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Acrópolis, una cita con los dioses

Teniendo en cuenta que los romanos acuñaron el famoso dicho popular que dice que todos los caminos conducían a Roma, los atenienses bien podrían decir lo mismo respecto de la Acrópolis. Ubicada sobre uno de los montes mas bellos de la ciudad, este antiguo recinto se alza como la gema más buscada por los miles de turistas que a diario la visitan.

Si se le preguntara a cualquier persona que indique los diez lugares que quisiera conocer antes de morir, no sería para nada extraño que entre el marasmo de respuestas se encuentre la Acrópolis ateniense como una de las posibilidades. Es por eso que, teniendo en cuenta esa tendencia, quizás se pueda encontrar una pista que explique por que, año tras año, millones de personas en el mundo engullen guías turísticas en diferentes idiomas y teclean ciento de veces las palabras claves en el Google buscando información que les amplíe los conocimientos acerca de ese colosal y curioso icono de la cultura occidental (Según las estadísticas brindadas por los organismos culturales de Grecia, por año son casi tres millones los turistas que llegan al país en busca de los vestigios históricos y culturales concentrados en ella)

UN MONTE MISTERIOSO QUE SIMULA SER LA MÁQUINA DEL TIEMPO

Como bien dijimos anteriormente, a la Acrópolis se puede llegar desde cualquier punto de la ciudad, aunque uno de los circuitos más recomendables, es tomar cualquiera de las callejuelas que atraviesan el Barrio de Plaka en dirección hacia el monte, o bien seguir algunos de los tantos carteles exhibidos en las fachadas de las casas que bordean el casco urbano de Monastiraki.

Si bien ambas opciones son muy atractivas la primera resulta mucho mas seductora, ya que en el camino que se debe recorrer para llegar hasta la taquilla de entrada, se debe pasar obligatoriamente por algunos de los espacios más bellos del moderno barrio ateniense, en el cual abundan desde los típicos perros callejeros (un espectáculo digno para un capítulo aparte), algunas de las clásicas tabernas que por las noches se transforman en verdaderos templos de la diversión, blancas casas con sus jardines abarrotados de geranios y cerca de una decena de cafés y bares donde se respira el aire vanguardista y ecléctico de los jóvenes nativos.

Al llegar a la entrada del recinto lo mejor es tomar algunas fotografías de las construcciones y de la muralla de la acrópolis desde abajo, ya que a medida que se empiece a ascender por la ladera principal, se va a ir perdiendo notablemente la óptica de lo que se ve y luego, al llegar al hotel, seguro sobrevendrá el reproche por no haberlas tomado a tiempo.

Apenas se empieza a ascender por la ladera este del monte, el paisaje ofrece algunas vistas y elementos que bien parecen un adelanto de las maravillas arquitectónicas que se verán en la cima de la Acrópolis. Así es como recien cruzado el pórtico de entrada, sorprende ver las ruinas del antiguo Teatro de Dionisios, uno de los primeros de la cultura occidental y que dío origen a una de las artes mas fecundas de toda la historia, como es el teatro. La vista actual del teatro se encuentra distorsionada de lo que fue en sus orígenes (pensemos que sobre él pesan casi 5 siglos de historia) pero aún así mantiene una belleza indescriptible y una perfección pocas veces vistas en otros monumentos. Y a un costado del teatro, entre los pastizales, una decena de trozos de columnas de mármol que alguna vez engalanaron el espacio se muestran como el vestigio mejor guardado de los albores de una civilización ya perdida, pero no por eso menos magnífica.

Mientras se sigue con el ascenso, ante nuestros ojos aparece otro teatro, mucho más bello y con reminiscencias del período clásico: el Teatro de Herodes Ático (conocido mundialmente como el Odeón). Ocupando un sitio de verdadero privilegio (dada su ubicación sobre la ladera del monte y por la fabulosa vista de Atenas que brinda) este espacio cultural aún sigue siendo utilizado como anfiteatro público y de vez en cuando, pasan por sus escenarios al aire libre algunos de los más reconocidos artistas de la música tanto nacional como internacional.

Pero no caben dudas de que para los turistas, el plato fuerte es aquel que aguarda en la cima de la montaña, donde se erigen las ruinas del antiguo Partenón ateniense y las misteriosas cariátides.

A estos dos íconos de la civilización ateniense se llega luego de atravesar el pórtico dórico de la Puerta Beulé, una entrada derruida que en el siglo de Pericles oficiaba de entrada principal al complejo de edificios y templos en el cual hoy reposan las ruinas actuales.

