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Cernobrov.

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Guión: Roru Uror
Ilustraciones: Manuel Abal
Podés ver el comic completo aquí.
Aquí comienza la segunda temporada.
Te recomendamos repasar los posts del año anterior para disfrutar a full la blogo-novela.
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Vidal, я буду убивать тебя
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La escena, que viene fundida desde el negro, comienza con el primerísimo plano de un rostro. Dos ojos que dominan la pantalla entera, azules, reconcentrados, atisbando un punto fijo, algo más allá del observador. Es decir, para no arruinar tan deprisa la segunda temporada de esta saga con excesiva liturgia literaria, diremos que esos ojos nos vigilan a nosotros, nos enfrentan, casuales espectadores de un hipotético y provisional cinematógrafo; pero también acechan al cámara, quien, lentamente, sabedor de técnicas de filmación desconocidas por el 99.7 % del resto de los mortales, arroja con exquisita sutileza el zoom hacia atrás, deschupa, aleja, ampliando el campo visual, incluyendo muy de a poco en ese encuadre a todos los atributos faciales del personaje: ora un temible puente nasal; ora los flancos de una mandíbula ancha, feroz; ora una prominente barba negra que se pierde en las profundidades de un cuerpo que aún -y a propósito- permanece anónimo. Pero, no obstante, muy a pesar del conjunto, de la información facial que se nos enseña en pantalla, dejando a un lado la accidentología de los rasgos fisonómicos que -según Roru Uror- conforman el mapa, la geografía, el plano del alma de cualquier hombre, nosotros no podemos dejar de mirarle los ojos. Es que hay odio, rencor, desprecio; y una como desatinada, promiscua fijeza en aquello que está mirando. Pero, por dios, ¿qué carajos es lo que escruta con tanta vehemencia? Porque, como todos descontamos y damos por sentado sin tener la más puta idea de la razón que amerita a ello, nunca, salvo indicación del director, el actor debe mirar la lente que está grabando la escena. Si sucede así es alarmante. Pues puede tratarse del peor de los descuidos en el rodaje -recuérdese Rolando Rivas, Taxista- o, por el contrario, un burdo recurso de producción que intenta avisarnos que ese hombre -pongamos por caso éste que nos ocupa-, anda realmente enojado, es malo, perverso, un consuetudinario hijo de puta, el anti-héroe, en definitiva, el motor que dará al guión la chispa para ponerse en marcha.
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Entonces, inesperadamente, el plano-secuencia es interrumpido; y vemos, sin transición alguna, la misma escena pero desde el ángulo opuesto. Aunque la nueva cámara que está detrás de ningún modo nos muestra la nuca del caballero, así como la primera resaltaba los atributos de sus ojos; no, pues el director debe haber dispuesto un plano bien abierto, para que el espectador comprenda, no sin sorpresa, las desproporcionadas dimensiones del sujeto que nos ocupa. Y bien que lo ha logrado: parece Gulliver. Es inmensísimo. Una especie de oso. Un orangután. Viste un pullover de lana negro y cuello alto. Y, cosa curiosa, ahora que podemos observarlo de espaldas y cuerpo entero, anda en pantaloncitos cortos; qué raro, son como de futbolista, blancos, ridículos y ajustados. No se entiende por qué cuernos usa pullover si luego, más abajo, al sur de su humanidad, tiene puestos esos breves shorts tan displicentes. Y sospechamos que el tipo está loco, que es un degenerado, un sátiro, determinada clase de pelotudo; en fin: qué sabemos nosotros aún, recién empezados con la nóvel prosecución de esta historia. Es que las segundas temporadas, como todos admitimos, al contrario del ruido que hicieron los primeros capítulos, casi siempre se disgregan en fútiles excentricidades cuando se busca perpetrarlas ad infinitum. Léase Matrix, una porquería. O Alien, otra cagada. Ni qué decir tenemos de Lost, cuyos guionistas han sido condenados en Lostpedia al peor de los infiernos si no resuelven los innumerables hilos argumentales de la saga antes de fin de año.
