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Diversidad, confianza y conflicto en las Organizaciones.

Por Gustavo J. Pérez *

La globalización es un fenómeno in extenso, que pareciera nunca agotarse, carecer de fronteras limitantes o acciones que puedan acotarla.

Sin embargo, cuando hablamos de globalización y sus efectos, en lo que respecta especialmente a las organizaciones, no tenemos que pensar únicamente en las empresas multinacionales o grandes grupos económicos transnacionales. Ya incluso medianas empresas que posee sucursales o agencias en todo el país o en amplias regiones, se ven alcanzadas por este epifenómeno propio pos-moderno, por lo que es interesante que de alguna manera den cuenta de ello.

Entre sus múltiples efectos y consecuencias, la diversidad, sin lugar a dudas ocupa un lugar destacado. Pero, qué entendemos por diversidad? El término diversidad (del latín diversĭtas) es una noción que hace referencia a la diferencia, la variedad, la abundancia de cosas o personas distintas o la desemejanza.

Lo diverso puede referirse a:

 Diversidad biológica, biodiversidad entendida como parámetro ecológico.
 Diversidad funcional, desde lo social poniendo el foco en las discapacidades.
 Diversidad sexual, en relación a la sexualidad humana.
 Diversidad cultural, entendida como multiplicidad cultural de un grupo humano.
 Diversidad ecológica, entendida como aproximación purista a la diversidad biológica.
 Diversidad lingüística, dad la riqueza de lenguas.

A partir de estos conceptos puede resultar interesante articular la noción de diversidad con la de organización comercial o no. Luego profundizaremos respecto a cómo la confianza actúa como instancia superadora al esperado conflicto.

Las organizaciones cada vez más, se encuentran insertas en mercados globalizados, regionalizados y amplios, o sectores productivos o no altamente competitivos, lo cual posibilita por defecto, que alberguen en su seno, personas de una gran diversidad cultural e incluso, distintas razas étnicas.

Este escenario forma parte de la nueva realidad cotidiana organizacional dónde grandes o no tan grandes organizaciones y grupos sociales o económicos, se ven muchas veces forzados y en la emergencia, de tener que gestionar esa diversidad para dar cuenta de su impronta en la organización.

Este rasgo, que incluso en algunos casos ya es una característica marcada, debe transformarse en una variable aliada, operativa e inexcusable, a la hora de gestionar personas, por parte de esas organizaciones.

Pero cuando hablamos de diversidad no sólo nos referirnos a lo multicultural o racial, sino que también comprende temáticas tales como género, discapacidad o edad.

De todas maneras, sea cual sea la diversidad que se trate, lo diverso en cualquier materia nos aporta grandes beneficios si, la organización sabe manejarla, gestionarla y aprovecharla en forma correcta.

Entre los beneficios más importantes podemos considerar:

a. Aporta a lo diverso pero también a lo singular. Las organizaciones frente a mercados altamente competitivos, buscan siempre diferenciarse. A este proceso de diferenciación las empresas pueden sumar su singularidad entendida como aquello que la hace de una manera y no de otra, potenciando esta singularidad con vehemencia. La diversidad en la empresa, será entonces un factor determinante y productivo a la hora de marcar estos procesos de diferenciación y singularidad.

b. Aporta creatividad e innovación: La diversidad en las organizaciones amplía el horizonte de las miradas, ampliando las posibilidades de ver el y entender el mundo, de leer y comprender la realidad, que siempre es diversa de acuerdo a el lente del cual se observa. Estas múltiples miradas permiten a las organizaciones una dinámica creativa, innovadora, con procesos y resultados muchas veces increíbles en cuanto a rendimientos económicos y posicionamiento en el mercado.

c. Mejora la toma de decisiones: Hablamos de lo beneficioso que es tener en una organización una multiplicidad de miradas. Esto también facilita y contribuye a que se generen mejores alternativas, ideas y acciones a la hora de tomar las decisiones pertinentes al negocio.

d. Liderazgo: La diversidad en un equipo de trabajo, añade valor no sólo al equipo sino fundamentalmente a quien lo lidere, poniendo en relieve y resaltando su capacidad de gestión y liderazgo.

