3 experiencias de premuerte que te harán plantearte la existencia del Paraíso

| Mar 22, 2017

Son los casos de los que habla el doctor Theillier, médico que ha estudiado los milagros de Lourdes

El doctor Patrick Theillier conoce bien los fenómenos sobrenaturales. Católico convencido y comprometido, ha trabajado durante 10 años como médico de la Oficina de Constataciones Médicas del Santuario de Lourdes. Junto a otros médicos, no necesariamente creyentes, se ha esforzado por verificar científicamente el carácter humanamente inexplicable de las curaciones obtenidas por intercesión de Nuestra Señora de Lourdes.

Y es precisamente a partir de las conclusiones elaboradas por esta oficina que le fue posible a la Iglesia llegar al reconocimiento de algunos milagros. Una curación inexplicable se declara milagro cuando la autoridad eclesiástica competente reconoce un signo del poder y el amor de Dios presente en la vida de los hombres, capaz de fortalecer la fe del pueblo cristiano.

En “Quando la mia anima uscì dal corpo” (ediciones San Pablo) – Cuando mi alma salió del cuerpo – el doctor Theillier estudia las experiencias de premuerte, o acaecidas “en los límites de la muerte” (conocidas con la sigla inglesa NDE, Near-Death Experience).

1 – “Hice un viaje al Cielo”

En 2010 Todd Burpo, un pastor de la iglesia metodista de Nebraska, en Estados Unidos, escribió un pequeño libro, Heaven Is for Real, (El Paraíso es real) en donde contó la NDE de su hijo Colton: “Hizo un viaje al Cielo” durante una operación de peritonitis en la que sobrevivió. La historia es particular porque Colton tenía sólo 4 años cuando sucedió, y les contó su experiencia a sus padres, quienes quedaron impactados, pues lo hizo de forma casual y fragmentada. La NDE de los niños son las más conmovedoras porque son las menos contaminadas, las más verdaderas; se podría decir: las más vírgenes.

Premuerte más auténtica en los niños

El pediatra Melvin Morse, director de un grupo de investigación de las experiencias de premuerte en la Universidad de Washington, dice:

“Las experiencias de premuerte de los niños son sencillas y puras, no están contaminadas por ningún elemento de carácter cultural o religioso. Los niños no quitan experiencias como hacen a menudo los adultos, y no tienen dificultad en integrar las implicaciones espirituales de la visión de Dios”.

“Ahí me cantaron los ángeles”

Este es el resumen de la historia de Colton como aparece en el libro Heaven Is for Real. Cuatro meses después de su operación, al pasar en coche cerca del hospital donde fue operado, su mamá le preguntó si se acordaba, Colton respondió con una voz neutra y sin excitación: “Sí, mamá, me acuerdo. Ahí me cantaron los ángeles”. Y con un tono serio añadió: “Jesús les dijo que cantaran porque yo tenía mucho miedo. Y luego estuve mejor”. Impresionado, su padre le preguntó: “¿Quieres decir que estaba también Jesús?” El niño haciendo ademán afirmativo con la cabeza, como si confirmara algo muy normal, dijo: “Sí, también estaba él”. El papá le preguntó: “Dime, ¿dónde estaba Jesús?”. El niño le respondió: “Yo estaba sentado en sus piernas”.

La descripción de Dios

Es fácil imaginarse a los padres preguntarse si todo esto es verdad. Ahora, el pequeño Colton cuenta que dejó su cuerpo durante la operación, y lo demuestra describiendo con precisión lo que cada uno de los padres estaba haciendo en ese momento en otra parte del hospital.

Impactó a sus padres al describir el Cielo con particularidades inéditas, correspondientes a la Biblia. Describió a Dios como realmente grande y dijo que nos ama. Dijo que es Jesús quien nos recibe en el Cielo.

Ya no tiene miedo de la muerte. Lo dijo a su papá una vez que le dijo que corría el riesgo de morir si atravesaba la calle corriendo: “Que hermoso. Quiere decir que volveré al Cielo”.

El encuentro con la Virgen María

Después, respondió con la misma sencillez a las preguntas que le hicieron. Sí, vio animales en el Cielo. Vio a la Virgen María arrodillada frente al trono de Dios, y muchas veces cerca de Jesús, y que ama como lo hace una madre.

2 – El “túnel” del neurocirujano

El doctor Eben Alexander, neurocirujano estadounidense, especialista del cerebro, no creía absolutamente en una vida después de la muerte. Era escéptico: para él, todas las historias de NDE eran delirios y estupideces. En 2008 tuvo una meningitis fulminante que le hizo cambiar de idea. Contó su experiencia de premuerte primero en un artículo del semanario estadounidense Newsweek, y luego en un libro. Un viaje que lo convenció de la existencia de una vida después de la muerte.

“Estaba en una dimensión más amplia del universo”

Hace cuatro años los médicos del hospital general de Lynchburg, en Virginia, donde él trabajaba, le diagnosticaron una rara forma de meningitis bacteriana, que normalmente ataca a los recién nacidos. Las probabilidades de salir sin entrar en un estado vegetal eran pocas, y se volvieron casi nulas en las urgencias.

“Pero mientras las neuronas de mi corteza se reducían a la inactividad completa, mi consciencia, liberada del cerebro, recorrió una dimensión más amplia del universo, una dimensión que no había soñado y que habría sido feliz de poder explicar científicamente antes de hundirme en el coma. Hice un viaje a un ambiente lleno de grandes nubes rosas y blancas… Muy por encima de estas nubes, en el cielo, giraban en círculo seres cambiantes que dejaban tras de sí largas estelas. ¿Pájaros? ¿Ángeles? Ninguno de estos términos describe bien a estos seres que eran distintos de todo lo que he visto en la Tierra. Eran más evolucionados que nosotros. Eran seres superiores”.

Un canto celestial

El doctor Eben Alexander se acuerda de haber oído un sonido en pleno desarrollo, como un canto celestial, que venía de arriba, y que le dio gran alegría, y de ser acompañado en su aventura por una joven mujer.

Después de esta NDE, el doctor Alexander no tuvo más dudas: la consciencia no es ni producida ni limitada por el cerebro, como el pensamiento científico dominante sigue considerando, y se extiende más allá del cuerpo.

Nueva idea de consciencia

“Ahora, para mí es – dice Alexander – cierto que la idea materialista del cuerpo y el cerebro como productores, más que como vehículos, de la conciencia humana, ha sido superada. En su lugar ya está naciendo una nueva visión del cuerpo y del espíritu. Esta visión, a su vez científica y espiritual, dará lugar a la verdad, que es el valor que los más grandes científicos de la historia siempre han buscado”.

3 – El fusilamiento

He aquí una carta de don Jean Derobert. Es un testimonio certificado con ocasión de la canonización de Padre Pío.

“En aquel tiempo – explica don Jean – trabajaba en el Servicio Sanitario del ejército. El Padre Pío, que en 1955 me había aceptado como hijo espiritual, en los momentos cruciales de mi vida siempre me había hecho llegar una nota en donde me aseguraba su oración y su apoyo. Así fue antes de mi primer examen en la Universidad Gregoriana de Roma, así fue cuando entré en el ejército, así fue también cuando tuve que ir a combatir a Argelia”.

