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POR UN PELITO

Querido Cacho: hablando en plan planetario (la modestia no es lo mío), vos y yo nos acabamos de salvar “por un pelito” de un desastre grosso. El lunes 2 de marzo el asteroide 2009DD45 (una piedra de unos 40 metros de diámetro) pasó como un tiro a 60.000 kilómetros de altura sobre el sudeste del Pacífico. Faltó poco para que la historia fuera otra: tal vez no lo estaría escribiendo yo, tal vez no la estarías leyendo vos, según su sitio de entrada a la atmósfera, si se hubiera desviado alguito nomás en su órbita. De modo que aprovechemos que esta vez no mató a naides y tratemos de entender otros finales posibles.

Lo primero es que esto fue un “close call”, como dicen los gringos. La distancia entre la luna y la Tierra anda alrededor entre los 380.000 y 400.000 kilómetros, de modo que esta roca ‘e Mandinga pasó casi a un séptimo de esa unidad de medida: es como una una bala de FAL que nos traspasa la gorra sin llegar tocarnos el pelo.

Lo segundo es ver lo impredecible del casi encontronazo. Al 2009DD45 –demasiado chiquito para detectarlo lejos, digamos más allá de la órbita de Marte- se lo empezó a monitorear con alguna preocupación desde el viernes 27 de febrero, pero no se esperaba en absoluto que se acercara tanto. Al ser de masa relativamente baja, estos asteroides chicos cambian de trayectoria con mucha facilidad debido a cualquier e impredecible tironcito gravitatorio de alguna otra cosa que no vimos. Vos calculabas que iba a pasar lejos, y mirá qué sorpresa.

Dijo al respecto Rob McNaught, del observatorio australiano de Siding Spring: «Ningún objeto de ese tamaño o mayor ha sido observado nunca tan cerca de la Tierra». En 2002 hubo otro pasaje cercano y de un objeto mayor que el 2009DD45, pero al doble de distancia, 120.000 km. Me jugaría el pelo que me queda que McNaught estas noches ha venido durmiendo a puro clonazepam.

Lo tercero es imaginarse qué podría haber pasado si la trayectoria elíptica de esta cosa hubiera variado algunas décimas de grado hacia el lado incorrecto, es decir hacia mí, Cacho, yo que soy tan bueno, o hacia vos que tantos goles metiste en los amistosos de fin de semana, o hacia el Sr. Pu Yi que es chino, pero en este momento visita Indonesia.

El 2009DD45 es una piedrita de tamaño parecido al meteorito que el 20 de junio de 1908 hizo pomada 2150 kilómetros cuadrados de bosque de la taiga siberiana en Tunguska, cerca del río Podkamennaya, unos 1000 kilómetros más al norte del lago Baikal, un sitio entonces –y aún hoy- casi deshabitado, salvo por unos pocos cazadores dispersos de la etnia Tungus. De modo que si el 2 de marzo hubiera pegado en algún lugar de nuestro planeta, podríamos suponer eventos termomecánicos similares, aunque con muchas variaciones posibles.

Éstas dependerían del ángulo de caída y de la composición química del objeto: los asteroides rocosos son algo más livianos que los metálicos (de hierro-níquel) y pueden interactuar con la atmósfera de modo diferente. Pero Cacho, Tito, Pepe, Lulú, amigos del alma, aunque la peor opción es un asteroide metálico, si hay que comerse una cosa del tamaño de un edificio de 12 pisos no hay ninguna fórmula demasiado buena para la salud. Salvo la distancia. Pero ni siquiera eso te pone a salvo de un tsunami, si vivís en una costa vulnerable y la cosa es lo suficientemente densa como para llegar más o menos intacta a la superficie del mar.

