Agosto 6, 2008 | Por roru-2 | Claves: axolotl, planilla, relato, star, trek | # Enlace permanente
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Un gravísimo problema que debe ser considerado al entrar en el departamento luego de una excursión al ancho mundo, sea de un minuto o de un milenio, consiste en averiguar qué carajos hizo el explorador ahí afuera, en ese futuro en lontananza para nosotros, monjes recluidos en esta ermita a cada instante más pretérita. En otras palabras: la memoria, así como el tiempo oficial, queda detrás de la puerta de entrada y con ella sus recuerdos. Lo cual significa que sabemos lo que vamos a hacer pero no cómo logramos hacerlo. Pues, naturalmente, toda acción en el exterior es olvidada una vez abordado el querido Mirador
caballitense. Esta clase de cuestiones, Vidal las resuelve con una planilla que cuelga en la pared del comedor. Allí se anotan los pormenores, como en una bitácora de vuelo, que se ejecutarán fuera, aunque con una puntillosidad tan insoportable que, el mero acto de leer el intrincado conglomerado de acciones futuras, lo deja a uno sin el menor deseo de moverse. Para colmo, Fernando antepone a cada una de estas listas, prolegómenos del género siguiente: “Bitácora del capitán Vidal, fecha estelar 31.07.08 -8*167, tiempo de Uror. Me dirijo a la zapatería a comprar cordones. Después:
Coto, alimentos elaborados antes de la fecha de la referencia para evitar
Efecto Pizza“. Es decir, apunta irrisoriedades estúpidas y arreglos literarios dignos de
Star Trek que nada tienen que ver con la dimensión del drama que nos aqueja. Y luego, por ejemplo, este otro tipo de aclaraciones: “Si vengo con loro es que robé pajarería”. En definitiva, pelotudeces de variado calibre, chiquilinadas carentes de lógica y rigor científico que, en cualquier caso, más que alivianar nuestros contratiempos, los complica logarítmicamente. Porque, como se comprende, la planilla no considera incertidumbres, imprevistos ni azares de ninguna índole. Tal es el caso del difunto
dueño del axolotl, quien fue resucitado en virtud de un súbito y caprichoso salto entre épocas. Y ahora, como si esto fuera poco, el nuevo
Hijo del Hombre se niega a abandonar mi domicilio.
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La tarde en que Vidal decidió entrar al departamento con el cuerpo de este sujeto desdichado, olvidó que tal evento
no estaba anotado en la planilla. Motivo por el cual desencadenó una seguidilla de circunstancias tan insólitas, inverosímiles, amorales y patéticas que hoy, componiendo el presente texto, me avergüenza describirlas. Cuando yo, detrás de ambos, ingresé después, el cuadro que observé en el comedor fue digno de una obra de
Fellini. En primer lugar, piénsese que ninguno de los tres recordábamos nada de lo sucedido en el palier. Y, cosa curiosa, debo anotar que, cuando se regresa al pasado del Mirador, uno vuelve con todas las accesoriedades de ese entonces. Incluso, con lo que tenía puesto. Y este pobre sujeto,
el dueño del Axolotl, vaya a saberse si en virtud de su mala suerte, apareció lisa y llanamente en pelotas. Y mojado. De modo que, mi primera percepción del comedor fue la inquietante imagen de Vidal sosteniendo en upa a un tipo desnudo que gritaba como un condenado. El ingeniero, por su parte, acaso por acto reflejo, o merced a ese innato histrionismo que siempre lo hace exagerarlo todo, también comenzó a propalar improperios pero -y resultaba tragicómico verlo-, sin soltar al pobre tipo que mantenía en sus brazotes como si fuese un bebé. “¡Intruso, Roru.. Intruso!” Me aclaraba. En tanto el otro, todavía más perturbado, pataleaba en el aire, intentando cubrirse con las manos los testículos.
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Todo esto duró hasta que logré imponer una precaria calma que parecía sostenerse sobre un delgado filo de manteca: “¡Vidal!” Lo increpé mientras iba en busca de una toalla. “¿Qué mierda hicimos afuera? ¿Por qué entraste con este tipo en upa?”. “No sé, Roru”. “¡Soltá a ese hombre, entonces! Señor, tome, cúbrase con esto”. Por si acaso, los separé y me ubiqué en medio de los dos. “Pero no está en la planilla” Insistía Fernando. “¡No está en la planilla!”. “¡Basta, Vidal! La planilla no sirve para un carajo. Ahora bien: usted señor, deje de gritar, cúbrase y escuche: por alguna extraña razón, de hecho, producida por la estupidez de mi compañero, acaba de retroceder 17 días y 6 horas en el tiempo. Si no tiene ropa es porque en tal instancia pretérita se estaría duchando”. “O garchando”. Acotó con sorna el ingeniero. “¡Silencio!”. Corté vehementemente. No podía permitir una impertinencia más. En medio de la confusión reinante, se me ocurrió que cuanto más rápido ese hombre abandonara el Mirador, mejor: “Óigame bien, señor. ¡Y no llore!: lo mejor será que considere la actual circunstancia como una pesadilla. Usted se irá por esa puerta y luego a su casa o a donde sea. Recordará este evento como un disparate de su conciencia, como un resabio de insensatez al que, sin embargo, no concederá ninguna importancia. ¡Me entiende! ¡Y por dios, deje de lloriquear!”. “Pero yo estaba en la puerta del 21 A para… “. “¿Trabaja en la
CNEA?”. Improvisó Vidal. “¡Calláte pelotudo! ¡Que ya bastantes cagadas hiciste! Señor”. Continué, intentando aplacar mi propia desesperación. “Por favor, salga de aquí. Y no regrese. Ignore a lo que haya venido. Cuando esté afuera, de seguro lo recordará. Pero no vuelva. Y ahora, adiós. Vos, Vidal, acompañálo también. Hacé algo útil”. “Pero, Roru..”. “¡Roru, nada! ¡Salgan los dos!”.
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Los vi alejarse por el breve pasillo que comunicaba al futuro del mundo. Ese exterior del cual nos habíamos cercenado física y temporalmente. Obedeciendo a mi abúlica costumbre de siempre, me arrojé en el sillón a contemplar
el telescopio como si se tratase de un animal de la prehistoria. En rigor, lo único que a mí me importaba era que pasase el tiempo, que se sucedieran los días como una película mala dentro de un cine incómodo y siniestro. Quería cumplir con la existencia. Nada más. Y morir sin paraíso y sin infierno. Porque, ¿qué otra cosa pedir? ¿Cómo puede pretenderse, después del banquete de tragedias que significa la vida para todos sus seres, continuar siendo más allá de la muerte? ¡Qué gran insensatez! ¡Qué absurda gula ontológica! A mí, que me desconecten, arrojado a esa nada eterna desde la cual, hace cuarenta y tres años, vine a perturbar la Tierra. Para colmo, la escena de la playa, la imagen de Vidal y mía yendo hacia el océano, esa suerte de somnolencia que ambos veníamos padeciendo a causa, seguramente, de la
Anomalía Temporal Local, se hacía a cada momento más vívida y persistente. Entonces, el suicidio aparecía en la mente como una seductora doncella.
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Y estaba mascullando estos sombríos pensamientos cuando, intempestivamente, apareció el ingeniero Vidal sosteniendo en upa al dueño del Axolotl de nuevo. Yo me quedé duro. Iba a decir algo, pero no hubo tiempo: “¡Roru!, ¡Roru!”. Aulló Fernando. En su voz se advertía una extraña desesperación. “¡He matado a un hombre! Ahí, en el palier… El futuro… ¡He dado muerte a este sujeto!”.
