Archivo para la categoría ‘evolucionismo’

La transexualidad y su clasificación diagnóstica: cambios en su definición

La pretensión de los grupos LGTBI es que la transexualidad salga de los manuales de clasificación de enfermedades


Por: Julio Tudela | Fuente: Análisis y Actualidad

Leemos en la prensa digital lo que los grupos LGTBI consideran como una “victoria parcial”: la reclasificación de la transexualidad en el manual de Calificación Internacional de Enfermedades en su próxima edición (ICD-11), que verá la luz en 2018.[1]

El diagnóstico de la transexualidad debe basarse en datos médicos pluridisciplinares, criterios que se han plasmado en guías médicas, como el “Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders”, en su quinta edición (DSM-5), elaborado por la Asociación Americana de Psiquiatría (1) o el “International Statistical Classification of Diseases and Related Health Problems”, en su décima edición, que es la vigente (ICD-10)(2). La primera, el DMS-5, la incluye como un trastorno al que denomina “disforia de género”. Este diagnóstico se centra menos en determinar la incongruencia de género, que en la “disforia de género”. También se establece un nuevo criterio que consiste en comprobar que la alteración no coexista con una enfermedad intersexual. Este criterio ya estaba presente en los anteriores manuales, pero en el apartado del diagnóstico diferencial.

En cambio en la segunda, el ICD-10, que ha sido ya traducido a 41 idiomas, y que es el sistema de clasificación de las enfermedades psiquiátricas más utilizado por los especialistas de este campo médico (3), incluye el DCS en su capítulo 5, titulado “Desórdenes mentales y de  la conducta” y dentro de él en la sección “Desordenes de la personalidad del adulto” (4).

La propuesta de la OMS para el ICD-11, objeto de la noticia periodística que nos ocupa, consiste en incluir las categorías “Incongruencia de género en el niño y en el adulto” en otro capítulo que explícitamente integre las perspectivas médicas y psicológicas: “Condiciones relativas a la salud sexual”.

La pretensión de los grupos LGTBI es que la transexualidad salga de los manuales de clasificación de enfermedades (“despatologización”), porque, según ellos, no constituye ningún trastorno y, por tanto, no requiere diagnóstico. No obstante, sí requiere tratamiento, complejo y costoso.

Esta pretensión sigue sin ser atendida en la nueva edición que prepara la OMS para el próximo año, dado que su inclusión en el “Manual Internacional de Clasificación Estadística de Enfermedades” implica que no se ha cedido a la pretensión despatologizadora antes mencionada.

Lo que se viene observando en las últimas ediciones de estos manuales son cambios de denominación y clasificación, evitando utilizar los términos “enfermedad” o “trastorno” para pasar a utilizar el de “incongruencia”, con el fin de no favorecer el posible estigma social que conlleva la enfermedad mental, que puede agravar más la situación de las personas afectadas por esta incongruencia de género.

Una de las razones esgrimida –además de lo que supone la propia incongruencia de género y los problemas que conlleva- para mantener la transexualidad en el manual de clasificación de enfermedades es que la necesidad de recurrir a costosos tratamientos de reasignación de sexo y su pretendida financiación por la sanidad pública y aseguradoras privadas, requiere que hablemos de un problema de salud –llámese como se quiera-, y no de una intervención cosmética. Si el cambio en los caracteres sexuales externos, (no confundir con cambio de sexo, que no es biológicamente posible) mediante tratamiento psicológico, hormonal y quirúrgico, no responde al intento de resolver un problema de salud que perturba la vida de una persona y se quiere remediar, sino a un simple cambio estético sin más, estaríamos ante tratamientos cosméticos cuya financiación difícilmente podría ser asumida por la sanidad pública o aseguradoras privadas.

