tercio de la ciudad, y el gobierno salteño –el PJ, desde hace 22 años- dice que no es culpa de los desmontes que vive autorizando a cuatro manos: ¿será entonces de los tartagaleños, que vienen a construir una urbe justo donde pasa el barro? El gobierno nacional, también del PJ, estuvo “pisando la pelota” de la ley de bosques durante dos años para que no se reglamentara y aplicara, pero va todavía un poco más lejos: ahora critica severamente los desmontes. Posibilitados, en fin, porque la ley estuvo parada. Por el gobierno nacional, entiéndase.

El río Tartagal es el menos culpable: antes no hacía estas cosas. Típico curso de montaña, tiene ondas de crecida bruscas cuando llueve en la alta cuenca. Pero la diferencia entre el “siempre” y el “ahora” es doble: en la última década y media se estuvieron haciendo talas ilegales en laderas altas, que tienen relictos de yunga (selva subtropical de altura). Aunque ahí arriba, en las divisorias de agua, la masa forestal degradada por la pérdida de los árboles más altos del dosel resiste como puede, las picadas por las que se extraen los troncos (a tractor o con bueyes) se transforman en ríos turbulentos con la primer lluvia severa.

A eso hay que añadir que aguas abajo, en los terrenos planos con monte, éste es pasado por la topadora para sembrar soja. Para el dueño es casi una operación inmobiliaria: cuando deja de ser “campo bruto” (en la particular visión de la culta burguesía local), el valor de la hectárea sube un 50%. Por último aparecen fondos de capitales a veces ni siquiera radicados en el país ni dedicados a la agricultura, con algún teléfono en la city porteña, que se alzan con 50 o 60.000 hectáreas de un saque, las “desembrutecen” a topadora, y luego ven qué hacen. El ordenamiento territorial ya no se decide ni siquiera en la capital salteña (donde sólo se ponen sellos de “aprobado”), sino en los mercados de commodities de Chicago y Shanghai. Donde cuánta gente muera o pierda su casa en Tartagal no es siquiera un dato.

Es elemental que, al no estar sujeta por raíces profundas, la tierra en pendiente se lava, en un proceso erosivo nada lento de su capa fértil, que se vuelve furibundo cuando las lluvias son bravas. Cuando son bravas, el terreno, que antes absorbía agua como una esponja y lo liberaba lentamente, ahora resulta impermeable y el agua llovida baja a pleno caudal por las quebradas con enorme energía cinética: arrastra lodo y piedras y desarraiga árboles. Fue un “mix” de todo eso lo que arrancó de sus pilares un robusto puente ferroviario de vigas de acero que estuvo allí casi todo el siglo XX, lo enclavó aguas abajo, lo rellenó de materiales de arrastre hasta volverlo un dique sólido, e inundó la ciudad.

GRAN DESMONTADOR, GRAN ARBUSTIZADOR

Si se le da tiempo, el gobernador Juan Manuel Urtubey le ganará a su antecesor Juan Carlos Romero el título de Gran Desmontador del NOA: cuando en diciembre de 2008 la legislatura salteña aprobó localmente la nueva ley de ordenamiento territorial, presentó un mapa en el que se autorizaba la tala de 1 millón de hectáreas adicional. Urtubey vetó el mapa –con lo que la ley es inaplicable- y entre tanto prepara uno con entre 1,8 y 2,5 millones de hectáreas, y tiene legisladores que ya hablan de 5 millones. Incluso en su versión más benigna, ésta es una ley permisiva: si antes el límite de pendiente para cultivar era del 10%, esta ley autoriza el 15%, es decir en plena serranía. Por menos que eso ya hubo aludes en Orán y Vespucio, ciudades que nunca los tuvieron. Noemí Cruz, coordinadora de Greenpeace en el NOA, menciona que Facundo Urtubey, hermano del gobernador, tiene una empresa de desmontes. Bueno, nadie dice que sólo se deba ganar plata en Shanghai.