Una nota de Padre Pío

“Una noche, un comando F.L.N. (Frente de Liberación Nacional Argelino) atacó nuestra ciudad. Fui arrestado, me pusieron frente a una puerta junto a otros cinco militares, fuimos fusilados (…). Esa mañana había recibido una nota del Padre Pío con dos líneas escritas a mano: “La vida es una lucha pero conduce a la luz” (subrayando lucha y luz)”.

La subida al cielo

Inmediatamente don Jean vivió la experiencia de salir del cuerpo. “Vi mi cuerpo a mi lado, acostado y ensangrentado, en medio a mis compañeros asesinados también. Comencé una curiosa ascensión hacia lo alto dentro de una especie de túnel. De la nube que me rodeaba distinguía rostros conocidos y desconocidos. Al principio estos rostros eran tétricos: se trataba de gente poco recomendable, pecadores, poco virtuosos. Poco a poco, mientras subía los rostros que encontraba se volvían más luminosos”.

El encuentro con los padres

“De repente mi pensamiento se dirigió a mis padres. Me encontré cerca de ellos en mi casa, en Annecy, en su habitación, y vi que dormían. Intenté hablar con ellos sin éxito. Vi el departamento y observé que habían cambiado un mueble. Muchos días después, al escribir a mi mamá, le pregunté por qué había cambiado ese mueble. Ella me respondió: “¿Cómo lo sabes?”. Luego pensé en el papa Pio XII, que conocía bien porque fui estudiante en Roma, y enseguida me encontré en su habitación. Se había apenas acostado. Nos comunicamos intercambiando pensamientos: era un gran espiritual”.

“Chispa de luz”

De repente don Jean se encontró en un paisaje maravilloso, invadido por una luz azul y dulce. Habían cientos de personas, todas con treinta años aproximadamente. “Encontré a gente conocida (…). Dejé este “paraíso” lleno de flores extraordinarias y desconocidas para mí, y ascendí un poco más alto… Allá perdí mi naturaleza de hombre y me volví una “chispa de luz”. Vi muchas otras “chispas de luz” y sabía que eran san Pedro, san Pablo, san Juan, un apóstol, tal santo tal otro”.

La Virgen y Jesús

“Luego vi a santa María, bella más allá de lo increíble con su manto de luz. Me acogió con una sonrisa increíble. Detrás de ella estaba Jesús maravillosamente bello, y todavía más atrás había una zona de luz que sabía que era el Padre, y reconocí ahí la felicidad perfecta, como una cierta experiencia de la eternidad”.

La primera vez que vi al Padre Pío después de esta experiencia, el fraile le dijo: “¡Oh, el trabajo que me diste tú, pero lo que viste fue muy bello!”.

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¿Para qué tanto sufrimiento?

| Mar 21, 2017

Para entender el mal es necesaria una perspectiva de eternidad

Siempre se dice que Dios nos quiere, que Dios nos ama. También se dice que Dios tiene un plan para cada uno de nosotros. Que tenemos que escuchar cuál quiere que sea nuestro camino, nuestra vocación. Que hay que escuchar y esperar. Y yo me pregunto: ¿qué plan tiene (o tenía) para los miles de cristianos, mayores y niños , que son masacrados diariamente?

La respuesta a esta cuestión, nada fácil, va a ser sacada del Catecismo de la Iglesia Católica, que contiene textos más cuidados que los que yo podría elaborar.

Si Dios Padre Todopoderoso, Creador del mundo ordenado y bueno, tiene cuidado de todas sus criaturas, ¿por qué existe el mal? A esta pregunta tan apremiante como inevitable, tan dolorosa como misteriosa no se puede dar una respuesta simple. El conjunto de la fe cristiana constituye la respuesta a esta pregunta: la bondad de la creación, el drama del pecado, el amor paciente de Dios que sale al encuentro del hombre con sus Alianzas, con la Encarnación Redentora de su Hijo, con el don del Espíritu, con la congregación de la Iglesia, con la fuerza de los sacramentos, con la llamada a una vida bienaventurada que las criaturas son invitadas a aceptar libremente, pero a la cual, también libremente, por un misterio terrible, pueden negarse o rechazar. No existe un rasgo del mensaje cristiano que no sea en parte una respuesta a la cuestión del mal (nº 309).

Del párrafo anterior, merece destacarse la Encarnación redentora del Hijo de Dios. Esa redención se obró siendo crucificado. Y eso tiene consecuencias: como dice san Pablo, el que no perdonó a su propio Hijo, sino que le entregó por todos nosotros, ¿no nos dará con Él todas las cosas? (Rom. 8, 32) (quizás sea útil aclarar que, en el lenguaje bíblico, “entregar” a alguien suele significar entregarlo a los verdugos). Podemos advertir que del peor de los males surge el mayor de los bienes.

Por este motivo, la permisión divina del mal físico y del mal moral es misterio que Dios esclarece por su Hijo, Jesucristo, muerto y resucitado para vencer el mal. La fe nos da la certeza de que Dios no permitiría el mal si no hiciera salir el bien del mal mismo, por caminos que nosotros sólo conoceremos plenamente en la vida eterna (nº 324).

Puede uno preguntar cuáles son “todas las cosas” de que habla san Pablo. La respuesta pasa por volver a mirar a Cristo. Al resucitar recibió la gloria, que para un hombre supone el bien absoluto y definitivo. Esta vida es un campo de batalla entre el bien y el mal, y Dios Padre ha querido que recibamos el bien eterno saliendo victoriosos, para lo cual, como Cristo en su Pasión, habrá que saborear el mal.

Sin esta perspectiva de eternidad no se entenderá nunca la existencia del mal. Tampoco la paternidad divina, y menos en un mundo como el actual en el que con tanta frecuencia se intenta ahorrar cualquier atisbo de sufrimiento en los hijos a costa de no prepararlos para abrirse paso en el mundo.

Siguiendo el hilo del discurso, encontramos otras palabras que permiten abordar lo más específico de la consulta, la vocación del que sufre: Por su pasión y muerte en la Cruz, Cristo dio un sentido nuevo al sufrimiento: desde entonces éste nos configura con Él y nos une a su pasión redentora (nº 1505). Es decir, unido al de Cristo, el sufrimiento es camino de santidad y tiene una particular fecundidad por tener ese valor redentor, pues el cristiano está llamado a corredimir –“redimir con”- con Cristo.

La vocación del cristiano equivale a ese “estar llamado”. Al fin y al cabo, ¿qué es eso que llamamos vocación? Pues el modo concreto en el que cada uno, conforme al plan divino, se debe configurar con Cristo y contribuir a la tarea redentora de la Iglesia, continuadora de la de Cristo.

Si podemos hablar así –que sí podemos, refiriéndonos a la humanidad de Cristo-, la vocación de Jesucristo incluía –era lo más importante- su muerte ignominiosa en la cruz.

No nos puede extrañar mucho que encontremos más personas que se configuran con Cristo sufriendo una muerte ignominiosa. Dejemos esto claro: esas muertes tienen como causa los pecados de los hombres, en su actuar libre. Igual sucedió con Jesús. Pero de ahí saca Dios bienes mayores tanto para los que así sufren como para la Iglesia y la humanidad, como sucedió con Jesús. En lo que atañe a sus personas esos bienes no se refieren a este mundo -sobre todo si supone su muerte, pues la vida mortal no se repite-, sino a la gloria eterna. Como sucede con Jesús.

