Cuento: El Neutrón (Ester de Izaguirre)
Y como no solo de poesías vive el hombre, quiero dejarles un cuento de mi querida amiga Ester de Izaguirre, es un cuento maravilloso donde desde una perspectiva extraterreste, da una mirada muy crítica a nosotros, los homúnculos. Que lo disfruten. Birroz
Observa bien hijo, ¿ves aquello que fulgura al sol? Es un habitáculo. Por el campo hay uno, de cada muchas de esas formas geométricas que no son otra cosa que tierra trabajada para que produzca lo que los homúnculos después comerán. Comen de todo. Matan animales y plantas. Lo único que no les está permitido es devorarse entre ellos. Matarse y torturarse, sí. Pero no comerse. Quizá hayan averiguado que sus cuerpos no tienen sustancias aprovechables.
¿Ves aquel conjunto de fulguraciones? Es un pueblo constituido por varios habitáculos. Y esto es harto curioso: los homúnculos que necesitan destruirse unos a otros, también necesitan nacer, crecer y morir junto a otros, y a esos ayuntamientos les llaman familia y sociedad. Si no tienen alguien al lado, se les destruye la psiquis. Pueden sobrevivir a lo que llaman guerra, a las enfermedades, a todo, menos a la soledad. 
Hay algo que llama la atención. Estos seres, con el extremo de las extremidades superiores realizan actos como escribir, dibujar, esculpir, componer música y a todos estos trabajos manuales les llaman arte. Según ellos hay seres especialmente dotados para describir lo que sienten –a eso le llaman poesía- o contar hechos que en suma son los que a ellos les acaecen –en la vida o en las mentes- y a eso le llaman narrar cuentos o novelas. Copian a la naturaleza en cuadros o formas de distinto material. A veces la copian con exactitud -¡no sé para qué lo harán!-. Otras, la caricaturizan y a eso le ponen diferentes nombres: superrealismo, dadaísmo, etc. Como ves, a los homúnculos les encanta jugar con las palabras. Además le llaman cine a rudimentarias fotografías móviles, y teatro, a personas que en un tablado reproducen hechos también tomados de la vida. En fin, hay una constante de mimesis en estos seres incapaces de crear en el verdadero sentido de la expresión.
No le llaman arte al de curar los males, ni al de levantar un edificio. Son muy extraños. A veces se reúnen en lo que llaman cóctel y emiten constantemente sonidos bucales. Las palabras de que te hablé no son más que símbolos. Bautizan a todas las cosas con nombres arbitrarios porque según dicen los psicólogos, antropólogos, etc., el homúnculo tiene una gran capacidad simbólica. Con esos símbolos sólo consiguieron alejarse de la naturaleza y formaron lo que nombran pomposamente el mundo de la cultura. Por comunicarse con esos símbolos y no por telepatía, como nosotros, los habitantes de un lugar no se entienden con los de otros lugares.
¡Son tan ilusos! Tienen una disciplina que llaman Filosofía con la que tratan de conocer la esencia de sus vidas. Desde hace varios siglos –minutos para nosotros- en que un ciudadano griego llamado Platón comenzó con el juego, quieren saber quiénes o qué son y aún están a fojas cero, porque no se ponen de acuerdo en los resultados y además porque no quieren convencerse de que son de lo que están hechos, agua, albúmina…, sustancias químicas, y créeme, la disciplina más razonable que estudian es la química. Les atrae porque nacieron de la química y por la química se destruirán. En cuanto a las matemáticas están en pañales, porque, transgredidos ciertos límites, no pueden manejar la abstracción.
El defecto de los homúnculos es que son muy vulnerables y la vida de ellos, muy breve, por lo que jamás podrán abarcar un estudio serio y prolongado acerca del universo.
