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Cohete Tronador: escalera argentina al cielo

Hace dos meses la Argentina, cuya población cree que dejó atrás toda pretensión de construir cohetes en 1990, se sorprendió de saber que en 2008 había lanzado, sin mayor ruido mediático y exitosamente un par de cohetes experimentales de diseño propio, el Tronador I y el II.

Y va por más: la Comisión Nacional de Actividades Espaciales, motor de este desarrollo, quiere hacer más vehículos de potencia siempre creciente hasta que en 2012 se llegue a un Tronador 2.2 de casi 20 metros de altura y más de 57 toneladas de peso, una bestia capaz de inyectar en órbita un satélite de 200 kilos a unos 500 kilómetros sobre la Tierra. Cuando esto suceda –y probablemente sucederá-, seremos el octavo país del mundo en tener capacidad propia de satelización, y un posible competidor en el mercado de la puesta en órbita.

Siguiendo tradiciones de su director, el Dr. Conrado Varotto, la CONAE no hizo mayor secreto del asunto Tronador, pero no avisó a los medios. La cosa se supo mucho más tarde en el curso de un taller para 35 sorprendidos periodistas científicos organizado por el Ministerio de Ciencia de Córdoba en el Centro Espacial de la CONAE en Falda del Carmen; donde tratamos el tema el doctor José Astigueta, por parte de la CONAE, y luego yo como periodista independiente invitado. La Voz del Interior sacó el asunto en tapa, al día siguiente lo hizo La Nación, y durante dos o tres días fue un tema nacional.

Es que ésta es la historia de un triunfo de la voluntad, esas cosas que en la Argentina suceden más bien poco. Si hoy, cuando este desarrollo está sucediendo, cuesta creerlo, hace una década, cuando todavía el país era esclavo del –valga la contradicción- pensamiento menemista, era impensable.

Sin embargo, la idea de que la Argentina volviera a tener una escalera propia al cielo nació en lo más hondo de ese período llamado el “Apocalipsis cholulo”. En 1998 Varotto se sometió a que yo lo reporteara por parte de la entonces llamada revista XXI –con la misma alegría con la que uno va al dentista– y le pregunté sobre su proyecto de cohete, que entonces no se llamaba Tronador sino VENG (Vehículo Espacial de Nueva Generación). El diálogo se dio así:

–¿Qué va a tener de avanzado el VENG?

– Todo. El sistema de propulsión, el de guiado, los materiales. Todo.

–Clarín habló de combustible líquido. ¿No será hidrógeno, verdad? ¿O se trata de hidrocarburos almacenables a temperatura ambiente?

–No descartamos nada. Es todo lo que te voy a decir.

–¿Y el sistema de guiado?

–No te pienso decir nada. Va a ser avanzado. Punto.

–¿Y los materiales? ¿Plásticos compuestos? ¿Metales reforzados? ¿Cerámicas especiales?

–Nada. No te voy a decir absolutamente nada, Arias.

Y así quedaron las cosas.

Vale volver a insistir: esto fue publicado en 1998, con una industria nacional arrasada, el país ya reconvertido a sultanato sojero con vista a la City porteña, el programa nuclear desmantelado por tres gobiernos al hilo (Alfonsín, Menem y más Menem), el programa aeronáutico destruído y entregado a la Lockheed Martin, los sistemas educativo y científico en sus máximos históricos de inopia, disgregación e inefectividad. ¿Quién lo iba a creer?

Peor aún, el doctor Conrado “Franco” Varotto, quien decía sin dudar que iba a construir un cohete, estaba al frente de la primer agencia espacial del mundo hecha para NO hacer un cohete. En efecto, la primera misión de la CONAE fue sustituir decorativamente a la vieja Comisión Nacional de Investigaciones Espaciales (CNIE). Aquel organismo de la Fuerza Aérea tenía tres décadas de experiencia en cohetería de combustibles sólidos, y fue clausurado –las instalaciones casi fueron dinamitadas– en uno de aquellos ataques de relaciones carnales del canciller Guido Di Tella. Y eso porque la CNIE se había atrevido a desarrollar los misiles Cóndor I y II.

LLEGAN UN ZORRO Y UN FIERRERO.