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Hasta hoy, jamás había visto a mi amigo llorar.
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Agosto 2, 2008 | Por roru-2 | Claves: blog, chat, instalar, tutorial | # Enlace permanente
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Bien. Han votado que SI. Y lo prometido es deuda. Hoy vamos a aprender a incrustar un servicio de CHAT dentro de nuestros artículos, similar al que les presenté a modo de prueba en el
blog unos días atrás. Como siempre, el tutorial será básico y estudiaremos los pasos y configuraciones fundamentales para que todo funcione. Aquellos amigos que quieran ir algo más lejos, pueden consultar las
ayudas en línea del propio servicio o empezar a improvisar modificando parámetros adicionales que ya les iré mostrando en los gráficos posteriores.
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Para que tengan una idea no tan lórica (de loro, neologismo de Vidal) de la cuestión y sepan qué cosa vamos a hacer aquí, los introduzco brevemente en el tema: al instalar un servicio como éste, tomamos prestado un sistema de terceros, por supuesto, gratuito, que se brinda desde otra web. Simplemente, abriremos una cuenta en el sitio correspondiente, cargaremos unos datos personales e identificación de nuestro
canal de chat y, para terminar, copiaremos el
código HTML que se nos suministre al final de nuestro artículo en el
blog (o en un archivo de texto para un uso posterior). Si leyeron el
tutorial anterior sobre
contadores de visitas, comprenderán que el mecanismo es muy similar en lo que se refiere a la obtención del código que debemos transcribir a los
posts que vayamos escribiendo. Si alguien no lo leyó y está interesado en la instalación del CHAT, recomiendo que se tome un par de minutos para revisarlo y entender mejor este último concepto. Véanlo
aquí. Si tienen impresora y ganas de gastar un par de gotas de tinta y otro tanto de papel, también es buena idea imprimirse lo que necesiten para después trabajar más tranquilos fuera de mi
blog y con el de ustedes en línea.
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¡Empecemos! Vamos a abrir un navegador y apuntamos aquí:
http://chatango.com/ que es la dirección principal del portal que nos brindará el servicio de CHAT. Cuando lleguemos, veremos la página siguiente:
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¿Todo un despelote, verdad? No tanto. Este es un mundo de información inútil, por lo que vamos a eliminar redundancias. Presionemos, simplemente, la OPCION EN AMARILLO: Create a public group. De esta manera, luego de esperar unos instantes, el sistema nos enviará a la página siguiente. La vemos:
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Y ahora, fíjense bien: si observan el principio, en el extremo superior izquierdo de la imagen, tenemos tres campos que yo les completé sólo a modo de ejemplo, para que se hagan una idea de la clase de información que se debe cargar (por si algún lector tiene problemas
inglishenses). Ustedes, después, adaptarán los datos a sus necesidades. Me refiero a
Group Name, Group URL y Owner´s Message. Si por casualidad, el nombre del grupo o la URL del grupo ya existiesen en el sistema, es decir, si hubiesen sido creadas por otras personas con anterioridad, entonces aparece un mensaje que les solicita cambiar la combinación. Muy parecido a cuando en
Hotmail creamos una cuenta nueva y ésta ya fue dada de alta.
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El resto de las opciones que están por debajo y hasta el final de la página tienen que ver con la configuración avanzada del CHAT. Que, en rigor, se refiere casi exclusivamente a la apariencia de la ventanita del servicio que incrustaremos en los artículos: tipo de letra, tamaño, colores (del marco y de las letras), etcétera. Si se dan un poco de maña pueden probar de cambiarlas, tocar un poco acá y allá e ir viendo cómo se transforma la apariencia. Elijan la combinación que más les guste de acuerdo a la estética de sus blogs. Si lo quieren ver tal cual está en el mío, no hace falta ajustar ningún parámetro. Cuando estén listos, presionen la leyenda en amarillo: CONTINUE. Y veremos lo que sigue:
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Este es un paso muy sencillo pero importante. Sólo tenemos que indicar el nombre de nuestro usuario dentro del canal de chat (sería como el administrador del sistema); luego una clave de acceso (
password) para ingresar cuando lo tengamos funcionando y, finalmente, un
e-mail de contacto. Como en el paso anterior, les ejemplifiqué la data de los campos con los del ingeniero Vidal. Ustedes sabrán reemplazarlos por los que correspondan. Es crucial, no obstante, que los recuerden o anoten en lugar seguro, dado que, una vez que generamos el código que nos permitirá incrustar el servicio, no podremos ingresar a las opciones de administrador sin ellos. De todas maneras, a los pocos minutos de registrarnos, recibiremos un correo electrónico con los datos relevantes de la cuenta y el canal de CHAT creado. Ahora, sigamos. Presionemos sobre el cartelito amarillo
SIGN UP. Así viajamos a la última página:
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De la información de la página anterior, lo único verdaderamente relevante es el
código que nos suministran. Es decir, el contenido de la ventana rectangular de la porción superior. Ése choclo de información en formato HTML es la que debemos incrustar en nuestros artículos o tener resguardada en algún archivo en formato de texto o, incluso, como borrador en el
blog. Recuerden los comandos de copiado y pegado de texto en Windows (les vuelvo a recomendar que repasen el artículo de
contadores de visitas para refrescar este proceso): se pinta todo el contenido de información con el ratón. Luego se presiona CTRL-C (copiar). Después, en la aplicación destino, que puede ser el
bloc de notas o bien un artículo en borrador de nuestro
blog, CTRL-V (pegar). ¡Y listo! Ya es nuestro. Prueben en un
post nuevo, con el modo HTML activado (el botoncito que está a la derecha y arriba del recuadro de la ventana edición), y peguen la información. Guarden como borrador y después vean el
post. Así prueban sin necesidad de publicar, por si necesitan hacer correcciones o tienen algún otro problema.
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EPÍLOGO:
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Pues bien, en teoría, a estas alturas, todo estaría listo para funcionar. Ahora, vamos a chusmear un poquito en nuestro rol de Administradores del CHAT. Con él podremos borrar los textos de las conversaciones viejas, o cambiar pequeñas configuraciones como, por ejemplo, el nombre del canal.
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Logueándonos como Administrador:
Dentro de la ventana del servicio, clickeamos
Set Your Name. En la siguiente ventana, completamos el
nombre de usuario y el
password. Presionamos
Log In y ya estamos adentro. Existen varias opciones adicionales en este modo. Nosotros, aquí, estudiaremos las más sencillas. Después, a medida que vayan experimentando con el sistema, ustedes podrán jugar con todas, o bien leer las ayudas del servicio
Chatango en la página oficial de la web.