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Pero, cuidado, atentti, porque ahora el cámara 2, ese que descubrió al gigante desde atrás, está haciendo un inesperado travelling. Es decir, va desplazándose hacia la derecha, chupando con su lente la superficie de la pared en la cual nuestro personaje -al fin lo advertimos- tiene la vista clavada, esos ojos de odio y de desprecio, esa como desatinada y promiscua fijeza que nos había cautivado minutos atrás. Pero, ¿qué mierda es todo eso? ¡Por dios! Este orangután ha de ser un asesino serial. Un sádico, un pervertido. Porque en esa pared hay recortes de periódicos. Noticias. Algunas policiales. Todas clavadas con chinches sobre una pizarra. Se ven figuras difusas. Fotografías viejas. Los títulos. Tal cual en seven, mejor conocida como pecados capitales. ¡Ah!, pero, por fin, menos mal, ya era hora de que apareciese algún indicio; pues el primer recorte da cierta familiaridad a la historia que estamos narrando. Reza así: El ingeniero Fernando Vidal, autor de la teoría de las anomalías temporales artificiales, sorprendido in fragantti en prostíbulo de Once. Luego, un poco más abajo, en el mismo artículo, una declaración absurda de Roru Uror. Transcribimos: “No eran putas, sólo travestis”. Y, en el centro, el retrato de ambos personajes al momento de ser arrestados por la Policía Federal Argentina. Vidal, naturalmente, estaba en calzoncillos.
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….Sin embargo, el travelling continúa, la lente recorre como en un adaggio la pizarra, nos va enseñando diferentes recortes, noticias variopintas, siempre suavemente, como para que tengamos el tiempo de advertir que han sido ordenados cronológicamente y cuyo denominador común se bosqueja a simple vista: Vidal, Fernando, ingeniero electrónico, master en química y física con especialización en cuántica. Hecho curioso: algunos textos no están en español. Qué macana. Esto sí no lo habíamos previsto. Encima, la traducción, esas letritas que deberían aparecer ahora en la región inferior de la pantalla, fíjense, brillan por su ausencia. Sabemos que hablan de Vidal, vemos sus fotografías. Pero no entendemos el ruso, pues esa es la lengua que, a vuelo de pájaro, nos preparamos a padecer. Por ejemplo, la frase навяжи тебе бога в зад, средневековый глупец! ¿qué pepinos querrá decir? Sobre todo cuando se lo ve a Vidal, algo más abajo del texto, pegándole una piña al Padre Farinello en la catedral Smolni de la ciudad de San Petersburgo. Y hay más: Vidal recibiendo un premio, Vidal dando una conferencia, Vidal y el doctor Uror en una pista del aeródromo de San Fernando, junto a una avioneta que, dentro del marco de un experimento bien al estilo de nuestro héroe, utilizaba como combustible nada menos que pedo de vaca. Y así, poco más o menos, Vidal por aquí, Vidal por allá, como en una travesía historiológica de la vida y obra del seductor ingeniero, llegamos finalmente al último de los recortes, ese que el gigantón de pullover y shortcitos anda mirando. Con razón que está enojado. El artículo pertenece, casualmente, al diario Clarín, váyase a saber si es chivo o azarosa eventualidad; y versa lo siguiente: TENIA QUE SER UN ARGENTINO. El polémico ingeniero Fernando Vidal, autor de controvertidas teorías cuánticas y empleado de la Comisión Nacional de Energía Atómica, roba a Rodia Cernobrov documentación sobre un acelerador de partículas en miniatura mientras realizaba gestiones para dicha institución en Rusia. A la pipeta. Para colmo, ahí está el grandote, en una fotografía junto con Vidal, abrazados los dos, firmando una especie de convenio, de acuerdo, de tratado, en un acto oficial donde pueden verse, de fondo, funcionarios rusos y argentinos.
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Ahora bien. ¿Dónde nos encontramos? ¿Es éste el Mirador de Caballito? No. ¿Es la casa de Francisco Casca, el breve hombrecillo que feneció en el palier del departamento de Uror para luego ser resucitado en virtud de la diferencia temporal mensurable entre el mundo real o pelotudo de los hombres y ese otro que reina fantásticamente en los dominios de nuestro doctor en física? Tampoco. ¿Será entonces el depto de Norma IRAMovich, la ex esposa de Vidal? No lo parece. Entonces, a ver, ¿en qué lugar nos han querido situar los guionistas?
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Qué quilombo. Y pensar que este blog arrancó sobre esos anónimos caminos de una primera persona literaria, tímida y recatada, un tipo que prefería no hacer nada, permanecer encerrado en un Mirador del barrio de Caballito, solo, misántropo, abúlico; y miren ahora, resulta que nos quieren vender una miniserie de televisión, una película, han contratado actores, directores, escenógrafos, iluminadores, editores, montajistas, productores, fotógrafos, seguramente efectos especiales; por no mencionar a los pasantistas, esos pibes que laburan sin cobrar un mango y tiran las mejores ideas sobre la mesa; en fin, para qué seguir. La pregunta inicial era, a ver, organicémonos: ¿dónde nos encontramos en este preciso momento?; y, ya que estamos, ¿quién es el sujeto grandulón de pullover y pantaloncitos cortos que Vidal -según hemos entendido-, robó, embaucó y estafó, choreándole la papeleta original del acelerador de partículas en miniatura que luego, en Buenos Aires, hizo realidad junto al doctor Uror?