A la derecha de la puerta, el Partenón exhibe su magnificencia, tal cual como lo hizo en sus orígenes cuando se alzó como símbolo de la hegemonía ateniense. Según especialistas en arte e historia, el coloso es uno de los edificios mas perfectos del mundo, ya que no sólo fue creado teniendo en cuenta algunos efectos ópticos que mejoran la percepción (sobre todo en el ensanche y en la construcción de sus columnas) sino además, por que en él trabajaron algunos de los mas grandes artistas de la historia y la cultura griega.

Otro aspecto que lo hace interesante es la dualidad de opiniones acerca de la funcionalidad que tuvo el Partenón en la vida ateniense, dado que si bien para algunos fue un templo en el cual habitaron muchos de los dioses que forman la frondosa mitología griega, para otros en cambio, nunca fue un templo de adoración, dado que allí habría residido la escultura más colosal de la época, que no era otra que un gigante de mármol, marfil y oro con las formas de la diosa Palas Atenea, protectora del pueblo ateniense.

Enfrente de él y próximo a la colina este del monte se encuentra el Templo del Erecteion exhibe a las seis cariátides, deidades con forma femenina que -según algunos investigadores de la civilización griega- lejos de haber sido semidiosas, sólo fueron unas doncellas que al origen de la cultura minoica servían a los gobernantes de entonces (dado que el Erecteion fue antiguamente un palacio micénico en el cual Atenea y Poseidón –dios de los mares- se disputaron el protectorado de la actual Atenas)

Las seis estatuas que sostienen el arquitrabe del Templo son copias exactas de las originales, dado que estas últimas, por cuestiones de deterioro y seguridad se encuentran en el interior del museo de la acrópolis, ubicado detrás del Partenón.

Quienes quieran ingresar a cualquiera de los templos que conforman el complejo de la Acrópolis (ya sea para visualizarlos o para tomar fotografías), deberán tener en cuenta la ordenanza nacional que, desde 1975, establece la prohibición de ponerse debajo de las ruinas, un poco por seguridad y otro poco por monopolio, ya que muchas de las vistas que se pueden tener desde allí fueron concesionadas a algunas de las empresas que soportan económicamente el mantenimiento del lugar.

Si tienen tiempo y son amantes de la historia, les recomiendo no abandonar el recinto sin visitar el Museo de la Acrópolis, ya que la entrada viene incluída en el ticket de ingreso que se paga en la base del monte y bien vale la pena (Aunque previamente les recomiendo que averiguen los días y horarios en que se encuentra abierto, ya que estos varían según las diferentes temporadas del año).

Si deciden hacer el recorrido completo y visitar cada uno de estos geniales sitios del complejo arqueológico, será inevitable que, a la hora de emprender el descenso a la ciudad, tengan la sensación de haber experimentado – aunque sea unos momentos- un encuentro con los dioses, aquellos mismos que alguna vez poblaron las páginas de los relatos de Homero.

Ese extraño mito llamado Maximón

Desde tiempos inmemoriales, el hombre no solo ha tenido la necesidad de explicar a traves de figuras mitologicas todo aquello que escapaba a su aprehension racional, sino que ademas, en todas las epocas, confio en seres superiores a los cuales les atribuyo cualidades protectoras y que en el fondo, de una forma u otra, representaban un modo valido para justificar su existencia en esta tierra.

Asi es como podemos ver que desde los griegos hasta hoy, la mayoria de los pueblos (ya esten formados por millones de personas o bien sean grupos minoritarios aislados) continuan con la tradicion de respetar y seguir a determinados dioses, rindiendoles culto y alabandolos para que los proteja de las diferentes injusticias a las que estan sometidos en la vida terrenal.

Lo cierto es que, a medida que el mundo fue avanzando y comenzaron a darse las diferentes conquistas en diversos lugares del globo, en algunos casos se produjeron algunas modificaciones en la forma de interpretar la religion y, por ende, se impusieron ademas, algunos dioses que los pueblos receptores de las nuevas culturas ni siquiera conocian. Uno de los ejemplos mas claros que hay de la imposicion de un nuevo dios y el sinfin de santos que lo acompanan, fue el del catolicismo, ya que durante los negros anos de la conquista de America logro acabar con las creencias de los pueblos originarios (aztecas, mayas o incas) y los obligo a que, de forma sincretica, comenzaran a incorporar el culto por nuevos dioses en su vida cotidiana.

De todos los casos de fusion entre las creencias originarias y la imposicion por creer en nuevo dioses, el de Guatemala quizas sea uno de los mas particulares e interesantes que se pueda ver en America Central. Cuando Pedro de Alvarado llego a la region acompanado por los jesuitas encargados de llevar a cabo el proceso de evangelizacion, se encontro con que gran parte de la poblacion maya aun seguia oficiando rituales y diferentes actos liturgicos tal cual como lo habian marcado sus ancestros.