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Así veremos el cuadro del CHAT al ingresar como administrador:
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Y así, una vez que estemos dentro del sistema:
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Adviertan que esta ventanita se despliega cuando presionamos la palabra Settings, que está debajo, casi tapadita por el marco. Del conjunto de los comandos que se muestran, sólo nos interesan: Edit Group, que nos permite cambiarle el nombre el Chat. Además, el comando Delete All Messages nos da la posibilidad de borrar todo el historial de mensajes dentro de nuestro canal. Esto es muy útil cuando es demasiado extenso o bien al mudar el CHAT del artículo a otro nuevo que hayamos escrito. Otro ítem piola es el Invite: sirve para hacer invitaciones directas a gente que tiene MSN Messenger, Yahoo Messenger, etcétera. Y traerlos al canal de CHAT. Como verán, desde que se inventó el Laverap ya no necesitamos más de nuestras madres (es de Vidal, no mía)
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OTRAS NIMIAS ACLARACIONES:
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Tengan en cuenta que todo lo nuevo puede parecer difícil. Pero no lo es. Sólo es nuevo. Por otra parte, la actual interactividad del blog, nos permite ir parcheando aquellos conceptos que no entendimos o no fueron explicados con claridad. Un tutorial es un boceto. Por eso utilicemos el área de comentarios para preguntar. No se desmoralicen y comenten. Interroguen que yo contesto. Si se quedan demorados en algún paso, escriban con claridad dónde tienen el problema. Piensen que, como ustedes, algunos usuarios más podrían estar en idéntica situación. Recuerden probar todo lo que quieran pero SIN PUBLICAR. Háganlo en BORRADOR. De ese modo, si se equivocan, no perjudicarán el contenido de sus blogs hasta que estén seguros. ¡Suerte a todos!
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Julio 25, 2008 | Por roru-2 | Claves: amistad, ariel, efecto, melancolía, mirador, ramirez, storni | # Enlace permanente
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Lo que ninguno de los dos nos confesábamos, ni Vidal ni yo, era esa sensación a cada momento más desagradable que aparecía cuando entrábamos al departamento. Se trataba de una apreciación un poco intelectual, otro poco metafísica, cierta conjunción de culpa, congoja y melancolía. Un estado espiritual enemigo de la felicidad. Naturalmente, mis sospechas recaían sobre alguna secuela de la Anomalía Temporal Local, el misterioso fenómeno que nos arrojaba al pasado en una constante de
ocho minutos por hora. Para colmo, habían empezado a aparecer las primeras incoherencias asincrónicas de las cuales Fernando no tenía la menor idea. Por ejemplo, el
delay. Si se salía, pongamos por caso, durante una hora al exterior, al regresar, es decir, al ingresar a casa de nuevo, el tiempo transcurrido era mucho mayor que el empleado afuera. A veces de varias horas o días enteros. Como si atravesar la puerta que separaba ambas épocas fuese un largo túnel que había que recorrer,
consumiendo tiempo. Y Vidal, en lugar de cavilar en estas cuestiones, se dispersaba en las más infantiles actividades, como jugar con
Azulejo, bañar al
Axolotl o tocar en el piano tristísimas piezas de
Richard Clayderman.
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Yo, por el contrario, no hacía nada. Permanecía despatarrado en el sillón del Mirador, observando el telescopio como un paleontólogo puede estudiar los restos de un animal de la prehistoria. ¿Para qué mirar, si todo lo que veíamos por los ventanales ya había acontecido? Este orden de cosas me producía una exagerada pesadumbre. Un permanente divagar en consideraciones inútiles, en eventos pasados, en antiguos afectos. Y de esos recuerdos de mi exigua vida sólo extraía como conclusión la pena. A veces, el simple hecho de observar un objeto cualquiera, una llave interruptora, una canica de pelusa en un rincón, o las pelotas de fútbol que Vidal había comprado para sus ridículos experimentos, me provocaba un seco y silencioso llanto, extraviándome en nefastas sensibilidades. Y como si esto fuese poco, un día antes del descabellado encuentro con
el dueño del Axolotl, apareció un mensaje de
Norma IRAMovich en el contestador automático, pidiéndole el divorcio al ingeniero. La mujer estaba hecha una fiera y arañó la cinta del aparato con un abanico de amenazas e improperios dignos de un diccionario de sinónimos.
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Así transcurríamos el tiempo en el Mirador. Cada cual sumergido en abstrusas dispersiones que nada tenían que envidiarle a la insensatez. Como chicos en una sala de juegos esperando que sus padres vengan a buscarlos. Y allá, no obstante, en el subsuelo de mi consciencia, una débil baliza me indicaba la inminencia de una tragedia. De alguna manera, la orquesta de acontecimientos insólitos de la que fuimos directores y oyentes parecía querer abandonar la obra y guardar sus instrumentos. Yo sentía una noción de final. Un súbito cesar de trompetas. Un silencio de redonda en su último compás. Y me preocupaba sobremanera por Fernando. Porque, ¿qué le irían a hacer a ese hombre loco si nos atraparan, si alguien, la policía o la
CNEA, descubriera el Mirador? Ese hombre sin maldad que, además de físico era un artista, un voraz lector de toda la ciencia ficción que pudiera haberse escrito, un fanático de
Oesterheld, un amante de
Verne. Lo miraba ahí tocando el piano, en cuyo atril no había partituras, sino hojas atestadas de algoritmos matemáticos. Y, cada tanto, alejaba sus manos del nácar para rasgar en el papel algún misterioso número, o un operador lógico que, de inmediato, daba otro sentido al relato de sus cálculos. ¿Cómo iba a sobrevivir allá afuera, preso, o internado en un manicomio, sin mí?
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Lentamente, como si la tristeza fuese un agente de viajes y yo su único turista, mi mente recorría los parajes más sombríos del porvenir. Yo siempre había sido un solitario. No tenía esposa ni hijos. Sin embargo, entre esas geografías de aflicciones, comprendí que mi destino había sido agraciado con una de las experiencias más sublimes que alguien pueda conocer: la de la amistad. A pesar de mis intentos de misantropía, de mi absurda reclusión forzada en el Mirador, Fernando siempre se las había arreglado para acompañarme. Y hacía todas las gestiones que yo aborrecía: pagaba los impuestos, traía la comida. A veces, aunque parezca extraño, aseaba el comedor. Daba la impresión que ambos, tácitamente, no habíamos querido crecer para conservar esa clase de amistad que sólo brilla en la adolescencia. Ese acompañarse incondicional y tierno. Ese callado permanecer, con la suave presencia como diálogo. Porque el amor verdadero es aquel que prescinde del cuerpo del amado. El que une las almas más allá de la sensualidad de las carnes que las encierran.
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Y en tanto reflexionaba inconsistencias, sometido al raro corolario de esta amargura obligada que reinaba en el departamento, una imagen, acaso una escena, iba cobrando fuerza en mi imaginación: Fernando y yo, en una playa lúgubre y desierta, avanzando hacia el océano. Íbamos cabizbajos, como condenados al abismo de ese mar que parecía habernos aguardado pacientemente durante milenios. No sabría decir por qué, pero tenía la sensación que debíamos purgar un inaudito pecado. Una herejía espantosa que hasta entonces ningún hombre se había animado a perpetrar: haber jugado con los hilos de Dios.
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Entonces Vidal, sin transición alguna, se levantó del piano y arrojó su generosa humanidad en dirección al Mirador. Tuve la impresión que iba a matarme. Sus ojos delataban ese etílico romance con la botella de Grant´s. Sin embargo, al llegar al telescopio, me increpó, señalándome con el índice: “A vos te aparece un mar”. Me quedé duro. “¿Cómo?”. Titubeé, sin entender. “Yo te estuve observando: a vos te aparece un mar y nosotros caminando hacia él, suicidándonos”. No podía admitir que me hubiese adivinado. “Bueno, escuchá”. Continuó en un áspero susurro. “Hace días que estoy viendo lo mismo. Pero yo tengo una teoría”. Y me alcanzó un manuscrito repleto de fórmulas e incomprensibles numerologías. Las matemáticas de Vidal eran tan avanzadas que apenas podía digerirlas más allá de las primeras líneas. Mientras estudiaba su nerviosa grafía, él regresó al instrumento a tocar una emotiva canción folclórica de
Ariel Ramírez:
Alfonsina y el mar. Luego, en tanto arrojaba a la agobiante atmósfera del Mirador los primeros acordes de la obra, concluyó: “Roru: no sé aún qué es. Pero lo voy a cagar. Por el momento, llamémosle así:
el efecto Storni“.