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Y aquí es cuando entra en acción la cámara 3, esa que, hasta ahora, el director se había cuidado de encender. Viene desde arriba, es virtual, pareciese montada sobre un insecto. Cómo les gusta a estos realizadores nóveles joder con semejantes recursos tecnológicos. Van, vienen, suben, bajan, salen volando por la ventana, te muestran una ciudad entera en virtud de travellings velocísimos. Ahora, por ejemplo, está haciendo exactamente eso: la lente abandona el plano aéreo del gigantón y atraviesa el ventanal de una construcción que parece antiquísima, atestada de palomas que se sobresaltan ante esa presencia casi etérea. En definitiva, huye de la habitación y nos enseña la ciudad. Hijos de puta. No es Buenos Aires. Se fueron a filmar a Rusia. Porque por ahí se ve la Fortaleza de Pedro y Pablo, allá, en cambio, el Museo Ruso; un poco más acá, saltando como un pajarito digital al mejor estilo Google Earth, se nos descubre el Palacio Yusupov. Y el Acorazado Aurora; pero, la puta madre, si es San Petersburgo. No hace falta ser guía de turismo para darnos cuenta. Este Cernobrov vive ahí. Y ha de ser científico. Una especie de Vidal invertido. Pero un Vidal enorme, exacerbado, resentido, violento, un hombre estafado en su buena fe. Y, lo que es infinitamente más grave cuando se trata de saldar rencores, ruso hasta la médula. Ahora sí que la hiciste, Fernando. Te van a cagar a trompadas. Porque la cámara 3 regresa de nuevo al edificio del grandote. Se queda en la ventana, como un niño tembloroso que atisba, escondido, los preparativos de su propia ejecución. Qué horror. En verdad da muchísimo miedo. Ese hombre, Cernobrov, qué bien elegido para el papel que desempeña. Vemos que tiene un diario en la mano. El Clarín de hoy. Que no nos digan que acá no hay chivo escondido. Y lo estruja con auténtica aversión. Luego levanta ambos brazos y arroja una especie de grito, de alarido, un bramido de guerra del cual se desprende, naturalmente, la palabra Vidal. En rigor, seamos todavía más precisos: Vidal, я буду убивать тебя, eso es lo que ruge el oso. Y lanza el diario hacia nosotros. Caramba, la primera página permanece en un sutil equilibrio al borde de la ventana para que logremos leer el título de tapa. A la pelotita. Fíjense hasta donde llegaron nuestros amigos del Mirador en el discurrir de estas semanas en que estuvimos ausentes. Así lo explican los amplios caracteres en negrita: CABALLITO EN PELIGRO. La Comisión Nacional de Energía Atómica, en un operativo conjunto con el GEO y la Policía Federal, aislan edificio de la calle Martín de Gainza al 100. Y luego, un breve resumen de la noticia: en tanto se evacúa el rascacielos lindero con las vías del ferrocarril Sarmiento, el ingeniero Fernando Vidal y el doctor Roru Uror, prestigiosos y reconocidos científicos argentinos, intentan desactivar un extraño fenómeno producido por viejos transformadores de alta y media tensión aún en funcionamiento. ¿Transformadores? ¿Prestigiosos y reconocidos científicos argentinos? Pero cómo se le miente a la gente. Antes ladrones y ahora eminencias. Es vergonzoso. Encima, andan tapando todo el asunto de la Anomalía Temporal Local con una paparruchada de Edesur. A ver: ¿y qué más dice el diario? Nada. No tenemos tiempo de perpetuar la lectura. La página sale volando, el viento la eleva hacia un cielo agujereado por docenas de palomas que huyen despavoridas cuando Cernobrov repite el bramido de guerra, aún más fuerte que el anterior, léase éste, Vidal, я буду убивать тебя, por favor, un traductor, que no entendemos tres carajos a este loco de mierda.
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Entonces, repentinamente, en un arreglo casi magistral de estética cinematográfica, merced a un sutil golpe de inspiración fotográfico que nos deja boquiabiertos, vemos como las palomas, esos pájaros desagradabilísimos que un momento atrás arrullaban grises frente a la ventana, ahora escapan en dirección al río Neva. Todas, en una transición bella pero terrible para quienes sufrimos los pormenores de esta historia desde el primer día, todas, repetimos, allá en lontananza, comienzan a teñirse de color azul.
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Créditos y cierre.
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Mejor vayamos a por un vodka..

