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12:08, al este de Bucarest

El avión de Olympic Airlines tocó suelo rumano en medio de un aguacero que auguraba un temporal para el resto de los días. La humedad y el frío seco (uno de los más secos que había sentido jamás) se hacían sentir en cada paso que daba a medida que nos alejábamos, con los otros pasajeros, de la protectora manga del avión.

Luego de atravesar la imperiosa lluvia invernal recogí la valija y me dirigí hacia el sector de policía aeroportuaria, en el cual me esperaba una señora cincuentona con peinado muy a la moda de hacía dos décadas atrás y que se sorprendió notablemente cuando luego de preguntarme cuál era el motivo de mi estadía en Bucarest le exclamé: – Por turismo ( y ella anonadada intentó reafirmar mi respuesta diciéndome en inglés: -¿Por Turismo?)

El rumano es un idioma difícil. Mienten quienes dicen que hablando italiano se entiende rumano. Yo pasé cuatro años en las aulas de la Dante y en ningún momento y bajo ninguna circunstancia pude descifrar una sola palabra de las que se exhibían en carteles, formularios o publicidades. Incluso mentí cuando asentí con la cabeza quien sabe que frase dicha por la señora policía que se me presentaba como el calco de una de las actrices de Bucarest 12:08, película que ví varias veces antes de iniciar mi viaje al este europeo.

Teniendo en cuenta el mal tiempo y las pocas ganas de perderme en una ciudad que se presentaba como oscura y poco amigable para el turismo (para el cual definitivamente sus nativos aún hoy no están preparados) decidí subirme a un taxi que me llevara hasta el hotel que precavidamente había reservado unos días antes en una agencia turística de Atenas, la cual estaba regenteada por un agente griego casado con una rumana hacía mas de 15 años y que me prometió que el hotel en el cual me había hecho la reserva se encontraba en el “corazón de la movida de Bucarest”.

El chofer que me aguardaba adentro del vehículo no entendió ni media palabra de lo que le dije, y luego de tomar en sus manos la reserva en la cual figuraba la dirección del hotel, encendió el limpiaparabrisas y, como intentando cortar la lluvia torrencial, aumentó la velocidad a la vez que las luces del aeropuerto comenzaron a quedar cada vez más atrás. Pero extraña fue mi sorpresa cuando apenas recorridos escasos metros del aeropuerto, el hombre de rostro poco amigable que manejaba el taxi se paró frente a un edificio muy iluminado, con reminiscencias de motel americano (muy parecido a esos que salen en las road-movies en las que mujeres venturosas escapan de sus maridos buscando una ansiada libertad) y allí, bajo el aguacero frenético que no cesaba, me entregó la valija y se fugó velozmente sin poder siquiera preguntarle en qué bendito lugar de la capital me había dejado.

Sólo permanecí allí unos instantes, ya que desde dentro del moderno pero sobrio edificio salió un botones y me cubrió con un paraguas a la vez que otro empleado tomó mi maleta raudamente para quitarla de la copiosa lluvia que caía cada vez con más fuerza. Una vez adentro del hotel, y en virtud de tal recibimiento, me di cuenta de que algo no estaba bien en aquella escena en la cual había quedado como protagonista y que no entendía de que se trataba.

El recepcionista me pidió el pasaporte. Se lo dí. Corroboró los datos y me entregó -con una sonrisa mas que amable- una tarjeta con el número 115, exactamente el mismo número de habitación que figuraba en mi reserva. Apenas recibí la tarjeta, en un inglés totalmente improvisado, le pregunté si aquel lugar desolado era el centro de la ciudad de Bucarest, a lo que el empleado respondió que no, y que el centro de la ciudad se encontraba a nada menos que quince kilómetros de donde estábamos. Que no puede ser fue la primera respuesta que atiné a darle, e intenté explicarle que en Atenas, el empleado de la agencia me había hecho la reserva en un sitio de privilegio para que no tuviera que transitar por las “ajetreadas” calles bucarestinas las cuales , a la vista y los dichos de la mayoría de los europeos, son poco menos idénticas a cualquier reducto de la India o al peor de los barios de Estambul.

Ante mi cara de asombro, el empleado me explicó que seguramente había habido un error y que, al existir dos hoteles con el mismo nombre, el agente se había confundido y por eso hizo la reserva en el que estaba, al igual que la película, al este de la ciudad.

Con pocas posibilidades de que me hicieran un cambio de hotel y teniendo en cuenta de que en pocos minutos más el reloj marcaría la medianoche, tomé mi valija y me dirigí a la habitación que me habían consignado. Al llegar allí corrí las largas cortinas de gobelino blanco que enmarcaban los inmensos ventanales panorámicos y me quedé un largo rato observando como la lluvia se estrellaba sobre el pavimento roto de la entrada. Detrás de la arboleda, apenas visible entre la niebla y el vaho de humedad que producen las tormentas, las pequeñas e intermitentes luces de los radares del aeropuerto se encendían y apagaban como si se trataran de las luminarias que decoran los árboles de navidad. En ese mismo instante un avión se elevó soberbio en el aire y se perdió entre el espeso humo gris dejando a su paso una estela ruidosa que tardó unos minutos en disiparse.

Los viajes tienen esas cosas. Una vez mas la teoría de la imprevisión me hizo dar cuenta de que cuando de diagramación se habla, el viajero propone y el viaje dispone. Quizás por eso será que esa noche me entregué a un sueño reparadoramente confortante, mientras afuera, entre truenos y relámpagos fulgurantes, los aviones cruzaban el tormentoso cielo rumano intentando un arribo o buscando la ruta que los alejara de una de las tierras más extrañas y dicotómicas del este europeo.

Llueve en Atenas

Deposité las valijas en la habitación del Hotel Fivos y bajé a merodear los alrededores en busqueda del menor indicio de vida ateniense. Eran cerca de las tres de la tarde, el cielo se había cerrado por completo, y la inminente amenaza de tormenta era ya un hecho.

Lo primero que vi y que me llamaron la atención fueron los carteles escritos en griego, ya que no sólo hacían imposible cualquier interpretación que pudiera hacer, sino que,curiosamente, me parecían divertidos. Apenas hice unas cuadras por la Avenida Atenas (zona denominada “El Bazar” debido a la gran cantidad de vendedores callejeros y mercados de los más extraños) se largó el aguacero. La ciudad se vistió por completo de negro y la gente, como sucede en esos casos, comenzó a correr intentando un improvisado refugio, lo cual transformo la clásica estampa callejera en un film de Carlitos Chaplin.

