PETRÓLEO VERDE

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COMBUSTIBLES HECHOS DE ALGAS: FALTA MUCHO PARA QUE LLEGUEN

Cyanotech Hawaii  Ponds SpirPonds'10-014

Epígrafe: estos piletones de cultivo de algas tipo “racetrack” están en Hawaii y pertenecen a Cyanotech, una firma americana dedicada al mercado farmacológico y alimentario.

Daniel E. Arias

“¿Biodiesel de algas? Sí, a la larga lo vamos a usar. Pero antes hay que bajar los costos de producción unas diez veces. No es pavada”, resume el doctor John Benemann, una de las grandes autoridades mundiales en cultivos de microalgas.

De habla aporteñada por haber vivido de joven en la Argentina, Benemann se doctoró en los ’70 en la Universidad de California en Berkeley, trabajó para el Departamento de Energía de los Estados Unidos y tiene 40 años de experiencia científica y de negocios en este tipo de cultivos. El experto cree que (sic) “hoy se están publicando tantas macanas y bolazos que el asunto puede caer en el descrédito. Y eso sería trágico, porque necesitamos con urgencia que esta tecnología madure”.

Benemann fue el invitado estrella de una jornada sobre biocombustibles de microalgas organizada por la Fundación Innova-T, agencia de vinculación tecnológica del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). Sucedió el 15 de noviembre en la Sociedad Científica Argentina, hubo representantes de YPF, del Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca, del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), de Agua y Saneamientos Argentinos Sociedad Anónima (AySA), de la Universidad Nacional de Australia, y de expertos en ecología marina y de costas, de biología, fisiología y biotecnología de microalgas, así como de ecología de agua dulce de las universidadades nacionales de Buenos Aires (UBA), del Sur (UNS)  y de Luján (UNL).

Desde 1970, los biocombustibles de microalgas cultivadas en aguas dulces, marinas o cloacales son la gran promesa eco-energética. Por definición, son libres de “efecto invernadero” y por uso de la tierra, no compiten con la producción de alimentos. Empero, como sucede también con la fusión nuclear, a la tecnología siempre le falta algo para volverse competitiva.

En condiciones ideales, la producción de aceites de algunas especies de microalgas es hasta 100 veces superior a la de la soja, medida por hectárea y por año (sic). “Como referencia –dice el doctor Javier Fernández Velasco, de la Universidad de Luján- para hacer funcionar todos los motores diesel de la Argentina alcanzaría con algo más de 300.000 hectáreas de piletones abiertos de cultivo de tipo ‘racetrack’ (pista de carreras), con circulación activa de agua”.

Pero en términos de clima, de suelos, de aguas y de costo de oportunidad del terreno, las condiciones ideales no abundan. El ingeniero Mishka Talent, de la Universidad Nacional de Australia, mostró, con un sistema de información geográfico (SIG) que su país resulta privilegiado en lugares planos, áridos, vacíos, bien insolados, cálidos y lindantes con costa marina, perfectos para microalgas de agua salada. Descartando tierras pobladas, atribuídas a decenas de otros usos, o con pendiente o demasiado secas, Talent se queda con sólo el 1,4% de la superficie nacional. Lo interesante según su estudio es que, incluso explotada con la imperfecta tecnología actual, en esa área Australia podría producir 12 veces su consumo actual de gasoil, que es idéntico al de Argentina.

Ahora Talent se dispone a desarrollar un SIG para indagar el potencial de la Argentina, comparativamente más fría y con menor desarrollo costero que Australia, pero donde no faltan agua salada ni tierra vacía.

Los malditos números

AgriLife2

Epígrafe: el “alga semilla” se inyecta en los piletones de cultivo experimental. La instalación es de Texas Agrilife, una firma que mueve dinero de la General Atomics, y también del Departamento de Defensa de los Estados Unidos y de su Fuerza Aérea.


La producción a escala comercial de una tonelada de biomasa seca de la microalga más barata hoy tiene un piso de 5000 dólares. En cambio, una tonelada de soja cuesta sólo 500 dólares. A 2200 dólares el barril de biodiesel, las microalgas todavía no logran competir con la soja como fuente de energía, y están mucho más lejos aún de hacerlo con el petróleo.