e. Flexibilidad, respeto y fidelización: Las organizaciones se fortalecen con las diferencias, mediante el respeto entre pares y por parte de la organización, generándose a partir de la igualdad de oportunidades a pesar de las diferencias equipos de trabajo sólidos y eficaces. La flexibilidad y el respeto redunda en una mayor fidelización por parte de las personas hacia la organización y un mejor trato y empatía con los clientes.

f. La Organización se diferencia en el mercado, consolidando imagen, prestigio, marca y posicionamiento de aquello que produce o, de las acciones y resultados hacia quienes brinda sus servicios.

Lo diverso por supuesto requiere de un ambiente organizacional de amplio respeto e inclusión, que muchas veces cuesta lograr, pero, una vez que se han logrado algunos avances en esa dirección, genera una sinergia multiplicadora que hacen que estas variables impliquen sensibles transformaciones con sus correspondientes beneficios en las empresas.

Una correcta gestión de la diversidad es fundamental para cualquier compañía. En España por ejemplo se ha creado un Observatorio de la Diversidad, que es un foro de investigación y análisis para proyectar en el mundo corporativo español un mayor conocimiento sobre la gestión de la diversidad y su impacto en la empresa, la sociedad y la economía en general.

Gestionar la diversidad implica, desplegar un sistema o modelo de gestión que valore la diversidad y la singularidad de cada una de las personas que integra la organización y que valore lo mejor que existe en cada una de ellas. Pues, gestionar la diversidad permite en una organización generar un valor agregado que es la confianza.

Pero es claro que lo diverso también genera conflictos. Sin embargo, simultáneamente, se va generando esta confianza de la que hablábamos, mediante la aplicación de estos modelos de gestión de lo diverso. La confianza en una organización, sin lugar a dudas, cuando adquiere fuerza y persistencia, resulta una instancia superadora a cualquier conflicto, aún los mas graves, e implica un fuerte antídoto frente a los desórdenes y climas organizacionales adversos.

La confianza vuelve a las personas receptivas hacia los valores de las organizaciones, las estimula y las motiva. Como resultado, el colaborador se identifica con la organización, hace propio sus valores y obtiene mejores resultados. Claro está sin caer en procesos de alienación o anomia en las subjetividades, porque lo diverso, lo diferente no es la indiferencia.

Pero, la confianza también hace que las personas se vuelvan más abiertas, con ganas de trasmitir y poner en juego en sus tareas todo su potencial y conocimientos.

De manera tal que podemos concluir que lo diverso, bien gestionado, constituye un valor agregado de una organización que la diferencia y singulariza frente al resto del mercado. Así mismo la correcta gestión de ese mundo diverso que convive cotidianamente en una organización, genera un entorno de plena confianza y transparencia, dado que respetar lo diverso es privilegiar lo diferente, respetar las diferencias, aprovecharlas como valor, desplegando la confianza, variable positiva y efectiva, frente a escenarios de posibles y esperables conflictos que la misma diversidad puede generar.

Por todo esto podemos aseverar que, la diversidad, lleva en la confianza su propio antídoto frente a las diferencias intoleradas y no respetadas.

Muchas gracias.

*Psicólogo Social

INTRODUCCION PENETRANTE – Alfredo Grande

Introducir implica habilitar en cada uno de nosotros nuevos contenidos. Nuevas ideas, o al menos, nuevas formas de pensar ideas tan viejas como el mundo. Para que esto sea posible, tenemos que liberar espacio en nuestra fosilizada mentalidad. Nuestro cerebro se ha endurecido, acostumbrado a escuchar viejas cantinelas, en cantinas o resto bar, según gustos y posibilidades. Pero ante cualquier texto, cualquier discurso, cualquier idea debemos aceptar, y pienso que incluso con alegría, que algo nos será introducido.

