Mayo 26, 2008 | Por roru-2 | Claves: dorian, gray, iram, norma, relato, tristeza | # Enlace permanente |
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“¡Despertáte, vaca lechera! ¡Cerdo! Son las dos de la tarde. Seguramente viniste borracho de madrugada, barril cervecero, silo de whisky, tanque de propano. Cuánto más refinás tu cerebro peor se te pone el cuerpo. ¡Dios mío! ¿Y ese grano verde en la cara?, pero, ¿qué mierda?; toda la almohada manchada. Es un forúnculo como el que te había salido en el culo el año pasado. Antes no podías cagar. Ahora no vas a poder comer. Jodéte. Escuerzo consuetudinario”.
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Así retorné al bello reino de la vigilia. La voz de Norma venía desde arriba, como las maldiciones de un dios malvado y omnipotente. Luego cesó. Y comencé a sentir un dolor punzante en la cabeza, ora sí, ora no, rítmico e incesante, que me producía la visión de estrellitas aleatorias en el campo visual del ojo izquierdo.
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“Norma, por favor, ¿con qué me estás pegando?”. Tenía una
regla T en la mano, esas que se usan en dibujo técnico. Demoré en darme cuenta, pues los párpados me pesaban como dos cortinas de acero. Me estaba golpeando con un vértice duro en el cráneo, siempre en el mismo punto, lo que incrementaba logarítmicamente el dolor y mi impotencia ante la imposibilidad de moverme. Vos sabés, Roru, que a mí la gravedad me puede, sobre todo cuando despierto. Yo me inicio por el cerebro. Y a partir de ahí es como que comienzo a pensarme, a hacerme. Trato de comprender el espacio que ocupo, mi lugar en el mundo, breve geografía que, no obstante, siempre he sentido como hurtada a los demás, al prójimo. Y recién entonces, muñido a la voluntad necesaria que vence las leyes físicas del universo, paso a la posición vertical, esa que nos tabula en la categoría de bípedos, manada de boludos que quedó
ensandwicheada entre la tierra del primate y el cielo de los dioses. En fin. Yo te digo que me conformaría con ser mente, pensamiento, o una especie de pelota ingrávida que no necesita hacer ningún esfuerzo para existir.
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Me di vuelta y quedé como un batracio reventado, boca arriba sobre la cama. No pude dejar de advertir la novel magnitud de mis espacios ventriculares: vastas regiones de grasa ambivalente que se contoneaban como si tuvieran vida y voluntad propias. Para colmo, alguien, desde un sitio que me era imposible aún localizar, gritaba “¡Muere, perro, muere!”. Miré a Norma. “Es tu hijo nazi que está matando aliados en ese juego de mierda que le instalaste en la computadora. No quiere salir de la pieza y hace una semana que no se baña. No sé cómo hace para cagar. Debe cagar ahí, en la pecera”. “Por favor”. Supliqué. “Traéme una bayaspirina”. “Oíme, pelotudo, vos no tenés la más puta idea de lo que está pasando, ¿no? Por dónde querés que empiece, ¿por mí, por Federico o por la
CNEA?”. Tuve un cierto tipo de espasmo y se me escapó un pedo. Fue silencioso, pero en más o menos quince segundos el miasma alcanzaría las narices de mi señora. “¿Vos sabés que tenés una demanda metida por el Estado de dos millones y medio de pesos? ¿Querés que empiece por ahí? ¿O preferís que te cuente que estoy saliendo con otro tipo, un caballero que me trata como la mujer que *
verdaderamente* soy y que vos jamás viste, encandilado con tus desvaríos pseudo científicos sobre los viajes en el tiempo?”. “Mejor por la CNEA”. Indiqué. “Claro. Cómo no. La CNEA. De la cual te echaron y no cobraste un mango de indemnización. Y ahora, encima, te buscan por chorro. Y al otro también. ¡A los dos! ¡Tal para cual! Yo debería haberme dado cuenta hace veinte años, en el
Nacional Buenos Aires. Ya de chiquitos se los veía bien pelotudos. Zaparrastrosos,
hippones, juntitos y burlándose del resto de los compañeros. Se creían dos adelantados”. Hizo una pausa y se agarró la cabeza. Yo, todavía, no me podía incorporar. “¡Pero cómo me cagaste la vida, Fernando!”. Continuó. “Cómo me has hecho mierda. Te mantuve por casi diecisiete años. Crié sola a tu hijo, mientras vos te ibas en cuerpo y mente. Porque cuando te quedabas en casa tampoco existías, enclaustrado en tu estudio como un monje tibetano, ni siquiera aparecías a la hora de la cena. Y yo que te empilchaba, te vestía como a un chico, te elegía los zapatos, evitando que
su majestad el alienado mezclara los pares y luciera modelos diferentes. El gran Ingeniero Vidal. Qué hubieras hecho sin mí”.