Pero mas alla de que a los espanoles no les fue nada dificil suplantar la religion maya por el catolicismo, buena parte de la poblacion indigena logro burlar ese designio y comenzo a adaptar algunos santos propuestos por el dogma romano atribuyendoles los caracteres de muchos de los dioses que veneraban desde los dorados anos del imperio.

Sin lugar a dudas, uno de los que ha podido trascender en el tiempo y ,en la actualidad, ya se ha erigido como un verdadero icono de la cultura quiche es Maximon, un santo al que se le rinde culto en varios pueblos de Guatemala y que cuenta con una historia sumamente rica y mas que interesante.

EL MISTERIOSO SENOR DE BIGOTES QUE HABITA EN CASI TODOS LOS RINCONES DEL PAIS

Cuando se llega a la Antigua Guatemala, Solola o Chichicastenango (tres de las ciudades con mayor atractivo cultural para ver en el pais) una de las cosas que mas llaman la atencion es la cantidad de estatuas de un hombre vestido de negro, con sombrero y bigotes, al que los indigenas (casi la mayor parte de la poblacion guatemalteca) le rinden especial culto y respetan como uno de sus maximos protectores.

Por eso es que, al presenciar semejante acto de fe, la primera pregunta que inevitablemente asalta al viajero es ¿Quien es el senor de bigotes al que todos tanto respetan y veneran con tan enceguecida devocion?. Y lo cierto es que las respuestas son varias. Segun el antropologo Edelberto Tomas Rivas (uno de las maximas eminencias en la materia), el culto a esta imagen pretende adorar a Simon el mago, o San Simon patrono de los brujos, quien llego a America perseguido por la inquisicion. Por su parte, Miguel Angel Asturias (premio Nobel de literatura) dice que, en realidad, Maximon no es mas que la representacion que hizo la poblacion indigena del mismo Pedro de Alvarado.

Pero lo cierto es que la verdadera historia es bien distinta de estas dos interpretaciones. Segun algunos estudiosos del sincretismo americano, declaran que Maximon no es ni mas ni menos que la representacion de K´Maximon, uno de los lideres politicos que tenian los mayas en el momento de la llegada de Alvarado y que murio en la hoguera como castigo por rebelarse a entregar lo poco que quedaba del imperio. (Esta es la version mas aceptada, aunque otra rama dentro de este grupo asegura que la verdadera identidad de Maximon es la de un santo indigena que tomo su nombre prestado del San Simon Catolico)

Segun sea el pueblo en que se lo vea, Maximon adquiere diferentes fisonomias, ya que, a lo largo del tiempo, cada grupo etnico le ha ido imprimiendo su impronta particular. Asi, por ejemplo, mientras que en San Jorge Laguna tiene una expresion de ahorcado y en San Simon de Zunil lleva lentes oscuros (y reloj digital), en algunos pueblos en los que hubo una marcada actividad guerrillera, lo visten con ropas militares y , hasta incluso, se le llega a poner varias condecoraciones en el pecho como un claro signo de omnipotencia.

Quienes lleguen a cualquiera de esas tres ciudades en las que el santo es venerado, podran ver que entre algunos de los rituales que se le llevan a cabo, figuran el de prenderle un cigarro, ofrecerle diferentes bebidas alcoholicas y tambien, en algunos casos, colocarle unos cuantos quetzales entre sus ropas para que brinde la proteccion necesaria a todos aquellos que fielmente la requieran.

El culto oficial se lleva a cabo en Santiago de Atitlan (en Solola) durante el mes de octubre. Por esas fechas, muchas de las cofradias que se reunen como seguidores de su figura, llevan a cabo diferentes rituales en su honor y en algunos casos, lo van rotando por varios de los hogares de sus fieles, para que les proporcione todos aquellos deseos que le confian ciegamente amparados en su fe.

Fuentes consultadas:

Maximon: Infografia, Diario Prensa Libre, 06/06/2004.

Lara Figueroa, Celso: Fieles, difuntos, santos y animas benditas en Guatemala. Una evocacion ancestral, Ed. Artemis Edinter, 2003.

Antigua, vida mía

Una de las escenas más comunes cuando se está en cualquiera de los destinos tradicionales de Guatemala, es la ansiedad y el fervor de los viajeros del mundo por averiguar cuál es la forma más conveniente para llegar a la Antigua, ciudad signada por la conquista, el color y un sinfín de posibilidades que la han elevado a la categoría de “sitio más bello del país”.