La vocación del cristiano no se debe pensar solo en términos de una espera orante de que se manifieste de algún modo la voluntad divina. Eso puede ser parte, y parte importante, de muchas vocaciones.

Pero las cosas pueden suceder de otro modo, y la voluntad divina se puede manifestar de muchas maneras, sobre todo a través de los sucesos que el cristiano encuentra, también –y quizás sobre todo- los que le hacen sufrir y hasta dar su vida.

No deja de ser un misterio que Dios eligiera que la redención tuviera lugar de modo tan dramático. Pero así fue, y así la comparten los hombres.

Ahora bien, todo ese sufrimiento, y especialmente el que padece el inocente, sin ese final feliz y glorioso convierte el drama en tragedia. Y la tragedia deja un vacío en la vida al dejarla sin sentido, y quita toda esperanza. Lo que además aumenta el sufrimiento. O aceptamos los planes de Dios, aunque no podamos entenderlos, o esa tragedia es lo que nos espera.

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¿Desconectar a una persona en cuidados intensivos implica eutanasia?

La Iglesia distingue muy bien tres situaciones que son semejantes pero bien diferentes: Cuidados paliativos; Encarnizamiento terapéutico y Eutanasia

Por: -Fr. Nelson Medina, OP | Fuente: fraynelson.com

Pregunta:

Padre Nelson, mi familia está viviendo una situación muy difícil. Una tía mía, muy mayor, está en cuidados intensivos hace ya bastantes días. Su condición es estable pero los médicos han sido claros en decir que está con muerte cerebral total y que en realidad son los aparatos de respiración y demás los que la mantienen viva, de modo que han pedido que se reúna la familia y decida si se procede a desconectarla. Pero, ¿eso no es eutanasia, lo que prohíbe la Iglesia? Gracias por su enseñanza. –F.G.H.

Respuesta:

Ante todo, me uno al dolor que ustedes deben estar padeciendo al ver a una persona tan cercana en esa condición.

La Iglesia distingue muy bien tres situaciones que son semejantes pero bien diferentes:

  1. Cuidados paliativos;
  2. Encarnizamiento terapéutico;
  3. Eutanasia o suicidio asistido.

Los cuidados paliativos son el conjunto de recursos que ofrece la medicina moderna para hacer más soportables condiciones de sufrimiento físico o moral, ofrecer las mejores posibilidades de recuperación si ello es todavía posible, y mejorar en general la calidad de vida de un enfermo que, por todas las indicaciones, se encuentra en la última fase de su vida mortal. Estos cuidados incluyen de modo muy importante la llamada “clínica del dolor” es decir, el uso dosificado pero en general creciente de anestésicos que permitan sobrellevar cuadros de malestar físico y dolor que sería insoportable. Al respecto, la medicina actual ha evolucionado mucho. Aunque algunas de estas tecnologías médicas puedan apresurar el deceso del paciente, la intención no es causar la muerte sino llevar el último tramo de la vida de la mejor y más humana forma posible; por consiguientes e aplica en este caso el principio moral que se llama del “doble efecto”: una práctica puede tener más de una consecuencia; pero se realiza no por los efectos no deseados, como en este caso que la muerte suceda un poco antes, sino por el efecto deseado: la calidad de vida restante.

El encarnizamiento terapéutico es una situación distinta. Cuando absolutamente toda esperanza de recuperar la conciencia, y todo trazo de vida cerebral ha desaparecido sin posibilidad de retorno, mantener una especie de vida artificial en todo dependiente de unos aparatos sofisticados ya no corresponde ni a la dignidad del paciente ni al proceso emocional de sus parientes o relacionados. Si se pretendiera continuar esa situación indefinidamente, con el único resultado de tener un cuerpo que respira y por el que circula sangre, tendríamos que hablar de encarnizamiento terapéutico, y no es algo que la Iglesia Católica pida a nadie. Hay que tener cuidado, sin embargo, porque no basta lo que se suele llamar “estado de coma” para declarar que la persona puede legítimamente ser desconectada de los aparatos que le permiten vivir. Hay noticias, incluso recientes, sobre casos de personas que han pasado años en coma y luego despiertan. Para que estemos en el caso moral aquí descrito tendría que darse una muerte cerebral completa, de modo que el cerebro ni siquiera envíe a los pulmones la señal de la respiración, pues se considera que ese intercambio de señales nerviosas pertenece a los estratos más profundos de la actividad cerebral.

Tanto la eutanasia como el suicidio asistido suponen, en cambio, una intervención médica que efectivamente procura la muerte de una persona que, sin esa intervención podría vivir, incluso con cierta calidad. La experiencia ha mostrado que las leyes de eutanasia, lo mismo que otras leyes inmorales, se introducen siempre como respuesta a casos emocionalmente extremos. Al poco tiempo, las condiciones ser van ampliando hasta llegar a lo que hay en Suiza, Holanda y otros sitios: muerte a la carta. Por supuesto, esto es moralmente reprobable y así lo ha declarado la Iglesia.

Dios bendiga tu familia y todas las familias de los pacientes en grave condición.

Embriones híbridos y transplantes de órganos interespecies: Las nuevas quimeras

| Mar 19, 2017

Jennifer Tanabe CC via Wikipedia

¿Son los organismos quiméricos un recurso viable médico y ético?

El pasado enero, un equipo de investigadores del Instituto Salk de Estudios Biológicos en La Jolla, California, publicó un estudio en la revista Cell anunciando que habían “producido con éxito la primera quimera humano-cerdo”, un embrión que contiene células de dos especies diferentes. Los investigadores transformaron células de un humano adulto en células madre, luego inyectaron esas células en embriones de cerdo en una fase temprana de desarrollo, luego las implantaron en cerdos hembra y les permitieron desarrollarse durante algunas semanas, según se explica en un artículo publicado por el Instituto Smithsonian. Además, National Geographic informa de que “186 embriones quimera llegaron a la última fase”, lo cual implicaba que “cada uno tenía una entre 100.000 células humanas”.

El estudio aspira a producir órganos humanos alojados en animales no humanos, para futuros trasplantes. Ni que decir tiene que una investigación de este tipo no está carente de controversia, ya que plantea de forma directa cuestiones relativas a los derechos de los animales —sobre estudios in vitro usando embriones y también investigaciones in vivo con animales conscientes y desarrollados— y, evidentemente, relativas a qué consideramos que es un ser humano.

Según el doctor Daniel Garry —en una entrevista publicada en The Guardian por Hannah Devlin—, un cardiólogo que dirige otro proyecto sobre organismos quiméricos en la Universidad de Minnesota, el experimento se llevó a cabo de forma responsable, tanto desde una perspectiva médica como ética. La posibilidad de un organismo mitad humano mitad bestia (literalmente, una quimera) es totalmente impensable, ya que este tipo de investigación solo trata de averiguar si es realmente posible “guiar” a las células humanas “para formar un órgano determinado en cerdos”.