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WARNING ->INICIO 2da TEMPORADA.


¡SE LARGO LA SEGUNDA!
Y ENCIMA, ÉSTO:
.Para colmo…

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Todos los comics son cortesía de Manuel Abal.

Julio Sabato
Betina Pascar
Morggan
Silvina Winsteinn
Norma IRAMovich
Elizabeth Peth
Axolotl
Azulejito

Roru Uror
Fernando Vidal
y gran elenco..


Protagonistas de ..


PREFERIRIA NO HACERLO
INICIO 2da TEMPORADA
SENSACIONAL EXITO
LOCALIDADES AGOTADAS
¡Consuélese leyéndolo aquí!

EPISODIO 1

Emite 1 de ABRIL de 2009
(Local Time)
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Morggan.

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Mirá, Roru, acá hay algo raro. No me refiero ni al mensaje del futuro ni al acelerador de partículas. Eso dejálo así. Porque ahora quiero hablarte de Morggan, esta chica que apareció como de la nada en la comunidad, que vive en Fargo, Dakota del Norte. Y, para colmo de excentricidades, cría yacarés en una pileta de natación en el fondo de la casa. La cuestión es que nos conocemos desde hace casi veinte años. Esta mina es bravísima. Tan irascible como hermosa. Y la primera vez que la vi trabajaba en el zoológico de Buenos Aires. Yo andaba tratando de robarme animales para un proyecto sobre invisibilidad que en ese entonces llevábamos adelante clandestinamente con un grupo de amigos en Exactas. Y quería afanarme algún pescado, no sé, un bicho de agua, vos viste que yo de biología no sé un carajo, pero necesitaba un animal acuático, algo que se sumergiera con el spray puesto para ver si seguía invisible adentro de la bañera de mi departamento. Entonces una tarde, merodeando por el sector de los cocodrilos, la vi por primera vez.
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Te aclaro que siempre, cuando se me conoce de golpe, yo produzco un efecto lamentable y contraproducente. Es decir, o se me teme, o se me escupe o, a secas, se sale corriendo. A mí hay que verme de a poco. Habría que anunciarme: bueno, aquí viene el ingeniero Vidal, guarda que es bastante fiero. A no asustarse, a contener la arcada, etcétera. En este caso, no obstante, sucedió algo inaudito desde cualquier perspectiva: Morggan, a cargo de los caimánidos, se me acercó a paso veloz, me encaró con un gesto altanero y, sin transición alguna, arrancó a grito pelado: “¡Pero qué quiere, animal! ¡Qué cosa espantosa pretende hacer con estos angelitos míos!”. Roru, imagináte, yo recién me había asomado a esa especie de laguna de aguas verdosas en donde no se veía más que musgo. Pero la mina, de alguna forma, me adivinó la intención. Y me echó, literalmente, a patadas en el culo. Salí del zoo con las nalgas como una compota.
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Cinco años después, el grupo de colegas con los que trabajaba en el proyecto de invisibilidad, había desistido. Yo, por el contrario, perseveraba como loco en la obtención de una fórmula que te hiciera desaparecer sin convertirte en una suerte de batracio. El tema era que quedabas verde después de la experiencia. Verde y con granos en el orto. Por eso habíamos suspendido las pruebas con humanos, en rigor, mis ex compañeros de Exactas. Yo salía a pescar chanchitas en los lagos de Palermo. Y a veces cazaba palomas en la plaza Congreso con una red de mariposas. Y así iba reemplazando mi stock de voluntarios.
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Y aquí fue cuando el destino me la puso delante por segunda vez. A Morggan, por supuesto. Me la encontré de repente en la redacción del diario Clarín, una tarde en la que llevé un sobre con los detalles del proyecto, muñido a la esperanza de que lo dieran a la imprenta en el suplemento de ciencia. La minita era nada menos que la jefa del área. Ni bien hicimos contacto visual su rostro se transfiguró: “¡Otra vez usted, animal impertinente!”