Según Benemann, eso se debe a varios cuellos de botella biológicos, sociales y tecnológicos que falta atravesar: hay que subir la eficiencia de la fotosíntesis de las algas y bajar los costos de cosechar microorganismos flotantes a media agua, con los que no sirven las máquinas ni las sustancias precipitantes. Pero además, las grandes áreas despobladas donde se instale el cultivo deben ser –contradictoriamente- contiguas a megaindustrias capaces de suministrar mucho dióxido de carbono para hacerlo burbujear en los piletones, y así potenciar la fotosíntesis.

La maldad de las cosas inutiliza para el cultivo de microalgas una enorme parte del país. La Patagonia, por ejemplo, tiene enormes campos vacíos con agua subterránea salada (ideal para las especies marinas) y algunas turbinas de gas de ciclos combinados capaces de suministrar dióxido de carbono. Pero la falta de horas de luz y los fríos invernales bajarían mucho la fotosíntesis, y volverían muy improductiva la fase fría del año, si la idea son los piletones tipo “racetrack” a cielo abierto. El país de las altas temperaturas viene con sus propios problemas: el NOA no tiene suficiente agua, el NEA tiene pocas fuentes de CO2, y en la Pampa Húmeda, donde están todos los recursos y las mínimas invernales no son tan severas, la tierra vale una barbaridad, sea de uso agronómico o tejido urbano.

Incluso en las mejores condiciones imaginables, además de encontrar sitios apropiados, hay que lidiar con dificultades específicamente agronómicas. Y eso porque aunque no parezca, esto es agricultura intensivísima: las algas de cultivo tienen que competir exitosamente con otras improductivas (el equivalente de las malezas), se debe impedir que sean comidas por la microfauna natural (el equivalente de las plagas), son difíciles de cosechar sin usar precipitantes caros, y sigue una larga serie de etcéteras.

Si esta tecnología no se masificó, no es por una megaconspiración mundial de las petroleras, sino porque además de luchar contra la maldad de las cosas, hay que hacerlo contra los malditos números.

En el estado actual del negocio, seguramente los grandes cultivadores mundiales de cepas de los géneros Spirulina, Chlorella, Dunaliella y Haematococcus seguirán trabajando para nichos riquísimos de mercado: el uso de las microalgas como alimentos especiales para humanos o como forrajes caros. Algunas xantinas (pigmentos algales rojos) son compradas por los criaderos de peces hasta por 2000 dólares el kilo, y la demanda china parece insaciable. Pero de producir “specialties” de alta gama a fabricar algo tan básico como la energía hay un camino larguísimo, y no se ve el final.

Pero se ve el principio.

Además de energía, la humanidad necesita comida, el producto número uno de la Argentina. Y la producción de comida ES contaminante, tanto como la de energía, y usa masivamente recursos finitos.

Las megalópolis costeras son como máquinas químicas que transforman los fertilizantes agropecuarios usados para producir alimentos en aguas negras, contaminación de napas, estuarial y/o marina. El tratamiento con microalgas de aguas negras permitiría atrapar parte de los 1600 millones de dólares anuales que gasta hoy la Pampa Húmeda en nitratos y fosfatos, para devolverlos a la tierra. Y las ciudades ribereñas de la región minimizarían su impacto hídrico.

Estas movidas tienen un problema: debe pensarse a lo grande. Para gestionar con microalgas los 56 metros cúbicos por segundo de aguas negras a cargo de AySA, harían falta 1500 hectáreas de tierras disponibles, casi tres veces la extensión de la Reserva Ecológica de Costanera Sur. Y aún así, económica y ecológicamente, esto podría ser un buen negocio, si se suman todos los beneficios: la minimización del impacto hídrico del área metropolitana, más la recuperación de fertilizantes para el campo, más una pequeña fabricación de un biocombustible “pobre”: el biogas.

