Julio 15, 2008 | Por roru-2 | Claves: axolotl, experimento, tiempo | # Enlace permanente
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Una de las nuevas manías del ingeniero Vidal, ahora que habíamos confirmado el desfasaje temporal de ocho minutos por hora, era salir y entrar del departamento para realizar las más inverosímiles de las experiencias, pues habíamos descubierto un incomprensible delay al cambiar de época. Por ejemplo, arrojar cosas de afuera hacia adentro. Y ver cuánto tardaban en aparecer. O golpear la puerta y esperar horas para oír el llamado. En general, tales desatinos no hacían más que despertarnos en mitad de la madrugada, con estruendos de toda índole. Para colmo, lo que en un principio pareció obedecer a un procedimiento de mediano rigor científico, terminó degenerando en una suerte de deporte chistoso. Fernando compró pelotas de fútbol número cinco y las pateaba hacia el interior del comedor como si de penales se tratase. Luego había que andar esquivándolas o pasar corriendo delante de la puerta de entrada para evitar el riesgo de un imprevisto chumbazo en los testículos.
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Pero lo más extraordinario ocurrió ayer, cuando ambos, Vidal y yo, salimos al palier con un medidor de campos para establecer la exacta delimitación de la famosa Anomalía Temporal Local que nos arrojaba al pasado irremisiblemente. Apareció un breve hombrecillo, enjuto y pelado, subiendo a toda prisa por las escaleras. Ya de lejos, daba la impresión de haber enloquecido. Sus ojos parecían dos huevos de codorniz, uno de los cuales estaba en compota. Y, cosa curiosa, tenía curitas en ambas orejas. Y la cabeza vendada. No obstante, al vernos, la cara le adoptó una expresión de alarmada felicidad. O algo por el estilo. “¿Es usted el señor del 21 A?” preguntó en un hilo de voz. Su timbre era el de una urraca. O, mejor aún: el de una urraca a la que están estrangulando. Advertí, además, que le temblaban las manos. “Me dijo el plomero de la administración” empezó “que a usted le salió el pescado”. Esa expresión,
le salió, me hizo pensar en parir, en cierta responsabilidad progenitora de la cual no iba a hacerme responsable. “Debe devolvérmelo de inmediato. No se imagina el conglomerado de tragedias que he sufrido desde que lo arrojé al tanque de agua del edificio. Pensé que así iba a quitarme la maldición de encima. Pero no. Ha sido peor”. Miró a Vidal y luego a mí. Sus pupilas iban y venían, rebotaban contra uno y otro rostro. “Sé muy bien que a usted le salió por el caño de agua fría de la cocina”. Repitió. “Me refiero al
axolotl. Yo debí haberlo regalado, pues es la única manera de romper el hechizo azteca. Si uno lo obsequia de corazón, no hay problema. Pero, entienda, no tenía a quién. La maldición se traslada al nuevo dueño. Imagine que no iba a dárselo a mi familia. O a los amigos. No soy ningún hijo de puta. Entonces lo tiré al tanque de agua. Y hoy el plomero me habló de usted. El que encontró al bicho trabado en las cañerías de su casa”.
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Hasta entonces Vidal había permanecido en silencio, oyendo atentamente la argumentación del vecino. Sin embargo, una breve mirada de soslayo me indicó que estaba por inaugurar flor de despelote consorcial. “Estimado señor”. Comenzó, histriónico, en un tono moralino y académico que no se correspondía en nada con la apariencia de ciruja que tenía. “Está usted parado en un área restringida. Por si no lo sabe, el palier es privado y nosotros somos científicos calificados de la
Comisión Nacional de Energía Atómica en total ejercicio de sus facultades mentales. El doctor Uror y yo -y al nombrarme dejó caer una de sus manoplas sobre mi hombro que casi me disloca la clavícula- nos abocamos a la resolución de problemas que deberían mantener en vilo a toda la humanidad. De ningún modo tenemos tiempo para criar pescados aquí. Ni perros”. “Fernando, por favor”. Le interrumpí. Y agregué en voz baja: “Dejáte de joder. El hombre está desesperado. Le devolvemos el pez y chau”. “¡Señores!” Acotó el vecino. “Se los pido encarecidamente”. El ingeniero, desoyéndome, lo miró aún con mayor severidad. “Ustedes no comprenden por todo lo que he pasado en el transcurso de estos meses”. Y, de repente, se quebró en un llanto agudo y desolado. Luego se arrodilló y entrelazó las manos. Tuve la impresión que nos rezaba. “Les imploro, les suplico que me lo devuelvan. Los eventos más inverosímiles y extravagantes me persiguen maniáticamente desde que abandoné a ese pez: repisas que se me caen en la cabeza; corchos que me pegan en el ojo; erráticos loros que pellizcan mis orejas. Encima, la maldición se ha extendido a mi propia familia: mi hijo, por ejemplo, reparando el tejado de la casa de una amiga, resbaló y cayó al jardín. Pero con tal mala suerte, de una manera tan inverosímil, que el poste de la cerca le ingresó por el ano. Lo encontraron empalado, como a los indios. Yo ahora estoy solo. Loco. Enfermo de los nervios. Con una puntada en el corazón. Por favor, ayúdenme”.