Rodeada de volcanes y a escasos 50 kilómetros de distancia de la capital, la Antigua se erige como uno de los sitios más fascinantes que tiene la tierra del quetzal para ofrecer. Sus orígenes se remontan al año 1542, fecha en que fue fundada por los españoles como La Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Santiago de los Caballeros de Goathemala y en poco tiempo comenzó a perfilarse como una ciudad de una gran belleza, casi tal cual como se la puede ver en la actualidad.

Durante años, esta urbe funcionó como la capital del país, pero luego de sufrir 16 devastadores terremotos, las autoridades oficiales decidieron trasladarla al actual territorio de Guate City, dejando a la Antigua como un sitio histórico para ser admirado por todos los ciudadanos del mundo (incluso años más tarde, la UNESCO decidió nombrarla como Patrimonio Histórico y Cultural de la Humanidad)

UN FESTIVAL CROMÁTICO EN EL QUE CONVIVEN EMPEDRADOS, CASAS COLONIALES, SANTOS Y VOLCANES

El ojo del viajero tarda un tiempo en comenzar a distinguir los elementos que se encuentran todos apiñados en el barroquismo visual de la ciudad. Con una arquitectura recargada y con cientos de santos exhibidos en columnas, negocios y ferias artesanales, el impacto que produce esta bellísima ciudad invita a que se le dediquen al menos cinco días para poder descubrirla en casi todo su esplendor.

Como siempre recomendamos a la hora de visitar cualquier ciudad de Centroamérica, en este caso también el sitio elegido para comenzar una recorrida es la Plaza principal (conocida como el Jardín del Centenario), la cual es muy fácil distinguir ya que se ubica junto a la magnífica catedral, obra barroca del siglo XVII y que constituye una de las piezas arquitectónicas más importantes de la Antigua.

Una vez visto el monumental edificio religioso (el cual les aconsejo que lo vean también de noche, para disfrutar de su fastuosa iluminación) los puntos importantes para conocer son La Iglesia de San Francisco (joya barroca, segunda en importancia después de la catedral) y el Arco de Santa Catalina Mártir, un verdadero icono antigüeño que ofrece la mejor vista que se pueda tener de la ciudad, ya que detrás de él y sobre el final de una calle empedrada puede verse como se erige el gigantesco Volcán de Agua secundando la ciudad como un tótem.

Al llegar al arco lo mejor es tomarse un tiempo para disfrutar de los locales, ferias, mercados, restaurantes y bares que se encuentran allí, ya que alrededor de él se concentra la vida cultural y turística de la ciudad. Por las noches, los turistas eligen ese sitio como el punto de encuentro para comenzar una recorrida nocturna y terminar luego en algunos de los bares, pubs o discos que alegran la zona durante las madrugadas.

Entre algunas de las manifestaciones culturales que pueden verse a cualquier hora del día sobre sus clásicas calles empedradas, figuran no sólo la venta de artesanías (hechas manualmente por grupos indígenas, los cuales conforman casi el 80% de la población nativa de la ciudad) o de elementos religiosos cargados de sincretismo, sino que además, a diario decenas de artistas eligen sus veredas para darle ritmo y color cuando cae la noche (saxofonista, guitarristas, cantantes o indígenas que llevan a cabo números musicales)

Si bien cualquier momento del año es propicio para conocer esta inquietante y maravillosa ciudad, no caben dudas de que la época más llamativa sea la semana santa, ya que en ese momento puede verse las procesiones de nazarenos vestidos de violeta (encapuchados de la misma forma en que se lleva a cabo el rito en ciudades españolas como Valencia o Sevilla) y portan la virgen sobre sus hombros, paseándola por casi todo el casco histórico de la ciudad.

Además, en esas mismas fechas, los lugareños toman las calles y disfrutan de las coloridas alfombras hechas de polvos, un verdadero espectáculo nunca visto en otras latitudes. También quienes decidan visitar la ciudad en esa fiesta religiosa, tendrán la oportunidad de comer el fiambre, una sabrosa preparación autóctona (preparada sobre la base de embutidos, verduras, pollo, carne, papas y decorado con hojas de lechuga rociadas con un condimento especial denominado chile chamborote) a la cual le atribuyen la cualidad de ser un símbolo que representa la fusión entre la cultura prehispánica y la española.

Como puede verse, la Antigua Guatemala es una ciudad pequeña pero que atesora miles de sitios y secretos, así como una gran diversidad de planes para descubrirla según las preferencias del viajero. Quienes lleguen al territorio de Guatemala no deben dejar de pasar unos días allí, ya que no sólo es una de las poblaciones coloniales que mejor conserva su acervo cultural, sino que además, es quizás la que mejor ha logrado el delicado equilibrio entre arte, cultura y entretenimiento, tres constantes que la definen y que la han posicionado ante los ojos del mundo como uno de los lugares más bellos del planeta.