Desde una esquina un turco dobló presuroso con dos quesos gigantes debajo del brazo. Una señora vestida al modo parisino que paseaba su caniche, lo alzó rápidamente en una mano y abrió un paraguas gigante plagado de figuras humanas dóricas tomadas de los brazos y, desde una de las pescaderías del mercado, un sesentón regordete comenzó a gritar en griego algo que, supuse, era un intento de ayuda para que no se le mojara la preciada mercancía.

Luego de buscar con la vista un lugar para refugiarme decidí que lo mejor era pararme delante de un cajero automático que tenía techo y, en cuanto me dirigí allí, una decena de personas me siguió al instante. Así es como en cuestión de segundos, casi por arte del destino, quede apretujado entre medio de un montón de griegos que hablaban, se reían y vociferaban sin que yo pudiera adivinar ni siquiera que estaban diciendo.

Yo había imaginado otra forma para empezar a descubrir Atenas. En mi imaginario estaba la fantasía de que inmediatamente que bajara del hotel me iba a encontrar con cualquier hecho, objeto o referencia que me hiciera caer en la cuenta de que estaba en Grecia y no en otro lugar. Pero lo cierto es que ahí estaba, viendo correr el agua a borbotones por el costado de la acera, la gente corriendo y rodeado de ciento de voces hablando en griego, árabe, turco y quien sabe cuantas otras que no reconocí.

Los viajes tienen esas cosas. A veces nos ponen frente a situaciones inesperadas que – si se las sabe comprender y disfrutar – en muchos casos, dicen mas que los millones de caracteres que pueblan las guias especializadas y que sólo acumulan información técnica, fría y despojada de cualquier vivencia personal.

Atenas: una ciudad invadida por los romanos

¿Cómo sería la ciudad? Comencé a preguntarme en el mismo momento en que desde la cabina de mando, el piloto pedía que nos ajustáramos los cinturones por que en menos de quince minutos comenzaría el aterrizaje al aeropuerto internacional de Atenas. Las imágenes de los dioses griegos y los comentarios que me hiciera una amiga que ya había estado hacía un tiempo se agolpaban en mi cabeza queriendo encontrar una respuesta.

Mientras yo hacía esfuerzos por imaginarme como sería la que para todos es la cuna de la civilización, un grupo de estudiantes italianos (en viaje de egresados de la escuela media) se preguntaban en perfecto romano si podrían conseguir pasta fácilmente o si estarían condenados a comer la inexplicable pero encantadora comida griega.

El avión aterrizó e hicimos el paso por migraciones. El policía aeroportuario miró el pasaporte y al ver que era argentino sonrió y vociferó en un inglés chapuceado lo que yo no quería escuchar – ¡Aryentina, Maradona, El Che… Evita!. Le sonreí como para no deberle el cumplido y recogí mi pasaporte sellado con la máxima rapidez que pude.

Al salir busqué el bus que une el centro de la ciudad con el aeropuerto y allí divisé a la horda de estudiantes romanos que, ya no hablaban de los fideos, sino que se pegaban, tironeaban del pelo y hacían uso de la desfachatez e impunidad que les da la adolescencia y ese pequeño ensayo de libertad que significa un viaje de egresados.

Subimos al autobús. Los adolescentes romanos gritaban. Mucho. Una señora (romana también) acompañada por toda su familia se abanicaba en medio de un día que con viento a favor promediaba los 4 grados. El bus inició la marcha. Comencé a observar a los pasajeros y vi que era muy facil identificar cuales eran los griegos, por que, sentados en sus asientos y con aire sereno, miraban el espectáculo italiano digno de cualquier comedia de Goldoni a la vez que se mordían los labios anhelando que se callen o que pusieran fin de una vez por todas a tanta pantomima.

En una esquina el bus frenó de golpe. Los adolescentes romanos disfrutaron de la inercia y aprovecharon para empujarse aún más. La señora acalorada comenzó a mover su abanico de un modo cada vez más frenético y su hija, totalmente entretenida en una conversación gesticulada en exceso con otra pasajera italiana, comenzó a quejarse en italiano por que el centro de la ciudad estaba demasiado alejado del aeropuerto.

- Quando arrivamo in centro? Questo bus é la morte! decía la señora acalorada a la vez que los adolescentes se sumaban con comentarios como: - Ci vogliono scendere di questo bus! Quando arrivamo? O Quanto manca per arrivare alla Piazza Syntagma?. Lo cierto es que en medio de tanta algarabía, una mujer que no soportaba más la situación se paró de su asiento y en un inglés prolijo pero lento les explicó que faltaban solo dos paradas. La señora del abanico, sorprendida por el gesto de la griega, lanzó una risotada y le retrucó: - Noi siamo italiani, non parliamo inglese! A la vez que los adolescentes – quizás por primera vez en sus vidas- coincidieron con la anciana y comenzaron a aplaudir.

El bus finalmente llegó a la Plaza Syntagma. Cuando la puerta se abrió tomé la valija e intenté bajar, pero mi deseo se vio frustrado ante la ráfaga de jóvenes que se empujaban y pegaban para bajar primero y luego, ayudada por sus familiares, hizo lo mismo la señora acalorada. Cuando todos ya habían bajado recién descendí. Tomé mi valija y comencé a atravesar la plaza en dirección a Monastiraki, que era donde se encontraba mi hotel. Créanme que había hecho unos metros y a mis espaldas, aún resonaban las risotadas de los jóvenes y el ruido ensordecedor que hacían sus valijas rodantes al estrellarse contra el empedrado.

Mi estadía en la ciudad ya era un hecho, pero inexplicablemente, la duda acerca de cómo seria la ciudad se había disipado. Quizás por que en mi cabeza solo había espacio para un solo pensamiento: Atenas, la cuna del saber y de búsqueda del bien común como fin último, una vez más no podía mostrarse ampulosa al verse opacada por la invasión de los romanos.

Crónicas de Europa del Este

Casi veinte días han pasado ya desde que volví del lejano este europeo y, poco a poco, algunos momentos vividos comienzan a acomodarse y a tomar la forma de recuerdos. Durante un mes viví una experiencia fascinante, única, indescriptible. Quienes siguen esta bitácora de viajes desde los inicios dirán: “esa frase ya la escuchamos”. Y eso es cierto, ya que siempre, dicha frase fue la antesala antes de lanzarme a escribir otras crónicas de viaje. Pero también es cierto que esta vez, a diferencia de las anteriores, me veo en la obligación de usarla ya que no encontré otra forma que pueda describir mejor a este viaje.