Sin embargo, según explica Göran Hermerén, un filósofo sueco de la Universidad de Lunds, el hecho de que nuestra cultura considere a los seres humanos como seres diferentes de los animales —es decir, con un estatus ético y legal diferente— tiene varias implicaciones en estos experimentos. La primera diferencia está en el hecho de que “un ser humano” no es solo un concepto biológico, sino también moral: los humanos son actores morales, responsables, capaces de una acción intencionada. Aquí se traza una línea. Según explica Hermerén:

VER COMPLETO CON VIDEO: http://es.aleteia.org/2017/03/19/embriones-hibridos-y-transplantes-de-organos-interespecies-las-nuevas-quimeras/

Es un “pecado gravísimo cerrar empresas por motivo de lucro

En la audiencia el Papa recuerda que el trabajo da dignidad a la persona

15 marzo 2017

Trabajadores – Pixabay

(ZENIT- Ciudad del Vaticano, 15 Mar. 2017).- “El trabajo nos da dignidad y los responsables de los pueblos tienen la obligación de hacer de todo para que cada hombre y mujer pueda trabajar y así estar con la frente alta: mirar a los otros con dignidad”.

Este ha sido el apremiante llamado realizado por el papa Francisco en la audiencia de este miércoles en la plaza de San Pedro.

“Quien por maniobras económicas, para realizar negociados no enteramente claros cierra fábricas, cierra empresas laborales y quita trabajo a los hombres, esta persona comete un pecado gravísimo”.

El Santo Padre reiteró así lo indicado diversas veces sobre el trabajo y su relación con la dignidad de la persona humana, en un momento de economía globalizada en la cual muchas empresas ‘deslocalizan’ hacia países en los cuales la mano de obra es más barata.

‘Vean a Cristo en los pobres y que los pobres vean a Cristo en ustedes’

Carta a los miembros de la Asociación Internacional de Caridades (AIC), con motivo de los 400 años de su fundación

15 marzo 2017

Web de la AIC en español Web de la AIC en español

(ZENIT- Ciudad del Vaticano, 15 Mar. 2017).- El santo padre Francisco ha enviado una carta a los miembros de la Asociación Internacional de Caridades (AIC), con motivo de los 400 años de fundación de ese organismo, por san Vicente de Paul en la ciudad francesa de Chatillón.

En el documento difundido este miércoles, el Papa les anima a proseguir en su labor, recordando que “no se trata solamente de encontrar a Cristo entre los pobres, pero que los pobres perciban a Cristo en ustedes y en vuestro actuar”.

La AIC forma parte de la Familia Vicentina, una comunidad de más de 2 millones de personas que reúne las tres asociaciones fundadas por san Vicente de Paúl y otras numerosas asociaciones que están inspiradas en su proyecto.

A continuación el mensaje:

“En este año, 2017,  se celebran los 400 años de las primeras Cofradías de la Caridad, fundadas por San Vicente de Paul en Châtillon. Con alegría me uno espiritualmente a ustedes para celebrar este aniversario y les expreso mis mejores deseos para que esta buena obra continúe con su misión de llevar un auténtico testimonio de la misericordia de Dios a los más pobres.

¡Que este aniversario sea para vosotros una oportunidad para dar gracias a Dios por sus dones y para abrirse a sus sorpresas, para discernir, bajo el soplo del Espíritu Santo, nuevos caminos para que el servicio de la caridad sea siempre más fecundo!

Las Caridades nacen de la ternura y de la compasión del corazón de san Vicente por los más pobres, a menudo marginados o abandonados en los campos y en las ciudades. Su trabajo, con ellos y por ellos, quería reflejar la bondad de Dios con sus criaturas. Veía a los pobres como representantes de Jesucristo, como miembros de su cuerpo sufriente; era consciente de que los pobres, también ellos, estaban llamados a construir la Iglesia y, a su vez, a convertirnos.

Siguiendo a Vicente de Paul, que había confiado el cuidado de los pobres a los laicos, especialmente a las mujeres, vuestra Asociación quiere promover el desarrollo de los menos favorecidos y aliviar la pobreza y los sufrimientos materiales, físicos, morales y espirituales.

Y en la Providencia de Dios, se asienta el fundamento de este compromiso. ¿Qué es la Providencia si no el amor de Dios, que actúa en el mundo y solicita nuestra cooperación?

También hoy en día deseo animarlos a acompañar a la persona en su integridad, prestando especial atención a las precarias condiciones de vida de muchas mujeres y niños. La vida de fe, la vida unida a Cristo, nos permite percibir la realidad de la persona, su dignidad incomparable, no como una realidad limitada a los bienes materiales, a los problemas sociales, económicos y políticos, sino verla como un ser creado a imagen y semejanza de Dios, como un hermano o una hermana, como nuestro prójimo del que somos responsables.

Para “ver” estas pobrezas y acercarse a ellas, no basta seguir grandes ideas sino vivir el misterio de la Encarnación, ese misterio tan amado por San Vicente de Paul, misterio de ese Dios que se abajó haciéndose hombre, que vivió entre nosotros y murió “para levantar al hombre y salvarlo”.

No son solo hermosas palabras ya que “se trata propio del ser y de la acción de Dios”. Este es el realismo que estamos llamados a vivir como Iglesia. Este es el motivo por el cual no existen una promoción humana ni una liberación auténtica del hombre sin el anuncio del Evangelio “porque el aspecto más sublime de la dignidad humana se encuentra en esta vocación del ser humano a la comunión con Dios”.

En la bula de convocación para la apertura del año jubilar, manifestaba el deseo de que “los años por venir estén impregnados de misericordia para poder ir al encuentro de cada persona llevando la bondad y la ternura de Dios! (n. 5)”.

Les invito a seguir este camino. La credibilidad de la Iglesia pasa por el camino del amor misericordioso y de la compasión abiertas a la esperanza. Esta credibilidad también depende de vuestro testimonio personal: no se trata solamente de reencontrar a Cristo en los pobres, sino de que los pobres perciban a Cristo en vosotros y en vuestro actuar. Si están enraizados en la experiencia personal de Cristo podrán contribuir también a una “cultura de la misericordia”, que renueva profundamente los corazones y abre a una nueva realidad.

Por último, les invito a contemplar el carisma de santa Luisa de Marillach, a quien san Vicente confió la organización y la coordinación de las Caridades, y a encontrar en él esa finura y esa delicadeza de la misericordia que nunca hiere ni humilla. sino que levanta y vuelve a dar valor y esperanza.

Les confío a la intercesión de la Virgen María, a la protección de San Vicente de Paul y de Santa Luisa de Marillac, y les envío mi bendición apostólica y pido que recen por mí.   Vaticano 22 de febrero  de 2017″.

La mujer que representó en público un aborto de la Virgen: fue «diabólico»

El pasado 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, durante una manifestación feminista, una mujer disfrazada de Virgen María simuló un sangriento aborto ante la catedral de la ciudad argentina de Tucumán, en una escena que ha dado la vuelta al mundo y que a la blasfemia añade una truculencia (que no hemos incluido en la foto) más allá de todo límite de ensañamiento sangriento con la persona del Niño Jesús. (También hubo un intento de asalto a la catedral de Buenos Aires.)
La mujer ha sido identificada como Marina Verónica Breslin (Pep Breslin), psicóloga que trabaja para la Dirección de la Niñez, Adolescencia y Familiade Tucumán.

El arzobispo de Tucumán, Alfredo Horacio Zecca, expresó su repudio y tristeza y convocó a una misa de reparación para el 25 de marzo, Día del Niño por Nacer, “para celebrar juntos la Eucaristía y realizar un acto de desagravio al Dulce Nombre de María y su Hijo, Nuestro Redentor”, tras unos hechos “agraviantes no solo son agresivos para todos los creyentes, sino también para la dignidad de la mujer”.

