Cernobrov.
La escena, que viene fundida desde el negro, comienza con el primerísimo plano de un rostro. Dos ojos que dominan la pantalla entera, azules, reconcentrados, atisbando un punto fijo, algo más allá del observador. Es decir, para no arruinar tan deprisa la segunda temporada de esta saga con excesiva liturgia literaria, diremos que esos ojos nos vigilan a nosotros, nos enfrentan, casuales espectadores de un hipotético y provisional cinematógrafo; pero también acechan al cámara, quien, lentamente, sabedor de técnicas de filmación desconocidas por el 99.7 % del resto de los mortales, arroja con exquisita sutileza el zoom hacia atrás, deschupa, aleja, ampliando el campo visual, incluyendo muy de a poco en ese encuadre a todos los atributos faciales del personaje: ora un temible puente nasal; ora los flancos de una mandíbula ancha, feroz; ora una prominente barba negra que se pierde en las profundidades de un cuerpo que aún -y a propósito- permanece anónimo. Pero, no obstante, muy a pesar del conjunto, de la información facial que se nos enseña en pantalla, dejando a un lado la accidentología de los rasgos fisonómicos que -según Roru Uror- conforman el mapa, la geografía, el plano del alma de cualquier hombre, nosotros no podemos dejar de mirarle los ojos. Es que hay odio, rencor, desprecio; y una como desatinada, promiscua fijeza en aquello que está mirando. Pero, por dios, ¿qué carajos es lo que escruta con tanta vehemencia? Porque, como todos descontamos y damos por sentado sin tener la más puta idea de la razón que amerita a ello, nunca, salvo indicación del director, el actor debe mirar la lente que está grabando la escena. Si sucede así es alarmante. Pues puede tratarse del peor de los descuidos en el rodaje -recuérdese Rolando Rivas, Taxista- o, por el contrario, un burdo recurso de producción que intenta avisarnos que ese hombre -pongamos por caso éste que nos ocupa-, anda realmente enojado, es malo, perverso, un consuetudinario hijo de puta, el anti-héroe, en definitiva, el motor que dará al guión la chispa para ponerse en marcha.
Entonces, inesperadamente, el plano-secuencia es interrumpido; y vemos, sin transición alguna, la misma escena pero desde el ángulo opuesto. Aunque la nueva cámara que está detrás de ningún modo nos muestra la nuca del caballero, así como la primera resaltaba los atributos de sus ojos; no, pues el director debe haber dispuesto un plano bien abierto, para que el espectador comprenda, no sin sorpresa, las desproporcionadas dimensiones del sujeto que nos ocupa. Y bien que lo ha logrado: parece Gulliver. Es inmensísimo. Una especie de oso. Un orangután. Viste un pullover de lana negro y cuello alto. Y, cosa curiosa, ahora que podemos observarlo de espaldas y cuerpo entero, anda en pantaloncitos cortos; qué raro, son como de futbolista, blancos, ridículos y ajustados. No se entiende por qué cuernos usa pullover si luego, más abajo, al sur de su humanidad, tiene puestos esos breves shorts tan displicentes. Y sospechamos que el tipo está loco, que es un degenerado, un sátiro, determinada clase de pelotudo; en fin: qué sabemos nosotros aún, recién empezados con la nóvel prosecución de esta historia. Es que las segundas temporadas, como todos admitimos, al contrario del ruido que hicieron los primeros capítulos, casi siempre se disgregan en fútiles excentricidades cuando se busca perpetrarlas ad infinitum. Léase Matrix, una porquería. O Alien, otra cagada. Ni qué decir tenemos de Lost, cuyos guionistas han sido condenados en Lostpedia al peor de los infiernos si no resuelven los innumerables hilos argumentales de la saga antes de fin de año.
Pero, cuidado, atentti, porque ahora el cámara 2, ese que descubrió al gigante desde atrás, está haciendo un inesperado travelling. Es decir, va desplazándose hacia la derecha, chupando con su lente la superficie de la pared en la cual nuestro personaje -al fin lo advertimos- tiene la vista clavada, esos ojos de odio y de desprecio, esa como desatinada y promiscua fijeza que nos había cautivado minutos atrás. Pero, ¿qué mierda es todo eso? ¡Por dios! Este orangután ha de ser un asesino serial. Un sádico, un pervertido. Porque en esa pared hay recortes de periódicos. Noticias. Algunas policiales. Todas clavadas con chinches sobre una pizarra. Se ven figuras difusas. Fotografías viejas. Los títulos. Tal cual en seven, mejor conocida como pecados capitales. ¡Ah!, pero, por fin, menos mal, ya era hora de que apareciese algún indicio; pues el primer recorte da cierta familiaridad a la historia que estamos narrando. Reza así: El ingeniero Fernando Vidal, autor de la teoría de las anomalías temporales artificiales, sorprendido in fragantti en prostíbulo de Once. Luego, un poco más abajo, en el mismo artículo, una declaración absurda de Roru Uror. Transcribimos: “No eran putas, sólo travestis”. Y, en el centro, el retrato de ambos personajes al momento de ser arrestados por la Policía Federal Argentina. Vidal, naturalmente, estaba en calzoncillos.