Cuando el PJ más ranciamente conservador del país, el salteño, autoriza desmontes, suele ampararse en que condena a bosques de poco valor biológico, bastante degradados en su biodiversidad. Por supuesto, tiene razón: degradados en primer lugar, por un siglo y monedas de tala selectiva de los mejores árboles y luego por la invasión de ganado en los claros que liquidó los renovales, y también el pastizal. Puede añadirse, como nota al pie, que la mayor parte de estos daños sucedió últimamente durante los 22 años de administración del PJ. Es decir, cuando la soja entró a la región por el este, su sector más húmedo, y se fue corriendo hacia el oeste semiárido sin más límite que el costo del flete en camión para salir al mundo por el río Paraná.

Pero el Chaco es un ecosistema menos perdonavidas que la Pampa Húmeda, cuando se mete la pata con la receta agropecuaria, y la tierra se vuelve más vengativa de los desmanejos cuanto más occidental y larga estación seca. Si se deja la tierra sin cobertura vegetal y sin celulosa en el suelo la mayor parte del año, como sucede con la soja monocultivada, la estación lluviosa va destruyendo la capa fértil. Y si entonces se la abandona empobrecida por la merma de rindes, y hecha un peladal, sobreviene la arbustización.

Es lo que ya sucedió durante el siglo anterior debido a dos causas distints: la sobretala y el sobrepastoreo. Ante la falta de incendios espontáneos de pastizal que quemen los arbustos leguminosos pinchudos (talas, churquis, vinales, espinillos), o de grandes árboles que les ocupen la tierra, el arbustal –antes una nota al pie en el inventario vegetal del paisaje- pasa al frente e invade todo, y forma el equivalente botánico del alambrado de púas. Gracias a la vista gorda –y francamente idiota- de gobernadores, presidentes y legisladores, la Argentina hoy tiene el récord mundial de tierras arbustizadas: 60 millones de hectáreas según el Dr. Enrique Bucher, de la Universidad de Córdoba. Es como sumar Holanda y Bélgica.

Como la economía arbustizada pasa de la vaca y el quebracho, que algo dejan, al chivo y la fabricación de carbón, que no dan un mango y perpetúan el daño, el paisaje humano también se deteriora: la juventud, desesperada por la improductividad de su pago, huye a las villamiserias. Detrás deja un infierno y adelante le espera otro peor.

Sin embargo, aún el peor y más envilecido arbustal, y máxime en pendiente, rinde un servicio ecológico a quienes viven y cultivan algo más abajo: impide la erosión lenta e insidiosa, y también la rápida y catastrófica. Hasta que lo arrancan.

DE TODO SE VUELVE… SI SE QUIERE

La tierra arbustizada es recuperable. Hay muchos líderes comunitarios en el NOA con tierras, abolengo y además currículum, en lugar de prontuario. Uno de ellos ha sido el Dr. Carlos Saravia, de la Fundación Salta para el Desarrollo del Chaco, que junto con el mencionado Bucher y el Dr. José María Chani, de la Fundación Enrique Lillo de Tucumán, armó un plan de manejo exitoso en las 10.000 hectáreas de la Estación Biológica Los Colorados. Tuvo tanto éxito que en 1989 el asunto fue publicado como “leading case” por el semanario científico inglés New Scientist.

El sistema es ingenioso porque usa lo que hay en el terreno, sin un centavo de insumos externos y no requiere de inversiones sino de mera voluntad política. Se parte de cercar los peladales donde antes había pasto durante dos o tres años, para que el banco natural de semillas enterrado en el suelo desnudo eclosione y retapice el lugar. Luego ese pastizal recuperado se deja pastar en ciclos de ocho meses con cuatro de descanso en lo peor de la estación seca (el Chaco es de clima muy monzónico), mientras para compensar el bajo valor calórico de las gramíneas nativas y tener un “plan B” en caso de sequía se acopian las vainas o chauchas llenas de proteína y grasa del arbustal (eso es obligar al enemigo a trabajar contra sí mismo).