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Julio 22, 2008 | Por roru-2 | Claves: blog, chat, demo, proxy, tutorial | # Enlace permanente
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Investigando un poco por la
Web, encontré una manera de incrustar un servicio de
CHAT en nuestros artículos. Es bastante sencillo. Aquí les traigo una muestra de lo que podemos hacer para comunicarnos en tiempo real con nuestros colegas o lectores más frecuentes nada menos que desde nuestro propio
blog. Si les interesa, voten por un
*SI* en los comentarios y les preparo un buen tutorial. Mientras tanto, pruébenlo a ver qué les parece. Sepan que la primera vez que cargan la página el servicio puede demorar unos segundos en iniciarse en pantalla. Por favor, sean pacientes. Para utilizarlo, cliqueen en el botón
Set You Name y en el campo
Set a Temporary Name, escriben su
nick. Luego presionen
GO. Para enviar mensajes, simplemente se posicionan en el campo inferior del recuadro (
Add a comment). El resto de las funciones es bastante intuitivo. Entonces, cada vez que ustedes publiquen un
post, además de los clásicos comentarios, se puede incorporar esta breve aplicación para un contacto más directo con nuestros colegas y lectores. La idea es que lo ubiquen al final del último artículo y se vaya removiendo de los anteriores. Ahora toqueteen y experimenten que no se rompe nada. Recuerden que si están detrás de un
servidor Proxy, en general instalados en empresas u oficinas en las que existe más de una máquina en red, es posible que no haya conexión.
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EL CHAT HA SIDO INCLUIDO EN EL ULTIMO ARTICULO DEL BLOG.
Les ruego que avisen si algo no funciona como esperaban. Otras dudas, consultas, estimaciones, conjeturas, incertidumbres, dudas de índole distinta, sinos, perplejidades, inconsistencias, aleatoriedades y ensombrecimientos, favor de acumularlos en el living de los comments del blog. Muchas gracias.
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Julio 18, 2008 | Por roru-2 | Claves: amante, amor, cámara, relato, sexo | # Enlace permanente
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Si tuviésemos a disposición un hipotético camarógrafo indiscreto que apuntara su lente a las fauces de una ventana abierta en el atardecer de la víspera; si, además, esa ventana perteneciese al dormitorio del departamento B, piso décimo de cierto edificio de la avenida Belgrano, vereda par, altura 2300, intersección Matheu; si, por fortuna, la demorada luz concediera al sofisticado diafragma atisbar con delicada claridad el cubículo interior, veríamos, pues, dos contornos humanos, de pie, hombre y mujer, ella delante, él detrás, sutilmente entrelazados, embebidos en los preámbulos del erotismo.
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Es lógico: el cámara, hombre avezado en corromper privacidades -imaginémoslo empleado de algún magazine infidente de la televisión-, más cerca del reino de los detalles que del discreto barrio de la reserva, buscaría con su hipóstasis digital los exquisitos adjetivos visuales para nutrir la escena. Entonces, toma más, plano menos, no tardaría en extasiarse con la penumbrosa dimensión de un culo: dos nalgas suspendidas por el deseo, esmeradas, detenidas en ese ángulo virtuoso que vence la pesada gravedad y adscribe a la esforzada belleza de lo aéreo. Pues todo lo bello es alto y tiende al cielo: las nalgas, los pechos, los rostros altivos, levemente orientados por encima del confín. Esto, por supuesto, él lo sabe. Y no demoraría en transcribir a bytes las analógicas convulsiones de la carne. El secular cortejo instaurado hace milenios por la raza que atestigua y a la cual pertenece.
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Y ahora, en virtud de un micrófono de gran alcance -que los hay direccionales y extremadamente sensibles-, la delgada porción de cinta encargada del audio, formato
mini dv, 8 bits, channels 1&2, stereo, registraría los ansiosos jadeos de los dos, alguna palabra suelta -de esas que se dicen pensando en nada pero sintiéndolo todo-, e incluso vocales perdidas, nimios racimos de sílabas huérfanas. En fin: demostraciones irrefutables de que el lenguaje humano, en el continente del deseo, además de insuficiente, provisional, torpe, tosco e inane, es irrisorio y carece de sentido.
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Por eso, cuando el glande de él agradece la generosa magnitud de los flancos íntimos de ella, hinchándose como
Goliat, ambos sienten el contacto, el suburbio tibio y tan querido de la capital que une caminos y peregrinos. Y en esa curiosa coincidencia del destino y de los cuerpos, en ese dulce paraje que exilia el dolor y la tragedia, se olvidan. De sí. De que son unos. De que nacimos para sufrir el utópico sueño de ser dos. De que la muerte nos lleva a cada cual por su lado. De que no hay plegaria que amedrente la soledad. Y de que Dios es el silencio y nosotros su grito.
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Pero, naturalmente, tales elucubraciones son nuestras, pues el camarógrafo que nos ha tocado en suerte, si bien intrépido y sagaz, conoce poco o nada de las complejidades del amor. Más bien, en este momento, en lugar de cavilar, andaría
zoomeando ese increíble pene que aparece en primer plano, un tremendo zocotroco colorado, duro, podría llamársele toscano, o termo, que, así como están parados estos dos incautos, de perfil en la ventana, uno detrás del otro, comienza a bombear, a invadir, a penetrar las secretas oscuridades del bajo fondo de ella. Y entra y sale. Sale y entra. Cada vez con mayor exactitud. Como el pistón en el cilindro. Como la llave en el cerrojo. Como el enchufe macho en la ficha hembra. Como el mini
plug en el
i-phone. Como la antena en el radio. Como la aguja en la tela. Como la factura en las argollas del bibliorato. Como el dedo en un anillo. Como la boquilla del saxo en una boca. Como mi lengua tras el peaje de tus labios. Por lo cual, bien mirado, pareciese que todo el universo conspirara para meterse en un agujero.
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Y así andarían los desprevenidos amantes. Diluyendo infinidad de minuciosos poemas en el frenetismo de ese acto tautológico que es el coito de la humanidad. Entra y sale. Sale y entra. Un mantra visual para el cámara que, de hecho, estaría fascinado por captar el pecado de ser vistos en medio del amor. Hasta que el hombre, ése que anda abrochado en ella y entrándole por detrás, sufre una violenta convulsión y se detiene, como un sutil equilibrista, como el soldado en el rellano de una mina, retirando el endeble puente cartilaginoso que los vinculaba, regresando otra vez a la vasta y permanente individualidad, al volver a ser distintos, otros, soledades ciegas,
boxes entre tabiques. Y eyacula. Arroja el barniz de la vida sobre los muslos de ella. Y el moco cae. Se desliza. No sube al cielo como la belleza. Se va al piso como hojas secas. Fenece en el parquet. Futuro estigma de
Higienol. Remolino de inodoro.