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Lo que el pobre hombre contaba me produjo un gélido estremecimiento. Decidí terminar con la situación lo más rápido posible. “Vos andáte al pasado”. Le ordené a Vidal. “Entrá ya al departamento”. “Pero Roru”. “¡Roru, nada! Tomatelá. Y usted, señor… “. Pero lo que vi al voltear hacia el vecino terminó por convertir la imprevista reunión en un relato de
Edgar Allan Poe: su cara había virado al violeta, presa de una contorsión muscular digna de una caricatura de
Manuel Abal. De inmediato, emitió un breve sonido, tímido, agudo y entrecortado. Y cayó seco al piso con los ojos abiertos. Yo me quedé duro. Vidal, que estaba por entrar al departamento, oyó el estruendo y se llevó las manos a la cintura. “Palmó”. Dijo, rascándose la buzarda. Y luego, con la crueldad de los niños que aún no conocen el dolor: “Mejor. Era una interferencia urbana. Un instrumento desafinado en el concierto celestial del universo. No me caía bien. En fin. Usá tu celular y llamá a la policía. Porque si hablás del teléfono de casa, je je, este hombre todavía vive”. “¿Que llame a la policía?”. Aullé. “Pero, ¿te olvidaste que nos persiguen por chorros? Además, ¡cómo mierda podés ser tan frío! El tipo acaba de fallecer. Ya no está”. “Sí”. Me confirmó él. “Ahora está. Ahora no está. Ahora sí, ahora no.
On, off. Igual que un electrón”. Y, de pronto, sin transición alguna, advertí en Vidal un súbito estremecimiento. Vino directo hacia mí como un tren que descarrila: “¡Oíme, pelotudo!” gritó, en tanto se me acercaba. Por detrás, seguramente desde el piso inferior, alguien nos propinó una delicada reconvención: “¡Pero por qué no se callan, locos de mierda!”. “Roru: me acabo de dar cuenta que tenemos la primera oportunidad de cambiar brevemente el futuro del mundo. Algo así como una absurda ironía:
vamos a resucitar al pelado. Ayudáme a entrarlo al departamento”. “¿Cómo?”. Atiné. “Pero es una locura, Fernando. Todavía no consideramos las consecuencias de alterar el porvenir. ¿Y las paradojas?”. “Todas boludeces de
Spielberg. Vení. Ya que me decís frío. Ahora te lo voy a dejar vivito y coleando. Y de paso le devolvés el axolotl. Te aclaro que sólo lo hago por la ciencia”. Como un estúpido, vi al ingeniero agarrar al vecino tal cual una bolsa de papas. Para colmo, se lo llevaba arrastrando de la cabeza. Un verdadero animal. En un momento se produjo un ruido espantoso. “¡Uy! Le partí el espinazo”. Comentó. E ingresó a mi casa cantando una vieja canción de
Roberto Carlos con el cadáver a cuestas. “
Jesucristo, Jesucristo, Jesucristo yo estoy aquí“. De esa manera ingresó al pasado. Ya estábamos tres días y seis horas separados del presente…
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Junio 30, 2008 | Por roru-2 | Claves: acelerador, experimento, tiempo, viaje | # Enlace permanente
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En general, al no ser un escritor de profesión, la temida cuestión del
horror vacui no hace mella en mí. Me siento y escribo. Después, lo admito, depuro un poco el texto como un peluquero que realiza sus últimos retoques a punta de tijera. Pero nada más. Sin embargo ahora, en vista de los últimos eventos, no tengo idea de cuál es la mejor manera de narrarlos. Qué raro. Nunca temí perder mis facultades expresivas. Y el hecho de tener mi pluma en punto muerto me acobarda todavía más.
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Seré breve. No redundaré. Los acontecimientos importantes, dicen, se explican con pocas palabras. O quizá ni se escriban. Queden simplemente en la memoria de sus protagonistas. Como seguramente sucedió con gran parte de nuestra historia, la argentina, a ésa me refiero.