Chichicastenango I: El último vestigio de la cultura quiché

Ese domingo de julio amaneció lluvioso en la Ciudad de Guatemala. Domingo. Y lluvioso. Quedarme en la ciudad representaría estar encerrado en casa de mi amiga sin hacer nada más que intentar pasar el tiempo, así es que, teniendo en cuenta la escasa probabilidad de que las condiciones climáticas mejoraran, decidí llamar a otro amigo que vive cerca de allí y le propuse idear rápidamente, una escapada a Chichicastenango.

Desde el mismo momento en que armé mi viaje en Buenos Aires, supe que esa ciudad (“Chichi” como la llaman los guatemaltecos) era uno de los sitios que, junto a la maravillosa y barroca ciudad de la Antigua, más satisfacciones y recuerdos inolvidables me haría llevar de mi experiencia en el país.

En menos de una hora, casi antes de que amaneciera, Paulo llamó a la puerta con todo listo. Su camioneta se encontraba en perfectas condiciones mecánicas (algo muy común en viajeros especializados y afectos a las propuestas sorpresivas) y luego de llenar el tanque en una gasolinera de las afueras de la ciudad, nos internamos en la ruta que, tras una hora y media de recorrido, nos permitiría ingresar en el mismo casco histórico de la ciudad mejor conservada de la cultura quiché, esa que durante siglos no sólo albergó a una de las comunidades indígenas que mejor ha sabido conservar su cultura, sino que además, fue el espacio donde en 1701 apareció el mítico Popol Vuh, libro sagrado de la civilización maya que, a modo de Biblia católica, narra según la cosmovisión aborigen buena parte de la historia de la humanidad.

El viaje se hizo largo. Quizás por que mi ansiedad aumentaba con cada poste de luz de esos que quedaban atrás a medida que avanzábamos en la marcha.

Pero finalmente, luego de atravesar unos cuantos kilómetros de selva tupida enmarcada en las inclemencias de un clima tropical, el tiempo comenzó a mejorar y para cuando vimos el cartel de bienvenida a la ciudad, casi de forma mágica, el sol se abrió y desplegó todo su esplendor como si hubiera sabido que las fotografías con luz salen mucho mejor que sin ella.

A simple vista, la ciudad se presentó como cualquier otra de las que había visto en distintas latitudes del país, y debo reconocer que no pude evitar encontrarle un cierto parecido con San Juan Chamula, aquella encantadora población indígena, maya también, que sobrevive manteniendo su cultura en la zona mas al sur de la inmensa geografía mexicana.

Pero lo cierto es que a medida que nos alejábamos de la entrada y nos metíamos cada vez más en el casco “urbano” de la ciudad, las blancas construcciones que meses antes había visto en diferentes revistas y guías turísticas, ahora se abrían paso ante mí, demostrándome que nada tenía que ver aquella ciudad con ninguna otra y que, quienes estaban allí intentando descubrirla, acabarían sorprendiéndose de las maravillas que en cada esquina reposan escondidas esperando ser descubiertas.

Lo primero que reconocí fue un angosto y empantanado camino que llevaba hacia el mercado más importante del pueblo. Con cada paso que dábamos alejándonos de la entrada, comencé a ver que más nos acercábamos a un enjambre de puestos recargados de huipiles, mantas, cueros, artesanías, máscaras, velas, especias y un sinfín de elementos más que tanto lo hacían parecerse a cualquier mercado persa de esos que se ven en los folletos turísticos que promocionan ciudades como Estambul, El Cairo o Marruecos.

Luego de atravesar la colmena que formaban vendedores, mercancías, gente del lugar, turistas y compradores varios comencé a vislumbrar, como recortada en el todavía grisáceo y cerrado cielo, la blanca cúpula de la Iglesia de Santo Domingo. Cuando por fin pude reconocer completamente su fachada, me dí cuenta de la importancia que ella tiene en el mundo de la cultura quiché, ya que jamás había visto semejante convocatoria de gente que se diera cita toda junta y que se ubicara a los pies de un monumento así, como si de un verdadero tótem se tratara.

La iglesia tiene una fachada sencilla. Por fuera simula ser una iglesia católica, pero dentro, todo lo que allí sucede nada tiene que ver con los preceptos litúrgicos que se promueve desde el coloso de Roma. En la entrada, un anciano vestido con ropas algo ajadas y sucias (que luego mi amigo me dijo que se trataba de un chamán), empuñaba una especie de incensario hecho con una improvisada lata metálica, y lo agitaba con movimientos pendulares como si se tratara del botafumeiro que descansa en el corazón de la Catedral de Santiago de Compostela.

