
Así como en algunas ciudades ostentosas del primer mundo se celebra el cambio de año mediante rebuscadas extravagancias astronómicas, esto es, por ejemplo, con un gran contador digital en lo alto de un monumento público, casi siempre obelisco, monolito o rascacielos, en derredor del cual, además, la pertinente jauría humana se dispondrá a enumerar los ultimísimos segundos restantes que se le escapan al año vigente; así, decíamos, como consuetudinarios pelotudos que en general somos los hombres, falaces propietarios del cielo, la tierra y el minuto, Fernando Vidal preparó los prolegómenos de la fiesta, el
“cumplemuerte”, el famoso Evento, la patada a los huevos de Dios, es decir, para no complicarnos más con desatinados sinónimos o abstrusas alegorías: la
jodita al Dueño del Axolotl, si es que éste sobrevivía pasadas las 17:15 horas del presente día de nuestra fecha, tarde pretérita para ustedes, ciudadanos del tiempo oficial, mas no para nosotros, convictos del tiempo de Uror. En otras palabras: rodeados de matracas, globos de colores y serpentinas -adminículos que Vidal había robado de una importante cadena de cotillones-, nos instalamos cómodamente junto al flanco interior de la puerta de entrada al departamento para ser testigos sólo auditivos de aquel trágico encuentro en el palier. Ése en el cual
Francisco Casca cayó muerto de un síncope. Ése también en el que Vidal, arrastrándolo de la cabeza hacia el comedor, le rompió el espinazo contra la baranda de las escaleras. Ése, finalmente, donde el hombrecito fue resucitado en virtud de la diferencia de tiempos reinante entre el Mundo o Universo Común y nuestro querido y fabuloso Mirador. En fin, para qué seguir explicando cosas, redundancias que todos ustedes conocen, intuyen e, incluso, calculan; además, en esta prosa intrincada y firuleta que hoy me anda saliendo, a falta de otra mejor que nos vendría al pelete, más científica, rigurosa y lineal como las ecuaciones de
Newton.
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Y he aquí que, si de tecnicismos literarios hablamos, dado este traspié expresivo evidentísimo que deja al presente narrador sumido en la decadencia de su inventiva, ingenio o, para qué negarlo, condiciones artísticas, uno de ustedes,
Tipito,
Betina,
Eliante,
Mochu,
Renzi,
Manuel Abal, en fin, todo aquel que se precie de ser asiduo concurrente de
Preferiría No Hacerlo, bien que podría preguntarme con rigurosa legitimidad, por ejemplo, “¿Y dígame una cosa, señor, de quién no conocemos su nombre, pues, a estas alturas, se cae de maduro que Roru no es autor de ningún texto, explíquenos por qué, ya que usted, además, es enemigo de las incoherencias según consta en varios
comments suyos de la blogósfera, díganos de una buena vez por qué, a ver, en lugar de escuchar qué pasa al otro lado de la puerta de entrada al departamento, estos tres títeres suyos, Vidal, Uror y Casca, directamente no la abren y miran la consabida escena?”.
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Del mismo modo que el colega
Atodono, quien, no está demás hacerlo público, se ha tomado el trabajo de desmenuzar la presente historia de
pe a pa; o
Nayru, veraz admiradora de Fernando Vidal, al punto de haber impreso la
completud del
blog sobre inmaculadas hojas A4 para leerlo en los bares y otros sucuchos pertinentes, podrían presentar quejas de similar calibre, a saber: “¿Y por qué, teniendo en cuenta el manto de melancolía que envuelve al Mirador merced a la
Anomalía Temporal Local, esto es, el
Efecto Storni, aún así, sus personajes deciden hacer un festejo con globos de colores, matracas y serpentinas, en el caso que Casca no muera dentro del departamento como antes lo hubo hecho afuera? ¿Cómo es que no están lloriqueando, al menos Vidal y Uror, hipnotizados por esa pseudo imagen inexplicable, esa alucinación común en la que aparecen caminando por una playa en dirección al océano con el kármico propósito de suicidarse?”.
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Finalmente, otros lectores más ecuánimes, democráticos y/o afectos a personajes secundarios que, ora aquí, ora allí, fueron apareciendo en el discurrir de mis textos como breves estrellitas en un cielo nublado, también podrían, ya que cuando uno empieza a tirar piedras se sabe lo fácil que es sumarse a la pedrada, podrían, impunemente, aunque munidos a esa suerte de derecho a réplica universal e incuestionable que todo lector embandera ante el autor, reclamar: “¿Y qué pasó con Silvina Winsteinn y su
placard embutido, ese arcaiquísimo artículo en el cual se insinúa por primera vez la posibilidad de viajar en el tiempo? ¿Y
Chirolita, el muñeco que Fernando compró en
Mercado Libre para practicar ventriloquía? ¿Y el hijo de aquél,
Federico, encerrado en su cuarto como un
hikikomori japonés, a ver, díganos, qué ha sido de él, por qué nunca lo ha vuelto a mencionar?” Y así, sucesiva e indefinidamente, en virtud de mis desaciertos argumentales, mis baches de guión, cada uno de ustedes estaría en posición de denunciar incoherencias, traspiés, tropezones, caídas, malos pasos, irresponsabilidades retóricas, de estilo, forma y fondo. Pues, no hay deuda más seria que aquella que un escritor mantiene con sus lectores, dado que el tiempo que éstos invierten leyendo un
blog es oro, se resta a otras actividades más importantes, al trabajo o la familia. Para colmo, uno se enamora de ciertos personajes, pregúntenle a Nayru para más datos, o a Betina que se hizo
Carmelita, de manera que el tratamiento, el destino que se tenían pensados para tal o cual humanidad que uno ha hecho palabras, cambian, deben rectificarse en función del respeto hacia ese lector, ese otro ser verdadero, de carne y hueso, que palpita junto a los nuestros absolutamente inventados.
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