TUNGUSKA EN PERSPECTIVA COMPARADA

El Tunguska –un nombre realmente más elegante que 2009DD45- no llegó a tocar el suelo, salvo como lluvia de micropartículas cristalinas muy ricas en níquel e iridio. Tunguska atravesó todas las regiones insustanciales donde la alta atmósfera se deslinda del espacio interplanetario sin enterarse siquiera de que existían, y por ende entró sin mayor frenado por rozamiento, con un ángulo de unos 45 grados respecto de la horizontal del suelo donde hizo su gran show. Cuando llegó a la tropopausa (12 kilómetros de altura, allí donde termina la poco densa estratósfera y empieza la mucho más espesa tropósfera) todavía venía algo más de 14 kilómetros por segundo.

Si le suponemos a Tunguska una forma más o menos esférica y una densidad rocosa común y corriente, de digamos 5 gramos por centímetro cuadrado, hablamos de un chiche de casi 1400 toneladas (casi 6 Jumbo Jets cargados al taco). En plan de comparar velocidades, el tiro de un fusil FAL anda por los 0,75 kilómetros por segundo cuando sale del cañón, de modo que el Tunguska venía casi 19 veces más apurado. A esa velocidad y en aire más denso, sus materiales alcanzaron casi instantáneamente una temperatura 2800 grados, se fragmentaron en el menos tres grandes masas y éstas se vaporizaron a velocidades supersónicas. En otras palabras, BUM. Gran onda de choque.

Transformado en una bola en expansión de gases ionizados, líquidos incandescentes y algunos millones de piedritas al rojo blanco, Tunguska siguió cayendo en oblicua, precedido por su onda de choque. Una reconstrucción por computadora de los Sandia National Laboratories publicada por Nat Geo en agosto de 2008 supone que el proceso explosivo se prolongó 13,5 segundos, y que a 3,5 kilómetros de la superficie la roca ya prácticamente había desaparecido como tal.

Si así fueron las cosas, Tunguska no le pegó al suelo sino que más bien lo ametralló con microgotas de lava y lo embistió como un chorro de gas supersónico y muy caliente. Pero el suelo siberiano ya había sido vapuleado antes por una onda de choque que elevó instantáneamente la presión a 10 atmósferas y arrancó del piso, con raíz y todo, unos 80 millones de abetos y otros árboles, que quedaron regados como palitos chinos.

Todavía se discute si el lago Cheko, una cavidad baja de unos 400 metros de diámetro por unos 50 de fondo, hoy llenada por la napa freática, es o no una suerte de forma difusa de cráter de impacto formado por algún pedazo más denso que se negó a vaporizarse o fragmentarse. Está muy alineado con la dirección de la caída.

Detrás de la onda de choque llegó una ráfaga huracanada centrífuga y de muy alta temperatura, que se abrió en abanico desde el centro de la explosión, y que alcanzó unos 180 kilómetros por hora. Esa brutal circulación de aire debe haber apantallado un multitudinario incendio disperso empezado unos segundos antes, creado por el “flash” de luz visible e infrarroja con que la explosión aérea iluminó la zona. Ese relámpago de energía radiante habrá encendido miles de focos de fuego independientes en forma instantánea, y el huracán posterior los unió y transformó en una “tormenta de fuego”.

Siberia es un sitio frío, donde la putrefacción vegetal y la regeneración de bosque son asuntos lentísimos, de modo que allí en Tunguska, un siglo más tarde, las cosas siguen más o menos como entonces. Vista desde arriba, el área allanada tiene la forma de las alas de una mariposa, y la dirección centrífuga de los gases durante la explosión aérea está muy bien indicada por el abanico de direcciones en que cayeron los 80 millones de árboles allanados.

Tunguska supuso una liberación de energía termomecánica equivalente a la de una bomba nuclear de 17 megatones, es decir 1700 veces más potente que la que explotó a 660 metros sobre el suelo de Hiroshima el 6 de agosto de 1945, y que mató a más de 200.000 personas. Pero en 2007 el astrofísico Agustín Sánchez Lavega, especialista en mecánica planetaria de la Universidad del País Vasco, en España, recalculó las cosas y publicó en Nature que la explosión sólo equivalió a la de un “caño” atómico de 3 megatones, es decir apenas 300 Hiroshimas.