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Cuando inciamos el acelerador, Vidal ya estaba en pedo, de humor ácido y violento. Nunca lo había visto así, rígido, algo temeroso, intolerante, con un brillo en los ojos hasta entonces desconocido. Advertí que hablaba solo. En rigor, que se hablaba a sí mismo. A ese otro Vidal del porvenir que le supo
enviar una advertencia. Levantaba su rostro hacia el cielo raso. Y puteaba. Se puteaba. Ignoro por qué supondría que su otro yo lo escuchaba desde arriba, como en esa serie de televisión antigua, el
túnel del tiempo, en donde los viajeros estiraban el cogote cuando se comunicaban con el centro de mandos del proyecto.
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Quiero agregar, como dato accesorio, que las computadoras inherentes el experimento habían sido modificadas para controlarlas por
voice command. Es decir, la voz de Vidal y la mía accesaban al
software de control por intermedio de órdenes verbales, por si alguna catástrofe acontecía y perdíamos acceso a los teclados y otros subsistemas. Para colmo, Fernando programó la voz de
Betina Pascar como dispositivo de reporte de todos los procedimientos. En otras palabras: la increíble fémina nos iría pasando el informe de la evolución de la experiencia, de principio a fin, en virtud de cierta digitalización hecha a mis espaldas, grabada la víspera, cuando yo hablé con ella por mi celular. Como verán, la demencia, espionaje, inmadurez y perversión del ingeniero no conocen límites.
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A último momento, decidimos cambiar el método de liberación de las partículas cuánticas. Luego de 180 segundos, tiempo máximo de operatividad del acelerador, los electrones serían enrutados hacia un tubo catódico en forma de bastón (el que Fernando se afanó del Hospital Fernández un par de días atrás) y, a la supuesta velocidad de la luz, ya fuera del sistema, impactarían más adelante, en el lavadero, contra la chapa de un lavarropas
Eslabón de Lujo. Si el censor de colisión detectaba al instante el evento, las partículas habrían viajado en el espacio, pero no en el tiempo. Por el contrario, si el choque no se producía, o se producía después, ¡Eureka! El éxito era completo.
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Hasta el segundo 62 todo funcionó según lo previsto. La voz de Betina, cronométricamente, indicaba la evolución de las fases iniciales de aceleración, agregando al final de cada sentencia algún piropo al ingeniero. Vidal saltaba como un chico en el otro extremo del departamento, haciendo gestos obscenos mientras cotejaba la información audible con las proyecciones escritas en sus papeles. Pero luego, en el segundo 63, el peor de los errores aconteció: la pantalla del servidor principal se puso azul y Betina, en un tono sensual y delicado, anunció: “Ingeniero Vidal, amor mío, por favor, inserte el CD original de Windows 98 en la unidad D y presione ENTER para continuar”.
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Fernando, que en tal instancia estaba imitando el pasito de baile de
Laurent Voulzy en
Rockollection, trastabilló y dio su cara contra el suelo, del lado del grano. Y quedó inerme como una bolsa de papas con la boca abierta. Y entonces comenzó el zumbido, un tono agudo y cortante como una cuchilla de carnicero. Lo que indicaba, catástrofe más, holocausto menos, que el acelerador había quedado huérfano e iba a saltearse las etapas previstas por el sistema. Dicho de otro modo: no habría contención electromagnética y mi departamento se convertiría en algo parecido al
Triángulo de las Bermudas.
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Los primeros enseres que comenzaron a orbitar, literalmente, por encima del acelerador y nuestras cabezas, fueron tenedores, cuchillos y destapadores, arrancados del
kitchinette como por obra de un mago desquiciado. Luego siguieron las ollas y sartenes de las alacenas. Había una
Essen a vuelo rasante que casi me arranca la oreja izquierda. En el segundo 122 pude oír la voz de Betina explicando algo acerca de las ventajas de adquirir una versión original del
Windows Vista, todo detrás de una suerte de batucada de metales entrechocándose allá arriba, en el breve espacio aéreo del comedor. Por supuesto, los comandos vocales jamás funcionaron en virtud de tal contaminación sonora. Y todo quedó supeditado al más temible de los azares. Yo, por las dudas, empecé a gritar “
¡quit!, ¡abort! y
¡stop!“, pelotudamente y mirando al cielo raso, como cuando Vidal se puteaba a sí mismo.
