EL TALISMAN INVISIBLE (De las chicas malas contando cuentos)
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El Talismán Invisible
un cuento de Celia Remaggi
Según la tradición hebrea compilada en el Midrash, cuando Adán se unió a Eva ya era un señor divorciado. La primera mujer fue Lilith, hecha de la misma materia, pero en quien, conforme a lo dicho en estos textos, se filtraron algunas suciedades, quizá porque sobre ella se proyectó la sombra de un demiurgo
exclusivamente macho, sólo verbo, pura acción. Desde su esencia, entonces, fue impura.
Distinto habría sido su destino de haber sido creada por Eurínome, la que celebrando su goce de ser se puso a danzar en el Caos y quedó embarazada por el viento que originó la ronda sobre su propio eje. Pero la suerte de Lilith fue forjada en una cosmogonía perversa y contrahecha. Así, el sentido de la vida de Adán fue nombrar, definir la esencia de todo lo viviente. El de ella, ser su compañera. Términos dispares que parecen haberse manifestado en todos los órdenes, ya que cuando Adán la usaba como receptáculo de sus humores excedentes, la apasionada Lilith se quejaba: “¿Por qué he yo de yacer por debajo de ti, si estamos hechos de la misma materia?»
Es posible que Adán considerara tales reclamos como una manifestación de soberbia. ¿No era ella consciente de la suciedad mezclada en su ser? ¿Ciertamente se creía con derecho al goce alguien que no tenía el poder de nombrar, que ni siquiera había sabido nombrarse a sí misma? Fueran éstos u otros sus pensamientos, lo cierto es que Adán no escuchó sus reclamos. Ella siguió yaciendo por debajo de él hasta que un día, harta como nos hartamos a veces las mujeres, golpeó tres veces el suelo, tres veces repitió el nombre oculto de Dios, que era el sonido de las voces de todas sus madres inexistentes, víctimas de un crimen tan ultrajante que ni siquiera dejaron de ser: nunca fueron. Rezando con el cuerpo una furiosa plegaria, se convirtió en un pájaro con destellos de rubíes y granates para volar hacia las costas del Mar Rojo. Allí se quedó a vivir, en esa voluptuosa orilla, en su propia piel. Comenzó a cohabitar con ciertos demonios llamados Lillake, dice el mito. Endemoniados deseos, deleites tan intensos que casi dolían, los aprendió a entregar y a recibir. Chupar, oler, lamer, rozar, palpar, paladear, besar, morder, abrir sus espacios sagrados al bello suplicante arrodillado entre sus piernas pidiendo ser consolado del anhelo de acariciarla por dentro. Las dimensiones de Lilith cambiaban a cada momento. Ya era un ondulante océano y sus pechos emergían como islas para náufragos, ya se hacía diminuta para acurrucarse junto al corazón del amante, ronroneando de gratitud.
Adán, en la soledad del Paraíso, adivinaba el néctar que Lilith bebía. Convencido de que el cuerpo de ella le pertenecía y que tales placeres le habían sido robados, fue hasta Yahvé a poner la denuncia. Debidamente notificado, el Padre envió tres ángeles como mensajeros, emplazando a Lilith a volver con Adán.
El NO le brotó como brota el agua.
Los enviados lo recogieron, volvieron y lo hicieron llover sobre Adán y su creador.
La afrenta era imperdonable. Su hedonismo ya no sólo la alejaba del varón al que había sido destinada, sino del propósito de quien había moldeado su barro primigenio. Yahvé ejerció entonces por primera vez sus funciones de juez y de verdugo. De nuevo fueron hasta Lilith los tres ángeles, esta vez para anunciar la condena: pariría mil hijos por día y todos ellos morirían al nacer. Sus hijos, sus hermosos hijos, cada uno de los mil hijos de mil placeres, los hijos que no llegarían a sonreír, las poesías que no serían escritas, los cuadros que no tendrían papel ni color, los cantos despojados de sonido, las danzas paralizadas. Todo su poder generador despojado de sentido.
No pudo soportarlo y se arrojó a las aguas del Mar Rojo, intentó ahogarse en su propia sangre, sumergirse para siempre en las honduras más alejadas de esa piel sensitiva. Dejar de sentir, dejar de crear, congelarse en la muerte o la locura para no ver morir a sus hijos.
Uno de los ángeles, precisamente aquél cuyo rostro había sido cincelado por todas las sonrisas ante el bien ajeno, por los cantos y los panes compartidos, comprendió y se apiadó de ella. Detuvo su caída antes de que tocara las aguas de las que no se vuelve. Y le dio una razón para seguir siendo: le entregó un talismán invisible con su rostro y su nombre grabados. Y todos quienes lo portaran permanecerían apegados a la vida, aunque su sola existencia fuera una transgresión. Porque el nombre inscripto en el talismán es el del amor real, ése que no sabemos pronunciar, el que incluye integridad, respeto y fidelidad a lo mejor de cada uno.
Para Lilith y su descendencia son desconocidos los amores serviles, son imposibles las creaciones para complacer Mecenas. Y sus mejores artes se manifiestan en pequeñas o grandes revoluciones. Rebeldes, vivas semillas para después del fin del mundo.
Autor:Celia Remaggi
Nota: agradezco con amor a la escritora Celia Remaggi su generosidad al permitirme publicar su obra en mi blog. Un abrazo, reina!
Gracias al artista plástico chileno Claudio Fraiman por sus colores y su arte.
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Una sola palagra: Genial!!!
muy buena interpretación…estará en el libro: historias de la biblia según 25 escritores argentinos?
Besitos
Ferchu