Nacida la CONAE bajo tan malos signos, reconozco que a lo sumo yo esperaba que se dedicara a la decoración interior de congresos con posters satelitales. Nunca habría creído que tendría suficiente cabeza y cintura como para romper el molde criollo de “la ciencia por la ciencia misma”, y disciplinara las fuerzas dispersas del sistema nacional de investigación tras un proyecto estratégico y útil, un “fierro” concreto que le diera competitividad al país y dejara know-how en ingeniería. Y sin embargo, sucedió. Sólo que muy de a poco y sin levantar polvareda.

La historia sucedió así. Uno de los primeros administradores de CONAE, el astrónomo Jorge Sahade, desempolvó el proyecto de satélite científico SAC-B (un detector de grandes fuentes explosivas cósmicas de rayos X), viejo proyecto alfonsinista. Obviamente, La Embajada –que había presionado desde 1983 por el desmantelamiento total del proyecto Cóndor de la CNIE- no tenía nada en contra de este aparato, que no le daba pie a la Argentina ni siquiera para volverse un jugador marginal en el mercado de la observación de la superficie terrestre.

Pero Sahade era un zorro viejo: hizo construir el tal aparato por INVAP, la firma barilochense de tecnología nuclear, último bastión del know-how atómico del país, que en aquel momento se desangraba por dos tajos terminales en yugular y carótida: el doctor Carlos Menem, siguiendo lo iniciado por el doctor Raúl Alfonsín, había hundido a la CNEA (primer mercado de INVAP) y luego Di Tella le había cerrado el acceso a Medio Oriente (su segundo mercado).

El SAC-B, y luego el C, contribuyeron a salvar a la única firma de alta ingeniería del país. Ésta ya sabía hacer reactores, pero el diseño y construcción de ambos satélites le significaron algo más de 15 millones de dólares, lo que en momentos de apuro terminal le permitieron evitar el cierre. Pero de yapa, aprendió arquitectura de satélites. Hoy INVAP avanzó de tal modo en ese nuevo negocio que además de estar construyendo y diseñando tres aparatos gigantes para la CONAE (al SAC-D Aquarius, y los SAOCOM I Y II), de paso y cañazo recibió contratos para armar dos satélites de comunicaciones (los más complejos de todos, a 200 millones de dólares por pieza) para la firma AR-SAT.

Entre tanto, la CONAE se dispone a construir “en casa” (es decir en Falda del Carmen) su línea satelital compacta, la de los satélites SARE. La capacitación total dejada en el país es simplemente enorme. Es para sacarse el sombrero. Y se ignora, pero sucedió.

Cuando se fue Sahade entró a la CONAE Varotto, fundador de Invap, director del proyecto de enriquecimiento de uranio de Pilcaniyeu de la CNEA, el hombre decisivo en la exportación de los primeros reactores nucleares argentinos a Perú y Argelia. Varotto hizo lanzar al espacio el SAC-B heredado de su predecesor y se encogió de hombros cuando el satélite murió en órbita por falla del cohete experimental que nos habían endilgado los Estados Unidos, el Pegasus XL.

“El Petiso”, nombre casi oficial de Varotto, a esa altura de su carrera ya un “fierrero” legendario, se encogió de hombros, porque tiene otro tipo de cabeza. En oposición a la ciencia dispersa típica de la Argentina, lo de Varotto son los grandes proyectos estratégicos, audaces, aplicados, concretísimos y terminados. Entró, husmeó y “dio vuelta” a la CONAE: la puso a mirar para abajo. Desde su llegada, en pleno menemismo, toda la línea de satélites planificada por la casa (SAC, SAOCOM y SARE) se diseña para observar la Tierra y generar información de utilidad directa para la economía, las empresas y el gobierno.

Cómo hizo Varotto para venderle al gobierno más vendepatria que recuerda la historia argentina un proyecto tan a contrapelo de su filosofía, es un misterio. Pero lo hizo.

¿VAMOS AL ESPACIO A DEDO?

Con su satélite SAC-C, Varotto inventó además dos cosas rarísimas: cómo ir al espacio “a dedo” y “en vaquita”. Con las tres novedosas cámaras que le puso a bordo (diseño by INVAP), Varotto le vendió el SAC-C a la NASA como un posible generador complementario de información óptica sobre agricultura y medio ambiente, capaz de funcionar en red con los satélites yankis Landsat 7, Eos y Terra.

