Julio 15, 2008 | Por roru-2 | Claves: axolotl, experimento, tiempo | # Enlace permanente |
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Una de las nuevas manías del ingeniero Vidal, ahora que habíamos confirmado el desfasaje temporal de ocho minutos por hora, era salir y entrar del departamento para realizar las más inverosímiles de las experiencias, pues habíamos descubierto un incomprensible delay al cambiar de época. Por ejemplo, arrojar cosas de afuera hacia adentro. Y ver cuánto tardaban en aparecer. O golpear la puerta y esperar horas para oír el llamado. En general, tales desatinos no hacían más que despertarnos en mitad de la madrugada, con estruendos de toda índole. Para colmo, lo que en un principio pareció obedecer a un procedimiento de mediano rigor científico, terminó degenerando en una suerte de deporte chistoso. Fernando compró pelotas de fútbol número cinco y las pateaba hacia el interior del comedor como si de penales se tratase. Luego había que andar esquivándolas o pasar corriendo delante de la puerta de entrada para evitar el riesgo de un imprevisto chumbazo en los testículos.
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Pero lo más extraordinario ocurrió ayer, cuando ambos, Vidal y yo, salimos al palier con un medidor de campos para establecer la exacta delimitación de la famosa Anomalía Temporal Local que nos arrojaba al pasado irremisiblemente. Apareció un breve hombrecillo, enjuto y pelado, subiendo a toda prisa por las escaleras. Ya de lejos, daba la impresión de haber enloquecido. Sus ojos parecían dos huevos de codorniz, uno de los cuales estaba en compota. Y, cosa curiosa, tenía curitas en ambas orejas. Y la cabeza vendada. No obstante, al vernos, la cara le adoptó una expresión de alarmada felicidad. O algo por el estilo. “¿Es usted el señor del 21 A?” preguntó en un hilo de voz. Su timbre era el de una urraca. O, mejor aún: el de una urraca a la que están estrangulando. Advertí, además, que le temblaban las manos. “Me dijo el plomero de la administración” empezó “que a usted le salió el pescado”. Esa expresión,
le salió, me hizo pensar en parir, en cierta responsabilidad progenitora de la cual no iba a hacerme responsable. “Debe devolvérmelo de inmediato. No se imagina el conglomerado de tragedias que he sufrido desde que lo arrojé al tanque de agua del edificio. Pensé que así iba a quitarme la maldición de encima. Pero no. Ha sido peor”. Miró a Vidal y luego a mí. Sus pupilas iban y venían, rebotaban contra uno y otro rostro. “Sé muy bien que a usted le salió por el caño de agua fría de la cocina”. Repitió. “Me refiero al
axolotl. Yo debí haberlo regalado, pues es la única manera de romper el hechizo azteca. Si uno lo obsequia de corazón, no hay problema. Pero, entienda, no tenía a quién. La maldición se traslada al nuevo dueño. Imagine que no iba a dárselo a mi familia. O a los amigos. No soy ningún hijo de puta. Entonces lo tiré al tanque de agua. Y hoy el plomero me habló de usted. El que encontró al bicho trabado en las cañerías de su casa”.
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Hasta entonces Vidal había permanecido en silencio, oyendo atentamente la argumentación del vecino. Sin embargo, una breve mirada de soslayo me indicó que estaba por inaugurar flor de despelote consorcial. “Estimado señor”. Comenzó, histriónico, en un tono moralino y académico que no se correspondía en nada con la apariencia de ciruja que tenía. “Está usted parado en un área restringida. Por si no lo sabe, el palier es privado y nosotros somos científicos calificados de la
Comisión Nacional de Energía Atómica en total ejercicio de sus facultades mentales. El doctor Uror y yo -y al nombrarme dejó caer una de sus manoplas sobre mi hombro que casi me disloca la clavícula- nos abocamos a la resolución de problemas que deberían mantener en vilo a toda la humanidad. De ningún modo tenemos tiempo para criar pescados aquí. Ni perros”. “Fernando, por favor”. Le interrumpí. Y agregué en voz baja: “Dejáte de joder. El hombre está desesperado. Le devolvemos el pez y chau”. “¡Señores!” Acotó el vecino. “Se los pido encarecidamente”. El ingeniero, desoyéndome, lo miró aún con mayor severidad. “Ustedes no comprenden por todo lo que he pasado en el transcurso de estos meses”. Y, de repente, se quebró en un llanto agudo y desolado. Luego se arrodilló y entrelazó las manos. Tuve la impresión que nos rezaba. “Les imploro, les suplico que me lo devuelvan. Los eventos más inverosímiles y extravagantes me persiguen maniáticamente desde que abandoné a ese pez: repisas que se me caen en la cabeza; corchos que me pegan en el ojo; erráticos loros que pellizcan mis orejas. Encima, la maldición se ha extendido a mi propia familia: mi hijo, por ejemplo, reparando el tejado de la casa de una amiga, resbaló y cayó al jardín. Pero con tal mala suerte, de una manera tan inverosímil, que el poste de la cerca le ingresó por el ano. Lo encontraron empalado, como a los indios. Yo ahora estoy solo. Loco. Enfermo de los nervios. Con una puntada en el corazón. Por favor, ayúdenme”.