Pero el tema de fondo no es el económico, sino el clínico: la experiencia íntima de pertenecer a un sexo diferente del biológico supone, sin duda, una incongruencia entre lo físico y lo psíquico, cuyas consecuencias hacen necesarias intervenciones terapéuticas que alivien, tanto la posible disforia que conlleva, como otros trastornos que pueden coexistir con la propia incongruencia de género, utilizando la nueva terminología propuesta. Esta comorbilidad no es infrecuente y debe ser valorada en todo caso. (5)(6)

Pero hay más. Junto a la nueva denominación que propone la ICD-11, se establecen restricciones claras en cuanto al momento de iniciar los tratamiento de reasignación, el periodo mínimo que debe transcurrir desde la aparición del comportamiento y preferencias incongruentes de género en la infancia para establecer el diagnóstico (2 años), que no será nunca antes de los cinco años de edad, y la necesidad de establecer este diagnóstico y no basarse exclusivamente en la manifestación y comportamiento de los afectados. Algunas regulaciones autonómicas hacen caso omiso, por cierto, de estas últimas recomendaciones de la OMS.

En conclusión, los continuos cambios en la denominación que la OMS asigna a la transexualidad y los procesos relacionados, no modifican la realidad de fondo que expresa la existencia de un problema de salud, que perturba la vida y el equilibrio de los afectados y que requiere de acompañamiento y tratamiento clínico pluridisciplinar para tratar de superar los síntomas que conlleva.

Referencias
1. American Psychiatric Association. Diagnostic and statistical manual of mental disorders Washington DC; 2013.
2.World Health Organization. International statistical classification of diseases and related health problems; 2014.
3. Reed G, Correa JM, Esparza J, Saxena S, Maj M. The WPA-WHO global survey of psychiatrists’ attitudes towards mental disorders classification. World Psychiatry. 2011; 10: p. 118-31.
4.Kohler R, Recher AEJ. Legal gender recognition in Europe. Transgender Europe. 2013.
5. Grossman AH, D’Augelli AR. Transgender youth and life-threatening behaviours. Suicide Life Threat Behav. 2007; 37: p. 527-537.
6. Spack N, Leeper L, Feldman H, Leibowitz S, Mandel F, Diamond D, et al. Children and Adolescents With Gender Identity Disorder Referred to a Pediatric Medical Center. Pediatrics. 2012; 129: p. 418-25.

  • Sin Comentarios
  • Sin votos

¿Los seres humanos somos meros “algoritmos”?

Una reflexión crítica sobre el libro “Homo Deus. Breve historia del mañana” (Parte I)

La visión materialista del ser humano ofrece un horizonte cerrado y limitado que no puede nunca responder a los anhelos de fondo de la persona humana.

Por: Jorge Nicolás Lafferriere | Fuente: www.centrodebioetica.org

“Las personas ya no se verán como seres autónomos que guían su vida en consonancia con sus deseos, y en cambio se acostumbrarán a verse como una colección de mecanismos bioquímicos que está constantemente supervisada y guiada por una red de algoritmos electrónicos” (p. 361). La idea de que los seres humanos son organismos guiados por algoritmos y las consecuencias que se siguen de ese presupuesto es uno de los grandes ejes del nuevo libro que el historiador Yuval Noah Harari ha publicado recientemente titulado“Homo Deus. Breve historia del mañana” (Debate, Buenos Aires, 2016, 496 páginas).

La finalidad de la obra es investigar “quién es realmente Homo Sapiens, cómo el humanismo se convirtió en la religión dominante en el mundo y por qué es probable que intentar cumplir el sueño humanista cause su desintegración” (p. 81). En este sentido, en continuidad con la primera obra del autor titulada “Sapiens. De animales a dioses”(un best-seller que fue lectura recomendada por diversas personalidades, entre las que se encontraba el creador de Facebook), el libro realiza una inteligente aunque arbitraria selección de hechos y procesos históricos íntimamente vinculados con los debates suscitados por las biotecnologías y se esfuerza por ofrecer una síntesis de los desarrollos a los que nos conduce la conjunción de los descubrimientos de las ciencias de la vida y los logros de la informática. De allí que podamos afirmar que la obra tiene un indudable interés bioético y ofrezcamos a continuación una breve reseña crítica, abierta al debate y el intercambio.