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“Mi vida”. Dice él. “Amor”. Responde ella. “Quiero que te divorciés de ese hijo de mil putas. Y que lo hagás mierda”. Hay un silencio breve, tenso, casi insostenible. Nuestro cámara, sorprendido, ajustaría el control de audio a su máxima sensibilidad: “Sí. Lo voy a hacer”. Confirma la fémina. “Hoy fui a la policía y les di la dirección de Roru Uror”.
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Era
Norma IRAMovich, desde luego. La mujer de Fernando Vidal. Y si no se tratase de un hipotético camarógrafo quién documentaba la escena; y si éste no fuera un tenue ejercicio de probabilidades literario, la gente del Mirador de Caballito tendría las horas contadas.
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PD: como siempre que incluyo contenido multimedia en el post, si estás leyendo el presente artículo desde la solapa AMIGOS puede que no funcione. Ingresá en la dirección principal de Preferiría No Hacerlo.(http://blogsdelagente.com/barthleby/posts) ..
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Julio 15, 2008 | Por roru-2 | Claves: axolotl, experimento, tiempo | # Enlace permanente
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Una de las nuevas manías del ingeniero Vidal, ahora que habíamos confirmado el desfasaje temporal de ocho minutos por hora, era salir y entrar del departamento para realizar las más inverosímiles de las experiencias, pues habíamos descubierto un incomprensible delay al cambiar de época. Por ejemplo, arrojar cosas de afuera hacia adentro. Y ver cuánto tardaban en aparecer. O golpear la puerta y esperar horas para oír el llamado. En general, tales desatinos no hacían más que despertarnos en mitad de la madrugada, con estruendos de toda índole. Para colmo, lo que en un principio pareció obedecer a un procedimiento de mediano rigor científico, terminó degenerando en una suerte de deporte chistoso. Fernando compró pelotas de fútbol número cinco y las pateaba hacia el interior del comedor como si de penales se tratase. Luego había que andar esquivándolas o pasar corriendo delante de la puerta de entrada para evitar el riesgo de un imprevisto chumbazo en los testículos.
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Pero lo más extraordinario ocurrió ayer, cuando ambos, Vidal y yo, salimos al palier con un medidor de campos para establecer la exacta delimitación de la famosa Anomalía Temporal Local que nos arrojaba al pasado irremisiblemente. Apareció un breve hombrecillo, enjuto y pelado, subiendo a toda prisa por las escaleras. Ya de lejos, daba la impresión de haber enloquecido. Sus ojos parecían dos huevos de codorniz, uno de los cuales estaba en compota. Y, cosa curiosa, tenía curitas en ambas orejas. Y la cabeza vendada. No obstante, al vernos, la cara le adoptó una expresión de alarmada felicidad. O algo por el estilo. “¿Es usted el señor del 21 A?” preguntó en un hilo de voz. Su timbre era el de una urraca. O, mejor aún: el de una urraca a la que están estrangulando. Advertí, además, que le temblaban las manos. “Me dijo el plomero de la administración” empezó “que a usted le salió el pescado”. Esa expresión,
le salió, me hizo pensar en parir, en cierta responsabilidad progenitora de la cual no iba a hacerme responsable. “Debe devolvérmelo de inmediato. No se imagina el conglomerado de tragedias que he sufrido desde que lo arrojé al tanque de agua del edificio. Pensé que así iba a quitarme la maldición de encima. Pero no. Ha sido peor”. Miró a Vidal y luego a mí. Sus pupilas iban y venían, rebotaban contra uno y otro rostro. “Sé muy bien que a usted le salió por el caño de agua fría de la cocina”. Repitió. “Me refiero al
axolotl. Yo debí haberlo regalado, pues es la única manera de romper el hechizo azteca. Si uno lo obsequia de corazón, no hay problema. Pero, entienda, no tenía a quién. La maldición se traslada al nuevo dueño. Imagine que no iba a dárselo a mi familia. O a los amigos. No soy ningún hijo de puta. Entonces lo tiré al tanque de agua. Y hoy el plomero me habló de usted. El que encontró al bicho trabado en las cañerías de su casa”.
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Hasta entonces Vidal había permanecido en silencio, oyendo atentamente la argumentación del vecino. Sin embargo, una breve mirada de soslayo me indicó que estaba por inaugurar flor de despelote consorcial. “Estimado señor”. Comenzó, histriónico, en un tono moralino y académico que no se correspondía en nada con la apariencia de ciruja que tenía. “Está usted parado en un área restringida. Por si no lo sabe, el palier es privado y nosotros somos científicos calificados de la
Comisión Nacional de Energía Atómica en total ejercicio de sus facultades mentales. El doctor Uror y yo -y al nombrarme dejó caer una de sus manoplas sobre mi hombro que casi me disloca la clavícula- nos abocamos a la resolución de problemas que deberían mantener en vilo a toda la humanidad. De ningún modo tenemos tiempo para criar pescados aquí. Ni perros”. “Fernando, por favor”. Le interrumpí. Y agregué en voz baja: “Dejáte de joder. El hombre está desesperado. Le devolvemos el pez y chau”. “¡Señores!” Acotó el vecino. “Se los pido encarecidamente”. El ingeniero, desoyéndome, lo miró aún con mayor severidad. “Ustedes no comprenden por todo lo que he pasado en el transcurso de estos meses”. Y, de repente, se quebró en un llanto agudo y desolado. Luego se arrodilló y entrelazó las manos. Tuve la impresión que nos rezaba. “Les imploro, les suplico que me lo devuelvan. Los eventos más inverosímiles y extravagantes me persiguen maniáticamente desde que abandoné a ese pez: repisas que se me caen en la cabeza; corchos que me pegan en el ojo; erráticos loros que pellizcan mis orejas. Encima, la maldición se ha extendido a mi propia familia: mi hijo, por ejemplo, reparando el tejado de la casa de una amiga, resbaló y cayó al jardín. Pero con tal mala suerte, de una manera tan inverosímil, que el poste de la cerca le ingresó por el ano. Lo encontraron empalado, como a los indios. Yo ahora estoy solo. Loco. Enfermo de los nervios. Con una puntada en el corazón. Por favor, ayúdenme”.
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Lo que el pobre hombre contaba me produjo un gélido estremecimiento. Decidí terminar con la situación lo más rápido posible. “Vos andáte al pasado”. Le ordené a Vidal. “Entrá ya al departamento”. “Pero Roru”. “¡Roru, nada! Tomatelá. Y usted, señor… “. Pero lo que vi al voltear hacia el vecino terminó por convertir la imprevista reunión en un relato de
Edgar Allan Poe: su cara había virado al violeta, presa de una contorsión muscular digna de una caricatura de
Manuel Abal. De inmediato, emitió un breve sonido, tímido, agudo y entrecortado. Y cayó seco al piso con los ojos abiertos. Yo me quedé duro. Vidal, que estaba por entrar al departamento, oyó el estruendo y se llevó las manos a la cintura. “Palmó”. Dijo, rascándose la buzarda. Y luego, con la crueldad de los niños que aún no conocen el dolor: “Mejor. Era una interferencia urbana. Un instrumento desafinado en el concierto celestial del universo. No me caía bien. En fin. Usá tu celular y llamá a la policía. Porque si hablás del teléfono de casa, je je, este hombre todavía vive”. “¿Que llame a la policía?”. Aullé. “Pero, ¿te olvidaste que nos persiguen por chorros? Además, ¡cómo mierda podés ser tan frío! El tipo acaba de fallecer. Ya no está”. “Sí”. Me confirmó él. “Ahora está. Ahora no está. Ahora sí, ahora no.