Convencida, la NASA “se puso” con el lanzamiento (12 millones de dólares gratis, qué tal). Simultáneamente, para embretar a más países en el SAC-C y diluir costos para la Argentina, Varotto logró que no sólo los Estados Unidos sino también Italia, Francia y Dinamarca pusieran sensores a bordo de la plataforma. Y con esta “vaquita satelital” creó uno de los aparatos orbitales más complejos de la historia: tiene once sensores a bordo, cuando la media en la industria es de dos y gracias. En INVAP, donde maldecían en japonés cada vez que “El Petiso” se llegaba con un nuevo país-socio y sus sensores, se volvieron locos para empaquetar tantas cosas en 480 kilos de satélite, y que todas funcionaran sin interferirse entre sí.

En lo político y organizativo, a la CONAE hoy le viene al pelo formar parte de la Cancillería (lugar donde la puso Di Tella para tenerla vigilada), porque su abordaje del modo de ir al espacio (en vaquita y a dedo) depende mucho de la diplomacia argentina. Es más, se ha vuelto una rama nueva de la misma. No es lo mismo –como lo descubrió Cristina Kirchner- irse al norte de África a fomentar comercio bilateral con esa región cuando uno ya tiene vendidos un par de reactores nucleares en la zona, y además puede ofrecer satélites. Y en la posición de país respetable en este rubro nos colocó el SAC-C. Lanzado a fines de 2000, este multisatélite ya ha durado tres años más de lo esperable; debe estar bien hecho. Si los satélites fueran autos, éste es un Mercedes Benz o un Volvo.

Tras semejante seguidilla de goles, cuesta, o más bien duele volver mentalmente a 1998, cuando Varotto anunció el cohete VENG (hoy Tronador). El SAC-B había fallado, el SAC-C no existía y había que tener la fé de un santo para pensar que alguna vez se construiría. A la CONAE no la conocía ni su madre y, ventanas afuera de la agencia, reinaban unas relaciones carnales que otra que el Kama-Sutra. Y Varotto, en semejante año, hablando de hacer un cohete argentino. Mi artículo en XXI lo leyó muy poca gente y no lo creyó nadie. A duras penas, yo. Y algunos otros que sabemos que El Petiso rara vez habla al cuete, incluso hablando de cuetes.

Hoy estamos en otro mundo. La primera novedad es que la CONAE ya hizo tres de esos cohetes Tronador. La segunda es que funcionaron. Y la tercera es que se vienen más, uno en 2009, otro en 2010, otro más en 2011 y el que probablemente termine siendo nuestro “jeep” espacial multipropósito: el Tronador 2.2, en 2012.

La Argentina viene subiendo cosas a órbita desde 1998, pero ya no tendrá que llegar ahí a dedo.

UN CUÉTE NADA MILICO

Los cohetes pueden usar combustibles sólidos o líquidos. Los militares aman los primeros: son livianos, portátiles y se disparan a toque de botón. Como contra, una vez encendidos no se pueden apagar, de modo que lo único controlable es la dirección, pero el tiempo de vuelo y el alcance o altura máximas vienen “preseteados”. En plan de una puesta en órbita de precisión, los cohetes sólidos tienen entonces las mismas desventajas que un hacha para la neurocirugía. Nacido como misil militar y por ende más cerca del hacha que del bisturí, el Cóndor II tampoco era un buen hacha, es decir un buen misil: poco preciso por la falta de un buen sistema de guiado, no le podía pegar a nada. Esto no significa, a mi entender, que abortar el proyecto haya sido bueno para el país.

Los cohetes de combustible líquido, a diferencia de los sólidos, se pueden encender y apagar a voluntad: son muy controlables. En revancha, como misiles resultan bastante inútiles. Eso lo descubrió Saddam Hussein en 1991: sus Scud soviéticos eran pulverizados a bombazos en tierra en las dos o tres horas que tomaba irlos cargando –con los dedos cruzados– de líquidos altamente volátiles, tóxicos e inflamables como la hidracina. Aún subidos en camiones que los dispersaron por todo Irak, ocho de cada diez Scud de Hussein fueron “embocados” en tierra sin llegar al disparo.

En realidad, los últimos misiles líquidos de la historia que tuvieron cierto éxito militar fueron también los primeros: las bombas voladoras V-2 de Werner Von Braun en el ’44 y el ‘45. Pero el propio Von Braun, tras una seguidilla de explosiones en torre de lanzamiento durante el desarrollo de este arma, decía que el secreto estaba en volver la V-2 un poco más peligrosa en el sitio de aterrizaje que en el de disparo.