La nueva agenda humana

En apretada síntesis, podemos decir que para Harari el Homo Sapiens, luego de conseguir los poderes para controlar el hambre, la peste y la guerra, reconduce sus esfuerzos hacia tres nuevos objetivos que conforman lo que él llama la nueva “agenda humana”: buscar la inmortalidad, la felicidad y la divinidad.

a) La inmortalidad: La inmortalidad sería el fruto de la ingeniería genética, la medicina regenerativa y la nanotecnología (p. 36). Para lograr ese objetivo, “la medicina necesitará rediseñar las estructuras y procesos más fundamentales del cuerpo humano, y descubrir cómo regenerar órganos y tejidos” (p. 40). Esto estará potenciado por la creencia en la santidad de la vida, la institución científica y la economía capitalista (p. 40).

b) La felicidad: Para el logro de la felicidad individual, considera que está en marcha la “solución bioquímica”, que consiste en “desarrollar productos y tratamientos que proporcionen a los humanos un sinfín de sensaciones placenteras, de modo que nunca nos falten” (p. 55).

c) La divinidad: En cuanto al acceso de los humanos a los poderes divinos de creación y destrucción, pasando del Homo Sapiens al Homo Deus, el autor considera que es posible a través de tres caminos: “ingeniería biológica, ingeniería cyborg e ingeniería de seres no orgánicos” (p. 56). Por la ingeniería biológica, se reescribirá el código genético, se reconectarán circuitos cerebrales, se modificará el equilibrio bioquímico o incluso se crearán nuevas formas corporales (p. 56). La ingeniería cyborg “fusionará el cuerpo orgánico con dispositivos no orgánicos, como manos biónicas, ojos artificiales, o millones de nanorrobots” (p. 57). Y finalmente se podrían crear seres “totalmente inorgánicos” de modo que las redes neuronales sean sustituidas “por programas informáticos con la capacidad de navegar tanto por mundos virtuales como no virtuales, libre de las limitaciones de la química orgánica” (p. 58).

La persona humana, ¿sólo un algoritmo?

Una de las ideas centrales que atraviesa el libro es que los organismos, entre los que se encuentran los seres humanos, son algoritmos. Así lo resume Harari en uno de los pasajes de la obra: “1. Los organismos son algoritmos, y los humanos no son individuos: son ‘dividuos’. Es decir, los humanos son un conjunto de muchos algoritmos diferentes que carecen de una voz interior o un yo únicos. 2. Los algoritmos que conforman un humano no son libres. Están modelados por los genes y las presiones ambientales, y toman decisiones, ya sea de manera determinista, ya sea al azar, pero no libremente. 3. De ahí se infiere que un algoritmo externo puede teóricamente conocerme mucho mejor de lo que yo nunca me conoceré. Un algoritmo que supervisa cada uno de los sistemas que componen mi cuerpo y mi cerebro puede saber exactamente quién soy, qué siento y qué deseo. Una vez desarrollado, dicho algoritmo puede sustituir al votante, al cliente y al espectador. Entonces el algoritmo será quien mejor sepa lo que le conviene, el algoritmo siempre tendrá la razón y la belleza estará en los cálculos del algoritmo” (p. 360). Al tiempo que recuerda que “un algoritmo es un conjunto metódico de pasos que pueden emplearse para hacer cálculos, resolver problemas y alcanzar decisiones” (p. 100), el autor repite la idea en otros pasajes, como por ejemplo cuando afirma que “las emociones son algoritmos bioquímicos vitales para la supervivencia y la reproducción de todos los mamíferos” (p. 100).

En las raíces de esta postura Harari ubica a la teoría de la evolución,que derriba el “relato” del alma y de la libertad, de modo que “la palabra sagrada ‘libertad’ resulta ser, al igual que ‘alma’, un término vacuo que no comporta ningún significado discernible. El libre albedrío existe únicamente en los relatos imaginarios que los humanos hemos inventado” (p. 313).Y luego explica: “En realidad, solo hay una corriente de conciencia, y los deseos surgen y transcurren dentro de dicha corriente, pero no hay un yo permanente que posea los deseos, de modo que no tiene sentido preguntar si elijo mis deseos de manera determinada, aleatoria o libre” (p. 315). “Si los organismos en verdad carecen de libre albedrío, ello implica que podemos manipular e incluso controlar sus deseos mediante el uso de drogas, ingeniería genética y estimulación directa del cerebro” (p. 316).