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Pero lo más extraordinario vino después, cuando vi, del modo más surrealista y literal, que desde la boca abierta de Fernando -quien aún permanecía desmayado en el suelo-, salió algo volando y se unió a esa desatinada orbitación de cachivaches. Eran sus dientes postizos, cuyo puente metálico había sucumbido a la fuerza del electromagnetismo.
Azulejo, en tanto, su perro bicolor, ya hacía rato que andaba mordisqueándole el orto, como para hacerlo reaccionar. ¡Pero no reaccionaba en lo más mínimo! Entonces, sin tiempo a comprender nada de lo que sucedía, oí la voz de Betina diciendo: “Velocidad de partículas cuánticas: 302.000 km/s”. Y luego, con un timbre tan dulce que casi daban ganas de arrodillarse y pedirle perdón: “Alerta: fallo estructural del acelerador por redundancia electromagnética. Anomalía temporal local en espacio tetra dimensional de… 8 minutos. Liberando electrones, amor mío”.
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A partir de aquí todo se tornó confuso y no podría narrar los acontecimientos con rigor y verosimilitud. Solo diré que, poco después del anuncio de Betina, el zumbido del acelerador fue tan intenso que, prácticamente, me quitó el conocimiento. Cuando volví en mí todo había terminado. Vidal estaba en el otro extremo del departamento, recuperado, jocoso y bailando en una pata junto con su perro, que bailaba en dos. Tenía en la mano el display del sensor de colisión y me lo enseñaba de lejos. “¡Mirá, pelotudo! ¡Mandé 21 electrones 8 minutos al futuro!” Y, sin transición alguna, arremetió con aquella canción horrible: “Cuántas minas que tengo, cuántas minas que tengo” en tanto se divertía pateando las ollas y sartenes que encontraba desparramadas por el suelo.
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Me gustaría culminar el relato diciendo que, efectivamente, la experiencia fue un gran éxito. Y que el Nobel de física se queda en Caballito el año que viene. Sin embargo, nada más lejos de la verdad que esto. Por el contrario, no fueron 21 electrones los que viajaron al futuro, sino nosotros, junto con el departamento, quienes
retrocedimos 8 minutos en el tiempo. Pero semejante desastre es harina de otro costal y quedará, junto a sus pormenores y consecuencias, como material de algún artículo venidero.
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Junio 18, 2008 | Por roru-2 | Claves: acelerador, experimento, lhc | # Enlace permanente
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Bueno. He aquí un problema: ¿cómo explicar el funcionamiento de un acelerador de partículas a personas que no tienen por qué conocer el lenguaje cuántico de los ínfimos ladrillos que conforman la materia prima del universo? Algo similar ocurriría si me pidiesen detallar el método, la técnica y el esmero con los que
Vidal toca el piano. En este caso, uno podría empezar por mencionar el estudio teórico de la música, introducir someras nociones de armonía, de ritmo, de escalas, etcétera. Ahora, ¿serviría de algo, a los efectos prácticos, que ustedes lo supieran? ¿Tocaría mejor Fernando si sus oyentes conociesen el bagaje intelectual que le permite dominar el instrumento? No. Él tocaría igual. Y nada habría cambiado. Lo mismo sucede en el caso del experimento con el acelerador. Para qué torturarlos con intrincadas teorizaciones. Trataré de contar, del modo más ameno posible, los objetivos del proyecto y sus pretendidos resultados, cuidando, con la buena voluntad de las pocas neuronas que aún me quedan, de no instalar el bostezo en mis fieles lectores, quienes tamaña paciencia demuestran digiriendo los
post maratónicos que suelo arrojar habitualmente en la blogósfera. Dejaré, eso sí, precisos enlaces a sitios de interés para aquellos curiosos que deseen aprender más sobre esta ciencia maravillosa que es la física cuántica, la cual, al decir de mi amigo Vidal, es pura poesía divina. Hecha mi salvedad, comienzo, dispensando también a quienes deseen evitarle este texto a sus cansadas pupilas: más adelante -no preocuparse-, intentaré salvar la trama de la historia de las garras de este artículo, confiriéndole continuidad, pese a la actual descripción de la experiencia que en pocas horas llevaremos a la práctica. Eso sí: necesitaré suerte. ¡Cuento con sus buenos deseos!