A su alrededor, decenas de mujeres vestidas con coloridos ropajes y sentadas algunas sobre montañas de flores, gritaban el precio de su mercancía en un extraño lenguaje aborigen, el cual descubrí después como la lengua cakchikel, una de las más antiguas y conservadas de la región.

Al ingresar en el templo (y después de haber quedado inevitablemente impregnado del humo que arrojaba el chamán en la entrada de acceso) asistí a uno de los espectáculos más impresionantes, sólo comparable a aquella experiencia vivida en el interior de la Iglesia de San Juan Chamula, aquella en la que lejos de contar con los típicos bancos para feligreses y las estatuas sacras que engalanan a cualquier casa religiosa que se precie de tal, sólo había velas puestas en el piso y un centenar de personas aguardando al “médico” de turno para que le realizara una limpia, que en ellos supone la cura para cualquiera de los males que aquejan al hombre.

En silencio y llevados por raro aire de misticismo que rodeaba el interior, nos quedamos un buen rato sentados en uno de los pocos bancos que había en la iglesia. Desde allí, compartí junto a muchos de los lugareños que aguardaban su turno para recibir las bondades del chamán, uno de los momentos más importantes y significativos de sus vidas cotidianas: el de su infinita devoción por las fuerzas de la naturaleza y su entrega a los dioses que suponen nada les niega y todo les concede.

Iglesia de Santa María Tonanzintla, Cholula

Cholula: allí donde reposa la octava maravilla del mundo

Nadie se atrevería a discutir que uno de los grandes efectos que dejó la conquista española, fue sin lugar a dudas, la implementación del cristianismo en una región del planeta en la cual los pobladores originarios ya tenían sus mitos y creencias, bien diferenciados de los que luego les impusieron por la fuerza. Así es como el choque cultural entre los misioneros católicos y los indígenas americanos, dieron como consecuencia, una de las mayores muestras de sincretismo que se haya visto jamás en la historia de la humanidad.

Lo cierto es que si bien las muestras de sincretismo religioso pueden verse en diferentes ciudades de América Latina, muchos aseguran que es en Cholula (un pequeño pueblo situado a 6 kilómetros de Puebla) donde reposan las dos mas grandes joyas construidas durante el barroco hispanoamericano, de las cuales una de ellas (la Tonanzintla) está considerada por numerosos críticos de arte como la octava maravilla del mundo.

SANTA MARÍA TONANTZINTLA: UNA IGLESIA DISEÑADA CON PLANO ESPAÑOL Y CONSTRUÍDA CON CORAZÓN INDÍGENA

La fachada exterior de la iglesia es una pequeña muestra de lo que verá el viajero una vez que atraviese los grandes portones de algarrobo labrado. De aspecto sencillo y totalmente revestida con pequeños azulejos (en colores primarios) ofrece la sensación de estar asistiendo a un lugar sencillo pero que no por eso deba ser considerado menos importante.

Una vez dentro, la primer imagen que sobreviene a la vista del espectador, es la de una horda de ángeles semidesnudos (con grandes ojos, cabellos rubios y ensortijados) que ocupan cada uno de los rincones – incluso hasta aquellos imperceptibles a simple vista – y penden en actitud descendiente como si estuvieran bajando de las alturas para compartir con los mortales el espacio terrenal.

Cada uno de estas figurillas fueron laboriosamente creadas con una mezcla de barro, paja y una sustancia viscosa extraída de la hoja del maguey, y luego horneadas y coloreadas especialmente para ser una pieza más dentro del engranaje visual que ofrece el interior de la iglesia.

Debajo de la recargada cúpula que custodia el altar mayor, los indígenas han querido esconder allí, uno de los secretos mejor guardados y que aún hoy, pocos han descubierto. Quien se pare debajo de la cúpula (de espaldas al altar, de frente a la entrada) y levante la vista intentando hacer foco justo en el centro de ella, verá que entre los pequeños querubines y angelitos de barro, emerge regordeta la cara del niño Jesús. Si sobre el mismo eje de los pies (y sin levantar la vista) gira en 180 grados, verá que además de la cara, en pocos minutos aparecen los brazos y los glúteos del niño, dando la sensación de que se acomoda en el aire para ser recibido por quien lo está observando.

Este juego visual – que a los ojos de la mayoría parece una exageración – en realidad no es una deliberada muestra de creatividad de los indios, sino que muy por el contrario, fue algo impuesto por los conquistadores que la diseñaron y está relacionado con un típico concepto barroco que es el del temor al vacío (horror vacui) por lo cual tendieron a recargar cada uno de los rincones de las fachadas, columnas y pórticos, asegurándose de esa forma que ninguna forma maligna se instalara allí.