Aunque te parezca mentira no pueden concebir a Dios sino a su propia medida. Para ellos Dios es un viejito con la anatomía homuncular. ¡Ah! Omití lo principal. Como son voraces –se alimentan cuatro veces por jornada, más que cualquier bestia- la organización tribal es en base a la economía y todo lo compran y venden. Como ellos mercan todo, hasta el sentimiento, conciben a Dios como un mercader. Tú me das buenas acciones y yo te regalo el Paraíso. No tienen una ética que los ayude a ser verdaderamente buenos puesto que no pueden quitarse de la cabeza la idea fija del trueque.
Lo que te extrañará verdaderamente es ver cómo se cubren el cuerpo; por lo visto se consideran defectuosos. No puedo explicarme por qué llaman con eufemismos algunas partes de su anatomía. Para comer se exhiben. Es horrible ver cómo engullen, cómo todo desaparece en el orificio de sus bocas, pero para expeler los desechos de lo que comen se esconden en cabinas especiales porque según ellos hay buenos y malos olores. El de una flor les agrada y aborrecen el de su propia excreción… ¡Aberraciones culturales! ¿No te parece?
Para unirse con el fin de procrear se encierran con su pareja de la que esperan exclusividad. Se unen de por vida a un hombre y a una mujer por medio de una cantidad de papeles legales que después infringen con el pensamiento o con la acción. Han creado las leyes para transgredirlas y eso es algo lúdico que les produce delectación.
Como necesitan ser dirigidos, han creado la política, que debiera ser una verdadera ciencia, pero que, en general, resulta una nefasta improvisación. Son incapaces de regirse por sí mismos y al mismo tiempo, el que los conduce también es incapaz, de modo que el mundo es un caos y la de los homúnculos una especie en franca decadencia. Dentro de la precariedad de sus quehaceres nada han hecho mejor que los contemporáneos de aquél que te nombré y que se llamaba Platón. No, hijo mío. No fantasees como ellos; ese nombre nada tiene que ver con nuestros vehículos interplanetarios.
Sus hembras todavía paren entre indecibles sufrimientos físicos pero pretenden conquistar el espacio. ¿Y a que no supones qué vi por las calles, los trenes, las plazas? Homúnculos pequeños abandonados. De chicos los castigan, los torturan, los abandonan y de grandes esos chicos se lo pasan en los divanes del analista que trata de curar sus males psíquicos, recordándoles -¡cuando por fin lo habían olvidado!- todo lo que sufrieron en la niñez.
Sacan diariamente unas rudimentarias planchas de papel a las que les llaman “diarios” (el nombre ya delata una falta total de imaginación). ¿Y qué crees que hay allí? ¿Noticias de que son perfectibles? ¿De que estudiando a fondo su sistema nervioso y descubriendo los elementos físico-químicos de que nosotros disponemos, llegarán a ser inmortales? No. Enumeran –atiende esto- todos los crímenes que ese día han cometido. O lo que es peor, noticias de algo que ellos llaman deporte y tiene el nombre específico de fútbol. ¿A qué no se te ocurre en qué bobería consiste? En patear un balón y meterlo dentro de una red.
Nosotros transformamos las sustancias radiactivas en fuentes de vida. Pensamos en una futura ciudad de seres perfectos física y psíquicamente. Ya asimos el punto en que tiempo y espacio se reconocen como entidades únicas. Para nosotros no es ciencia ficción ni el túnel ni la máquina del tiempo; superamos la velocidad de la luz de modo que podemos estar en distintos lugares a la vez. Nuestro cerebro ordena y el universo se pliega, y ellos, los homúnculos, patean un balón mientras el resto vocifera en las graderías, cuando no se destruyen mutuamente al terminar el grotesco espectáculo, porque los de su color no metieron el balón en la red. ¡Ni nuestros niños se entretendrían con semejante puerilidad!
¿Qué me dices? ¿Que es interesante lo del balón? ¿Que se parece a un neutrón o a Ganímedes? ¿Qué te gustaría…? ¡Hijo, insensato! ¿A dónde vas? ¡Ven! ¡Ven!