Como no hay violación, no será necesario relajarse y al principio, tampoco será posible gozar. “Mejor malo conocido que bueno por conocer” sentencia la cultura represora en su refranero de la resignación y el sometimiento. Lo bueno por conocer requiere ser introducido, y la mayoría de las veces es por la cabeza. Sin embargo, la cultura represora sigue sosteniendo que la letra con sangre entra. No se trata en estos casos de introducir, sino de perforar. Martilleo de la cabeza, para que todos queden como el dibujito de Geniol, que, por las sorpresas que te da la vida, ha vuelto a la consideración colectiva. Coscorrones, tirones de orejas, gritos destemplados, mortificación del tímpano, modalidades diversas de los que perforan y taladran sin que el decibelaje disparado los controle. ¡Cuantas clases, seminarios, posgrados, maestrías, terciarios, han sido torturas psicológicas apenas encubiertas!. Para no mencionar las evaluaciones, exámenes, algunos mas parecidos al submarino seco que al diálogo socrático. Por eso la decisión teórica y política de una introducción penetrante supone la convicción, que no es íntima sino pública, que no es mejor malo conocido que bueno por conocer. Lo no conocido es simplemente un estadio  preparatorio al conocimiento. Pero la cultura represora propone que lo bueno por conocer sea un rumbo a lo desconocido, con lo cual la aventura del conocimiento termina siendo una abeducción en un plato volador alienígena. Es lo mismo que el horror a la hoja en blanco, cuando puedo asegurar que es mucho mas horrorosa algunas hojas escritas (papers, como se dice hoy) Por lo tanto, si aceptamos que es mejor lo no conocido aunque al principio nos parezca malo, que lo conocido aunque siempre nos haya parecido bueno, podemos introducir en forma penetrante el concepto de sexualidad represora.