El sacerdote Leandro Bonnin, quien se define en su perfil de Facebook como “un cura de pueblo cautivado por el amor de María, admirador de Benedicto XVI y de Lionel Messi”, escribió en dicha red social una carta a la protagonista de la blasfemia, que por su espíritu de justicia y misericordia a la vez reproducimos a continuación:

Carta del sacerdote Leonardo Bonnin a Marina Breslin

Marina:

No me resulta fácil escribirte. Una mezcla de indignación y tristeza invade mi alma, como también la de cientos de miles y quizá millones de argentinos.

Una mezcla de indignación y tristeza que, esta vez, no consigo serenar fácilmente.

Porque para cualquier argentino de ley, que ataquen a su mamá es algo muy grave.

Y vos has atacado a la mía, a la nuestra, a la Madre del Pueblo Argentino, incluso de aquellos que hoy, confundidos o desconocedores de su rostro y su regazo, no la sienten así.

Y aunque a esta altura de los hechos ya casi nada nos sorprende, he de decir que esta vez el agravio vuelto blasfemia ha superado todo límite. Una blasfemia con todos los inconfundibles signos de lo diabólico, por su malicia, su perversidad, y por sobre todas las cosas por el odio hacia María.

Y, paradójicamente, esa Mujer a la que parodiaste es, en cuanto mujer y en cuanto Madre, la más espléndida y certeza reivindicación de lo femenino.

Nunca la mujer estuvo situada en un lugar tan alto en la historia como aquella mañana en Nazareth, cuando María, humilde hija de Israel, ofreció su cuerpo y su entera existencia al proyecto salvador de Dios.

Nunca antes ni después el sexo femenino realizó un acto tan decisivo en el curso de los tiempos, como cuando ella dio a luz, en una oscura cueva, al que sería Luz del mundo.

Nunca una mujer fue tan influyente, tan valorada, tan enaltecida, como cuando Ella -sí, esa de la cual te burlaste-, de pie junto al Hijo Bendito de su vientre -a quien osaste representar abortado- unió sus dolores de Madre al Sacrificio Redentor, llevando su Sí hasta el extremo, sin reservas, sin medidas.

Lo que has cometido es no sólo un pecado, sino también un delito. Y por eso, para educación de las nuevas generaciones, para que el mal no permanezca impune, para que nuestro pueblo no crea erróneamente que todo es posible, nosotros pedimos, exigimos de las autoridades una sanción ejemplar.

A la vez, aunque nos resulte difícil, aunque nuestras entrañas se revuelvan de ira, sabemos que el Niño que te atreviste a imaginar no nacido nos ha enseñado: “Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores”.

A la vez que exigimos justicia, que exigimos respeto por nuestra fe y las personas que más amamos, a la vez que pedimos que se detenga la demencia y la anarquía cuando se trata de ofender a los católicos, elevamos una plegaria por vos, y por todas las mujeres que, como vos, no logran comprender.

Marina, en la horrenda imagen que representaste y todo el mundo pudo ver, hay sangre. Sangre de la Madre, pero también del Hijo. La sangre se derrama en el momento de la muerte, pero es, además, símbolo de la vida.

Esa sangre que representaste con irónico desprecio es tu esperanza, nuestra esperanza. Porque donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. Porque esa Sangre clama con más fuerza que la de Abel. Porque Jesús la derramó por tus pecados y los míos.

No conozco tu historia. Es posible que el amor verdadero y gratuito no haya visitado tu vida, es probable que no hayas podido experimentar aún la belleza del Rostro y del Amor de Jesús.

Pero quiero que sepas que si por un momento abrís tu alma; si dejás de lado el orgullo, si reconocés humildemente tu pecado, si te arrepentís de corazón… la Sangre del Hijo de María puede renovarte y limpiarte.

Dejame decirte, además, que esa Mujer, de cuya maternidad juvenil nos vino la salvación y la vida, cuyo parto virginal es el inicio de la nueva Creación. te está esperando. Ella ya te ha perdonado. Hay un sitio para vos en su Regazo. Como para todos nosotros, que cada día la invocamos, diciendo: “ruega por nosotros, pecadores”.

Dejame decirte, por último, el secreto gigantesco que nos sostiene a todos los que amamos y defendemos a los no nacidos: LA VIDA VENCERÁ. Ni todo el odio del mundo, ni todas las astucias del mal, ni los poderes terrenos confabulados en su contra, podrán derrotarla. En realidad, LA VIDA YA HA VENCIDO. En la mañana del domingo, en la victoria Pascual, la Vida ha logrado el triunfo decisivo, que sólo espera a manifestarse plenamente cuando venga Jesús por segunda vez.

Mientras tanto, los que amamos y defendemos la vida, seguiremos firmes en la brecha, aunque parezca que vamos perdiendo por goleada. Porque el Amor y la Esperanza nos sostiene. Porque la fe nos dice: “lo que hicieron con al más pequeño, lo hicieron conmigo” Y porque Él prometió: “yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo”.

ReL

11 marzo 2017

El riesgo de la fe: 2o. Domingo de Cuaresma

Reflexión del evangelio de la misa del Domingo 12 de marzo de 2017

Jesús reta a sus discípulos para que tengan fe. No es la fe que protege y cubre como un manto, es la fe que acepta el riesgo y la aventura.

Por: Mons. Enrique Diaz, Obispo Coadjutor de la Diocesis de San Cristobal de la Casas |

Lecturas:

Génesis 12, 1-4: “Deja tu país, para ir a la tierra que Yo te mostraré”

Salmo 32: “Señor, ten misericordia de nosotros”

Timoteo 1, 8-10: “Dios nos ha llamado a que le consagremos nuestra vida”

San Mateo 17, 1-9: “Su rostro se puso resplandeciente como el sol”

Son como esas raras perlas que se encuentran con gran dificultad pero que hacen que el buscador renueve su optimismo y se enfrente a los obstáculos con mayor dedicación. Con ingenuidad el grupito de catequistas me platican sus proyectos y sus ilusiones para transformar su comunidad. No les importa que estén circundados de narcotraficantes, no les atemoriza que ya a alguno de ellos lo hayan amenazado, no se doblegan por las dificultades. Se sienten llamados por el Señor y no están dispuestos a renunciar a sus sueños. “Nosotros vivimos una experiencia de comunidad, de ayuda y de respeto a la naturaleza y ahora lo tenemos que recobrar. Ese sueño no se aparta de nuestras mentes. Si Abraham se levantó y tuvo fe, cuando no tenía nada, nosotros que ya hemos tenido una probadita no nos vamos a desanimar”. Disposición, fe decidida y un compromiso grande con Dios.

¿Qué es más difícil: iniciar o reconstruir? Cuaresma es el tiempo de conversión, de cambio, de renovación. Hay quien  mira la Cuaresma como una larga estación que nos frena y nos pone en pausa, pero las lecturas de este día nos manifiestan todo lo contrario y nos la presentan como la búsqueda entusiasta, la inquietud constante, el estar siempre en tensión hacia un objetivo: el verdadero encuentro con Dios y con su Reino. Desde las palabras dirigidas por Dios a Abram, exigiendo que deje su país y sus parientes, pasando por las recomendaciones de Pablo a Timoteo que le recuerda que Dios nos ha llamado para que le consagremos la vida, hasta las palabras de Jesús a sus discípulos que no les permite que se queden sólo en la contemplación, sino que  les ordena: “Levántense”, todo es una dinámica de búsqueda e inquietud que debe inflamar el espíritu del creyente. Parecería que Dios tiene una especial predilección por las palabras que mueven y motivan: “Deja tu casa”, “Síganme”, “Levántense”.  Y nosotros que siempre buscamos las seguridades, que nos aferramos a nuestras posesiones, que nos encadenamos a nuestras ideas. Todas las palabras de este día parecerían querer infundirnos un entusiasmo que desinstale, nos ponga en marcha y en búsqueda.