. Se acordaba al dedillo de aquella tarde en el zoológico, cuando yo lo merodeaba en busca de especimenes. Desde luego, me sacó a patadas en el culo de nuevo. Sin embargo, cuando atravesamos la puerta de la redacción, me encaró directamente, nerviosa como una fiera: “Escúcheme bien, Fernando Vidal. Usted no tiene idea de quién soy. En cambio, yo vengo siguiéndole los pasos desde los años de la facultad, mucho antes del episodio con los cocodrilos, cuando usted cursaba Exactas, en la UBA. Yo tenía un novio allí, se llamaba Esteban, quién falleció hace poco, aunque eso se le importará un comino, como todo lo que no se relacione con sus absurdas elucubraciones”. Me miraba como si fuese culpable de la desgracia de infinidad de seres vivientes. Y continuó, señalándome con el índice: “Lo conocí un mediodía en que esperaba a mi novio en el comedor de uno de los pabellones de la universidad. Usted, lo recuerdo muy bien, me impactó desde el primer segundo. Me atrajo del mismo modo en que puede seducirnos un abismo. Me gustaba y me repelía. Me daba vértigo. Estaba solo, sucio, desprolijo, ido. Y desplegaba papeles y libros sobre la mesa. Comía y escribía a la vez. Comía asquerosamente. No olvido los ravioles con tuco en los que se regodeaba. No usaba cubiertos. De un tapper enorme deglutía como un perro, sumergiendo la cara dentro del recipiente, supongo que para no perder tiempo con la lectura de sus intrincados apuntes. Estoy segura que jamás advirtió mi presencia, del mismo modo que la de ningún otro comensal, quienes nos horrorizábamos del espectáculo que usted producía. Y, pese a todo, me cautivaba. Había algo en su mirada, un no se qué de bello, cierto destello, como una suerte de promesa. Sus ojos digerían a la bestia que era”.
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Naturalmente, continuó propinándome algunos epítetos más, la mayoría horribles e insensatos. Sólo agregaré que esa noche, en virtud de mis encantos intelectuales, me la terminé llevando al departamento, para entonces convertido en un criadero de alimañas. No tuve mejor idea que mostrarle el spray para la invisibilidad. A mí me interesaba sobremanera que lo viera funcionando para que publicase mi hallazgo en el famoso matutino. Pero algo falló. Y la dulce y científica velada se fue bien a la mierda. Te resumo porque no quiero disgregarme con especificaciones técnicas: nos quedamos temporalmente ciegos. Me explotó una garrafa en la que había trasvasado el compuesto y se difuminó como un tornado por el departamento. Todo se hizo invisible, incluidos nosotros dos. Morggan, después del susto, con lo enervada que era, al comprender la situación, arremetió con sus típicos insultos en tanto me perseguía a tientas. Desde luego, buscaba mi culo para romperlo a patadas de nuevo. Estuvimos así por espacio de dos horas. Yo huía e intentaba aplacarla. Ella, al contrario, arrojaba toda clase de enseres -también invisibles- hacia la posición donde estimaba mi presencia. Por fin, cuando el efecto del compuesto desapareció, aparecimos nosotros, de color verde cotorra y con el ardor irrefrenable de esos granos en el tuje que ocasionaba atravesar la experiencia. Antes de irse para siempre de mi vida, Morggan atinó a decirme que me amaba, aunque con la energía del desprecio. Y que ésta había sido la noche más hermosa pero más oscura de su existencia. Luego dio un portazo y despareció irremisiblemente …
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Desapareció hasta hoy, Roru. Y esto es lo raro. Es la tercera vez que se entrecruzan nuestros destinos. Y ahora, para colmo, en la blogósfera. Dice residir en Fargo, es verdad, pero también podría estar viviendo a la vuelta de la esquina. Y anda blasfemando por la comunidad. Nos blasfema a los dos. Porque dice, falacia más, mentira menos, que sos un invento mío. Que yo te escribo a vos. Algo increíble. Inaudito. Y yo, querido amigo, no puedo perder tiempo con las elucubraciones de una fémina encolerizada. Te sugiero que reivindiques nuestra reputación. Que subas mi descargo en el blog para abrir el debate. Ahora me voy con Azulejo al Hospital Fernández. Tengo que afanarme un pedazo de máquina de radiología. Para el acelerador de partículas, obviamente.