Los Tronadores tienen propelentes líquidos almacenables a temperatura ambiente (hidracina como combustible y ácido nítrico como oxidante): nada nuevo bajo el sol. Hay otras mezclas líquidas, las criogénicas (hidrógeno líquido enfriado a 271 grados bajo cero, y oxígeno líquido, a 160) que dan mucha mayor potencia por kilo de combustible y oxidante, pero le quedan muy lejos a la industria y la tecnología locales. Y es que la idea de la CONAE es la de tener un cohete nack & pop, 100% argentino, un fierro “cincuentoso” por los líquidos que quema, pero muy moderno por electrónica y materiales, algo que se pueda construir sin que naides nos deje en tierra al negarnos algún componente crítico importado. Y si ésa es la idea, cierra por todos lados.

El Tronador 2.2 está, además, muy pensado en relación a la próxima moda satelital. En materia de observación terrestre, en lugar de pocos aparatos que andan cerca de la tonelada de peso o arriba, se empieza ver es que es mejor tener varios satélites mucho más livianos, sencillos y sin tanto sistema duplicado, sin tanto back-up. ¿Y por qué? Porque cuando muchos minisatélites funcionan en red, el dueño multiplica la capacidad de observación: mientras duren, ven más y mejor y con más frecuencia dos aparatitos que uno solo grande. Y si se te cuelga uno, te queda el otro. Así nace conceptualmente la línea de satélites livianos SARE de la CONAE, que andarán por los 200 kilos la pieza. Y el Tronador en su versión 2.2, el que Varotto quiere lanzar en 2012, está pensado a medida para la tarea

Dicho todo esto, se entiende que cuando la CONAE lanzó sus Tronadores T1, T1b y VS-30 con combustibles líquidos, el mensaje no expresado de su organismo rector, la Cancillería, es bastante claro: “Boys, estamos en la industria de la puesta en órbita. Y sin pisar ninguna delgada línea roja, ¿ok?”.

En esto de no ofender a los países condoricidas se llega a la exageración. Cuando en junio del año pasado y mayo del corriente se lanzaron los Tronador I y IB desde las inmediaciones de la Base Naval de Puerto Belgrano, La Embajada (sí, ésa) figuraba en la lista de invitados. La segunda vez, ni se calentaron en venir. No somos una preocupación.

En el interín, en diciembre de 2007, se ensayó desde Natal, Brasil, un “combo” argento-brasuca: un Tronador líquido montado como segunda etapa sobre una primera brasileña de combustible sólido. Los brasileños usaron el dúo para mandar una carga científica a una altura suborbital de 140 kilómetros, y la CONAE aprovechó para testear los sistemas de guiado y control de la etapa líquida. Destaco el asunto, porque es uno de los pocos campos en que los brasileños, en general remisos a meterse en asuntos espaciales con la Argentina, nos tienen que tratar como a iguales, les guste o no.

Y es que ellos están muy lejos de tener la vaca atada. El desarrollo de cohetes líquidos tiene sus yeites: en 2003 un VLS brasileño estalló en la base de Alcántara al momento del lanzamiento y mató a 23 miembros del programa espacial de nuestros vecinos. Cosas que pasan en este tipo de emprendimientos. El que no quiera pagar el precio del algún accidente –y esto es mejor decirlo ahora- tiene la opción es hacer la plancha y quedarse afuera de la industria, como comprador bobo.

Y no vale la pena serlo porque la Argentina resulta, quiera o no, un sitio espacial, y no porque haya puesto a Gardel en la Luna sino por ser el octavo país del mundo en superficie, y también una economía muy agrícola, y de paso también uno de los países más proclives del planeta a catástrofes naturales, y como remate, el dueño de una población escasa, cuya pésima distribución genera grandes vacíos geográficos de información. Para enterarse de en qué anda su agricultura o cuál es el contenido de humedad de sus suelos, o qué bosque se está por incendiar, y dónde y cuánto, la Argentina necesita de información generada por satélites propios, cuyo tiempo de uso esté disponible al toque y que no haya que andar mangueando a otros países.

Eso explica por qué hay que tener satélites propios, ok. ¿Pero cohetes también? Miremos las cuentas. Alquilar lanzadores de otros países anda por los 12 millones de dólares el viaje, y eso si se consigue pasaje, que puede haber demoras de años. En contraposición, como dijo el doctor “Pepe” Astigueta, a cargo del proyecto Tronador, el desarrollo completo desde el primer prototipo flaquito suborbital de 2007 hasta el monstruo 2.2, capaz de satelizar 200 kilos de 2012, costará 4 millones de dólares.

¿Es negocio?

Es negocio.

Daniel E. Arias