Quien escucha la primera lectura y contempla a Abram instalado en su territorio, con sus posesiones y su parentela, difícilmente entiende que se entusiasme y que dejándolo todo, se lance en búsqueda de la tierra prometida,  sostenido solamente por las palabras de un Dios que lo ha puesto en camino. Va en búsqueda de una tierra nueva y sólo lo sostiene su fe. Es modelo de todo cristiano que debe ponerse en movimiento y buscar el ideal manifestado por el encuentro con Dios. Hoy el hombre moderno, que se dice más libre que nunca, se descubre abotagado de bienes y de falsas ilusiones, que lo han hecho sacrificar la libertad, la conciencia y la autenticidad. No miramos las estrellas porque le tememos a la oscuridad y al riesgo del campo abierto, y preferimos permanecer resguardados en nuestras cuatro paredes. Es cierto, hay muchos riesgos en el camino pero se están buscando nuevos ideales. No nos es lícito permanecer indiferentes y acomodados, mientras el Señor nos invita a construir una casa para todos, a buscar una nueva tierra de hermanos. El verdadero cristiano se descubre por su entusiasmo y su ardor, por su fervor y dedicación al escuchar la Palabra que lo invita y lo desinstala. Es el hombre de fe que cree en el Dios de las promesas y que en Él pone toda su esperanza.

Jesús reta a sus discípulos para que tengan fe. No es la fe que protege y cubre como un manto, es la fe que acepta el riesgo y la aventura.  Igual que Abram que deja sus cosas y toma la fe como su brújula y estrella, que abandona sus razones terrenas y se fía de las promesas, ahora Jesús pide a sus discípulos una nueva aventura en la construcción de su Reino. Al anunciar su pasión y su muerte, les ha puesto nuevas  y radicales condiciones en su seguimiento. Mas no los deja en la oscuridad y les permite atisbar las razones de estas exigencias. Al transfigurarse, Dios mismo es quien habla y quien da su palabra para confirmar el camino de Jesús. La Transfiguración es un acontecimiento que busca animar y reorientar a los discípulos tan dispuestos a la búsqueda de los primeros lugares y tan reacios a la cruz. Manifiesta la gloria de Jesús y anticipa su victoria sobre la cruz. Pero la Transfiguración no tiene la intención de adormecer a los discípulos o asegurarles un triunfo terreno. Cuando Pedro, en el éxtasis de la contemplación, propone permanecer en las alturas, contemplando el triunfo de Jesús, es despertado bruscamente e invitado a levantarse sin temor. La Transfiguración devela el sentido misterioso y profundo de la vida de Jesús, pero de ninguna manera permite a los discípulos que se queden en contemplaciones y que abandonen la cruz. Deben volver a la realidad. Y es también la realidad del discípulo actual: no puede permanecer indiferente en la altura de la montaña. Puede subir a la montaña para llenarse de Dios, para discernir y descubrir su voluntad, para llenar su corazón de entusiasmo, pero no para alejarse de su compromiso frente a los hermanos.

El camino de la resurrección siempre pasa por el camino de la cruz y la Transfiguración nos descubre su verdadero sentido. La voz venida del cielo ordena a los discípulos que se fíen de la palabra de Jesús: “Éste es mi Hijo… escúchenlo”. Así, confiados en la Palabra, encontrarán la fuerza para bajar del monte y recorrer con el maestro el camino de la cruz. También para nosotros está dirigido el mensaje de Jesús: no puede ser  verdadero discípulo quien se aísla de los hermanos, quien se instala cómodamente en la vida y tranquiliza su conciencia con visiones espiritualistas. Alejarse del compromiso con los hermanos y evadir el servicio a los más necesitados no es experiencia verdaderamente cristiana. La única forma de escuchar a Jesús es siguiendo su mismo camino: caminar y aprender con Jesús; caminar y ver con Jesús; caminar y descubrir  el rostro de Jesús en los hermanos. Pedro, que ha descubierto la gloria y se ha extasiado en la contemplación, tiene ahora más razones para seguir a Jesús pero no para quedarse adormilado.

Subamos a la montaña con Jesús, contemplemos la transformación y belleza de su rostro, escuchemos la voz del Padre y después levantémonos dispuestos a cargar la cruz con Jesús. Nos pone el ideal para que no nos perdamos en el camino, nos enseña el rostro resplandeciente de Jesús, pero después nos invita a que lo acompañemos en la marcha de cada día, en el trabajo con los hermanos, en la carga cotidiana de la cruz.

Señor, Padre Santo, que nos mandas escuchar a tu amado Hijo, despiértanos de nuestras indiferencias y purifica nuestros ojos para que al contemplar a Cristo glorioso nos comprometamos a descubrir su rostro en cada uno de nuestros hermanos. Amén.

¿La confesión ha sido inventada por la Iglesia?

Recibid el Espíritu Santo; a quien perdonareis los pecados, les serán perdonados, a quien se los retuviereis, les serán retenidos (Jn 20,22?23)


Por: P. Miguel A. Fuentes, IVE | Fuente: TeologoResponde.org

Pregunta:

¿Cómo puedo responder a los que me dicen que la confesión ha sido inventada por la Iglesia y por los curas?

Respuesta:

Estimado: Resumo mi respuesta en tres puntos.

I. El sacramento de la penitencia fue instituido por el mismo Cristo

1º Así lo enseña la Iglesia al condenar a todo el que dijere «que la penitencia en la Iglesia católica no es verdadero y propiamente sacramento instituido por Cristo Señor»[1]. En la Sagrada Escritura consta que Nuestro Señor Jesucristo no sólo perdonó los pecados a muchos de los que se acercaron a Él (Zaqueo, la mujer adúltera, la pecadora de la que expulsó siete demonios, etc.[2]) sino que confirió a la Iglesia el poder de perdonar los pecados. En San Mateo dice a sus apóstoles: En verdad os digo, cuanto atareis en la tierra, será atado en el cielo y cuanto desatareis en la tierra será desatado en el cielo (Mt 18,18). En el Evangelio de San Juan: Recibid el Espíritu Santo; a quien perdonareis los pecados, les serán perdonados, a quien se los retuviereis, les serán retenidos (Jn 20,22?23).

La Sagrada Escritura nos testimonia también que los apóstoles y sus discípulos ejercieron este ministerio. Así, por ejemplo, dice San Pablo: Cristo nos ha reconciliado consigo y nos ha confiado el misterio de la reconciliación (2 Co 5,18). Por otra parte, en varios lugares de los Hechos de los Apóstoles y de las Epístolas de San Pablo aparecen los apóstoles ejerciendo la potestad de atar y desatar (cf. 1 Co 5,3?5; 2 Co 2,6?11; etc.).

La razón de esta institución es fácil de comprender: nosotros somos pobres pecadores, y en cuanto tales necesitamos un sacramento por el que se nos perdonen los pecados cometidos después del bautismo.