Una excelente forma para experimentar lo que esta maravilla religiosa representa para los cholulenses, es visitarla un sábado por la tarde, ya que ése es el día en que los catequistas dictan sus clases a los niños que se preparan para su primera comunión, y junto a ellos, al finalizar la teoría, dedican entre todos un rosario (totalmente cantado) en honor a su patrona protectora, la Virgen de Tonanzintla.

SAN FRANCISCO ACATEPEC: LA IGLESIA QUE RESURGIÓ DE LAS CENIZAS

De las dos iglesias, ésta es la que los estudiosos consideran como la más hispana de las dos, ya que tanto en su fachada externa como en su interior, responde más al estilo clásico hispano que al de las sobrecargadas molduras y figuras indígenas.

Su construcción duró menos que la de la Tonanzintla, pero a principios de los años 30, el olvido de una vela prendida hizo que se quemara casi en su totalidad, debiendo comenzar una ardua tarea de reconstrucción, trabajo que duró largos años, hasta que la dejaron en el mismo estado en el que se encuentra en la actualidad.

Sobre la entrada principal (bordeada por un sendero de césped muy bien cuidado) -y a diferencia de otras iglesias – reposan los panteones de algunos de los sacerdotes que pasaron por ella oficiando sus ministerios. En su interior, la luz se hace mucho más profusa que en la Santa María Tonanzintla (iluminada en su totalidad por luz artificial) y si bien hay figurines de ángeles y santos custodiando los rincones, el hecho de que la mayoría estén coloreados en la escala de los blancos, amarillos y dorados, producen una sensación de paz y tranquilidad muy distinta a los de la otra.

Uno de los aspectos más interesantes de esta iglesia, son los grandes azulejos y baldosones de estilo poblano que tapian casi todo el exterior, y que asemejan en su mayoría, los diseños sevillanos que decoran los alcázares de la metrópoli española. Además, si se tiene la oportunidad, ver si se puede subir al campanario ubicado a un costado, ya que desde allí se tiene una de las mejores panorámicas del empedrado barrio de San Francisco.

Visitar estas dos iglesias es una experiencia que nadie que llegue a México puede dejar de ver, ya ambas constituyen el mejor ejemplo de lo que fue el sincretismo hispano y de cómo los indios, a su manera, aprendieron a adorar nuevos dioses que hasta el momento, nada tenían que ver con sus creencias y que desde entonces, les modificó la forma de comprender la vida.

Templo del Pocito: una perla del barroco hispano


De todas las capillas y templos que conforman el complejo dedicado a la Virgen de Guadalupe, el del Pocito es el que más sobresale no sólo por su singular belleza sino también por su importancia histórica. Construido en el siglo XVII bajo la influencia del barroco hispánico, en él se pueden ver los elementos característicos de este prolífico movimiento (cantidad exagerada de ventanales en las cúpulas, ojivales y ventanas con formas excéntricas y el minucioso trabajo pictórico y escultórico que decoran su interior).

Según cuenta la tradición, en el mismo lugar en el que hoy se encuentra el templo, fue el sitio en el cual hizo su cuarta y última aparición la Virgen de Guadalupe. Incluso, algunos aseguran que el nombre del Pocito obedece a que en el espacio sobre el cual se posó la Virgen no era otro que un pozo de agua, al que muchos le han atribuído la capacidad de que ofertaba aguas curativas para los peregrinos que llegaban hasta allí, provenientes de los cuatro puntos cardinales del país.

Los niños y la Guadalupe

La Villa: centro devocional de la Virgen de Guadalupe

El complejo dedicado a la Virgen de Guadalupe en la ciudad de México (junto a la Catedral de Santiago de Compostela en España y la Basílica de San Pedro, en el estado Vaticano) es uno de los centros católicos más importantes del mundo. Año tras año, por sus basílicas, conventos y templos, millones de personas provenientes de todas partes llegan hasta allí para dar sus pruebas de fe a la protectora de los mexicanos, a la cual la Iglesia católica no ha dudado en reconocer no sólo como la virgen más milagrosa, sino como la que mayor cantidad de adeptos ha alcanzado en todo el mundo (los últimos datos de Roma, arrojan una cifra cercana a los 90.000.000 de fieles diseminados entre cerca de 30 países).

Si bien mucho se habla de ella y de los cientos de milagros que los más altos jerarcas de la curia romana han podido comprobar, la historia de esta milagrosa virgen ha sido desde hace cinco siglos, uno de los misterios de fe más conmovedores que ha revelado la iglesia, después de algunos pasajes fantásticos del Antiguo testamento o de la vida de Jesucristo.