Pero el cercado no sólo permite la regeneración del pastizal, sino también del bosque. La especie de bandera del mismo, la más valiosa en aplicaciones estructurales por su increíble dureza y resistencia a la putrefacción, el quebracho colorado (Schinopsis quebracho), tarda entre 50 y 80 años en crecer, da semillas sólo 3 veces por década; y tras siglo y medio de paliza casi no queda. El poco quebracho colorado que crece aún y se salva de vacas y chivos es transformado en carbón no bien alcanza talla de arbusto, lo que equivale a comerse como hamburguesas un toro gran campeón de La Rural.

El cercado estricto permitió que el quebrachal volviera a formarse en Los Colorados, como base de regreso del monumental bosque original que en la década de 1930 le valió a la desolación de Santiago del Estero el título (hoy increíble) de “El país de la selva”, un libro de Ricardo Rojas casi inevitable en la vieja escuela primaria pública argentina de los años ’60. Al quebrachal se lo puede talar cada 50 años en forma selectiva, habiendo asegurado su reproducción, y se dejan para carbón los árboles de fuste más torcido (y de genética inferior), con un corte cada 20 años.

El modelo de paisaje chaqueño original, con islas de bosque alternado con pastizales que emerge en Los Colorados vale no sólo porque permite una ganadería y una actividad maderera cautelosas, muy “gasoleras”, que fijan población juvenil. Vale porque además da las bases para utilizar la fauna de modo sustentable con la cría de lagartos overos (de cueros de mucho valor), amén de la caza y el ecoturismo. Y éste es el único momento en el que estado pone plata: para recibir turismo, hay que educar a la población. Cosa difícil cuando los gobiernos conservadores del NOA tienen el mismo entusiasmo por la educación popular que los patos por la munición. Y por lo mismo.

En un país como la Argentina, cuyo tercer renglón de exportación es vender paisajes intactos, los 1,6 millones de hectáreas de llanura chaqueña son hasta ahora la gran Cenicienta impresentable, por la arbustización y la pobreza y el descalabro social y humano que la acompañan. “Vos dame un modelo de explotación sustentable del ecosistema chaqueño, que pueda seguir en pie de aquí a un siglo, y nos sentamos a conversar. Pero lo que sucede ahora es de terror”, dice el ecólogo Jorge Adámoli, de la Universidad de Buenos Aires, consultor internacional que a diferencia de las ONG como Greenpeace, es conocido por sus posiciones industrialistas y productivistas.

Como modelo de manejo, Los Colorados tarda en alcanzar la rentabilidad y ésta es menos gloriosa que talando y plantando soja. Pero cuesta menos cuando uno toma las externalidades del segundo modelo: pérdida insidiosa y/o brutal de la capa fértil, deslaves, destrucción de ciudades e infraestructura, expulsión de jóvenes (la nueva agricultura ultramecanizada casi no produce trabajo), y finalmente, el peor destino final: la aridez en el peor caso, la arbustización en el menos peor.

Ahora que a la luz de la seca histórica de 2008/9 los climatólogos hablan de que el cambio climático nos prepara un ciclo de disminución de precipitaciones, luego de treinta años inusualmente húmedos, se da la posibilidad de que los capitales golondrina que se instalaron “para sojear” se vayan al demonio tras dos o tres cosechas malas, y libren la tierra desmontada a un recrudecimiento de arbustal.

Por ahora, lo que suceda en Los Colorados al mix de caciques de unidad básica, gobernadores de topadora, presidentas distraídas y operadores chinos les interesa tanto como lo que sucedió y volverá a suceder en Tartagal. La tragedia humana es un problema ecológico que es, a su vez, en el fondo, político.

Daniel E. Arias