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El Coordinador de Blogs.

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En general, despierto violentamente, sin transiciones ni preámbulos. Como caer en montaña rusa a la realidad, gemidos incluidos: especie de guturalidades de alarma ante tamaña incoherencia vigílica que supone -una vez más- comprenderse dentro del mundo. Al estar solo, no es relevante que un tipo abra los ojos y empiece, sin más ni más, a los gritos pelados, dando, inclusive, manotazos al aire hasta que, poco a poco, se acostumbra, se seda, es domado por el universo irrevocable en que vivimos. Sin embargo, ayer, cuando volví en mí por la mañana, cierta silueta inesperada se interpuso entre la ventana y mis ojos, informándome lo siguiente:
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“Sistema de auditoría y coordinación de blogs. Clarinetepuntocom. Estaba abierto”.
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“¡¡Aggga!!” atiné yo, como por inercia existencialista.
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“Deje de gimotear y atienda, doctor Uror.” se me ordenó en seco. “Hace una hora que anda lamentándose mientras duerme y yo no tengo tiempo. Mi vida es un permanente coordinar”. Se trataba de un hombrecillo regordete, petiso, bien empilchado, muñido a un maletín de ejecutivo y con una credencial en la solapa del saco que yo no podía leer bien. “Veo que su vida es tal cual la profesa en su blog” continuó. “Un desastre. De todas formas, nunca imaginé tal magnitud de suciedad, abandono y desidia unidos como en una apócrifa trilogía eclesiástica. Pensé, a decir verdad, que sólo se trataba de un ejercicio literario.”
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Quise incorporarme y me corté la mano con un vaso de whisky.
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“Encima, bebe.” se me reconvino. E inmediatamente, a pesar de mis gemidos: “Cállese y escuche. Es de fundamental importancia que lo haga. Nosotros tenemos” y al decir <nosotros> su rostro pareció enriquecerse con cierto haz monopólico “una postura muy democrática en cuanto a la información en general y a los contenidos de los blogs en particular. Y usted, a todas luces, malinterpreta el espíritu que se le ha querido imprimir al proyecto”.
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“¿Señor?” atiné a preguntar, en tanto me levantaba del colchón que oficia como cama.
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¡Señor, nada!. Coordinador a secas. Por si no lo sabe, mi misión consiste, entre otras infinitas tareas, en la reeducación del bloguero, en conferir visibilidad literaria a aquellos que, como usted, carecen de luz propia”. Mientras se expresaba, me llamaron la atención ciertos saltitos esporádicos que daba, ora por aquí, ora por allí, como si le quemara el piso o -mejor aún- como si fuese un canario saltando de palito en palito dentro de una jaula. “Pero qué barbaridad” protestó. “Aquí tiene ese asqueroso bicho andando suelto por el colchón. ¿Pero qué es, un gato?”
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“Un axolotl” respondí. “Es anfibio”.
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“Si, si, si, si. Axolotl. Ya hemos leído su post. Es una cosa espantosa. ¡Y qué olor irradia!”.
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La palabra “irradiar” me recordó, de pronto, que había olvidado el uranio enriquecido arriba del acelerador de partículas. Generalmente, lo guardo en una caja de plomo, de modo que cuando advertí a las piedritas radioactivas dentro de un frasco de mayonesa Hellmans, no pude más que pensar en el futuro cáncer de mis vecinos.
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“Y aquí veo que tiene el famoso acelerador miniaturizado. Qué incongruencia. Qué irresponsabilidad. Parece una pista de scalextric. ¿Y de dónde son estas simpáticas piedritas?”
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“Del Valle de la Luna“. mentí.
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“Ajá”. acotó en tanto se acercaba el frasco de Hellmans a la cara. “¿Conoce San Juan?”.
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“No”. Agregué. “Me las trajo el ingeniero Vidal el año pasado”.
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“¡Doctor Uror!” comenzó otra vez. Tenía un timbre de voz como de urraca, o de cierto tipo de pájaro herido. “Deje ya de mentir y engañarse a sí mismo. El ingeniero Vidal no existe, es algún tipo de alucinación suya”.
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“De ningún modo”. Me defendí.
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“Oiga Uror: lo hemos investigado con minuciosidad en función de una cierta e inmerecida popularidad suya en la blogósfera que, desgraciadamente, día a día va en aumento. Toda esta serie de disparates literarios, como el ficticio ingeniero Vidal y su cita con la chica de los órganos internos;o el mito del telescopio y los mensajes que le dejan en un portarretratos de Liniers; por no mencionar a ese axolotl que le salió del caño de agua de la cocina. Por favor, Uror. Usted es científico. No se convierta en un mistificador. ¿Cuánto hace que no echa una mirada por su telescopio? ¿Ha visto ya los innumerables mensajes que le deja la gente en las ventanas de sus departamentos por toda la Capital Federal? ¿Sabe que hay grupos de usuarios que lo buscan a usted por Caballito para asistirlo en sus disparatadas investigaciones? ¿Se enteró que, prácticamente, tienen localizado este edificio? Y, lo que es infinitamente más perjudicial para su carrera: la CNEA lo está leyendo”.
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Mientras discursaba como político barato, traté de localizar una valerina para limpiarme la sangre de la mano. Qué raro: tenía un color naranja amarillento bastante alarmante. “El uranio enriquecido” pensé. Pero dije, desviando la conversación: “Si usted se asomara al baño, comprendería perfectamente que no miento”.
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“¿Al baño?”. replicó él. Y se dirigió allí a los saltitos. “Pero, ¿qué tiene ahí?. ¡Oh! ¡Qué horror!”.
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“No al interior del inodoro” advertí. “Más bien detrás de la mampara”.
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“¡Doctor Uror, de ninguna manera! Es usted un promiscuo degenerado. Ya he visto suficiente aquí. Pues bien, venga”. Y extrajo, de ese maletín de ejecutivo que traía, una notebook de última generación. Al abrirla vi que tenía cargado mi blog, en la sección de administración de usuario. “Hágale un favor al mundo” continuó en tanto me la acercaba. “Aprete delete, aprete delete. Borre su página ahora mismo”.
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“Preferiría no hacerlo”. Contesté.
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“¿Pero es que no comprende nada?”. Los ojitos le daban vueltas en unas órbitas redondas muy graciosas que hasta entonces no había advertido. “Hay personas que creen todo lo que usted dice, que mandan mails a la redacción del diario, que hacen preguntas. Por lo menos aclare que se trata de ficción. Que miente”. Permanecí callado, limpiándome las lagañas. Por detrás, el axolotl emitía su “plaf plaf.. plaf” chapuceando en el bidet. “Pues bien, doctor. Ya se lo he advertido. Si usted no borra el blog, lo borrarán ellos“. Y, sin darme tiempo a nada, portátil en mano, se retiró bruscamente del departamento.
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Entonces apareció el ingeniero Vidal con un papel higiénico.
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“Che, Roru, muy buena ducha” comentó. “Aunque éste papel produce llagas en el culo. ¿Con quién hablabas?”.
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“Con nadie”. Repliqué. “Me parece que acabo de imaginarme a un tipo que no existe”.
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“Está bien. Lo único que existe es el vacío. Vos lo sabés. Cuántica pura. Pero tengo algo terrible para contarte. Bien terrenal. Vení, sentate, escribilo”.
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Tomé papel y lápiz. Y empecé a escuchar a mi viejo amigo…
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