Para el autor, hay que prestar atención a tres procesos concentrados: “1. La ciencia converge en un dogma universal, que afirma que los organismos son algoritmos y que la vida es procesamiento de datos.2. La inteligencia se desconecta de la conciencia.3. Algoritmos no conscientes pero inteligentísimos pronto podrán conocernos mejor que nosotros mismos” (p. 431).

Una valoración antropológica del pensamiento de Harari

Más allá de las justificadas críticas que cabría hacer a Harari por incurrir en el llamado “determinismo genético”, podemos profundizar en una valoración antropológica del tema.

El hecho de que el ser humano tenga las herramientas para penetrar hasta los secretos más precisos y concretos de la vida biológica no significa que la vida humana se reduzca a esos componentes “materiales”. Justamente, la expresión “dignidad humana” viene a expresar el reconocimiento de una excelencia en el ser de la persona humana que abarca y excede a los componentes corporales, implicando una necesaria dimensión espiritual. Esa dimensión se expresa en las potencias espirituales, inteligencia y voluntad, capacidad de conocer y amar. De allí que la principal crítica que puede formularse a la visión del libro es el materialismo que reduce al ser humano a sus componentes materiales y desconoce los dinamismos espirituales.

De hecho, el autor reconoce que “la ciencia sabe muy poco acerca de la mente y la conciencia… Nadie tiene ni idea de cómo una diversidad de reacciones bioquímicas y de corrientes eléctricas en el cerebro generan la experiencia subjetiva de dolor, ira o amor” (p. 126). Y también “es la mayor laguna en nuestra comprensión de la vida” (p. 128). “¿Por qué tienen los humanos experiencias subjetivas de hambre y miedo?” (p. 129). “A pesar del enorme conocimiento que hemos reunido en los ámbitos de las matemáticas y de la informática, ninguno de los sistemas de procesamiento de datos que hemos creado necesita experiencias subjetivas para funcionar, y ninguno siente dolor, placer, ira o amor” (p. 132).

La visión materialista de la persona aparece en toda su evidencia cuando el autor, hablando del objetivo de la “inmortalidad”, reconoce que en realidad serán superhumanos “amortales”, que “podrán morir todavía en alguna guerra o accidente, y nada podrá hacerlos volver del inframundo. Sin embargo, a diferencia de nosotros, los mortales, su vida no tendrá fecha de caducidad” (p. 37). Es una “inmortalidad” inmanente, centrada en este mundo y por tanto limitada y finita. Difícilmente pueda pensarse como feliz y plena una inmortalidad que se limite a este mundo. Corresponde aquí confrontar esta visión de la inmortalidad con aquella que es propia del cristianismo, que sostiene que Jesucristo resucitó y está vivo junto a Dios Padre. De la fe en la Resurrección se deriva una fe en que todos los seres humanos estamos llamados a participar de esa resurrección. Este punto es muy bien tratado por Benedicto XVI en la encíclica SpeSalvi, donde distingue adecuadamente la pretensión de una vida eterna aquí en la tierra: “Seguir viviendo para siempre –sin fin– parece más una condena que un don. Ciertamente, se querría aplazar la muerte lo más posible. Pero vivir siempre, sin un término, sólo sería a fin de cuentas aburrido y al final insoportable” (Benedicto XVI, Carta Encíclica SpeSalvi, 2007, n. 10).

Reflexionar sobre el carácter contingente y limitado de la persona no significa negarse a buscar la salud y la curación de la persona humana, pero dentro de los cauces de su condición de creatura y del orden que surge de las cosas. En este sentido, la visión materialista del ser humano ofrece un horizonte cerrado y limitado que no puede nunca responder a los anhelos de fondo de la persona humana.