Si la gente se acuerda de Hiroshima y se olvidó totalmente del asunto de Tunguska es porque no sucedió 4 horas y media antes. Efectivamente, Tunguska está más o menos en la latitud (60 grados y medio Norte) de San Petersburgo, sólo que la ciudad de marras está 4 husos horarios corrida hacia el Oeste. No queremos acusar al asteroide de propósitos políticos, pero si se adelantaba un poco, San Petersburgo habría desaparecido del mapa y la historia de la Revolución Rusa habría sido muy distinta. ¿Habría habido Revolución Rusa, con los bolcheviques y el zar y su policía transformados casi instantáneamente en gas o carbón?

La onda de presión fue detectada hasta en Londres, la sísmica hasta en Irlanda, y la nube de polvo que contaminó la estratósfera del norte de Eurasia brillaba tanto que, por ejemplo, pasados cuatro días tras el fenómeno, los parisinos podían salir a las calles y leer el diario de noche debido a la luminosidad del cielo. En Rusia hubo gente derribada de sus caballos, caballos derribados de sus patas, se rompieron ventanas a 400 kilómetros de distancia del hipocentro de la explosión, se oyó el estruendo a 1000 kilómetros, y el maquinista del Tren Transiberiano detuvo la formación, porque las vías y la locomotora parecían estar bailando por la onda sísmica.

La otra gran diferencia entre el evento Tunguska y el bombardeo de Hiroshima es que la bomba Tall Boy era atómica, un arma, y como tal estaba diseñada para hacer el mayor daño posible con una liberación de energía relativamente baja (si se la compara con la del asteroide). Su “flash” provocó una intensa iluminación de neutrones, fotones gamma y X, es decir radiación ionizante, y la vaporización del núcleo de uranio muy enriquecido contaminó los hollines aerotransportados del hongo atómico con materiales altamente radioactivos, los llevó hasta la tropopausa, y luego una lluvia color negro hizo caer toda esa porquería irradiada sobre los sobrevivientes.

En Hiroshima la gente aledaña al hipocentro (el terreno ubicado verticalmente bajo la explosión) se vaporizó por el fogonazo, y la alejada a entre centenares de metros y algunos kilómetros se quemó sin remedio, se irradió en dosis letales y fue muriendo de deshidratación o enfermedad aguda de radiación en los días subsiguientes. Otra parte pereció casi de inmediato aplastada por el derrumbe de la edificación causado por la onda de choque (modesta, si se la compara con la de Tunguska), o embestida por o contra objetos por los vientos centrífugos de unos 400 kilómetros por hora que generó la expansión de la bola de fuego, y luego por los vientos centrípetos, y de velocidad similar, creada por el efecto aspirante del alto vacío reinante en la base del hongo atómico. Es que los gases ultracalientes, al expandirse, pierden densidad, ascienden a gran velocidad y la base de la columna térmica ascendente se vuelve una aspiradora.

Sin embargo, la mayor parte de la población japonesa que murió aquel día lo hizo cuando los focos de incendio se unificaron en un asunto meteorológico llamado “tormenta de fuego”. Es un fenómeno natural que ocurre con algunos incendios forestales mayúsculos. Aquí lo conocemos bien. En la tormenta de fuego forestal contigua a Villa La Angostura de 1997, los árboles estallaban como petardos debido a la vaporización instantánea de su savia, y algunos se quemaron con raíces y todo: quedó el calco en negativo de las mismas bajo tierra, a más de diez metros de profundidad.

