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BUENOS AIRES PIERDE SUS PLAYAS

Las playas bonaerenses más cercanas a Buenos Aires, tan desaforadamente anchas allá por 1950, ¿seguirán existiendo en el 2050? Entre el calentamiento global, que está acelerando la suba del nivel marino, y las políticas municipales de uso de este recurso, la respuesta es: no.

El caso de libro es el Partido de la Costa.

Este hiper-municipio une en una ringla los balnearios viejos y nuevos del litoral noreste de la provincia: San Clemente, Las Toninas, Santa Teresita, Mar del Tuyú, San Bernardo y Mar de Ajó, donde la fiebre de hiperconstrucción se volvió letal y alteró la pulseada entre sedimentación y erosión que estabilizan la playa a favor de la erosión. Las playas fueron adelgazando…

Entre 1992 y 1993 hubo sudestadas catastróficas: el mar saltó por encima del exiguo relicto playero y entró en estampida por las ciudades, rompiendo casas, destrozando calles y pulverizando negocios. Pasada la racha, la playa, que normalmente asume el perfil de un lomo de burro entre la pendiente hacia el mar y la pendiente hacia la base de los médanos, quedó chata, al ras del oleaje, mojada siempre, incluso en marea baja. No había un metro de arena seca donde tirarse a tomar sol.

Poco amigos de perder publicidad, en general no abundaron sobre esto. Pero lo recuerda bien el doctor Jorge Codignotto, geólogo especializado en morfología de costas de la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA e investigador independiente del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet).

Y anuncia cosas por venir, según el doctor Vicente Barros, climatólogo de la carrera de Ciencias de la Atmósfera de la Universidad de Buenos Aires: “Antes de los ’70, había una media de 2,5 sudestadas severas por año. Ahora son 7, porque debido al cambio climático, de aquí a fin de siglo no sólo tendremos el mar entre 60 centímetros y un metro más alto en todo el mundo, sino que se desplazó unos 200 kilómetros hacia el norte el “ciclón” o centro emisor de este tipo de vientos”. Dicho de otro modo: ahora el anticiclón pega de frente.

El vientito sudoeste de todos los días es “pro-playa”: provoca olas que traen arena desde el fondo marino hacia la costa, y trabajan a favor de la sedimentación. Pero una sudestada machaza viene con olas de dos metros, montadas además sobre una “marea de tormenta” que levanta el mar otro par de metros más, como tirándolo de los pelos. Y este oleaje es totalmente “anti-playa”, erosivo: las olas penetran la costa en profundidad, y en su turbulento retroceso se llevan millones de toneladas de playa mar adentro.

El asunto es qué hacen entonces los representantes del pueblo y administradores de este recurso: ¿son sedimentarios o erosivos? Descúbralo a continuación.


El idiotario básico


Sigue la guía básica del perfecto destructor de playas. Por razones de espacio, aquí sólo se enuncian los tres principios básicos y un cuarto opcional.


Primeramente: nunca se olvide de que la playa debe ser la fuente de arena de la industria de la construcción. Codignotto calcula que el 90% de la construcción de la ciudad de Bahía Blanca se hizo con la arena de la cercana playa de Monte Hermoso. Y esos monoblocs playeros al estilo Berlín Oriental, tan bonitos, que se ven en el Municipio de la Costa, requieren de mucha arena. La playa, que se arregle. A fecha de hoy hay un solo intendente acusado por robo de arena, y en realidad se lo acusó de tantas otras cosas que quedó como nota al pie.


Segundo, que no haya diferencia entre playa y red de calles, como si la playa fuera una calle más. Dixit Codignotto, esto fue norma en todo el litoral arenoso al norte de Punta Médanos, y barrió enteramente con la primer línea de dunas, repositorio natural de arena de la playa, y segundo escalón de defensa de la ciudad ante las tormentas”. Haga como los genios inmobiliarios y municipales que arrasaron las dunas de Pinamar para crear una avenida costanera. Saque esos médanos de porquería que no lo dejan ver el mar. Y entonces verá como el mar viene hacia Ud.


Tercero: diseñe las calles en cuadrícula y asfáltelas bien. Las meandrosas calles de arena de Gessell, Pinamar o Cariló absorben agua de lluvia. Las calles rectas, asfaltadas, impermeables, en pendiente y que cortan la playa en ángulo recto, en cambio, forman raudales perfectos, Niágaras instantáneos. No hacen falta grandes lluvias para excaven grandes cárcavas en la playa, y arreen la arena mar adentro. Cada calle de Santa Teresita que intercepta la playa en ángulo recto, logra expulsar 10 toneladas de arena mar adentro –es decir un camión bien cargado- con cualquier modesta lluvia de 15 milímetros. Es lo que muestra la primera imagen aérea de Santa Teresita, una ciudad trazada y crecida como para quedarse sin playa en absoluto, y a punto de lograrlo.