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Un
acelerador de partículas es un dispositivo en virtud del cual se llevan a velocidades extraordinarias partículas atómicas, en general
electrones, que son fáciles de obtener y muy ligeros. La idea es acelerarlos y producir una colisión con un objeto sólido -preferentemente de níquel- para estudiar a fondo su estructura íntima. Hay dos tipos de aceleradores:
lineales y
circulares. Nosotros, por cuestiones de espacio y modernismo, construimos uno de tipo circular -pero en forma de 8- que, además de ser la evolución de los primeros, nos permite obtener velocidades altísimas de los elementos cuánticos en una trayectoria breve, infinita y con bajos consumos eléctricos. Traducido a imagen: algo así como si impulsaras pelotitas de
ping pong en el interior de un tubo al mejor estilo
cinta de moebius.
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Ahora bien: la idea de Fernando -original y peligrosa- no es hacer colisionar los electrones contra un objeto sólido, sino liberarlos, apenas se estimen más allá del umbral de los 300.000 km/s; es decir, cuando sobrepasen, dentro del acelerador, la tan temida velocidad de la luz. Una locura, teniendo en cuenta que nadie, hasta hoy, lo ha conseguido. Para que tengan una idea: el acelerador más impresionante de partículas del mundo, el
LHC, no puede, pese a sus 27 km de longitud circular, acelerar partículas más allá de los 299.700 km/s. Sin embargo, unas modificaciones introducidas en el nuestro, según Vidal, podrían conseguirlo. En pocas palabras:
tuneamos los electrodos que se encargan de impulsar al electrón. Simplemente, cambiamos su forma geométrica. En el caso del acelerador en miniatura que tenemos aquí, son cónicos, no planos y rectangulares, atributo crucial -según nuestro amigo pianista- para crear una función de onda logarítmica inédita en la historia de la física experimental. Este efecto de absorción cónica permitiría cruzar el límite inimaginable de C, esto es, 300.000 km/s. Y a partir de ahí, como muchos de ustedes, lucidísimos amigos, imaginarán,
tele portar los electrones al futuro. ¿Cuál futuro? ¿Cuánto más adelante? Vidal no tiene la más remota idea. Por otra parte, existe la posibilidad de crear un
agujero negro estable en el interior de mi departamento, con lo que todo Caballito podría convertirse en una suerte de
supernova artificial o algo por el estilo.
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En fin: para no atormentarlos más puesto que también detesto sobremanera los tecnicismos, los argots, las cofradías, los lunfardos y las sectas, resumo: Vidal ha basado el presente modelo experimental inspirándose en las teorías del excéntrico
Cernobrov. Un ruso loco que asegura haber conseguido mover animales a través del tiempo, en virtud de la creación de una máquina capaz de generar fuertes
campos electromagnéticos. Fernando no cree que lo haya logrado, no obstante entiende que sus formulaciones teóricas son correctas. A propósito de esto, me decía hace un par de días, aferrándose a la botella: “A mí no me interesa mover vacas por los confines de las épocas. Yo, si consigo enviar un sólo electrón al futuro, me envío automáticamente el Nobel el año que viene”. Y se reía, bailaba solo y tarareaba canciones populares del género
cuántas minas que tengo, cuántas minas que tengo. Pues, si este hombre desea algo, no es precisamente un premio, sino las féminas que tales reconocimientos públicos le acercarán sin esfuerzo ninguno.
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Una última cosa, por las dudas: me despido de ustedes. A ciencia cierta, ignoramos lo que nos pueda suceder durante y después de esta experiencia. Si no regreso por la
blogósfera, ha sido un gusto, de verdad, haberlos conocido. He dejado, no obstante, un
script de comandos en la configuración del
blog. Si no escribo en determinado lapso de tiempo,
Betina y
Marieta recibirán un
mail con el
password de
Preferiría No Hacerlo. Hagan con el blog lo que más quieran.
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Mayo 14, 2008 | Por roru-2 | Claves: barreda, crimen, dentista, experimento, plata | # Enlace permanente
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Roru, en estos últimos días estoy siendo víctima de una ansiedad espantosa. Por un lado, la proximidad del experimento con el acelerador, por el otro, el ultimátum de Norma para que me vaya definitivamente de casa. Y, ahora, encima, como si esto fuera poco, las novedades del caso
Barreda, el dentista escopetero.
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Yo no sé si te acordás que, allá por el año 1991, Norma se había encaprichado con ese desatinado asunto de la
geometría espiritual, una suerte de herejía científica puesta de moda que vinculaba el bienestar del alma con las líneas rectas y el plano euclidiano de las figuras eternas. Para no atormentarte con detalles, mi mujer creyó que la mejor forma urbanística donde incrustar su humanidad era la relacionada con las simetrías, los círculos concéntricos y las diagonales equidistantes. Imaginate cuál era ese sitio: la ciudad geométrica de
Dardo Rocha, ese loco a contra natura que la diseñó antes de construirla, lo cual sería lógico si se tratara de un local de Mac Donalds o de un edificio municipal. Me refiero a
La Plata, desde luego, la primera ciudad del orbe inspirada en la obstinación racionalista y el pensamiento positivo de la época. En fin, no hace falta agregar más nada, alcanza con recordar cómo acabó
José Ingenieros con su vida e ideología.