En 1944, la aviación aliada logró por primera vez recrear artificialmente este fenómeno natural, típico de algunos grandes incendios forestales, al bombardear durante tres días y noches seguidas la ciudad alemana de Dresden con bombas de fósforo blanco. En una tormenta de fuego, sea natural o antrópica, forestal o urbana, la columna de gases incandescentes que asciende desde el centro del incendio se comporta como un hongo atómico autoalimentado: genera una presión bajísima, que aspira muchas toneladas por segundo de aire fresco y bien oxigenado desde la periferia a la base del fuego. En suma, el incendio actúa como el fuelle de una fragua y debido a las temperaturas en la superficie –mayores de 1000 grados- entra en “feedback positivo”, se alimenta a sí mismo con entusiasmo creciente, y logra quemar incluso algunos materiales de ingeniería considerados incombustibles, a condición de que contengan carbono. En Dresden e Hiroshima se derritieron metales, vidrio y adoquines. Las tormentas de fuego se apagan solas, cuando agotaron todo lo quemable, o cuando llueve, y tiene que llover a baldes.

En Tunguska hubo fogonazo, onda de choque, huracanes, incluso la clásica nube en forma de hongo y una tormenta de fuego de órdago, pero –y esto es esperable- no parece haber habido efectos radioactivos inmediatos, o por precipitación. Sin embargo, la expedición militar que tardíamente visitó la zona, dirigida en 1921 por el coronel Leonid Kulik, recogió entre los más o menos 900 testimonios de testigos presenciales de la etnia Tungus la versión –entonces inexplicable- de que muchos sobrevivientes iniciales perecieron pocos días después de la explosión de enfermedades nunca vistas.

Si se piensa en Hiroshima: ¿puede haber sido enfermedad aguda de radiación? ¿Las temperaturas de la explosión aérea pueden haber sido tan altas como para generar al menos un flash de fotones X, las más “frías” entre las radiaciones ionizantes? No parece probable. Tampoco expediciones posteriores han registrado en la zona una radiación de fondo mayor que la normal en el resto de Siberia, ni “materiales calientes”. Tunguska, resumiendo, no fue una bomba ni la explosión de un plato volador, como sugirió en Argentina el imaginativo coronel de artillería zarista Alexander Kazanzew. Fue un asteroide. Y bien chiquito, de 40 metros más o menos.

Por ahora, como ves, Cacho, cuando nos ponemos en plan bomba, somos más letales para nosotros mismos que los asteroides chicos, y es mucho decir. En suma, si te dan la opción Tunguska o Hiroshima, agarrá viaje con Tunguska: aunque la explosión libere 300 veces más energía, es un fenómeno natural más inocente y si pasás los primeros momentos sin quemarte o ser hecho puré, vas a quedar menos peor. Pero si te dan la opción Tunguska o el 2009DD45, que nos pifió por apenas 60.000 kilómetros y no salió casi en ningún diario, agarrá el último.

¿CÓMO LA SEGUIMOS?

Inevitables reflexiones, oh hermanos y cofrades. Imaginemos que Tunguska no hubiera caído en Tunguska y tampoco en San Petersburgo cuatro horas y media antes, sino siete horas antes y unos nueve grados y medio más al sur, sobre Londres, capital entonces del mayor imperio de la Tierra. La historia humana hubiera sido tan inimaginablemente distinta que si yo y ustedes existiéramos, oh cofrades y hermanos, de puro emperrados en nacer, nomás, quizás estaríamos leyendo esta página en alemán. Y las Malvinas serían argentinas. Y la Argentina, no sé de quién.

La segunda reflexión es estadística: los animalitos al estilo Tunguska (o sus imitadores fracasados, como 2009DD45) suelen golpear la Tierra con una frecuencia de alrededor de uno por siglo. Que el lunes 2 de marzo nos hayamos salvado de un despelote magnífico no quiere decir que ahora tengamos tengamos otro siglo entero de tranquilidad asteroidal garantizada, porque las estadísticas… son estadísticas, promedios que consideran una casuística enorme. En alta resolución, admiten fluctuaciones enormes. Dicho de otro modo: podrían caernos tres Tunguskas todos juntos ahora mismo, mientras escribo estas pavadas. O dentro de mil años.