Pero ¿competirán alguna las microalgas contra el petróleo? La respuesta correcta es problablemente “sí, alguna vez”. Pero el crudo Brent tal vez tenga que llegar a 800 o 900 dólares el barril para que la maquinita del capitalismo empiece a pensar seriamente en esta fuente alternativa de biodiesel, y ponga dinero en serio para terminar de desarrollarla.

Una cosa es segura: los precios del petróleo seguirán subiendo, aunque jamás incorporen los daños inherentes a su producción y quemado, y lo harán fundamentalmente porque cada vez es más profundo y escaso. Y a todo esto, la Tierra tiene 7500 millones de humanos que quieren tanto comestibles como combustibles, y están cada vez más dispuestos a enfrentar políticamente el recalentamiento global.

“Como fuente de energía- dice el doctor Augusto García, de Fundación Innova-T- las microalgas no son inevitables. Pero sí son un futuro probable, y una tecnología de cultivo que a la Argentina le conviene empezar a investigar por su cuenta”.


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Daniel

Excelente informe. Pero, …
¿quién convence a las empresas a invertir en este recurso renovable?
¿existe realmente la inversión de riesgo en la Argentina?

Por otro lado y considerando las necesidades de agua dulce en el futuro me gustaría saber tu opinión sobre el ‘entusiasmo’ oficial y privado sobre el descubrimiento de yacimientos de gas no convencional en Neuquén cuya tecnología requiere perforación horizontal y fractura hidráulica. Ergo, agua en grandes cantidades.
No hay esperanza en el cuidado del medio ambiente si a las mineras y petroleras no se les regula el negocio.

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Las empresas, nacionales o extranjeras, NO invierten en I&D en la Argentina, salvo excepciones rarísimas. Si alguien pone un peso en adquirir los rudimentos de esta tecnología tan verde (en todo sentido), será el gobierno nacional a través del MinCyT, pero para cruzar los cuellos de botella actuales del cultivo masivo de microalgas se necesita mucho dinero y mucha gente dedicada. En cuanto al entusiasmo por el “shale gas” que habrá que sacar por “fracking”… Bueno, se usará agua subterránea patagónica, que de suyo es salada e inútil, y luego quedará en superficie con una contaminación adicional de aditivos industriales y metales pesados lixiviados desde las formaciones gasíferas. No sé cuánto saldrá “gestionar” ese residuo. Con la tremenda demanda nacional de gas (aquí la electricidad sale casi toda del gas) y los precios de importar licuado por Bahía Blanca, el país está perdiendo plata a lo bestia. Dicho esto, sacar “shale gas” y afrontar los costos de gestión del agua residual sería más barato. Optimista al respecto no soy: desarrollar un horizonte gasífero, incluso con tecnología más convencional que el “fracking”, te lleva entre 5 y 7 años para hacerlo entrar en línea. Por lo demás, si el recurso resulta abundante (asunto todavía a demostrar), las petroleras intentarán nuevamente exportarlo a Chile (están los gasoductos construídos para ello en los ‘90) y dejar el pasivo ambiental aquí. Y todavía no he visto un gobierno nacional que les pare el carro con estas cosas.

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daniel

Gracias por tu detallada respuesta.
Mi temor con respecto a la explotación del ’shale gas’ es que la empresas petroleras se vean tentadas a utilizar el agua de los glaciares continentales. Además, no éxiste vocación gubernamental para regular ni vigilar el cumplimiento de la legislación existente ni legislar nueva para proteger los recursos, entre ellos el agua dulce.

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Acróstico: perdón por lo tardío de la respuesta. Creo que acabás de descubrir que el mejor modo de empezar a destruir la infame ley de minería que nos dejó Cavallo es, además de atacarla de frente (y pelearte con los abogados de la Barrick), empezar a arrinconarla con nuevas leyes sobre el agua, como lo fue la de la protección de glaciares. Ahora hay que hacer algo así con las aguas de superficie cordilleranas y subcordilleranas, y con los acuíferos, porque es ahí adonde están todos los metales. Ése es el mejor modo de mandar al menos a tablas una partida de ajedrez que venimos perdiendo por afano.