On, off. Igual que un electrón”. Y, de pronto, sin transición alguna, advertí en Vidal un súbito estremecimiento. Vino directo hacia mí como un tren que descarrila: “¡Oíme, pelotudo!” gritó, en tanto se me acercaba. Por detrás, seguramente desde el piso inferior, alguien nos propinó una delicada reconvención: “¡Pero por qué no se callan, locos de mierda!”. “Roru: me acabo de dar cuenta que tenemos la primera oportunidad de cambiar brevemente el futuro del mundo. Algo así como una absurda ironía:
vamos a resucitar al pelado. Ayudáme a entrarlo al departamento”. “¿Cómo?”. Atiné. “Pero es una locura, Fernando. Todavía no consideramos las consecuencias de alterar el porvenir. ¿Y las paradojas?”. “Todas boludeces de
Spielberg. Vení. Ya que me decís frío. Ahora te lo voy a dejar vivito y coleando. Y de paso le devolvés el axolotl. Te aclaro que sólo lo hago por la ciencia”. Como un estúpido, vi al ingeniero agarrar al vecino tal cual una bolsa de papas. Para colmo, se lo llevaba arrastrando de la cabeza. Un verdadero animal. En un momento se produjo un ruido espantoso. “¡Uy! Le partí el espinazo”. Comentó. E ingresó a mi casa cantando una vieja canción de
Roberto Carlos con el cadáver a cuestas. “
Jesucristo, Jesucristo, Jesucristo yo estoy aquí“. De esa manera ingresó al pasado. Ya estábamos tres días y seis horas separados del presente…
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Julio 8, 2008 | Por roru-2 | Claves: atom, canales, feedreader, rss, tecnología, tutorial | # Enlace permanente
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Así como existe una mejor manera de vivir, que es más cara, también hay una perfecta forma de leer la totalidad de los
blogs sin perder un artículo, pero es gratis. Entonces hoy, queridos lectores, vamos a darle una vuelta de tuerca -con el permiso de la gente del Mirador de Caballito- al concepto de lectura de
posts, aprovechando la tecnología
atom y
rss, que está disponible en
blogs.clarin y nunca le damos ni cinco de pelota. Como siempre -y pese al resoplar de alguna fémina divorciada del
metié tecnológico- explicaré muy básicamente el concepto y funcionamiento del programa en cuestión. Este tutorial es algo más extenso que el referido a los
contadores de visitas que desarrollé antes, sin embrago *LES ASEGURO* que la satisfacción que les brindará está garantizada hasta por el caradura del ingeniero Vidal. Sugiero leer el contenido de este artículo desde la dirección principal del
blog (
http://blogsdelagente.com/barthleby/posts) dado que posee información multimedia que NO SE VE desde la solapa AMIGOS.
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Feedreader es una aplicación gratuita, fácil de instalar y usar, que permite leer los artículos de los
blogs de nuestros amigos. O, en rigor, de cualquier persona. Sea o no de nuestra comunidad. Al contrario que el
Internet Explorer o navegador similar, Feedreader está orientado exclusivamente al lector profesional de
blogs, por lo que proporciona una interface gráfica formidable para detectar, leer y contestar artículos de nuestros colegas ni bien éstos los publican en la blogósfera. Todo en uno. Además,
guarda en nuestro disco rígido la totalidad de los posts como si fuesen archivos, de manera que podemos consultarlos en tiempo real incluso sin conexión a Internet.
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Para lograr mayor claridad, dividiré el tutorial en dos secciones: Instalación y Uso. De modo que, si seguimos el steep to steep no vamos a encontrar problemas para ponerlo a punto y comenzar a utilizarlo. Sin embargo, ante cualquier duda, por favor, sírvanse dejármela en los comments respectivos para ir completando la información que quizá no haya quedado bien detallada aquí.
cc
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INSTALANDO
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En primer lugar, vamos a bajarnos el programa desde su web oficial. Es decir, pinchando
AQUI (Opción
Download Now). Cuando se nos pregunte, guardamos este archivo en disco para su posterior instalación, o directamente, seleccionamos EJECUTAR, lo cual instalará el programa luego que la transferencia haya culminado. (Aproximadamente 6 MB). Si el enlace no funciona o tienen problemas para bajar el programa, ésta es la dirección de la página principal de Feedreader: van
AQUI y seleccionan la opción
Download Installer from Fileforum y siguen los pasos que se les indican.
c
Lo primero que pregunta el instalador es el idioma en que deseamos las instrucciones de instalación (aún no del programa). Obviamente, en chino se nos podría complicar un poco. Indicamos spanish. Luego, le damos al botón SIGUIENTE y ACEPTAMOS EL CONTRATO (vaya uno a saber a lo que nos comprometemos). El próximo cuadro de diálogo nos pregunta en qué carpeta de nuestro disco lo vamos a ubicar. Sugiero que lo dejemos por defecto. O sea, aquí: C:\Archivos de programa\FeedReader30. Le damos al botón SIGUIENTE dos veces más. Por último, aparecerá otro cuadro de diálogo en donde se nos pregunta si queremos crear un icono en el escritorio y otro en la barra de tareas de Windows. Lo dejamos como está. Aunque si lo prefieren, pueden modificarlo a su gusto. Finalmente, presionamos SIGUIENTE para que aparezca el botoncito INSTALAR. Entonces… ¡se largó la carrera!
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Ni bien termina el proceso, Feedreader nos vuelve a preguntar (por única vez al cargarlo) en qué lenguaje lo queremos. Igual que con el instalador, evitemos el chino. Presionamos SIGUIENTE y aparecerá un cuadro de diálogo en donde tenemos tildado que el programa se inicie con Windows. Esto lo dejo al criterio de ustedes. Como último requerimiento, presionen FINALIZAR para acabar con la configuración inicial.
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Les dejo aquí -a título meramente informativo, por si necesitan retocar alguna opción después- las solapitas de configuración que pueden modificar, accediendo desde el menú Herramientas del programa. Recomiendo, no obstante, tratar de dejarlas como las tengo yo. Existen, además de estos dos cuadros, otros cuya configuración no viene al caso y evito incluir aquí para no complicarles la vida.
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USANDO
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Doy por sentado que ya, en el escritorio de Windows, han visto el ícono del Feedreader y han hecho doble click sobre él, o bien lo ejecutaron desde el Menú Inicio, por lo que lo tienen listo para usarse en sus computadoras. Ahora bien, lo primero que vamos a aprender es cómo interpretar la información que Feedreader nos pondrá en pantalla y el concepto de canales que permite organizar los blogs de una manera inédita y muy accesible a los fines prácticos. Básicamente se divide en tres partes, de izquierda a derecha, a saber:
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CANAL: El blog propiamente dicho identificado por su NOMBRE.
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NOMBRE DE ARTICULO: el o los ARTÍCULOS del blog seleccionado.
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CONTENIDO: El ARTÍCULO en sí. (Su texto).
Para que se den una idea, la siguiente imagen corresponde al programa que nos ocupa. Como verán, de izquierda a derecha, aparecen las secciones básicas que detallé más arriba. Cliqueando sobre el nombre del blog en la primera columna, automáticamente, nos aparecerá en la segunda (la columna central) el título de los artículos correspondientes, ordenados por fecha. Si están en negrita significa que aún no fueron leídos por nosotros. Haciendo click sobre cualquiera, aparecerá, a la derecha (en la tercera columna) el contenido de dicho artículo.