La travesía fue mas o menos así. El 3 de marzo, después de ocho años de no visitar Roma, aterricé en el aeropuerto de Fiumicino y durante cuatro días caminé incansablemente por cada una de sus calles y rincones imperiales. Si bien allí el paisaje estaba bastante cambiado como consecuencia de la incipiente crisis mundial que está haciendo estragos en casi todo el planeta, Roma me demostró una vez más que ni siquiera estando vacía de turistas y con mucha menos alegría que de costumbre, ha perdido el inefable “fascino” del que tanto hablan los italianos y por el cual tan conocida se hizo en el mundo.

Luego de esa corta pero intensa semana, el siguiente destino fue Atenas, la capital griega. Alli descubrí una de las ciudades mas enigmáticas y ambiguas que jamas he visto, ya que si bien se encuentra dentro del marco de Europa, es imposible no reconocerle esa extraña capacidad que tiene de ser un punto de inflexión entre el mundo occidental y el lejano oriente. El plato fuerte, sin lugar a dudas, fue la monumental acrópolis y las joyas arquitectónicas e históricas que se atesoran en el Museo Arqueológico Nacional, un sitio por demás conmovedor si se tiene en cuenta que brinda la posibilidad de estar cara a cara con los objetos y bienes culturales que en nuestra adolescencia, poblaban los libros de historia antigua que todos hemos leído, estudiado y también fantaseado con conocer algún día en vivo y en directo.

La tercera parada en el viaje fue Bucarest, capital de Rumania y, lejos, uno de los mejores sitios para desentrañar el modo y estilo de vida de aquellos países que, desde la segunda guerra mundial, vivieron bajo la órbita del comunismo hasta casi finalizado el siglo XX. Plagada de edificios descomunales, plazas kilométricas y parques con aires imperiales, la ciudad se muestra hoy a los visitantes, como uno de los vestigios más interesantes del este europeo y que mejor testimonia un pasado que quiso igualarla al nivel de las grandes capitales del mundo pero que, por las paradojas del destino y de la historia, jamás llegó a serlo.

Praga fue la cuarta. Capital imperial por antonomasia y bautizada por los amantes del arte y de la cultura como “la perla de Centroeuropa”, en ella recorrí los sitios tradicionales pero también aquellos que, lejos de figurar en las clásicas guías, dejan al descubierto muchas de las razones que llevaron a Kafka, el hijo predilecto de la ciudad, a restarle la importancia de urbe y definirla nada más y nada menos que como un “estado del alma”.

El último punto fue Polonia. Llevado por la curiosidad y la fascinación que me producían aquellos relatos que en mi familia se transmitían en forma de cuentos, durante casi 10 días recorrí los empedrados y fachadas del ghetto de Varsovia, admiré las casitas de colores de la preciosa Stare Miasto y conviví con los fantasmas de una ciudad que, aún hoy, sigue pareciendo la escenografía de una de las obras teatrales más terribles de la humanidad: la segunda guerra mundial.

Luego me trasladé hasta Cracovia, y allí, enmarcado por los más bellos edificios medievales y los cientos de estudiantes que hacen de ella uno de los centros educativos mas prestigiosos de Europa del este, descubrí un costado mitológico (repleto de leyendas de hadas, dragones y sirenas) y otro menos atractivo, cargado de espanto y dolor, ya que durante los terribles años de la guerra, por ella pasaron miles de judíos que dejaron su presencia mientras eran trasladados hacia los campos de concentración de Auschwitz y Birkenau, catalogados por los mismos polacos como los dos “museos del horror más grandes de la humanidad”.

A partir de hoy comenzaré a publicar en orden cronológico los relatos, anécdotas y todas las vivencias que experimenté a lo largo de un mes. También habrá artículos con recomendaciones, consejos y toda la información necesaria para todos aquellos que quieran visitar esas ciudades, ya que es muy difícil encontrar bibliografía o guías, dado que, al no formar parte de los circuitos turísticos tradicionales es muy poco el material editado e incluso investigado.

Los invito a que disfruten de los relatos y espero sus comentarios, inquietudes y todo aquello que quieran compartir con otros lectores. Bienvenidos a Bitácora de Viajes. Bienvenidos a las crónicas del este.

Antigua, vida mía

Una de las escenas más comunes cuando se está en cualquiera de los destinos tradicionales de Guatemala, es la ansiedad y el fervor de los viajeros del mundo por averiguar cuál es la forma más conveniente para llegar a la Antigua, ciudad signada por la conquista, el color y un sinfín de posibilidades que la han elevado a la categoría de “sitio más bello del país”.

Rodeada de volcanes y a escasos 50 kilómetros de distancia de la capital, la Antigua se erige como uno de los sitios más fascinantes que tiene la tierra del quetzal para ofrecer. Sus orígenes se remontan al año 1542, fecha en que fue fundada por los españoles como La Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Santiago de los Caballeros de Goathemala y en poco tiempo comenzó a perfilarse como una ciudad de una gran belleza, casi tal cual como se la puede ver en la actualidad.

Durante años, esta urbe funcionó como la capital del país, pero luego de sufrir 16 devastadores terremotos, las autoridades oficiales decidieron trasladarla al actual territorio de Guate City, dejando a la Antigua como un sitio histórico para ser admirado por todos los ciudadanos del mundo (incluso años más tarde, la UNESCO decidió nombrarla como Patrimonio Histórico y Cultural de la Humanidad)

UN FESTIVAL CROMÁTICO EN EL QUE CONVIVEN EMPEDRADOS, CASAS COLONIALES, SANTOS Y VOLCANES

El ojo del viajero tarda un tiempo en comenzar a distinguir los elementos que se encuentran todos apiñados en el barroquismo visual de la ciudad. Con una arquitectura recargada y con cientos de santos exhibidos en columnas, negocios y ferias artesanales, el impacto que produce esta bellísima ciudad invita a que se le dediquen al menos cinco días para poder descubrirla en casi todo su esplendor.

Como siempre recomendamos a la hora de visitar cualquier ciudad de Centroamérica, en este caso también el sitio elegido para comenzar una recorrida es la Plaza principal (conocida como el Jardín del Centenario), la cual es muy fácil distinguir ya que se ubica junto a la magnífica catedral, obra barroca del siglo XVII y que constituye una de las piezas arquitectónicas más importantes de la Antigua.