2º Por otra parte, no puede ser una creación de los hombres. Esto lo podemos ver por varias razones de sentido común:

  • Por la dificultad que entraña el extender a todo el mundo, y durante tantos siglos una práctica que tanto repugna al amor propio. Si fuera obra humana, no habría prosperado.
  • Por la oposición decidida que hubiesen hecho los primeros cristianos si alguien hubiese querido introducir como necesaria la confesión, de no ser ésta instituida por Cristo mismo.
  • Además, ¿qué provecho material hubiesen podido obtener los inventores de la confesión? Ninguno. Solamente trabajo pesado e ingrato.
  • Por otra parte, si los sacerdotes hubiesen inventado la confesión, se habrían declarado a sí mismos exentos de tal práctica (el que impone los tributos no los paga), y sin embargo, son los primeros obligados a la práctica de confesar sus pecados.

II. La confesión de los pecados (el decir los pecados al sacerdote) tampoco es un invento de los sacerdotes

Alguien podría suponer que Jesucristo sólo instituyó que los apóstoles y sus sucesores «perdonasen» los pecados, pero no que para esto «tuviesen que escuchar en confesión los pecados de los penitentes». Por eso debemos añadir que la «confesión de los pecados», es decir, «la acusación del penitente de sus propios pecados ante el sacerdote legítimo», también es de derecho divino, si bien su práctica se difundió con el correr de los siglos[3].

Ante todo, la Iglesia insiste repetidamente sobre tal necesidad; y la impone obligatoriamente a todos los hombres dotados de uso de razón, es decir, a los posibles pecadores, al menos una vez al año[4].

«La confesión de los pecados hecha al sacerdote constituye una parte esencial del sacramento de la penitencia», dice el Catecismo[5]. El motivo es que la confesión es un juicio formal, aunque sin fiscal ni testigos. Pero para que el juez dictamine es necesario que conozca la causa con toda precisión; y sólo después de eso ha de absolverle el juez, no sin antes imponerle la pena. Pero para proceder con rectitud a modo de juicio, el juez necesita conocer la causa sobre la que va a dictar sentencia, y ello no de una manera confusa y global, sino con todo detalle y precisión. Y como en este juicio sacramental no hay fiscal ni acusador, no cabe otra solución que la confesión explícita y directa del propio reo. Por tanto, la confesión de los pecados es una consecuencia inevitable que brota de la institución del sacramento por Jesucristo a modo de juicio. Es decir, está implícito en el mismo mandato de atar y desatar los pecados dado por Cristo a los Apóstoles (cf. Jn 20,22?23). ¿De qué otro modo podrían «atar» los pecados de uno (¡y con consecuencias para la vida eterna!) y «desatar» los de otro? ¡Evidentemente no puede quedar librado al capricho del sacerdote! Para poder ejercer este oficio, el sacerdote debe saber qué pecados son, qué arrepentimiento hay y qué propósito de enmienda tiene el penitente. ¿De qué otra manera puede cumplir esta orden de Jesucristo sino es por propia confesión del penitente?

III. Algunas dudas que suelen plantearse acerca de la confesión

Finalmente no viene mal enumerar las principales dudas u objeciones que, sobre este tema, suelen poner personas de otras religiones a los católicos[6]:

1º ¿En qué se basan los católicos para decir que los sacerdotes pueden perdonar los pecados?

La Iglesia Católica lee con atención toda la Biblia y acepta la autoridad divina que Jesús dejó en manos de los Doce apóstoles y sus legítimos sucesores. Esto ya lo expusimos más arriba. Ahora bien, los apóstoles murieron y, como Cristo quería que ese don llegara a todas las personas de todos los tiempos, se deduce que el poder que les dio debía ser transmisible, es decir, que de ellos pudiera pasar a sus sucesores. Y así los sucesores de los apóstoles, los obispos, lo delegaron a «presbíteros», o sea, a los sacerdotes. Estos tienen hoy el poder que Jesús dio a sus apóstoles.

2º ¿Para qué decir los pecados a un sacerdote, si Jesús simplemente los perdonaba?

Es verdad que Jesús perdonaba los pecados sin escuchar una confesión. Pero el Maestro divino leía claramente en los corazones de la gente, y sabía perfectamente quiénes estaban dispuestos a recibir el perdón y quiénes no. Jesús no necesitaba la confesión de los pecados por su ciencia singular por la cual sabía lo que hay dentro del hombre (Jn 2,25). Ahora bien, como el pecado toca a Dios, a la comunidad y a toda la Iglesia de Cristo, por eso Jesús quería que el camino de la reconciliación pasara por la Iglesia que está representada por sus obispos y sacerdotes. Y como los obispos y sacerdotes no leen en los corazones de los pecadores, es lógico que el pecador tiene que manifestar los pecados. No basta una oración a Dios en el silencio de nuestra intimidad.

3º «Pero el sacerdote es pecador como nosotros», dicen algunos.

También los Doce apóstoles eran pecadores y sin embargo Jesús les dio poder para perdonar pecados. El sacerdote es humano y dice todos los días: «Yo pecador» y la Escritura dice: Si alguien dice que no ha pecado, es un mentiroso (1Jn 1,8). El sacerdote perdona los pecados por una sola razón: porque recibió de Jesucristo el poder de hacerlo; no porque él sea una persona extraordinaria o porque él mismo no tenga pecados. Además, el sacerdote concede el perdón en el nombre de Dios Uno y Trino, y no en el propio.

4º ¿Qué otras diferencias hay entre católicos y protestantes acerca de la confesión?

El protestante comete pecados, ora a Dios, pide perdón, y dice que Dios lo perdona. Pero ¿cómo sabe que, efectivamente, Dios le ha perdonado? Muy difícilmente queda seguro de haber sido perdonado. En cambio el católico, después de una confesión bien hecha, cuando el sacerdote levanta su mano consagrada y le dice: «Yo te absuelvo en el nombre del Padre…», queda con plena certeza de haber sido perdonado. Por eso decía un nocatólico: «Yo envidio a los católicos. Yo cuando peco, pido perdón a Dios, pero no estoy muy seguro de si he sido perdonado o no. En cambio el católico queda tan seguro del perdón que esa paz no la he visto en ninguna otra religión». En verdad, la confesión es el mejor remedio para obtener la paz del alma.

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Bibliografía para profundizar:

JUAN PABLO II, Exhortación Reconciliatio et poenitentia.

BAUR, BENEDIKT, La confesión frecuente, Herder, Barcelona 1974.

[1] Denzinger?Hünermann, n. 1701.

[2] Cf. Mt 2,5; Lc 7,47; Jn 8,1 ss., etc.

[3] Una breve historia de la práctica de la penitencia sacramental se puede leer en el Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1447.

[4] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1457; Código de Derecho Canónico, c. 989.

[5] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1456.

[6] Tomo este punto de PP. Paulo Dierckx y Miguel Jordá, Para dar razón de nuestra esperanza sepa defender su fe, Apostolado del libro, P. Miguel Jordá F. 8571492.

En Cuaresma, entrar y atrevernos a examinar nuestros sentimientos

Meditaciones para toda la Cuaresma

Viernes primera semana Cuaresma. Nuestro amor a los demás será la mejor ofrenda a Dios.