Si, ubicados en la tercera columna (contenido) cliqueamos sobre el título del artículo, Feedreader convierte este espacio en contenido Web. Es decir, vemos el post igual que si usáramos un navegador tipo Internet Explorer. Y en éste modo es únicamente en el que podemos escribir comentarios.
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Si miran en el ángulo inferior derecho de la última imagen, verán los siguientes botoncitos, muy útiles si queremos reconfigurar el espacio de trabajo del programa. Son estos:
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Vamos de izquierda a derecha: El primer ícono corresponde a ciertas opciones de configuración que, por razones de espacio y complejidad, dejaremos así. Los dos siguientes nos ofrecen reducir o ampliar las letras de los artículos, a gusto del usuario (¡Esto va para vos,
CLAU38!). Los últimos tres son muy importantes porque permiten cambiar el espacio de trabajo del programa, ofreciendo tres configuraciones predeterminadas diferentes. Prueben de tocarlos que no rompen nada. Inclusive, es posible también mover las columnas manualmente, apoyando sobre ellas el puntero del ratón y desplazándolo hacia uno u otro lado con el botón izquierdo presionado.
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Ultimo Paso: agregando blogs.
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Por último, les voy a enseñar cómo agregamos los
blogs de nuestros amigos al Feedreader. Es muy sencillo, sólo que nos podrá llevar cierto tiempo, dependiendo del número de
blogs que queramos incluir. Con el programa abierto, cargamos una instancia de Internet Explorer (o similar) y vamos a la página principal del
blog a agregar. Daré como ejemplo el de las novedades de Clarín, que es éste:
http://blogsdelagente.com/novedadesclarinblogs/posts. Tengan en cuenta que el formato debe ser tal cual lo puse aquí. Una barra más, un punto de menos y la cosa no camina. Ojo al piojo. Parados en el Internet Explorer, pintamos la dirección entera que aparece arriba, en el campo dirección y la copiamos (si leyeron el
tutorial anterior, sabrán que puede hacerse tanto con el ratón, botón derecho, copiar. O bien con las teclas CTRL-C). Inmediatamente regresamos al Feedreader y presionamos F3 (de función, en la parte superior del teclado). La dirección web del
blog en cuestión aparecerá solita, sin necesidad de tipear. Verán algo parecido a esto:
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Entonces le dan al botón ACEPTAR, que está arriba y a la derecha. En la misma línea que el campo en donde, cuando presionamos F3, se escribió automáticamente la dirección del
blog previamente cargado en el Internet Explorer. De tal forma verán lo que sigue (paciencia que ya falta poco). Les amplifico el sector de la pantalla que nos interesa:
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Posicionan el ratón sobre el nombre del
blog (en este caso Novedades en Clarín Blogs) –
RSS 2.0 y le dan ACEPTAR de nuevo. ¡Listo! Luego de unos segundos verán los artículos y su contenido en este entorno de lectura genial. Obviamente, deberán repetir el proceso (desde el título:
Ultimo Paso: agregando blogs hasta aquí) tantas veces como
blogs deseen añadir. No nos queda otra. Sin embargo, se hace una sola vez; pues luego, Feedreader memoriza estos datos. Y pueden importarse a otra computadora en un archivo, sin necesidad de tener que tipear nada de nuevo.
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Tips
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Antes de terminar, les tiro unos truquillos de acceso rápido para ahorrarles tiempo:
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SHIFT+CTRL+F5 -> Actualiza todos los blogs en busca de nuevos artículos.
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CTRL+R -> Marca a todos los artículos (en negrita) como leídos.
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Parados con el ratón sobre el nombre de un BLOG, click derecho y aparece un menú con opciones interesantes, tipo Cambiar Nombre, Borrar, Actualizar, Etcétera.
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Parados con el ratón sobre el
nombre de un ARTICULO, click derecho y tendrán otro pequeño menú, a saber: Enviar artículo por mail, Salvar en
formato html, Mandar a una carpeta de nuestro disco, Borrar, Etcétera.
En definitiva: utilizar este programa es fundamental porque, por un lado, nos garantiza la detección de todos y cada uno de los
posts escritos por nuestros colegas. Ya no debemos tomarnos el laburo de recorrer la solapa “amigos” buscando aquel artículo que
Ale Sweet redactó un día atrás y nosotros jamás encontramos. Y, por otro, tenemos a la totalidad de nuestros
blogs favoritos a la distancia de un
click, con acceso instantáneo e, incluso, sin conexión a Internet. Además, lee cualquier tipo de contenido multimedia, es decir, videos de
Youtube, fotografías, contadores de visitas, etcétera. ¡Ah! y puede quedar minimizado en la barra de tareas mientras trabajamos en otras aplicaciones dado que, ni bien detecte cualquier novedad en la blogósfera, un mensajito tipo
messenger nos lo hará saber.
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Como comprenderán, a medida que vayan interiorizándose en los suburbios de este programa, irán descubriendo unas cuantas opciones más de configuración y prestaciones adicionales muy piolas. El objetivo de este tutorial es, simplemente, relacionarlos a ustedes con el programejo en cuestión para que luego, si se animan, lo exploren a fondo. Dudas, consultas, quejas, citas, invitaciones a almorzar o cenar, presentes y/o regalos, favor de pasar al sector comment.
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Fe de erratas: quisiera pedir disculpas sobre el tutorial anterior referido a los
contadores de visitas. El
portal que ofrecía el servicio, sin previo aviso, lo quitó de línea y, para colmo, sin dar ninguna explicación al respecto. Debo decir que pasé unas buenas horas buscando algún otro similar, de escasa complejidad, pero la verdad es que no tuve suerte. El que instalé en mi
blog, ciertamente es difícil de incrustar en los artículos y no me gustaría que se frustren o se vuelvan locos. Por eso, si me dan un poco más de tiempo, haré otra búsqueda por la web hasta dar con algo simple y efectivo. Lamento mucho el inconveniente.
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Julio 4, 2008 | Por roru-2 | Claves: acelerador, anomalia, temporal | # Enlace permanente
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“¡Me desapareció la pizza, me desapareció la pizza!” empezó Vidal, a los gritos, desde el rellano de la puerta de entrada al departamento. Tenía un brazo extendido a la altura del pecho, en el aire, con la palma de la mano hacia arriba. Y me escrutaba con ojos que parecían de un escuerzo. Le devolví la mirada y pregunté, tirado desde el sillón del comedor: “¿De dónde carajos venís, Fernando? Hace dos días que estás borrado y no tenés la menor idea de lo que pasa”. “Pero yo traía una pizza…” Insistió, en ese tono aniñado y caprichoso que adopta cuando las cosas no son ni funcionan como él ha previsto. “¿A qué hora compraste la pizza?” Inquirí. Y continué: “Entrá, mejor mirá por los ventanales. Decíme qué ves”.