Una vez visto el monumental edificio religioso (el cual les aconsejo que lo vean también de noche, para disfrutar de su fastuosa iluminación) los puntos importantes para conocer son La Iglesia de San Francisco (joya barroca, segunda en importancia después de la catedral) y el Arco de Santa Catalina Mártir, un verdadero icono antigüeño que ofrece la mejor vista que se pueda tener de la ciudad, ya que detrás de él y sobre el final de una calle empedrada puede verse como se erige el gigantesco Volcán de Agua secundando la ciudad como un tótem.

Al llegar al arco lo mejor es tomarse un tiempo para disfrutar de los locales, ferias, mercados, restaurantes y bares que se encuentran allí, ya que alrededor de él se concentra la vida cultural y turística de la ciudad. Por las noches, los turistas eligen ese sitio como el punto de encuentro para comenzar una recorrida nocturna y terminar luego en algunos de los bares, pubs o discos que alegran la zona durante las madrugadas.

Entre algunas de las manifestaciones culturales que pueden verse a cualquier hora del día sobre sus clásicas calles empedradas, figuran no sólo la venta de artesanías (hechas manualmente por grupos indígenas, los cuales conforman casi el 80% de la población nativa de la ciudad) o de elementos religiosos cargados de sincretismo, sino que además, a diario decenas de artistas eligen sus veredas para darle ritmo y color cuando cae la noche (saxofonista, guitarristas, cantantes o indígenas que llevan a cabo números musicales)

Si bien cualquier momento del año es propicio para conocer esta inquietante y maravillosa ciudad, no caben dudas de que la época más llamativa sea la semana santa, ya que en ese momento puede verse las procesiones de nazarenos vestidos de violeta (encapuchados de la misma forma en que se lleva a cabo el rito en ciudades españolas como Valencia o Sevilla) y portan la virgen sobre sus hombros, paseándola por casi todo el casco histórico de la ciudad.

Además, en esas mismas fechas, los lugareños toman las calles y disfrutan de las coloridas alfombras hechas de polvos, un verdadero espectáculo nunca visto en otras latitudes. También quienes decidan visitar la ciudad en esa fiesta religiosa, tendrán la oportunidad de comer el fiambre, una sabrosa preparación autóctona (preparada sobre la base de embutidos, verduras, pollo, carne, papas y decorado con hojas de lechuga rociadas con un condimento especial denominado chile chamborote) a la cual le atribuyen la cualidad de ser un símbolo que representa la fusión entre la cultura prehispánica y la española.

Como puede verse, la Antigua Guatemala es una ciudad pequeña pero que atesora miles de sitios y secretos, así como una gran diversidad de planes para descubrirla según las preferencias del viajero. Quienes lleguen al territorio de Guatemala no deben dejar de pasar unos días allí, ya que no sólo es una de las poblaciones coloniales que mejor conserva su acervo cultural, sino que además, es quizás la que mejor ha logrado el delicado equilibrio entre arte, cultura y entretenimiento, tres constantes que la definen y que la han posicionado ante los ojos del mundo como uno de los lugares más bellos del planeta.

Chichicastenango I: El último vestigio de la cultura quiché

Ese domingo de julio amaneció lluvioso en la Ciudad de Guatemala. Domingo. Y lluvioso. Quedarme en la ciudad representaría estar encerrado en casa de mi amiga sin hacer nada más que intentar pasar el tiempo, así es que, teniendo en cuenta la escasa probabilidad de que las condiciones climáticas mejoraran, decidí llamar a otro amigo que vive cerca de allí y le propuse idear rápidamente, una escapada a Chichicastenango.

Desde el mismo momento en que armé mi viaje en Buenos Aires, supe que esa ciudad (“Chichi” como la llaman los guatemaltecos) era uno de los sitios que, junto a la maravillosa y barroca ciudad de la Antigua, más satisfacciones y recuerdos inolvidables me haría llevar de mi experiencia en el país.

En menos de una hora, casi antes de que amaneciera, Paulo llamó a la puerta con todo listo. Su camioneta se encontraba en perfectas condiciones mecánicas (algo muy común en viajeros especializados y afectos a las propuestas sorpresivas) y luego de llenar el tanque en una gasolinera de las afueras de la ciudad, nos internamos en la ruta que, tras una hora y media de recorrido, nos permitiría ingresar en el mismo casco histórico de la ciudad mejor conservada de la cultura quiché, esa que durante siglos no sólo albergó a una de las comunidades indígenas que mejor ha sabido conservar su cultura, sino que además, fue el espacio donde en 1701 apareció el mítico Popol Vuh, libro sagrado de la civilización maya que, a modo de Biblia católica, narra según la cosmovisión aborigen buena parte de la historia de la humanidad.

El viaje se hizo largo. Quizás por que mi ansiedad aumentaba con cada poste de luz de esos que quedaban atrás a medida que avanzábamos en la marcha.

Pero finalmente, luego de atravesar unos cuantos kilómetros de selva tupida enmarcada en las inclemencias de un clima tropical, el tiempo comenzó a mejorar y para cuando vimos el cartel de bienvenida a la ciudad, casi de forma mágica, el sol se abrió y desplegó todo su esplendor como si hubiera sabido que las fotografías con luz salen mucho mejor que sin ella.

A simple vista, la ciudad se presentó como cualquier otra de las que había visto en distintas latitudes del país, y debo reconocer que no pude evitar encontrarle un cierto parecido con San Juan Chamula, aquella encantadora población indígena, maya también, que sobrevive manteniendo su cultura en la zona mas al sur de la inmensa geografía mexicana.

Pero lo cierto es que a medida que nos alejábamos de la entrada y nos metíamos cada vez más en el casco “urbano” de la ciudad, las blancas construcciones que meses antes había visto en diferentes revistas y guías turísticas, ahora se abrían paso ante mí, demostrándome que nada tenía que ver aquella ciudad con ninguna otra y que, quienes estaban allí intentando descubrirla, acabarían sorprendiéndose de las maravillas que en cada esquina reposan escondidas esperando ser descubiertas.