Si con estos tres consejos Ud. logró transformar una playa de 100 metros de ancho en otra de 20 en menos de un cuarto de siglo y el turista ABC1 ya no pinta ni en foto, porque se le fue a Brasil o a Uruguay o a cualquier lugar donde Ud. no sea intendente, hay método otro infalible para completar su trabajo: siembre espigones. Para las constructoras es otro negocio redondo, resulta un buen modo de crear nuevos impuestos y además, se muestra obra: “Estamos salvando la playa, canejo”.

Estamos salvando a las constructoras, tal vez. La playa bonaerense tipo reacciona ante los espigones volviéndose discontinua e intransitable. Debido al vientito sudoeste, confiablemente pro-sedimentario, en la pared sur del espigón se amontona un triangulo de arena fuertemente escarpado. Pero a la misma altura del espigón, en su pared norte, ya no hay sedimentación de arena y Ud. ahí mira un pozo de dos o tres metros de fondo. El resultado total es una ringla de “pocket beaches”, playas de bolsillo, encerradas entre defensas de hormigón armado como no las construyó ni Rommel cuando hizo la Muralla Atlántica. Bellísimo. Miramar y Mar del Plata son ejemplos de libros de texto.

Pero a esta altura de las cosas le pueden parar el carro. Ya hay antecedentes. “En 1993 el Municipio rechazó un plan de construir una línea de decenas de espigones al estilo de los de esos balnearios, recuerda el biólogo José Dadón, investigador del Conicet, “un programa de 16 millones de dólares diseñado por empresas de construcción, ingenieros hidráulicos de la provincia, concejales y ningún geólogo en sedimentos”.

Quien pinchó este salvavidas de hormigón armado fue el ingeniero en costas holandés y argentino José Loschacov, invitado entonces como asesor del Municipio. Y usó argumentos que le presento a continuación:


¿Por qué nace o muere la playa?


Las playas bonaerenses existen gracias a un poco mentado mecanismo de transporte de arena: la “corriente de deriva”.

La cosa empieza cuando las olas aportan a la costa conchilla y roca pulverizadas oriundas del fondo marino. El grano de arena así ingresado al innumerable catálogo de nuestras playas queda un tiempo allí, en la berma litoral. Si es fino, el viento lo arrastra hasta un médano, donde se queda hasta que la primera sudestada fuerte obliga al médano a devolverle material a la playa, y el subsiguiente temporal se lleva parte de la playa al fondo somero del mar.

Hasta ahí, el grano hizo un viaje de ida y vuelta al mar en perpendicular a la costa. Pero como el oleaje viene casi siempre con una componente sureste debido al viento, cuando ese grano, algo más gastado, reingresa por tercera vez a la playa, “desembarca” un poco más al norte. Es lo que se ve en la imagen aérea de Santa Teresita: ahí Ud. ve la dirección general de los trenes de olas, y en el relicto de playa que queda, ve marcada la trayectoria zigzagueante de la arena en su camino hacia el noroeste.

Repítase el ciclo “n” veces, y se verá cómo un grano grueso de arena que inicia su profesión playera bastante grueso en Bahía Blanca puede terminar miles de años más tarde (muy adelgazado por tanto camino zigzagueante de mar a tierra y viceversa) en Punta Rasa, al norte de San Clemente. La “corriente costera de deriva” vuelve así a las playas bonaerenses una especie de larguísima cinta transportadora de arena, con dirección general hacia el norte. Que es adonde la arena es más fina y bonita, porque llega más gastada y molida.

Un bosque implantado para fijar médanos interrumpe un poco el componente eólico de esta cadena, algo que muestra que es imposible mejorar un paisaje sin empeorarlo también un poco. En fin, habría que ser idiota para quejarse de los bosques que han vuelto habitable y visitable la antaño árida costa marítima porteña, pero otro asunto son los edificios de departamentos. Un frente de consorcios altos “con vista al mar”, construídos cuadradamente sobre la playa, eso es desastre en fija. Al norte de esa barrera, la playa se queda inmediatamente sin arena de la de reposición eólica. Allí se corta un eslabón de la corriente de deriva.

Si Ud., como intendente progresista (y algo amigo de las constructoras) además eliminó la línea de médanos para hacer una avenida costanera, la playa ahora queda como una cuenta corriente de arena a la que de pronto le falta el “back-up” de una caja de ahorro, o de unos buenos plazos fijos. Dos o tres retiros fuertes, y te quedás sin fondos. Los retiros fuertes se llaman sudestadas severas, y ya le conté que cada vez son más en cantidad y gravedad.