El enfoque materialista de la persona, a su vez, resulta funcional a las tendencias ideológicas que reducen a la persona a mero sujeto de relaciones de consumo o a mero engranaje de mecanismos sociales de circulación de bienes y servicios. Además, si la vida humana es mero algoritmo, se debilitan socialmente las razones para luchar por la dignidad de cada uno. ¿Cuáles serían las razones para defender la dignidad de cada persona humana? Ni siquiera la dignidad de la especie humana como tal aparece defendible ante esta impronta materialista.

Justamente en relación a estas consecuencias sociales de la visión materialista de la persona, Harari llama correctamente la atención sobre la posibilidad de que surja una selecta clase de superhumanos, que deje a millones de seres humanos en la irrelevancia y en una pobreza extrema sin las condiciones más básicas de la vida. Y señala que existe una fuerte tentación a que ello se produzca, si tenemos en cuenta el cambio operado en la medicina: “La medicina del siglo XX aspiraba a curar a los enfermos. La medicina del siglo XXI aspira cada vez más a mejorar a los sanos. Curar a los enfermos fue un proyecto humanitario, porque daba por hecho que existe un estándar normativo de salud física y mental que todos pueden y deben disfrutar. Si alguien caía por debajo de la norma, era tarea de los médicos resolver el problema y ayudarle o ayudarla a ‘ser como todo el mundo’. En cambio, mejorar a los sanos es un proyecto elitista, porque rechaza la idea de un estándar universal aplicable a todos, y pretende conceder a algunos individuos ventajas sobre los demás” (p. 380-381).Sin embargo, al asumir un enfoque materialista que anula la libertad, Hararicierra las “opciones” para revertir ese proceso y dar una justa respuesta a cada persona en su inalienable dignidad.

Si todos los organismos son algoritmos y procesos irrefrenables, ¿por qué existen opciones para la humanidad? Si no existe el libre albedrío ni el alma, ¿por qué plantear la posibilidad de poner límites y actuar ante esta nueva “agenda humana”? Aquí se encuentra una de las contradicciones de esta obra.

Deslumbrado por las conquistas biotecnológicas, Harari lleva hasta sus últimas consecuencias una visión materialista y determinista del ser humano. Sin embargo, soslaya la innegable dimensión espiritual que tiene la persona humana y que, justamente, está en la base de las aspiraciones a la inmortalidad, la felicidad y la divinidad. Sólo el ser humano tiene esa dignidad ontológica y moral que lo lleva a buscar su perfección.

Como hemos dicho muchas veces, junto con el extraordinario poder que tiene el ser humano de conocer y dominar los procesos biológicos y materiales, debe garantizarse y desarrollarse una proporcionada capacidad de descubrir y respetar la inalienable dignidad de cada persona humana, en su condición de participación en el ser, creada a imagen y semejanza de Dios. De no cumplirse esta condición, el ser humano perderá las razones vitales, éticas y jurídicas básicas para garantizar el respeto a cada persona y a sus derechos fundamentales.

  • Sin Comentarios
  • Sin votos

Transhumanismo: ¿se puede eliminar la muerte?

| Mar 24, 2017

De la naturaleza biológica a la naturaleza de base tecnológica, ¿qué hay detrás de este movimiento?

El transhumanismo o H+ (Humanidad Plus) es un movimiento cultural e intelectual que afirma la posibilidad y necesidad de mejorar la condición humana, basándose solo en el uso de la ciencia y las tecnologías más avanzadas. Estas tecnologías conseguirían  aumentar las capacidades físicas, intelectuales y psicológicas de los seres humanos y alargar la vida de modo indeterminado o, incluso para algunos, hacer al hombre inmortal en la Tierra.

Estas tecnologías son la ingeniería genética, las tecnologías de la información, la farmacología, así como tecnologías que se encuentran en fase experimental como la nanotecnología, la inteligencia artificial y la colonización espacial.

El transhumanista Nick Bostrom afirma que “será posible utilizar terapias del tipo genético y otros métodos biológicos para bloquear el proceso del envejecimiento y estimular el rejuvenecimiento y la reparación de los tejidos en forma indefinida y es posible que una tarea de este tipo solo pueda ser llevada a cabo por la nanotecnología. Mientras tanto solo existen tratamientos en base a hormonas”, que son muy caras.