Lo primero que reconocí fue un angosto y empantanado camino que llevaba hacia el mercado más importante del pueblo. Con cada paso que dábamos alejándonos de la entrada, comencé a ver que más nos acercábamos a un enjambre de puestos recargados de huipiles, mantas, cueros, artesanías, máscaras, velas, especias y un sinfín de elementos más que tanto lo hacían parecerse a cualquier mercado persa de esos que se ven en los folletos turísticos que promocionan ciudades como Estambul, El Cairo o Marruecos.

Luego de atravesar la colmena que formaban vendedores, mercancías, gente del lugar, turistas y compradores varios comencé a vislumbrar, como recortada en el todavía grisáceo y cerrado cielo, la blanca cúpula de la Iglesia de Santo Domingo. Cuando por fin pude reconocer completamente su fachada, me dí cuenta de la importancia que ella tiene en el mundo de la cultura quiché, ya que jamás había visto semejante convocatoria de gente que se diera cita toda junta y que se ubicara a los pies de un monumento así, como si de un verdadero tótem se tratara.

La iglesia tiene una fachada sencilla. Por fuera simula ser una iglesia católica, pero dentro, todo lo que allí sucede nada tiene que ver con los preceptos litúrgicos que se promueve desde el coloso de Roma. En la entrada, un anciano vestido con ropas algo ajadas y sucias (que luego mi amigo me dijo que se trataba de un chamán), empuñaba una especie de incensario hecho con una improvisada lata metálica, y lo agitaba con movimientos pendulares como si se tratara del botafumeiro que descansa en el corazón de la Catedral de Santiago de Compostela.

A su alrededor, decenas de mujeres vestidas con coloridos ropajes y sentadas algunas sobre montañas de flores, gritaban el precio de su mercancía en un extraño lenguaje aborigen, el cual descubrí después como la lengua cakchikel, una de las más antiguas y conservadas de la región.

Al ingresar en el templo (y después de haber quedado inevitablemente impregnado del humo que arrojaba el chamán en la entrada de acceso) asistí a uno de los espectáculos más impresionantes, sólo comparable a aquella experiencia vivida en el interior de la Iglesia de San Juan Chamula, aquella en la que lejos de contar con los típicos bancos para feligreses y las estatuas sacras que engalanan a cualquier casa religiosa que se precie de tal, sólo había velas puestas en el piso y un centenar de personas aguardando al “médico” de turno para que le realizara una limpia, que en ellos supone la cura para cualquiera de los males que aquejan al hombre.

En silencio y llevados por raro aire de misticismo que rodeaba el interior, nos quedamos un buen rato sentados en uno de los pocos bancos que había en la iglesia. Desde allí, compartí junto a muchos de los lugareños que aguardaban su turno para recibir las bondades del chamán, uno de los momentos más importantes y significativos de sus vidas cotidianas: el de su infinita devoción por las fuerzas de la naturaleza y su entrega a los dioses que suponen nada les niega y todo les concede.

Puebla: la encantadora ciudad de las cúpulas aztecas

Puebla, uno de los destinos más bellos del país, está considerada la cuarta urbe más poblada de México y se encuentra ubicada a nada menos que 129 kilómetros del Distrito Federal. Para llegar a ella, la mejor manera de traslado desde la capital es a través del autobús interurbano que tiene una frecuencia diaria cada 40 minutos y que parten desde la estación de Tapo DF desde las de 6 de la mañana.

Una vez que el autobús llegue a la Terminal de Puebla, lo más aconsejable para trasladarte hasta el casco histórico (sitio en el cual se encuentra el néctar de la ciudad) será tomar un bus o taxi para que te acerquen hasta el

mismo corazón del centro (ya que éste se encuentra a casi dos kilómetros de la Terminal) y a partir de allí comiences a desplazarte a gusto por cualquiera de las 4 entradas que dan acceso al casco urbano (Teatro Principal, Calle 2 Norte, Calle 2 Sur o Calle 8 Norte).

De todas las opciones que ofrece el mapa, la forma más ordenada para no dejar ningún punto sin ver es comenzar la caminata partiendo desde el Zócalo o Plaza del Ayuntamiento, ya que allí mismo se encuentra la maravillosa Catedral de la ciudad y representa uno de los tesoros religiosos mejor conservados desde su construcción durante el barroco americano. Si bien en su interior hoy pueden verse enormes columnas que la sostienen intentando mantenerla erguida a consecuencia de los movimientos sísmicos a los que fue sometida, aún se puede disfrutar del Altar Octogonal creado por Manuel Tolsá que se encuentra en el centro del edificio e incluso se puede acceder a uno de los dos campanarios gemelos (ambos de 69 metros de altura) teniendo desde allí, una de las mejores vistas de la ciudad.

Siguiendo el recorrido por la Calle 5 Oriente, a un costado de la iglesia (y al lado del mayor centro de Información Turística de la ciudad) se encuentra el Palacio Episcopal, un antiguo edificio de estilo colonial que alberga en su interior la Biblioteca Palafoxiana, sitio de privilegio para los poblanos y que en su interior atesora cerca de 50.000 volúmenes, muchos de ellos jamás vueltos a editar y que hoy constituyen verdaderas piezas de museo.

LA PLAZA DONDE LOS SAPOS TIENEN SU CALLEJÓN

Al llegar al final de la calle 5 Oriente, ésta se angosta en su longitud y se convierte en el Callejón de Sapos, uno de los espacios más coloridos del casco histórico y que, a diario, sirve de escenografía para que artistas callejeros, vendedores ambulantes, artesanos, mariachis y titiriteros desplieguen sus dones entreteniendo al público que transita por sus empedradas calles. Éste es un buen lugar para hacer el primer alto en el recorrido y dedicarse unos minutos para tomar algo en cualquiera de los tantos bares que abundan en la plaza, ya que de esa forma, se podrá apreciar en su totalidad el espíritu y la cordialidad de los poblanos. Además, los domingos desde muy temprano, en la Plazuela de Sapos, cientos de vendedores y artesanos dan vida a uno de los mercados de antigüedades y excentricidades más grandes de la ciudad.

A unos metros del Callejón de Sapos (sobre la Calle 4 Sur) se encuentran dos joyas arquitectónicas casi del mismo nivel que la catedral: La Iglesia de la Compañía (la cual exhibe una bellísima fachada barroca y pintada tanto en su interior como exterior, totalmente de blanco) y la Casa de las Bóvedas, un antiguo edificio de gran colorido y que, aún hoy, sirve de vivienda para algunas familias que habitan en su interior.

BARRIO DEL ARTISTA: EL LUGAR DONDE CONFLUYEN MERCADOS, MUSEOS Y TEMPLOS.