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La cuestión fue que terminamos yéndonos a vivir allí, a un chalecito de la calle 48 que nos alquilaba la madre de una amiga de ella. En el año 1992 yo pegué un laburo en la cátedra de física de la
UNLP y todo marchó relativamente bien. Acordate que aún mi hijo Federico no había nacido, por lo que Norma discurría la vida con esa tranquilidad de las mujeres que todavía no conocen el trabajo de ser madres.
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Entonces, inesperadamente, ocurrió: tuve un dolor de muelas. Vos sabés -y en esto no puedo menos que avergonzarme- que mi boca es como una especie de dársena embebida, embadurnada, atestada por toneladas de mariscos descompuestos. Qué le voy a hacer: el temor que le profeso a cualquier forma de odontología es irracional y paradigmático de la estupidez humana. Y la mayoría de las veces soy yo quién arreglo mis propias piezas dentales; ora con unas gotas de xilocaína volcadas a discreción sobre un cráter molar, ora con un tratamiento prolongado de amoxicilina a nivel endovenoso. Pero en esa oportunidad, te juro, lo único que deseaba era arrancarme la cabeza. Nada había funcionado. Recuerdo que anduve corriendo por el pasillo de la casa durante una hora, desesperado, gritando de dolor y dándole patadas al gato y a los muebles. Estaba solo, por lo cual estos desatinados procedimientos de catarsis física carecían de testigos. Y en un momento dado fue tal el auge del tormento que hubiese dado cualquier cosa por no sentir nada. Te das cuenta: ya no pedía placer, sólo anhelaba no sentir, que es el paradigma de la posmodernidad pelotuda de nuestro tiempo. No importa. Salí a la puerta, literalmente, arrancándome los pelos. Y, vaya a saber uno en virtud de qué designios de la casualidad, la causalidad o del destino, empecé a gritar “Los dientes, ¡ay!, la puta que te parió, los dientes”, a lo cual una señora que pasaba por la vereda me asistió de inmediato. “Pero hombre” dijo. “Mi marido es odontólogo. Venga ahora mismo. Tiene el consultorio en ésta y la 11″. Roru, eran apenas dos cuadras, de modo que me encomendé a las manos de esa buena mujer y su hipotético marido dentista.
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Y ahí fue cuando lo conocí. A Barreda, por supuesto. Un tipo fantástico, sensacional, de una sobriedad y destreza profesional sin precedentes. Aniquiló el dolor en apenas diez minutos. Me tranquilizó, merced a ese talento extraordinario que sólo los doctores de antaño cultivaban: el de la contención, la buena retórica y la cordialidad para con el paciente. No como estos carniceros de OSDE que te auscultan tal cual se diagnostica una computadora vieja; pibes jóvenes y sin humanidad que piensan que el hombre es un conjunto de sistemas y subsistemas biológicos, como un perro, una vaca o un
axolotl. En fin. Sin ofender. La cuestión fue que este hombre me convenció de hacer un tratamiento, de reparar, en la medida de lo que la atrocidad desenfadada de mi boca permitiera, el magro elenco de mis dientes. De modo que transcurrí seis meses visitándolo, dos veces por semana, a su consultorio.
. Creo que te conté que en esa época yo escribía en una revista de la Universidad. Era una suerte de folletín académico que se distribuía de cualquier forma y como se pudiera. Hoy en día pasó a llamarse
La Palabra Universitaria y -desde el año 2005- la podés leer desde la web de la UNLP. Pero en aquel entonces las cuestiones de distribución estaban más cerca de la carreta y la tracción a sangre que del flujo digital del siglo XXI. Sea como fuera, yo había publicado una serie de artículos muy polémicos sobre el origen de la luz y su dualidad onda-partícula y, en lo personal, estaba sopesando la posibilidad de
lo que vamos a hacer ahora, es decir, teleportar fotones en el espacio y en el tiempo. No te podés dar una perspectiva de mi cara cuando Barreda, el odontólogo, me confesó ser lector de tales escritos míos. El hombre era un aficionado a los fenómenos lumínicos. De hecho, me aseguró que uno de sus berretines de entonces, era proyectar
sombras chinescas sobre la pared del patio, en tanto reflexionaba en el sentido de la existencia. Yo, como te podrás imaginar, siguiendo el hilo de estas aparentes
disfunciones de la profesión de cada uno, le dije que, pese a ser físico cuántico, a mi me interesaba sobremanera la ventriloquia. Y, acaso en virtud de nuestras inclinaciones secretas, fecundamos una suave y delicada amistad.