Freud en un escrito señala: “algo que nunca habríamos sospechado: un inconciente represor” En el nivel convencional, lo inconciente es lo reprimido. Pero el desalojo de ideas, representaciones, afectos, que la represión supone, era pensada como conciente. “¡No debo hacerlo, no debo pensarlo, no debo quererlo, bueno, lo hago pero una sola  vez!” La buena razón se impone sobre la mala pasión. Siempre el corazón tuvo razones que la razón no entiende. Pero Freud hace un salto de una teoría de la evidencia, hacia una teoría de la inferencia. Reprimido y represor, ambos inconscientes. Pelea de titanes de las cuales el Yo nada sabe. Aunque como buen burrito, tiene carga y es mentira que no la siente. De lo contrario, no habría tanta publicidad de analgésicos y antinflamatorios. “El dolor para y a la larga o a la corta, usted también” seria un texto en un imposible sinceramiento televisivo. Asociar represión con algo exterior al sujeto es, para decirlo de alguna manera, obvio. Los mandamientos vienen de arriba, los carteles nos prohíben escupir en el piso, cuando hay escaleras nadie se hace cargo si el ascensor se desploma, etc. Esta tópica de la represión es necesaria, pero no suficiente. La cultura represora se perfecciona cuando el sujeto (sujetado) se prohíbe a si mismo, pero no sabe que lo hace,  y además siente que ejerce su plena libertad. “Hago lo que se me canta”, ignorando que desafina, que las partituras son pocas y berretas, y que los instrumentos a disposición son de una precariedad lamentable. Cada uno tiene el mundo feliz que se merece. Por eso el concepto de “inconciente represor” permitió reformular la teoria psicoanalítica, inaugurando la segunda tópica: ello, yo  y superyo. A los efectos de esta presentación, definiré al Ello como una tierra del nunca jamás, donde todos los deseos permanecen siempre iguales. No hay crecimiento, si por crecimiento entendemos someterse al tabu del deseo que la cultura represora impone. El Yo es un inquilino con aviso de desalojo. Sufre la “vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser”. Pero a diferencia del bronce que sonríe, cada día no canta mejor. El “Yo” es, según Freud, siervo de tres amos (el Ello, el Superyo y la Realidad) y eso que no conocía la flexibilización laboral ni tampoco las diversas formas de la banalización. El  Superyó amerita pensar una definición sui gneris: mezcla nada rara de cura y de policía que todos tenemos adentro. Su afición mas sostenida: castigar, culpabilizar, condenar. Todo en ausencia del acusado, en decir, sin que el sujeto sea conciente de todo ese mecanismo infernal montado en su mente. ¿Qué hice yo para merecer esto? Nada, pero no interesa. El superyo castiga el deseo, mucho menos el acto. Pecar es desear el placer. El superyo combate la sexualidad yoica, que, alimentada por la usina pulsional del Ello, quiere descarga. Quiere placer. Quiere ser feliz, aunque sea un poco mas. El embarazo no deseado y la penalización del aborto, el castigo divino del sida, y otras tantas formas de supliciar los cuerpos y los placeres, constituyen las formas mas conocidas de la sexualidad reprimida.  Las religiones son el territorio donde germinan todas las formas de castigo de la sexualidad. Digo todas las religiones, desde las mas lights hasta las fundamentalistas. Todo esto es padecimiento cotidiano para todos, algunos enferman, otros no. Pero a pesar del día internacional del orgasmo celebrado recientemente (al cual cada uno festejó como pudo) la sexualidad sigue siendo el hada que muchas veces no es invitada. Como sigue siendo cierto que “dime que blasonas y te diré de que careces”, el exhibicionismo nos informa de la recarga permanente, pero nada dice de la calidad de la descarga. Porque las condiciones objetivas de la vida cotidiana no son, para millones de personas, aquellas que habilitan al discreto encanto del goce compartido. En otras palabras: la sexualidad mantiene el estatuto de reprimida. El neoliberalismo y neoconservadurismo pusieron las cosas en otro lugar, peor que el anterior. Pero las cosas nunca quedan en el lugar que uno las deja. La sexualidad reprimida, mas allá de las veleidades sesentistas, fue objeto de un nuevo acto psíquico y político. Esta verdadera “operación masacre” consiste en que el superyó y la prolongación social que Freud denominó masas artificiales[1], además de reprimir a la sexualidad, reprimen con la sexualidad. La vida siempre nos da nuevas sorpresas. La moral y la moralina se encargaron de aplastar la espontaneidad placentera. Pero advirtieron que la relación costo-beneficio era mas favorable si en vez de reprimir a la sexualidad, la corrompían. La sexualidad acusada siempre de corromper la moral y las buenas costumbres, fue corrompida por los mecanismos de sometimiento y dominación. La sexualidad y la erotización se pusieron al servicio de todos los mercados posibles. La publicidad erotizada es el profeta del único dios verdadero: el lucro. La concepción amplificada de la prostitución habilitó la fetichización de los cuerpos en una escala impensable. Fetiche: la parte que reina sobre el todo. Y el dios