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Lo que el pobre hombre contaba me produjo un gélido estremecimiento. Decidí terminar con la situación lo más rápido posible. “Vos andáte al pasado”. Le ordené a Vidal. “Entrá ya al departamento”. “Pero Roru”. “¡Roru, nada! Tomatelá. Y usted, señor… “. Pero lo que vi al voltear hacia el vecino terminó por convertir la imprevista reunión en un relato de
Edgar Allan Poe: su cara había virado al violeta, presa de una contorsión muscular digna de una caricatura de
Manuel Abal. De inmediato, emitió un breve sonido, tímido, agudo y entrecortado. Y cayó seco al piso con los ojos abiertos. Yo me quedé duro. Vidal, que estaba por entrar al departamento, oyó el estruendo y se llevó las manos a la cintura. “Palmó”. Dijo, rascándose la buzarda. Y luego, con la crueldad de los niños que aún no conocen el dolor: “Mejor. Era una interferencia urbana. Un instrumento desafinado en el concierto celestial del universo. No me caía bien. En fin. Usá tu celular y llamá a la policía. Porque si hablás del teléfono de casa, je je, este hombre todavía vive”. “¿Que llame a la policía?”. Aullé. “Pero, ¿te olvidaste que nos persiguen por chorros? Además, ¡cómo mierda podés ser tan frío! El tipo acaba de fallecer. Ya no está”. “Sí”. Me confirmó él. “Ahora está. Ahora no está. Ahora sí, ahora no.
On, off. Igual que un electrón”. Y, de pronto, sin transición alguna, advertí en Vidal un súbito estremecimiento. Vino directo hacia mí como un tren que descarrila: “¡Oíme, pelotudo!” gritó, en tanto se me acercaba. Por detrás, seguramente desde el piso inferior, alguien nos propinó una delicada reconvención: “¡Pero por qué no se callan, locos de mierda!”. “Roru: me acabo de dar cuenta que tenemos la primera oportunidad de cambiar brevemente el futuro del mundo. Algo así como una absurda ironía:
vamos a resucitar al pelado. Ayudáme a entrarlo al departamento”. “¿Cómo?”. Atiné. “Pero es una locura, Fernando. Todavía no consideramos las consecuencias de alterar el porvenir. ¿Y las paradojas?”. “Todas boludeces de
Spielberg. Vení. Ya que me decís frío. Ahora te lo voy a dejar vivito y coleando. Y de paso le devolvés el axolotl. Te aclaro que sólo lo hago por la ciencia”. Como un estúpido, vi al ingeniero agarrar al vecino tal cual una bolsa de papas. Para colmo, se lo llevaba arrastrando de la cabeza. Un verdadero animal. En un momento se produjo un ruido espantoso. “¡Uy! Le partí el espinazo”. Comentó. E ingresó a mi casa cantando una vieja canción de
Roberto Carlos con el cadáver a cuestas. “
Jesucristo, Jesucristo, Jesucristo yo estoy aquí“. De esa manera ingresó al pasado. Ya estábamos tres días y seis horas separados del presente…
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JAJAAJA ustedes estan locos……. pobre tipo, y bueno a ver que pasa!!
otra que curaciones por fe…
saludos!!