La historia de la Virgen de Guadalupe se remonta a 1531 (exactamente una década después de que Hernán Cortés llegara a México) año en que se le presentó de improviso al indio Juan Diego, mientras éste pastaba sus ovejas en las colinas del Cerro Tepeyac (actual territorio donde se encuentra ubicado el complejo de la Villa). En dicha aparición le comunicó que ella sería la encargada de proteger al pueblo mexicano y que él había sido el elegido para dar testimonio de su existencia, para lo cual le entregó un centenar de rosas intentando que con ellas, él pudiera demostrar la veracidad del encuentro.

Así es como Juan Diego tomó las flores y las arropó en su poncho, pero grande fue la sorpresa cuando al llegar al pueblo e intentar comunicarles la buena nueva, se dio cuenta de que las flores habían desaparecido y que inesperadamente, sobre el pecho de su vestimenta, estaba pintada a la perfección la imagen de aquella mujer que horas antes le había hablado en lo alto del cerro.

Desde entonces, el milagro de fe de esta virgen se ha transmitido de generación en generación, constituyéndose a lo largo de los siglos en uno de los mayores íconos de la cultura azteca.

En la actualidad, poco queda de lo que era el Tepeyac de aquellos años. Con el correr del tiempo (cuando apenas comenzaba el siglo XVII), los fieles promovieron la construcción de la Antigua Basílica y algunas décadas más tarde, se finalizaron las obras del Convento de Capuchinas y del Templo del Pocito. Pero la obra más significativa dentro del complejo fue aquella que en 1974 posibilitó la edificación de la nueva Basílica, de corte netamente modernista, la cual le dio al centro ceremonial una renovación en el estilo sobrio y clásico que se le había intentado imprimir tres siglos atrás.

Dentro de la nueva basílica, hay tres puntos imprescindibles que el viajero que llegue allí no puede dejar de ver. Uno de ellos es el moderno altar donde se celebra el santo oficio (sobre el cual pende una enjambrada instalación de luminarias, las más extravagantes que se hayan visto jamás y que representan las rosas que le brindara la Virgen al indio Juan Diego como muestra de su existencia). El otro punto de gran atractivo son las criptas que se encuentran en el subsuelo y que tienen casi 15.000 nichos y 10 capillas que sirven para recordar los difuntos que allí descansan.

Pero sin lugar a dudas, el verdadero imprescindible es el lienzo original del poncho de Juan Diego, en el cual se imprimió la primera imagen que se tuvo de la Virgen de Guadalupe. Ubicado tras un vidrio especial, la pintura fue colocada a varios metros del piso, y los turistas pueden apreciarla (y poder fotografiarla sin flash) pasando por debajo ella, a través de una cinta mecánica que los transporta en línea recta hacia el lateral izquierdo del altar mayor.

A un costado de este nuevo edificio, en la década del ochenta se erigió un interesante monumento a Juan Pablo II, el cual se moldeó con el bronce que fundieron de las miles de llaves que el pueblo mexicano donó para tal fin, y algunos años después, luego de la última visita del prelado al país, se colocó a modo de recordatorio, el famoso “Papamóvil” blindado que se le facilitó para que se pudiera desplazarse de forma tranquila por el Distrito Federal.

Uno de los recorridos más interesantes y atractivos que ofrece este complejo (y que a mí, en lo personal, más placer me dio) es el que comienza en las escalinatas de ascenso al Tepeyac y culmina con el llamativo conjunto escultórico denominado La Ofrenda, en el cual se puede ver una acabada representación del momento en que apareció la Virgen, reconstruida con esculturas de casi cuatro metros de altura y enmarcada por bellísimos jardines y una cascada tal cual como la que había en el cerro por aquellas épocas.

Otro espectáculo imperdible, es el que sucede a diario, cerca del mediodía en el campanario de la Basílica de Carrillón (ubicado frente a la nueva basílica y a un costado de la Iglesia del Pocito) donde si se tiene paciencia, se puede disfrutar de una representación en la que se relata con voz en off, música y luces, el episodio del encuentro entre la Virgen y Juan Diego.

Una visita a la Villa es casi una obligación cuando se está planeando una estadía prolongada en la Ciudad de México. No sólo por que el viajero podrá admirar en ella algunas de las maravillas arquitectónicas mejor conservadas desde el barroco, sino por que además, en cada uno de sus rincones, tendrá la oportunidad de sentirse parte de uno de los misterios de fe más grandes del catolicismo hispanoamericano.


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