verdadero se impone por la razón sensible de la televisión, o por la razón insensible de la trata. La trata no de blancas pero si blanqueada de muchos programas llamados de entretenimientos y la trata clandestina que incluye el secuestro, la tortura y la reducción a servidumbre de las mujeres prostituidas. Pero también de niñas, niños, adolescentes. La pedofilia y la pornografía en una escala industrial, desmienten el carácter patológico de los que tienen esas conductas. La pornografía y muy especialmente la infantil, son las industrias culturales de la decadencia capitalista. Son todas astillas del mismo palo, a saber: lucro y poder, fuente de toda razón y justicia. Por lo tanto, los amos del universo resolvieron que el único bien que se puede distribuir es la sexualidad y que todos puedan tener su cuotaparte de placer. Naturalmente, mientras la contraprestación monetaria esté presente. La masturbación sigue teniendo mala prensa, especialmente porque sigue siendo gratuita. Por ahora. Alguien va a tener la idea de poner un código de barras en los genitales y se debitará en forma automática en la tarjeta de crédito/débito. Al menos, acumulará millas para viajar. La idea de una sexualidad represora es extraña al sentido común. Pero es una necesidad teórica y un imperativo político. La liberación sexual sigue siendo necesaria. Pero los represores aprenden rápido, mas rápido que nosotros. Cuando la Casán, que es Moria, inventó su programa “A la Cama con Moria”, nadie pudo encamarse en el sentido mas provocativo del término. Yo nunca pude ir, pero no creo que sea fácil pensar conectado a esa fuente visual de estímulos intensos. Y este es otro aspecto importante: la sexualidad reprimida ataca al pensamiento. La sexualidad represora también. La primera por culpa; la segunda por excesivo nivel de carga. La sexualidad represora es traumática. En todos los sentidos posibles: mental, corporal, vincular, social. En Pascualino Siete Bellezas, la capa del campo de concentración le obliga al protagonista a fornicar con ella para salvar su vida. Giancarlo Gianini, con una galería antológica de expresiones, mostraba el sufrimiento indecible del mandato de gozar. Sobrevivió, humillando su cuerpo. Vale la pena aclarar que la capa era algo asi como Anita Ekberg construido por el Dr. Frankestein. Un monstruo. Pero fue la primer señal que la sexualidad podía ser el instrumento de una refinada tortura. Insisto: no estoy hablando de la sexualidad de Pascualino, sino de la sexualidad represora de la dueña de la vida del prisionero. El acoso sexual, especialmente en el ámbito laboral, es también una forma de expresión de la sexualidad  represora. Freud escribió: placer para un sistema, displacer para otro. La sexualidad es represora para un sistema (el hegemónico) y es reprimida para otro sistema (el dominado) Puede haber pactos perversos entre ambos. Sería el caso del consentimiento para prácticas corruptas, aunque siempre conviene desconfiar del “si de las niñas”, especialmente cuando están en situación de extremo desamparo. Mas que un si es una simple estrategia de supervivencia, que no habilita el remanido “si lo hace es porque le gusta”. Pero todo sistema perverso sobrevive porque sostiene el beneficio primario del victimario (diferentes plusvalías de poder) y el beneficio secundario de la victima (las sobras del banquete, las gotitas del derrame) Es importante señalar que la sexualidad represora se sostiene en la denominada “mente hétero”. Monique Witting señala que “asi la mente hétero continua afirmando que el incesto, y no la homosexualidad, es su principal prohibición. Asi, cuando es pensada por la mente hetero, la homosexualidad no es otra cosa que otra heterosexualidad”[2] Por supuesto, cuando hablamos de cultura patriarcal hablamos de esto, pero es importante señalarlo porque el facilismo y el oportunismo de género transforman la lucha contra el patriarcado en un combate entre mujeres y varones. No pienso que haya forma de evadir los mandatos de la sexualidad represora desde la matriz simbólica de la alteridad mujer varón. La heterosexualidad es funcional al orden represor, porque sostiene una praxis reproductiva y monogámica. No dije discurso, porque sabemos que lo dicho y escrito, no siempre se transporta al implacable laboratorio de la vida cotidiana. Cuando nos mantenemos neutrales ante los sopapos que un padre le da a su hijo, o desconfiamos de los relatos de niñas y niños abusados, estamos sosteniendo la sexualidad represora. La conocida expresión del “enano fascista” (que a veces me preocupa mas por enano que por fascista) también tiene en segunda acepción “estar modelado por los parámetros sexuales de la cultura represora”. O sea: a dios rogando y con el sexo dando, y dando y dando estímulos permanentes, intensos y distorsivos  que propician la erotización de todo, para luego castigar las conductas impropias, al decir de Bill, que es Clinton. El concepto teórico y político de sexualidad represora permite pensar desde otro lugar las formaciones sexuales del neoliberalismo. Ya no se trata de hacer el amor y no la guerra, sino que