Emplazado entre las Calles 8 Norte y 6 Oriente, se llega al Barrio del Artista, uno de los sitios mas pintorescos y polifacéticos del casco antiguo, ya que en él, desde hace años, conviven un mercado, un teatro antiguo, un templo con reminiscencias fuertemente hispánicas, un museo de la Revolución y caserones fuertemente ornamentados, los cuales antaño desempeñaron un gran papel en la historia de la ciudad.

El actual Mercado de El Parían (ubicado sobre la Calle 8 Norte) si bien hoy es el espacio del barrio en el cual confluye la mayor cantidad de público, no siempre estuvo allí. Cuenta la historia que dicho espacio alguna vez funcionó en la Plaza del Ayuntamiento (Zócalo Poblano) y que en el año 1976, cuando se produjo un voraz incendio que puso en peligro la integridad de la catedral, las autoridades gubernamentales decidieron instalarlo en la entrada misma del casco. Hoy, en él pueden comprarse los más variados souvenir, recuerdos, trabajos de alfarería, indumentaria, cerámicas trabajadas con la técnica talaverana, alimentos, dulces típicos y los clásicos botellones de rompope (especie de licor de huevo con bajísimo nivel de alcohol) .

Frente a su entrada principal (en la esquina de 6 Norte y 4 Oriente) permanece desde hace 3 siglos, la Casa del Alfeñique, denominada así por la yesería de su ornamentación y que recuerda a una pasta blanca de azúcar y almendras traída por los españoles años más tarde de la conquista. En la actualidad, esta casa alberga en su interior las instalaciones del Museo del Estado de Puebla y que según las guías turísticas, constituye uno de los diez sitios imprescindibles que ningún viajero puede dejar de ver cuando esté descubriendo Puebla.

Al llegar a la intersección de las calles 6 Oriente y 2 Norte, si se sigue por ésta última, se descubre la Casa de los Muñecos, una vivienda antigua de estilo clásico, mandada a construir por un Alcalde en el Siglo XVIII y que en su fachada principal exhibe decenas de muñecos danzantes, finamente diseñados con partes de azulejos de color ocre, rojo, azul y verde.

Finalmente, si se retoma la Calle 2 Norte, se llega a la Plaza del Ayuntamiento, espacio del cual se partió al inicio. Toda esta caminata (yendo a un paso tranquilo) no lleva más de 3 ó 4 horas (dependiendo claro está, del tiempo que se detenga el viajero en el mercado de El Parián).

El paseo por el casco histórico de Puebla puede hacerse durante el día, ya que en pocas horas se lo llega a recorrer casi en su totalidad, aunque lo más aconsejable es pasar al menos una noche allí y al otro día, bien temprano, planear una visita a Cholula, un bellísimo pueblo situado a 9 kilómetros de la ciudad y que atesora dos de las mejores joyas arquitecónicas y religiosas que ha dado el barroco mexicano: la Iglesia Santa María Tonanzintla y la de San Francisco Acatepec (consideradas por muchos amantes del arte, como la Octava maravilla del mundo).

Si te apasionan los circuitos cargados de color, tradición y que alguna vez han sido escenario de importantes episodios históricos, no dejes de visitar Puebla, ya que encontrarás en ella la combinación perfecta entre cultura, historia y diversión, un trinomio que suele darse en pocas ciudades en el mundo.

Teotihuacán: el sitio sagrado de Quetzalcoátl

A escasos 50 km de la Ciudad de México, se encuentra el sitio arqueológico de Teotihuacan, uno de los lugares más fascinantes del país y que fue antes de la conquista, el centro más importante de la historia precolombina.

Los investigadores de la cultura azteca aseguran que Teotihuacan en lengua náhuatl, es una combinación de palabras que significa “Lugar donde los hombres se hacen dioses” y explican a quienes llegan al sitio sagrado, que el vocablo surgió (según registros legendarios) luego de que antiguos pobladores de la región decidieran inmolarse en el fuego, para conseguir que el sol volviera a reinar en la tierra, ya que según parece, por entonces, el astro rey había desaparecido y ante el peligro de que con ello se acabara la vida en la región, ese grupo de “elegidos” ofrecieron sus vidas al ser supremo, convirtiéndose en dioses y pasando a ser aceptados como tales para los pobladores teotihuacanos. De esa forma, durante años, el sitio de Teotihuacan significó el más importante centro ceremonial de la cultura teotihuacana y además, fue el sitio de residencia de la clase aristocrática (aquella que administraba el comercio entendido como intercambio de mercancías) ya que eran quienes más emparentados estaba con las castas sacerdotales.

LA CIUDADELA Y EL TEMPLO DE QUETZALCOÁTL

Apenas se ingresa en el sitio arqueológico de Teotihuacan, el primer espacio al que se accede es a la Antigua Ciudadela (lugar donde residían las familias comunes) y en su perímetro, reposa el fastuoso Templo al Dios Queztalcoatl (deidad representada por una serpiente emplumada, la misma que forma parte de la bandera de México) máxime divinidad de la mitología azteca y supuesta razón creadora del universo. Construido bajo la típica forma piramidal teotihuacana, en cada uno de los escalones que llevan hacia la cima en la cual se llevaban a cabo los sacrificios, puede verse un minucioso trabajo de escultura sobre piedra, en el que han logrado dibujar varias serpientes emplumadas y otras tantas cabezas de jaguares, animal considerado uno de los pilares de la mitología azteca. Asimismo, a cada costado de las escalinatas, ubicaron unos mascarones que representan a Tlaloc, el dios del agua, también muy venerado por su correlato con la figura de Queztalcoátl (según la leyenda, éste último fue enviado a la tierra para “limpiar” el camino y propiciar la venida de Tlaloc).

LA CALZADA DE LOS MUERTOS Y LA MAGNÍFICA PIRÁMIDE DEL SOL

Mientras se desciende lentamente del Templo de Quetzalcoátl (de una forma muy particular, con la espalda pegada a la piedra, intentando mantener el equilibrio) la emoción y la ansiedad invaden al viajero, ya que desde la escalinata se recortan en el paisaje, las siluetas de la Pirámide del Sol y la Pirámide de la Luna, dos de las construcciones más importantes y emblemáticas del sitio de Teotihuacan.