Lo tercero es que los Tunguskas de 40 metros vienen de varios sabores: alguno podría caer en un ángulo más perpendicular, o estar formado por materiales más metálicos, densos y resistentes a la vaporización explosiva, y entonces sí hacer impacto sobre el suelo. Amén del flor de cráter in situ, el asunto podría desatar efectos sísmicos a distancia mucho mayores que los de 1908 y, con la ayuda invalorable de una tormenta de fuego para inyectar sólidos hasta la estratósfera, podría causar mermas de la absorción solar a escala planetaria. No un “invierno cósmico”, pero sí un año más frío de lo normal.

Tercero, que por lo que ahora sabemos del funcionamiento gravitatorio del sistema solar, estamos en una galería de tiro, parados al lado del blanco más codiciado, que es el Sol. Por su ubicación en el ringside, los planetas rocosos interiores (Mercurio, Venus, la Tierra y Marte) se ligan todos los porrazos imaginables de toda la basura extraplanetaria situada más allá de la órbita marciana. Entre que se formó el sistema solar, hace 4500 millones de años, y los planetas rocosos interiores se consolidaron, todos ellos, incluído el nuestro, sufrieron algún impacto masivo que estuvo a punto de partirlos en dos, incluída la Tierra.

Hay tres grandes repositorios de esta basura, en ningún caso administrados por el CEAMSE (un alivio). En primer lugar el cinturón asteroidal, y muchísimo más lejos, en órbita muy transplutoniana, en los extramuros mismos del sistema solar, el cinturón de Oort y luego la nube de Kuyper. Desde esos dos sitios más lejanos, llenos de témpanos de hielo polvoriento, más o menos cada 30 millón de años nos cae algo mucho más peligroso que un asteroide, por su velocidad e imposibilidad de detección temprana: un cometa.

Aquí en la Tierra, donde tenemos el lujo de albergar una biosfera, los efectos del constante ametrallamiento asteroidal y el más raro cometario son borrados sistemáticamente por la acción conjunta de la erosión, la sedimentación y el crecimiento de plantas. ¿Qué argentino sabe, acaso, que sólo en nuestro territorio continental tenemos al menos tres cráteres de impacto mayores de 8 kilómetros de diámetro? En muchos casos, ni siquiera la población local parada encima.

Pero Cacho, mirá la Luna. ¿La estás viendo? Por empezar, ya nació en circunstancias que llamaríamos por lo menos jodidas, hace unos 4000 millones de años, cuando alguna cosa más o menos del tamaño de Marte, que hemos bautizado Thera, le pegó a la Tierra y le arrancó un buen pedazo de corteza y manto, que quedó en órbita como un anillo al estilo de los de Saturno, y luego se fue condensando y compactando en eso a que le cantan los poetas.

Así como no tuvo un nacimiento tranquilo, la Luna siguió con una vida que otra que una mujer golpeada: mírenla, ahí, toda acribillada de decenas de miles de cráteres de impacto que quedaron para la eternidad, indelebles. Pero no es para reirse, Cacho, porque nosotros la venimos pasando no mucho mejor, sólo que la biosfera –y en ella incluyo a la atmósfera- nos protege de las piedritas, y aunque no lo haga de las piedrotas, nos suministra una formidable ingeniería erosiva, sedimentaria y biológica que enmascara, al menos cosméticamente, los efectos de cada gran mamporro cósmico.

Los asteroides potencialmente “malos”, cuyas órbitas cruzan la de la Tierra son clasificados como NEOs (Near Earth Objects), y por ahora se han inventariado unos mil que habría que tener bajo la lupa. Para 2029 esperamos el paso cercano de uno mucho mayor que este anecdótico 2009DD45. Hablo de un “mostro” de 140 metros, lo suficientemente grande como para haber sido detectado en 2004, tener nombre propio (Apofis lo bautizaron, quevacé), y causar estragos interesantes. Se estima una primer pasadita cercana, “de amigos”, para 2029, y luego –ya enganchado Apofis gravitacionalmente con nuestro planeta- una segunda visita tal vez menos amigable para el 2036.