las guerras también son amorosas, también son eróticas, también son comerciales, también son de primeras marcas contra el resto del mundo, también son los hiper, los super y cada góndola es una trinchera vertical con latas, sachets, botellas, plásticos. El imperialismo de las marcas registradas, incluye la marca de los cuerpos y los rostros que erotizan los productos. Si la sexualidad reprimida fabricaba culpa , la sexualidad represora fabrica triunfos maníacos sobre el represor. Es confundir el turismo, que es la antropología de los idiotas, con el conocimiento de otros países y otras costumbres. No casualmente, una de las formas mas blanqueadas de sexualidad represora es el turismo sexual, donde los del mercado común europeo, aprovechan las ventajas que los países subdesarrollados ofrecen para el mas común de los mercados. La pornografía se dispara, pero Romina sigue presa. El aborto criminalizado, la juventud masacrada, las viejas y viejos asesinados, empobrecidos, olvidados. La liberación sexual es también liberación política y social. Confundir el auge de la sexualidad represora con hegemonía del deseo, es una confusión mortal. Es lo mismo que confundir consumo con consumismo.[3] La sexualidad represora entroniza un mandato: a coger que se acaba el mundo. Una negación maníaca  mas, de la cual el Vadinho de “Doña Flor y sus dos maridos” pudo dar trágico testimonio. Algo debe quedar claro: desde el paradigma de la sexualidad reprimida, hasta un escote, un preservativo, un beso negro o gris, son instrumentos del demonio. Nuestro interlocutor no son los sectores mas reaccionarios, enemigos mortales del placer, del cuerpo y del amor. Nuestros interlocutores son los mercaderes de los templos de la posmodernidad, donde todo se territorializa para traficar mercancías sexuales. A esto denomino la concepción amplificada de la prostitución.[4] Puede existir la objeción por parte de los sectores mas beneficiados por la trata, que este concepto de la sexualidad represora es otra de las formas de la moralina. En realidad, los que seguimos sosteniendo que una moral sin dogmas es posible, no deberiamos preocuparnos por ese cuestionamiento. Sin embargo, yo me preocupo. Y aca se abre un tema apasionante que es el análisis de la implicación. Es decir: ¿por casa como andamos? Que decimos, que contamos, que compartimos de nuestra propia sexualidad, incluso con nuestras parejas? De la doble moral sexual cultural que Freud analizara ¿cuántos estamos exentos? Pensar sobre sexualidad represora no nos coloca en ningún lugar de neutralidad erótica. Podemos hacer moralina sin saberlo, y es bueno estar advertido. Sin embargo, sostengo que pensar en estas cuestiones, y que solo podemos pensarlas porque estamos implicados en lo que pensamos, intentamos una ética[5] de la liberación. “Solo saben los que luchan”, y al menos luchamos antes que todas las formas de la naturalización nos disequen en vida. Recuerdo que en mi lejana infancia le pregunté a una de mis tías porque los duraznos al natural venían en lata. “De la naturaleza a su mesa” no me parecía posible, porque nunca había visto un árbol con latitas en vez de hojas. A los 6 años mi tía me convenció con: ¡callate y comé! Ahora no me convencen tan fácil. En mi primer libro empecé a pensar el tema de la sexualidad represora. Y si bien el concepto quedó en letargo, comenzó a tener una nueva vida cuando empecé a acercarme a la problemática del ASI (abuso sexual infantil). El concepto adquirió mayor densidad, y de esa densidad dan cuenta las diferentes contribuciones de los autores de este libro. La publicidad, el trabajo en los tribunales de familia, la concepción patriarcal del sujeto, la temática trans, el sida como castigo divino o peste rosa, el denominado síndrome de alienación parental, la pornografía, la trata, son los campos de intervención teórica y política donde el concepto adquiere coherencia, consistencia y por lo tanto credibilidad.

La sexualidad represora es una de las formas mas ocultas de lo que denomino modo superyoico de producción de subjetividad. Y por eso necesita ser pensada, para poder intervenir en su reconstrucción histórico-cultural. Y también porque cuando se pretende que otro mundo es posible, es bueno saber hacia donde estamos apuntando.

Después de todo, pensar es delirar un poco.


[1] Freud designa como masas artificiales una multiplicidad aparente. Toma como paradigmas la Iglesia (católica)  y el Ejército (prusiano)  Lo artificial es que todos responden a Uno. Por lo tanto la masa artificial amputa la singularidad: es todos para el Uno. (Papa, general, Caudillo, etc)

[2] Monica Wittis. La mente Hetero. En Rompiendo Silencios. Revista Virtual de cultura lésbica.

[3] En el consumo se consumen objetos. En el consumismo se consume consumo.

[4] Recientemente un funcionario de Macri reconoció el problema. Si el bueno critica es malo, si  el malo aplaude es peor.

[5]  La ética es la relación no contradictoria entre sujetos en un campo histórico dado. Al menos es lo que creo haber aprendido de León Rozitchner.


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