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Mientras Dormía.

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Vidal, cuando duerme, habla. Es más, relata. Transcribo la desgrabación de la noche de ayer, pues el contenido de sus delirios oníricos vale la pena documentar. No niego que ornamenté un poco su prosa. En fin. Que lo disfruten..
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Cierta mañana, al remover la tierra del jardín, un objeto duro y negro obstaculizó el recorrido de mi pala. Introduje la mano -a unos quince centímetros de profundidad- y no pude reprimir un gritito de miedo cuando advertí, insanamente, que aquella especie de forúnculo era, además, peludo. Alarmado y curioso ensanché el pozo, cuidando de no herir la raíz, hasta que, de algún modo, el redondel giró sobre sí mismo, presentándome una especie de rostro que me miraba con angustiosa preocupación. “Señor” me dijo “no se delate”. “Pero, ¿cómo?” atiné yo, retrocediendo. “A partir de hoy no debe traicionarse”.

Me acerqué lentamente para explorar aquello. Miré, no obstante, desde una distancia prudencial, pues quién podría decirme si, además de cara, ese ser no tendría otras excéntricas ramificaciones. Un agudo exámen visual me confirmó que, exceptuando cierta impresión de discordancia facial -ojos descentrados, boca torcida, nariz diminuta- sólo se trataba de un rostro humano. Esto, en algún sentido, me tranquilizó.

“Me pida esto o lo otro” comencé, tratando de disgregar mi asombro en inútiles declamaciones “usted se ha puesto en el lugar de las magnolias” señalé la planta que había comprado para colocar exactamente allí; gesto que, por otra parte, dada la ubicuidad subterránea de la cabeza, ésta jamás pudo advertir. “De manera que…”

En ese instante, Norma, mi mujer, irrumpió en el jardín, con el fin de averiguar el destino de unas tijeras. “Por favor” escuché desde el césped, “Norma no debe saberlo jamás”.

No sé por qué me embargó un extraño sentimiento de culpabilidad con respecto a esa cabeza. Llevé a mi esposa hacia un costado -el más alejado posible del teatro de los acontecimientos- excusándome mediante un género tan infundado de argumentaciones que, al oírlas, el rostro profirió un suspiro de terror.

“Señor” dije, ni bien regresé al jardín. “Ella no lo sabe, quédese tranquilo”. “De todas formas” acotó la cabeza, con un hilillo de voz “usted carga ahora con una terrible responsabilidad”. Sentí una ola de frío recorrerme el espinazo. “Pues, desde hoy, no podrá negarse a sí mismo la realidad de mi existencia”. “Es cierto”. dije yo. “No obstante” agregué, “mis magnolias servirán para ocultarlo”. “De acuerdo” contestó la cabeza. “Y cuando, en las magnolias, aflore un dedo que lo señale a usted directamente; o una boca que le insulte desde un gajo; o un ojo que le llore en el rocío, dígame, pues, ¿con qué otro subterfugio me va a poder ocultar?”.

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