Para Mauricio era otro sábado más de hastío. Todos sus amigos de las chacras lindantes habían emigrado a la Capital. Después de la muerte prematura de su padre tuve que hacerse cargo del campo.
Lo detestaba desde niño cuando la lectura de los libros de la colección Robin Hood habían implantado en su corazón la semilla de la aventura y soñaba con abandonar aquel yermo desolador y maldecido donde nada parecía prosperar más de dos años seguidos.
La única distracción de la rutina diaria, del trabajo monótono y estéril, era recorrer las tres leguas a caballo hasta el pueblo y codearse con la paisanada que se juntaba en el baile organizado por el club Esperanza.
Pero en realidad no era esa su principal motivación. Su esmerado acicalado era evidencia de que iba al baile solo para ver a la Amalia, la chinita más linda de todo el partido. El estaba lleno de esperanzas en cuanto a los sentimientos de ella pero no tenía ninguna prueba. Este sábado en particular estaba decidido a declarle su amor. Desde temprano se dedicó a cepillar el alazán, lustrar las botas, y recortarse el bigote.
Cuando llegó al club notó de buen humor a Don Ledesma y Don Ibañez, dos de los hacendados masricos de la provincia. Le pareció extraño de primer momento pero enseguida ante la vista de Amalia se olvidó de ellos. Tendría que haber prestado atención y darse cuenta de que había también un brillo especial en los ojos de la hermosa joven, que hacía juego con las vistosas flores que portaba en el cabello.
Justo en el momento que dió su primer paso decidido y seguro para acercarse a Amalia e invitarla a bailar, la música se detuvo abruptamente. Don Ledesma, de pie con un vaso de vino en la mano, sonriente y colorado de felicidad quería hacer un anuncio. Su hijo Francisco iba a contraer matrimonio con Amalia Ibañez y así se forjaría un beneficioso lazo entre familias amigas y poderosas.
Siguió Don Ledesma con su discurso unos minutos más pero Mauricio no escuchaba nada. Una desolación sorda arañaba su alma y sentía congelarse su corazón. Moviéndose como un sonámbulo se acercó al buffet y acodado en la barra pidió una ginebra. El ñato Ortiz lo miró extrañado, jamás en los 25 años que conocía a Mauricio lo había visto tomar a pesar de las constantes bromas de las que era víctima. Pero el estaba para servir y no se iba a poner con remilgos, después de todo ya era hora que bebiera como un hombre.
Ahí se equivocó, Mauricio bebió no como un hombre sino como una esponja hasta que casi no podía estarse en pie. Sin decir nada a nadie se fué del club rumbo a su rancho envuelto en una nube alcohólica que hizo olvidar atado al palenque su preciado alazán.
Había caminado mas o menos durante una hora por la ruta cuando vió acercarse una luz. Su andar zigzagueante lo llevaba de la banquina al asfalto constantemente. Cuando la luz casi estuvo encima de él Mauricio se paralizó y haciendo vicera con su mano solo alcanzó a distinguir una extrañan máquina de dos ruedas que pasaba raudamente a su lado.
Su mente anclada hacía días en la imagen ahora inalcanzable de la sonrisa de Amalia no había prestado atención a la novedad de que ese día el Rally Dakar transitaba por esa ruta.
Tan solo un minuto después otra luz se divisó en el horizonte. Entonces la guapeza alimentada a ginebra se posesionó de Mauricio quien pelando el facón iba a hacerle frente a esta otra máquina del demonio. Eso lo salvó de ser arrollado porque el brillo de la hoja advirtió al motociclista que alguien estaba parado en la calzada y alcanzó a desviarse a tiempo.
Unos metros más adelante un gran caño de cemento cruzaba bajo la ruta conectando las banquinas para aliviarlas del agua de lluvia. Pero con la sequía larga y persistente solo había polvo. Mauricio bajó y se acurrucó dentro del tunel mascullando sobre su mala suerte con la Amalia. El ruido de otra moto que pasó por la ruta lo saco de sus cavilaciones y lo hizo enojar.
Mauricio se juró a sí mismo que la próxima luz mala que apareciera lo iba a encontrar bien plantado y le iba a hacer frente. Y no tuvo que esperar mucho. El ruido anunciaba el arribo de otra máquina. Asomando la cabeza fuera de su agujero vió dos potentes luces que venían directo a él como respondiendo su desafío.
En actitud quijotesca envolvió su poncho en el antebrazo izquierdo, tomo el facón con la diestra, echó el sombrero para atrás y mientras salía intepestivamente corriendo torpemente hacia el asfalto gritó: “¡No me importan que vengan en yunta! ¡Di a dos les peleo de igual a igual!”.
Su respiración se convirtió en jadeo y sus ojos vidriosos vieron durante una fraccion de segundo la insignia que portaba el enorme camión Kamaz de apoyo técnico en medio del capot antes de que el golpe los cerrara…