Axolotl.
Lo que no dijo Cortázar -o quizás omitió adrede- es que un axolotl trae mala suerte. Hay una leyenda que advierte al portador de ese pez que, de no regalarlo de inmediato, las peores infamias existenciales caerán tarde o temprano sobre su destino. La cuestión que se plantea es casi exclusivamente de principios: si uno ya es propietario de semejante anfibio y quiere quitárselo de encima, ¿a quién dárselo sin incurrir en la falta moral que este hecho acarrea? Porque la única forma de romper el propio maleficio es regalarlo, esto es, el bicho debe ser aceptado por un tercero en calidad de obsequio y sufrir, dicho sea de paso, el traspaso de la mala fortuna..
Hace algunos meses hubo un problema de caños en mi edificio. Yo observaba, con intranquila perversidad, como los empleados de plomería, enviados por la administración, día a día se acercaban cada vez más a mis retirados dominios. Los tipos buscaban una especie de tapadura que impedía la normal circulación de agua fría en una columna de cañerías. Y así, como esas hormigas coloraditas y presurosas que a veces descubrimos en la cocina de un piso 18, preguntándonos, de paso, cómo cuernos hicieron para llegar, y para qué, del mismo modo se apropicuó ante mi puerta un sujeto vestido de overol azul, inquieto, bajito y rechoncho, muñido a un set de mazas, llaves y pinzas peligrosísimas.
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-Es por el caño, jefe.- dijo.
-Ah.
-Pero acá dice CLAUSURADO.
-Mm.
-Pero acá es un departamento.
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No contesté. Me hice a un lado como quién se rinde ante un policía con una orden de allanamiento. El sujeto fue directo al kitchenette, como un ratón al queso, lo cual, de algún modo, me tranquilizó: mi casa es un depósito de objetos muy perjudiciales para cualquiera. En la época en que el ingeniero Vidal y yo trabajábamos en la CNEA, habíamos ido trayendo ciertos materiales estocásticos, isótopos y equipos electrónicos con el fin de construir un acelerador de partículas en miniatura. La cuestión no prosperó y todo eso anda tirado todavía por el suelo a causa de mis abulias. El hombrecito de azul, no obstante, había pasado por alto la anomalía estética, concentrado como estaba en el caño. Ya saben: cada uno ve sólo aquello a lo que se dedica. Desde luego, empezó a darle de mazas a los azulejos, con esa propensión innata que tiene todo plomero a la destrucción de lo que, paradójicamente, antes arregla. Y no habrían pasado 15 minutos cuando a ese martillar rítmico, perpetuo y obsesivo de la maza le sucedió un repentino silencio, cortado por un inquietante, esporádico, sincopado y suave “paf, paf … paf” sobre la bacha de la cocina.
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Diré, para ampliar la biografía de mi neurosis, que soy un hombre acostumbrado a imaginar lo peor. De este modo la realidad nunca sorprende y uno, ante el estrés que suscita lo imprevisible, evita el mal trago, papelones o incompetencias en instancias en las que sólo cabe actuar expeditivamente. Por ejemplo, si M. no llama a la hora prevista, supongo que se prendió fuego viva por una explosión en el calefón, o que chocó con el auto y ahora está en la morgue, etcétera; de manera que, cuando por fin tengo noticias de M., éstas siempre son menos horribles que aquellas que elucubré. Pero lo que había en la pileta de la cocina, francamente, excedió por completo cualquier ejercicio de previsión: se trataba, para evitar descripciones, de eso que puse en la foto del post. Para colmo, el plomero había adoptado una actitud alternante: de aprehensión al mirar al pez y de reconvención al contemplarme a mí.
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-¡Eh! ¡pero acá usté tiene un pescao!! -explotó de repente.
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Quise decir “de ningún modo”, pero lo que salió de mi boca fue un rarísimo sonido gutural, como de hombre de Neanderthal, pues hacía más de quince días que no hablaba con nadie. Volví a repetir, articulando sílaba por sílaba:
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-De nin-gún mo-do.
-¡Pero ésto le salió del caño!
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Esa forma de expresión (le salió) me hizo pensar, por un momento, que yo había parido a esa monstruosidad de la bacha. Dije “No” e impulsivamente, vaya a saber en virtud de qué disposiciones de ideas, fui al baño a por un balde para meter allí al bicho. Cuando regresé a la cocina, encontré que el plomero intentaba matarlo con una pinza universal de electricista.
-¡Pero qué hace, no ve que está vivo!
-Por eso. Y había atrancado el caño de agua.
-Métalo aquí de inmediato. –ordené.
-Usté está loco.
Munido a una cuchara por el flanco derecho de la bacha y el balde inclinado por el izquierdo, introduje allí al animalito. Tuve la extraña impresión de que sonreía. Curioso, pues Cortázar, en su cuento maravilloso, nos dice que, por el contrario, estos son seres de una seriedad inenarrable, víctimas de un silencio abisal y una reflexión desesperada.
No sé cuanto tiempo pasó, pero cuando volteé para establecer el destino del plomero, lo vi en el rellano de la puerta, desencajado, junto a su set de herramientas peligrosísimas. Me observaba como quien contempla al rostro de un asesino.
-Se lo regalo. –exclamó, peyorativo, antes de salir corriendo escaleras abajo.
Desde entonces tengo un axolotl en el mirador de mi departamento. No sé cómo llegó aquí. Quizás, un consorcista angustiado, conocedor de la maldición que semejante pez acarrea, optó por echarlo al tanque de agua del edificio, pues se conoce que matarlo es mucho más grave que abandonarlo a su suerte. Y si bien sé que ustedes, amables lectores del blog, no merecen ni un ápice de tan mala fortuna, no puedo más que ofrecérselos. Éste, al menos sonríe. Y cuando cae la noche que embebe de gris esta pecera elevada en la que vivo, me siento a su lado para hacerle… para que me haga compañía. Y pienso quién de los dos será, en verdad, el más maldito.
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bravo!
seguramente ahora van a pelearse por usar el telescopio!
Axolotl en nahuatl es “perro de agua” ,
tiene la ventaja que no va a contribuir al sabor que tienen últimamente las veredas de buenos aires
No le hagas faltar nunca el agua, sino se convierte en una vulgar salamandra.
Otro problema es que como es mexicano, vas a tener que traerle de tantto en tanto algunos mariachis, eso de la nostalgia, vió?
saludos