El transhumanismo quiere cambiar la naturaleza biológica del hombre para hacer una naturaleza de base tecnológica. El hombre no envejecerá, pues la tecnología mantendrá una lucha contra la muerte y tal vez vencerla, según dicen.

Inspirándose en la Ilustración del Siglo XVIII, eliminan a Dios y ponen en su lugar la ciencia, el conocimiento. Pero cabe preguntarnos: ¿las tecnologías de futuro harán que los hombres sean más iguales? ¿Y más felices?  ¿Y más libres? Esto es una discusión filosófica y científica en que se basó una jornada titulada “Inteligencia artificial y transhumanismo” organizada por la Federación Internacional de Médicos Católicos (FIAMC) en Barcelona (España) con la participación de expertos europeos de diversas disciplinas.

La conferencia magistral inaugural fue a cargo del profesor de Teología y Bioética de la Universidad Católica de Milán, Dr. Michele Aramini. Con él nos sentamos para hablar e informar a los lectores de Aleteia sobre este fenómeno mundial, muy extendido en América Latina, que es el Transhumanismo.

Preguntamos al profesor Aramini si las transformaciones del hombre y del género humano que pretenden los transhumanistas llevarán a una mayor igualdad entre los hombreds: “no es posible, responde, porque habrá que aplicar al hombre una tecnología muy cara y pocos hombres estarán en condiciones económicas para comprarla. Tampoco será una sociedad democrática porque solo una élite de habitantes del mundo occidental podrá pagarse la tecnología y esto lleva a una discriminación fuertísima entre los hombres, entre los que se pueden pagar las tecnologías y los que no”. Y los que pueden, dominarán al resto condenándolos a formar una clase social baja y oprimida.

¿Y la felicidad? ¿Serán más felices? El profesor Aramini afirma que una cuestión preliminar es preguntarse “sobre el sentido de la vida”. Esto se lo preguntan teólogos y filósofos, creyentes y ateos (el ideario transhumanista es ateo). “El ateísmo moderno –dice el profesor– se ha lanzado desesperadamente a los brazos del dios ciencia (cientifismo) pidiendo a la ciencia un significado de la propia vida”. Y añade: “sería contradictorio que una vida privada de sentido y fruto de la casualidad” llegara a ser deseable hasta el punto de hacerla inmortal.

El profesor Ermanno Pavesi, secretario general de la FIAMC, dijo en esta jornada que el hombre no puede prescindir de Dios y citó al papa Francisco en su encíclica “Laudato sí´” (n. 221) donde dice que “Dios ha creado el mundo inscribiendo en él un orden y un dinamismo que el ser humano no tiene derecho a ignorar”. O sea que la intervención humana debe estar en el orden de la creación, sin manipulaciones.

El transhumanismo cree que puede construir una vida muy larga, y hasta algunos aseguran que el hombre llegará tener una vida inmortal en la Tierra. Esta teoría se confronta con el cristianismo que predica también la inmortalidad del hombre. “Ciertamente –dice el profesor Aramini—el hombre quiere una vida verdadera, plena, una vida que valga la pena, que sea alegre y gozosa”, lo que conseguirá en la visión beatifica de Dios. La vida eterna predicada por Jesucristo no es la inmortalidad de la vida terrena, sino la “existencia en una nueva dimensión”, la comunión con Dios, que necesita la muerte del cuerpo.

Jesucristo resucita a Lázaro, no para que viva eternamente, sino para que siga viviendo y muera y pueda acceder a la eternidad en comunión con Dios. Los transhumanistas, sin embargo, no creen en la trascendencia de una vida cuya meta es estar junto a Dios. No quieren la muerte, la rechazan. Por eso creen que la ciencia les hará “como dioses”.

El hombre nuevo que proponen los transhumanistas ¿será más libre? Ellos creen que sí, pero “es una libertad falsa”, dice el profesor Aramini. ¿Quién va a preservar la dignidad del hombre, el amor, el cariño, la amistad y la capacidad auténtica de elegir entre una cosa u otra?