Por: P. Cipriano Sánchez LC | Fuente: Catholic.net

Toda la Cuaresma, con su constante invitación a la conversión, es un hermoso recordatorio de cómo Dios nuestro Señor nos quiere, a todos y cada uno de nosotros, plenamente santos, absolutamente santos. “Purifíquense de todas sus iniquidades, renueven su corazón y su espíritu, dice el Señor”.

La ley de santidad, que nos exige y que nos obliga a todos, se convierte en un imperativo al que nosotros no podemos renunciar. Pero seríamos bastante ingenuos si esta ley de santidad pretendiéramos vivirla alejados de lo que somos, de nuestra realidad concreta, de los elementos que nos constituyen, de las fibras más interiores de nuestro ser. Seríamos ingenuos si no nos atreviéramos a discernir en nuestra alma aquellas situaciones que pueden estar verdaderamente impidiendo una auténtica conversión. La conversión no es solamente ponerse ceniza, la conversión no es guardar abstinencia de carne, no es sólo hacer penitencias o dar limosnas. La conversión es una transformación absoluta del propio ser.

“Cuando el pecador se arrepiente del mal que hizo y practica la rectitud de la justicia, él mismo salva su vida si recapacita y se aparta de los delitos cometidos; ciertamente vivirá y no morirá”.
Esta frase del profeta Ezequiel nos habla de la necesidad de llegar hasta los últimos rincones de nuestra personalidad en el camino de conversión. Nos habla de la importancia de que no quede nada de nosotros apartado de la exigencia de conversión. Y si nosotros quisiéramos preguntarnos cuál es el primer elemento que tenemos que atrevernos a purificar en nuestra vida, el elemento fundamental sin el cual nuestra existencia puede ver truncada su búsqueda de santidad, creo que tendríamos que entrar y atrevernos a examinar nuestros sentimientos.

¡Cuántas veces son nuestros sentimientos los que nos traicionan! ¡Cuántas veces es nuestra afectividad la que nos impide lograr una real conversión! ¡Cuántos de nosotros, en el camino de santidad, nos hemos visto obstaculizados por algo que sentimos escapársenos de nuestras manos, que sentimos írsenos de nuestra libertad, que son nuestros sentimientos! Los sentimientos, que son una riqueza que Dios pone en nuestra alma, se acaban convirtiendo en una cadena que nos atrapa, que nos impide razonar y reaccionar; nos impiden tomar decisiones y afirmarnos en el propósito de conversión. La penitencia de los sentimientos es el camino que nos tiene que acabar llevando en todas las Cuaresmas, más aún, en la Cuaresma continua que tiene que ser nuestra existencia, hacia el encuentro auténtico con Dios nuestro Señor.

Jesucristo, en el Evangelio, nos habla de la importancia que tiene el ser capaces de dominar nuestros sentimientos para poder lograr una auténtica conversión. La Antigua Ley hablaba de que el que mataba cometía pecado y era llevado ante el tribunal, pero Cristo no se conforma simplemente con esto; Cristo va más allá en lo que tiene que ir haciendo plena a la persona. Jesucristo nos invita, como parte de este camino de conversión, a la purificación de nuestros sentimientos, a la penitencia interior cuando nos dice: “Todo el que se enoje con su hermano, será llevado hasta el tribunal”.

En cuántas ocasiones nosotros buscamos quién sabe qué mortificaciones raras y andamos pensando qué le podríamos ofrecer al Señor, y no nos damos cuenta de que llevamos una penitencia incorporada en nosotros mismos a través de nuestros sentimientos. No nos damos cuenta de que nuestros sentimientos se convierten en un campo en el que nuestra vida espiritual muchas veces naufraga.

¡Cuántas veces nuestros anhelos de perfección se han visto carcomidos por los sentimientos! ¡Cuántas veces el interés por los demás, porque los demás crezcan, por ayudar a los demás, se ha visto arruinado por los sentimientos! ¡Cuántas veces un deseo de una mayor entrega, un interés por decirle a Cristo «sí» con más profundidad, se ha visto totalmente apartado del camino por culpa de los sentimientos! No porque ellos sean malos, porque son un don de Dios, y como don de Dios, tenemos que hacerlos crecer y enriquecernos con ellos. Pero, tristemente, cuántas veces esos sentimientos nos traicionan. Nuestra conversión, para que sea verdadera, para que sea plena, tiene que aprender a pasar por el dominio de nuestros sentimientos. Y para lograrlo, la gracia tiene que llegar tan hondo a nuestro interior, que incluso nuestros sentimientos se vean transfigurados por ella.

¿Cuál es el camino para esto? El camino es el examen: “Si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene una queja contra ti [...]“. Entrar constantemente dentro de nosotros mismos y vigilar nuestra alma es el camino necesario, ineludible para poder llegar a vivir esta penitencia de los sentimientos. Es el camino del cual no podemos prescindir para tener bien dominada toda esa corriente que son los sentimientos, de manera que no perdamos nada de la riqueza que ella nos pueda aportar, pero tampoco nos dejemos arrastrar por la corriente, que a veces puede llevarnos lejos de Dios nuestro Señor.

Para entrar en nosotros es necesario que la memoria y el recuerdo se transformen como en un espejo en el cual nuestra alma está siendo examinada, percibida constantemente por nuestra conciencia, para ver hasta qué punto el sentimiento está enriqueciéndome o hasta qué punto está traicionándome. Hasta qué punto el sentimiento está dándome plenitud o hasta qué punto el sentimiento me está atando a mí mismo, a mi egoísmo, a mis pasiones, a mis conveniencias.

Vigilar, estar atentos, recordar, pero al mismo tiempo, es fundamental que el camino de conversión no simplemente pase por una vigilancia, que nos podría resultar obscura y represiva, sino es necesario, también, que el camino de conversión pase por un enriquecimiento. Si alguien tendría que tener unos sentimientos ricos, muy fecundos, ése tendría que ser un cristiano, tendría que ser un santo, porque solamente el santo -el auténtico cristiano- potencia toda su personalidad impulsado por la gracia, para que no haya nada de él que quede sin redimir, sin ser tocado por la Cruz de Cristo.

Cristo, cuando está hablando a los fariseos les dice: “Si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarán ustedes en el Reino de los Cielos”. No podemos quedarnos con una justicia del «no harás», tenemos que buscar una justicia del «hacer», del llevar a plenitud, del enriquecimiento, que es parte de nuestra conversión. Y en este sentido, tenemos que estar constantemente preguntándonos si ya hemos enriquecido todos nuestros sentimientos: el cariño, el afecto, la ternura, la compasión, la sensibilidad; todos los sentimientos que nosotros podemos tener de justicia, de interés, de preocupación; todos los sentimientos que podemos tener de acercamiento a los demás, de percepción de las situaciones de los otros. ¿Hasta qué punto nos estamos enriqueciendo buscando cada día darle más cercanía a la gracia de Cristo?

Dice el salmo: Perdónanos Señor y viviremos. En estas tres palabras podríamos encerrar esta penitencia de los sentimientos. Que el Señor nos perdone, es decir, que nos purifique. Llegar a limpiar los sentimientos de todo egoísmo, de toda preocupación por nosotros mismos, de toda búsqueda interesada de nosotros. Pero no basta, hay que vivir de ese perdón; de esa purificación tiene que nacer la vida y tiene que nacer un enriquecimiento nuestro y de los demás.

Vive la Cuaresma consultando este Especial de Cuaresma

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