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Pese al interés de los curiosos -esos mismos que al presenciar un accidente de tránsito detienen sus vehículos para recorrer la topología de la muerte- no redundaré aquí replicando información morbosa que hoy día es de público conocimiento: nada más confirmaré que el hombre era muy mal tratado, humillado y sometido a vejámenes morales por su familia entera. Y más de una vez, al recibirme en la consulta, se quejaba, en tanto esgrimía pudorosamente alguna parte de su cuerpo, “Vea, Vidal, ésto fue con un destornillador, Adriana. Ésto otro, en cambio, con el palo de amasar de mi suegra”. Y permanecía callado, esperando algún comentario mío que nunca llegaba a tiempo, pues, de inmediato, me hacía sentar en el sillón y se sumergía en los confines de mis muelas. Y yo lo contemplaba trabajar con un cierto estoicismo inexpugnable que tenía, tajante ante los inenarrables reductos de mi boca, como un basurero sumiso pero orgulloso del trágico destino de limpiar la porquería ajena que le tocó sobrellevar.
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Y en una oportunidad, Roru, a decir verdad, la última que nos vimos, sentí tanta pena por él y por su vida que no pude contener un pensamiento devastador. Fue un frase arrojada al azar, es cierto, como un relámpago furioso; y la expresé con la boca repleta de tubos por lo que, posiblemente, el dentista ni siquiera llegara a comprenderla. No obstante fue intencional el fervor, su lentitud y mi absoluta conciencia de la gravedad que revestía: “Barreda” le dije. “Mátelas a todas”. Eso pasó el 13 de noviembre. El domingo 15 cumplió con mi mandato. El resto de la historia, como te aclaré antes, lo sabe el mundo entero.
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Unos meses después Norma comprendió que la geometría euclidiana de una ciudad nada tenía que ver con la geografía retorcida de la existencia, de manera que regresamos a Buenos Aires, a la casita de Devoto en la que todavía vivimos. Desde entonces evito pensar en Barreda; es una cobardía de mi parte, lo sé, un no saber asumir la culpa de haber sido yo el improvisado mentor de semejantes crímenes. Quizás vaya a visitarlo a Belgrano. Quizás, quién sabe, borre ahora mismo este mail y todo lo escrito vuelva a mí, de nuevo, una vez más, como un boomerang eterno. Como regresa el miedo a la oscuridad, el frío a la noche, el hombre a la tierra.
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Mayo 7, 2008 | Por roru-2 | Claves: acelerador, axolotl, chirolita, experimento, generador, mirador, particulas | # Enlace permanente
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“¿Pero qué te pasa, pelotudo?” empezó Vidal ni bien le abrí la puerta. “¿Vos sos o te hacés? Leí tu
post anterior y me vine para acá directamente. Encima, mirá, no sabés, deberías estar contento, fijate lo que te traje”. Detrás suyo apareció una caja rectangular, como de embalaje de heladera. Medía casi dos metros de altura. “Ayudame a entrarla. Me la traje en flete desde la casa del turco Merel. Te acordás de Merel, ¿no?. El jefe de depósito de la
CNEA. Bueno, escuchá, me debía un par de favores y pagó con creces su deuda. Pobre turco, siempre tomándose tan en serio la realidad. Anduvo dos meses moviendo el socotroco de un lado al otro del edificio por el tema de las auditorias y la gente de inventario de la Comisión. A la final se lo mandó para la casa, en un rapto de paranoia, truchando un pedido de envío al
museo tecnológico del Otto Krause. Mirá, mirá, a ver, dame un cuchillo”. Fue hasta el
kitchinette a por una tramontina. “Pero la puta, este
axolotl siempre metido en medio de lo que uno hace. ¿Cómo es que aprendió a saltar hasta la pileta? En fin. Ahora, lo que realmente importa, es que vamos a poder iniciar el acelerador de partículas en miniatura y estabilizarlo al menos durante treinta segundos. ¡Medio minuto, doctor Uror! ¡Ja!. Fijate, mirá”. Y comenzó a cortar las cintas de embalaje. Me quedé duro cuando vi lo que había dentro. “Oh, no”. Atiné. “Estamos fritos”. “¿Fritos?” reconvino Vidal. “Pero mirá que sos pelotudo, vos. Decime una cosa: ¿para qué mierda estuvimos sacando material del laboratorio de la CNEA durante dos años?”. “Pero Fernando, ese aparato es un simple
generador de Van de Graaff del año 1929.” “¡Y nos echaron!” continuó sin oírme. “Ahora es momento de retomar nuestras investigaciones sobre las anomalías temporales artificiales que
ellos consideraron triviales delirios de adolescentes”. Mientras hablaba, terminó de quitar el cartón que cubría el aparato. Luego se paró a su lado, en una postura entre orgullosa y fotogénica. Entonces preguntó: “¿Y?”.