A lo largo de los siglos, quien ha liberado al hombre es Dios, desde la liberación de su Pueblo en Egipto, hasta Jesucristo que ocupa el ápice de esta liberación. “Él es el fundador de la libertad del hombre, dice Aramini, porque consiente al hombre tomar la decisión más alta, en relación con Dios mismo, cuando dice (Jn, 6, 67): “¿también queréis iros vosotros?” (Muchos le abandonan al anunciar la Eucaristía).

Y añade Aramini: “El hombre contemporáneo, curiosamente, ha entrado en una situación paradoxal: reivindica la libertad pero teme usarla, porque la libertad comporta un riesgo que es decidirse por una causa y ser fiel a la misma con coherencia dándose una identidad. La elección de esta causa (ser o no ser tal cosa, hacer o no hacer tal otra) no puede basarse en garantías científicas”. Es imposible. La decisión del hombre estará basada en el sentido de la vida y elegirá sobre lo que conoce con certeza, esto es la fe que le da una identidad.

El transhumanismo hoy “se mueve en el terreno más hipotético que realista”, dice Michele Armanini. En la nanotecnología se quiere construir una especie de “robot” permanente dentro de nuestro organismo y monitorizarlo y llegar a la “digitalización del yo”. ¿El hombre transformado en un robot, con tanta inteligencia artificial y tanta manipulación genética? En muchas cosas el transhumanismo está instalado en la ciencia ficción y en el ateísmo.

  • Sin Comentarios
  • Sin votos

Embriones híbridos y transplantes de órganos interespecies: Las nuevas quimeras

| Mar 19, 2017

Jennifer Tanabe CC via Wikipedia

¿Son los organismos quiméricos un recurso viable médico y ético?

El pasado enero, un equipo de investigadores del Instituto Salk de Estudios Biológicos en La Jolla, California, publicó un estudio en la revista Cell anunciando que habían “producido con éxito la primera quimera humano-cerdo”, un embrión que contiene células de dos especies diferentes. Los investigadores transformaron células de un humano adulto en células madre, luego inyectaron esas células en embriones de cerdo en una fase temprana de desarrollo, luego las implantaron en cerdos hembra y les permitieron desarrollarse durante algunas semanas, según se explica en un artículo publicado por el Instituto Smithsonian. Además, National Geographic informa de que “186 embriones quimera llegaron a la última fase”, lo cual implicaba que “cada uno tenía una entre 100.000 células humanas”.

El estudio aspira a producir órganos humanos alojados en animales no humanos, para futuros trasplantes. Ni que decir tiene que una investigación de este tipo no está carente de controversia, ya que plantea de forma directa cuestiones relativas a los derechos de los animales —sobre estudios in vitro usando embriones y también investigaciones in vivo con animales conscientes y desarrollados— y, evidentemente, relativas a qué consideramos que es un ser humano.

Según el doctor Daniel Garry —en una entrevista publicada en The Guardian por Hannah Devlin—, un cardiólogo que dirige otro proyecto sobre organismos quiméricos en la Universidad de Minnesota, el experimento se llevó a cabo de forma responsable, tanto desde una perspectiva médica como ética. La posibilidad de un organismo mitad humano mitad bestia (literalmente, una quimera) es totalmente impensable, ya que este tipo de investigación solo trata de averiguar si es realmente posible “guiar” a las células humanas “para formar un órgano determinado en cerdos”.

Sin embargo, según explica Göran Hermerén, un filósofo sueco de la Universidad de Lunds, el hecho de que nuestra cultura considere a los seres humanos como seres diferentes de los animales —es decir, con un estatus ético y legal diferente— tiene varias implicaciones en estos experimentos. La primera diferencia está en el hecho de que “un ser humano” no es solo un concepto biológico, sino también moral: los humanos son actores morales, responsables, capaces de una acción intencionada. Aquí se traza una línea. Según explica Hermerén:

VER COMPLETO CON VIDEO: http://es.aleteia.org/2017/03/19/embriones-hibridos-y-transplantes-de-organos-interespecies-las-nuevas-quimeras/

  • Sin Comentarios
  • Sin votos