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No sé si conté que Vidal tiene la apariencia de una especie de flamenco gordo. Dos patas largas como grisines que se difuminan en una cintura tipo
Rotonda de Firestone, la cual es base del prominente continente buzardal que define la capital de su figura. Verlo caminar, además de cómico, es alarmante. Piénsese entonces lo que puede llegar a ser éste hombre corriendo. Es más: hacia los ventanales. Yo pensé que se caía veintiún pisos abajo. Quise atajarlo pero no hizo falta: en la estampida se llevó por delante al tubo principal del acelerador de partículas y dio su cara contra el piso. Y quedó ahí, inerme, con la boca abierta. Advertí que todavía andaba sin dientes postizos. “Levantáte, pelotudo. Ya veo que te apiolaste”. Lo ayudé a incorporarse en tanto lo acomodaba contra los vidrios. “Mirá qué lindo mediodía, imbécil”. Agregué. “Y limpiáte ese grano de mierda”.
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Las últimas cuarenta y ocho horas las había pasado sobre un filo de nervios, cortándome con la chuchilla del estrés y la daga de la ira. Me refiero a los nefastos efectos que fueron produciéndose en el departamento después de la desatinada experiencia con el
acelerador de partículas. Al principio pensé que estaba loco. Pero no. Al contrario: como siempre, tenía razón. El loco era Vidal. Y yo le había seguido la corriente durante casi dos años, desde que tuvo la idea de construir este maldito aparatejo nada menos que en el comedor de mi domicilio. Ahora, para colmo, un séquito de admiradoras virtuales lo incitaba a actuar, a proceder con sus delirios como si se tratase de la mayor de las coherencias. Y el resultado: la famosa Anomalía Temporal Local. La del
mensaje en la maceta. Este puto atrasar en el tiempo. Ustedes, queridos lectores, todavía lo ignoran. Pero nuestro uso horario es sensiblemente diferente al de Buenos Aires. Y se aleja cada vez más.
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“Bienvenido al pasado, ingeniero”. Aclaré con sorna. Tenía muchas ganas de pegarle una trompada en la cara, del lado del forúnculo verde. “Como hace dos días que no venís” continué “no sabés. Pero quedáte tranquilito que yo te lo explico.
Estamos sufriendo un atraso de ocho minutos por hora. Multiplicá, pelotudo. Hace dos días que iniciamos el experimento. Hay más de seis horas de distancia hasta el presente de tu pizza. No estoy seguro del radio en que se extiende la anomalía pero, al menos, todo el departamento, incluido el mirador, han sido afectados”. Y luego, al ver que no decía nada, concentrado como estaba en limpiarse el pus de la cara con una valerina mugrienta que sacó de un bolsillo: “Oíme, animal. ¿No te das cuenta? ¿Leíste el
log de la computadora? No. Por supuesto. Estuviste desmayado durante casi todo el desarrollo de la experiencia y después te fuiste de joda con tu perro. Se colgó Windows y el acelerador quedó huérfano en el segundo sesenta y tres. Hubo incontención electromagnética durante los siguientes dos minutos”. “No puede ser”. Atinó a decir, en el tono de un canario asustado. “Sí, Fernando. Los electrones quedaron en el presente. Fuimos nosotros los que retrocedimos ocho minutos. Pero el fenómeno no se detiene. Continuamos yéndonos hacia atrás, en un tiempo sensiblemente más lento”. “No, Roru. Debe ser el cuarzo de los relojes…”. “¡Pero qué relojes, imbécil! ¡No estás viendo que acá es de día! ¡No te das cuenta que te desapareció la pizza cuando entraste al departamento por la sencilla razón de que aún no ha sido hecha! ¿Querés encender la tele? Poné
TN. ¡Fijáte la hora! ¡Atrasa también! ¡Todo! Las emisiones, la luz que entra, lo que ves por los ventanales ¡Todo!”. Sentí una ráfaga de odio conquistar mi cuerpo entero. Casi que le pego la piña. Decidí, no obstante, darme la vuelta y regresar al sillón, a tirarme ahí para no hacer nunca más nada, a esperar vaya a saber qué y, de paso, contemplarlo a Vidal agarrarse la cabeza. Pero no. No se la agarró. Al contrario. Comencé a adivinarle en el rostro el esbozo de una sonrisa.
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“¡Roru!” agregó, yendo hacia el servidor principal que había controlado el experimento. “Creo que
Cernobrov tenía razón. Dejáme ver”. “¿Ver qué, Vidal?”. “Voy a hacer una simulación. Vení, acercáte. Sostenéme la valerina, que me gotea el grano. Quiero recrear por
software la experiencia completa”. Me levanté del sillón: “¿De qué estás hablando, estúpido?”. “¿Qué velocidad alcanzaron las partículas?” Preguntó, omitiendo el tono y la cualidad de mis improperios. “302.000 km/s” Respondí. “
Betina abortó a esa velocidad. Quiero decir, esa condenada computadora con la voz de la Pascar”. “Entonces” dijo él, jocosamente “se fue todo al re carajo”. Y comenzó a presionar teclas y estudiar informes en pantalla que yo jamás había visto, en tanto, muy despacio, como para que no me percatara de la travesura, iba tarareando esa puta canción de
Ignacio Copani,
cuántas minas que tengo, cuántas minas que tengo. Ahí exploté: “¡Fernando!” y le di un empujón en verdad muy violento. Quedó con el culo contra el
kitchinette. “¡Vos no entendés nada!” Agregué. “Sí que entiendo, doctor Uror”. Me contestó, sonriendo. “Lo que pasa es que vos sos muy conservador. Un clásico. Escuchá, bolas tristes: todavía no sé cómo sucedió, pero el ruso loco ése, Cernobrov, estaba en lo cierto. Los campos electromagnéticos son la clave. De alguna manera, el experimento reconfiguró la relación entre espacio-tiempo en el interior del departamento. De no haber ocurrido el error de Windows, jamás lo hubiésemos conseguido. ¡Gracias
Bill! Roru, aviváte: hemos inventado la primera máquina del tiempo en la historia del mundo. Tenemos un departamento viajando al pasado en una constante precisa de ocho minutos por hora. Lo que resta hacer es aprender a controlarla. ¡Una boludez!”. Acto seguido, sin transición alguna, agarró un par de naranjas que había sobre la mesada y comenzó a hacer malabares payasescos, cantando una canción circense que no pienso repetir aquí.
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En fin. Qué sentido tiene continuar. Me dirigí al sillón a sumergirme allí para siempre. Ni siquiera respondí a las chicanas del ingeniero. Calificativos como: “Mala onda. Amargo. Corta mambo. Agreta”, insertados entre la melodía que luego, para colmo, descubrí que pertenecía a
Pipo Pescador.
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Cerré los ojos y empecé a sentir una extraña melancolía. Cierta tristeza que iba más allá de mí. Como un perfume que yo irradiaba sobre los objetos y los seres.
Azulejo, incluso, el perro de Vidal, tan atento a los chistes de su dueño, tampoco se movió de la cuchita hecha de libros y de tomos de la Enciclopedia Británica. Comprendí dos cosas en ese momento: que había desperdiciado mi existencia siguiéndolo a Fernando. Física y espiritualmente. Pues la influencia que este hombre loco ejercía sobre mí era extraordinaria. De hecho, prestidigitó mi vida. Desde los días de la secundaria hasta la fecha.
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Pero también comprendí otra cosa, a los efectos de esta historia, aún más inquietante: ¿Por qué aquel otro Vidal del futuro nos había alertado sobre la Anomalía Temporal Local si ésta podía controlarse fácilmente? Me refiero a ese mensaje en la maceta que, de hecho, casi nos prohibía encender el acelerador de partículas, instándonos a abortar la experiencia. Éste breve detalle, Fernando, el actual malabarista de naranjas, aún no lo había sopesado.
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