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Yo, en verdad, no sabía qué responderle. Esa cosa, por llamarla de algún modo, era, desde un punto de vista técnico, obsoleta. Su valor residía en la antiguedad y, pequeño detalle, en que se trataba, nada más ni nada menos, del
generador original de Van de Graaff, la primera implementación que este científico del
MIT había desarrollado en la década del veinte. Haberlo robado había sido una locura. Ahora la CNEA nos mandaría a la policía. Y yo tendría que escapar de esta torre de cristal en la que transcurría mi desenfadada existencia. Para colmo, ví que en el fondo de la caja, Vidal había icluido a su muñeco, ése con el que practicaba sus habilidades de ventrílocuo.
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“Escuchame, Roru. Voy a tener que quedarme acá por unos días. Norma me echó de casa. Dice que estoy radioactivo, que se le cae el pelo por mi culpa. Me traje a Chirolita. ¿Te parece bien?”. “Dios mío, no”. respondí, pero Vidal ni siquiera había escuchado nada. Continuó: ”Perfecto. Y ahora, prestá atención: si bien el generador es pequeño, el acelerador de partículas también, por lo cual, los consumos de energía serán proporcionales. Traje estos cables, mirá, tres fases. Ya estarás comprendiendo. Los vamos a enchufar a la trifásica de los motores del ascensor, cuya sala está, afortunadamente, en este mismo piso”. Lanzó una risita de loco. “Trescientos ochenta voltios. Los conectaremos a la madrugada, claro, cuando las probabilidades de vecinos con necesidades elevatorias sea mínima. Y una vez el generador retenga la tensión, entonces, paf!, ponemos en línea al acelerador”.
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Contemplé la escena un momento, aún parado como estaba en el rellano de la puerta. No sabría decir por qué, pero todo me pareció, de nuevo, innecesario e inútil. El ajetreo de los hombres, el misterio de la voluntad, el mismísimo entusiasmo de mi amigo, ¿qué significaba eso? ¿para qué había que estar haciendo siempre algo, embebido en algún desatinado proyecto? En fin. Si el ingeniero Vidal quería poner en línea el acelerador de partículas en mi propio departamento, que lo hiciera. Después de todo yo había consentido y alimentado sus perspectivas acerca de los viajes en el tiempo. Porque lo que intentaba hacer Fernando era -olvidé mencionarlo- enviar fotones al futuro. En otras palabras: haces de luz a alguna región del porvenir. Recordé
el placard embutido de Silvina Winsteinn y el vaticinio de mi propia muerte. ¿Qué me importaba a mí el futuro cuando estaba a tres años de semejante tragedia? Por el contrario, cuanto más viviera en el presente, mejor.
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Ahora Vidal había quedado contemplando la ciudad desde los inmensos ventanales del mirador. Anochecía. Estaba calmo, reflexivo, sereno, desmenuzando con sus ojos un horizonte anaranjado que se entregaba lentamente a las fauces de la noche. Lo veía de perfil, una mitad del rostro iluminado, con esa expresión a medio camino entre la incertidumbre y la certeza que yo siempre había admirado. Pensar que ese hombre mantuvo contacto con los sabios más eminentes de nuestro tiempo. Había recorrido el mundo varias veces, saltando de universidad en universidad, de seminario en congreso, compartiendo sus ideas con quien quisiese oírlo, humilde como un santo pero apasionado como un adolescente. Y ahora estaba en casa, absolutamente solo, loco, desacreditado, con un muñeco en una mano y un generador de Van de Graaff en la otra. La inteligencia tiene estos detalles de belleza y de tragedia. Y si nos conmueve es sencillamente porque hay en ella algo de verdad, porque es cierta.
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Y ya, entre pitos y flautas, se hizo de madrugada. No soy bueno con las palabras. Demoro tanto en redactar. Ahora guardo el post y mañana les cuento sobre el experimento.
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