Las pasaditas “de amigos” son como el “¿Estudiás o trabajás? ¿Siempre venís aquí?”: atracción (en este caso gravitatoria) mediante, pueden anunciar reencuentros más íntimos. Por eso el criterio de los pocos observatorios de alarma temprana, como el Pan-STARRS de Maui, Hawaii, es que es potencialmente nefasto todo bicho de 140 metros o más que haya pasado o vaya a pasar a 7,4 millones o menos de kilómetros de la órbita terrestre.

Si Apofis nos revisita en 2036 y yo todavía sigo vivo y me acuerdo de algo, recuérdenme que en 2009 escribí que esta piedra es buena candidata para un desvío “de ingeniería”, o por voladura atómica. En el primer caso, Cacho, vos aprovechás la baja masa de Apofis y le mandás una sonda más bien pesada, que se acople gravitacionalmente con esta roca. Y luego la sonda enciende sus cohetes, y a una velocidad bajísima, sin separarse de Apofis, lo va traccionando gravitacionalmente hasta desviarlo de su curso de impacto. Chau, y no vuelvas.

Hay otras variaciones de estos enfoques minimalistas, casi persuasivos. Pero si fallan, como plan B dentro de un programa de defensa escalonado en profundidad, mirá, vas y le tirás una de esas cabezas nucleares “de explosión lateral” que el experto en armas ruso Vadim Simonenko diseñó en los años ’70. El las quería para poner en un torpedo y hacer desaparecer toda junta una flota estadounidense, qué tal. Lo frustró el fin de la Guerra Fría (la anterior, no la que se viene). Haceme caso, vos hablá con Simonenko, que la sabe lunga de explosiones nucleares asimétricas. El cohete para llegar con esa carga hasta las proximidades del asteroide se lo pedís a mi amigo Obama, White House, que tiene la mayor flota militar de cohetes al cuete (porque no los puede usar para nada) del planeta. Vos preguntá la dirección en Washington y tocale timbre. De parte de Daniel, decile.

Un flash nuclear asimétrico desde cierta distancia, como el que emitiría una bombita atómica a la Simonenko, causaría la ablación explosiva de muchos metros cúbicos de roca en el lado así “iluminado” de Apofis. El asteroide se volvería brevemente un cohete: la eyección lateral de gases volatilizados de su propia sustancia lo impulsaría, por eso de la acción y reacción, hacia una órbita menos peligrosa… tal vez. Ya estamos dentro del rango de medidas medio desesperadas.

Si ésta fracasa, la opción C, mucho menos sofisticada, sería entrar en plan Rambo y darle de lleno al fucking asteroide con una cabeza termonuclear convencional muy potente, como ésa de 50 megatones que los russkis testearon en Novaya Zemlya en 1961. Pero el peligro es que si muchos fragmentos grandes de Apofis conservan la trayectoria original, aquí abajo estaríamos cambiando un balazo del .44 magnum por un escopetazo calibre 12. La mayoría de los fragmentos impactaría sobre los mares y causaría tsunamis globales que olvidate del de 2004. En suma, el método Rambo no da para entusiasmarse. Por supuesto, peor es quedarse piola, estilo dinosaurio esperanzado.

En realidad, estos impactos son no sólo rutina en la historia de los planetas, sino la propia historia de los mismos: se construyeron por la caída de cosas sobre más cosas, lo que se llama un proceso de acreción. Pero quedan muchas cosas todavía por caer.

El mensaje un tanto amargo que nos manda 2009DD45 es que este proceso de acreción puede haberse vuelto mucho más lento, pero nadie dice que haya terminado. Si Apofis vuelve en 2036 en mal plan y no tenemos nada con qué tirarle, Cacho, Tota, mis amigos del alma, no dejen de leer mi emocionado comentario en la ocasión. Seguramente en el infierno también hay blogs.

Daniel Arias