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Se quedó unos segundos así, mirándome desde arriba. No sabría decirte bien por qué, pero el hecho de tenerla sobrevolando mi humilde espacio aéreo me dio un poco de vértigo. “¡Pero qué olor!”. Estalló. “¡Encima te has cagado!. Así hablás ahora, con el culo”. “Norma, por favor”. Atiné. “¡Norma, nada! Para vos, señora Iramovich. Te aclaro que me das asco, Fernando. Antes, al menos, tenías cierta figura. Eras presentable. Ahora sos como el monstruo del cuadro ése de
Dorian Gray“. No sé cómo sucedió, pero dio un paso hacia atrás, trastabilló y cayó al suelo. “Dios mío, esperá”. “Dejáme así, basura. Sos el tipo más frío del mundo. Yo sé muy bien que lo sos. Vos no ves a la gente, ves átomos agrupados. Me acuerdo muy bien de tus discursitos académicos. Que el universo es un número. Que la materia es vacío. Que la realidad, ilusión. ¡Hijo de puta! ¿Y este dolor mío es una ilusión también? ¿Y Federico es un vector unidimensional? ¡Mirá cómo estoy! Miráme. Abrí los ojos. Este es el mundo real, Fernando, donde la gente te espera, te quiere, te necesita y se muere.
Y se nos va el tiempo. Acá tenés tu futuro, imbécil. Ese al que no pudiste viajar en veinte años, ahora lo tenés acá. ¡Bienvenido al 2008, sabio pelotudo!”.
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Naturalmente, se puso a llorar. La veía desde la cama esconder su rostro avejentado entre las manos, aún arrojada en el piso de la habitación. Sufría unas breves y raras convulsiones, un llanto seco, entrecortado, rápido, como si le estuviesen clavando cuchillos en distintas partes del cuerpo. No pude dejar de pensar que en este lugar, aunque en otro tiempo, habíamos hecho el amor. Y que ella me había dicho que estaba muy contenta. Ahora, en cambio, parecía un ovillo de angustia, chiquitita, consumida, fea, encorvada, echada a un costado de la mesita de luz. La tenía a la distancia de un brazo. Podía haberla tocado, pero no lo hice. Quise imaginarme algo, otra cosa que no fuese su cuerpo, pero no había nada. Sólo la tristeza de la carne, un organismo indiferente a su propio dolor, empecinado en seguir discurriendo almanaques. Yo no veía a Norma. La leía. Como si fuese una cifra, un número olvidado, el resultado de una ecuación en la que yo me había cuidado muy bien de intervenir.
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Entonces, sin transición ninguna, se incorporó y me ordenó que me fuese. Porque ayer había venido a casa la policía, dijo. Para llevarme preso. No me echaba: aún perseveraba en protegerme. Con una indiferencia que ahora creo extraordinaria, me vestí y fui al estudio a recoger los pocos papeles que aún quedaban del proyecto. Es curioso: en ese momento nada me impresionó. No había placer, no había dolor. Sólo una suerte de brutal percepción del transcurso irreversible del tiempo. Pero yo lo voy a cagar, Roru, al tiempo.
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Y cuando estaba por salir a la calle, todavía se escuchaba la voz de mi hijo retumbando por las escaleras: “¡Muere, perro, muere!”.
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“Detrás de todo gran hombre, hay una gran mjer”, dicen…
Buen día, Roru y todos los demás de la tribu.
Be
(gracias por el enlace!)