Vidal recibiendo un premio, Vidal dando una conferencia, Vidal y el doctor Uror en una pista del aeródromo de San Fernando, junto a una avioneta que, dentro del marco de un experimento bien al estilo de nuestro héroe, utilizaba como combustible nada menos que pedo de vaca. Y así, poco más o menos, Vidal por aquí, Vidal por allá, como en una travesía historiológica de la vida y obra del seductor ingeniero, llegamos finalmente al último de los recortes, ese que el gigantón de pullover y shortcitos anda mirando. Con razón que está enojado. El artículo pertenece, casualmente, al diario Clarín, váyase a saber si es chivo o azarosa eventualidad; y versa lo siguiente: TENIA QUE SER UN ARGENTINO. El polémico ingeniero Fernando Vidal, autor de controvertidas teorías cuánticas y empleado de la Comisión Nacional de Energía Atómica, roba a Rodia Cernobrov documentación sobre un acelerador de partículas en miniatura mientras realizaba gestiones para dicha institución en Rusia. A la pipeta. Para colmo, ahí está el grandote, en una fotografía junto con Vidal, abrazados los dos, firmando una especie de convenio, de acuerdo, de tratado, en un acto oficial donde pueden verse, de fondo, funcionarios rusos y argentinos.
Qué quilombo. Y pensar que este blog arrancó sobre esos anónimos caminos de una primera persona literaria, tímida y recatada, un tipo que prefería no hacer nada, permanecer encerrado en un Mirador del barrio de Caballito, solo, misántropo, abúlico; y miren ahora, resulta que nos quieren vender una miniserie de televisión, una película, han contratado actores, directores, escenógrafos, iluminadores, editores, montajistas, productores, fotógrafos, seguramente efectos especiales; por no mencionar a los pasantistas, esos pibes que laburan sin cobrar un mango y tiran las mejores ideas sobre la mesa; en fin, para qué seguir. La pregunta inicial era, a ver, organicémonos: ¿dónde nos encontramos en este preciso momento?; y, ya que estamos, ¿quién es el sujeto grandulón de pullover y pantaloncitos cortos que Vidal -según hemos entendido-, robó, embaucó y estafó, choreándole la papeleta original del acelerador de partículas en miniatura que luego, en Buenos Aires, hizo realidad junto al doctor Uror?
verdad da muchísimo miedo. Ese hombre, Cernobrov, qué bien elegido para el papel que desempeña. Vemos que tiene un diario en la mano. El Clarín de hoy. Que no nos digan que acá no hay chivo escondido. Y lo estruja con auténtica aversión. Luego levanta ambos brazos y arroja una especie de grito, de alarido, un bramido de guerra del cual se desprende, naturalmente, la palabra Vidal. En rigor, seamos todavía más precisos: Vidal, я буду убивать тебя, eso es lo que ruge el oso. Y lanza el diario hacia nosotros. Caramba, la primera página permanece en un sutil equilibrio al borde de la ventana para que logremos leer el título de tapa. A la pelotita. Fíjense hasta donde llegaron nuestros amigos del Mirador en el discurrir de estas semanas en que estuvimos ausentes. Así lo explican los amplios caracteres en negrita: CABALLITO EN PELIGRO. La Comisión Nacional de Energía Atómica, en un operativo conjunto con el GEO y la Policía Federal, aislan edificio de la calle Martín de Gainza al 100. Y luego, un breve resumen de la noticia: en tanto se evacúa el rascacielos lindero con las vías del ferrocarril Sarmiento, el ingeniero Fernando Vidal y el doctor Roru Uror, prestigiosos y reconocidos científicos argentinos, intentan desactivar un extraño fenómeno producido por viejos transformadores de alta y media tensión aún en funcionamiento. ¿Transformadores? ¿Prestigiosos y reconocidos científicos argentinos? Pero cómo se le miente a la gente. Antes ladrones y ahora eminencias. Es vergonzoso. Encima, andan tapando todo el asunto de la Anomalía Temporal Local con una paparruchada de Edesur. A ver: ¿y qué más dice el diario? Nada. No tenemos tiempo de perpetuar la lectura. La página sale volando, el viento la eleva hacia un cielo agujereado por docenas de palomas que huyen despavoridas cuando Cernobrov repite el bramido de guerra, aún más fuerte que el anterior, léase éste, Vidal, я буду убивать тебя, por favor, un traductor, que no entendemos tres carajos a este loco de mierda.
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Bravo!!!!! y me encanta ser la primer “espectadora”. Querido, cuanta información toda junta y en tiempo de clip, ufffff! Qué Velocidad tiene el relato!