Las imbecilidades municipales obran sobre un único componente de la corriente de deriva: el sedimentario. Literalmente, lo liquidan. Pero el componente erosivo de la corriente de deriva sigue trabajando, y está cada vez más activo debido al cambio climático: el mar sube.

El asunto es que a fuerza de hacer calles en cuadrícula, pavimentarlas, y permitir construcciones cuyo factor de ocupación de cada terreno (el famoso FOT) terminan sepultando los balnearios bajo asfalto y cemento, se logran tres cosas:


a) La playa desaparece, pero el balneario sigue adelante como puede con la vida nocturna. Un dealer, ahí.


b) El tejido urbano resultante se parece tanto al del conurbano porteño que el turismo ABC1 abandona el lugar.


c) Desaparece el agua potable.


Brindar con agua mineral


Esto último merece una explicación aparte: las costas medanosas bonaerenses tienen pequeños acuíferos de agua dulce, que se recargan constantemente con las lluvias, que en general superan los 1000 milímetros anuales. La recarga es fácil, porque la arena es MUY permeable.

Bajo las arenas del balneario y la playa, este acuífero necesita bastante presión para no ser desplazado por otra masa de agua contenida en la arena y con la que generalmente se topetea pero no se mezcla: la marina, que es salada. Si el acuífero costero pierde presión, empieza a ser desplazado y empujado tierra adentro por el “frente” de agua marina. Y entonces las canillas de la ciudad, alimentadas por pozos municipales, de pronto empiezan a escupir agua salada.

¿Ud. conoce mejor modo de despresurizar un acuífero dulce que ponerle encima una tapa impermeable, de modo que la lluvia no se pueda infiltrar y recargarlo? Lo lograron plenamente en sitios como San Clemente, ciudad tan de cemento y asfalto que ahora debe traer el agua potable desde tierra adentro, por cañería y a través de muchos kilómetros de distancia.

Pero el crecimiento urbano desmedido tiene más modos de estropear los acuíferos costeros, a través de los pozos ciegos. Los intendentes son rapidísimos para permitir construcción en altura y de alta densidad, pero hábleles de hacer redes cloacales y conectarlas a plantas de tratamiento de efluentes líquidos, y se ponen lentísimos. ¿Ud. vio alguna planta de tratamiento en algún lado del litoral bonaerense?

El resultado es que incluso en sitios “paquetes” y que vienen escapándole a la impermeabilización inmobiliaria, como Cariló, el agua de pozo –la que sale por las canillas- tiene un contenido bacteriológico que mejor no veas. Ahora si lo que Ud. toma es agua “potable” de la red de Costa del Este, otro sitio finolis, se entera quiera que no, porque se va a pescar una diarrea heroica por coliformes. Ahí se vive de agua envasada.

¿Empieza a ver el cuadro completo? Lo invito a sacar conclusiones.

En 1993 el Municipio de la Costa le dijo que no a las constructoras y sus espigones, pero no se atrevió a la solución heroica que ofrecía el doctor Federico Islas, Director del Centro de Geología de Costas de la Universidad de Mar del Plata. El especialista propuso que en los balnearios más amenazados se arrancaran las primeras manzanas de edificación costera (glups) y se suplantaran reconstruyendo artificialmente la vieja línea de médanos.

A fecha de hoy, esa salida drástica sigue careciendo de campeones que la defiendan. Si no surge alguno, con el cambio climático operando en contra, los sitios con gran sobreconstrucción costera como San Clemente y Santa Teresita, cuyas playas ya prácticamente desaparecen solas cada invierno, están condenados. Van a ser ciudades fantasma, y con frentes demolidos por el mar.

El 29 de noviembre de 2006, el gobernador Felipe Solá inauguró el fin de la complacencia bovina de la Provincia frente a las tropelías municipales, y sacó el decreto 3202 para reglamentar la ley Nro. 12.257. Los médanos se vuelven intocables (donde todavía quedan), las urbanizaciones nuevas deben limitar el tamaño de sus frentes marítimos, los FOT nuevos son bajos para tratar de que los nuevos emprendimientos no superen los 60 habitantes por hectárea, queda prohibido construir nada sobre los médanos que no sean pasarelas flotantes, y detrás de los médanos hacia tierra adentro hay que alejar la construcción entre 30 y 50 metros de la línea de base, según el caso… etc.

Mi sensación es que, en los balnearios ya existentes, Solá cerró el establo cuando ya el caballo se había escapado. Pero tal vez la reglamentación de la ley frene un poco las bestialidades nuevas que se tratarán de perpetrar en los decrecientes espacios despoblados.

Daniel Arias