Ya una vez debajo de la mole de piedra, lo más aconsejable es caminar a paso lento por la calzada de los muertos (avenida de casi 4 kilómetros de longitud), y desde allí, intentar hacer el esfuerzo por recrear el bullicio de los habitantes que en las épocas del imperio la transitaban con los cuerpos de los difuntos o que asistían a las ceremonias religiosas en las que seguramente no faltaba algún sacrificio humano que (la mayoría de las veces) tenía como protagonistas a preciosas muchachas que subían hasta la punta de la pirámide mayor y se les arrancaba el corazón con la punta de un utensilio de obsidiana, creado para tal fin.

Antes de llegar al centro de la calzada, se debe atravesar un pequeño río (arteria fundamental sin el cual no hubiera sido posible la supervivencia de la sociedad teotihuacana) y un pequeño museo en el cual se exhiben utensilios, indumentarias y demás elementos de la vida cotidiana de los pobladores.

La Gran Pirámide del Sol está ubicada a menos de 1 kilómetro del río, y en altura supone el equivalente a un edificio de 20 pisos. Su construcción data del siglo II d.C y los elementos que se usaron para su armado fueron ladrillos, adobe, tierra y estudiosos aseguran que posteriormente, pudo haber estado recubierta de grava, piedra y estuco. Subirla hasta su base lleva unos 30 minutos aproximadamente y supone no solo un gran esfuerzo físico sino la necesidad de contar un excelente estado atlético.

Una vez realizado el descenso (y luego de recuperar el ritmo cardíaco y la presión arterial) lo mejor es retomar la Calzada de los Muertos y dirigirse al Palacio de Tepanitla o –si no se quiere caminar demasiado – pasar por el Mural del Jaguar, uno de los frescos mejor conservados que pueden verse en el sitio, y que representa a un jaguar con un fondo de motivos acuáticos.

PIRÁMIDE DE LA LUNA: EL ESPACIO DONDE REINABA LA MUERTE

Mientras redactaba los primeros párrafos de este artículo, en la edición de octubre de la revista National Geographic, aparecío en tapa un interesante dossier titulado “Teotihuacan Secreto: La Pirámide de la Muerte”, y de más está decir que luego de leerlo, decidí incorporar cierta información que exponían en el artículo.

Según la revista, las últimas excavaciones efectuadas en la Pirámide (a cargo de un equipo en el que trabajaron en conjunto antropólogos del Instituto de Historia de México y de una universidad japonesa) permitieron identificar en su interior unos 5 emplazamientos funerarios y dentro de ellos, cerca de 14 esqueletos (de los cuales la mayoría se encontraban decapitados) y que aparentemente fueron asesinados brutalmente en libaciones ceremoniales u otros rituales. Además, como si el horror fuera poco, al lado de los restos humanos pudieron reconocer huesos de animales mamíferos (lobos, pumas), aves de rapiña y reptiles venenosos, que aparentemente se los colocaba alli para que oficiaran de compañía para el muerto.

Como es seguro que estos nuevos descubrimientos no van a estar abiertos al público (y aunque lo hicieran nadie querría atravesar los 43 metros por un pequeño túnel en el cual no corre una gota de oxígeno), desde nuestra experiencia les recomendamos que se conformen con contemplar su ampulosa escalinata y fachada principal, y que no dejen de asistir a la Plaza de la Luna (ubicada frente a la entrada de la pirámide) y al Recinto Palacial de Quetzalpapálotl, en el cual pueden verse importantes esculturas y pinturas de gran belleza.

Plaza Garibaldi: El templo de los mariachis

Tres de la tarde de un domingo en la calurosa ciudad de México. Los automóviles que se desplazan por el Eje Central quedaron atascados en medio de un gran embotellamiento. A pocos metros del semáforo, bajo la glorieta de entrada a la Plaza Garibaldi, entre bocinazos y letanías, los mariachis se acomodan a la espera de espectadores que a cambio de unos dólares soliciten sus servicios de juglares.

Finalmente, se acerca una pareja de turistas norteamericanos y ellos, como soldados que preparan su armamento para ir a la guerra, levantan las trompetas, acomodan sus guitarras, posan sus violines en el hombro y con toda su gracia, dan rienda suelta a los acordes de una clásica ranchera.

Imágenes como éstas suceden a diario en la Plaza Garibaldi, y es lo que hace que turistas y viajeros de todo el mundo la elijan como uno de los sitios más emblemáticos para descubrir una parte importante de la cultura mexicana.

LOS MARIACHIS: UN FENÓMENO DE DUDOSO ORIGEN

Respecto del origen de los mariachis mucho se ha dicho y discutido desde su aparición en la ciudad de México. Mientras que algunos aseguran que el verdadero germen musical de estos cantantes ya se veía en algunos músicos de la ciudad imperial de Tenochtitlán (que utilizaban sus cantos en las ceremonias rituales y en las libaciones), otros aseguran que el origen es muy posterior, y que surgieron en Jalisco a finales del siglo pasado.

Quienes sostienen esta última teoría, además, atribuyen que el nombre “mariachi” fue dado por los franceses como deformación de la palabra “marrriage” (que significa Boda, casamiento) ya que para fines del siglo XIX y principios del XX, muchos eran los franceses que habitaban en Jalisco y que los habrían bautizado así ya que estos cantantes demostraban su arte en las festividades religiosas como casamientos, bautismos o funerales.

GARIBALDI: UNA PLAZA PREDESTINADA PARA LA MÚSICA

En sus comienzos (desde mucho antes de la conquista), en el recinto que actualmente ocupa la plaza, estaba edificado el poblado de Texcatzoncatl y en él, funcionaba uno de los mayores mercados de baratijas que había por entonces. Con los años, el mercado se extinguió pero el pueblo siguió su marcha y evolución. Para mediados del siglo XIX, los pobladores de la zona bautizaron a la plaza como Plaza de Santa Cecilia (en homenaje a la santa de la música) sin saber que con ese nombre estaban predestinándole la identidad que tendría el lugar en tiempos futuros.

Así es como, en 1920, la plaza tuvo su primer contacto con la música y le llegó de la mano de Cirilo Marmolejo (un coculense avocado a las cuestiones artísticas) quien decidió traer de Jalisco el primer grupo de mariachis para que toda la ciudad de México pudiera conocerlos y disfrutar de su arte. Cuenta la historia que el grupo obtuvo tanto éxito, que el alcalde de la ciudad quiso premiarlos, brindándoles la posibilidad de que eligieran el lugar donde les gustaría llevar a cabo su arte y que ellos, sin dudarlo, eligieron la Plaza de Santa Cecilia.

Un año más tarde, la plaza cambió su nombre por Plaza Garibaldi, ya que por entonces se cumplió el primer centenario de la consumación de la independencia del país y decidieron rebautizarla, para homenajear al Teniente Garibaldi (figura emblemática del proceso independentista, enrolado en las filas de Francisco Madero y nieto del patriota italiano Giuseppe Garibaldi).

Hoy, la plaza se ha transformado en un gran santuario de la cultura ranchera. En ella se encuentran las esculturas de los más grandes cantantes y artistas mexicanos de todos los tiempos que alguna vez han estado emparentados con los mariachis (Javier Solís, Jorge Negrete, María Félix) y hasta guardan una especialmente dedicada a la memoria de Cirilo Marmolejo, padre del fenómeno musical.

Lo más recomendable para conocerla en profundidad es llegar allí cerca del mediodía (evitar ir sábados y domingos ya que suele estar atestada de público) y arrancar con un desayuno típico en algunas de las cantinas y bares que pueblan el predio. Sin lugar a dudas, el mejor punto para comenzar una recorrida es el espacio de las estatuas que homenajea a los grandes de la música y desde allí, pasear por algunas de la vecindades donde habitan los mariachis, ya que esto brindará una idea acabada de la forma en que viven estos artistas, quienes pese a hacer lo que más placer les da, en muchas oportunidades deben sufrir las inclemencias económicas de una profesión irregular.

Si bien cualquier momento es bueno para descubrir Garibaldi, no hay dudas de que el día en que mejor se puede apreciar el fenómeno mariachi es el 22 de noviembre, (día de Santa Cecilia, patrona de la música) ya que festejan especialmente el día de su protectora, y durante toda una jornada, interpretan serenatas, rancheras y boleros como agradecimiento por haber recibido el don de la música. Además, de la pequeña parroquia del barrio, sacan la imagen del niño Jesús y la visten con ropas de charro como símbolo de la gran fe que le profesan.

Por todo esto no deberías dejar de incluir una visita a este templo de la música mariachi, el que sobrevive a lo largo de la historia y se mantiene como uno de los grandes bastiones de la cultura mexicana.

Color e ilusión en el Barrio de Tepito

Ubicado entre las calles intermedias que van desde el Zócalo hasta la Plaza Garibaldi se encuentra el Barrio de Tepito, uno de los espacios públicos más diversos que se puede ver en la ciudad de México. Sus orígenes se remontan a los primeros tiempos de Tenochtitlán y fue la primera zona comercial de la que se tiene existencia en la historia del país. A Ella legaban los indígenas de todas las comarcas vecinas para intercambiar sus objetos personales y alimentos, dando inicio al trueque, una de las primeras formas de pago creada por el hombre y que luego serían tomadas por posteriores civilizaciones.

En 1856, los gobernantes dictaron algunas disposiciones con la idea de hacer de la zona (en la que se llevaba a cabo el mercado), un barrio dedicado íntegramente a la fabricación de calzado. Sin embargo, los habitantes del lugar rechazaron estas disposiciones y se resistieron al cambio. Años más tarde, debido al antro en el que se había convertido el barrio, las autoridades mexicanas propusieron acabar con el mercado y construir en cambio, edificios destinados a viviendas familiares y de esa forma, intentar paliar la venta ambulante ilegal, así como los crímenes y robos que se cometían a diario en sus calles.

De esa forma la inseguridad bajó y el mercado callejero que funcionaba en sus aceras, se modificó y muchos de los comerciantes pasaron a adquirir algunos de los locales con escaparates y coloridos maniquíes tales como los que pueden verse en la actualidad. Pero poco fue el tiempo que duró la actividad comercial de forma regular, ya que silenciosamente, comenzaron a brotar nuevos puestos callejeros que ofrecían las mismas mercancías que las de los vendedores de locales, a un menor precio y en algunos casos de igual calidad.

Así es como hoy, en el Barrio de Tepito pueden adquirirse películas, discos, ropa, souvenirs, aparatos de electrónica, libros, útiles escolares, relojes, joyas y un sinfín de artículos de contrabando que provienen tanto del interior de México como de países limítrofes (en especial de Estados Unidos y de Guatemala)

Pero pese a la gran oferta de artículos que se ofrece en el mercado, el ramo al que mayor cantidad de locales se dedican es sin duda, aquel relacionado con todo lo que tenga que ver con las celebraciones tales como nacimientos, bodas, cumpleaños de quince años, bautismos, cortejos y padrinazgos.

Es por eso que, en el kilómetro cuadrado que ocupa el recinto comercial de Tepito, pueden verse conviviendo a diario en sus calles, decenas de limosinas que se alquilan por hora, vestidos de novias, de bautismo, de comunión, regalos, recuerdos, peluquerías especializadas en hacer tocados, peinados y maquillajes al instante, así como decenas de zapaterías dedicadas al calzado de gala y varias casas en la que abundan ropajes militares en talles para niños, pensados para aquellos que quieran que sus pequeños cortejos de boda luzcan como en una verdadera película de Maximiliano de Habsburgo y Sissí emperatriz.

Además de la gran actividad comercial y el espectáculo que implica perderse un par de horas entre sus calles empedradas , Tepito tiene muchos más secretos para ofrecer, ya que en él no sólo vivieron dos ídolos populares como Cantinflas y El Santo, sino que también, es uno de los pocos lugares en el DF donde los vecinos se congregan para expresar su devoción por el Señor de la Buena Muerte, por lo cual es casi normal ver pequeños grupos humanos portando el santo cadavérico dentro de una ermita y rezándole con una fe pocas veces vistas en otros cultos.

Sumado a esto, el barrio ha adquirido en los últimos tiempos una importante actividad cultural y nocturna (esto quizás haya sido propiciado por la cercanía que tienen a la mítica Plaza Garibaldi) e incluso, un grupo de artistas plásticos (seguidores de la técnica muralista de Diego Rivera) están comenzando a pintar murales en los paredones de varias casas del lugar, con lo cual es de prever que en poco tiempo, a los colores de los vestidos, los carruajes y la regalería que se exhibe en los recargados escaparates, se sumarán las muestras de arte de un grupo que quiere dejar en claro que Tepito es uno de los pocos lugares en la ciudad de México en el que los tentáculos de la globalización, por ahora, no les será fácil ingresar.


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